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Tema: El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses

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    Re: El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses

    El épico duelo a muerte entre los once mejores caballeros franceses y los hombres del Gran Capitán

    Buscando evitar el empate, «el Sansón extremeño» arrancó las piedras que servían para delimitar el campo de batalla y se las empezó a lanzar contra los franceses, que, desmontados y agotados, se habían atrincherado en una especie de castillo hecho de caballos muertos


    Pierre Terraill de Bayardo, uno de los participantes en el duelo, defiende el puente en la batalla de Garellano

    A principios de la Edad Moderna todavía seguía presente cierta visión idealizada y romántica de la guerra. La pólvora y los asedios eternos se encargarían de borrar de un plumazo todo rastro de literatura, siendo la primera campaña del Gran Capitán una de las últimas ocasiones para el romanticismo. Al viejo estilo medieval, la lucha entre las tropas francesas y las españolas en Nápoles dio lugar a constantes desafíos personales entre paladines de ambos bandos por cuestiones de honra. Preocupado por el goteo de muertes que suponían entre sus filas, los comandantes de ambos ejércitos intentaron sin éxito prohibir estos desafíos o, como en el caso del desafío de Barleta de 1502 (no confundir con el que un año después enfrentaría a franceses e italianos), mantenerlos bajo su control.

    El libro «El Gran Capitán» (EDAF), de José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez, recoge varias historias sobre estos enfrentamientos. Una de ellas relata que el español Alonso de Sotomayor cayó prisionero del mítico caballero francés Bayardo, el «paladín sin miedo», que accedió a liberarle a cambio de un rescate, sin que la rivalidad pareciera ir más allá. Pero una vez de vuelta a las filas españolas, Sotomayor se quejó del mal trato que había recibido y, tras un intercambio de insultos, le retó a un duelo. El resultado fue que el hábil Bayardo hirió a Sotomayor en un ojo, tras lo cual el español se lanzó de forma imprudente contra su enemigo, que le clavó una daga en la garganta. Así halló la muerte Sotomayor.

    Once contra once


    A raíz del aumento de duelos como el de Sotomayor, los comandantes de los dos ejércitos decidieron que vendría bien concertar una pequeña tregua a finales de septiembre de 1502 y que, de paso, los soldados dirimieran por las armas las cuestiones de la honra. Entre las disputas abiertas, mantenían los galos que si bien la infantería de las tropas españolas se desenvolvía bien sobre el terreno, su caballería, acostumbrada a las morerías de Granada, no tenía parangón con la francesa. Razón suficiente para que empezara la habitual escalada de insultos. Se dice que fue un heraldo francés quien lanzó, en nombre de once caballeros de esta nación, el desafío oficialmente. El Gran Capitán autorizó el encuentro frente a las murallas de Trani, un terreno neutral a medio camino entre el campamento español de Barletta y el francés de Bisceglie.


    Grabado de Diego García de Paredes

    El duelo debía celebrarse el 20 de septiembre de 1502 a la una de la tarde en Trani, haciendo las veces de árbitros las autoridades venecianas que controlaban este territorio. Los once mejores caballeros franceses contra los once mejores españoles, todos ellos montados en caballo y empleando armas blancas. En el caso español, fue el propio Gonzalo Fernández de Córdoba quien seleccionó a los once entre algunos de sus mejores hombres. Si bien entre los franceses destacaba el mencionado Bayardo, en el bando español lo hacía Diego García de Paredes, «El Sansón extremeño», un mítico soldado extremeño de gran talla.

    «El Sansón extremeño» era, de hecho, un consumado especialista en este tipo de lances, en los que se le achacaba más de trescientos duelos sin ser derrotado. «En desafíos particulares, con los más valientes de todas las naciones extrañas, mató solo por su persona, en diversas veces más de trescientos hombres, sin jamás ser vencido, antes dio honra a toda la nación española», anota el médico del siglo XVI Juan Sorapán de Rieros en una de sus crónicas.

    Diego García de Paredes niega el empate

    Según el relato que trazan las crónicas, la lucha empezó sobre la una y se alargó hasta el anochecer. Uno de los franceses quedó muerto, otro más se rindió forzado por Diego García de Paredes, y casi todos los demás fueron heridos o desmontados. Las bajas españolas fueron mínimas. Gonzalo de Aller se rindió y varios más resultaron heridos o descabalgados. Lo que no pudieron prever los hispanos es que la resistencia francesa fuera a ir tan lejos. Así, los franceses supervivientes se atrincheraron entre los caballos muertos y formaron una especie de castillo que, tal vez por el olor a muerte, resultaba inaccesible para los caballos españoles. Desde esta peculiar fortaleza los franceses se defendieron de los sucesivos ataques de los confundidos españoles.
    Tras cinco horas de lucha, los franceses solicitaron detener la disputa, dando a los españoles por «buenos caballeros». A los españoles les pareció conforme, sobre todo porque la noche estaba cayendo, pero no a Diego García de Paredes, quien solo concebía la victoria absoluta. Sentenció así que «de aquel lugar los había de sacar la muerte de los unos o de los otros». En una de sus demostraciones de fuerza hercúlea, ya sin su espada, arrancó las enormes piedras con las que los venecianos habían delimitado el campo y empezó a arrojarlas brutalmente contra los caballeros franceses, ante el asombro de la multitud y de los propios jueces.


    El Gran Capitán y sus oficiales más cercanos en la batalla de Ceriñola- Museo del Prado

    Como es natural frente a tal cabritada, los franceses «salieron del campo y los españoles se quedaron en él con la mayor parte de la victoria». Los jueces del tribunal, no en vano, dictaminaron tablas, sentenciando que la victoria era incierta, de tal manera que a los españoles «les fue dado el nombre de valerosos y esforzados, y a los franceses por hombres de gran constancia»
    Esta conclusión no convenció a casi nadie. Al finalizar la contienda un mensajero fue a informar al Gran Capitán del empate: «Señor, los nuestros vinieron a nosotros por buenos», es decir, tanto como los franceses. El general castellano replicó: «Por mejores los había yo enviado».

    El épico duelo a muerte entre los once mejores caballeros franceses y los hombres del Gran Capitán

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    Re: El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses


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    Re: El gigante extremeño que usó el «Gran Capitán» para atemorizar a los franceses

    El Sansón de Extremadura

    por José Carlos Mena | Ago 27, 2021




    Héroes en la historia

    Héroes y heroínas, siempre los he admirado, por su determinación, valentía y ganas de seguir caminado. A lo largo de la historia ha habido innumerables héroes, hombres y mujeres, que han puesto su grano de arena para forjar un imperio. A veces, se han mantenido en el anonimato y otras han trascendido allende los mares. Pues, a decir verdad, todas las civilizaciones necesitan héroes propios y España no fue una excepción.

    A veces, algún que otro héroe viene precedido por la leyenda, en una mezcla fantasiosa para insuflar ánimo, para dar ejemplo de valor, sacrificio y heroicidad. En España se hacía uso de los mitos griegos y romanos para tal fin pero llegó un momento de que eso no servía, que se necesitaba algo más cercano, más español. Y ahí entró Diego García de Paredes, “el Sansón extremeño”.

    El Sansón de Extremadura

    Nacido en Trujillo en 1468, poco se sabe de su infancia. Lo cierto y verdad que, muerta su madre, viajó a Italia para buscar fortuna como soldado. En Roma se ofreció como escolta al Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) de origen español, que se decidió a contratarlo cuando presenció, por casualidad, cómo Diego se enfrentaba, con una barra de hierro, a más de veinte italianos por una disputa. Mató a cinco, hirió a diez y dejó a los demás maltrechos. El Papa no dudó en nombrarlo miembro de su escolta y a partir de aquí se empezó a fraguar la leyenda de un héroe.

    Con hechos exagerados o no, rápidamente adquirió fama de espadachín en Italia, llegando a matar a un capitán italiano, de la confianza de los Borgia. A partir de aquel momento pasó al servicio del Duque de Urbino, rival del Papa. Pero llegó el momento de la llamada de su admirado Gonzalo Fernández de Córdoba, “El Gran Capitán”, que reclamó hombres para recuperar la ciudad de Cefalonia, una ciudad griega arrebatada por los turcos a la República de Venecia.

    Ante todo, soldado

    Diego no dudó en aparcar su profesión de soldado a sueldo y alistarse en el ejército, siguiendo al Gran Capitán, asunto que repetiría en innumerables campañas militares. En Cefalonia otra vez la leyenda o la exageración, el mito o la realidad. Ayudado de una máquina provista de garfios, llamada “lobos”, que servía para escalar los muros de las fortalezas, Don Diego, enfundado en su armadura, fue elevado hasta lo alto de la muralla. Allí, una vez liberado de sus cuerdas y manejando el montante con agilidad, combatió con fiereza y denuedo contra todo aquel que osara acercarse. Tres días estuvo resistiendo, sin que le abandonasen las fuerzas.

    Una vez reducido, no sin esfuerzo, los turcos respetaron la vida de Diego para intercambiarlo por prisioneros. Pero, aprovechando su fuerza o el descuido de sus captores, escapó por sus propios medios y se unió a la lucha inmediatamente, poco antes de la rendición de la ciudad. Y desde este momento se empezó a conocer al extremeño como, entre otros apodos, “El Sansón de Extremadura”, “El gigante de fuerzas bíblicas” y “El Hércules de España”.

    Terminada esta campaña se reincorporó a los ejércitos papales, a principio de 1501. Cesar Borgia, el hijo de Alejandro VI, sabiendo de la valía de Diego, había perdonado las ofensas del pasado y lo nombró coronel en el ejército que participó en las tomas de Fasar, Faenza y Rímini. Pero llegó de nuevo la llamada del Gran Capitán, para luchar en Nápoles, y abandonó de nuevo a los Borgia.

    Nace la leyenda

    Con la determinación propia de un gran estadista, Gonzalo Fernández de Córdoba, sabía de la importancia de aquella guerra contra Francia, que quien ganara tomaría el control de la zona. Y ante la situación, utilizó la fama ganada de Don Diego, el Sansón de Extremadura, contra los franceses, que lo temían ya por esas hazañas y grandes cosas que hacía y acometía.

    Se sabe de la participación segura de Don Diego en las batallas de Ceriñola y Garellano en 1503, participación que sería determinante, pero se cuestiona el relato fantasioso sobre una escaramuza del extremeño en el puente del Río Garellano. Y es que, se cuenta que, contrariado con una decisión del Gran Capitán, acudió al combate solo, taponando el puente sobre el río y causando 500 bajas entre los enemigos. No había arma que pudiera con él, que hiciese mella en su fortaleza ni lo hiriera. Detalles de una fama ganada, de un mito para los tiempos y de una leyenda llevada por el viento y que levantaba el ánimo de los combatientes españoles.

    Pero las estrellas declinan su brillo por golpes del destino. El Gran Capitán premió a Don Diego, por sus servicios, con el marquesado de Colonneta, en Italia pero cuando Gonzalo Fernández de Córdoba cayó en desgracia, Don Diego, por defenderlo, fue detrás. Perdió el marquesado y forzó un exilio voluntario de la corte. Y desde aquel momento, el soldado valeroso, protagonista de batallas y gestas, se dedicó a la piratería por el mediterráneo, apresando barcos franceses y berberiscos.

    Favor Real

    En 1509, Don Diego recuperó el favor real y se unió a la campaña militar para recuperar el norte de África. Entre sus gestas militares, a partir de este momento, podemos mencionar su participación en el asedio de Orán, su nombramiento como maestre de campo de la infantería española usada para atacar la república de Venecia y su ascenso a coronel de la Liga Santa, al servicio del Papa Julio II, en la batalla de Rávena. Pasos de un héroe y de un militar altamente experimentado.

    A Diego García de Paredes, tras las épicas hazañas de los capitanes españoles en la citada batalla de Rávena, le correspondieron estos épicos elogios por parte del poeta y dramaturgo Bartolomé Torres Naharro:

    Mas venía
    tras aquél, con gran porfía,
    los ojos encarnizados,
    el león Diego García,
    la prima de los soldados;

    porque luego
    comenzó tan sin sosiego
    y a tales golpes mandaba,
    que salía el vivo fuego
    de las armas que encontraba;

    tal salió,
    que por doquier que pasó
    quitando a muchos la vida,
    toda la tierra quedó
    de roja sangre teñida…

    Caballero de la Espuela Dorada

    Y fue Carlos V, el Emperador, gran admirador de su leyenda, el que le otorgó ese favor, esa confianza que ya había tenido sus adeptos. Lo nombró Caballero de la Espuela Dorada e hizo que lo acompañara por Europa, sirviéndolo en Flandes, Alemania y Austria, así como en todos los conflictos que surgían en España. Se convirtió en un hombre de su confianza, en un buen soldado y leal súbdito.

    Lo curioso es que lo que no habían conseguido quince batallas a campo abierto ni diecisiete asedios a fortalezas, lo consiguió un juego infantil. En 1533, tras regresar de hacer frente a los turcos en el Danubio, siempre acompañando a Carlos V, falleció Don Diego de las heridas producidas por un accidente, acaecido mientras jugaba a tirar con la lanza, unos palos en la pared. El destino que es caprichoso y hace que los héroes nazcan y mueran a su libre arbitrio.

    Don Diego García de Paredes, el Sansón de Extremadura, el héroe español temido por turcos, italianos y franceses. El que resistió tres días acuchillando con su montante (espada grande), el amigo y vencedor de los duelos (como el famoso desafío de Barletta, entre 11 caballeros franceses y 11 españoles). Don Diego, el que encabezaba la batalla y el que siguió al Gran Capitán incluso hasta en su desgracia. Pues todas las civilizaciones necesitan héroes, Don Diego es un héroe español.

    Una historia que dar para escribir un libro o para hacer película. Ilustro el artículo con una magnífica pintura de Justo Jimeno, cuando, supuestamente, Don Diego se enfrenta a los franceses en el puente sobre el río Garellano.



    https://www.sonrisasenelcamino.es/el...e-extremadura/


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