Pelayo Galván y la quinta Cruzada

Ricardo Aller Hernández 21/01/2022




Dammietta, año del Señor 1218.

A orillas del Nilo, Pelayo Galván se seca el sudor con la manga del hábito. El verano en Egipto es duro, muy diferente al clima de su tierra natal, donde la lluvia y el frío son una parte más de la naturaleza. Aquí el calor es pegajoso y el sol ataca sin piedad, algo que bien podría haber facilitado la toma de la ciudad que los hijos de Alá llaman Dumyāt, la Damietta cristiana, al verse acuciada por la falta de agua, pero aquel caudaloso río a su paso por la villa ha revertido el problema a los sitiadores. O puede que, ironías de la guerra, les reporte la solución definitiva.

Resuenan en el río ruido incesante de martillos, resquebrajar de maderas y órdenes dadas en diversas lenguas del mundo. Después de tres meses siendo repelidos por tierra y ante la falta de material para la construcción de máquinas de asedio, Galván, Oliver de Colonia, Leopoldo VI y Juan de Brienne han tomado la decisión de fijar dos grandes barcos y construir sobre ellos una torre flotante que llegue a la altura de la alcazaba, superando la cadena que impide el acceso a los barcos. La tarea es inmensa, pero de salir bien la ciudad caerá consigo y, con ella, la Quinta Cruzada permitirá por fin recuperar Jerusalén, la Casa de Dios.



Y si Dios lo quiere, Pelayo Galván está dispuesto a ser su brazo ejecutor.

EL PERSONAJE

Las referencias bibliográficas a Pelayo Galván son casi más escasas que la ingente cantidad de nombres por los que ha pasado a la historia: Pelayo Galván, Pelagio Galvani o Pelayo Gaitán. Nacido en torno a 1165, poco se conoce sobre sus primeros años: se da por cierto que descendía de una familia noble de la Península ibérica, y si bien no existe constancia de su lugar de nacimiento, se considera natural de la provincia de León o de alguno de los pueblos vecinos (Navarrete), si bien existen diversas teorías que lo sitúan en el señorío de Gusendos de los Oteros, en Galicia, mientras otros lo hacen natural de Guimaraens, en el reino de Portugal, posibilidades que no resuelven las crónicas de la época, en las que se habla de Pelagio Calvani, Gaitán y hasta Paio Galvao.



Años más tarde, tras un breve paso por la Península para ejercer como profesor, Sancho I de Portugal envió a Galván, antiguo compañero del nuevo pontífice, a presentarle sus respetos. El feliz reencuentro hizo que Inocencio nombrase a Pelayo vicecanciller de la Iglesia y canónigo de San Pedro. En 1205 o 1206 se convirtió en cardenal diácono, siendo uno de los primeros españoles, tras Pedro de Cardona, en recibir esta dignidad. En 1211 fue nombrado cardenal presbítero de Santa Cecilia y en 1213 obispo de Albano, aunque mantuvo su residencia en Roma, donde ocupó un lugar destacado en la Santa Sede.

Era un hombre de mucho espíritu y muy hábil, aunque de un carácter fiero y tenaz (Navarrete).

IV CONCILIO DE LETRÁN

Pues tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre; y los tres convienen en lo mismo. (Juan 5:7-8)

11 de noviembre de 1215. Inocencio III convocó el Concilio Lateranense IV, llamando a los caballeros cristianos de Europa a la Reconquista de Tierra Santa y la reforma de la Iglesia Universal. La recompensa que esperaba en Oriente a quien se prestara voluntario era considerable: pecados perdonados, indulgencia con los que aportaran dinero, protección de bienes y familias y compromiso eclesiástico de sufragar un veinte por ciento de los gastos totales de la aventura (Francisco García Fitz, Cruzados en la Reconquista).



Se iniciaba así la Quinta Cruzada, auspiciada por las bulas papales Quia maior y Ad Liberandam y convocada inicialmente por Inocencio III, al que le sobrevino la muerte en 1216. Sería su sucesor, Honorio III el que daría el impulso definitivo.

UN ESPAÑOL EN LA QUINTA CRUZADA

Andrea II de Hungría organizó el ejército más grande de toda la historia de las Cruzadas, al que se le iría sumando el monarca austríaco Leopoldo VI y caballeros como Jean de Brienne. Los primeros ejércitos cruzados occidentales partieron desde el puerto de la ciudad de Vlaardingen el 27 de mayo de 1217 en trescientos barcos hacia Oriente. Sin embargo, a pesar de la prontitud de la partida, arribaron mucho después que los húngaros y austríacos a Tierra Santa, puesto que hicieron escala en Santiago de Compostela, y una parte de ellos se involucró en la guerra de reconquista portuguesa contra los musulmanes en la Península ibérica.

El destino de los caballeros fue la ciudad de Acre, donde fueron recibidos por Raúl de Merencourt, el patriarca latino de Jerusalén. Allí se produciría el primer consejo de guerra, con Andrea II, Leopoldo VI, Hugo I de Chipre, el príncipe Bohemundo IV de Antioquía, los tres maestres de la Orden Teutónica y el rey Juan de Jerusalén. El objetivo era (como el de las anteriores cruzadas) rescatar las tierras de manos de los musulmanes, en esta ocasión combatiendo a los Ayubitas en Siria.

Los ejércitos cruzados se dirigieron al sur, hacia la cadena montañosa junto a Acre, y fijaron un campamento en las afueras de Riccardana. El 3 de noviembre el patriarca latino Raúl y el obispo Jacobo Vitry de Acre se presentaron en persona frente al rey húngaro y al duque austríaco, trayendo con ellos un pedazo de la Vera Cruz la cual se había perdido después de la batalla de los Cuernos de Hattin en 1187.



Mientras tanto, Al-Muazzam, hijo del sultán al-Ádil, vigilaba de cerca a los cruzados, aunque sin pretensión de atacarlos. El 4 de noviembre las fuerzas cristianas avanzaron para explorar las cercanías del castillo sobre el monte Tabor y el 10 de noviembre ya habían cruzado el mar de Galilea.

Es por esta época cuando vuelve a resonar con fuerza el nombre de Pelayo Galván. El papa Honorio III lo había nombrado nuncio, encomendándole la responsabilidad de dirigir a los cruzados hacia Egipto, primero, y Jerusalén, después.

Honorio III le hizo su legado para la expedición a la Tierra Santa, a donde condujo en el año de 1218 un refuerzo considerable de tropas y muchos príncipes y señores principales de la cristiandad (Navarrete).

El objetivo del religioso era el puerto de Damietta, en la orilla oriental del Nilo, un enclave protegido por tres murallas y una infinidad de torres de guardia que, en la práctica, suponía uno de los corazones de la defensa musulmana. A esta acción de Galván, cabeza visible del ejército a nivel religioso, se le sumaron las mesnadas de Oliver de Colonia, Leopoldo VI y Juan de Brienne.

El nuncio fue el responsable de un gigantesco tesoro papal de 35.000 marcos de plata y otros 25.000 de oro. Con él pudo sacar de la indigencia a algunos cruzados y contratar a aquellos soldados que buscaran un pago regular (Christopher Tyerman corrobora esta idea en ‘ The world of the Crusades).

EL SITIO DE DAMMIETTA

Galván arribó a la ciudad en agosto, cuando Brienne ya había comenzado el cerco.



Pelayo se hizo cargo del asedio durante año y medio. Al otro lado de las torres defendía la ciudad Al-Kamil Muhammad al-Malik, uno de los generales más reconocidos de Egipto.

Al-Kamel fue al encuentro con sus tropas, se asustó ante tan elevado número de enemigos y evitó enfrentarse a ellos. Instaló su campamento al sur del puerto de la ciudad de tal forma que podía ayudar a la guarnición sin verse obligado a entablar una batalla directa. La ciudad era una de las mejor defendidas de Egipto. Las murallas estaban rodeadas al este y al sur por tierra pantanosa, mientras que al norte y al oeste el Nilo garantizaba un nexo con Egipto (Amin Maalouf en Las cruzadas vistas por los árabes).

En la práctica Al-Kamel sabía que o los cristianos tomaban el Nilo o no la cercarían de forma eficiente. Y aquello era prácticamente imposible de conquistar por culpa de una gigantesca cadena ubicada entre el castillo y la alcazaba de la ciudad que impedía el acceso a los buques. La tarea era titánica, pero Galván, con ayuda de sus generales, ideó un plan, apoyándose en las flotas de Frisia y una flotilla de la República de Génova al mando de Simone y Pietro Doria:

El sitio fue largo y duro, pero finalmente se logró tomar la plaza en 1219. La caída de la alcazaba le provocó tal tensión en al sultán al-Ádil, que falleció de un ataque al corazón. Su sucesor fue Al-Kamel, quien propuso un curioso pacto a Galván: si los cruzados abandonaban la región, se comprometía a entregarles Jerusalén, toda Palestina central y Galilea, además de las reliquias de la Santa Cruz. Por un lado, los franceses de Juan de Brienne y los teutones fueron partidarios de aceptar la propuesta, pero Galván, secundado por los italianos, los caballeros templarios y hospitalarios, se negó.

La decisión final le correspondía a un tal Pelayo, un cardenal español al que el papa había puesto al frente de la expedición. Galván rechazó el pacto y tomó la urbe por la fuerza poco después ante una famélica y escasa guarnición el 5 de noviembre de 1219. (Maalouf)



SUS ÚLTIMOS DÍAS

De regreso en Italia, ejerció como decano del colegio cardenalicio en el cónclave de 1227 en que fue elegido papa Gregorio IX. En 1229, desatadas las hostilidades entre Roma y el emperador Federico II, Pelayo se puso al mando del ejército pontificio que se enfrentó a las fuerzas imperiales.

Ya estaba de vuelta en Roma el año de 1224, y según las memorias de la iglesia de León falleció a 29 de febrero de 1230. A principios de aquel siglo pasó también a visitar los santos lugares de Roma y Jerusalén el famoso Don Lucas, después obispo de Tuy, con cuyo motivo estuvo en Francia, en Italia, en Grecia, en Armenia, en Constantinopla, en Tarso de Cilicia, en Nazareth y en otras varias partes del Oriente, como él mismo refiere; adquiriendo en estos viajes aquel caudal de erudición y conocimientos que le proporcionó las mayores dignidades de la Iglesia de España, y que la gran reina doña Berenguela, madre de San Fernando, le nombrase su historiador por el reino de León, para perpetuar las hazañas de los reyes sus predecesores (Navarrete).



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