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Tema: Carta de monseñor Viganò: «El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paralela»

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    Carta de monseñor Viganò: «El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paralela»

    9 de junio de 2020.
    San Efrén.

    He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.

    El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.

    El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente.

    Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I.

    La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamente en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad.

    Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. +

    Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.

    Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.

    También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.

    Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.

    Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.

    Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.

    Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est.

    Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.

    El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.

    Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.
    En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia.

    No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma.

    Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada.

    Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.

    Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.

    La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace.

    El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”.

    + Carlo Maria Viganò
    (Traducido y publicado por Asociación Litúrgica Magnificat, Una Voce Chile. Reproducido con su permiso)

    https://adelantelafe.com/carta-de-mo...alsa-paralela/
    Hyeronimus dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: Carta de monseñor Viganò: «El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paral

    La carta de Viganò.

    La evidencia en sí misma, enseña santo Tomás, es aquella que se impone inmediatamente al sujeto. La luminosidad del sol o la humedad del agua se nos imponen. No hay discusión al respecto; no queda más que aceptar esa realidad, y si alguien duda o niega que el sol sea luminoso o que el agua sea húmeda, no dudaremos en dudar de la salud mental de esa persona.



    El P Jerónimo Nadal, uno de los compañeros de San Ignacio de Loyola, fundó en 1561 en Palma de Mallorca el colegio de Nuestra Señora de Montesión, el más antiguo que posee la Compañía en todo el mundo. Fue atendido durante siglos por una comunidad floreciente de padres jesuitas. La foto de la derecha representa a la decrépita comunidad actual: diez ancianitos con una edad promedio de ochenta años que hace presagiar la pronta desaparición de una comunidad histórica y centenaria. Este ejemplo, tomado al azar, no es más que uno entre cientos. La vida religiosa en la iglesia católica está desapareciendo, y en la mayor parte de los casos el proceso es irreversible. ¿Cuándo comenzó esta tragedia? No hace falta discutirlo demasiado: el concilio Vaticano II fue el inicio de la debacle que ha sumido a la iglesia católica, y no solamente a sus congregaciones religiosas, en una de sus crisis más graves a lo largo de toda su historia milenaria. Y este afirmación es evidente en sí misma; como la luminosidad del sol, no necesita ser demostrada ni discutida. Es cuestión de hojear el Anuario Pontificio de los últimos cincuenta años, o de visitar el convento de la esquina, que probablemente haya dejado de ser convento por falta de inquilinos para comprobar la verdad de la proposición.

    Esta realidad evidente, indiscutible e innegable —y tenemos derecho a dudar de la salud mental de quien la discuta o la niegue—, ya no puede ser ocultada como lo fue durante décadas por las piroctenias de pontificados rumbosos como los de Juan Pablo II o de Benedicto XVI. Ha sido el Papa Francisco quien, con su tosquedad, ha dejado ver a todo el mundo la realidad: el rey esté desnudo.
    En un artículo publicado hace poco más de cinco años en este mismo blog, yo escribía: “Para ponerlo en imágenes del infante don Juan Manuel: hasta la llegada del Papa Francisco, nadie se había animado a decir que el rey estaba desnudo. A Pablo VI, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI los vimos desnudos pero la cosa era aún vidriosa, no muy clara y, razonablemente en muchos casos, era mejor callarse como los súbditos del rey moro: quizás era verdad que el rey estaba finamente vestido y que era nuestra miopía e impureza la que nos impedía ver sus atuendo y nos mostraba, en cambio, la desnudez del soberano. Pero la llegada de Bergoglio cambió todo: el rey está, evidentemente, desnudo”.

    Vuelvo ahora sobre el tema porque en los últimos días observo que ya son muchos más que un puñados de tradis o de bloggers los que están finalmente, admitiendo cabizbajos la realidad que se impone con el peso de una montaña. La larga cartade Mons. Viganó del 9 de junio pasado lo demuestra. Allí habla del “vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy”. Y afirma: “El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito”.

    Muchos descalificarán sin discutir estas afirmaciones recurriendo a la fácil descalificación del autor. Y es verdad que Mons. Viganò quizás hable demasiado y lo haga desde un ignoto refugio por temor a las misericordiosas represalias pontificias, pero nadie puede negar su autoridad y competencia. No cualquiera llega a ser nuncio en Estados Unidos, y no cualquiera se anima a hacer sus declaraciones y acusaciones que nunca han podido ser rebatidas. En todo caso, quienes lo discuten, podrían comenzar desmontando lo que afirma en su carta y probando que, efectivamente, el Vaticano II fue un beneficio para la Iglesia.

    El problema, en el fondo, es que son pocos los que quieren asumir la incomodidad que supone rever las propias posiciones mantenidas durante décadas. Por ejemplo, el juanpablismo ingenuo, edificado sobre los engañosos recuerdos de juventud. Como bien dice Viganò, “Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad”.



    O bien, la reforma litúrgica, que fue emprendida no por el Concilio sino por el “espíritu del Concilio”, aduciendo motivos pastorales. ¿Quién puede hoy en buena fe afirmar que esa reforma fue pastoralmente exitosa? Basta contabilizar el compromiso real de los católicos con la fe católica para sacar conclusiones que no dejan lugar a dudas.

    Reconocer el error y repararlo no es tarea fácil y exige muchas virtudes, y la primera de ellas es la humildad: “Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo…”, escribe Mons. Viganò.

    Soy moderadamente optimista sobre la posibilidad que no sea solamente un arzobispo escondido, otro itinerante y algún que otro emérito los que sean capaces de reconocer la situación terminal en la que se encuentra la Iglesia. Significativamente, Aldo Maria Valli, un histórico periodista con serias credenciales y durante años exponente del neoconismo católico, es quien comenta con claridad la carta de Viganò. Todo un cambio para los que avizoran los signos de los tiempos.

    Pero para que la imprescindible reacción católica ocurra, además de la virtud de la humildad y de otras muchas, debe mantenerse el saludable factor que la hace posible: Bergoglio. Es justamente el actual pontífice el catalizador que ha permitido que la reacción se produzca. Como decía Chernyshevski, inspirador de Lenin, “cuanto peor, mejor”.

    The Wanderer: La carta de Viganò.


    Última edición por Pious; 11/07/2020 a las 13:30

  3. #3
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    Re: Carta de monseñor Viganò: «El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paral

    La madre del cordero.



    ¿Por qué la crítica al concilio de Monseñor Viganò debería tomarse muy en serio?
    por Peter Kwasniewski

    ¿En una de esas, no podríamos sostener que el reciente ataque de Monseñor Viganò al Concilio Vaticano II, de hecho nos puso en jaque (digo a nosotros, los tradicionalistas)? ¿O quizás, no será el caso que estamos dirigiendo nuestra enemiga hacia un concilio legítimo y laudable en lugar de centrar nuestra ira como corresponde sobre un liderazgo inepto que lo ha seguido, para luego traicionarlo?



    Ésa ha sido la línea adoptada por los conservadores durante mucho tiempo: una “hermenéutica de la continuidad” combinada con una fuerte crítica de obispos bribones acompañados de una canalla clerical.

    La debilidad de semejante postura queda demostrada—aparte de otras muchas señales de eso—por el éxito infinitesimal que han tenido los conservadores al intentar revertir la catarata de desastrosas “reformas”, hábitos e instituciones establecidas como secuela del último concilio y llevadas a término con aprobación papal, o al menos, contando con su tolerancia.

    Lo que el Arzobispo Viganò viene diciendo recientemente con una franqueza inusual en los prelados de hoy (véase aquí, aquíy aquí), no es sino un capítulo más de la prolongada crítica al Concilio formulada por católicos tradicionalistas, desde El Concilio del Papa Juan de Michael Davis, pasando por el famoso Iota Unum de Romano Amerio, siguiendo con El Concilio Vaticano Segundo, la historia nunca escrita de Roberto de Mattei y terminando con el libro de Henry Sire, Phoenix from the Ashes: The Making, Unmaking, and Restoration of Catholic Tradition (este último no ha sido todavía traducido al castellano).

    Hemos visto cómo los obispos, las conferencias episcopales, los cardenales y varios Papas han venido construyendo el “nuevo paradigma”, pieza por pieza, durante más de medio siglo—una fe católica “nueva” que, en el mejor de los casos se superpone parcialmente con la fe católica tradicional, cuando no barre con ella directamente, contradiciendo la fe católica tradicional tal como la hallamos expresada por los Padres de la Iglesia, los Doctores, los primeros concilios, y cientos de catecismos tradicionales, por no mencionar los antiguos ritos litúrgicos latinos que terminaron suprimidos y reemplazados por otros enteramente diferentes.

    Un abismo semejante entre lo antiguo y lo nuevo no puede dejar de contemplarse sin que uno se pregunte acerca del papel jugado por el Concilio Ecuménico Vaticano II en el despliegue progresivo de una historia modernista que comenzó a fines del s. XIX y que florece plenamente en los días que corren. La línea que va desde Loisy, Tyrrel y von Hügel hasta Küng, Teilhard, Ratzinger (cuando joven), Kasper, Bergoglio y Tagle, resulta ser bastante consistente si uno empieza a conectar sus ideas. Esto no equivale a decir que no hay interesantes e importantes diferencias entre esta gente, sino sólo que comparten principios que habrían sido tachados como dudosos, peligrosos, malolientes o heréticos por cualquiera de los grandes confesores y teólogos, desde Agustín hasta el Crisóstomo, desde Tomás de Aquino hasta Belarmino.

    Es hora de que demos de mano de una vez y para siempre con la ingenuidad de creer que lo único que importa son los textos promulgados por Vaticano II. No. En este caso, tanto los progresistas como los tradicionalistas concurren correctamente en afirmar que el acontecimiento en sí mismo importa tanto como los textos (sobre esto, vean el incomparable libro de de Mattei). La ambigüedad en los propósitos abrigados cuando se convocó el Concilio; cómo se manipularon todos sus procedimientos; la forma consistentemente liberal en que se lo implementó con apenas algún débil gemido de protesta por parte de los episcopados del mundo entero—nada de esto resulta irrelevante para interpretar el significado y relevancia de los textos conciliares, que, además, exhiben por sí solos géneros literarios nuevos y peligrosas ambigüedades, por no señalar los pasajes directamente erróneos, como la enseñanza de que musulmanes y cristianos adoran al mismo Dios (acerca de lo cual se expidió brillantemente el obispo Athanasius Schneider en su Christus Vincit).

    Resulta sorprendente que tantos años después, aún se encuentren defensores de los documentos del Concilio cuando está más que claro que nunca que se prestaron exquisitamente al objetivo de una total secularización y modernización de la Iglesia. Aun cuando su contenido fuera inobjetable, su verborrea, complejidad, su mezcla de verdades obvias con quebraderos de cabezas, constituyeron la fórmula y el pretexto perfectos para llevar adelante la revolución. Esta revolución está ahora fundida en esos textos, fusionados dentro de ellos como piezas de metal pasadas por un horno sobrecalentado.

    Así, el sólo hecho de citar a Vaticano II se ha convertido en santo y seña del que desea alinearse con todo lo que ha sido hecho por los Papas—¡sí, por los Papas!—o bajo su paraguas. En su vanguardia se halla la destrucción litúrgica, pero los ejemplos se podrían multiplicar ad nauseam: consideren ustedes momentos funestos como los encuentros interreligiosos de Asís, cuya lógica misma fue formulada por el Papa Juan Pablo II socorriendo su iniciativa con una sucesión de citas de Vaticano II. El pontificado de Francisco no ha hecho más que apretar el acelerador.

    Siempre lo mismo: siempre se recurre a Vaticano II para explicar o justificar cada una de las desviaciones y despegues de la fe dogmática en los términos en que siempre se la había concebido. ¿Es todo puramente casual—una serie de notablemente desafortunadas interpretaciones y juicios caprichosos que se podrían disipar fácilmente con una lectura honesta, como el sol radiante dispersando las nubes?



    ¿Pero es que los documentos no tienen cosas buenas? He estudiado y enseñado los documentos del concilio, algunos de ellos en numerosas oportunidades. Los conozco muy bien. Devoto como soy de la escuela de los “Grandes Libros”,* siempre he enseñado en colegios afiliados a esa pedagogía y así mis cursos de teología típicamente comenzarían con la Escritura y los Padres, para pasar luego a los escolásticos (especialmente Santo Tomás), terminando con los textos del Magisterio, encíclicas papales y documentos conciliares.

    A menudo se me caía el alma a los pies cuando en el curso llegábamos a los documentos de Vaticano II, textos tales como Lumen Gentium, Sacrosanctum Concilium, Dignitatis Humanae, Unitatis Redintegratio, Nostra Aetate, o Gaudium et Spes. Desde luego—¡por supuesto!—en ellos se encuentran párrafos hermosos y ortodoxos. Nunca habrían alcanzado los votos necesarios si se hubiesen opuesto flagrantemente a la enseñanza católica.

    Y con todo, allí uno se topa también con textos despatarrados, oscuros, productos inconsistentes paridos en algún anónimo comité que innecesariamente complican muchos temas y que carecen de la claridad cristalina que se supone es la difícil pero primordial incumbencia de un concilio. Todo lo que tenéis que hacer es echarle una mirada a los documentos de Trento o a los primeros siete concilios ecuménicos para comprobar allí ejemplos brillantes de un estilo conciso y consistente, que da de mano con la herejía en cada renglón, cosa en la que se empeñaban con máximo esfuerzo los padres conciliares en las épocas históricas en las que les tocaba vivir. Y luego los párrafos de Vaticano II—y no son pocos—ante los que uno se detiene y se dice: “¿De veras? ¿Estoy realmente viendo las palabras que tengo impresas en la página delante de mí? ¡Qué manera enmarañada de expresarse, qué forma más problemática de decir las cosas, qué proximidad con el error, qué manera embarullada de decir las cosas!”. (Y no se trata sólo de traducciones deficientes; eso también, pero aun las primeras versiones tenían estas taras).

    Yo también supe sostener, con tantos otros conservadores, que debíamos “tomar lo bueno, y dar de mano con lo demás”. El problema con esto ha sido adecuadamente señalado por el Papa León XIII:

    Ciertamente que los arrianos, los montanistas, los novacianos, los décimocuartos, los eutiquianos, no se oponían a toda la doctrina católica: sólo abandonaban algunos de sus principios. Y, sin embargo, ¿quién no sabe que fueron todos declarados heréticos resultando luego excomulgados? Y de igual modo fueron condenados todos los autores de proposiciones heréticas en los siglos subsiguientes. “Nada puede haber más peligroso que aquellos herejes que admiten prácticamente el ciclo entero de la doctrina y que, sin embargo, con una sola palabra, como si fuera una gota de veneno, infectan la fe simple y real enseñada por Nuestro Señor transmitida por la tradición apostólica” (Tract. De Fide, Orthodoxa contra Arianos).

    En otras palabras, es la mezcla, el revoltijo, entre cosas grandiosas, buenas, indiferentes, malas, genéricas, ambiguas, problemáticas, erróneas, todo eso en párrafos interminables, lo que hace que Vaticano II sea el único concilio merecedor de un repudio.

    ¿Es que no hubo siempre problemas después de los concilios de la Iglesia?

    Indudablemente: los concilios de la Iglesia siempre han dado lugar a controversias más o menos importantes. Pero aquellas dificultades generalmente se suscitaban a pesar de la naturaleza y contenido de los documentos, no por razón de su formulación. San Atanasio podía apelar una y otra vez a Nicea, como quien apela a un estandarte durante una batalla, porque sus enseñanzas eran concisas y sólidas como una roca. Los Papas después del Concilio de Trento podían apelar una y otra vez a sus cánones y decretos porque sus enseñanzas eran sucintas y claras como el agua. Mientras Trento produjo un gran número de documentos a lo largo de los años en que ocurrieron las sesiones (1545-1563), cada uno de esos textos constituyen una maravilla de claridad, sin una palabra de más.

    Por decir lo menos, los documentos de Vaticano II fallaron miserablemente en lo que se refiere a los propósitos del Concilio, tal como los explicó el Papa Juan XXIII. En 1962 dijo que quería una presentación de la fe más accesible para el hombre moderno. Ya para 1965 resultaba dolorosamente obvio que los dieciséis documentos nunca serían una cosa que uno podía juntar en un libro para dárselo a cualquier lego o laico con inquietudes. Bien se podría decir que el Concilio se quedó sin el pan y sin la torta: ni produjo un punto de acceso fácil para el mundo moderno, ni tampoco un breve bosquejo o plan para apoyo de pastores y teólogos. ¿Qué diablos logró? Una cantidad inmensa de papeles, mucha prosa insustancial, y un codazo acompañado de un guiño: “Muchachos, ¡llegó la hora de adaptarse al mundo moderno!” (Y si no lo hacen, parafraseando a Hobbes, tendrán problemas con “el poder irresistible del dios mortal” en Roma, cosa que el Arzobispo Lefebvre no tardó demasiado tiempo en descubrir).

    He aquí por qué este último concilio resulta absolutamente irrecuperable. Si el proyecto de modernización terminó en una pérdida masiva de la identidad católica, incluso de las doctrinas más básicas de dogma y moral, el único modo de proceder es despedirse respetuosamente de ese gran símbolo y proyecto y asegurarse de que quede bien enterrado. Como dice Martin Mosebach, la verdadera “reforma” siempre ha de significar una vuelta a la forma—esto es, un regreso a una disciplina más estricta, una doctrina más clara, un culto más pleno. No significa y no puede significar lo contrario.

    ¿Por ventura existe algo perteneciente a la sustancia de la Fe, o alguna cosa indiscutiblemente beneficiosa que perderíamos si fuéramos a darle el adiós al último concilio para no oírlo mencionar nunca más? La Tradición Católica de por sí contiene recursos inmensos (que hoy, por lo general, desafortunadamente no son aprovechados) para enfrentar cualquier de las irritantes cuestiones que nos plantea el mundo de hoy. Hoy a casi un cuarto de camino en otro siglo, estamos en otro lugar, y las herramientas que nos hacen falta no son las de los ’60.



    ¿Qué se puede hacer en el futuro?

    Desde que el Arzobispo Viganò escribió la carta del 9 de junio y sus siguientes escritos sobre este asunto, la gente ha comenzado a discutir qué cosa podría significar “anular” al Concilio Vaticano II. Por mi parte, veo tres posibilidades teóricamente posibles para un futuro Papa:


    1. Podría publicar un nuevo Syllabus de errores (tal como propuso el Obispo Schneider allá por el año 2010) que identifica y condena los errores más comunes asociados con Vaticano II sin atribuirlos explícitamente a Vaticano II: “Si cualquiera dijese XYZ, sea anatema”. Esto dejaría abierta una especulación acerca del grado en que los textos conciliares de hecho tienen errores; sin embargo, cerraría la puerta a muchas interpretaciones “populares” del Concilio.
    2. Podría declarar que, contemplando retrospectivamente los últimos cincuenta años, podemos ver claramente que, debido a sus ambigüedades y dificultades, los documentos conciliares han hecho más daño que bien en la vida de la Iglesia y que, en el futuro, no deberían utilizarse como referencia magisterial en discusiones teológicas. El Concilio debería ser tratado como un acontecimiento histórico que ha perdido toda relevancia. Nuevamente, en este caso no haría falta afirmar que los documentos contienen errores; sólo que se reconoce que el Concilio se ha mostrado más problemático de lo que se esperaba, y que no vale la pena.
    3. Podría explícitamente “desautorizar” o apartar ciertos documentos o partes de algunos de ellos, así como partes del Concilio de Constanza nunca fueron reconocidos ni repudiados.


    La segunda y tercera alternativa abrevan en el reconocimiento hecho tanto por el Papa Juan XXIII como Pablo VI en el sentido de que el Concilio adoptaba la forma—única entre todos los demás concilios ecuménicos de la historia—de concilio “pastoral” tanto en su propósito como naturaleza misma; esto facilitaría lo de dejarlo de lado. En cuanto a la objeción de que todavía, necesariamente, concierne a temas de fe y moral, por mi parte contestaría que los obispos nunca definieron ni anatematizaron nada. Incluso las “constituciones dogmáticas” no hacen afirmaciones dogmáticas. Se trata de un concilio curiosamente declarativo y catequístico, que no zanja prácticamente ninguna cuestión y desestabiliza más de una.

    Si acaso y como fuere, un Papa futuro o concilio se decidiese a enfrentar redondamente este verdadero despelote, nuestra tarea como católicos permanece como siempre la misma: aferrarse a la Fe de nuestros Padres, en sus fórmulas normativas de siempre y en las que podemos confiar: principalmente en la lex orandi de los ritos litúrgicos de Oriente y Occidente, en la lex credendi de los Credos aprobados y el testimonio consistente del magisterio universal ordinario, además de la lex vivendi que nos han mostrado los santos canonizados a lo largo de los siglos, antes de que arribara esta era de confusión. Con esto alcanza y sobra.

    Publicado originalmente en Onepeterfive.
    Tradujo Jack Tollers

    * The Great Books fue una idea de dos profesores de la Universidad de Chicago (Robert Hutchins y Mortimer Adler) que consiguieron que la Enciclopedia Británica publicara en 54 tomos los textos esenciales de la literatura occidental (“el canon literario de hombres blancos muertos” como le gusta decir ahora a los progres yanquis). Eso fue en 1952. Desde entonces, eso dio lugar a una cantidad de colegios donde no se enseñaba otra cosa, siendo el más famoso el “Saint Thomas Aquinas” de California en el que estudiaron algunos argentinos aventajados, como Roberto Helguera (aunque hay unos cuantos más).

    The Wanderer: La madre del cordero.

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    Re: Carta de monseñor Viganò: «El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paral

    Monseñor Viganò: «No creo que el Concilio fuera inválido, pero fue gravemente manipulado».

    «Yo jamás he afirmado que el Concilio Vaticano II sea inválido» […] Fue objeto de una grave manipulación»

    (Nota del director: Publicamos el siguiente intercambio epistolar con monseñor Viganò con miras a aclarar su postura con respecto a una cuestión tan importante para la Iglesia)

    Eminencia Reverendísima:

    Me gustaría que tuviera a bien hacerme una aclaración sobre sus últimos escritos con relación al Concilio Vaticano II.

    En el del pasado 9 de junio afirmó: «Es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella».

    En la entrevista que posteriormente concedió a Phil Lawler, éste le preguntó: «¿Cuál es la solución? Monseñor Schneider propone que un futuro pontífice deberá repudiar los errores. Vuestra Excelencia considera inadecuada esta propuesta. Entonces, ¿cómo se pueden corregir los errores para mantener la autoridad del Magisterio en la enseñanza?»

    A lo cual Vuestra Eminencia responde: «A uno de sus sucesores, a un Vicario de Cristo, le tocará ejercer plenamente su autoridad apostólica para reanudar el hilo de la Tradición allá donde fue cortado. No será una derrota, sino un acto de veracidad, humildad y valor. La autoridad e infalibilidad del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles quedarán intactas y corroboradas».

    No queda claro si Vuestra Eminencia cree que el Vaticano II fue un concilio inválido y debe por tanto ser totalmente repudiado, o si le parece que aun siendo válido contiene numerosos errores, y por tanto sería provechoso para los fieles olvidarlo, y sustentar su fe basándose en el Concilio Vaticano I y otros anteriores. Creo que sería muy útil una aclaración en este sentido.

    En Cristo y su Santa Madre,

    JH
    ***
    1 de julio de 2020

    Festividad de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

    Estimado John-Henry:

    Le agradezco su carta, en la que me brinda la oportunidad de aclarar lo que he expresado con relación al Concilio. Es un tema delicado que no sólo afecta a personalidades destacadas del mundo eclesiástico y bastantes estudiosos; confío en que aportar mi granito de arena ayude a disolver la nube de equívocos que envuelve al Concilio y nos lleve a una solución compartida.

    Comienza usted citando mi observación inicial: «Es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella», tras lo cual cita la situación que propongo al callejón sin salida en que hoy nos encontramos: «A uno de sus sucesores, a un Vicario de Cristo, le tocará ejercer plenamente su autoridad apostólica para reanudar el hilo la Tradición allá donde fue cortado. No será una derrota, sino un acto de veracidad, humildad y valor. La autoridad e infalibilidad del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles quedarán intactas y corroboradas.»

    Seguidamente afirma que mi postura no está clara: «Si Vuestra Eminencia cree que el Vaticano II fue un concilio inválido y debe por tanto ser totalmente repudiado, o si le parece que aun siendo válido contiene numerosos errores, y por tanto sería provechoso para los fieles olvidarlo». Yo jamás he afirmado que el Concilio Vaticano II sea inválido; lo convocó la autoridad suprema, el Sumo Pontífice, y participaron todos los obispos del mundo. El Vaticano II es un concilio válido; se apoya en la propia autoridad del Vaticano I y en la de Treno. Con todo, como ya dije, desde su mismo origen fue objeto de una grave manipulación por parte de una quinta columna infiltrada en la Iglesia que pervirtió sus objetivos, lo cual confirman los desastrosos frutos que todos tenemos ante la vista. Recordemos la Revolución Francesa: que los Estados Generales fueran convocados legítimamente el 5 de mayo de 1789 por Luis XVI no impidió que degenerasen en la Revolución y el Terror (la comparación no es disparatada, dado que el Concilio fue calificado por el cardenal Suenens como el 1789 de la Iglesia).

    En una intervención reciente, Su Eminencia el cardenal Walter Brandmüller sostiene que el Concilio se alinea con la Tradición, y para demostrarlo señala:

    «Basta con echar un vistazo a las notas al texto para constatar que en el documento se citan diez concilios precedentes. Entre ellas, hay 12 referencias al Vaticano I, y nada menos que 16 a Trento. Con ello queda de manifiesto que debe excluirse totalmente todo apartamiento de Trento. Más estrecho aún es el vínculo que se observa con la Tradición si pensamos que, de los pontífices, a Pío XII se lo cita en 55 ocasiones, a León XIII en 17, y a Pío XI hay 12 referencias. Súmense a éstas las dedicadas a Benedicto XIV, Benedicto XV, Pío IX, Pío X, Inocencio I y Gelasio. Pero lo más impactante es la presencia de los Padres en el texto de Lumen gentium. Los Padres a los que aluden las enseñanzas del Concilio son nada menos que 44. Destacan entre ellos San Agustín, San Ignacio de Antioquía, San Cipriano, San Juan Crisóstomo y San Ireneo. Se citan además los grandes teólogos y los Doctores de la Iglesia: Santo Tomás de Aquino en 12 lugares, junto a otros siete de mucho peso y autoridad».

    Como señalé con respecto al caso análogo del conciliábulo de Pistoya, la presencia de contenido ortodoxo no excluye la de propuestas heréticas ni atenúa su gravedad, ni tampoco se puede utilizar la verdad para ocultar un solo error. Al contrario, las numerosas citas de otros concilios, actos magisteriales y Padres de la Iglesia pueden servir precisamente para disimular con intención dolosa puntos polémicos. A tal fin, conviene recordar las palabras del Tractatus de Fide orthodoxa contra Arianos citadas por León XIII en la encíclica Satis cognitum:

    «Nada es más peligroso que esos heterodoxos que, conservando en lo demás la integridad de la doctrina, con una sola palabra, como gota de veneno, corrompen la pureza y sencillez de la fe que hemos recibido de la tradición dominical, después apostólica».

    A continuación, León XIII comenta:

    «Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juicio unánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de la comunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo más mínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico».

    En un artículo publicado el 14 de abril de 2013, el cardenal Kasper reconoció que « En muchos lugares ]los padres conciliares] se vieron obligados a encontrar fórmulas de transacción en las que con frecuencia la postura de la mayoría (conservadores) se ubican al lado de las de la minoría (progresistas), proyectadas para delimitarlas. Por tanto, los propios textos conciliares tienen en sí una enorme potencialidad conflictiva; hacen posible que se acepten en ambos sentidos». Aquí tenemos el origen de las importantes ambigüedades, las patentes contradicciones y los graves errores doctrinales y pastorales.

    Podrá objetarse que pensar que habría que despreciar toda presunción de intención dolosa en un acto magisterial, dado que la finalidad del Magisterio es confirmar a los fieles en la Fe. Pero tal vez el dolo mismo sea causa de que un acto resulte no ser de magisterio y autorice su condena o que se decrete su nulidad. El cardenal Brandmüller concluía su comentario con estas palabras: «Convendría evitar esa hermenéutica de la sospecha que de entrada acusa al interlocutor de albergar conceptos heréticos». Aunque tanto en abstracto como en general estoy de acuerdo , considero oportuno establecer una distinción para delimitar mejor el caso. Para ello, es necesario abandonar ese enfoque, más legalista de la cuenta, que considera que todas las cuestiones doctrinales inherentes a la Iglesia se pueden reducir y resolver sobre todo con un marco de referencia normativo: no olvidemos que la ley está al servicio de la verdad, y no al revés. Y lo mismo se aplica a la autoridad que es ministra de dicha ley y custodia de esa verdad. Por otro parte, cuando Nuestro Señor afrontó la Pasión, la Sinagoga ya había dejado de cumplir su función de guiar al pueblo elegido para que fuera fiel a la Alianza, como ha dejado de hacerlo un sector de la Jerarquía de sesenta años para acá.

    En esta actitud legalista está la raíz del engaño de los novatores, que se han ingeniado una forma sencillísima de llevar a efecto la Revolución: imponerla por la fuerza de la autoridad mediante un acto que la Iglesia docente adopta para definir verdades de fe con valor vinculante para la Iglesia discente, reiterando esas enseñanzas en otros documentos igualmente vinculantes, si bien en otra medida. En resumidas cuentas, se decidió colocar la etiqueta de Concilio a un acto concebido por algunos con miras a demoler la Iglesia, y para ello los conjurados han obrado con intención dolosa y propósitos subversivos. Lo dijo descaradamente el P. Edward Schillebeecks O.P.: «Ahora lo decimos diplomáticamente, pero después del Concilio lograremos las consecuencias implícitas» (De Bazuin nº 16, 1965).

    Por tanto, no nos encontramos ante una hermenéutica de la sospecha, sino que por el contrario nos enfrentamos a algo mucho más grave que una sospecha y corroborado por la valoración ecuánime de la realidad, así como a la admisión de los propios protagonistas. ¿Y quién más autorizado entre ellos que el entonces cardenal Ratzinger:

    «Crecía cada vez más la impresión de que en la Iglesia no había nada estable, que todo podía ser objeto de revisión. El Concilio parecía asemejarse a un gran parlamento eclesial, que podía cambiar todo y revolucionar cada cosa a su manera. Era muy evidente que crecía un resentimiento contra Roma y la Curia, que aparecían como el verdadero enemigo de cualquier novedad y progreso. Las discusiones conciliares eran presentadas cada vez más según el esquema de partidos típico del parlamentarismo moderno. A quien se informaba de esta manera, se veía inducido a tomar a su vez posición a favor de un partido. […] Si en Roma los obispos podían cambiar la Iglesia, más aún, la misma Fe (así al menos lo parecía), ¿por qué sólo les era lícito hacerlo a los obispos? Se la podía cambiar y, al contrario de lo que se había pensado hasta entonces, esta posibilidad no parecía ya sustraerse a la capacidad humana de decidir, sino que, según todas las apariencias, recibía su existencia precisamente de ella. Ahora bien, se sabía que las cosas nuevas que sostenían los obispos las habían aprendido de los teólogos; para los creyentes se trataba de un fenómeno extraño: en Roma, sus obispos parecían mostrar un rostro distinto del que mostraban en casa» (cfr. J. Ratzinger, Mi vida, Encuentro, Madrid 2006, pág.158).

    Aquí tenemos que llamar la atención a una paradoja recurrente en los asuntos del mundo: se suele llamar conspiracionistas a quienes ponen al descubierto y denuncian el complot que el propio Sistema ha ideado. Así desvían la atención de la conspiración y desacreditar a quienes la denuncian. De modo análogo, me da la impresión de que se corre el riesgo de calificar de hermeneutas de las sospecha a cuantos revelan y denuncian el fraude conciliar, como si sin motivo «acusaran al interlocutor de albergar conceptos heréticos». Por el contrario, es necesario comprender que si las acciones de los protagonistas del Concilio pueden justificar las sospechas en torno a ellos, o demostrar lo acertado de ellas; si la consecuencia de ella legitima una valoración negativa del Concilio en su totalidad, en algunas partes o en ninguna. Si nos obstinamos en pensar que quien concibió el Concilio como un acto subversivo rivalizaba en piedad con San Alfonso y en doctrina con Santo Tomás, demostraremos una ingenuidad que no se ajusta al precepto evangélico y que raya en la complicidad, o al menos en la negligencia. Es evidente que no me refiero a la mayoría de los Padres Conciliares, que desde luego estaban motivados por pías y santas intenciones, sino a los protagonistas del evento-Concilio, los llamados teólogos que hasta el Concilio Vaticano II eran objeto de censuras canónicas y estaban apartados de la docencia, y que precisamente por eso fueron elegidos, promovidos y ayudados para que sus credenciales de heterodoxia se convirtieran en causa de mérito, mientras la indiscutible ortodoxia del cardenal Ottaviani y sus colaboradores del Santo Oficio fue motivo suficiente para arrojar al fuego los bosquejos preparatorios del Concilio con el consentimiento de Juan XXIII:

    Dudo que por lo que se refiere a monseñor Bugnini –por citar sólo un nombre– sea censurable una actitud de prudente suspicacia, o que ésta sea una falta de caridad; al contrario: la falta de honradez del autor del Novus Ordo para conseguir lo que se proponía, su pertenencia a la Masonería y sus propias admisiones en diarios publicados demuestran que las medidas tomadas por Pablo VI con él fueron excesivamente clementes e ineficaces, porque todo lo que hizo dicho purpurado en las comisiones del Concilio y en la Congregación para los Ritos quedó intacto, y se volvió sin embargo parte integrante de las actas del Concilio y de las reformas anejas. Bienvenida sea, pues, la hermenéutica de la sospecha si sirve para demostrar que hay motivos para desconfiar y que con frecuencia esas sospechas se materializan en la certeza de que hubo dolo.

    Volvamos al Concilio para demostrar cuál fue la trampa en que cayeron los buenos pastores, inducidos al error junto con su grey por una sumamente astuta labor engañosa por parte de personas notoriamente aquejadas de modernismo y en no pocos casos extraviadas en su conducta moral. Como escribí hace poco, el fraude estuvo en hacer de un concilio un contenedor de una maniobra subversiva, y en aprovecharse de la autoridad de la Iglesia para imponer una revolución doctrinal, moral, litúrgica y espiritual ontológicamente contraria al fin para el que se convoca un concilio y se ejerce la autoridad magisterial. Repito: la etiqueta de Concilio pegada al paquete no afecta al contenido.

    Hemos visto una nueva manera de entender unas mismas palabras del léxico católico: la expresión concilio ecuménico aplicada al de Trento no coincide con el sentido que le dan los promotores del Concilio Vaticano II, para quienes concilio se refiere a conciliación y ecuménico al diálogo interreligioso. El espíritu del Concilio es espíritu de conciliación, de avenencia, del mismo modo que el Concilio fue una afirmación pública de diálogo conciliatorio con el mundo, sin precedentes en la historia de la Iglesia.

    Bugnini escribió: «Es preciso eliminar de nuestras oraciones católicas y de la liturgia católica todo lo que pueda resultar la más mínima piedra de tropiezo para nuestros hermanos separados, o sea los protestantes» (Cf. L’Osservatore Romano, 19 de marzo de 1965). Estas palabras nos permiten entender que la intención de la reforma, fruto de la mens conciliar, era atenuar la proclamación de la verdad católica para no chocar a los herejes. Que es ni más ni menos lo que se ha hecho no sólo con la Santa Misa –terriblemente desfigurada en nombre del ecumenismo–, sino con la exposición del dogma en documentos doctrinales; un ejemplo clarísimo es lo del subsistit in.

    Los motivos que puedan haber determinado un concilio tan singular y repleto de consecuencias para la Iglesia pueden ser objeto de discusión; lo que no podemos negar es la evidencia, no podemos hacer de cuenta que el Concilio Vaticano II no se diferencia del I, a pesar de los esfuerzos hercúleos, numerosos y documentados de interpretarlo forzadamente como un concilio ecuménico normal. Cualquiera que tenga sentido común se da cuenta de que es absurdo interpretar un concilio, dado que un concilio es y debe ser una norma clara e inequívoca de Fe y de costumbres. En segundo lugar, si un acto de magisterio plantea argumentos serios y razonables en cuanto a coherencia doctrinal con los que lo precedieron, es evidente que la condena de un solo punto heterodoxo desacredita en todo caso la totalidad del documento. Si a esto añadimos que los errores formulados o dados a entender indirectamente entre líneas no se limitan a uno o dos casos aislados, y que a los errores afirmados se contrapone una enorme cantidad de verdades no confirmadas, es lícito preguntarse si no debería borrarse el último concilio de la lista de los canónicos. Antes incluso que un documento oficial, el veredicto lo pronunciarán la historia y el sensus fidei del pueblo cristiano. El árbol se juzga por los frutos, y no es suficiente con hablar de la primavera conciliar para ocultar el riguroso invierno que atenaza a la Iglesia. Ni tampoco inventarse curas casados y diaconisas para remediar la crisis de vocaciones. Ni adaptar el Evangelio a la mentalidad moderna para alcanzar más consenso. La vida cristiana es una milicia, no una simpática excursión, y con más razón para la vida sacerdotal.

    Concluyo con una petición a todos los que intervienen provechosamente en el debate sobre el Concilio: me gustaría que ante todo procurasen proclamar a todos los hombres la verdad de la salvación, ya que de ello depende la salvación eterna de ellos y de nosotros. Y que sólo de modo secundario se ocupen de las consecuencias canónicas y jurídicas del Concilio. Anathema sit o damnatio memoriae, no hace mucha diferencia. Si es verdad que el Concilio no ha cambiado nada de nuestra Fe, echemos mano del catecismo de San Pío X, volvamos al misal de San Pío V, permanezcamos ante el Sagrario, no abandonemos la Confesión y practiquemos la penitencia y la reparación con espíritu de mortificación. De todas esas fuentes surge la juventud de espíritu. Y sobre todo, que nuestras obras den un testimonio firme y coherente de nuestra predicación.

    + Carlo Maria Viganò, Arzobispo

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    Última edición por Pious; 13/07/2020 a las 10:55

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    Re: Carta de monseñor Viganò: «El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paral

    Réplica de Viganó a Sandro Magister sobre el Concilio Vaticano II.

    Estimado Sr Magister:


    Permítame que responda a su artículo Monseñor Viganò al borde del cisma, publicado el pasado día 29 en Séptimo cielo (aquí).

    Soy consciente de que haberme atrevido a expresar una opinión acerbamente crítica del Concilio es suficiente para suscitar el espíritu inquisitorial que en otros casos es objeto de denigración por parte de los conservadores. No obstante, en una controversia respetuosa entre eclesiásticos y laicos competentes no me parece inadecuado plantear problemas que a día de hoy siguen sin resolverse, el primero de los cuales es la crisis que aqueja a la Iglesia desde el Concilio, que ha llegado ya a la ruina.

    Hay quien afirma que el Concilio ha sido falseado; otros hablan de la necesidad de reinterpretarlo en continuidad con la Tradición; otros, de la conveniencia de corregir los errores que pueda contener, o de interpretar en sentido católico los puntos equívocos. En otro bando, no faltan quienes consideran al Concilio una especie de turbia conjura a partir de la cual se sigue la revolución, los cambios, la transformación de la Iglesia en una entidad nueva, moderna, a la altura de los tiempos. Es parte de la dinámica usual de un diálogo que se invoca con excesiva frecuencia pero rara vez de se lleva a la práctica. Hasta ahora, quienes han expresado su desacuerdo con todo lo que he afirmado no se han ocupado en ningún momento del fondo de la cuestión. Se han limitado a tildarme con calificativos a los que se han hecho acreedores mis más ilustres y venerables hermanos en el episcopado. Es curioso que tanto en el ruedo doctrinal como en el político los progresistas reinvindiquen una primacía, un estado superior que sitúa al adversario en inferioridad ideológica, inmerecedor de atención y de respuestas y al que se pueda dejar fácilmente fuera de combate tildándolo de lefebvrista en lo religioso o de fascista en el terreno político. Pero la falta de argumentos no legitima a dictar las normas, ni a decidir quién tiene derecho a hacer uso de la palabra, y menos cuando la razón, antes incluso que la fe, demuestra dónde está el engaño, quién es el autor y qué se propone.

    En un principio creí que el contenido de su artículo habría de considerarse ante todo como un comprensible tributo al Príncipe, ya sea en la tercera bóveda de las Logias Vaticanas o en el taller de diseño del director de la publicación. Ahora bien, al leer lo que usted me atribuye he descubierto una inexactitud –llamémosla así– que espero sea fruto de un malentendido. Le pido, pues, que me conceda espacio para ejercer mi derecho de réplica en Settimo Cielo.

    Según afirma usted, yo habría acusado a Benedicto XVI de «haber “engañado” a toda la Iglesia haciendo creer que el Concilio Vaticano II era inmune a herejías; es más, que había que interpretarlo en perfecta continuidad con la doctrina verdadera de siempre». No me parece haber escrito jamás nada parecido con respecto al Santo Padre; todo lo contrario: he dicho, y lo reitero, que todos –o casi todos– hemos sido engañados por quienes se han servido del Concilio como de algo dotado de una autoridad implícita y de la autoridad de los Padres que en él participaron, alterando su finalidad. Quien se ha llamado a engaño lo ha hecho porque, amando a la Iglesia y al Papado, no podía imaginar que dentro del Concilio una minoría de conjurados con un alto nivel de organización pudieran valerse de un concilio para demoler la Iglesia desde dentro. Y que pudieran hacerlo contando con el silencio e inactividad –por no decir con la complicidad– de la autoridad. Hablamos de hechos históricos, sobre los cuales me permito darle una interpretación personal pero que considero que otros tal vez comparten.

    Igualmente me permito recordarle por si fuera necesario que las posturas de relectura moderada del Concilio en un sentido tradicional por parte de Benedicto XVI son parte de un digno pasado reciente; mientras que en los formidables años setenta era muy diferente la postura del entonces teólogo Joseph Ratzinger. Estudios autorizados se inclinan por las mismas admisiones del profesor de Tubinga, confirmando los arrepentimientos parciales del pontífice emérito. No veo el menor «intento fracasado de corrección de los excesos conciliares invocando la hermenéutica de la continuidad», porque se trata de una opinión ampliamente compartida no sólo en sectores conservadores, sino también y sobre todo en ambientes progresistas. Habría que decir, además, que lo que han conseguido los novadores por medio de engaños, astucias y extorsiones es el resultado de una perspectiva que más tarde hemos visto aplicada al máximo en el magisterio bergogliano de Amoris laetitia. La intención dolosa es admitida por el propio Ratzinger: «Crecía cada vez más la impresión de que en la Iglesia no había nada estable, que todo podía ser objeto de revisión. El Concilio parecía asemejarse a un gran parlamento eclesial, que podía cambiar todo y revolucionar cada cosa a su manera» (cfr. J. Ratzinger, Mi vida, Encuentro, Madrid 2006, pág.158). Y más todavía por las palabras del dominico Edward Schillebeecks: «Ahora lo decimos diplomáticamente, pero después del Concilio lograremos las consecuencias implícitas» (De Bazuin nº 16, 1965).

    Teníamos la confirmación de que la ambigüedad intencionada de los textos tenía por objeto juntar perspectivas opuestas e inconciliables en aras de la utilidad y en detrimento de la verdad revelada. Verdad que cuando es proclamada en su integridad no puede dejar de ser causa de divisiones, como también lo es Nuestro Señor: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la Tierra? Os digo que no, sino la disensión» (Lc.12,51).

    No encuentro nada de reprobable en proponer que se olvide el Concilio Vaticano II; sus promotores han sabido ejercer descaradamente esta damnatio memorie no sólo con un concilio, sino con todos, llegando a afirmar que el suyo era el primero de una nueva Iglesia, y que a partir de su Concilio se acababan la vieja religión y la vieja Misa. Me dirá usted que éstas son posturas extremistas y que en el término medio está la virtud. O sea, entre los que consideran que el Concilio Vaticano II no es sino el último de una serie ininterrumpida de actos en los que el Espíritu Santo habla por la boca del Magisterio único e infalible. Si así fuese, habría que explicar por qué la Iglesia conciliar se ha dotado de una nueva liturgia y un nuevo calendario, y en consecuencia de una nueva doctrina –nueva lex orandi, nueva lex credendi– distanciándose desdeñosamente del pasado reciente.

    La sola idea de desechar el Concilio desata el escándalo entre quienes, como usted, reconocen la crisis de los últimos años pero se obstinan en no querer reconocer la relación de causa a efecto entre el Concilio y sus lógicos e inevitables efectos. Escribe usted: «Atención: no una mala interpretación del Concilio, sino el Concilio en cuanto tal, todo en bloque». Y yo ahora le pregunto: ¿cuál sería la interpretación correcta del Concilio? ¿La de usted o la que dieron mientras escribían sus decretos y declaraciones sus diligentísimos artífices? ¿O quizás la del episcopado alemán? ¿O la de los teólogos que enseñan en las universidades pontificias, cuyos artículos difunden las publicaciones católicas de mayor difusión? ¿O la de Joseph Ratzinger? ¿O la de monseñor Schneider? ¿O la de Bergoglio? Esto bastará para ayudarle a entender el inmenso daño causado nada más haber adoptado deliberadamente un lenguaje tan oscuro como para legitimar opiniones tan contradictorias, que sirvió de base a la famosa primavera conciliar. Por eso no vacilo en decir que se debería olvidar aquella asamblea como tal y globalmente, y reivindico el derecho a afirmarlo sin incurrir por ello en la culpa de cisma por haber atentado contra la unidad de la Iglesia. La unidad de la Iglesia está inseparablemente ligada a la Caridad y la Verdad, y donde reina o siquiera se desliza sinuosamente el error no puede haber caridad.

    El bonito cuento de la hermenéutica, por muy autorizado que sea para su autor, no deja de ser una tentativa de dar dignidad de concilio a una auténtica emboscada contra la Iglesia para no desacreditar a los pontífices que quisieron celebrar, imponer y volver a proponer el Concilio. Como será que esos mismos papas, uno detrás del otro, han subido a los altares por haber sido los papas del Concilio.

    Me permito citarle una frase del artículo que publicó el pasado día 29 la Dra. Maria Guarini en Chiesa e postconcilio en respuesta al de usted en Settimo Cielo y titulado: Monseñor Viganò no está al borde del cisma; muchas cosas están saliendo a la luz: «Precisamente ahí tiene su origen, y por eso corre el riesgo de continuar, sin salida –hasta ahora, excepto por el debate iniciado por monseñor Viganò– el diálogo de sordos, porque los interlocutores interpretan de forma diversa la realidad. Al cambiar el lenguaje, el Concilio ha cambiado también los parámetros para abordar la realidad. Se habla de una misma cosa pero asignándole distinto significado. Una de las características principales de los miembros actuales de la jerarquía es el empleo de afirmaciones apodícticas sin tomarse la menor molestia de demostrarlas, o bien con demostraciones cojas y sofistas. Pero ni siquiera hacen falta demostraciones, porque el nuevo método y el neolenguaje lo han subvertido todo desde el principio. Es precisamente la falta de demostración de la anómala pastoralidad falta de principios teológicos definidos lo que priva de materia prima a la polémica. El escurrir del fluido cambiante, disolvente e informe en vez de una construcción clara, inequívoca, definitoria y veraz: la solidez perenne e incandescente de del dogma frente a las aguas residuales y las arenas movedizas del neomagisterio pasajero» (aquí).

    Espero todavía que el tono de su artículo no haya sido impuesto por haberme atrevido a reanudar el debate en torno a aquel concilio que muchos, demasiados en la Iglesia, consideran algo único y singular en la historia de ésta, poco menos que un ídolo intocable.

    Tenga la seguridad de que a diferencia de muchos prelados, como los del itinerario sinodal alemán, que ya han traspasado de sobra los límites del cisma al promover y pretender desfachatadamente imponer a la Iglesia universal ideologías y prácticas aberrantes, no albergo el menor antojo de separarme de la Santa Madre Iglesia, en cuya exaltación renuevo todos los días el ofrecimiento de mi vida.

    Deus refugium nostrum et virtus,

    populum ad Te clamantem propitius respice;

    Et intercedente Gloriosa et Immaculata Virgine Dei Genitrice Maria,

    cum Beato Ioseph, ejus Sponso,

    ac Beatis Apostolis Tuis, Petro et Paulo, et omnibus Sanctis,

    quas pro conversione peccatorum,

    pro libertate et exaltatione Sanctae Matris Ecclesiae,

    preces effundimus, misericors et benignus exaudi.

    Reciba, estimado Sandro, mi saludo benedicente con el deseo de todo bien para usted en Cristo Jesús.

    + Carlo Maria Viganò

    (Traducido por Bruno de la Inmaculada).

    https://adelantelafe.com/replica-de-...o-vaticano-ii/

  6. #6
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    Re: Carta de monseñor Viganò: «El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paral

    O felix culpa!

    Más que oportuna fue la reflexión que dejó Jack Tollers en uno de los comentarios al artículo anterior sobre la necesidad de pensar seria y pausadamente la monumental crisis por la que atraviesa la Iglesia. Eso implica, entre otras cosas, apartar la mirada momentáneamente de las trapisondas de Bergoglio, titular de un pontificado que hasta sus mejores amigos califican ya de agonizante y fracasado, o de las querellas domésticas protagonizadas por personajes menores y prescindibles (al respecto, es llamativo que Mons. Barba, junto al gobierno de San Luis, haya permitido a los fieles que así lo deseen a comulgar en la boca en su misa de toma de posesión, tal como puede verse en este video, mientras su infame vecino de San Rafael entrega a sus propios fieles a la policía por romper el aislamiento).



    Lo afirmado por Mons. Viganò y ratificado por Kwasniewski sobre la responsabilidad del Concilio Vaticano II en la crisis de la iglesia y la necesidad imperiosa de corregir el mal infligido, merece ser tenido en cuenta y pensado seriamente. Y podría ser simplificado en dos cuestiones: hasta dónde se extiende la responsabilidad del Concilio, y hasta dónde, consecuentemente, el Concilio puede ser “desautorizado” o encauzado apropiadamente. En este sentido, las tres propuestas que sugiere Kwasniewski son interesantes.

    Pero antes de pensar en posibles soluciones, propongo pensar en algunas aristas del problema. Y lo primero es tener en cuenta la perspectiva histórica. En general, todos los concilios ecuménicos fueron instancias traumáticas para la Iglesia, y varios de ellos terminaron en cismas, como se aventura que sucederá también en el caso del Vaticano II. El Concilio de Éfeso terminó precipitando el cisma de los nestorianos y la pérdida para la ortodoxia de la iglesia siria, y el de Calcedonia el cisma monofisita y la pérdida de la iglesia copta. Trento oficializó la pérdida de gran parte de Europa a raíz de la herejía protestante, y el Vaticano I el cisma de los Viejos Católicos y el asentamiento en Roma del ultramontanismo, responsable de muchos de los problemas posteriores. Un concilio es cosa muy seria y no puede ser convocado a tontas y a locas como hizo el Papa Juan XXIII, lo que ya discutimos en este blog.

    Por otro lado, debemos ser cuidadosos en no caer en la falacia del post hoc, propter hoc. Es decir, de achacar al Concilio toda la responsabilidad de lo que está sucediendo actualmente en la Iglesia. Si el Concilio no se hubiera celebrado, ¿estaría la Iglesia mejor? ¿Estaríamos libres de crisis? No lo creo. Lo único que sabemos con certeza es que el Vaticano II fue completamente inútil para solucionar los problemas que arrastraba la Iglesia. ¿Los agravó? Yo opino que sí, pero es sólo una opinión. Pongamos un ejemplo acorde a los tiempos. Supongamos que un grupo de esclarecidos médicos afirmara que eucalipto es un remedio eficaz contra el coronavirus y, para probar su teoría, eligieran cien enfermos graves y, durante diez días, los trataran con infusiones de eucalipto, vapores de eucalipto y pastillas de eucalipto. Pasado ese tiempo, observan que los cien pacientes mueren. La conclusión sería que el eucalipto no es una medicina adecuada para tratar el coronavirus, pero no podrían decir con fundamento que el eucalipto es perjudicial o empeora la enfermedad. El único modo de hacerlo habría sido si se hubiera seguido la metodología adecuada con un grupo de control. Ese grupo tampoco se usó en el caso de la implementación del Vaticano II; es decir, no se dejó ninguna zona del planeta libre de los efluvios conciliares. No podemos saber con certeza, entonces, si el Vaticano II fue inocuo o si aceleró la decadencia. Lo único que sabemos es que no fue efectivo para evitarla.

    [Alguien podría argüir con cierta razón que sí existió un grupo de control: la diócesis de Campos, en Brasil. Sería interesante estudiar el caso en profundidad, pero sospecho que no haría más que confirmar mi duda: Según lo que sé -y que es mas bien poco-, Campos, aún con misa tradicional en todos templos, no se libró de la crisis].

    La situación previa al concilio era grave e insostenible. Algo había que hacer, pero lo que no había que hacer era llamar a un concilio, que es lo que hizo el Papa Roncalli. Siempre que pienso en este tema veo la analogía con la Revolución Rusa. La situación de la Rusia zarista, a comienzos del siglo XX, era insostenible. Algo había que hacer. El problema es que quien tuvo que enfrentar la situación fue Nicolás II, un gobernante inútil, aunque haya sido un santo; tan inútil y tan santo, en todos caso, como Juan XXIII.

    La distinción que hizo el Papa Benedicto XVI entre “el Concilio” y el “espíritu del Concilio” me parece, por eso mismo mismo, necesaria. Y creo que es justamente esta distinción la que permitiría deshacer muchos de los entuertos. Y pongo como ejemplo el que quizás sea más paradigmático: la reforma litúrgica. Ciertamente, los padres conciliares propiciaron una revisión de la liturgia y en tal sentido promulgaron la constitución Sacrosanctum Concilium que fue aprobada casi por unanimidad, con el voto positivo incluso de Mons. Lefebvre o de Mons. de Castro Meyer. El caso es que la efectivización de esa reforma fue hecha por un Consilium, manejado por Bugnini, y el estropicio que se hizo del rito romano no fue propiamente fruto del Concilio, sino del “espíritu del Concilio”. Ese era el remanido argumento utilizado una y otra vez por los capitostes de la reforma: “es lo que quiere el Concilio”. Y era falso. ¿Por qué, entonces, ni hubo reacción? Porque muchas de las personas más esclarecidas del momento y que eran perfectamente conscientes de lo que estaba sucediendo, se autocensuraron en sus opiniones puesto que no era políticamente correcto cuestionar la reforma, así como ahora no es políticamente correcto cuestionar la pandemia o la cuarentena. Quienes sí se animaron a hacerlo, terminaron excomulgados, como Mons. Lefebvre, o apartados de todos sus puestos y viviendo solitarios en una casa a orillas del mar, como el padre Louis Bouyer.

    Sería, entonces, relativamente sencillo desandar la huella equivocada que se siguió con la reforma litúrgica, ya que puede ser fácilmente demostrado que no se hizo de acuerdo al deseo de los padres conciliares sino de un grupo de eruditos, ideologizados en algunos casos, y presionados con engaños y mentiras en otro.

    Pero aquí, una vez más, habría que evitar sofimas e ilusiones. Resulta evidente que la reforma litúrgica no alcanzó ninguno de los objetivos y expectativas que se había propuesto. Por poner un caso, luego de cincuenta años, el número de fieles que asisten a misa cayó abruptamente. Sin embargo, si la Iglesia hubiese conservado la liturgia milenaria que celebraba, ¿habría sido distinta la situación? No podemos saberlo, pero me temo que no. Las iglesias estarían tan vacías como ahora, con el agravante que los movimientos tradicionalistas, integrados sobre todo por jóvenes, que son los que revitalizan iglesias como la francesa o la norteamericana, no existirían. No estoy reivindicando la reforma litúrgica, así como tampoco San Agustín reivindicó el pecado original, pero pudo decir con él: O felix culpa!

    https://caminante-wanderer.blogspot....lix-culpa.html.

  7. #7
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    Re: Carta de monseñor Viganò: «El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paral

    Intercambio epistolar entre el P. Alfredo Maria Morselli y monseñor Carlo Maria Viganó sobre el Concilio Vaticano II.

    Hace algún tiempo, el P. Alfredo envió en forma de carta a monseñor Viganò (texto a continuación) las consideraciones que se han ido publicando en el blog Messa in latino (MiL - Messainlatino.it: Don Alfredo Morselli: "Riflessioni sul Concilio Vaticano II". Una nota.

    Publicamos a continuación el mensaje de correo electrónico del P. Morselli a monseñor Viganò, y la respuesta de Su Eminencia.

    Eminencia Reverendísima:

    ¡Ave María! Me gustaría explicar mejor por qué no achaco al Concilio toda la culpa de la presente crisis, sin negar por ello su función de detonante (que sin explosivo no sirve para nada). Para vender un determinado producto, una empresa puede tratar de crear la necesidad lanzando algo de lo que hay verdadera necesidad. Y puede también –tras realizar un estudio de mercado– entender que un amplio sector de compradores en potencia sienten la necesidad de un producto concreto. Es frecuente que se combinen ambas estrategias.

    ¿Cuál sería el análisis comercial previo al Concilio? El termómetro de una buena parte del clero y la intelectualidad católica indicaban la existencia de corrupción moral, tibieza, miedo, orgullo, arribismo y deseos de desclavarse de la cruz y reconciliarse con el mundo. Ya hacía mucho que hervía la olla que destapó Viganò.

    Decía San Pablo que vendrían tiempos en que los hombres se verían rodeados de maestros según sus pasiones; maestros que apoyarían y harían posible llamar bien al mal y viceversa (Cf. 2 Tim 4,3).
    Los maestros según sus pasiones del mundo comprendieron que había llegado el momento de presentarse ante el propio mundo y vender barato su producto.

    Lo que quiero decir es que si el mercado no hubiera estado listo, no se habría lanzado el producto.

    Desde que falleció San Pío X los hombres no han dejado de pecar, el combate al modernismo se ha esfumado, y el modernismo repuntó hasta tal punto que Pío XII; Garrigou-Lagrange y Cordovani no llegaron a hacer mella en la Nouvelle Théologie que se había asentado en todas las cátedras. La masonería instalaba a los sobornables más inmundos en puestos clave, y muchos de los buenos (que en realidad no eran buenos del todo) se comportaron como Don Abbondio*. (*Personaje de la novela Los novios de Alejandro Manzoni, una de las obras más importantes de la literatura italiana. Don Abbondio es un sacerdote mediocre y sin vocación que se acobarda ante las amenazas y dificultades. —N. del T.)

    El tumor hacía metástasis por todo el cuerpo, y ni Pablo VI en su fase final ni S. Juan Pablo II ni Benedicto XVI pudieron hacer otra cosa que administrar cuidados paliativos.

    También hay quienes critican a los pontífices arriba mencionados, pero quizás el Padre Eterno no disponía de nada mejor.

    O bien permitía por algún motivo misterioso que providencialmente surgiera de ello algún bien, escribiendo derecho con renglones torcidos. Mientras tanto, el frasco que contenía un pontífice in vitro ad hoc estaba celosamente guardada en el laboratorio modernista.

    Ahora el enfermo está hospitalizado, con la vida pendiente del doble hilo del non prevalebunt y de las promesas de Fátima.

    Y de la gran cantidad de Sangre de la tercera parte del secreto.

    In Corde Matris,

    Alfredo M. Morselli, Pbro.
    ***
    Respuesta de monseñor Viganó

    24 de junio de 2020

    Natividad de San Juan Bautista

    Estimado y reverendo padre Morselli:

    Gracias por su correo, en el que veo confirmado su concepto sobrenatural de los males que afligen a la Santa Madre Iglesia.

    Concuerdo con usted en que el Concilio Vaticano II no puede considerarse una especie de individuo dotado de voluntad propia. Reconocidos autores han demostrado que los esquemas preparatorios que habían sido laboriosamente redactados por el Santo Oficio debían reafirmar la imagen de una Iglesia granítica que en realidad, y sobre todo lejos de Roma, daba señales de peligrosa ruina. Y si resultó tan fácil sustituirlos por otros borradores novedosos elaborados en las camarillas de los novadores alemanes, suizos y holandeses, es evidente que muchos miembros del Colegio Episcopal (con su cohorte de sedicentes teólogos, la mayor parte de los cuales eran ya objeto de censuras canónicas) estaban corrompidos intelectualmente y en su voluntad.

    Lo que usted identifica con las más comunes estrategias de marketing y ve con razón realizado en el Concilio fue una operación fraudulenta con la que estafaron a los fieles y el clero para hacer más negocio. Se cambió el producto y la imagen de la empresa promoviéndolos mediante campañas publicitarias y descuentos. Liquidaron las existencias que quedaban o se deshicieron de ellas. Pero la Iglesia de Cristo no es una empresa, no tiene fines comerciales y sus ministros no son empresarios. Tan craso error, mejor dicho, este auténtico fraude, fue concebido por personajes que con esa mentalidad humana y mercantil de las cosas espirituales no sólo demostraron su incapacidad, sino lo indignos que eran de cumplir su función. Aun así, fue esa misma mentalidad la que señaló oficialmente la ruptura con la Tradición. Transformar la Iglesia en una empresa significó ponerla en una absurda competencia con las sectas y las religiones falsas, imponiendo una adecuación del producto a las presuntas exigencias de la clientela. Impuso igualmente la necesidad de crear en los posibles clientes la necesidad de unos bienes y servicios alternativos y novedosos que todavía no consideraban necesarios. De ahí el hincapié de la acción comunitaria en la liturgia, la interpretación personal de las Escrituras, la liquidación total de doctrinal y moral, los nuevos uniformes del personal… Creo que si queremos mantener la comparación que usted propone, no se puede negar que precisamente para eliminar la presencia de un producto que no tiene mucha competencia no sólo hay que hacerlo menos exclusivo, sino que tarde o temprano la empresa que lo fabrica tiene que ser absorbida por otra más poderosa y extendida. En un principio el producto mejor se presenta como de primera para un público más exigente, para retirarlo más tarde de la producción hasta que la marca termina por desaparecer. Avanzando por este camino resbaloso, desgraciado y destructivo se llega a la quiebra de la empresa a manos de su liquidador argentino, a quien no le importa poner la Iglesia-spa de la Misericordia en manos del Nuevo Orden Mundial. Bergoglio probablemente confía en que en esta reestructuración se le reconocerá alguna capacidad directiva, aunque no se le reconozca otra cosa que la misión cumplida.

    Salta a la vista que esta perspectiva comercial no tiene nada de católica, y más aún teniendo en cuenta que la Iglesia pertenece a Cristo, que delega en sus vicarios el gobierno de Ella. Transformar la Iglesia en lo que no es ni podrá ser jamás se configura como un pecado gravísimo y una ofensa inaudito contra Dios y contra la grey que Él ha dispuesto que se apaciente en unos pastos bien definidos que no deben desperdiciarse en grietas y zarzas. Y si los culpables de esta grandísima ruina son administradores infieles que han falseado normas y balances y han timado a los clientes, habrán de rendir cuentas: redde rationem villicationis tuae (Lc 16, 2).

    Cum benedictione,

    + Carlo Maria Viganò

    (Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe).

    https://adelantelafe.com/intercambio...o-vaticano-ii/.

  8. #8
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    Re: Carta de monseñor Viganò: «El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paral

    Carta abierta al Arzobispo Carlo María Viganò y al Obispo Athanasius Schneider.

    Nosotros, los abajo firmantes, deseamos expresarles nuestra sincera gratitud por su fortaleza y su celo por las almas durante este periodo de crisis de fe de la Iglesia Católica que estamos sufriendo. Sus declaraciones públicas, que reclaman una discusión honesta y abierta sobre el Concilio Vaticano II y sobre los cambios drásticos en las creencias y las prácticas católicas que le siguieron, han sido motivo de esperanza y de consuelo para muchos fieles católicos. El acontecimiento del Concilio Vaticano II aparece ahora, más de cincuenta años después de su finalización, como algo único en la historia de la Iglesia. Nunca antes de nuestro tiempo, un concilio ecuménico ha venido seguido de un período tan prolongado de confusión, corrupción, pérdida de fe y humillación para la Iglesia de Cristo.

    El catolicismo se ha distinguido de algunas falsas religiones por su insistencia en que el hombre es una criatura racional y en que la creencia religiosa alienta, en lugar de suprimir, la reflexión crítica de los católicos. Muchos, incluido el actual Santo Padre, parecen colocar el Concilio Vaticano II —y sus textos, actos e implementación— más allá del alcance del análisis crítico y el debate. Frente a las preocupaciones y objeciones planteadas por los católicos de buena voluntad, el Concilio ha sido presentado por algunos como si se tratara de un “superconcilio”,
    [1] cuya mera invocación acaba con cualquier tipo de debate, en lugar de promoverlo. Vuestro llamamiento a desentrañar las raíces de la crisis actual de la Iglesia y a reclamar que se tomen medidas que corrijan cualquier posible desviación realizada en el Vaticano II y que ahora se pudiera estimar errónea, constituye un ejemplo en el cumplimiento del ministerio episcopal de transmitir la fe tal como ha sido recibida de la Iglesia.


    Agradecemos sus llamamientos para que se lleve a cabo un debate abierto y honesto sobre la verdad de lo que sucedió en el Vaticano II y sobre la posibilidad de que el Concilio y su desarrollo posterior puedan contener errores o aspectos que favorezcan esos errores o que dañen la fe. Tal debate no puede partir de la conclusión de que el Concilio Vaticano II en su conjunto y en sus partes está per se en continuidad con la Tradición. Tal condición previa a un debate impide el análisis crítico y la argumentación y sólo permite la presentación de pruebas que apoyen la conclusión ya establecida. La cuestión de si el Vaticano II se ajusta o no a la Tradición debe ser debatida: no postulada ciegamente como una premisa que deba ser aceptada, aunque resulte contraria a la razón. La continuidad del Vaticano II con la Tradición es una hipótesis que hay que probar y debatir: no un hecho incontrovertible. Durante demasiadas décadas, la Iglesia ha visto a muy pocos pastores permitir, y mucho menos alentar, tal debate.

    Hace once años, Mons. Brunero Gherardini ya había realizado una petición filial al Papa Benedicto XVI: “La idea (que me atrevo a someter ahora a Su Santidad) ha estado en mi cabeza durante mucho tiempo. Y consiste en que se ofrezca una extensa aclaración y, si es posible definitiva, sobre el último Concilio: sobre cada uno de sus aspectos y contenidos. En efecto, me parece lógico, y me parece urgente, que estos aspectos y contenidos se estudien en sí mismos y en contexto con todos los demás, mediante un examen minucioso de todas las fuentes y desde el punto de vista específico de la continuidad con el Magisterio de la Iglesia anterior, solemne y ordinario. Sobre la base de una obra científica y crítica —lo más vasta e irrefutable posible— en confrontación con el Magisterio tradicional de la Iglesia, será posible definir el asunto de tal modo que permita entonces una evaluación segura y objetiva del Vaticano II.”[2]

    También agradecemos su iniciativa de identificar algunos de los temas doctrinales más importantes que deben abordarse en semejante examen crítico; y agradecemos que nos hayan aportado el modelo para un debate franco, pero cortés, que pudiera albergar la posibilidad de debatir. De sus intervenciones recientes, hemos recopilado algunos ejemplos de los temas que han indicado que se deben abordar y, que si se encuentran erróneos, deberían corregirse. Esta compilación esperamos que sirva de base para una discusión y debate más detallados. No afirmamos que esta lista sea exhaustiva, perfecta o completa. Tampoco todos estamos necesariamente de acuerdo con la naturaleza precisa de cada una de las críticas que se citan a continuación ni en la respuesta a las preguntas que plantean; sin embargo, estamos unidos en la convicción de que sus preguntas merecen respuestas honestas y no meras descalificaciones con acusaciones ad hominem de desobediencia o de ruptura con la comunión. Si lo que cada uno de ustedes afirma es falso, que los interlocutores lo demuestren; si no, la jerarquía debería considerar las demandas que ustedes formulan.



    La libertad religiosa para todas las religiones como un derecho natural que Dios quiere


    • Obispo Schneider: “Algunas expresiones del Concilio no pueden ser tan fácilmente reconciliables con la constante tradición doctrinal de la Iglesia, como por ejemplo las expresiones del Concilio sobre el tema de la libertad religiosa (en el sentido de un derecho natural y por lo tanto positivamente querido por Dios, de practicar y difundir una religión falsa, que puede abarcar también idolatrías o cosas peores)[3].”




    • Obispo Schneider: “Desgraciadamente, pocas frases más abajo, el Concilio socava esta verdad proponiendo una teoría que jamás ha sido enseñada por el Magisterio constante de la Iglesia: que el hombre tiene un derecho fundamentado en su propia naturaleza por el que no se debe obligar «a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos» (ut in re religiosa neque impediatur, quominus iuxta suam conscientiam agat privatim et publice, vel solus vel aliis consociatus, intra debitos limites, n. 2). Apoyado en esta afirmación, el hombre tendría el derecho, fundado en la propia naturaleza (y por tanto positivamente querido por Dios) de elegir, practicar y divulgar, incluso colectivamente, el culto a un ídolo y hasta el culto a Satanás, por ejemplo en la conocida como Iglesia de Satán. De hecho, en algunos países la Iglesia de Satán está jurídicamente equiparada a otras religiones.”[4]



    La identificación de la Iglesia de Cristo con la Iglesia Católica y el Nuevo Ecumenismo


    • Obispo Schneider: “Algunas expresiones del Concilio no pueden ser tan fácilmente reconciliables con la constante tradición doctrinal de la Iglesia, como por ejemplo […] una distinción entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica (el problema del “subsistit in” que da la impresión de la existencia de dos realidades: por una parte la Iglesia de Cristo y por otra la Iglesia Católica), de la conducta ante la confrontación de las religiones no cristianas y de la conducta frente a las confrontaciones del mundo contemporáneo.”[5]




    • Obispo Schneider: “Pero afirmar que los musulmanes adoran junto con nosotros al único Dios (“nobiscum Deum adorant“), como lo hizo el Concilio Vaticano II en Lumen Gentium 16, es teológicamente una afirmación altamente ambigua. Que los católicos adoramos con los musulmanes al único Dios no es cierto. No adoramos con ellos. En el acto de adoración, siempre adoramos a la Santísima Trinidad, no adoramos simplemente al “único Dios” sino, más bien, a la Santísima Trinidad conscientemente: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Islam rechaza la Santísima Trinidad. Cuando los musulmanes adoran, no adoran en el nivel sobrenatural de la fe. Incluso nuestro acto de adoración es radicalmente diferente. Es esencialmente diferente. Precisamente porque nos volvemos a Dios y lo adoramos como hijos que están constituidos dentro de la inefable dignidad de la adopción filial divina, y lo hacemos con fe sobrenatural. Sin embargo, los musulmanes no tienen una fe sobrenatural.” [6]




    • Arzobispo Viganò: “Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una medio-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un medio-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.”[7]



    Primacía papal y la nueva colegialidad

    • Obispo Schneider: “El hecho en sí de la necesidad, por ejemplo, de la “Nota explicativa previa” al documento Lumen Gentium demuestra que el mismo texto de la Lumen Gentium en el nº 22 es ambiguo respecto al tema de las relaciones entre el primado y la colegialidad episcopal. Los Documentos esclarecedores del Magisterio en la época post-conciliar, como por ejemplo las encíclicas Mysterium Fidei, Humanae Vitae, El Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI, fueron de gran valor y ayuda, pero los mismos no aclararon las afirmaciones ambiguas del Concilio Vaticano II antes mencionadas.”[8]

    El Concilio y sus textos son la causa de muchos escándalos y errores actuales


    • Arzobispo Viganò: “El que la Pachamama haya sido adorada en una iglesia se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato.”[9]




    • Arzobispo Viganò: “Pero si en aquel momento pudiera resultar difícil pensar que una libertad religiosa condenada por Pío XI (Mortalium Animos) pudiera ser promulgada por Dignitatis Humanae; o que el Romano Pontífice pudiera ver su autoridad usurpada por un colegio episcopalfantasma, actualmente entendemos que lo que se ocultó inteligentemente en el Vaticano II, se promueve abiertamente hoy en documentos papales precisamente en nombre de la aplicación coherente del Concilio”.[10]




    • Arzobispo Viganò: “Podemos, por tanto, afirmar que el espíritu del Concilio es el Concilio mismo, que los errores del postconcilio se contienen in nuce en las actas del Concilio, del mismo modo que se dice con toda razón que el Novus Ordo es la Misa del Concilio, aunque en presencia de los Padres se celebrara la Misa que los progresistas califican significativamente de preconciliar.”[11]




    • Obispo Schneider: “Para cualquier persona honesta intelectualmente que no trate de hacer la cuadratura del círculo está claro que la afirmación de Dignitatis humanae de que todo hombre tiene derecho por su propia naturaleza (y por lo tanto sería un derecho positivamente querido por Dios) a practicar y difundir una religión según su conciencia no difiere sustancialmente de lo que afirma la Declaración de Abu Dabi, que dice: «El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos. Esta Sabiduría Divina es la fuente de la que proviene el derecho a la libertad de credo y a la libertad de ser diferente».”[12]



    Hemos tomado nota de las diferencias que han quedado de manifiesto entre las soluciones que cada uno de ustedes ha propuesto para hacer frente a la crisis promovida durante y después del Concilio Vaticano II. Su amable y respetuoso intercambio de opiniones debe servir de modelo para un debate más profundo que ustedes y nosotros deseamos. Con demasiada frecuencia, durante estos últimos cincuenta años, las discrepancias sobre el Vaticano II han sido combatidas meramente mediante descalificaciones ad hominem, en lugar de aportando argumentos con tranquilidad. Instamos a todos los que se unan a este debate y que sigan nuestro ejemplo.

    Oramos para que Nuestra Santísima Madre; San Pedro, Príncipe de los Apóstoles; San Atanasio y Santo Tomás de Aquino protejan y preserven a sus Excelencias. Que les recompensen por su fidelidad a la Iglesia y les confirmen en su defensa de la Fe y de la Iglesia.

    In Christo Rege, (firmado)

    Donna F. Bethell, J.D.

    Prof. Dr. Brian McCall

    Paul A. Byrne, M.D.

    Edgardo J. Cruz-Ramos, President Una Voce Puerto Rico

    Prof. Roberto de Mattei, President of the Lepanto Foundation

    Fr. Jerome W. Fasano

    Timothy S. Flanders, author and founder of a lay apostolate

    Matt Gaspers, Managing Editor, Catholic Family News

    Dr Maria Guarini STB, editor of the website Chiesa e postconcilio

    Kennedy Hall, book author

    Prof. Dr. em. Robert D. Hickson

    Prof. Dr.rer.nat. Dr.rer.pol. Rudolf Hilfer, Stuttgart.

    Rev. John Hunwicke, Senior Research Fellow Emeritus, Pusey House, Oxford

    Prof. Dr. Peter Kwasniewski

    Leila M. Lawler, writer

    Pedro L. Llera Vázquez, school headmaster and author at InfoCatólica

    James P. Lucier PhD

    Antonio Marcantonio, MA

    Dr. Taylor Marshall, author of Infiltration: The Plot to Destroy the Church from Within

    The Reverend Deacon, Eugene G. McGuirk

    Dr. Stéphane Mercier, Ph.D., S.T.B.

    Hon. Andrew P. Napolitano, Senior Judicial Analyst, Fox News; Visiting Professor of Law, Hofstra University

    Father Dave Nix, Diocesan Hermit

    Prof. Paolo Pasqualucci

    Fr. Dean Perri

    Dr. Carlo Regazzoni, Philosopher of Culture, Therwill, Switzerland

    Fr. Luis Eduardo Rodríguez Rodríguez

    Don Tullio Rotondo

    John F. Salza, Esq., Catholic Attorney and Apologist

    Wolfram Schrems, Wien, Mag. theol., Mag. Phil., catechist, works for Human Life International Austria

    Henry Sire, historian and book author

    Robert Siscoe, author

    Dr. sc. Zlatko Šram, Croatian Center for Applied Social Research

    Fr Glen Tattersall, Parish Priest, Parish of St John Henry Newman (Melbourne, Australia)

    Marco Tosatti, journalist

    Jose Antonio Ureta

    Aldo Maria Valli, journalist

    Dr. Thomas Ward, President of the National Association of Catholic Families

    John-Henry Westen, co-founder and editor-in-chief LifeSiteNews.com

    Willy Wimmer, Secretary of State, Ministry of Defense, (ret.)

    [1] Cardenal Joseph Ratzinger 13 de julio de 1988, en Santiago de Chile.
    [2] Concilio Vaticano II: Un discorso da fare (Frigento: Casa Maria Editrice, 2009), posteriormente publicado en inglés como The Ecumenical Vatican Council II: A Much Needed Discussion. El extracto se toma de
    https://fsspx.news/en/vatican-iicouncil-much-needed-discussion.
    [3]
    https://www.lifesitenews.com/opinion/bishop-schneider-we-shouldn’t-reject-vatican-ii-but-save-what-is-truly-good.
    [4]
    https://www.lifesitenews.com/opinion/bishop-schneider-how-church-could-correct-erroneous-view-that-god-wills-diversity-ofreligions .
    [5]
    https://www.lifesitenews.com/opinion/bishop-schneider-we-shouldn’t-reject-vatican-ii-but-save-what-is-truly-good
    [6]
    https://www.lifesitenews.com/blogs/bishop-schneider-catholics-y-muslims-share-no-common-faith-in-god-no-commonadoration
    [7]
    https://www.lifesitenews.com/blogs/a...ize-the-church
    [8]
    https://www.lifesitenews.com/opinion...-is-truly-good
    [9]
    https://www.lifesitenews.com/blogs/abp-vigano-on-the-roots-of-deviation-of-vatican-ii-and-how-francis-was-chosen-torevolutionize-the-church
    [10]
    https://www.lifesitenews.com/blogs/abp-vigano-on-the-roots-of-deviation-of-vatican-ii-and-how-francis-was-chosen-torevolutionize-the-church
    [11]
    https://catholicfamilynews.com/blog/2020/06/26/archbishop-vigano-to-phil-lawler-council-fathers-were-the-object-of-asensational-deception/
    [12]
    https://www.lifesitenews.com/opinion/bishop-schneider-how-church-could-correct-erroneous-view-that-god-wills-diversityof-religions

    https://adelantelafe.com/carta-abier...ius-schneider/.
    Última edición por Pious; 16/07/2020 a las 11:37

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    Re: Carta de monseñor Viganò: «El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paral

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    ¿Bulo? No, verdad histórica

    El pasado 13 de julio, El vaticanista Sandro Magister criticó duramente en su blog Settimo Cielo a los prelados Carlos Maria Viganó y Athanasius Schneider, a los que acusó de difundir bulos.

    Aplica también el término bulo a la tesis de monseñor Schneider, según la cual la Iglesia ha corregido a lo largo de su historia errores doctrinales cometidos en concilios ecuménicos anteriores sin socavar por ello los cimientos de la Fe católica. Magister acusa a Schneider de falta de rigor histórico, y para confirmarlo cita una breve intervención del cardenal Walter Brandmüller a propósito del Concilio de Constanza, la cual en realidad no desmiente nada de lo afirmado por monseñor Schneider.

    La cosa fue como sigue: el 6 de abril de 1415 el Concilio de Constanza promulgó el decreto conocido como Haec Sancta, (texto de Haec Sancta en Mansi, XXIX, col. 21-22), que afirmaba solemnemente que el Concilio, asistido por el Espíritu Santo, recibía su autoridad directamente de Dios. Por consiguiente todo cristiano, el Papa incluido, estaba obligado a obedecerlo. Haec Sancta es un documento revolucionario que ha generado mucho debate, porque en un principio se interpretó en continuidad con la Tradición y fue corroborado por el magisterio pontificio. Tuvo su aplicación coherente en el decreto Frequens del 9 de octubre de 1417, que anunció un concilio a celebrarse cinco años más tarde, seguido por otro siete años después y luego uno cada diez años. Atribuía de hecho al Concilio la función de órgano colegial permanente, al mismo nivel que el Papa y en realidad superior.

    Señala el cardenal Branmüller que «la asamblea que promulgó aquellos decretos no era en modo alguno un concilio ecuménico autorizado con capacidad para definir la doctrina de la Fe. Consistió por el contrario en una asamblea de meros secuaces de Juan XIII (Baldasarre Cossa), que era uno de los tres pontífices que en aquel momento se disputaban el gobierno de la Iglesia. Aquella asamblea carecía de la menor autoridad. El cisma duró hasta que se incorporaron a la asamblea de Constanza las otras dos partes, esto es los partidarios de Gregorio XII (Angelo Correr) y la nación hispánica de Benedicto XIII (Pedro Martínez de Luna), lo cual tuvo lugar en el otoño de 1417. Hasta aquel momento, el de Constanza no fue un verdadero concilio ecuménico, aunque faltara el Papa, que aún no había sido elegido». Todo esto es cierto, pero Martín V, elegido verdadero papa en Constanza el 11 de noviembre de 1417, reconoció en la bula Inter cunctas del 22 de febrero de 1418 la ecumenicidad del Concilio de Constanza junto con todo lo que éste había decretado en los años anteriores, si bien con una fórmula genérica restrictiva: in favorem fidei et salutem animarum (Joseph von Hefele, Histoire des Conciles d’après les documents originaux, Letouzey et Ané, París 1907, vol. I, pp. 53, 68-74 e vol. VII-1, p. 571). Como se ve, no repudió Haec Sancta, aplicó rigurosamente el decreto Frequens y fijó la fecha para un nuevo concilio general, el cual se celebró en Pavía y Siena (1423-1424), y designó la ciudad de Basilea como sede la siguiente convocatoria.

    Este último se inauguró en dicha ciudad suiza el 23 de julio de 1431. Eugenio IV, sucesor de Martín V, ratificó mediante la bula Duduum Sacrum del 15 de diciembre de 1433 los documentos que había promulgado la asamblea hasta aquel momento, entre ellos Haec Sancta, que los padres conciliaristas de Basilea proclamaban como su carta magna. El propio Eugenio IV, en el decreto del Concilio de Florencia que el 4 de septiembre de 1439 condenó a los padres de Basilea por haber salvado el Concilio de Constanza, recurrió a lo que en términos actuales se podría calificar de hermenéutica de la continuidad, como se hace actualmente con el Concilio Vaticano II. De hecho sostenía que la propuesta de la superioridad de los concilios sobre el Papa afirmada por los padres de Basilea apoyados en Haec Sancta era «una mala interpretación (pravum intelectum) de los propios basilienses, que en realidad demuestra ser contraria al auténtico sentido de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y del propio Concilio de Constanza» (Decreto del Concilio florentino contra el sínodo de Basilea, VII sesión, del 4 de septiembre de 1439, en Conciliorum Oecumenicorum Decreta, editado por el Istituto per le Scienze Religiose, EDB, Bolonia 2002, p. 533). Según el Papa, los padres de Basilea «interpretaron la declaración del Concilio de Constanza en un sentido malo y reprensible, totalmente ajeno a la sana doctrina» (Íbid., p. 532). Actualmente se diría: una interpretación abusiva del Concilio Vaticano II, cuyos documentos tergiversa.

    Seguidamente, en la carta Etsi dubitemus del 21 de abril de 1441 Eugenio IV condenó a los diabolici fundatores de la doctrina conciliarista: Marsilio de Padua, Juan de Jandun y Guillermo de Ockam (Epistolae pontificiae ad Concilium Florentinum spectantes, Pontificio Istituto Orientale, Roma 1946, pp. 24-35), pero con respecto a Haec Sancta adoptaba una postura vacilante, siempre en la línea de la hermenéutica de la continuidad. El mismo Eugenio IV ratificó el Concilio de Constanza en su conjunto y en sus decretos, absque tamen praejudicio juris, dignitatis et praeminentiae Sedis apostolicae, como escribió a su legado el 22 de julio de 1446: se trata de una fórmula que aclaraba el sentido de la restricción de Martín V condenando implícitamente en nombre de la primacía del Romano Pontífice a cuantos invocaban el Concilio de Constanza para afirmar la superioridad de los concilios sobre los papas.

    A partir de entonces, la tesis de la continuidad entre Haec Sancta y la Tradición de la Iglesia fue abandonada por los teólogos y los historiadores, entre quienes se encuentra el cardenal Brandmüller, que acertadamente expurga de la Tradición de la Iglesia Haec Sancta y el decreto Frequens. Ya en tiempos de la Contrarreforma, el padre Melchor Cano afirmó que había que repudiar Haec Sancta porque no tenía la forma dogmática de un decreto que obligase a los fieles a creer o condenase lo contrario (De logis teologicis, 1562). De igual modo, el cardenal Baudrillart sostiene en el Dictionnaire de Théologie Catholique que el Concilio de Constanza no publicó Haec Sancta con la intención de promulgar una definición dogmática, y precisamente por eso el documento fue repudiado después por la Iglesia (voz Concile de Constance, in DTC, III,1, col. 1221). Lo mismo afirma el historiador de la Iglesia August Franzen (Das Konzil der Einheit, in A. Franzen y Wolfgang Mueller, Das Konzil von Konstanz. Beitraege zu seiner Geschichte und Theologie, Herder. Friburgo-Basilea-Viena 1964, p. 104). Por eso, planteando el problema de la ecumenicidad del Concilio de Constanza, uno de sus mayores conocedores, el P. Joseph Hill escribe: «Los historiadores concuerdan en considerarlo ecuménico, si bien en proporciones variables» (Constance et Bale-Florence, Editions de l’Orante, Paris 1965, p. 111).

    No se puede excluir la posibilidad de que algún día el Concilio Vaticano II pueda ser repudiado en parte o en bloque, como pasó con los decretos del Concilio de Constanza.

    (Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe).

    https://adelantelafe.com/bulo-no-verdad-historica/.
    Última edición por Pious; 16/07/2020 a las 11:54

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