Con un día de retraso, saludo a los Fernandos del foro, que con esto de que este año Corpus y San Fernando cayeran en un mismo día, ¡A PESAR DE VIVIR EN SEVILLA!, se me pasó.
Con un día de retraso, saludo a los Fernandos del foro, que con esto de que este año Corpus y San Fernando cayeran en un mismo día, ¡A PESAR DE VIVIR EN SEVILLA!, se me pasó.
FERNANDO III EL SANTO, REY SANTO Y SANTO RECONQUISTADOR
Conferencia de Sevilla a cargo de Luis Carlón Sjovall (en la fotografía),
cortesía de la ACT Fernando III el Santo de Palencia
Luis Carlón Sjovall, nacido en Palencia el año 1972, es fundador de la Asociación Cultural Tradicionalista Fernando III el Santo de Palencia y, desde febrero de 2011, Presidente de esta institución, legítima abanderada del legado del Rey Santo y Reconquistador. La ACT Fernando III el Santo desarrolla una formidable actividad cultural, estudiando y divulgando la portentosa e inmortal figura de nuestro Rey Santo. Con motivo de la celebración de la Reconquista y Liberación de Sevilla por las huestes de Fernando III el Santo, el sábado 23 de noviembre del corriente, a invitación del sindicato de estudiantes universitarios RESPUESTA ESTUDIANTIL, Luis Carlón Sjovall pronunció una enjundiosa conferencia sobre la trayectoria vital de Fernando III el Santo. Con sus propias palabras: "Considero que un pueblo que, ya sea por dejadez o imposición pierde los valores de su Tradición, está condenado a desaparecer. Tradición, que bajo el signo de la justicia, han de marcarla la fe, la cultura y la familia, valores que hoy están al borde del colapso. Por ello, reivindico la figura de San Fernando, quién con más Nobleza y Lealtad que nadie aglutinó durante su glorioso reinado esos valores, y así, ha de ser de nuevo quien con su ejemplo de vida nos guíe e impulse hacia una nueva Reconquista." Publicaremos la conferencia íntegramente, aunque por su extensión tendremos que publicarla por partes. Creemos que esta conferencia suscitará el interés de nuestros lectores que no encontrarán una biografía de Fernando III el Santo tan completa y exhaustiva como la que nos ofrece Luis Carlón Sjovall. Agradecemos al Presidente de la ACT Fernando III el Santo de Palencia su disposición y le damos la bienvenida a RAIGAMBRE.
FERNANDO III EL SANTO:
REY SANTO Y SANTO RECONQUISTADOR
PRECEDENTES AL REINADO DE SAN FERNANDO
Por Luis Carlón Sjovall
La España en la que nació San Fernando estaba aún dividida en diferentes reinos. En lo que a los reinos cristianos se refiere, Castilla hacía tiempo que era militarmente el más fuerte, pero la derrota sufrida en la Batalla de Alarcos había dejado muy tocado a su ejército. Esto fue aprovechado por los Reinos de León y Navarra para hostigar a Castilla con el pretexto de recuperar territorios y derechos perdidos tiempo atrás.
Tenemos que entender que cada Reino tenía sus propias circunstancias y personalidad, y esto es importante conocerlo para saber porque las cosas luego sucedieron como sucedieron. Castilla había surgido como Reino casi dos siglos atrás, y sus diferencias con León eran grandes; mientras Castilla era un Reino básicamente militar en el que primaba la libertad de sus gentes, ganada generalmente en las conquistas fronterizas, León mantenía una estructura mucho más feudal y cerrada. Por su parte Aragón, hacía tiempo que miraba más hacia sus posesiones en Francia que a la guerra ante el infiel (eso cambiaría poco después con la llegada al trono de Jaime I) y Navarra, cercada hacia el sur como estaba por Castilla y Aragón, hacía tiempo que no miraba hacía el meridión, conformándose con mantener sus territorios y de vez en cuando intentar aumentarlos.
En el bando musulmán, las taifas había desaparecido por enésima vez con la llegada de los almohades, que dominaban prácticamente todo el territorio sur peninsular. Todo esto cambió con la unión de los Reinos Cristianos (a excepción de León) en la Batalla de Las Navas de Tolosa, y la desintegración posterior del Imperio Almohade.
Así las cosas, la España en la que nació San Fernando, no era un remanso de paz, sino un continuo campo de batalla entre cristianos, y con la amenaza almohade muy presente.
Por ello, no podemos entender la personalidad de San Fernando, sin tener en cuenta la realidad de su tiempo, y especialmente el carácter de su madre: la Reina Berenguela de Castilla.
Hija mayor de Alfonso VIII de Castilla, y de Doña Leonor Plantagenet (hermana de Ricardo Corazón de León y el famoso Juan sin tierra). Berenguela, desde muy joven asumió la responsabilidad que representaba ser infanta heredera de Castilla con una religiosidad, lealtad y sabiduría extraordinarias. Ya, con apenas ocho años, fue desposada con Conrado, hijo del Emperador Federico Barbarroja, en Carrión de los Condes. Matrimonio que fue anulado al año siguiente, al nacer Fernando, primer hijo varón de Alfonso VIII, y ver los alemanes frustrado su interés por alcanzar el trono de Castilla.
Berenguela volvió a desposarse en Valladolid, en el año 1197 con Alfonso IX de León; El Rey leonés, había estado casado anteriormente con Doña Teresa de Portugal, y de ese matrimonio que también se anuló por motivos de sangre, habían nacido Sancha (1191-1243), Fernando (1193-1214) y Dulce (1194-1248), hermanos de Fernando III por parte de padre.
El matrimonio de Alfonso y Berenguela se concertó con el fin de cerrar los eternos conflictos fronterizos entre los reinos de Castilla y de León, y así fue durante los siete años que duró el regio matrimonio del que nacieron cinco hijos, Leonor 1199-1202, Constanza (1200-1242), Fernando 1201-1252 , Alfonso 1202-1272 y Berenguela (1204-1235). Por motivos de consaguinidad, el enlace fue disuelto en 1204 por el Papa Inocencio III, Berenguela volvió a Castilla con sus hijos, y los conflictos volvieron inmediatamente a la frontera.
Esta situación se mantuvo hasta que San Fernando fue coronado Rey de Castilla en el año 1217.
EL INFANTE DON FERNANDO
Todo parece indicar que el nacimiento de San Fernando se produjo al inicio del verano de 1201, en un descampado cercano al monasterio que posteriormente se llamaría de Valparaíso, en la actual provincia de Zamora.
Pocas noticias han llegado de la vida de San Fernando en su infancia, más sabemos que mientras sus padres estuvieron juntos, debió de pasar su primera infancia en Galicia, hasta que la ruptura matrimonial de sus padres hiciéron que Berenguela volviera a Castilla junto con sus cuatro hijos. De esta época burgalesa, de la que poco se sabe, nos ha llegado una leyenda por medio de una de las cantigas de Alfonso X el Sabio. Todo gran héroe tiene una encrucijada en su vida, y a San Fernando esta le llegó con apenas cinco años de vida.
Parece ser, que estando en la corte, el joven Fernando se vio atacado por una penosa enfermedad y su madre pidió permiso al rey Alfonso para llevarlo hasta Santa María de Oña (lugar reconocido en la época por los milagros que allí sucedían). Allí, Doña Berenguela con el niño moribundo se encerró en oración ante la Virgen de Oña, con la única compañía de un cirio encendido. Tras horas de rezo y esperanza, y con el cirio ya casi apagado, la madre oyó que el niño lloraba, y al cogerlo entre sus brazos vio maravillada que al joven príncipe le habían desaparecido todas las fiebres y llagas, y la miraba con alegría.
El joven San Fernando debió de vivir en Burgos hasta los diez años de edad, momento en el que se trasladó a Palencia, capital universitaria de Castilla en aquellos momentos, y donde comenzó sus estudios junto a su joven tío, el futuro Rey de Castilla Enrique I, hasta que en el año 1214, y tras la muerte de Fernando el portugués (heredero de León) fue llamado por su padre a la corte leonesa para iniciar su preparación como futuro monarca leonés. El joven Fernando, criado en Castilla, se convertía de forma imprevista en heredero del viejo Reino de León.
No es difícil imaginar, que estos años que San Fernando pasó en Castilla (aproximadamente entre los tres y los trece) fueron los que más influyeron en su formación cultural y espiritual, forjándole un carácter, típicamente castellano que ya nunca abandonaría.
Pero todo empieza a cambiar en Castilla ese mismo año de 1214, fallece el rey Alfonso VIII de Castilla conocido como el Bravo o el de Las Navas a la edad de 57 años. La muerte del rey, nos la relata el arzobispo de Toledo Don Rodrigo Jiménez de Rada en su obra “De Rebus Hispaniae” de la siguiente manera:
«Habiendo cumplido LIII años en el Reyno el noble Rey Alfonso, llamó al Rey de Portugal su yerno para verse con él; y habiendo empezado su camino dirigido a Plasencia, última ciudad de su dominio, empezó a enfermar gravemente en cierta aldea de Arévalo que se llama Gutierre Muñoz, donde últimamente, agravado de una fiebre, terminó la vida y sepultó consigo la gloria de Castilla, habiéndose confesado antes con el arzobispo Rodrigo, y recibido el sumo Sacramento del Viático, asistiéndole Tello, obispo de Palencia, y Domingo, de Plasencia.»
Realmente Alfonso VIII fue un hombre de una fe y rectitud encomiable, se alzó al trono de Castilla con apenas tres años de vida al fallecer de forma precipitada su padre el rey Sancho III. Desde entonces, su custodia fue encomendada a la poderosa familia de los Lara, que por ello contaron siempre con la confianza y protección del rey, y esto como veremos posteriormente causó no pocos problemas en Castilla.
A la muerte del Rey, le sucede en el trono Enrique I, (su hermano Fernando había muerto tres años antes con apenas 22 años) Enrique, conocido como el rey niño, apenas contaba con diez años al subir al trono. Encargándose de la regencia del reino su hermana mayor Doña Berenguela, tras la muerte de la Reina Leonor un mes después de su marido. Este nuevo orden no fue aceptado por los Lara, con lo que ella, ante la amenaza de una guerra civil, se retiró al señorío de los Girón, junto a su hermana Leonor y sus hijas. Así, los Lara se hicieron con la custodia del joven rey Enrique, y de esta manera con el control absoluto del Reino.
Por su parte San Fernando, que como hemos dicho fue reclamado por su padre en 1214, fue reconocido legalmente como heredero al trono de León, y pasó los siguientes años junto a su padre y la nobleza leonesa conociendo a las gentes y tierras de su futuro Reino, así como aprendiendo buenas artes de gobierno, labor en la que su padre era sin duda un maestro.
CONSOLIDACIÓN DEL REINADO
Al tercer año del reinado de Enrique I, y dado que los Laras gobernaban el Reino mediante abusos y excesos, se inicia la guerra civil en Castilla. Los Lara saquean las tierras palentinas de los Téllez y los Girón, principales defensores de Doña Berenguela, viéndose la Reina obligada a refugiarse en Otiello (Autillo de Campos), principal fortaleza de los Girón. Pero cuando la situación empieza a ser desesperada, sucede algo inesperado, el Rey muere en el palacio episcopal de Palencia, donde todavía continuaba estudiando, al sufrir un golpe en la cabeza jugando al tejo con otros niños. Ante los rumores de lo ocurrido, los Lara niegan su muerte, y argumentan que el rey se está reponiendo.
A finales de mayo de 1217, Doña Berenguela ya sabe que su hermano, el rey Enrique ha muerto, y exige a los Lara que la reconozcan como reina, pero estos reaccionan atacando a Doña Berenguela en su refugio de Autillo de Campos. Ante esta situación, Doña Berenguela manda a los caballeros Gonzalo Ruíz Girón, Alfonso Téllez y Lope Díaz de Haro que se desplacen hasta Toro, donde se encontraba en ese momento la corte leonesa, para pedir al rey de León que dejase marchar al joven príncipe Fernando a socorrer a su madre.
Alfonso IX, gran rey, pero con muchos claro-oscuros, había llegado a un acuerdo con los Lara, pues pretendía que Castilla volviese a pertenecer a León. Por lo tanto, los nobles castellanos tuvieron que mentir, diciéndole al Rey que Enrique I se había recuperado, y que la presencia del príncipe Fernando junto a su madre se debía únicamente a la añoranza que ella sentía por su hijo. Después de muchas dudas por parte del monarca leonés, consiente la marcha del joven heredero. San Fernando ya no volvería a León hasta 15 años después. Tras una marcha de tres días, perseguidos por tropas leonesas, que al poco de partir se habían enterado del engaño, el príncipe y los nobles llegan a Autillo, hecho que fue definitivo para acabar con el asedio de los Lara, que se retiran a sus territorios toledanos.
Así, El 14 de junio de 1214, bajo un viejo olmo, y con la presencia de numerosos súbditos de la Tierra de Campos, además de los nobles, y con la bendición de los obispos de Palencia y Burgos. Doña Berenguela es proclamada Reina de Castilla. Más acto seguido, se desprende de su regio símbolo y ella misma coloca a su hijo la corona, La crónica lo recuerda así:
En la llanura que se hacía fuera del recinto amurallado del castillo, alzábase solitario un olmo corpulento y frondoso. A la sombra de sus ramas quiso Doña Berenguela que fuese levantado el sólito cadalso para verificar la sencilla ceremonia de la publicación real. Morisca alfombra cubría el entablado, sobre la cual quedaron dispuestos dos ricos sitiales para la reina y su joven heredero. Alrededor estaban prelados y magnates. Eran aquellos los obispos Don Tello de Palencia y Don Mauricio de Burgos; figuraban entre éstos Don Gonzalo Ruíz, Don Lópe Díaz, Don Suero y Don Alfonso Téllez de Meneses, Don Fernando Suárez y algunos otros. Gentes de armas a caballo o de pie, rodeaban el tabladillo circuídas a la vez por grupos de pecheros llegados de Frechilla, Fuentes y Castromocho. Con toda sencillez, ordenó Doña Berenguela que tremolaran pendones y fuese dado el grito acostumbrado, cuandos e alzaba nuevo rey, a favor de su heredero el príncipe Fernando. Et allí luego en Otiello, dice la crónica general, le alçaron reyet llamaron con el real.
Tras la proclamación de Autillo, la comitiva real se desplazó a Valladolid donde el 2 de julio, Fernando III fue reconocido por las Cortes como rey legítimo de Castilla. Pero los Lara y Alfonso IX no habían dicho su última palabra, y ante Valladolid se presentaron con un numerosísimo ejército exigiendo la regencia del reino de Castilla, pues Alfonso alegaba derechos por encima de su ex mujer y de su hijo. Fue aquí donde Fernando III demostró por primera vez su grandeza regia, mandándole una embajada por medio del obispo Tello de Palencia para decirle
“Que no fatigase más sus pueblos, ni les ocasionase mayores males, que debía agradecer a la reina el haber dado a un hijo suyo un reino, y tal reino que había causado a León grandes daños, y de allí en adelante no le vendría de él sino mucha ayuda.”, “Y que él no pretendía levantar espada contra ningún Reino cristiano, habiendo moros en España, y menos aun frente a su padre”
No le valió al rey de León el mensaje de su hijo, y junto a los Lara se dedicó a devastar pueblos y fortalezas fieles a Don Fernando, hasta que con fecha 26 de noviembre de 1217, y tras una carta del papa Honorio II en la que instaba a Alfonso IX a finalizar el conflicto, firma un acuerdo de paz, y se retira con sus tropa a León. Nunca más volvieron a verse padre e hijo.
De esta forma quedaron solos los Lara en la guerra frente a Don Fernando, hasta que a finales de 1218 fueron finalmente reducidos. Cuenta la crónica que al morir Don Alvaro Núñez de Lara, el mayor de los hermanos, y huir los otros dos al reino de León:
Finó tan pobre que non había con que lo llevar a Uclés, donde como caballero de Santiago se mandara soterrar, ni para candelas, e entonces la reina Berenguela, con mesura conplida, e con piedad, mandóle dar todo cuanto hubiese menester para lo llevar, e un paño de oro para el ataúd.
El ascenso al trono de León tampoco fue fácil para San Fernando. Sintiéndose traicionado el rey leonés por su hijo, decidió Alfonso IX romper el compromiso que con San Fernando tenía, y declaró que las herederas serían sus hijas Doña Sancha y Doña Elvira, nacidas de su primer matrimonio con Doña Teresa de Portugal.
El 24 de septiembre de 1230, muere Alfonso IX camino de Santiago de Compostela, a donde se dirigía para dar gracias al apóstol por su ayuda en la reciente reconquista de la ciudad de Cáceres por las tropas leonesas.
Inmediatamente, San Fernando, que se encontraba en ese momento combatiendo a los moros en Jaén, marcha hacia León para reclamar sus derechos. Es recibido en Toro y Benavente con alegría, pero sabe que la vieja nobleza leonesa no le admite como Rey, y que junto a sus hermanas las infantas, estabán recluidos en la ciudad de León dispuestos a combatirle.
Como dije antes, Don Fernando había jurado al alzarse rey de Castilla, que nunca haría guerra a cristianos habiendo moros en España. Pero no estaba dispuesto a renunciar a su derecho sobre el trono leonés. Es entonces cuando su madre Doña Berenguela, concierta una entrevista con Doña Teresa, primera esposa de Alfonso IX, y que desde la disolución de su matrimonio se encontraba recluida en un convento en la localidad de Valencia de Don Juan. Allí las dos reinas, sin necesidad de guerra entre hermanos llegan al siguiente acuerdo:
Primero: Qué las infantas renunciarían a cualquier derecho que pudieran tener a la corona y cancelarían cualquier privilegio o carta, de donación o herencia, de su padre, en este sentido.
Segundo: Qué entregarían a su hermano todas las plazas y castillos que sus caballeros tenían por ellas y absolverían a estos del pleito homenaje que le hubieren hecho.
Y tercero: Qué el rey señalaría a sus hermanas una renta fija de treintamil maravedíes de oro anuales.
Tras conseguirse este acuerdo, conocido como la “Concordia de Benavente”, Fernando III el Santo fue proclamado rey de León en dicha ciudad el 11 de diciembre de 1230. Ese día nació la Corona de Castilla, que unificaba los reinos de León y Castilla para siempre. Tras la ceremonia, el rey marchó hasta Santiago de Compostela, como mandaba la tradición leonesa y además así rendir un sincero homenaje ante la tumba de su padre.
... ContinuaráRAIGAMBRE
FERNANDO III EL SANTO, REY SANTO Y SANTO RECONQUISTADOR (II PARTE)
LA CRUZADA DE SAN FERNANDO
Por Luis Carlón Sjovall
Desde muy niño, el rey San Fernando se vio atraído por las viejas historias y leyendas de sus antepasados. La vida y gestas del Cid, de Don Pelayo o el impresionante reinado de Alfonso II el Casto se unían a la reciente victoria lograda por su abuelo en la Batalla de Las Navas de Tolosa frente a los poderosos almohades. No cabe duda que en su niñez, el entonces joven príncipe debía soñar con recuperar para Jesucristo la España perdida por lo godos.
Siendo San Fernando, ya rey de Castilla. Fue tiempo de poner orden en el reino, y así dedicó sus primeros meses a conocer todos los rincones de Castilla y a deshacer litigios. Es en esta época cuando San Fernando, siempre fiel a las tradiciones, es coronado en Nájera por tercera vez, siguiendo la tradición de los reyes de Navarra. También se hace con su famosa Espada Lobera y el viejo pendón de Castilla que según nos cuenta la tradición pertenecieron al primer conde castellano, Don Fernán González.
Sin duda, la paz y la prosperidad habían vuelto a Castilla, y el rey no pensaba ya más que en recuperar la España perdida. Más Doña Berenguela, sabía que no había Rey completo, sin reina a su lado. Y de esta manera Don Fernando contrajo matrimonio con Doña Beatriz de Suabia, hija de Felipe, Duque de Suabia, y sobrina del emperador Federico II, el 27 de noviembre de 1219 en la localidad palentina de Carrión de los Condes. De este su primer matrimonio nacieron diez hijos.
Alfonso X el Sabio (futuro rey de Castilla) 1221-1284, Fadrique 1224-1277, Fernando 1225-1242, Leonor 1226, Berenguela 1228-1279, Enrique 1230-1303, Felipe 1231-1274, Sancho 1233-1261 (arzobispo de Toledo y Sevilla), Manuel 1234-1283, y María (1235).
Con el Reino ya tranquilo, y quedando Doña Berenguela como Reina en Castilla, en la primavera de 1224, marcha el rey a tierra mora por primera vez. En este primer encuentro con los islámicos el rey comenzó a labrarse su leyenda de rey justo entre cristianos y mahometanos. Con los suyos el rey siempre fue el primero en todo, y nunca trato a ninguno como no mereciera. Y justo también fue con los moros, pues si rendían vasallaje a Castilla les dejaba seguir viviendo en sus tierras, si rendían la plaza les aseguraba una retirada honrosa con todas sus posesiones hasta otra plaza mora, pero hay de aquellos que plantaban cara al rey. Sólo la muerte y la pérdida de todos sus bienes les esperaba. La primera plaza mora que se vio acometida por San Fernando, fue la ciudad de Baeza, cuyo rey, llamado Mahomet, pidió vasallaje al ver que el propio rey de Castilla lideraba la hueste cristiana. Por el contrario la ciudad de Quesada, que pertenecía al reino de Baeza, decidió renegar de su rey y resistir a los cristianos. En pocos días los castellanos tomaron la plaza, y pasaron a cuchillo a todo hombre con capacidad de tomar armas. Como digo, estos dos ejemplos sirvieron a los demás reinos moros como advertencia de cómo San Fernando impartía la justicia al intruso musulmán.
En invierno de ese mismo año de 1224, se acercó hasta Cuenca, donde se encontraba San Fernando el rey moro de Valencia, que temeroso de ser atacado, pidió al Santo aceptase a Valencia como reino vasallo. Esto creó problemas con Aragón, que alegando el tratado de Cazorla firmado en 1179 por Alfonso VIII de Castilla y Alfonso II de Aragón, consideraba Valencia terreno propicio a su propia Reconquista. No era San Fernando, rey que ambicionase gloria personal, todo lo contrario. Así que no dudó en romper el acuerdo alcanzado con el moro, y dio vía libre al Rey Jaime I para que expandiese los territorios de la Cruz hasta los confines del Reino de Valencia, quedando el Reino de Murcia libre para expansión castellana.
En primavera de 1225 sale el rey por segunda vez a tierra musulmana, conquistando con la ayuda de los moros de Baeza las plazas Martos y Andújar, que es entrega en encomienda para su protección a los caballeros de Calatrava.
En las primaveras de 1226 y 1227con un ejército menor al de los dos años anteriores, pero con el apoyo de dos mil jinetes cedidos por el rey moro de Baeza, San Fernando vuelve a Andalucía con intención de no dar respiro a los mahometanos. En esta campaña se asedia la ciudad de Jaén, se llega hasta los muros de Granada y se destrozan los campos de ambos reinos dejando el pánico y la desolación a su paso por estas tierras. Además, tampoco fue estéril esta campaña en conquistas, pues pasaron a posesión castellana las plazas de Priego, Loja y Capilla.
A estas alturas, Castilla vivía en la tranquilidad que daba saber que Doña Berenguela gobernaba con mano firme la Castilla del Norte, y que San Fernando estaba decido a no parar hasta que ni un solo templo en España estuviese coronado con la Cruz de Jesucristo. El pueblo castellano veía en su Rey a un héroe, que por su entrega y fe ya empezaba a ser reconocido como el Santo que fue. Nunca Castilla fue tan exigida de hombres e impuestos como en la época de San Fernando, y nunca fue mayor la paz que vivió en el reino.
Por el contrario, Los moros, que tras el derrumbe almohade habían vuelto a conformarse en múltiples taifas, sabían de su debilidad ante un Rey, que ya en esos momentos era visto por ellos como un demonio invencible, predestinado a gestas que cambiarían su mundo para siempre
Durante el invierno de 1227, los moros de Baeza se vuelven contra su rey, y antes de que los castellanos puedan llegar a ayudarle, le dan muerte y recuperan para la media luna algunas de las plazas reconquistadas. Poco duró esto, pues en cuanto conocieron que llegaba Don Lópe Díaz de Haro con quinientos caballeros cristianos, huyeron todos para refugiarse en Córdoba y Sevilla. Para defender las plazas retomadas, deja al rey a Don Tello de Meneses y a Don Lope Díaz con amplia guarnición cristiana.
Tres años tuvo que frenar Don Fernando la Reconquista, es un tiempo que dedica el rey a ayudar a su tía, la reina de Francia, Doña Blanca de Castilla, madre de San Luis, y que se encontraba en guerra con los alvigenses. Poco quería el rey a los moros en sus tierras, más tampoco era amigo de herejías, así que mandó tropas y consejeros a Francia hasta que la reina y su hijo aplacaron a los tolosanos. Esta herejía también estaba enraizando en ciertos lugares de Castilla, donde algunos cátaros se dedicaban a difundirla entre la gente simple. La Historia nos cuenta como el propio Rey hacía justicia:
Fue cosa de ver el juicio que hizo el rey de los herejes cuando sentado en su trono, con faz grave y severa, apareció rodeado de un consejo asesor de doce sabios. Allí estaban los omes buenos que en materia de leyes eran sabidores, ancianos que muchos años habían sido alcaldes y estaban bien enterados de cómo se usaba facer, y otros que habían andado a los estudios de Palencia et Salamanca.
Condenados los herejes que no quisieron arrepentirse, lleváronlos a quemar, y espantó grandemente al pueblo ver que el Rey, cargándose de un haz de leña, lo llevó el mismo en persona hasta la pira.
Es también el tiempo en que San Fernando comienza las obras de templos emblemáticos como la Catedral de Burgos o la de Toledo, además de numerosos monasterios repartidos por todas las tierras reconquistadas, pero también es un tiempo en que San Fernando empezó a notar en su cuerpo la dureza de una vida sin descanso, achacándole por primera vez una enfermedad que le tuvo postrado una larga temporada.
En la primavera de 1230 se reanudan las campañas frente al infiel, San Fernando había decidido tomar Jaén, y allí se encontraba asediándola cuando le llegaron noticias de la muerte de su padre, como he contado antes levantó el cerco y marchó al norte con intención de reclamar sus derechos.
Tras la unificación de Castilla y León, San Fernando duplica sus reinos, por lo tanto también duplica sus rentas y ejércitos. Así, en la primavera de 1231 marcha de nuevo hacia el sur donde conquista la plaza de Úbeda y devasta los campos de la Cuenca del Guadalquivir hasta llegar incluso a las puertas de Sevilla y Jerez.
En diciembre de 1235, y tras dieciséis años de matrimonio, murió en Toro la reina Beatriz dando a luz a su última hija. Duro golpe supuso sin duda para Don Fernando la muerte de su fiel esposa. Ordenó que fuese enterrada en Las Huelgas de Burgos. Hoy, Doña Beatriz de Suabia está enterrada en la Capilla Real de Sevilla junto a su querido esposo San Fernando, tras ser trasladada por su hijo Alfonso X el Sabio en 1279.
Poco duró el llanto en San Fernando, pues las necesidades apremiaban, y ayudó la noticia de que en enero de 1236 un escuadrón de jóvenes caballeros había tomado por sorpresa la Axarquía cordobesa, impulsó inmediatamente la recluta a sus mejores hombres y se encaminó personalmente a prestar ayuda a sus súbditos (A tal rey tales súbditos). Tras más de un mes sitiádos, los cristianos recibieron con alegría las enseñas reales en el horizonte, mientras que los moros pasaron de sitiadores a sitiados. Estos pidieron ayuda a los reinos de Jaén y Sevilla, ayudas que nunca llegaron, pues era grande el temor que les infundía el Rey Santo. Tras cinco meses de asedio, Córdoba, el gran símbolo de la España musulmana se rendía a San Fernando el 29 de junio de 1236, festividad de San Pedro y San Pablo.
San Fernando permitió salir con vida a sus defensores, pero a cambio, nos cuenta la tradición, mandó que las campanas de Santiago de Compostela, que se encontraban en Córdoba desde que el caudillo Almanzor las llevó a hombros de cristianos esclavizados 260 años antes, fuesen llevadas de nuevo a Santiago a hombros de prisioneros musulmanes. Tras la expulsión de los islámicos, se reforzaron las defensas de la ciudad, y quedó a cargo de ella una guarnición al mando de Don Alfonso Téllez de Meneses.
El rey en su alegría por la Reconquista de tan gran ciudad, relató de su puño y letra un documento que se encuentra actualmente en los archivos de la Catedral de Burgos, y que reza así:
¡loor por siempre a Ti, Jesucristo, mío Señor, que por la tu grand misericordia et los ruegos de la Gloriosa Sancta María, te has querido valler deste tu siervo et caballero, et “por medio de los mios sudores” ganaste pora tu sancta ley esta cibtat de Córdoba!.
Tras la conquista de Córdoba, y durante los siguientes dos años, atendió el rey al gobierno de la Corona, concediendo fueros, otorgando donaciones, o dando sentencias. El obispo de Palencia Don Tello Téllez lo alaba así.
“Oía a todos, no había hora escusada para audiencias; era amante de la justicia; recibía con singular agrado a los pobres; no quería tener a ninguno quejoso, y deseaba como buen padre dar gusto a cuantos le permitía la justicia; era al mismo tiempo severo contra los delitos, singularmente contra los que abandonando la fe se inficionaban con la herejía, o contra los que disimulaban sus errores por no perder la conveniencia de ser sus vasallos.”
También en esta época contrajo el Rey matrimonio por segunda vez. De nuevo fue su madre la que le busco esposa, siendo la elegida Doña Juana, hija del Conde de Ponthieu. La boda se llevó a cabo en Burgos a finales del año 1237. Este matrimonio, daría a San Fernando cinco hijos más:
Fernando 1237 (Conde de Aumale y Barón de Motgomery), Leonor 1240 (esposa de Eduardo I de Inglaterra y madre de Eduardo II), Luis 1242 (Señor de Marchena) y Jimena 1244 y Juan 1245 que murieron al poco de nacer. Juana debió de ser una muy buena esposa, pues el arzobispo Jiménez de Rada habla de ella siempre con mucho respeto. Sea como fuere, al poco de enviudar, volvió a Francia, donde murió en el 1279.
El domingo de Ramos de 1238, llegaron noticias al rey de que la plaza de Martos estaba siendo atacada por los granadinos, Y San Fernando, nuevamente se lanzó hacia al sur con sus mesnadas al rescate de la plaza sitiada. Fue llegar el rey a Martos, y los granadinos huyeron sin entrar en combate. Una vez más, la simple presencia del Rey Santo infundía terror a los sarracenos.
Aprovechó el rey esta estancia en el sur, para asegurar Córdoba. Así mandó que viniesen de Castilla sacerdotes, juristas y población civil para poblar y reorganizar la fantasmal ciudad. Ordenó traducir el “Fuero Juzgo” del latín al castellano para que fuese en adelante la regla que legislara sus conquistas en el sur, y se empezaron a construir iglesias y conventos sobre los antiguos templos musulmanes. La Mezquita, que estaba construida sobre la vieja Catedral de la Córdoba Hispánica, ordenó San Fernando que fuese respetada en su estructura, pues el rey siempre respetó la belleza, la hubiese creado quien la hubiese creado. Además de todo esto, no cesó en el empeño de Reconquista, y así, se capturaron numerosas fortalezas y se siguieron castigando sin pausa los reinos musulmanes, especialmente las comarcas de Granada y Sevilla.
Tras dos años en la frontera, el rey volvió a Castilla con intención de reponer fuerzas con vista a sus futuras empresas. Más como la paz está visto que no es cosa de este mundo, el rey tuvo que asistir al poco de volver al entierro de Fernando, su tercer hijo, que accidentalmente murió en Toledo. No se había recuperado el rey de la pena, cuando le llegaron noticias de que Don Lope Díaz de Haro, que nunca estuvo a la altura de su padre Don Diego, se había hecho fuerte en Vizcaya, y pretendía crear un condado independiente. Inmediatamente el rey marchó a Vizcaya, y aunque le horrorizaba blandir la espada con cristianos (más en este caso que se trataba de un viejo camarada en tantas y tantas aventuras) arrasó toda aldea que se puso en frente.
Sea por la desazón de las traiciones, o porque nunca supo descansar, el rey cayó gravemente enfermo por segunda vez en Miranda. Encomendando a su hijo Alfonso que capturase al rebelde costase lo que costase. Don Alfonso (que siempre fue mejor príncipe que Rey) hizo su trabajo, y llevo a Don Lope a Burgos donde se encontraba descansando el rey. El sedicioso noble fue encarcelado, y como nos cuenta la crónica de Don Miguel de Manuel, todos temían por su vida, y pedían al rey que le perdonase. Incluso el joven infante Don Alfonso se lo pidió, a lo que respondió el rey “Fijo, non por el primer yerro olvides el servizio, ca a veces la venganza del yerro face mejor servidor” . Y así fue. Tras una buena temporada a la sombra, el fiero conde Don Lope Díaz, arrodillado y con lagrimas en los ojos, pidió perdón al rey para nunca más crearle problemas.
Seguía el rey recuperándose en Burgos, cuando le llegaron noticias de divisiones entre los moros en el reino de Murcia, y que esto estaba a punto de ser aprovechado por el rey de Granada para anexionárselo. Inmediatamente mandó el rey de nuevo a su hijo Don Alfonso al mando de un ejército, ayudado por el viejo capitán de Alfonso VIII, Don Rodrigo González Girón. Según se acercaba el ejército castellano a Murcia, salieron los murcianos a recibirlos, pidiendo vasallaje a Fernando III el Santo. Don Alfonso, que sabía que su padre prefería conquistas sin sangre, aceptó el vasallaje. Así, el joven príncipe entraba en Murcia el 22 de diciembre 1243. Sólo las plazas de Mula, Cartagena y Lorca se negaron al vasallaje, siendo tomadas sin prisioneros en la primavera siguiente también con el infante al mando de una nueva expedición.
Notaba el rey que la salud no le duraría, y sentía que mucho le quedaba por hacer. Por eso, cuando salió de Castilla en la primavera de 1243, lo hizo para no volver nunca más. Cuando estaba el rey feliz con las noticias que le llegaban de Murcia, le llegaron otras que le nublaron el ánimo. Los mejores hombres de la frontera habían sucumbido en una batalla ante las huestes de Alhamar, rey de Granada. Apenas su propio hermano Alfonso y unos pocos más habían sobrevivido. No obstante, de momento las plazas se mantenían en poder castellano. Así. San Fernando salió por última vez de Castilla, de nuevo dispuesto a socorrer a sus huestes.
En esta última campaña, los viejos nobles y obispos que tanta gloria le habían dado tanto a él como a su abuelo, ya no podían seguirlo. Muchos habían muerto en los últimos años, y otros ya no se encontraban en situación de combatir. No obstante eran los hijos y sobrinos de estos los que acompañaban al rey, y su ilusión era superar a sus padres en bravura y lealtad. Uno de estos jóvenes era Don Nuño González de Lara, hijo del sediciosa conde Don Gonzalo de Lara. San Fernando no solo le había perdonado la traición de sus progenitores, sino que le había convertido en uno de sus hombres de confianza.
Marchó con tanta fuerza el rey a la campaña de 1244, que en poco tiempo había tomado las fortalezas de Arjona, Pegalajar, Bexícar, Carchena y Catzalla; y las tropas se encontraban asediando la ciudad de Jaén y devastando la Vega de Granada. Duro fue este golpe para los moros, que no sólo veían a los cristianos ante sus murallas sin intención de marcharse, sino que además se habían quedado sin alimentos para los próximos años, pues todo el campo estaba arrasado.
A principios del año 1245, el rey reactivo las razias en tierra mora, que se aumentaron hasta la vega del Guadalquivir y el reino de Niebla. Estaba el rey absorto en estas campañas cuando le llegó la noticia de que su madre estaba en Pozuelo (actual Ciudad Real). Doña Berenguela se sentía morir, y le pedía a su hijo que la dejase retirarse a un convento a pasar sus últimos días, convencida como estaba que Don Fernando nunca volvería a Castilla sin acabar la Reconquista. El rey viendo a su madre y gran apoyo tan mayor sintió que debía volver a Castilla para hacerse cargo del gobierno y que así su madre descansara, pero finalmente fue ella, viendo que el sueño de su hijo se podía desvanecer, la que le convenció de lo contrario, y volvió a Castilla para seguir rigiendo el reino como la Gran Reina que siempre fue. Nunca más volvieron a verse madre e hijo. Un año después de este encuentro su madre dejaba este mundo. ¡Tu me la diste, Señor, et tu me la quitaste! murmuró el Santo al saberlo. Realmente fue un reinado con dos reyes; la madre en el norte, el hijo en la frontera. Sin una reina como Doña Berenguela, no habríamos tenido un rey como San Fernando.
A principios de otoño de 1245, comenzó el definitivo sitio de Jaén. Empezaron con pocas tropas, y con la idea de volver la primavera siguiente, más San Fernando plantó su tienda frente a la muralla, y dijo a sus hombres que no la levantaría hasta ver rendida la ciudad. Al saber esto, todos los nobles, dejaron sus quehaceres y marcharon hacía allí para estar junto al Rey, al igual que las milicias concejiles. El 28 de febrero de 1246, los moros, desesperados, decidieron salir a campo abierto a combatir a los castellanos. Cuenta la crónica que San Fernando fue el primero en tomar la lanza y alentar a los suyos en la batalla.
La Victoria fue total, y la mortandad de la morisma espantosa, como nos dice el Padre Retama en su crónica. Inmediatamente terminado el combate y rendida la ciudad, el rey colocó la imagen de la Virgen de las Batallas que siempre llevaba en el arzón de su caballo, y mandó rezar el “Te Deum”. El Reino de Jaén ya era tierra Cristiana.
Esta victoria fue doble, pues a los pocos días, el rey de Granada se presentó ante la tienda del rey pidiendo audiencia. Allí arrodillándose ante San Fernando pidió humildemente vasallaje. Vasallaje que se concedió, y que a la postre salvaría a Granada de caer ante San Fernando como el resto de taifas moras. Y es que el Rey moro Alhamar, combatió a partir de este momento junto a San Fernando frente a sus hermanos de herejía.
Córdoba y Jaén rendidos, Murcia y Granada como reinos vasallos. Ya nada impedía dirigirse a Sevilla, la gran capital de los mahometanos en la España del siglo XIII. Explicar la toma de Sevilla exigiría una conferencia en sí misma, más intentaré resumirlo de la mejor manera posible.
Pasó el rey la primavera y el verano siguientes repartiendo la tierra y organizando la vida civil en Jaén, pero sólo pensaba en la Reconquista de Sevilla. Por aquel tiempo mandó el Rey a un tal Ramón Bonifaz, burgalés pero gran entendido en asuntos de la mar que preparase una flota en los puertos del norte, esta flota fue la primera armada de Castilla, y fue fundamental como veremos para la toma de la ciudad.
A partir de otoño, el rey marcho a Córdoba, desde donde continúo fatigando a los moros atacando diferentes puestos y arrasando las cosechas. No quiso San Fernando volver a Castilla, ni siquiera para estar presente en la boda de su primogénito Don Alfonso, que en aquel otoño se casó en Valladolid con Doña Violante de Aragón, hija de Jaime el Conquistador.
RAIGAMBRE
FERNANDO III EL SANTO, REY SANTO Y SANTO RECONQUISTADOR (III PARTE)
LA RECONQUISTA DE SEVILLA
Por Luis Carlón Sjovall
En la primavera de 1246, San Fernando marchó hacia Sevilla dispuesto a no alargar por más tiempo la estancia de los mahometanos en tan esplendida ciudad. De Castilla llegaron hombres de todas las ciudades, ni un solo noble faltó con sus mesnadas, allí también estaban las órdenes militares con sus mejores hombres. Nos dice el Padre Retama en su libro San Fernando y su época: “que hasta el Papa eximio de ayunos y vigilias además de dar numerosos perdones e indulgencias. En ellas llamaba también a su caudillo “Nuestro carísimo hijo el ilustre Rey de Castilla, campeón invicto de Jesucristo”, y mandaba que todas las iglesias del reino pagasen la mitad de las tercias decimales por tres años, para contribuir al sostén de la magna empresa de la conquista de Sevilla.” Era claro que los ejércitos del rey estaban allí para quedarse.
Fueron cayendo una tras otras las ciudades que rodeaban la capital del Guadalquivir, La primera fu Carmona, seguida por Constantina y Reina. En todas ellas, los moros se fueron rindiendo ante la llegada de las tropas castellanas. Si opusieron resistencia las localidades de Castellana y Gilena, muriendo los defensores pasados a cuchillo y quedando cautivos los habitantes.
Durante el asedio de Alcalá del Río, San Fernando volvió a enfermar, más dio ordenes de no ceder en el impulso. Los meses pasaban y los moros de Alcalá no cedían. Ante tales circunstancias, el rey “seyendo muy flaco” y desoyendo los consejos del médico judío que le atendía, se puso de nuevo al frente de sus tropas “Mandó combatir muy fuerte la villa”, y sus hombres viéndole otra vez a caballo, demacrado y pálido aún, pero con su firme mirada se lanzaron como leones sobre la plaza, que lógicamente fue tomada y castigados convenientemente sus moradores.
Era el 20 de agosto de 1247, festividad de la encarnación, cuando aparecieron por el río Guadalquivir las velas cristianas de la flota de Bonifaz. 13 galeras y 13 bajeles, además de numerosas embarcaciones menores componían tan gloriosa flota. San Fernando exultante visitó una a una las embarcaciones saludando y dando ánimos a los tripulantes. Vascos, cantabros, asturianos y gallegos formaban parte de aquella primera escuadra marina de Castilla.
Quince meses duró el asedio de Sevilla, durante los cuales las penurias de sitiados y sitiadores fueron tremendas. Los cristianos habían rodeado la ciudad con cuatro puntos fuertes, en la parte sur San Fernando con algunos nobles forzaba a los mahometanos, Pelay Correa, maestre de Santiago se encargó del arrabal de Triana, Don Alfonso, el heredero y Don Alfonso de Molina, su hermano se encargaron de las otras puertas de la ciudad. Además la flota perpetraba continuos ataques desde el río tanto a Triana como a Sevilla.
Durante el asedio de Sevilla se dieron varias circunstancias que podemos catalogar como de milagrosas. Una de ellas sucedió en el verano de 1248, cuando las tropas castellanas; cansadas y hambrientas, sufrían además una alarmante falta de agua. Ante tal situación, mandó el rey a su fiel Pelay Correa en presencia de las tropas que clavase una lanza en el suelo mientras todos rezaban el “Te Deum”, al poco empezó a salir un hilillo de agua, que en poco tiempo se convirtió en una hermosa fuente. Nos lo cuenta así la crónica: “Clavóla hasta bien adentro en el lugar que el Rey señalara. Y al retirarla salió de la ferida un hilillo ténue de agua cristalina, que poco a poco se iba ensanchando y adquiriendo más caudal. Entonces el rey Fernando bajó del caballo y fue el primero en bever de aquella agua que Dios les enviaba con honra y agradecida devoción de su alma.” Esta fuente creo que todavía existe en Sevilla, y es conocida como la “Fuente del Rey”.
En octubre, la situación de Sevilla era crítica. Bonifaz había roto en una audaz envestida el puente de barcas que separaba Triana de Sevilla, con lo cual la axarquía trianera no tardó en caer. Mientras en Sevilla, hacía tiempo que escaseaba de todo, y además habían perdido la esperanza de recibir ayuda del norte de Africa. Axafat, último rey moro de Sevilla, se presentó ante San Fernando el 23 de noviembre de 1248, festividad de San Clemente, ofreciendo la ciudad al monarca castellano. Una vez más, San Fernando fue magnánimo, y permitió que todos los habitantes de Sevilla salieran de la ciudad con las pertenencias que pudiesen llevar encima. La fecha límite sería la víspera de Navidad
Un hecho acaeció en este tiempo, que nos marca la personalidad del Santo. Llegaron noticias al campamento cristiano de que los moros tenían planeado tirar la torre de la mezquita (La Giralda) con intención de que no callase en manos cristianas. Cuando el Rey Santo se enteró de esto mandó decir a los moros que como se atreviesen a tocarla, ni uno sólo de los habitantes de Sevilla saldría de la ciudad. Lógicamente, la idea de Axafat quedó en pura anécdota. Anécdota que desmonta muchas de las farsas que generalmente estamos acostumbrados a sufrir cuando se habla de respeto al arte y la cultura de otros pueblos y religiones.
En Navidad de 1248, entró la comitiva cristiana en la ciudad con la Virgen de los Reyes al frente, se consagró la antigua mezquita en Catedral, siendo Don Remundo su primer obispo tras la Reconquista. Inmediatamente San Fernando empezó a construir monasterios, siendo el de San Clemente el primero de ellos, mandó repoblar la ciudad, repartió sus tierras entre sus mejores hombres y la concedió fueros. El rey estableció la corte a partir de ese momento y hasta su muerte en el Alcázar de la capital Sevillana.
Sólo tres reinos quedaban en España bajo poder musulmán. Uno Granada, que como hemos dicho era leal a Castilla; los otros dos eran Jerez y Niebla (actual Huelva). Así, Fernando III en cuanto tuvo en orden todo lo que se refería a Sevilla, emprendió camino a Jerez, campaña donde de nuevo enfermó antes de tomar la ciudad, viniéndole la muerte el 30 de mayo de 1252 el Alcázar sevillano.
San Fernando moría joven, fruto de una vida de inmenso desgaste físico. No pudo completar la obra que de niño se había propuesto, devolver a toda España a la Fe de Cristo, obra que completó su hijo Alfonso sometiendo definitivamente Jerez y Niebla. Granada no volvió a dar problemas hasta mucho tiempo después, ejemplo de ello es que durante más de cien años los mejores caballeros granadinos hicieron guardia en la tumba del Santo en señal de respeto y admiración.
Tampoco pudo el Rey Santo, aunque siempre lo ambicionó, marchar a Tierra Santa en ayuda de los hermanos cristianos que la custodiaban. Además, San Fernando ambicionaba conquistar el norte de África, tierra que tanto por tradición, como por seguridad siempre tuvo claro el Rey que debía de estar bajo la corona española. La crónica inglesa de Matthew Paris nos cuenta así, como San Fernando había llegado a un acuerdo con el rey de Inglaterra para conquistar el norte de África:
“el victorioso rey de Castilla...por afección al rey de Inglaterra, envió a un elocuente y elegante caballero al rey....proponiéndole una cruzada que habría de pasar por Castilla...siendo seguro que el rey de Castilla le aprovisionaría e incluso le acompañaría personalmente...y que desechara la vía marítima Francesa...El rey Inglés estaba complacido por ello...y hubiera hecho honor de ello si no hubiera sido por la prematura muerte del rey Fernando, lamentablemente para todos los cristianos; pero él murió bien y dejó a varios bravos hijos para gobernar el reino"
LEGADO DEL SANTO REY
A pesar de su prematura muerte, el reinado de San Fernando nos deja un legado impresionante. Reconquistó los Reinos de Córdoba, Murcia, Jaén y Sevilla. Dejó vasalla de Castilla a Granada. Cambió el latín por el castellano como idioma oficial del Reino. Revitalizó las artes y las ciencias (su hijo siempre reconoció que el Sabio no era él sino que todo se lo debía a su padre), en arquitectura por ejemplo comienza bajo su reinado la construcción de las catedrales de Burgos, Toledo, Sevilla y Jaén, además de numerosísimas iglesias de estilo gótico. Revitalizó las universidades de Palencia y Salamanca. Ordenó y modernizó los fueros de las ciudades. Y sobre todo, con su aura de justicia, valor y santidad unió España como posiblemente nunca antes ni después lo estuvo. Además de mantener la paz en Castilla, durante su reinado la paz y la concordia fueron los rasgos predominantes en su relación con sus vecinos de Aragón, Navarra, Portugal o Francia. Y es que San Fernando NUNCA perdió una batalla, quizá por eso fue proclamado por el Papa Inocencio IV como “Campeón invicto de Jesucristo”
Ya en vida, San Fernando fue reconocido por sus contemporáneos como un hombre santo. Y tras su muerte, la situación no cambió. Ya en el siglo XIII, encontramos las primeras imágenes del rey con aura santa sobre su corona. No obstante, hubo que esperar hasta el 29 de mayo de 1655, fecha en que el Papa Alejandro VII le declaró oficialmente Santo, y confirmó el 30 de mayo, fecha de su muerte, como festividad de San Fernando, tras un larguísimo proceso. Más como la dicha nunca es completa, solo se concedió culto al Santo en la Capilla Real de Sevilla.
Finalmente, el 7 de febrero de 1671 el culto a San Fernando fue extendido por el Papa Clemente X, como nos recuerda Don Miguel de Manuel:
Concedió su Santidad extensión del culto, dando licencia para que en todos los reinos y señoríos de su majestad, y en la iglesia de Santiago de Roma, que es de españoles, se celebrase el Santo con rito doble, y con rezo y misa de confesor no pontífice.
Hoy en día, a pesar de que la figura de San Fernando padece el olvido que sufren todos los grandes héroes de nuestra Historia, aún podemos encontrar su nombre en instituciones como la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; como co-Patrón de España, Patrón de la Juventud Española, Patrón del Arma de Ingenieros o como Patrón de multitud de ciudades, municipios y asociaciones en el mundo entero. Y por supuesto, dando nombre a la condecoración más importante a la que puede aspirar un español: La Laureada de San Fernando.
Sirva como resumen final de la personalidad de San Fernando la lápida de su sepulcro, que escrita en latín, castellano, árabe y hebreo reza lo siguiente:
AQUÍ IAZE EL MUY ONDRADO DON FERNANDO
SENNOR DE CASTIELLA E DE TOLEDO, DE LEON
DE GALLIZIA, DE SEVILLA, DE CORDOVA,
DE MURCIA ET DE IAHEN,
EL QUE CONQUISO TODA ESPANNA
EL MÁS LEAL
E EL MÁS VERDADERO E EL MÁS ESFORÇADO
E EL MÁS APUESTO E EL MÁS GRANADO
E EL MÁS SOFRIDO E EL MÁS OMILDOSO
E EL QUE MÁS TEMIÉ A DIOS
E EL QUE MÁS FAZÍA SERVICIO
E EL QUÉ MÁS QUEBRNTÓ E DESTRUIÓ
A TODOS SUS ENEMIGOS
E EL QUE ALÇÓ E ONDRÓ A TODOS SUS AMIGOS
E CONQUISTO LA CIBDAT DE SEVILLA
QUE ES CABEÇA DE TODA ESPANNA
E PASSÓS HI EN EL POSTREMERO DÍA DE MAYO
EN LA HERA MIL DOSCIENTOS CINCUENTA Y DOS.
RAIGAMBRE
Vida de San Fernando; el finamiento del Rey Don Fernando
El jueves 30 de Mayo de 1252, consumido por la hidropesía que adquirió durante larga y trabajosa vida castrense, expiraba el Rey Fernando, con la paz envidiable del justo, en uno de los salones del Alcázar sevillano.
Doble diadema ceñía sus sienes al morir: temporal y perecedera la una; celeste y eterna la otra.
Fue Monarca prepotente, verdadero. “Emperador de España”. De sus
padres, Berenguela de Castilla y Alfonso de León, hereda Fernando, en
1217 y 1230, el cetro de ambos reinos, separados en 1157, que así
quedaron unidos definitivamente. Al esfuerzo de su brazo, se debe las conquistas de Córdoba (1236), Murcia (1244), Jaén (1245) y Sevilla (1248).
Tanta ocupación, tanto afán, el ningún descanso que en ocho años continuos que estuvo en Andalucía padeció el Rey, no podía menos de causarle grave alteración en la salud. En el sitio de Sevilla infestó al ejército una especie de contagio, porque el exceso de calor que abraza aquel climahizo un gran movimiento en los castellanos, y como el Rey se guardaba poco y trabajaba mucho, era necesaria consecuencia, que en más delicado cuerpo hiciese más impresión la mudanza. A todo este trabajo visible del Rey añadía la penitencia secreta de los cilicios y ayunos, y el mitigar y sosegar las pasiones del alma, que son una lima, aunque sorda, muy penetrante a la salud. Todas estas fueron la causa de una hidropesía que le ocupó, y a que hallaron poco remedio los médicos. Hubiera sido la mayor curación el regalo y el descanso: al primero se oponía su virtud, y al segundo no daba tiempo la obligación. Los médicos agravaban la enfermedad, porque los medicamentos lenientes y paliativos daban algún alivio, y el alivio en el Rey era motivo para nuevo afán, con que el remedio mismo era causa de mayor dolencia. A la verdad en la relación de la historia, si con reflexión vuelve la vista a recorrerla, no conocerá ni la menor seña de indisposición en el Rey, antes se debe admirar la robustez, capaz de atender a tanto sin rendirse; pero estas son aquellas fuerzas que da el valor, que obran mientras duran, pero destruyen el cuerpo a quien sustentan. Así sucedió a nuestro héroe, que ocupado todo en el gobierno de lo conquistado, y deseoso de emplearse en la nueva empresa del África, se rindió destituido de fuerzas en tan corto tiempo, que ningún historiador le tiene para referir su enfermedad, y todos pasan desde sus conquistas a su muerte, desde sus felicidades a su dichoso tránsito, y desde sus glorias le colocan en la bienaventuranza. Dichoso rey, que empezó a reinar a los diez y siete años para proseguir reinando por toda una eternidad; felicísimo héroe, en cuyas glorias no tuvo imperio ni el más mínimo accidente para morir; glorioso soldado de Cristo, que falleció en la batalla, y hasta en el mismo punto de espirar tuvo fuerzas para vencer.
Así nos escriben el glorioso tránsito de san Fernando todos sus historiadores contestes, pues agravándose la hidropesía cuando estaba tan engolfado en disposiciones militares, y en extender la fe más allá de los términos de España, conoció su peligro, y al punto mandó se le administrase el Santo Sacramento del Viático. Prevínose a él con el de la penitencia, que le administró el obispo de Segovia, y gobernador de Sevilla su confesor. Este mismo fue quien para la función de darle el Viático vino acompañado de toda la clerecía a palacio, entró en la pieza donde estaba el enfermo, y aquí acaba la vida de un grande héroe, y ahora empiezan a referirse las maravillas de un gran santo. Entró el Obispo en la alcoba, y viendo el Rey que venía a visitarle misericordioso el que es Rey de los reyes, y Señor de los señores, se arrojó de la cama, se postró en el suelo, se vistió un tosco dogal de esparto al cuello, y en traje de malhechor delante de aquel que había de ser su juez, pidió le pusiesen delante una cruz, que había mandado prevenir.
Delante de aquella insignia de nuestra redención empezó un no breve razonamiento de la pasión del Hijo de Dios, hasta que en la cruz dio su vi la por nosotros. En cada paso volvía los ojos a Cristo sacramentado, pidiéndole perdón de sus pecados, y alegando en su favor por abogado a los mismos méritos y pasión de su juez y su Señor, haciendo, y con razón, suyos para la misericordia los méritos de quien había padecido por salvarle. Acabado este paso, prosiguió con otro muy propio de verdadero soldado de Cristo, y fue una larga protestación de la fe en que había vivido, y por quien tanto había batallado, y continuando con fervorosísimos actos de contrición, recibió en su cuerpo el de aquel que es fuente de toda gracia, y que se comunica por viático para el más difícil trance.
Después de esta ternísima función, dio principio a otra que cabía muy bien en pecho tan héroe; pero no se alcanza como tuvo ánimo de ejecutarla en quien obedecía, sin que la ternura debilitase las fuerzas, y se bañase en lágrimas la imposible obediencia. Mandó al punto que le despojasen de toda insignia, ostentación o seña de majestad, y que le dejasen como a cualquiera del pueblo, repitiendo muchas veces: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo tengo de volver al de la tierra. Esta acción muestra que bien supo usar de la dignidad como santo, como héroe, y como discreto. Tornó de ella todo cuanto tenía de peso, cuanto era para cumplir con la obligación. Estimaba el respeto y adoración de rey, en cuanto servía para la obediencia que era precisa para el servicio de Dios, y no la apreciaba en nada que fuese para su decoro o su conveniencia. Así luego que conoció que era inútil para el primer fin todo el aparato real, se desnudó de él, y quedó más quieto en un pobre lecho sin criados, que había vivido con toda la majestad en los afanes.
Ya desnudo de apariencia de rey, mandó llamar a sus hijos. Concurrieron a el último testamento o memorial de sus mandas el príncipe don Alonso su primogénito y sucesor del cetro, y sus hermanos don Fadrique, don Enrique, don Felipe y don Manuel. Don Sancho no estaba en Sevilla, porque era ya electo arzobispo de Toledo, y residía en esta ciudad. Doña Berenguela vivía ya profesa en las señoras Huelgas, y estos dos solos faltaron de los hijos de la reina doña Beatriz. De los hijos de la reinante doña Juana concurrieron don Fernando, doña Leonor y don Luis, juntos todos les echó su bendición, les hizo aquel razonamiento que debemos creer de tal rey, y tal santo; pero tuvo descontento de ver que algunos autores fingen las cláusulas, y formándolas con su pluma las escriban como traslado, sin advertir que es borrón la copia no teniendo el original delante. A lo menos sin que se crea soberbia o timidez, yo no me atrevo a desfigurar con malas voces el concepto que hago de este razonamiento, y como palabras de san Fernando en el último trance de su vida las miro con tal respeto, que me parece atrevido abuso referirlas por idea; y no teniendo presente original cierto de donde trasladarlas, sólo pondré las que hallo en la Crónica del Santo, que escrita en tiempo del rey don Alonso el Sabio, parece la de más antigua autoridad. En esta Crónica todo el coloquio que se refiere se dirigió al príncipe don Alonso. Encargole mucho el respeto y veneración a la Reina, a quien rogaba tuviese como a madre. Pidiole atendiese mucho a sus hermanos. y a su tío el infante don Alonso; pero porque el texto es breve, y no de poca enseñanza, me parece trasladarle aquí, que dice de esta manera:
«Cuando el bienaventurado rey don Fernando vido allí a sus hijos juntos y a la reina doña Juana su mujer, la cual estaba muy triste y llorosa, llamó al infante don Alonso, que era el heredero, y mandole que se allegase a él, y alzó la mano, y diole su bendición, y después a todos los otros, y en presencia de todos los grandes, y ricos-homes que allí estaban, hizo un razonamiento al infante don Alonso, mostrándole, y dotrinándole cómo había de regir, y gobernar sus reinos, encargándole que criase, y encaminase en todo bien a sus hermanos y los amase, y honrase, y los adelantase en sus estados cuanto él más pudiese. Encargole asímismo mucho a la reina doña Juana su mujer, que la tuviese por madre, y honrase, y mantuviese siempre su honra como convenía a reina. Encargole asímismo a su hermano, don Alonso y los otros hermanos que tenía. Encargole mucho que honrase siempre a todos los grandes de sus reinos, y a los caballeros nobles, e hijos-dalgos que los tratase mucho bien, y los hiciese siempre mercedes, y se hubiese bien con todos ellos, y los guardase sus privilegios, y franquezas, y díjole que si todo esto que le encargaba y mandaba, cumpliese, é hiciese, que la su bendición cumplida oviese, y que si no, que la su maldición le alcanzase, y hízole que respondiese amén.» ¡O gran rey aun después de muerto! pues se sabe en la más tierna acción de su vida desprenderse del afecto de padre desconociendo y maldiciendo al hijo, si no tenía por tales a sus vasallos.
Prosigue ahora la Crónica el razonamiento. Y díjole más: «Hijo mío, mirad como quedáis muy rico de muchas tierras y vasallos, más que ningún otro rey cristiano: haced como siempre hagáis bien, y seáis bueno, que bien tenéis con qué: ya quedáis señor de toda la tierra que los moros habían ganado del rey don Rodrigo. Si en este estado que yo vos las dejo, la supiéredes mantener seréis tan buen rey como yo; mas si de lo que os dejo perdiéredes algo, no seréis tan buen rey como yo.»
Acabadas estas palabras, salieron de la pieza los hijos, por no perder en ella la vida de ternura, o por dar algún descanso a su pena; y quedándose solo el Rey, levantados los ojos al cielo, vio los coros de Ángeles y compañía de bienaventurados que le estaban aguardando. Pidió una candela, muestra de su fe, que lucía en el último trance, como había resplandecido en todas sus conquistas, y tomándola en la mano, mandó al Arzobispo y clerecía entonasen la letanía de los Santos, y acabada esta, el Te Deum laudamus: a cuyo tiempo consiguió la mayor de sus victorias, trasladando su espíritu del trono de Castilla al de la gloria. Rara circunstancia, y en que cabe poca duda por tener por testigos a cuantos escribieron en aquel tiempo. La primera vez que por acción de gracias en las victorias o grandes sucesos se entonó el cántico del Te Deum, fue en la coronación en Castilla del rey don Fernando. Este usó de esta ceremonia en cuantas ocasiones pudo siempre en señal de victoria, y en acción de gracias por sus triunfos; y que él mismo dispusiese se entonase al tiempo de su fallecimiento, acredita de cierto que el Santo sabía que era su mayor triunfo su muerte. Sucedió ésta en jueves 30 de Mayo, era 1290, y año del Señor 1252 a los treinta y cinco años y once meses de su reinado en Castilla, y a los veinte y dos de su reinado en León, y en los cincuenta y cuatro no cumplidos de su edad. Algunos la extienden a la decrépita, cual es de ochenta años cumplidos, pero sin fundamento, pues lo contrario se ha convencido en el cuerpo de la historia.
A. C. T. Fernando III el Santo
La Sevilla de San Fernando
Escrito por Pepe Barahona
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Sevilla ve en rojo el 30 de mayo en su almanaque por San Fernando, patrón de la ciudad. El rey castellano arrebató la antigua Isbiliya, la Híspalis mora, a quien era el emir de Niebla, Amen Amanfon, tras casi dos años de asedio. Pero ¿qué referencias dejó por su paso por la capital tras sus 51 años de vida?
Se llamaba Fernando III, Rey de Castilla. Como ha ocurrido con multitud de personajes históricos, era sevillano de adopción ya que, si bien nació en Peleas de Arriba (Zamora), fue a morir a Sevilla, después de haberla reconquistado. Hijo de Alfonso IX, Rey de León, y de Berenguela I, Reina de Castilla, fue quien unificó ambos reinos. Durante 24 años de guerra incesante, recorrió el valle del Guadalquivir obligando a retroceder a los reinos musulmanes.
Un año y tres meses de asedio, con la protección divina de la Virgen de los Reyes, hasta expulsar a los musulmanes. Para ello, aprovechó su río para infligir una herida de muerte al reinado califa. Fernando III de Castilla encargó a Ramón de Bonifaz la construcción de una flota para tomar Sevilla. Trece barcos traídos de Cantabria, acompañados por galeras, subieron la corriente del río por Sanlúcar de Barrameda, hasta llegar a Isbiliya, donde la flota musulmana era superior en número.
Bonifaz envió refuerzos terrestres y consiguió la victoria en el río Guadalquivir, impidiendo así la llegada de barcos procedentes del Norte de África. Empezaba, un 20 de agosto de 1247, el asedio terrestre a Sevilla.
… y el Puente de Barcas se rompió en dos
No era una tarea fácil. Refuerzos de Amen Amanfon no cesaban de llegar desde San Juan de Aznalfarache, aprovechando el puente de barcas para atravesar el río. Un puente que llegaba, según las crónicas, desde la Torre del Oro hasta el actual castillo de San Jorge. Fernando III decide romper las fuertes cadenas que aguantaban las barcas, cortando, así, las dos vías de comunicación fundamentales musulmanas: el río y el puente.
Así lo cuenta Ortiz de Zúñiga: «el Rey Santo, que en persona con el Infante Don Alfonso, seguidos de lo mas gallardo de sus tropas, se avanzaron por la parte de la Torre del Oro contra los Moros del Arenal para retirarlos á la ciudad, y hacer por tierra escolta al Almirante, que acabando de deshacer el puente, como es de entender, volvió á salir salvo con sus dos naves, á que sin duda amaynando las velas, luego que executo el violento y feliz choque, y volviendo las proas hácia la torre del Oro, salia tan aplaudido de los vítores alegres de los Christianos, como de los funestos lamentos de los Moros, que miraban cortada la garganta al cuello de su esperanza…».
Meses después, un 23 de noviembre de 1248, el emir Axataf capitulaba y entregaba las llaves de la ciudad a Fernando III. El Rey Santo ponía fin al dominio árabe. Los autores de la reconquista, Rey Alfonso X, el obispo don Remondo, el almirante Ramón Bonifaz y Garci Pérez de Vargas, acompañan a San Fernando en su estatua situada en la Plaza Nueva de Sevilla.
La futura Giralda, intocable
En el asedio también se encontraba el hijo de Fernando III, Alfonso X, que envió misivas a la ciudad amenazando con pasar a cuchillo a sus habitantes si se derribaba una sola teja de la mezquita o un solo ladrillo de su alminar, la futura Giralda. Y así, fue. Tanto fue el miedo que el mensaje generó en la población que la construcción almohade resultó indemne.
La Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla
Fernando III, que propagó la devoción a la Virgen María allá por donde pasara, llevaba consigo siempre una imagen de Nuestra Señora, como protectora en sus batallas. Cuenta la leyenda que, en sueños, se le apareció la Virgen y mandó hacer una talla de su visión, que le acompañó en la Reconquista. Era la Virgen de los Reyes.
En agradecimiento a Dios, mandó construir sobre la mezquita de Sevilla el mayor templo católico de la Cristiandad. Allí sería enterrado, tras su muerte el 30 de mayo de 1252. Y allí reposan, desde entonces, incorruptos sus restos, en una urna labrada por Laureano de Pina que se abre el día de su festividad para que los sevillanos acudan a rendir pleitesía al Rey Santo que recuperó su ciudad del yugo musulmán y que, además, trajo consigo a su protectora, Patrona de la Archidiócesis, la Virgen de los Reyes.
Descanso en la Catedral
A su muerte, el cadáver del rey Fernando III el Santo recibió sepultura en la Catedral de Sevilla, tres días después de su defunción. El monarca había dispuesto en su testamento que su cadáver recibiese sepultura al pie de la imagen de la Virgen de los Reyes, que se supone le fue regalada al monarca por su primo, el rey San Luis de Francia, y había ordenado además que su sepultura fuera sencilla, sin estatua yacente.
No obstante, tras la muerte del rey, su hijo Alfonso X ordenó realizar los mausoleos de sus padres, revestidos de plata, y las efigies sedentes que les representaban, recubiertas de metales preciosos y piedras preciosas, contraviniendo así el deseo de su padre. Delante de la imagen de la Virgen de los Reyes, donada por Fernando III el Santo a la Catedral de Sevilla, fueron colocadas las efigies de Fernando III y de su primera esposa, la reina Beatriz de Suabia, que aparecían vestidos, sentados en sillones chapados de plata y bajo baldaquinos de plata dorada.
Ese descanso se ve interrumpido cada 30 de mayo, festividad de San Fernando y aniversario de su muerte, cuando su cuerpo incorrupto se expone para ser venerado por los sevillanos. La Catedral acoge un acto religioso entre los cabildos catedralicios y municipal, con laúdes, y se procesiona hasta la imagen de la Virgen de los Reyes y la urna de San Fernando, realizando una oración litúrgica, regresándose al Altar Mayor para realizar la misa.
La Sevilla de San Fernando - Sevilla Ciudad
El 30 de Mayo celebramos al «Atleta de Cristo» Fernando III el Santo, el Padre de Andalucía
Hoy celebramos a Fernando III el Santo, cuyo cuerpo incorrupto se muestra a los fieles cada 30 de mayo.
El Papa Gregorio Nono lo llamó «Atleta de Cristo», y el Pontífice Inocencio IV le dio el título de «Campeón invicto de Jesucristo».
El Papa Clemente X lo canonizó en 1671, siendo el segundo rey español, considerando a San Hermenegildo como rey español, que es elevado a la santidad.
Fué el liberador de Andalucía, nueva Castilla, que la devolvió a su historia como una de las regiones más florecientes de civilización occidental, desde los tiempos de Tarsis.
Yo hoy pediré al Santo Fernando su intercesión por España ante el Altísimo, en cuya Casa se encuentra.
Capilla Real de la Catedral de Sevilla, en la que se encuentra el cuerpo incorrupto de Fernando III el Santo
Frente al Partido Popular y al Partido Socialista, que consideran al muladí Blas Infante padre de Andalucía, que ellos equiparan con AlAndalus, Fernando III es el fundador de la Andalucía actual, continuadora de la Andalucía clásica.
Anotaciones de Pensamiento y Critica
Proclamación de Fernando III el Santo como Rey de Castilla en Autillo de Campos (Palencia)
Un 14 de junio de 1217, Fernando III el Santo fue Proclamado Rey de Castilla en una pequeña localidad palentina llamada por aquel ya lejano siglo XIII “Otiello”. Muchos siglos han pasado desde entonces, y aquel memorable acontecimiento regio, convertido en orgulloso recuerdo de las gentes de Autillo de Campos, generación tras generación, fue cayendo en el doloroso olvido al que nos acostumbra la vida moderna.
Pero solo había que remover un poco la memoria de las gentes que allí viven, para darse cuenta que el recuerdo y orgullo de ese pasado no estaba perdido, solo aletargado. Así, en cuanto ofrecimos nuestro proyecto, la ilusión de las gentes de Autillo, empezando por su alcalde, Don Ángel Castro (gran defensor de su tierra y tradiciones) se reactivó ipso facto.
Y es que era de justicia recuperar lo ocurrido en Autillo aquella lejana primavera castellana. Lo era por Autillo y sus gentes; también por Palencia y sus muchas veces olvidado esplendor medieval, del que tan orgullosos nos sentimos muchos palentinos; y lo era sobre todo, por volver a recuperar la Historia tal cual fue, poniendo así a la figura de San Fernando en su justo lugar en la memoria popular.
Durante muchos años, una placa colocada en la vieja ermita de Autillo, recordaba con el lema “En este pueblo y este sitio fue proclamado Rey, por primera vez, Don Fernando III, llamado el Santo”, los hechos allí acaecidos, y que nos explica especialmente la “Crónica Alfonsina”. Desgraciadamente esta placa se perdió, como también está a punto de perderse si no se pone un remedio urgente el llamado Palacio de Doña Berenguela, cuyo actual estado ruinoso es un grito de auxilio en sí mismo (a quien pueda y corresponda). Este Palacio, del que también se conserva el torreón, que hace actualmente las labores de torre-campanario de la iglesia de Santa Eufemia, formaba parte de la fortaleza que los Girón, Señores de Frechilla, poseían en aquel tiempo en Autillo, y donde sabemos a ciencia cierta que fue protegida la Reina Doña Berenguela en la guerra civil castellana que devastó la Tierra de Campos aquella primavera de 1217.
Las crónicas antiguas son claras al recordar los hechos acaecidos en Autillo hace casi ocho siglos, y salvo que no se quiera ver la verdad, es innegable lo que allí ocurrió tras la muerte en el alcázar episcopal palentino del rey Enrique I, y la consiguiente proclamación como reyes de Berenguela y Fernando en el sitio de Otiello. Luego, tras pasar por Palencia y Dueñas, Fernando III fue coronado y reconocido como Rey por las cortes en Valladolid a primeros de julio de ese mismo año.
Don Severino Rodríguez Salcedo, además de inolvidable alcalde de Palencia, fue un gran defensor de esta causa, y así nos contaba lo ocurrido en Autillo aquel 14 de junio de 1217 en su trabajo: “VII Centenario de la muerte de Fernando III, el Santo. Precedentes de un glorioso reinado que toca a Palencia”:
“En la llanura que se hacía fuera del recinto amurallado del castillo, alzábase solitario un olmo corpulento y frondoso. A la sombra de sus ramas quiso Doña Berenguela que fuese levantado el sólito cadalso para verificar la sencilla ceremonia de la publicación real. Morisca alfombra cubría el entablado, sobre la cual quedaron dispuestos dos ricos sitiales para la reina y su joven heredero. Alrededor estaban prelados y magnates. Eran aquellos los obispos Don Tello de Palencia y Don Mauricio de Burgos; figuraban entre estos Don Gonzalo Ruíz, Don Lópe Díaz, Don Suero y Don Alfonso Téllez de Meneses, Don Fernando Suárez y algunos otros. Gentes de armas a caballo o de pie, rodeaban el tabladillo circuídas a la vez por grupos de pecheros llegados de Frechilla, Fuentes y Castromocho. Con toda sencillez, ordenó Doña Berenguela que tremolaran pendones y fuese dado el grito acostumbrado, cuando se alzaba nuevo rey, a favor de su heredero el príncipe Fernando. Et allí luego en Otiello, dice la crónica general, le alçaron rey et llamaron con el real.”
Junto al viejo olmo que recuerda la Crónica, estaba entonces la recientemente restaurada vieja ermita. Y justo en ese lugar, el Ayuntamiento de Autillo plantará un nuevo y joven olmo, que junto a la placa que la ACT Fernando III el Santo ha rehecho con las mismas palabras que la que ya hubo, y que donará a la localidad el próximo 14 de junio, han de ser los símbolos que refuercen este proyecto de cara al VIII Centenario que se celebrará Dios mediante el ya cercano año 2017.
De cara al VIII Centenario de este memorable acontecimiento, desde nuestra Asociación esperamos ir consolidando esta celebración. Ya para este año, junto con el Ayuntamiento de Autillo de Campos, y con el inestimable patrocinio de la Diputación de Palencia, hemos preparado un programa de actividades y conferencias atractivo en el que jóvenes y mayores sin duda podrán disfrutar rememorando nuestra historia y tradiciones.
Luis Carlón Sjovall
Presidente ACT Fernando III el Santo
A. C. T. Fernando III el Santo
Vida de San Fernando: Sus últimas voluntades
Bien sabida es la importancia que dio siempre a la Reconquista de España el Rey Fernando III el Santo, pues su gobierno lo pasó casi por completo combatiendo al invasor sarraceno, siempre en cabeza de sus ejércitos, hasta casi expulsarlo de España. Algo que sin duda habría sucedido si el Santo Rey, hubiese vivido unos años más. Sirva no obstante como recordatorio de la obligación que se impuso Don Fernando en esta empresa como Rey de Castilla, las que fueron sus últimas voluntades, transmitidas en su lecho de muerte a su hijo el infante Alfonso, y que nos relata la hermana Mª del Carmen Fernández de Castro tras sus visiones en su magnífico libro “Nuestra Señora en el Arzón”
“Fijo, rico quedas de tierra et de muchos buenos vasallos, más que Rey en la Cristiandad seya; puña en facer bien et seer bueno, que bien has por qué; Señor te dejo de toda la tierra del mar acá que los moros del Rey Don Rodrigo de España ganado ovieron; en tu señorio finca toda: La una conquerida, la otra tributada; si en este estado que yo te las dexo las sopieres guardar, eres tan buen Rey como yo; et si ganases por ti más; eres mejor que yo; et si de esto menguas, non eres tan bueno como yo”
A. C. T. Fernando III el Santo
Las llaves de Sevilla
Era el día de San Clemente, 23 de noviembre, de 1248 cuando San Fernando recibía de los moros de Sevilla las llaves de la Ciudad en señal de rendición incondicional de la misma.
En el Al-Ándalus del siglo XIII las dos ciudades principales eran Córdoba y Sevilla. San Fernando III había tomado Córdoba en 1236. Fue entonces cuando el rey de Granada, Alhamar, acordó convertir su reino en feudo de Castilla. Desde entonces, se entendía que Granada era parte integrante de la Corona Castellana y enviaba sus huestes cuando se le requería para ello de la misma forma que enviaba procuradores a las Cortes castellanas que se convocaban.
San Fernando decidió entonces la empresa más difícil de toda su vida militar, la Reconquista de la Ciudad de Sevilla.
El invierno de 1246 San Fernando lo pasa en Jaén, planificando próxima la campaña y organizando un poderoso ejército, sin posible comparación con cualquier otro de la Edad Media. Entre los miembros de este ejército destacan: Pelay Correa, Maestre de la Orden de Santiago, el Almirante Ramón de Bonifaz, el príncipe Don Alfonso, Garcipérez de Vargas y, junto a ellos, gran cantidad de nobles de Castilla y León y los concejos de ambos reinos. El Obispo Jiménez de Rada realizó gestiones en Roma, consiguiendo del Papa una bula de Cruzada.
Como Sevilla tenía un río navegable, San Fernando hizo llegar a Jaén a Ramón Bonifaz, para ayudarse de una flota en la toma de la ciudad.
EL ASEDIO
En la primavera de 1247 un contingente de distintas partes de la Península y del resto de la Cristiandad, se va concentrando en Córdoba. Mientras, Bonifaz bordea con su flota Portugal y el Algarve camino de Sevilla. El contingente, capitaneado por San Fernando, parte de Córdoba, apoderándose de todas la fortalezas y ciudades que se interponen en su camino y poco a poco consiguió cercar la ciudad. Mientras, desde Sierra Morena, el Maestre de la Orden de Santiago Pelay Correa bajaba con otro contingente cristiano para unirse a los que llegaban desde Córdoba dándose la famosa batalla de Tentudía.
La flota del Almirante llegó hasta Sanlúcar de Barrameda, donde venció a las naves musulmanas que venían desde Tánger y Ceuta en auxilio de Sevilla. Al llegar a la altura de Sevilla, la flota fue anclada frente a Aznalfarache.
Antes emprender la toma directa de Sevilla era preciso hacerse con la fortaleza de Aznalfarache cosa que el rey encargó a Pelay Correa.
El asedio de Sevilla por parte de las tropas cristianas comenzó el 24 agosto de 1247, momento en el que se corta el suministro de agua a la ciudad a través del acueducto que llevaba agua a la ciudad conocidos como los Caños de Carmona de los cuales aún se conservan algunos tramos. Los cristianos levantaron campamentos alrededor de la ciudad: en Tablada, en Aznalfarache, frente a la Puerta de la Macarena, en el Prado de San Sebastián, cerca del arroyo Tagarete y en el Aljarafe, donde se situaron las huestes del rey de Granada.
Había frecuentes salidas de la caballería mora de Sevilla, algunas de ellas llegaron a poner en gran aprieto a los ejércitos cristianos y provocaron el tener que vigilar las 24 horas del día una ciudad tan grande lo cual era muy complicado. Eran en total, 7.400 metros de murallas, 15 puertas.
Era la ciudad más grande que había cercado jamás un contingente cristiano. Además, desde el puente de barcas que unía Sevilla con Triana podían entrar suministros desde el Reino de Niebla.
El puente de barcas se encontraba en el barrio de Triana de la ciudad. Las barcas que formaban el puente se encontraban encadenadas unas con otra, con una fuerte cadena lo que lo convertía virtualmente en una potente fortaleza. Este puente estaba donde hoy está el puente de Triana, y se encontraba junto al castillo de San Jorge, conocido entonces como Gabir.
LA RUPTURA DEL PUENTE DE BARCAS
Diversos historiadores que han escrito la biografía de San Fernando hacen referencia a este hecho con ligeras discrepancias entre sí. De lo que sí estamos seguros es de que las dos naves más poderosas de la flota cristiana fueron cargadas con piedras para darles mayor peso y colocaron cuchillas de hierro en sus proas y que cargaron contra aquel puente consiguiendo de esta manera romper la comunicación con Triana y dejando a la ciudad completamente aislada.
Un fragmento de las cadenas se conservan en la iglesia de parroquial de Santa María de la Asunción, en Laredo. Esta acción, se rememora en los actuales escudos de Santander, de Cantabria, de Laredo, de Avilés y de San Vicente de la Barquera
LA RENDICIÓN
Perdida toda esperanza de recibir ayuda del exterior, los moros de la ciudad propusieron a San Fernando una capitulación cosa que el rey cristiano rechazó de plano diciendo que sólo aceptaría una rendición incondicional añadiendo que quería la ciudad “libre e quita”. Es decir vacía. Lo moros, viendo que no tenían otra posibilidad, terminaron aceptando, La ciudad se rindió en noviembre de 1248. El 23 de ese mes se produjo la entrega de las llaves de la ciudad y se hizo marchar a los moros. El 23 de diciembre se produjo la entrada de Fernando III por la Puerta de los Goles, después llamada Puerta Real. Y los moros, salieron todos de Sevilla hacia los pocos lugares que aún quedaban en la Península sometidas al Islam o a tierra africanas.
Sevilla fue repoblada de gentes llegadas de todas partes de la península, principalmente, de Castilla y de León y también de todos los rincones de la Cristiandad medieval. Y fue la ciudad cristiana y cristiana se conserva.
Las llaves de la Ciudad de Sevilla que se conservan en la Catedral son unas piezas que corresponden a la segunda mitad del siglo XIII y contienen una de ellas la expresión en árabe “al-Amr kullu-hu li-Ll×h” (todo el poder pertenece a Dios), con la segunda palabra encabalgada al final de la primera. La otra contiene una expresión castellana, en mayúsculas latinas que dice: “Dios abrirá, rey entrará“.
Estos dos textos, contienen una gran carga doctrinal que compartimos los carlistas de hogaño. Sabemos que todo poder viene de Dios y él se lo da a quien quiere y esperamos que llegue el día en que Dios decida abrir las puertas de la Ciudad para que entre el rey, el rey legítimo. Ese día Dios le dará al rey que deba reinar, el poder para hacerlo y le abrirá las puertas de Sevilla y de todas las ciudades de España y de la Corte de Madrid. ¿Qué cuándo ocurrirá eso? Cuando nos lo merezcamos. Trabajemos lo más duramente posible para que sea pronto y podamos verlo y pensemos en estas palabras para no perder la esperanza, pues nuestra esperanza no está puesta en otra parte que en Dios.
TODO EL PODER PERTENECE A DIOS. DIOS ABRIRÁ REY ENTRARÁ. Palabras del siglo XIII tremendamente proféticas para los carlistas del siglo XXI.
Filósofo rancio.
Las llaves de Sevilla – Blog de la Junta Regional de la CTC en Andalucía
Festividad de San Fernando en Palencia
No hace aún mucho tiempo, la fecha del treinta de Mayo era una de las señaladas por los españoles en el calendario litúrgico como de obligado precepto, siendo así que se sentía en cada rincón de nuestra Patria la figura del rey San Fernando, como el símbolo indudable de justicia, generosidad y valentía. Su lema en vida, “De la Lealtad y la Nobleza” no fueron palabras huecas en su boca, sino el obligado deber de toda una vida, que desde bien joven prendió en su alma, en gran parte gracias al ejemplo que le inspiró su querida madre la Reina Doña Berenguela; y que con el paso de los años, fraguó en el amor hacia su figura de todo un Reino, a la sazón principal benefactor de sus virtudes tanto humanas como divinas.
Más no solo de ilusa bondad vive el hombre; y a veces, cuando las circunstancias lo exigen, la verdadera bondad ha de revestirse de carácter guerrero. San Fernando fue un Rey guerrero sin lugar a dudas; y es que desde su Proclamación como Rey de Castilla, aquel glorioso catorce de Junio de 1217 en la localidad palentina de Autillo de Campos, hasta su muerte en Sevilla el treinta de Mayo de 1252, el rey San Fernando tuvo que hacer frente muchas veces por la vía armada a innumerables enemigos, en pos de un mundo mejor. Su reinado –iniciado siendo casi un niño- comenzó con un enfrentamiento que duró más de dos años frente a la levantisca familia Lara -en su tiempo la más poderosa de Castilla-, quienes pretendían en unión del rey Alfonso IX de León usurpar el poder que legítimamente le pertenecía al joven Fernando. Tras pacificar el Reino, se embarcó con afán inigualable en el gran proyecto de la Reconquista de España, dejando a su muerte -que le llegó asediando el Reino onubense de Niebla-, además de unificados ya para siempre los reinos de León y Castilla, las conquistas de los reinos musulmanes de Córdoba, Murcia, Jaén y Sevilla, además de la alianza en vasallaje del reino de Granada. Aún así, no fue San Fernando simplemente un Rey cruzado; y por ello debemos recordar como ejemplos de ello que las catedrales de Burgos, Toledo, Valladolid o Sevilla se inician en su tiempo, se sustituye el latín por el castellano como idioma oficial del Reino, se traduce y actualiza el Fuero Juzgo, y además se apoyó especialmente el auge de las artes y las ciencias, siendo su hijo Alfonso X el Sabio un claro exponente de ello.
San Fernando fue canonizado en Roma por el Papa Clemente X el siete de Febrero de 1671, tras un larguísimo proceso. Realmente, sabemos que ya en vida, Fernando III de Castilla fue reconocido como Santo por sus coetáneos, siendo proclamado incluso por el Papa Inocencio III como “Campeón invicto de Jesucristo”; y que tras su fallecimiento, comenzó una incesante peregrinación hacia su tumba sevillana, -allí se encuentra aún hoy su cuerpo incorrupto- que no ha cesado hasta nuestros días. Ya en el año 1590 el Papa Sixto V le concedió tratamiento de Santo, más su prematura muerte aplazó en casi un siglo el final del proceso de santidad. La indudable abnegación hacia la vida virtuosa del Santo Rey, respaldada en actos tan significativos como no combatir jamás frente a ningún Reino Cristiano, impedir sin reservas la herejía y el abuso de los poderosos del Reino, o el trato justo con que siempre distinguió a los musulmanes vencidos son hechos que prueban sobradamente su bondad de Santo. Como colofón a su vida, destacar que San Fernando no conoció la derrota en treinta y cinco años de reinado-, convirtiéndose así, en el más significado ejemplo de santo caballero cristiano; reconociéndolo incluso el Papa Inocencio IV al poco de morir el Rey, con las siguientes palabras;“tan rectamente anduvo Fernando por las veredas de los mandamientos, según común opinión, que debemos pensar que fue absuelto de sus humanas flaquezas”.
Palencia fue en tiempos de San Fernando lugar importante para el Rey, pues aquí pasó parte de su primera infancia estudiando bajo el amparo de quien siempre fue fiel aliado, el obispo Tello Téllez, en la entonces incipiente Universidad palentina. No podemos dejar de recordar de nuevo, que fue en nuestra tierra donde fue Proclamado Rey de Castilla; concretamente en Autillo de Campos, donde de nuevo este año –será el sábado 11 de junio- se conmemorará tan grande efeméride en su 799 Aniversario. Asimismo, también fue en Palencia, concretamente en el Monasterio de San Zoilo de Carrión de los Condes, donde contrajo San Fernando matrimonio con Doña Beatriz de Suabia, su primera esposa, el primero de Mayo de 1219. Como legado arquitectónico de su época, hoy nos quedan en Palencia construcciones tales como la iglesia de San Miguel o el pórtico del Convento de San Francisco, las cuales, ocho siglos después, siguen siendo símbolos referenciales de nuestra capital. En cuanto, y más concretamente, a la figura espiritual de San Fernando se refiere, recordar que España entera llenó sus templos de imágenes suyas tras la canonización, no siendo Palencia ajena a ese espíritu. Así, en la provincia encontramos hoy diferentes imágenes del Santo, destacando una preciosa vidriera en el Monasterio de San Andrés de Arroyo, o su imagen escultórica en la Iglesia de San Pedro Apóstol de Támara de Campos. Pero sin duda, es la Capilla de San Fernando de la Catedral de Palencia el más simbólico de los lugares de culto dedicados al Rey Santo en nuestra tierra. Ubicada en un lateral de la catedral, sobre la antigua Capilla de Santa Catalina de Alejandría, -cuya imagen aún se mantiene en su interior- en la actual Capilla de San Fernando destaca una imagen escultórica del siglo XVII, de aspecto renacentista, en la que el Santo Rey se muestra con sus tradicionales atributos -Espada Lobera y Orbis Terrarum-, presidiendo un retablo también del Siglo XVII, que decorado con cuadros de la escuela madrileña, marcan diferentes momentos de la vida del Santo. En este lugar tan especial, referente de nuestra fe, cultura y tradiciones, la A.C.T. Fernando III el Santo organiza cada treinta de Mayo una misa por el Rey San Fernando, Patrón de nuestra Asociación, y Copatrón de España.
30/05/2016
Luis Carlón Sjovall
Presidente A.C.T. Fernando III el santo
A. C. T. Fernando III el Santo
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