Ya que se menciona, el motín de Esquilache marcó mucho el resto de la vida de Carlos III. Aunque fisicamente pusilánime, Carlos III tenía un alto concepto de si mismo y de su poder, y se consideraba intocable e imposible de desafiar. Sin embargo, cuando sucedió el motín, llegó a temer por su vida y su corona (aunque realmente el motín no fuera contra él) hasta el punto que estuvo aterrorizado con la posibilidad de más motines el resto de su vida. Nunca recuperó aquella confianza total en su poder ni volvió a confiar en el pueblo (si es que alguna vez lo hizo).
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