Revista FUERZA NUEVA, nº 533, 26-Mar-1977
ACTUALIDAD DE “LA CONQUISTA DEL ESTADO”
Un 14 de marzo, hace cuarenta y seis años (1931), surgiría un semanario que, a pesar de su escasa duración, iba a representar en la atmósfera histórica española un primer paso en el desplazamiento de toda una época de hastío, fracaso y degradación. “La Conquista del Estado”, periódico de dos o tres originales páginas, tenía todo de nuevo y de sorprendente: sus hombres, su pensamiento, su dialéctica.
Afortunadamente, la permanencia de la letra impresa ha podido ofrecer aún hoy lo que fue aquel espíritu de lucha y rebelión, que hombres, instituciones e ideologías no han sabido mantener, si es que alguna vez llegaron a comprenderlo. Poco antes de ser fusilado, José Antonio decía: “Me asombra que aun después de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persisten en juzgarnos sin haber empezado ni por asomo a entendernos y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima información. Si la Falange se consolida en cosa duradera…” Este pesar era buena muestra del vacío en que había caído aquella llamada que desde “El Heraldo de Madrid” hiciera Ramiro incluso antes de fundar “La Conquista…”: “No somos fascistas. Está fácil etiqueta con que se nos quiere presentar en la vía pública es totalmente arbitraria. Tengan la bondad elemental de enterarse de cuáles son nuestros propósitos y qué cosas queremos y propugnamos”.
Ambiente político prerrepublicano
Las luchas abiertas entre patronos y obreros, junto con el descontento popular consecuente, que habían sido eliminadas en parte por el golpe de Primo de Rivera en el 23, habían vuelto a sacudir al cansado pueblo español a partir de la caída del general, y, sobre todo a lo largo de la “Dictablanda” del general Berenguer.
España sufría aún en su alma el fracaso del 98, que era, además, explotado por la clase literaria apellidada con esta fecha. El pesimismo, la angustia vital y la crítica dominaban el espíritu de los intelectuales, que rendían culto, sobre todo, a Ortega y Unamuno. El Ejército estaba en entredicho, la Iglesia olvidaba su misión trascendente ante una crisis total de conciencias. España conservaba una estructura casi feudal, sobre todo en Andalucía (el campo) y Cataluña (la industria). Los republicanos encontraban sus más densas filas en la prensa, la universidad y los intelectuales. La Institución Libre de Enseñanza era defendida por los regeneracionistas.
En agosto de 1930 se firmó el Pacto de San Sebastián, que era el manifiesto oficial de la oposición republicana. En diciembre, se daba el pronunciamiento de Jaca, siendo absueltos, en marzo siguiente, los compañeros de Galán y García Hernández, sujetos a expediente. El día 20 también son liberados los políticos republicanos acusados de conspiración contra el régimen. El día 25, las calles de Atocha se ensangrientan por los enfrentamientos de los estudiantes de Medicina, en el edificio de San Carlos. El director general de Seguridad, general Mola, se encuentra impotente ante la falta de energía del Gobierno.
La única solución es volver a la legalidad constitucional por medio de las elecciones generales. Alfonso XIII acepta las decisiones tomadas por el atemorizado conde de Romanones y escoge el destierro.
Mientras tanto, Mussolini en Italia, en octubre de 1922, había instaurado el régimen fascista, eliminando la inestabilidad parlamentaria. El nacionalsocialismo de Hitler se estaba convirtiendo, elección tras elección, en el mayor partido político de Alemania. En nuestra Península, el salazarismo había dado una solución dilatada y fértil a la serie desgraciada de continuos golpes de Estado. En Rusia, tras la Revolución de octubre de 1917, se había instaurado el comunismo a sangre y fuego, siendo otra opción política distinta a las democracias que en Europa se debatían en crisis continua.
Fascismos y nacionalsocialismos se presentaban en aquella época como interesantes soluciones prácticas para los problemas de la Europa de 1930. Eran dos potencias nuevas y atrayentes en sus propios países. Churchill mismo, en 1935, no se arriesgaba a pronósticos: “… Hitler no sabemos si pasará a la Historia como el hombre que restauró el honor y la paz del espíritu en la gran nación alemana y la reintegró serena, esperanzada y fuerte a la cabeza del círculo familiar europeo”.
Ramiro Ledesma Ramos, el fundador
Hijo de maestro rural, nace en 1905, en un pueblecito de Zamora. No fue un estudiante corriente ni tampoco destacado, era más bien inteligente y creador. Desde el principio lee muchísimo y sin orden. Le preocupaba fundar su existencia en “un ser”, encontrar un por qué a la vida. El despertar del sexo y el conocimiento de la naturaleza le molestaban, pareciéndole debilidades. Su vida era melancólica y seria. “Mi rostro sólo sabe la postura de la seriedad; pocas, muy pocas veces he reído”.
A los dieciocho años escribe una novela autobiográfica “El sello de la muerte”, y poco después “Don Quijote y nuestro tiempo”, en la que se advierte una gran influencia de Ortega y Unamuno. El golpe de Estado de septiembre de 1923 le coge a Ramiro cumpliendo el servicio militar. Cursa en Madrid las carreras de Filosofía y Letras y Ciencias Exactas. Su estancia en la Universidad transcurre, por tanto, en los años de paz de la Dictadura, no sosteniendo Ramiro ninguna postura política, sino, a lo más, filosófica o profesional. Ingresa en el cuerpo de Correos.
Su anhelo, por entonces, era la transformación de la Universidad. Del contacto con Giménez Caballero nacen las primeras colaboraciones en “La Gaceta Literaria”; también colabora habitualmente en la “Revista de Occidente”; hace diversas traducciones de libros de tono científico y filosófico, y es asiduo del Ateneo, donde es muy bien recibido y apreciada su conversación. Poco a poco se va apartando de sus primitivos maestros, a quienes juzga atrasados y sumergidos en el siglo XIX. Sin embargo, manifiesta una excesiva admiración por Hegel, de quien se inspirará el culto a la “actualidad”: “El mundo tiene siempre razón”.
Su actitud en la época universitaria es de repudio a las filtraciones políticas, pero le duele el pensamiento español ante una Universidad alterada por la represión de la Dictadura. Primo de Rivera falló en el trato de “la inteligencia”, y esto fue, en buena parte, la causa de su caída.
En febrero de 1931, en la cafetería Pombo, durante un homenaje a Giménez Caballero, sale en defensa de unos insultos propinados a un artista fascista italiano: Bagaglia. Enarbolando un revólver, afirma que los nuevos españoles amantes de la tradición imperial y cristiana salvarían a España, y saludando a la romana grita: ¡Arriba los valores hispanos!”
Semanario
De los once fundadores que el 14 de marzo de 1931 apoyaron el primitivo semanario, sólo, junto con Ramiro, permanecieron tres fieles hasta la última hora. El resto fue a parar a las filas marxistas, socialistas o incluso a la Falange de antes de la fusión. La terminología era totalmente nueva, siendo el denominador común la creación de un nuevo movimiento cuyos perfiles, aún poco claros, podían ser una solución el día en que cayera la Monarquía. Se trataba de una primera visión sin elaborar, atisbos de algo que habría que desarrollar después. Su objetivo no era aumentar la confusión reinante, todo lo contrario. La postura de “La Conquista…” era tan clara que a algunos les parecía de locos.
La algarabía del 14 de abril decide a Ramiro. “No hay más camino que la revolución”. Simpatiza con CNT, los carlistas y con José Antonio, que por entonces se halla al frente de los monárquicos alfonsinos. Pero ya desde primera hora se revelan las primeras contradicciones internas, que unidas a la breve nómina de miembros, a su dispersión posterior y a la breve permanencia del semanario, impiden que se llegara a algo definitivo. De hecho, su aportación a la Falange fue más ideológica que de miembros. Apenas contaban con una veintena.
La moral del grupo ramirista nacía más bien del fondo filosófico que los animaba. Pero, poco a poco, el semanario va perdiendo cada vez más su tono teórico, convirtiéndose en un panfleto guerrillero. La Ley de Defensa de la República es buena oportunidad para prohibir definitivamente al semanario, en octubre del 31, culminación de las continuas persecuciones y encarcelamiento de sus redactores. En total, se editaron veintitrés números.
El día 30 de noviembre se legalizó JONS como partido, siendo diez los fundadores. Los puntos programáticos eran casi los mismos que los del Manifiesto del 4 de Marzo: Unidad nacional, respeto al catolicismo, reivindicaciones africanas, antimarxismo, antiburocracia, sindicalización obligatoria, cultura de masas, extirpación de influencias extranjeras, anticapitalismo, poder para los jóvenes.
La influencia de “La Conquista…” fue escasísima en los medios obreros y agrarios. Su obra es típicamente urbana. Sus miembros, prácticamente universitarios todos. Se trató nada menos que de todo un intento y una realización revolucionaria, que tomó como punto de referencia lo que no gustaba, para, a partir de ahí, crear algo radicalmente diferente. Errores como los de comparar tranquilamente a regímenes tan opuestos como marxismo y fascismo, o tratar de atraerse al anarquizante Ramón Franco, son comprensibles en un hombre de veintiséis años que no podía estar ajeno a la realidad política que sentía y vivía a cada momento.
Actualidad de “La Conquista...”
A lo largo de sus páginas encontramos auténticas soluciones interesantes y quizá definitivas a los problemas de la tierra, de la vida y de la opinión actual. Sin embargo, ellos no están aquí para decirnos lo que hay que hacer o cuál era el verdadero sentido de sus palabras. Las soluciones, las respuestas a la vida hay que encontrarlas en uno mismo, ahora y para ahora, aunque unas y otras, las soluciones pasadas y las actuales, debieran y deben ser inspiradas en un solo tronco ideológico, inspirador de todo un criterio histórico e imperecedero.
José GARCÍA M.
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