Fuente: ABC, 2 de Noviembre de 2020.
LA CARGA DE LOS MAMELUCOS
Juan Manuel de Prada
Siempre me ha enternecido la confianza fofa de la derecha en las «fuerzas del orden», que actúa a modo de mecanismo pauloviano. Tal vez la expresión más penosa de esta confianza fofa la ofrezca José Calvo Sotelo, que acompaña como un corderito a sus matarifes, al confirmar que entre ellos se cuenta un oficial de la Guardia Civil.
En su Discurso sobre la dictadura, Donoso Cortés describe el itinerario que sigue la represión política, a medida que desciende el termómetro religioso en los pueblos, hasta llegar a ese estadio en el que por fin se impone ese «tirano universal» hacia el que España camina inexorablemente. Y, en ese itinerario de represión política, el gobernante tiránico se sirve de diversos «esclavos de uniforme» (así califica Donoso sin empacho a los soldados de los ejércitos permanentes), entre los que se cuentan los policías. Desde luego, la policía podrá ejecutar mil acciones heroicas, si en sus filas cuenta con mil héroes, como podrá ejecutar mil acciones miserables, si en sus filas cuenta con mil miserables. Pero, contando en sus filas (como cualquier otro colectivo humano) con héroes y miserables y una infinita gama de mediopensionistas, lo cierto es que la policía se dedica fundamentalmente a obedecer las órdenes del gobernante de turno y a imponer el «orden» que a ese gobernante le conviene. Que, siendo un gobernante inicuo, será infaliblemente un orden inicuo.
Ignoro si, como tuitea fofamente el líder derechista Santiago Abascal, las «fuerzas del orden» han sido «abandonadas por el Gobierno». De lo que no cabe ninguna duda es de que las «fuerzas del orden» no han abandonado al Gobierno. Se ha hecho mucho énfasis en que las protestas callejeras contra el Gobierno que empiezan a proliferar están infiltradas de elementos violentos (que, por supuesto, los medios lacayos caracterizan como de «extrema derecha»). Pero esos elementos (mangantes, pescadores en río revuelto y demás modalidades de chusma) los había también en el levantamiento del 2 de Mayo. Es inevitable que en toda reacción contra la represión política se cuelen pescadores en río revuelto. Pero deslegitimar esas protestas callejeras porque en ellas se cuelen pescadores en río revuelto es una vergüenza. Y aplaudir a unas «fuerzas del orden» (inicuo) que se dedican a tundir las costillas a españoles que se levantan contra gobernantes que están arrasando la economía nacional, arruinando miles de pequeños negocios y condenando a cientos de miles de trabajadores a las colas del hambre (mientras otros se hacen adictos a las drogas o al porno o a los ansiolíticos, o se pegan un tiro, incapaces de afrontar su horizonte sombrío) es un acto de fofería suicida semejante al de Calvo Sotelo.
Al patrioterismo le gusta mucho exhibir inanemente banderitas hasta en la compresa, para complacencia de la izquierda caniche, que se mea de la risa. A veces, para defender la patria hay que exponer las costillas ante la carga de los mamelucos.
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