Artículo algo extenso, pero que creo de interés y que someto a opinión de los foristas
Crisis del estado-nación y advenimiento del estado servil
Descomposición del estado-nación liberal, fractura social y respuestas posibles desde posiciones tradicionalistas.
1. Rumbo y deriva de la España democrática (6/12/1978-11/03/2004) y posdemocrática.
Lo inmutable es lo divino; todo lo demás es perecedero, sujeto a la veleidad humana y a lo pasajero de este mundo. Kant, Hegel, Marx y Francis Fukujama no tomaron nota de esta realidad, ni mucho menos del Verbo, lógicamente, y se les escapó el hecho de que ninguna utopía puede durar, aunque se alcance, ni es posible un fin de la historia mientras su Autor no ponga rúbrica a su obra y mande correr el telón del gran teatro del mundo.
Que el estado-nación se acaba, a pesar de sus últimos coletazos, es cosa sabida y reconocida por los teóricos mismos de la llamada Globalización. Lo que nunca nos dijeron, y estamos sufriendo, es que con ella se hunden los pilares mismos del estado contemporáneo que cristalizó a tenores de la Revolución Francesa: aquello de los tres poderes, la llamada seguridad social, la educación entendida como competencia estatal y hasta el monopolio de la fuerza por parte del estado.
Un ejemplo de lo que decimos se manifiesta no sólo en la insolvencia del sistema judicial, sino en su falta real de independencia política, que Montesquieu en su idealismo nunca previó. La insolvencia ha salido a la luz en recientes casos de inoperancia como el de la niña Mariluz; la dependencia política de la judicatura es innegable en la participación de ANV en las elecciones locales de 2007 y en el reciente nombramiento partidista del CGPJ. En cuanto a legislación, especialmente en cuanto a código penal, los asesinos de Sandra Palo corretean por las calles al igual que miles de prevaricadores, políticos corruptos, violadores y asesinos. En una encuesta de El Mundo en agosto de este año, con motivo de evaluar a la difunta democracia, el 64% de los españoles opinaban con razón que el sistema legal español defiende más al criminal que a la víctima.
El estado de inoperancia y corrupción de la Justicia es sólo un ejemplo. A la firma de este artículo, ningún economista imparcial puede afirmar que las pensiones están garantizadas, la OCDE y el Informe Pisa sitúan el sistema educativo español en posiciones de cola y los cuerpos policiales del estado no se bastan a combatir el crimen organizado de mafias, aluniceros y narcotraficantes, ni mucho menos a reprimir el entorno batasuno, ni a los nuevos sans-culottes personificados por los grupos violentos de okupas y radicales de extrema izquierda que se definen a sí mismos como “anti-sistema”.
Mientras tanto, no sólo es frecuente encontrar a profesores, jueces y policías, entre las redes de pedófilos desmanteladas cada dos o tres años, sino que son también policías los que aparecen implicados en redes de proxenetas o escándalos como los del Sheriff de Coslada, que no por ser el de mayor envergadura es el único caso de un crimen parapolicial salido de filas de la propia policía. Individualmente, los funcionarios de policía se defienden y/o quejan del estado de cosas: “cuidado con tocar un pelo al detenido”, “si sacas la pistola te la cargas”, “es mejor mirar para otro lado”, “no sé cómo ni para qué todavía denuncia la gente ciertas cosas”.
Lo dicho ya: el monopolio de la fuerza por el estado, principio del estado moderno, al menos desde Hobbes, está fallando para indefensión de la ciudadanía en general, que religiosamente trabaja y paga impuestos. Y para más inri, al contrario que en otros países, en España una mujer ni siquiera puede comprar por vía legal un espray de autodefensa, no vaya a ser que se tome conciencia de la necesidad básica de defender su propia vida; las armas sólo para los malos y si te ocurre algo que un vecino llame a la policía para que venga a tomarte nota después de que te agredan o violen, o para levantamiento del cadáver.
Seguir enumerando ejemplos sería caer en un bucle. El caso es que el estado de derecho es ya estado de descomposición.
Política internacional y crisis económica aparte, en España ese estado de descomposición se ha acelerado en los últimos años. Como veremos, el origen de la descomposición es muy heterogéneo y no responde a una sola causa; en él confluyen tendencias de larga duración así como fuerzas concretas que han pasado del laissez faire a una entusiasta actitud proactiva hacia la desintegración. Por cierto, no pretende este artículo defender el estado moderno ni al estado-nación de matriz centralista y demoliberal, sino solamente certificar la principal tendencia que va a determinar la evolución del sistema político español en los próximos años.
2. Hacia la disolución del estado-nación
Pero empecemos por el principio –por el principio del fin. La caída del bloque soviético entre 1989-91 aceleró una preeminencia del Mercado sobre el Estado basada en el aumento de los flujos de capital financiero transnacional a nivel global –lo que recibió el confuso nombre de Globalización y no es más que un fortalecimiento a nivel mundial de los principios del librecambismo liberal. El estado-nación perdió la iniciativa política en el siglo XXI y sus fronteras de desdibujaron con la integración de bloques políticos y comerciales (UE, NAFTA, ASEAN, etc.) y con los nuevos flujos migratorios que sirvieron de capital humano a la “bonanza” económica de la década 1997-2007.
El neoliberalismo asumió está tendencia con naturalidad. La España del PP fue una fiel ejecutora de políticas determinadas por instancias transnacionales como el GATT, la UE o el BCE de Frankfurt. El pensamiento neoliberal nunca tuvo en cuenta que ese rol subsidiario del estado implica la erosión del poder del propio estado-nación y, por consiguiente, de la identidad artificial de la España contemporánea, basada en el constitucionalismo y el monopolio de la fuerza para garantizar el orden constitucional vigente en cada momento. Lo que es más, la Globalización por fuerza implica una erosión de la democracia por cuanto aleja todavía más los centros de decisión política del ciudadano, amén de la pérdida de poder las instituciones estatales y de menor nivel. Para política interior, la lucha contra ETA, en la que el PP tuvo su único acierto (aunque no completo) y su cuota de poder exclusiva como “asunto interno” de España.
A la erosión del estado-nación y de la identidad de la España contemporánea, la ciudadanía respondió de una manera unívoca: la creciente y boyante clase media disfrutó de la bonanza económica, se endeudó, disfrutó de la Champions, y lloró con la victoria de Rosa en la primera edición de Operación Triunfo. ETA estaba más o menos controlada, y mientras todo fuera bien en el bolsillo, no pasaba nada si los ayuntamientos eran corruptos, las escuelas realizaban el ideal rousseauniano de hacer salvaje al hombre, la justicia era “lenta” o los nacionalistas ampliaban sus mecanismos de control parcelario, cultural e ideológico.
El 11 de Marzo de 2004 todo cambió. La economía iba bien, pero el sistema político español –sin importar el resultado electoral ni las teorías conspirativas– reveló una total debilidad ante el terrorismo. Al revés que en el 11-S o tras los atentados de Londres, la partitocracia prevaleció sobre el interés general y la razón de estado, que imponían la declaración del estado de emergencia, la unidad de las instituciones y el aplazamiento de los comicios. Más bien al contrario, España vivió unas jornadas de agitación partidista nunca vividas desde la Transición. La élite de iluminados que pretenden hacernos felices a la fuerza volvió a demostrar su destreza en la manipulación de lo que ellos llaman “masa” y nosotros llamamos personas, familias y pueblo. De todo ello, el estado salió nuevamente erosionado, pues sus instituciones se mostraban enteramente vulnerables a acciones terroristas y al sans-culottisme de agitadores profesionales.
El PSOE de Zapatero dio un paso adelante en la erosión del Estado con respecto al laissez-faire neoliberal del PP de Aznar. El nuevo gobierno salido en 2004 no se vio en la obligación de hacer política económica ni exterior, pues en estas materias bastaba con no hacer nada en lo económico y con retirar las tropas españolas de Iraq, aunque no de Afganistán, ni posteriormente del Líbano; por lo demás, se habló menos con un idiota (Bush) y se habló más con un demente (Chávez).
Sin embargo, se volvió a dinamitar el poder del estado-nación al negociar con ETA y permitir la concurrencia de ANV a los comicios municipales de 2007, se disipó todavía más la identidad de España y de Europa al emprender aventuras como la Alianza de Civilizaciones y al apoyar el ingreso de Turquía en la Unión Europea, y se diluyeron más las fronteras al iniciar un proceso de regularización masiva de inmigrantes ilegales y al establecer relaciones diplomáticas de complicidad con el régimen marroquí a pesar de sus posiciones antiespañolas (régimen al que, por cierto, Zapatero ha aprobado la venta de material militar español en al menos una ocasión).
También se erosionaban el estado-nación y las instituciones democráticas al iniciar un debate sobre los estatutos autonómicos que era en sí mismo una moneda de pago a socios políticos, en vez de un debate fundamentado en la necesidad de reforma de una España que se asemeja cada vez más a un mosaico de taifas predadoras del erario público, y no a una España que realmente vertebre sus tradicionales realidades socio-políticas.
Por lo demás, el PSOE ha combinado el laissez-faire del PP con un claro nihilismo proactivo que acelera la desintegración de las instancias del estado-nación clásico: en materia educativa no se hizo nada –nada bueno ni nada nuevo, pues lo mismo viene a ser la LOGSE que la LOCE que la LOE, mientras que se instituía un instrumento curricular similar al de los satélites del bloque soviético: Educación para la ciudadanía. Mientras tanto, la sanidad, la policía y la justicia han continuado su deriva: falta de medios, lentitud, inoperancia, inadecuación a los retos que plantea la sociedad globalizada y multicultural, etc. Si acaso, la principal obra del PSOE en sus años de gobierno ha sido el no hacer nada a pesar de que la desintegración se aceleraba afianzamiento de sus múltiples y variados instrumentos de propaganda, que es tema para otro un artículo. Baste decir que asuntos como la “memoria histórica” (¿quién se acuerda ya de lo prometido hace sólo cinco años?), el matrimonio homosexual, el canon digital o el feminismo de galería (Carme Chacón pasando revista a sus tropas), son políticas-nicho destinadas a no sólo a servir de cortinas de humo, sino principalmente como vehículos ideológicos.
Todo lo dicho se expresa en síntomas perceptibles que podemos denominar como estado de descomposición.
La España que estrena siglo es una demarcación territorial administrativa sin identidad clara, fundamentada en un papel mojado, ya que el texto constitucional de 1978 resulta cuestionado por palabra, obra y omisión de sus teóricos defensores –PSOE y PP– y lógicamente por sus detractores (neorepublicanos, nacionalistas). Su simbología, aunque no sea española ni legítima, se quema en público, por ejemplo los retratos del regente, o se omite en la llamada guerra de banderas en el Reino de Navarra y en los territorios vascongados. La soberanía territorial no se defiende suficientemente ante incendiarios como Ibarreche ni ante el régimen alauita que auspicia a los grupos que se manifiestan en Ceuta y en Melilla reclamando el dominio de un estado sin legitimidad histórica –el marroquí– sobre plazas que sólo han sido y son españolas. Los cayucos no se interceptan y se devuelven a su origen, sino que se rescatan de alta mar, en extraña colaboración con el esclavismo y las mafias de tráfico de personas.
Pero lo más grave no es todo esto, ya que los hechos citados arriba tendrían arreglo gubernativo.
Lo realmente grave es la transformación social que la situación política genera y acompaña. Analicemos sólo tres casos. Primero: causan vértigo los datos que se hacen públicos con cierta periodicidad sobre el comportamiento anormal y violento, el consumo mediático, la falta de lectura, el consumo de drogas y alcohol, el estado de salud mental, el fracaso escolar y la opinión pública de la juventud española –la más cocainómana y pastillera de Europa.
Segundo: la desintegración de la familia, así como la intromisión del estado y del mercado en el mundo personal y familiar es cada vez más flagrante. Las cifras de divorcios, abortos y familias declaradas “disfuncionales” (¿existe la familia perfecta?) van en aumento rampante. El estado y el mercado se han erigido en defensores ideológicos del hijo sin arraigo familiar, de la “familia monoparental” y de la “familia homosexual” y no en defensor –en lo moral, lo económico y lo fiscal, por ejemplo– de la verdadera familia que sigue siendo el núcleo de la convivencia humana y de la economía de consumo.
Tercero: el aumento de la violencia criminal de todo tipo es más que rampante; representa un salto cualitativo en relación al panorama criminal que se conocía en décadas anteriores: los criminales proceden de realidades culturales (Rusia, Centroamérica, Sudamérica, etc.) en que la violencia se ha hecho endógena, la vida no vale nada y las organizaciones mafiosas se van equiparando al estado en fuerza y tecnología. Mientras tanto, el ciudadano de a pié no tiene más remedio que el retraimiento del espacio público y la esperanza de que no le toque a él sufrir el crimen, ya que no tiene derecho a defenderse y el estado no puede protegerle efectivamente. En cuanto a la crisis económica, el ciclo a la baja del mercado mundial no hará sino exponer los defectos estructurales de la economía española: balanza exterior negativa, pocas exportaciones, excesiva dependencia del petróleo importado, del turismo y de multinacionales extranjeras (automoción), deficiencia del capital humano más joven, paro juvenil desorbitado, salarios bajos, burocracia y mentalidad funcionarial e insuficiente desarrollo del I+D+i. Todo esto agravará la situación social de descomposición que venimos describiendo.
Sobre el mercado global cabe no hacerse ilusiones: tarde o temprano su colapso es bastante probable; sin embargo, es también probable que el actual ciclo de crisis económica no sea todavía el principio del fin, y más nos vale que sea así porque nadie está preparado para una situación generalizada de colapso financiero e industrial. Una economía interdependiente como la globalizada se presta más que ninguna otra estructura humana a un derrumbamiento en cadena, como lo haría un juego de dominó. Estas afirmaciones parecen hallar respaldo en los prometidos rescates por parte de EEUU y de gobiernos de la UE a las entidades financieras que ha declarado su quiebra en 2008 o estén a punto de hacerlo.
A modo de resumen, la Globalización ha decretado el debilitamiento del estado-nación desde afuera de sus fronteras, como ya se ha venido diciendo desde la década pasada. Sin embargo, las instituciones del estado-nación están sufriendo una implosión desde dentro, causadas por un desgaste de origen múltiple que podemos resumir en dos factores: por un lado, la sociedad posmoderna ha superado el marco del estado-nación (masificación de servicios “públicos”, insolvencia del sistema legal y judicial, corrupción generalizada, pérdida de identidad nacional, etc.); por otro lado, los partidos políticos no sólo adoptan una posición de pasividad ante la crisis del estado, pues no combaten la tendencia generalizada, sino que a menudo la fomentan directa o indirectamente con políticas que avanzan en el mismo sentido de la tendencia general de la crisis.
Por último, la crisis del estado-nación es más grave en España que en otros estados europeos. Ello se debe a que la nación en sí misma es un objetivo de ciertas fuerzas (nacionalistas, Marruecos, Islamismo), mientras que para liberales, socialistas y comunistas la nación debe ser reducida a al contrato político entre una élite llamado constitución (liberales), o a un federación asimétrica de feudos determinados por alianzas políticas (socialistas), o a una república confederal semejante a la Yugoslavia de los años 1980 (comunistas y neorepublicanos). En aras de sus objetivos, todas estas fuerzas contribuyen a fomentar la descomposición del estado-nación tal y como lo hemos conocido en España desde comienzos del siglo XIX.
Teniendo en cuenta las tendencias políticas y sociales imperantes, así como el retorno al capitalismo de matriz liberal y mercantilista, es de esperar que el estado-nación deje paso a regímenes más totalitarios, donde un poder político sin fisuras ideológicas se refugie en el núcleo del estado mientras los síntomas de caos y fractura social en la base de las sociedad vayan en aumento –algo así como la China capitalista de hoy, aunque pasando primero por una reformulación de las estructuras de poder similar a las de las dictaduras populistas de izquierda de Sudamérica. En cualquier caso, un estado más totalitario y una economía más esclavista –el Estado Servil, término acuñado por Belloc– será el sucesor del estado-nación liberal. En España, dada la coexistencia de colectivismo y nacionalismos, lo más probable es que la cohesión nacional y territorial padezca en propia carne el proceso de descomposición del estado-nación clásico.
Crisis del estado y respuesta política desde posiciones tradicionalistas
La conquista del estado puede no ser una prioridad cuando no se dispone de los medios necesarios y cuando el estado que se pretende conquistar es un estado en ruinas –el sistema político está asimismo cerrado o “blindado” a cualquier cambio de raíz que apunte a reconstruir el estado desde el sistema de partidos o desde las instituciones actuales, que son a un tiempo espectadores impasibles y a la vez agentes de la deriva estatal.
Quizá sea preferible que nos preparemos para lo que haya de venir después del estado en crisis. Por lo menos, deberíamos estar preparados para formular una verdadera alternativa al estado en descomposición cuando éste se encuentre al borde del precipicio. La lamentable historia política europea desde el último tercio del siglo XVIII demuestra que en tiempos de crisis profunda y descomposición –fenómeno que la Modernidad ha convertido en cíclico y al que llama dialéctica– la carencia de una reformulación teórica de lo tradicional beneficia directamente a las fuerzas causantes, rectoras o simbióticas de la descomposición.
Mientras tanto, existen tres frentes que nos permitirían desarrollar de antemano una labor reconstructiva, sin sufrir el desgaste que ocasiona una constante confrontación directa con el sistema en relaciones de fuerza asimétrica (una de las muchas razones por las cuales ninguno de los movimientos llamados “alternativos” se enfrentan realmente al sistema).
Llamo a estos tres frentes de la siguiente manera: reformulación, propaganda y vertebración.
Reformulación. Es necesario que empecemos a diseñar una alternativa de la España futura, al menos sobre el papel o sobre el disco duro. Esto implica varias tareas posibles como la elaboración de una Constitución española conforme a la tradición, tal y como en su momento hizo Aparisi o como intentó fallidamente Jovellanos en Cádiz. Otras opciones son la realización de un programa político, no ideológico, ni retórico, breve y genérico, organizado en epígrafes como “instituciones”, “economía”, etc. Finalmente, un programa debe sintetizarse en ideas-fuerza que resulten fácilmente comunicables.
Veamos un ejemplo de contraposición de ideas- fuerza. El sistema ha logrado asociar a su extraña concepción de la democracia la noción de libertad –una libertad sin poder político real, que nunca es económica, que ni siquiera implica la pretendida autonomía moral de la persona y que promueve el alejamiento de los hombres a Dios. De todo el complejo de ideas de la Modernidad, esta es la idea-fuerza más difícil de enfrentar, por cuanto el sistema ha organizado toda una serie de simulacros tendentes a fomentar la ilusión de libertad –y no poco libertinaje– en la sociedad actual. Para combatir la noción moderna de libertad, debemos hablar en primer lugar de justicia, término que el sistema no puede pronunciar sin causar escepticismo o carcajadas; nuestra divisa es simple: sin justicia no puede haber libertad –no me refiero a que la persona deje de ser libre, como Dios la ha hecho, pero cuanta menos justicia social hay, más constreñida se encuentra la voluntad falible y por tanto la libertad de acción del hombre. Nuestro concepto político de libertad debería basarse en la libertad moral –contra lo políticamente correcto, capacidad de discernimiento conforme a la única autoridad moral superior y externa al hombre: Dios; libertad económica de las familias –mayor autosuficiencia y acceso a la pequeña propiedad; libertad política –para participar de forma directa y abierta en las instituciones, empezando por las de más bajo nivel, que son las más cercanas a la persona y a las familias.
Propaganda. El orden actual tiene su primera y más eficaz herramienta de control en el conglomerado mediático y en el mecanismo totalitario de autocensura denominado “corrección política”. Al mismo tiempo, en un contexto de abaratamiento progresivo de ciertos medios y su transmisión telemática, lo lógico sería adaptar la alternativa fruto de la reformulación al lenguaje inteligible por los diferentes targets políticos. Los medios serán más modestos en la difusión, pero al menos serán medios propios. Lo importante es que el mensaje llegue a quienes están a la busca de una verdadera alternativa, aunque hoy esa necesidad todavía no sea sentida por mayorías conscientes. Además, la producción de propaganda puede ayudarnos a conectar mejor con la aciaga realidad, a la vez que a reducir los esfuerzos que dedicamos a la disensión interna y a la sectarización en nichos-trinchera –sitio, por cierto, donde al sistema le encanta tenernos. Como ejemplos: el tradicionalismo es acaso la voz que menos se oye en un medio como YouTube; falta un ThinkTank susceptible de comprensión por personas que no conocen el tradicionalismo; en ciudades pequeñas y villas la irrupción de cualquier hoja, boletín, folleto, etc. –p.ej. sobre un hecho puntual o sobre política local o comarcal– puede tener una repercusión notablemente mayor a los recursos empleados: la ampliación de los horarios comerciales, los ataques a Iglesias, la estatua del Che que erige el Ayuntamiento, la seguridad ciudadana en la localidad o comarca, etc.
Vertebración. Sería deseable que participáramos en la vida social a diferentes niveles, en foros exclusivamente tradicionales y fuera de ellos, sin querer instrumentalizar causas nobles salidas de la respuesta popular a los problemas actuales, sino imprimiendo, en lo posible, una inclinación tradicional a esas soluciones, a la vez que irradiando confianza en las personas y grupos tradicionalistas de cada localidad. Asociacionismo y municipalismo son la clave. Quien pueda reunir una lista municipal, mejor que mejor. Quien “sólo” pueda fundar o participar en una asociación cultura o ecologista, estupendo. En el futuro, es probable que la inseguridad ciudadana vaya en aumento, con lo que sería bueno pensar en la posibilidad de plataformas vecinales por la seguridad ciudadana que recojan firmas, presionen en las instituciones, hagan comunicados y ofrezcan información a la población sobre problemas relacionados. Mejor todo esto, creo yo, que el nicho ideológico de las siglas en continua secesión unas de otras. Hay que salir fuera. De las élites solas no dependen los cambios políticos: eso raya con el Leninismo puro y duro. Por lo que tengo entendido, ninguno de los llamados Enciclopedistas del XVIII se puso a gritar contra Dios a la salida de las iglesias; antes bien fueron a misa y empezaron a subvertir ciertos dogmas en libelos, debates, tertulias, reuniones de salón, etc.
Como colofón, es necesario adoptar las formas, el estilo y la estética que nos son más propios y tradicionales: el siglo XIX y lo anos 1930 han pasado. La organización paramilitar de corte colectivista, al estilo de milicias y juventudes de partidos fascistas, socialistas y comunistas de los años treinta de pasado siglo, ya no sirve sino a la autocomplacencia historicista, al modo de quienes escenifican en trajes de época las batallas de Austerlitz, Elviña o Waterloo los fines de semana. Lo propio al momento histórico que vivimos es la forma de movimientos cívicos del tipo AVT o más bien del tipo Solidarnosc, es decir, plataformas cívicas en las que personas y asociaciones de orientación tradicionalista contribuyan a la formación del espíritu crítico y a la organización de la ciudadanía para su defensa ante la inseguridad, etc. El gran orgullo del sistema consiste en ser “democrático”; démosles pues algo de democracia real, orgánica, de base, acercándonos a aquella que Menéndez Pelayo denominaba “democracia frailuna” y no era sino expresión de un sistema cuyas instituciones tradicionales se inspiran en el Evangelio y en la Doctrina de la Santa Madre Iglesia. Hasta hace pocas décadas, hemos pecado más de comunitarismo que individualismo. Ya se quejaba Ortega, con su cabeza prusiana, de que aquí todo lo había hecho “el pueblo”. Estupendo, ¡qué le vamos a hacer si hemos sido un pueblo heroico, ojalá volviéramos a serlo!
Como nota y aviso, creo que deberíamos tener extremo cuidado con las familias, asociaciones o grupos de la Iglesia Posconciliar. A pesar de la entrega y buena voluntad de muchos religiosos, laicos o no, la Iglesia está descuidando el apostolado y la salvación de las almas –que es su primera finalidad– para realizar el programa masónico que ya le asignaban los ministerios de Carlos III: reducir su misión social a aquellas funciones que sean de “utilidad pública”. Así, la Iglesia Posconciliar se ha convertido muchas veces en una ONG –cuando no en un lamentable apoyo ideológico del neoliberalismo, como en el caso de la Conferencia Episcopal. Como vemos a menudo, no por haberse vuelto una ONG respeta más el sistema a la Iglesia, sino que la ataca y debilita todavía más. Por citar ejemplos graves de lo expuesto, ha llegado a mis oídos el caso de sacerdotes –excelentes cristianos- que han desatendido a sus rebaños para procurar vivienda y empleo a criminales oriundos de Colombia o Ecuador, algunos de ellos asesinos convictos o antiguos miembros de las FARC, que maltrabajan tres meses para luego vivir del INEM; al igual que en muchas parroquias se está ayudando a la adopción de niñas chinas por parte de familias españolas. La Iglesia no puede negar su caridad en base a credos, razas o nacionalidades, pero debe administrarla con la justicia y criterio que le fue propio en sus mejores días. La Iglesia no debe ser usada por el sistema como parche a los problemas sociales que el propio sistema genera sin contención alguna. Tal y como en su día la Iglesia denunció los efectos de la proletarización en la Rerum Novarum, la Iglesia debería denunciar la inmigración masiva en tanto que forma de desarraigo y explotación de millones de personas, así como criticar la venta de niños bajo el nombre de “adopción internacional” como lo que es: tráfico burocratizado de seres humanos. Mientras la Iglesia no se ocupe en primer lugar de su verdadera misión, en vez de adoptar contra natura el rol político que le adjudica la Modernidad, pocas serán las voces que desde las parroquias apoyen nuestro mensaje; más bien deberíamos hacer que nuestro mensaje llegue a también a las parroquias, pues es allí tan necesario como en la calle. Es una lástima que tantos sacerdotes comulguen hoy con el credo ideológico de la Modernidad.
Las familias son comunidades, como lo son las parroquias, los oficios, las localidades, las comarcas. Al fin y al cabo, España es una gran comunidad –con un ideal y una misión histórica trascendente que le confieren perfecta unidad y sentido en la Creación, como actor colectivo y filial en el gran teatro del mundo que ha dispuesto su divino Autor, Dios Todopoderoso, Uno y Trino, para perfección y salvación de sus hijos los hombres. La comunidad y la misión –lo que somos y a qué empresa nos debemos; Hispania y su secular “fiat” al Verbo–, las dos estrellas-guía que pueden ayudar a orientarnos. ¡Dios nos ayude en esta empresa!
Excusus·in·Hispania·AD·MMVIII.
Laus·Deo·Virginique·Matri
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