Revista FUERZA NUEVA, nº 487, 8-May-1976
EL GIL ROBLES DE AYER Y DE HOY
Mi padre fue diputado a Cortes por la CEDA y gran amigo personal de Gil Robles. Su entusiasmo por la causa, su fe en la salvación de España por el camino de la legalidad y sus campañas políticas como colaborador del “jefe” fueron seguidas con gran interés por todos sus hijos. Personalmente debo reconocer que me apasionaba su actuación, su generosa entrega a una lucha política arriesgada y difícil. Recuerdo aquellos elocuentes discursos de Acción Popular; como recuerdo los de Juan Antonio Cremades y especialmente el que pronunció a las pocas horas de haber recibido una cuchillada en plena calle. Juan Antonio era entonces presidente de la JAP, el presidente más joven de España.
En casa recibíamos el “Boletín” de las Cortes y yo me leía a mis trece años, con verdadero apasionamiento, los discursos parlamentarios más destacados y desde luego todos los que pronunciaba don José María Gil-Robles. Todavía recuerdo párrafos de alguno que me aprendí de memoria, y concretamente el que pronunció tras el asesinato de Calvo Sotelo. Don José María ha sido, sin duda, el mejor parlamentario de todos los tiempos, con una capacidad asombrosa para improvisar y para responder con la réplica adecuada a las peligrosas interrupciones de sus enemigos.
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Cuando estalló el Movimiento, y antes de mi incorporación al Requeté, recuerdo en una tertulia de la Congregación Mariana de los Luises, entonces dirigida por el padre Zurbitu… una discusión política con un notario de Zaragoza, de gran renombre, padre de varios hijos, hoy figuras destacadas en sus diferentes profesiones. En atención a los hijos, no cito el nombre del padre, que en aquella ocasión injurió a Gil-Robles gravemente, y como se trataba de mi ídolo de entonces yo salí en su defensa. La discusión fue violenta y desagradable, tanto que sin tener en cuenta el poco peso de las ideas de un muchacho de quince años, el notario en cuestión me denunció a las autoridades militares… Entonces pensaba que morir por defender a Gil-Robles era casi tanto como morir en defensa de la fe, o al menos de la Patria; algo, en fin, casi sublime. Este era el poder carismático, en aquella época, del jefe de la CEDA…
Fue en abril de 1937 cuando un grupo de destacados cedistas se trasladaron desde Zaragoza a Estoril (Portugal) para visitar al jefe: con mi padre fueron Juan Bautista Bastero, Eduardo Macías –cuñado de Martín Artajo- y Juan Antonio Cremades, y en aquel viaje don José María Gil-Robles se cayó del pedestal ante los ojos del grupo zaragozano. Me parece estar oyendo a mi progenitor gritando y explicando a sus hijos cómo había perdido la fe en Gil-Robles político. Porque las equivocaciones que tuvo durante su paso por el Gobierno se habían disimulado por aquel carisma de actuación y aquel torrente de elocuencia y brillantez que salía por su boca; pero una cosa es la elocuencia de las palabras y otra muy distinta la brillantez en el terreno práctico de los hechos.
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El orador inconmensurable, el parlamentario fuera de serie, como político resultó un desastre y en cierto modo hasta un frívolo de puro improvisador, sin darse cuenta de que es muy distinto el arte de improvisar un discurso que el de improvisar una solución política en un momento crítico para la historia de un pueblo.
Sin preguntarles nada sobre la gran tragedia que estaba viviendo España, sin pedir información, sin discutir el asunto, se reunió para comer, hablando de cosas banales y alegando que después del café se retiraría al despacho unos minutos para improvisar unas cuartillas, lo que pretendía que fuera su manifiesto como jefe, a sus seguidores de España. Y en efecto, sin consulta alguna redactó, con la facilidad, ligereza y espontaneidad que le caracterizaban, unos párrafos llamados a ser trascendentales para la Historia de España, párrafos que constituían una declaración, en aquellos momentos trágicos, comprometida, delicada, que podía resultar suicida, y en los que se descubría al político torpe que no se había percatado de toda la importancia decisiva que representaba la gran Cruzada nacional.
En ella, el jefe de la CEDA, con su clásica letra grande y redonda, condicionaba el Alzamiento, insistía en sus ideas sobre el camino de la legalidad y dejaba a sus seguidores en libertad para que sin formar cuerpo militar propio –como hizo la Falange, los Requetés y los de Renovación Española- obraran según su conciencia… Mi padre, bajo su responsabilidad, guardó las cuartillas, prohibiendo a sus compañeros el hablar de ellas. La verdad es que con aquel manifiesto se jugaban todos la vida. Y la juventud de Acción Popular en bloque, conscientes de su deber como españoles y como cristianos, se incorporaron al Ejército en una entrega tan generosa como anónima.
Las cuartillas tuve ocasión de leerlas varias veces, cada vez con más asombro, por la inoportunidad que revelaban. Las recuerdo en el cajón derecho de la mesa del despacho de mi padre. Cuando se sintió morir, se levantó de la cama, las cogió y las rompió, diciendo: “Es lo mejor que puedo hacer ahora por un amigo”.
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Con la fe de mi padre en Gil-Robles, como político, murió también la mía. Porque después, con más años y más experiencia para juzgar, le he visto seguir en una misma línea de actuación equivocada. Su asesoramiento como consejero de don Juan de Borbón en Estoril le costó a éste la Corona. Yo entré precisamente a pertenecer al Consejo privado del conde de Barcelona a raíz de su dimisión, como consecuencia de haber asistido y protagonizado el escándalo del Pacto de Munich (1962), donde los enemigos de España se dieron la mano y se pusieron de acuerdo para estudiar la forma de derrocar al Régimen de Franco.
Nunca he comprendido como Gil-Robles –y muchos de sus seguidores y amigos influidos por su carisma como jefe- le han negado la colaboración a Franco, cuando no tuvieron inconveniente en pactar durante la República con Lerroux y sus secuaces, aquel Lerroux, emperador del Paralelo y autor de la célebre frase que repetía en todos sus discursos: “Asaltad los conventos…; incendiad, destruid, matad…”. El Gil-Robles, líder del catolicismo español, con este hombre podía pactar, y con los comunistas de Munich, también. Pero él y sus seguidores se rasgaban las vestiduras de pensar que pudieran colaborar con el Generalísimo Franco, porque con éste se manchaban sus limpias manos de españoles y católicos. Reacción ilógica que no entendí nunca.
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El Gil-Robles de entonces vuelve ahora (1976), con las mismas ideas, con los mismos resabios, pero con ese mayor espíritu de revanchismo que dan los años y el exilio; y vuelve también, afortunadamente, con menos poder de convocatoria y con mucha menos elocuencia… Pero como el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, acaba de hacer pública una declaración pidiendo al Gobierno Arias que reconozca al Partido Comunista… Sigue, pues, con su afán de pactar con el enemigo, de colaborar hasta con el diablo si fuera preciso, de hacer partícipes del poder a los enemigos de la Patria, de ganar la batalla en las urnas por el camino de la “legalidad”, de defender los partidos políticos y el suicidio del sufragio universal…
Al recordar que a mis quince años, por defender a Gil-Robles, estuve a punto de que me fusilaran, no puedo menos que pensar en la tonta y triste que hubiera sido mi muerte.
Francisco SANCHEZ-VENTURA
“El Noticiero de Zaragoza” (14-4-76)
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