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Tema: Judas: ¿evolucionó, se destapó o traicionó? (El “desenganche” de la Iglesia española)

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    Judas: ¿evolucionó, se destapó o traicionó? (El “desenganche” de la Iglesia española)

    El título del hilo, muy logrado, corresponde a un artículo, del año 1973, del p. Venancio Marcos (1908-1978) antiguo propagandista radiofónico y secretario de la Hermandad Sacerdotal Española, denunciando el efectivo “desenganche” (acertado término) de (según él) una "pequeñísima parte" de la Iglesia española con el Régimen de Franco, por medio de omisiones, acciones veladas, tolerancias sospechosas e intereses inconfesables, ante la ya entonces rumoreada y previsible sustitución del Estado católico por otro Estado (el actual) liberaloide, partitocrático, pro-socialista y marxistizado, cosa que, como sabemos, sucedió ipso facto tras morir Franco. Como bien decía el P. Marcos, esos eclesiásticos: “al igual que las ratas que, ya oliendo el naufragio, abandonan el barco”.

    El punto de partida oficial del “desenganche” lo constituyó el documento de la Conferencia Episcopal Española “La Iglesia y la comunidad política”, de enero de 1973; texto que tuvo una redacción inicialmente mucho más radical (obra de Antonio Montero, obispo auxiliar de Sevilla) que la finalmente aprobada, pero que aun así supuso un distanciamiento con el Régimen del 18 de Julio, con alusiones injustas y malévolas hacia su continuidad, yendo los obispos "de machotes” (núm. 32: “queremos cumplir nuestro deber libres de presiones”, “… que la Iglesia no sea instrumentalizada por ninguna tendencia política”) con alusión a “situaciones opresivas”, “pecados sociales”, etc. como si vivieran bajo una tiranía comunista (lo que no parecía muy lógico, pues si tal "opresión" fuera cierta, ya se hubieran guardado de denunciarla por miedo a represalias, como sucedía en Polonia, Hungría, etc.). Pero ojo, todo ello sin renegar de la aportación económica del Estado “opresor”, ese que toleraba sus impertinencias a la vez que les forraba de millones (… de la que ya denunciaban "los machotes" que equivalía a un chantaje “para instrumentalizarles”).

    Aquí el enlace al documento:

    La Iglesia y la comunidad política - Archivo Linz de la Transición española | Fundación Juan March


    Por otra parte, para situar el documento episcopal se debe conocer el entorno político-religioso conflictivo y subversivo de la época:

    http://hispanismo.org/crisis-de-la-iglesia/28286-listado-no-exhaustivo-de-actos-subversivos-del-clero-contra-franco-1963-1975-a.html#post174719



    En principio, aportamos el artículo del P. Venancio Marcos (muy minimalista y moderado, ya que interpreta el documento episcopal favorablemente al Régimen del 18 de Julio, cosa errónea), al que continuarán (D. m.) otros textos, alguno impresionante, como el del sr. J. Gil de Sagredo “El profetismo al servicio de la política”, desenmascarando sin paños calientes las falacias del documento episcopal “La Iglesia y la comunidad política”, y no apelando a una "pequeñisima parte" de eclesiásticos como denunciaba el p. Venancio Marcos.
    Última edición por ALACRAN; 12/08/2021 a las 15:52
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Judas: ¿evolucionó, se destapó o traicionó? (El “desenganche” de la Iglesia españ

    JUDAS: ¿EVOLUCIONÓ, SE DESTAPÓ O TRAICIONÓ?



    Revista
    FUERZA NUEVA, nº 320, 24-Feb-1973

    JUDAS: ¿EVOLUCIONÓ, SE DESTAPÓ O TRAICIONÓ?

    Por el P. Venancio Marcos.

    He afirmado en anteriores artículos que una pequeña parte de la Iglesia española -obispos, sacerdotes y seglares- pretende desengancharse del Régimen Franquista, o si la expresión resulta hiriente, del actual Estado español. Me pregunto, sin embargo, por qué tanto miedo a llamar a las cosas por su nombre y no hablar del Régimen del 18 de julio, del Movimiento Nacional o de la nueva Monarquía.

    Me voy a referir a quienes, habiendo colaborado gustosa y hasta fervorosamente con el Régimen desde que éste se inició, o desde que fue conocido por razones de edad, han cambiado el modo de pensar en relación con él. Lo cual en unos casos debe llamarse evolución y en otros, traición. Como en unos casos hay que hablar de traidores -cuando se reniega de una causa, a la que se ha servido lealmente-, y en otros, de falsarios cuando se destapa alguien combatiendo una causa hacia la que simuló siempre afán de servicio-. El caso de Judas: ¿evolucionó, se destapó como falsario o traicionó? Ruego a los lectores que reflexionen mucho sobre el problema de los evolucionistas, los falsarios y los traidores porque, a partir de ahora, sospecho que va a multiplicarse toda esa fauna.

    Las pruebas de que -incluso con buenas palabras, como las de “respetuosa independencia”, “colaboración cordial” y “separación amistosa”- se trata muchas veces un verdadero desenganche, no necesito repetirlas aquí, sino solamente recordarlas. Desenganche es no querer admitir la bandera nacional en los templos, no permitir que se toque en ellos el himno nacional, prohibir ocupar a las autoridades el lugar al que tienen derecho en los actos litúrgicos, negarse a bendecir locales dignos de bendición, rechazar asesorías religiosas en organismos oficiales, desobedecer el precepto de rezar en las mismas la oración establecida en el Concordato, lanzar desde los púlpitos soflamas claramente subversivas, profesar doctrinas abiertamente marxistas, ser activistas y simpatizantes de movimientos separatistas o exageradamente regionalistas, formar parte de asociaciones ilegales, participar en reuniones clandestinas, reclamar omnímoda libertad de expresión y asociación política, etc. Todo eso viene a ser sinónimo de desenganche, de ruptura, de hostilidad hacia el Movimiento Nacional y el régimen sobre él constituido. Y todo, contrario a la doctrina secular de la Iglesia sobre el acatamiento a los Poderes legítimamente constituidos o legitimados por su ejercicio.

    Me voy a internar en un campo por el que es muy arriesgado transitar: el de la psicología, lo subjetivo, las intenciones. Si sólo Dios conoce “los riñones y los corazones”, según la expresión bíblica, y “de las cosas internas no juzga el Pretor”, según el dicho latino, ¿cómo me voy a atrever yo a juzgar las intenciones de quienes están realizando la “operación desenganche”? Pero mis reflexiones no van a señalar a nadie, sino únicamente a poner al descubierto los motivos que para el desenganche puedan alegar los responsables de la operación.

    No deja de ser curioso que se venga efectuando el desenganche por esa pequeña parte de la Iglesia al cabo de treinta y cinco años de la creación del nuevo Estado, sin que éste haya desvirtuado sus leyes ni cambiado de postura en relación con la Iglesia, y cuando en el plano meramente político ha evolucionado de una manera tan patente. ¿Será que el Estado español ha ido dejando de ser católico y se quiere desenganchar de la Iglesia? ¿Quién habrá cambiado: el Estado español, o esa pequeña parte de la Iglesia española?

    I. Una psicología nueva.

    A raíz del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha cambiado de psicología, ha adoptado una psicología nueva. Hasta él, la Iglesia española dependía del Estado; ahora se declara independiente. Esta independencia obliga a los obispos y a los sacerdotes a desengancharse del carro del Estado.

    Noble razón, si valiera. Pero no vale. Una de las cosas que han quedado bastante claras en el último documento de los obispos sobre las “Relaciones entre la Iglesia y la Comunidad política” (1973) ha sido la de que no se trata de una independencia total -por otra parte imposible porque siempre habrá entre la Iglesia y Estado una cierta interdependencia-, ni de una separación absoluta -imposible también- y, menos, de una mutua hostilidad, sino de una independencia que incluye una colaboración cordial con un Estado que se proclama oficialmente católico y qué es intérprete y representante de una comunidad política mayoritariamente católica.

    Pero esa independencia no obliga a ningún católico, eclesiástico o seglar, a desengancharse del Estado. Obliga a todo lo contrario: a estar enganchado y bien enganchado, para que la colaboración con él no quede reducida a una palabra que esconda indiferencia y, menos, hostilidad. Solo una equivocada interpretación del Concilio puede dar lugar, por esa razón, al desenganche.

    II. La Iglesia no canoniza regímenes políticos.

    Hay quienes piensan que deben desengancharse del régimen vigente porque éste no se ajusta al ideal de lo que la Iglesia juzga que debe ser un régimen católico. Piensan que para que un régimen sea católico debe admitir los partidos políticos, la sindicación absolutamente libre, la libertad omnímoda de asociación de expresión y de reunión. En una palabra, que debe ser democrático, entendiendo por democrático un régimen como los que hoy están vigentes en Francia, Italia o Alemania. De un régimen que no sea como el de esos países, los buenos católicos deben desengancharse. Desengancharse para combatirlo y sustituirlo por otro democrático.

    Error profundo. La Iglesia no canoniza regímenes políticos ni democráticos ni no democráticos, por lo que no ha canonizado las democracias de ningún género. Condena ciertos regímenes, pero no ha condenado el español. Este es uno de los que un pueblo puede libremente darse a la luz de la doctrina católica, y mientras el pueblo español no se dé otro distinto, la obligación de todo católico es acatarlo y procurar llevarlo a la máxima perfección, porque así como no hace falta ser santo para proclamarse cristiano, tampoco es necesario que un Régimen político se ajusta totalmente al ideal del Evangelio para poder llamarse católico.

    III. Infantil ingenuidad

    Hay pastores de la Iglesia -obispos y sacerdotes- que, con lo mejor buena fe la mayoría de ellos, piensan que si hasta ahora iban, como novios, del brazo de las estructuras del Régimen, a partir del Concilio y de los cambios producidos en la sociedad española de 1939 para acá, deben convertir el noviazgo en una buena amistad (amistad que a algunos todavía les parece demasiado). Dicen que todos los españoles son hijos de la Iglesia, que la Iglesia no debe hacer discriminaciones entre ellos por motivos políticos, que debe atraer a su seno aun a quienes no acatan el Poder legítimo y que todo eso les exige no dar ni la apariencia de que se entienden bien con las autoridades civiles y no ven mal las estructuras del Estado. Todo, antes que romper la unidad de fe y moral del Pueblo de Dios.

    ¡Qué equivocación! No se dan cuenta de que así no consiguen tampoco la unidad. Si de ese modo contentar a los enemigos del Régimen, descontentan a quienes le apoyan y le sirven. Tampoco atraerán al seno de la Iglesia a los enemigos del Régimen que se hallan fuera de su regazo; se acercaran a la Iglesia, pero no para hacerse hijos suyos, sino para servirse de ella en su lucha contra el Régimen. Lo que deben hacer es inculcarles el deber de todo buen cristiano de acatar las leyes del Estado, mientras no se demuestre por quién tenga autoridad para ello, que son evidentemente injustas. Desengancharse del Régimen para conservar la unión entre los hijos de la Iglesia y atraer a los alejados de ella, constituye una infantil ingenuidad y una incalificable torpeza.

    IV. Desengancharse de España

    Hay católicos que no quieren aceptar a España como su Patria, como su Patria grande. Creen que su región -llámese Cataluña, Vasconia o Galicia- no es una región de España sino una nación o una patria, ocupada, dominada y sojuzgada por otra patria, que es España. Son los llamados separatistas. Como el Régimen del 18 de julio jamás concederá ninguna región, una autonomía que suponga desmembración de la España una, puesto que profesa el dogma patriótico de la unidad de las tierras de España, esos católicos se desenganchan del llamado Régimen actual (1973) con la esperanza del advenimiento de otro Régimen que les permita ver realizado su sueño separatista.

    No necesitaré refutar semejante motivo por el que esa pequeñísima parte de la Iglesia española, en la que abundan sacerdotes y quizá haya algunos obispos, quiere desengancharse del Régimen actual. En realidad, la mayoría de estos, jóvenes o viejos, nunca se sintieron dentro del Régimen, y en último término, lo que pretenden es desengancharse de España. Espero que ninguno de ellos nos vendrá con lo que ha dicho el Concilio sobre los legítimos derechos de las minorías étnicas, porque entre esos derechos no figura el de Cataluña, Vasconia o Galicia a romper con España.

    V. Infiltración marxista

    Hace mucho que se viene hablando, y no a humo de pajas, sino con pruebas al canto, de que se ha producido una grave infiltración marxista dentro del clero español, en organismos dependientes de la Jerarquía eclesiástica, y nada digamos en ciertos sectores incontrolados de la Iglesia española. Diez años hace ya que en el Instituto de Estudios Políticos pronuncié yo mismo una conferencia sobre ese tema y mis afirmaciones sonaron a exageraciones de un visionario y profeta de calamidades. No podía yo suponer entonces que, diez años más tarde, me iba a haber quedado corto en las previsiones de mi denuncia, que no me atrevo a llamar profética.

    Hoy ya no hay duda posible. Ha habido, y hay, en la Iglesia española, empezando por el clero, una grave infiltración marxista. Si no son muchos los que se han hecho plenamente marxistas, son bastantes los que se han impregnado de marxismo. Lo explican todo con la dialéctica materialista de la historia y quieren resolverlo todo con la lucha de clases. Si el marxismo está en contradicción irreconciliable con el cristianismo, quiere decirse que quienes se han marxistizado se hallan fuera de la Iglesia, aunque oficialmente figuren como verdaderos parásitos dentro de ella.

    Esos tales ¿cómo van a colaborar con el Régimen del 18 de julio, que es esencialmente antimarxista? Es lógico que quieren desengancharse de él. Y mejor sería decir que ya se han desenganchado, aunque sigan viviendo de las ubres del Estado en cualquier cargo oficial como funcionarios, catedráticos, profesores de religión o canónigos.

    VI. Como las ratas

    La machacona insistencia con que ciertos sectores enemigos del Régimen, de dentro y de fuera de España, están repitiendo que la muerte de Franco será la muerte del Franquismo y la psicosis que dicha insistencia ha producido en ambientes hasta ahora fieles al Régimen, han hecho creer a una parte de la Iglesia española que a Franco no le sucederán las instituciones, sino un régimen liberal y democrático, o, en el peor de los casos, un régimen marxista.

    Convencidos de ello, han optado por irse desenganchando del Régimen actual y sacar billete para cuando el nuevo tren se ponga en marcha. Es lo que dicen que hacen las ratas cuando creen que se va a hundir el barco. ¿No será que les inspira la Musa del miedo y que, por miedosos ofrecen al enemigo la entrega de la Patria? El miedo suele desembocar en el entreguismo.

    ¿Qué pretenden salvar con su postura? Pueden pretender dos cosas: una, propia de gente, noble; y otra, propia de cobardes y traidores. Pueden pretender salvar lo que se pueda salvar de la Iglesia española para que no perezca en la catástrofe: noble postura. Pueden pretender también, para caso de naufragio, salvar la piel: postura traidora y cobarde. Unos por equivocación y otros por traición y cobardía, ¡qué lástima, o qué asco producen esos católicos que por tales motivos se están desenganchando de un Régimen alumbrado por una Cruzada que ofreció tantos mártires a la Iglesia y tantos héroes a la patria!

    VII. Los resentidos

    La del resentimiento es un de las más fuertes e indominables pasiones humanas. La historia de los traidores es casi sinónima de la de los resentidos. Se ha traicionado menos veces por afán de dinero que por resentimiento, atizado por deseo de venganza y por ambición de poder y de gloria.

    La Historia de la política española y de los cambios de Régimen con levantamientos militares, destronamientos, revoluciones y golpes de Estado durante el siglo XIX y lo que va del XX, avalan lo que acabamos de decir. ¿Quiénes fueron los promotores de dichos cambios? Por lo general, los resentidos de todo género. Ellos fueron quienes abrieron las puertas a los sempiternos enemigos del Régimen anterior (II República). Recuérdese, sin ir más lejos, quiénes fueron los que dieron paso a la segunda República de 1931: Alcalá Zamora, Azaña, Ossorio y Gallardo, Ortega y Gasset, etc. Todos, resentidos contra la Monarquía, el monarca o los correligionarios del Partido.

    La historia se repite ahora. Nos explicamos, aunque no lo justifiquemos, que los católicos que no consiguieron aceptar la victoria de los Cruzados de 1936 continúen, si no han muerto, sin engancharse al Régimen. Pero que se desenganchen de él muchos que le acataron y sirvieron durante largos años, sólo se puede explicar por haber sucumbido a la pasión del resentimiento. Sobre todo, cuando le sirvieron desde altos puestos en la jerarquía del Estado o de la Iglesia. No queremos dar nombres, pero algunos de los principales están en la mente de todos. Ellos lo negarán, y hasta proclamarán que han evolucionado forzados por un imperativo. de conciencia patriótica y religiosa. La masa de los buenos católicos españoles, sin embargo, la reservará siempre un nombre que no es de evolucionistas, sino otro que no necesitamos pronunciar.

    VIII. Los envidiosos

    Se ha repetido muy a menudo que uno de los más nefastos demonios familiares de nuestro entrañable pueblo español es el de la envidia. ¡Cuántos y qué grandes desastres ha provocado la envidia, en el terreno de la política a lo largo de nuestra historia! Envidia personal, de persona a persona, o envidia colectiva de grupo a grupo.

    En nuestro caso, se dan los dos tipos de envidia: el de quienes se desenganchan del Régimen por envidia a otras personas que le acatan y le sirven lealmente y el de quienes lo hacen por envidia colectiva, sea de grupo político, sea de grupo generacional. Esta envidia de carácter generacional, de una generación que no vivió la guerra y no puede soportar la gloria amasada con dolor y sangre de los vencedores, constituye una verdadera epidemia, sobre todo en estos últimos años.

    Jóvenes católicos -obispos, sacerdotes y seglares- que, en vez de glorificar a los mártires de la Cruzada, escupen sobre sus lápidas mortuorias y en vez de sentir gratitud hacia quienes han hecho posible la pacífica y brillante vida de que gozan, les piden cuentas por no haber sabido administrar cristianamente la victoria, o, si se trata de sacerdotes, “por no haber sabido ser ministros de reconciliación en un pueblo dividido por una guerra entre hermanos” (“Asamblea conjunta”, 1971)

    Si de niños se emocionaron ante la bandera nacional y al escuchar los himnos de la Cruzada que alumbró este Régimen, se han ido desenganchando de él a medida que el gusano de la envidia personal o generacional ha ido royéndoles el corazón.

    IX. La vanidad

    Por último, la vanidad. Vanidad, pedantería, suficiencia, o como se la quiera llamar. Vanidad de creer que los mayores fueron unos bárbaros o unos mentecatos. Vanidad de pensar que la Iglesia de la Cruzada estaba compuesta por una Jerarquía cerril y un rebaño de trogloditas. Vanidad de ser los descubridores de una Iglesia nueva, Iglesia de los pobres, Iglesia de los oprimidos y los marginados, Iglesia independiente de los poderosos, Iglesia libre de ataduras al Estado, Iglesia posconciliar y primaveral…, frente a una Iglesia vieja, otoñal, llena de arrugas, caminando penosamente, apoyada en el brazo del Estado, incapaz ya de continuar en la tierra la obra de Cristo.

    ¡Cuánta vanidad! ¡Cuánto triunfalismo al revés! Por eso se desenganchan de un Estado del que tanto bien dijeran anteriores Sumos Pontífices y al que nuestros obispos, en su reciente declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y la comunidad política, acaban de reconocer los señalados servicios prestados a la Iglesia. Pero no quisiéramos que pretendieran alejarse del Régimen con la expresión, irónicamente interpretada, de “agradeciéndole los servicios prestados”, porque los servicios han sido y continúan siendo señaladísimos, mejor que señalados.

    X. Seguiremos nuestro camino

    Así es la pequeña parte de la Iglesia española -obispos, sacerdotes y seglares- que quiere separarse del Régimen imperante, tirando por la borda cerca de 40 años de prosperidad como no los había conocido España después de varios siglos, y soñando con otro Régimen, compuesto por un indeterminado conglomerado ideológico de liberalismo, democracia, socialismo y marxismo. Esas son las múltiples razones por las que esa pequeña minoría del pueblo de Dios ha emprendido la operación del desenganche.

    Para ese conjunto de equivocaciones y aberraciones se han dado cita la angelical ingenuidad, la culpable o inculpable ignorancia de la historia y de la realidad española, la equivocada interpretación de la doctrina conciliar sobre el orden temporal, la fiebre separatista, el marxismo, el miedo injustificado, el resentimiento, la envidia individual o generacional, la soberbia y la vanidad.

    No ocultamos nuestra pena por los unos y nuestras náuseas por los otros. Pero cristianos y católicos somos, por lo que pedimos a los lectores amor para todos ellos. Amor que debemos traducir en luz para sus inteligencias y medicina para sus pasiones. Mientras tanto, nosotros, los que componemos la gran mayoría del Pueblo de Dios que mora en España, seguiremos nuestro camino, fieles a la memoria de los mártires, fieles al Movimiento Nacional y al Régimen del 18 de julio.

    P. Venancio Marcos
    (Febrero, 1973)






    Última edición por ALACRAN; 12/08/2021 a las 15:41
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



  3. #3
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    Re: Judas: ¿evolucionó, se destapó o traicionó? (El “desenganche” de la Iglesia españ

    Demoledor artículo de d. Julián Gil de Sagredo, "El profetismo al servicio de la política", contra las falacias del Documento episcopal "La Iglesia y la comunidad política", de la XVII Asamblea Plenaria (Enero de 1973) https://www.march.es/es/coleccion/archivo-linz-transicion-espanola/ficha/--linz%3AR-12302, que desmontaba la colaboración de la Iglesia Española con el Régimen del 18 de Julio.

    Como la crítica del sr. Sagredo es bastante larga, la repartimos en cuatro envíos:

    -Exposición con los antecedentes políticos del documento episcopal de 1973;

    -Contenido político del documento (forma y fondo)

    -Aplicaciones del documento (aconfesionalidad, libertad religiosa, Concordato)

    -Finalidad política del documento y Epílogo


    Revista
    FUERZA NUEVA, nº 323, 17-Mar-1973

    EL “PROFETISMO”, AL SERVICIO DE LA POLÍTICA (I)


    Nuestro colaborador Julián Gil de Sagredo pronunció, el pasado día 12 de febrero, en presencia de dos centenares de sacerdotes, teólogos en gran parte, de la asociación San Antonio María Claret, una conferencia cuyo texto íntegro publicamos a continuación.

    El autor hace un estudio completo del último documento episcopal “La Iglesia y la comunidad política”, detectando con finísima percepción todos aquellos pasajes que son dignos de comentario, para lo cual utiliza argumentos que la Iglesia hizo suyos, de siempre, para sus relaciones con los Estados. Es una gran aportación que aclara muchos aspectos vidriosos del asunto; al mismo tiempo servirá para que nuestros lectores saquen conclusiones que nosotros estimamos necesarias y definitivas.

    Conferencia de D. Julián Gil de Sagredo

    ***

    “Cuando esta Asociación de Sacerdotes y Religiosos de San Antonio María Claret, de Barcelona, me rogó que les hablara sobre el documento último de la Conferencia Episcopal, sentí gravitar sobre mí la responsabilidad del profano en teología, que aborda temas relacionados con la reina de las ciencias ante una selecta concurrencia de filósofos y teólogos.

    DIVISIÓN

    Voy, pues, a tratar de diluir esa responsabilidad teológica, orientando esta charla hacia la corriente política más próxima a mi vocación de jurista, teniendo presente que el documento de la Conferencia Episcopal, más que un documento eclesiástico parece un documento político por sus antecedentes, por su contenido y por su finalidad. Antecedentes, contenido y finalidad que constituirán las tres partes de esta conferencia.

    EXPOSICIÓN.

    I ANTECEDENTES POLÍTICOS

    a) Antecedentes remotos.
    La politización del episcopado español, en la línea de la democracia cristiana de Maritain, numen inspirador de monseñor Montini, cuando aún no era Pablo VI, y en la línea de sus corifeos. Villot, Casaroli, Garrone, Benelli y de su instrumento diplomático el nuncio, monseñor Dadaglio, se inicia por la vía de las habilidades leguleyas con la creación de obispos auxiliares, substrayendo su nombramiento al derecho de presentación del Jefe del Estado y burlando de esta manera no la letra, pero si el espíritu del Concordato celebrado entre la Santa Sede y el Estado español en 1953.

    Se continúa la politización, privando de voto en las asambleas de la Conferencia a los obispos antiguos que, por edad u otras circunstancias, no presiden sus sedes episcopales, y se acentúa al equiparar el voto de los obispos auxiliares al voto de los obispos titulares, con lo cual los obispos auxiliares de una diócesis pueden imponer en la Conferencia Episcopal su opinión sobre la del propio pastor titular.

    Lograda por estos procedimientos, dentro de la Conferencia, la apetecida mayoría de obispos adictos a las consignas políticas de la Secretaría de Estado Vaticana, la pastoral episcopal deriva, a partir de 1966, hacia la corriente sociopolítica con un ritmo cada vez más acentuado, y así: la instrucción de 29-VI-66 versa sobre “la Iglesia y el orden temporal”. El documento de julio de 1966 aprovecha la celebración reciente de la Asamblea Nacional Sindical, para contraponerle “algunos principios cristianos relativos al sindicalismo”. El comunicado de la XII Asamblea Plenaria de 11 de junio de 1970 trata de “la Iglesia y los pobres”, y podría mejor titularse “la política de la Iglesia con el pretexto de los pobres”. En septiembre de 1971, se celebra la famosa Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes, cuyos problemas básicos, a pesar de que su doctrina ha sido condenada por la Sagrada Congregación del Clero, siguen ocupando la atención de la Conferencia, como dicen los números 3 y 4 del documento que comentamos. Y, POR ÚLTIMO, LA BOMBA DE EXPLOSIÓN RETARDADA, QUE ES EL RECIENTE DOCUMENTO SOBRE LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO, de la XVII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española.

    A través de ese proceso pastoralista, se advierte cómo la pastoral va sustituyendo, paulatinamente, en su atención y en sus cuidados, la persona por la colectividad, y cómo va relegando poco a poco los temas de fe para extravertirse, con el pretexto de lo moral, hacia problemas cada vez más profanos y alejados de su competencia propia, creando una nueva y original pastoral, que podríamos calificar como “la pastoral del orden político-social”, o simplemente “la pastoral de la política”.

    b) Antecedentes próximos.
    La politización del episcopado ha alcanzado momentos dramáticos en la última Asamblea Plenaria de la Conferencia (Enero, 1973) según rumores bastante próximos a la realidad, que como tales reproduzco.

    El documento inicial que se presentó a discusión había sido elaborado por el obispo auxiliar de Sevilla, monseñor Montero, antiguo miembro del IDOC (*), con la colaboración teledirigida de elementos extraterritoriales.

    La discusión que provocó este documento inicial en la Asamblea fue tan agitada, que llegaron a brotar exabruptos y ciertas lindezas expresivas de los venerables labios episcopales, sobrepasando peligrosamente los límites de la cortesía, y ocasionando, incluso, violenta ruptura y evasión de algunos pastores tras las verjas de la casa del Pinar de Chamartín, donde se hallaban congregados.

    Algo sosegado el parlamento episcopal, se formaron, como en toda democracia que se precie de tal, varios partidos o bandos: el de los progresistas avanzados, fieles a la programación formulada por Montero; el de los progresistas moderados, fieles a las ideas del auxiliar de Sevilla, pero no a la forma de expresión; el de los conservadores, opuestos al fondo y a la forma del documento, y, por fin, un grupo o bando de centro, hábilmente inclinado hacia los progresistas bajo apariencia derechista, cuya batuta dirigía monseñor Benavent, que goza de gran ascendiente y notable audiencia en los pasillos que tienen cercada la información de la Santa Sede.

    Monseñor Benavent, jefe de la política vaticana en España, segundo de a bordo de monseñor Dadaglio y algo gerente de la “Santa Casa”, se encargó de redactar el documento definitivo, que habría de someterse a votación y que, finalmente, según la información del periodista confidente de la Conferencia, Martín Descalzo, fue aprobado por 52 votos y desaprobado por 20, sin contar las abstenciones de cuatro obispos, por considerarlo excesivamente moderado.

    Monseñor Guerra Campos, desahuciado de todo cargo por la Conferencia, se limitó a contemplar impasible, desde su atalaya, las luchas, las intrigas y las rencillas del parlamento episcopal español.

    ¿Qué impacto ha producido el documento en el pueblo de Madrid? El día 23 de enero pasado, fecha de su publicación, el suelo y las vías de las estaciones del Metro de las diferentes barriadas fueron poco a poco inundándose de los fascículos del Documento, que la prensa había unido como separata para su mayor difusión al número diario del periódico. Unos han interpretado este hecho como repulsa, otros como propaganda y la mayoría como prueba del desinterés que merecen al pueblo llano y sencillo los documentos de la Conferencia Episcopal. Tal vez ese desinterés del pueblo por la Conferencia Episcopal sea como una vacuna providencial para inmunizarle contra las desviaciones ideológicas que fluyen por el contenido del documento, que vamos a analizar en la segunda parte...

    (*) NOTA MÍA: El IDO-C era una organización periodística de origen holandés creada durante el Concilio Vaticano II (aunque al margen de él) que agrupó a innumerables obispos, clero y periodistas de varios países para introducir el marxismo en la Iglesia.

    Última edición por ALACRAN; 14/09/2021 a las 00:19
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    ... EL “PROFETISMO”, AL SERVICIO DE LA POLÍTICA (II)

    -(II) Contenido político del documento episcopal de 1973 (forma y fondo)


    Revista
    FUERZA NUEVA, nº 323, 17-Mar-1973

    EL “PROFETISMO”, AL SERVICIO DE LA POLÍTICA

    Conferencia de D. Julián Gil de Sagredo

    ***

    (...) II CONTENIDO POLÍTICO.


    "Examinaremos la forma y el fondo.

    a) LA FORMA.
    El documento se caracteriza -prescindiendo de la mayor o menor pulcritud del estilo, que tanto ha llamado la atención de “ABC”- por sus expresiones con matiz tendencioso, reticente y malévolo hacia el Estado español.

    En el número 32, dicen los obispos: “Queremos cumplir nuestro deber, libres de presiones”, dando a entender que carecen de libertad en el ejercicio de su ministerio episcopal, o que actúan bajo la presión estatal.

    En ese mismo número 32, los obispos piden ayuda a los católicos “para que la Iglesia no sea instrumentalizada por ninguna tendencia política o partidista”, sugiriendo la sospecha de que desde ciertas bases oficiales u oficiosas se utiliza a la Iglesia como instrumento para fines políticos.

    En el número 44, desean los obispos “que quede eficazmente garantizada la necesaria libertad de la Iglesia”, como si con el sistema político vigente se hallase aherrojada, aprisionada y sin libertad de movimientos.

    En el número 56, se produce la sensación de burla de un Estado que considera “como un timbre de honor” la profesión de la fe católica y la inspiración de sus leyes en la doctrina católica, tomando ese extremo como base de argumentación a favor de la aconfesionalidad del Estado; porque -dicen- si las leyes se conforman con la doctrina católica, no puede aceptarse que esa conformidad sea la única, ya que caben otras opciones políticas igualmente conformes o más conformes con la doctrina católica; y si las leyes, o alguna de ellas, no están conformes con la doctrina católica, el Estado sería acusado de deslealtad hacia los principios que dice profesar. Y con este sofisma tan bien urdido, se propugna de hecho por la Conferencia Episcopal la aconfesionalidad del Estado español.

    En los números 18 al 41, recalcan tanto los obispos los derechos fundamentales de la persona, la defensa contra las situaciones opresivas, la denuncia de las injusticias, de los pecados sociales, de la opresión contra la dignidad humana, etc., que cualquier lector percibe la sensación de hallarse en un país tras el Telón de Acero, bajo un régimen totalitario y opresor, víctima de la tiranía y de la barbarie, que desconoce los más elementales principios de la dignidad humana.

    Las muestras apuntadas son suficientes para acreditar el matiz tendencioso, reticente y malévolo hacia el Estado español.

    b) FONDO.
    El documento consta de una introducción, dos partes y una conclusión. De estas dos partes, la primera, dedicada al orden temporal, viene a ser como la fundamentación doctrinal de la segunda, en que se aplican aquellas conclusiones doctrinales a las relaciones entre la Iglesia y el Estado.

    La doctrina general de la primera parte, “La Iglesia y el orden temporal”, se construye sobre un amplio tinglado de tópicos o lugares comunes de valor oscilante e impreciso, que corren por el librecambio ideológico de pseudo-ecumenismo como “compromiso”, “diálogo”, “testimonio”, “evolución”, “progreso”, “igualdad”, “libertad”, “estructuras”, “carismas”, “dinamismo”, etc. Este tinglado de tópicos y de conceptos imprecisos, difusos, ambivalentes y plurivalentes, ha de generar forzosamente una doctrina imprecisa, difusa, ambivalente y plurivalente. Pero conviene fijar la atención sobre cuatro de ellos, porque constituyen los cuatro conceptos clave, con los cuales se elabora toda la doctrina: “liberación”, “justicia”, “profetismo” y “pluralismo”.

    No esperan una definición de esos conceptos, ni una enumeración de sus posibles interpretaciones, ni la fijación de la interpretación recta según la doctrina católica basada en pruebas teológicas. Por el contrario, el documento juega y baraja conceptos, interpretaciones y valoraciones sin orden ni concierto, mezclando y confundiendo unos sentidos con otros, pero, eso sí, llevando hábilmente la orientación global hacia unas posiciones determinadas, como vamos a ver:

    1. Concepto de "liberación". El término redención significa liberación, pero tiene un matiz de orden espiritual, la liberación del pecado. El término liberación, por el contrario, tiene un sentido más amplio y más propicio al equívoco, por cuanto tanto puede significar la liberación del pecado como la liberación de toda esclavitud. El documento episcopal utiliza, preferentemente el término “liberación” para Identificarlo con redención, y dentro de aquel concepto incluye, en el número 23, como parte constitutiva e integrante de la predicación del Evangelio, la liberación de las esclavitudes políticas económicas, sociales y culturales, con lo cual, la Redención de Cristo se desplaza del orden sobrenatural al orden natural.

    2. Concepto de "justicia". El concepto de justicia válido en el orden trascendente cristiano consiste en el perdón de los pecados y en la adquisición de la gracia de Cristo por la fe, según las palabras de San Pablo (Romanos 3, 21-22): “La justicia de Dios se manifiesta por la fe en Jesucristo..., pues todos pecaron y ahora son justificados gratuitamente por su gracia”. Más aún, de acuerdo con el mismo apóstol en Romanos 9, 30-33. En ese texto contrapone San Pablo “la justicia de Cristo” a “la justicia de la ley” y dice que la auténtica justicia, es decir, aquella que nos justifica ante Dios es la fe en Cristo, mediante la cual obtenemos el perdón de nuestros pecados y la vida de gracia. (...)

    Y en el Evangelio, Cristo mismo contrapone el reino y la justicia de Dios a todo los demás: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”. (...) Puede existir la justicia de Dios, que es su fe y su gracia en medio de una sociedad sumergida en la esclavitud y en la opresión, porque dentro de ella puede haber hombres que vivan la perfección cristiana; y viceversa, puede existir una sociedad que reconozca la dignidad y los derechos humanos, donde a pesar de todo ello no exista la justicia de Dios por no haber hombres que vivan la fe y la gracia de Cristo.

    De todo, lo cual deducimos que colocar como fin y como misión del Evangelio y de la Iglesia la justicia entendida como reivindicación de la dignidad y de los derechos humanos, o como legislación que reconozca esos derechos o como estado y situación social en que se respete la dignidad humana, sería una interpretación errónea de las palabras del Evangelio y de San Pablo; más aún: creemos que sería igualmente erróneo atribuir a la misión divina de la Iglesia una finalidad de orden material incluso con carácter accesorio a su principal finalidad de orden espiritual, porque cuanto queda incluido dentro del orden material como contrapuesto por Cristo al orden sobrenatural del reino y de la justicia de Dios, jamás podrá tener razón de fin, por ser simple “añadidura”, derivación accidental. El “orden natural” nunca puede ser, por consiguiente, fin específico de la Iglesia ni con carácter principal ni con carácter accesorio.

    El documento episcopal contiene expresiones y juicios. muy dudosos en esta materia:

    En el número 22 dice que “la defensa y promoción de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona humana... entran dentro de la misión pastoral de la Iglesia como parte integrante de la misión liberadora que Cristo le ha confiado”.

    En el número 23 dice que “Es misión de la Iglesia la liberación de toda de toda situación opresiva” y que “la participación en la transformación del mundo es una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio”.

    En el número 24 propugna “la evolución hacia la unidad y el progreso de una sana socialización civil y económica, reconociendo el progreso social donde quiera que se encuentre”. Con el epíteto “sano” todo se arregla: podemos hablar entonces de “un sano comunismo”, “un sano marxismo, “un sano socialismo”.

    En resumen, ateniéndonos a la interpretación lógica de las palabras del documento, Cristo vino para redimir y liberar a los hombres ciertamente del pecado, pero también de una manera principal e importante, de las situaciones opresivas de tipo político, social y económico, y la Iglesia como continuadora de la obra liberadora de Cristo, tendría como misión la redención de la injusticia política, social, económica y cultural.

    3. Concepto de "profetismo". El instrumento para llevar a efecto la liberación de las injusticias sociales y de las situaciones opresivas es el profetismo, “la misión profética que Cristo confió a su Iglesia” (nº 20), misión que ejerce a través de sus obispos (nº 29), de sus sacerdotes (nº 37), y de las comunidades cristianas (nº 39), denunciando los pecados sociales (número 31) y los abusos o deficiencias graves de la comunidad en materia social o política (número 31), “allí donde los problemas humanos de la opresión y de la injusticia son más graves” (nº 36 y Sínodo 71).

    Nosotros creíamos que, si entendemos por profetismo, “hablar en nombre de Dios”, sólo podíamos admitir como profetas al Papa y a los obispos en comunión con el Papa cuando se pronunciaban sobre materia concerniente a la fe y a la moral; ahora vemos que se ha ampliado el campo del profetismo de una manera desmesurada, tanto por razón del sujeto que profetiza, como por razón del objeto sobre el que se profetiza, ya que no solo son profetas el Papa y los obispos unidos al Papa, sino también los sacerdotes, las comunidades cristianas y los simples seglares, y además observamos que el profetismo rebasa los límites del campo de la fe y la moral, para proyectarse sobre el orden político, social y económico. Por este procedimiento ponemos en manos de la comunidad eclesiástica la economía, la sociología y la política, cuyos consejos y dictámenes hemos de acatar fervorosamente, porque habla nada menos que “en nombre de Dios”.

    4. Concepto de "pluralismo". Por el camino de la “justicia” entendida como reconocimiento de los derechos humanos, de la “redención” entendida como liberación de situaciones opresivas y del “profetismo” entendido como denuncia política, llegamos al “pluralismo de opciones” a través de los diversos cauces asociativos e Institucionales de orden social, económico y político (nºs 18 y 19), pluralismo que deriva del “dinamismo de la fe” (número 19), de “la riqueza del espíritu evangélico que no puede agotar ningún sistema social o político” (nº 20), “y del bien común al cual pertenece como parte integrante una efectiva pluralidad de opciones” (n 20).

    Y así tenemos nada menos que a la fe, al Evangelio y al bien común como soporte del pluralismo político, es decir, de los partidos políticos.

    Habían dicho los obispos en el nº 28. que “la comunidad política es independiente y autónoma en su propio terreno”, y en el nº 46, añaden que “la Iglesia reconoce la autonomía de la comunidad política para determinar su propio sistema constitucional, para la elección de sus gobernantes y para ordenar la cooperación de los ciudadanos en la prosecución del bien común”.

    Esos mismos obispos, contradiciéndose a sí mismos, proponen ahora el pluralismo de opciones políticas a una comunidad que, por propio derecho y haciendo uso de su opción política, ha elegido ya su sistema constitucional en virtud del cual veta los partidos políticos como opuestos al bien común de la sociedad española.

    Como dice Del Prado Navinas, comentando este punto, “el documento entiende torcidamente la doctrina del pluralismo político, tanto a nivel de doctrina católica como a nivel de derecho político, confundiendo y juzgando indistintamente el derecho a las diversas opciones políticas ANTES, es decir, en el momento de constituirse una forma de Estado (monárquico republicano, con partidos políticos o sin ellos, confesional o laico, etc.) y DESPUÉS, es decir, dentro de un Estado de Derecho determinado, al cual debe acatarse en conciencia y en el que la “denuncia profética”, venga de donde viniere, puede ser lícitamente atajada como rebelión o demagogia”...


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    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    ... EL “PROFETISMO”, AL SERVICIO DE LA POLÍTICA (III)

    - (III) Aplicaciones del documento episcopal (aconfesionalidad, libertad religiosa, Concordato)



    Revista FUERZA NUEVA, nº 323, 17-Mar-1973

    EL “PROFETISMO”, AL SERVICIO DE LA POLÍTICA (III)

    Conferencia de D. Julián Gil de Sagredo

    ***

    ... "Esos son los cuatro conceptos básicos -liberación, justicia, profetismo y pluralismo, sobre los cuales se construye la doctrina de la primera parte del documento “La Iglesia y el orden temporal”, conceptos desarrollados de manera ambigua, confusa y por ende, heterodoxa. Al fallar la base doctrinal de la primera parte, fallan también las aplicaciones a las relaciones entre la Iglesia y el Estado, que expone en la segunda parte, de las cuales me limito a examinar someramente, la confesionalidad, la libertad religiosa, la objeción de conciencia y el Concordato.

    1. La confesionalidad del Estado

    El documento episcopal no se caracteriza en esta materia por su originalidad, ya que reproduce unas corrientes de pensamiento tan antiguas y caducas como las de la Revolución Francesa y las de su viejo y trasnochado retoño, el liberalismo.

    Este documento, aprobado por 52 obispos y rechazado por 20, aparte de revelar que no existe unidad de pensamiento dentro del episcopado español y, por tanto, que su contenido no es seguro, sino simplemente opinable, al hablar de la confesionalidad del Estado expone una orientación ideológica errónea desde tres puntos de vista.

    Primero. Porque presenta como doctrina discutible lo que es doctrina cierta. Según el segundo párrafo del número 51 y el primero del número 52, la confesionalidad del Estado español “es un aspecto de las relaciones Iglesia-Estado, que está sobre el tapete de la discusión abierta”, lo cual quiere decir, no que de hecho se discute ese aspecto, sino que en sí mismo, es decir, doctrinalmente, es discutible.

    Por el contrario, el deber de la confesionalidad del Estado en general y del Estado español en particular, en cuanto constituido por católicos y representante de una nación católica en su integridad moral, es doctrina cierta, de acuerdo con el Magisterio pontificio continuado y uniforme durante cerca de dos siglos de:

    Pío VI en el discurso al Consistorio, de 11-VI-1793.

    Pío VII en su encíclica “Die Satis”, de 15-V- 1800.

    Gregorio XVI en las encíclicas “Mirari vos” de 15-VIII-1832 e “Inter praecipuas”, de 8-V-1844 .

    Pío IX en las encíclicas “Qui pluribus” de 9-XI-1846 y en “Quanta cura” con su “Syllabus”.

    León XIII en las encíclicas “Inescrutabili”, de 21-IV-1878, “Inmortale Dei”, de 1-XI-1885, “Libertas”, de 20-VI-1888, y “Rerum novarum”, de 18-V-1891.

    San Pío X en la encíclica “Vehementer Nos”.

    Benedicto XV en la encíclica “Ad Beatissimi”, de 1-XI-1914, y en el discurso al Sacro Colegio, de 24-XII-1919.

    Pío XI en sus encíclicas “Ubi arcano”, de 23-XII-1922, “Quas primas”, de 11-XII-1925, “Mortalium animos”, de 6-II-1928, “Quadragesimo anno”, de 15-V-1931 y “Ad catholici sacerdotii”, de 20-XII-1935.

    Pío XII en las encíclicas “Summi pontificatus”, de 20-X-1939 y “Humani generis”, de 12-VIII-1950.

    Y por si fuera poco, el mismo Concilio Vaticano II, la declaración “Dignitatis Humanae”, en su número 1, deja integra -como no podía ser de otra manera- la doctrina tradicional católica, expuesta en el magisterio pontificio precedente.

    El documento, por consiguiente, en cuanto presenta como doctrina discutible lo que es doctrina cierta, es, desde luego, si no heterodoxo, por lo menos temerario.

    Segundo. Presenta como cuestión jurídica solucionable mediante fórmulas de Derecho Positivo (nº 52), una cuestión esencialmente teológica solucionable a la luz de la Revelación y de su legítimo intérprete, el Magisterio pontificio: a cuyas conclusiones debe ajustarse el Derecho Positivo. Si según conclusiones teológicas ciertas un Estado constituido por católicos y representante de una nación católica en su integridad, debe profesar la religión católica, no hay fórmulas jurídicas de Derecho Positivo ni por parte de la Iglesia ni por parte del Estado, capaces de desvirtuar esa doctrina y la obligación moral que impone la misma. Por ello el propio Estado, más consecuente con la doctrina de la Iglesia que los propios obispos, ha manifestado ya “que la confesionalidad no es negociable”.

    Tercero. Afirma el documento (nº 56), que “corresponde al Estado y al conjunto de ciudadanos la conservación o modificación de la presente situación legal”, es decir, de la confesionalidad del Estado, lo cual cabe interpretar no en el sentido de que el Estado, de hecho, puede resolver su confesionalidad o aconfesionalidad, sino en el sentido de que el Estado tiene competencia y atribuciones propias en virtud de su poder supremo para declararse confesional o aconfesional, es decir, para vincularse o desvincularse con Dios y con la Religión católica, como si la norma última de su esencia y de su actuación fuera el mismo Estado.

    Por las tres razones apuntadas, el criterio de la Conferencia Episcopal sobre la confesionalidad del Estado resulta inaceptable a tenor de la doctrina católica.

    2. Libertad religiosa

    Solicita el documento “garantía de libertad religiosa para todos los ciudadanos en el orden personal y familiar (nº 56), con lo cual la religión verdadera y las religiones falsas tendrán dentro de una comunidad católica los mismos derechos ante el Estado en esos tres órdenes: personal, familiar y social. La Conferencia se pronuncia aquí implícitamente por el Estado aconfesional, porque solo un Estado neutro podrá repartir protección por igual a confesiones diferentes. La Conferencia, además, que presume de democrática, olvida que la casi totalidad del pueblo español es católico, totalidad o inmensa y abrumadora mayoría que queda equiparada ante los “democráticos” obispos al 0,99 de ciudadanos no católicos.

    3. Objeción de conciencia

    El documento considera necesario que los derechos de la conciencia humana queden “asegurados sin discriminación alguna” (nº 56). Por tanto, ni por razón del sujeto, sea el ciudadano católico, protestante, testigo de Jehová, másón, judío, budista, mahometano, etc., ni por razón del objeto, ya dicte la conciencia no prestar servicio militar, o negar la transfusión de sangre, o imponga sacrificar a los ídolos, o practicar el “yoga” etc.

    La Conferencia, pues, se declara partidaria de la “objeción de conciencia” y con ello subvierte el orden de valores, anteponiendo como norma pública de acción el derecho subjetivo de cada conciencia personal al Derecho Objetivo que debe regir a la sociedad, ya que el reconocimiento de los derechos de la conciencia sin discriminación obliga al Estado a dictar una ley reconociendo aquellos derechos, y dado que dichos derechos como producto de cada. conciencia personal son tan variados como son las conciencias, se terminaría haciendo norma imperativa no de la ley objetiva e igual para todos, sino de la norma subjetiva de cada persona: habrá tantas leyes cuantos sean los derechos de conciencia de cada uno de los ciudadanos.

    4. Concordato

    El padre Chanterro es el especialista en la materia y a sus conclusiones me atengo. Ahora no trato de profundizar en los problemas del Concordato, sino que me limito a constatar dos realidades:

    a) Cuando el Concordato era observado y los obispos se nombraban mediante la presentación del Jefe del Estado español:
    -Florecía la vida religiosa.
    -Los seminarios estaban llenos.
    -La moral pública era, en general, sana.
    -No había drogadictos ni cuevas públicas de homosexuales.
    -Las iglesias y los templos resultaban insuficientes para los fieles.
    -La fe trascendía a la vida privada y pública.
    -La Iglesia católica era venerada y gozaba de crédito y prestigio.
    -Los obispos seguían una línea totalmente ortodoxa en materia de fe, moral y disciplina.
    -Las vocaciones religiosas se incrementaban constantemente.

    b) Desde que en Concordato es burlado por la Iglesia por la vía de los obispos auxiliares:
    -Se ha introducido la rebeldía, la indisciplina y la subversión dentro de la misma Iglesia.
    -Se fomenta -so pretexto de justicia social- la lucha de clases.
    -Se combate solapada o abiertamente al Régimen.
    -Se combaten también en homilías, en prensa, revistas y libros los dogmas de la Iglesia católica con la aprobación y el imprimatur de la autoridad eclesiástica.
    -Los seminarios y los noviciados se encuentran vacíos.
    -Las vocaciones religiosas desaparecen.
    -Los templos sobran para la poca asistencia de fieles.
    -Los sacerdotes se casan, los religiosos se relajan, las religiosas se visten de minifalda.
    -Una nube de drogadictos, viciosos, homosexuales invade a la sociedad.
    -La fe se extingue, la moral se corrompe.
    -Ciertos obispos se convierten en semicabecillas revolucionarios.
    -Y la Iglesia Católica se derrumba -en apariencia- traicionada desde el interior por sus propios jerarcas.

    Estas dos realidades antagónicas, la concordataria y la anti-concordataria son bastante elocuentes. Si por los frutos se conoce al árbol, como dijo el Señor, por aquellas realidades podemos conocer la bondad o malicia de las posiciones concordatarias y anti-concordatarias...




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    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    ... EL “PROFETISMO”, AL SERVICIO DE LA POLÍTICA (último)

    - (IV) Finalidad política del documento episcopal; Epílogo

    Revista FUERZA NUEVA, nº 323, 17-Mar-1973

    EL “PROFETISMO”, AL SERVICIO DE LA POLÍTICA (IV, último)

    Conferencia de D. Julián Gil de Sagredo

    ***

    ... FINALIDAD POLÍTICA.


    "Llegamos ya al final para preguntar: ¿Cuál es el objetivo inherente al documento episcopal? Sin juzgar las intenciones de sus autores, sino exclusivamente la finalidad que se deduce del propio contenido de la comunicación de la Conferencia, resulta obvio que una comunicación politizada en su origen e inspiración y en su mismo fondo ideológico, tiene por fuerza que tener una finalidad política. Y en efecto:

    Un documento en que la religión revelada se desplaza hacia la religión social, en que el Reino de Dios se traduce por la realización del progreso material, en que el Evangelio es presentado como mensaje de promoción humana y la misión de la Iglesia como reivindicación contra las situaciones opresivas y Cristo mismo como protagonista de la lucha por la justicia social.

    Un documento que propugna la aconfesionalidad del Estado, la libertad religiosa, la objeción de conciencia, la constitución de partidos políticos.

    Un documento que plantea cierta incompatibilidad patente entre la doctrina social de la Iglesia y las estructuras constitucionales del Estado y que reclama de manera reiterada e intencionada el reconocimiento de la dignidad y derechos fundamentales de la persona como si el Estado pisoteara o desconociera esos derechos.

    Un documento que promueve unas exigencias implícitas de derogación o modificación de las Leyes Fundamentales a través de un referéndum, constituye, de hecho, una especie de ULTIMÁTUM al Estado español en nombre de la Iglesia, un PRONUNCIAMIENTO DE CONDENA contra el Régimen y UN VEREDICTO que coloca sobre el TAPETE DE LA DISCUSIÓN los mismos principios inspiradores del 18 de Julio para su confrontamiento con los principios inspiradores de la democracia cristiana, patentada con la marca de la Secretaría de Estado Vaticana.

    Ahora comprenderán cómo a un simple seglar tienen que sonar a hueco, a falso, a farisaico, las palabras de los obispos cuando en el número 10 del Documento dicen que “sólo les mueve el dar testimonio de Jesucristo y de orientar al pueblo cristiano en conformidad con el Evangelio”, o cuando en el número 50 añaden que “actúan movidos por la responsabilidad pastoral” o cuando en el número 48 manifiestan que “afrontan el problema de las relaciones Iglesia Estado para continuar la misión salvadora de Jesús”.

    ***

    EPÍLOGO

    En 1953, Pío XII proféticamente anuncio al obispo brasileño monseñor Castro Mayer la anarquía disciplinar y doctrinal que hoy padecemos. “El día -decía Pío XII- que la Sagrada Congregación que vigila la fe, afloje la mano, ese día habrá llegado la hora del asalto de la fortaleza de la Iglesia, perpetrado por elementos incrustados en su propio seno.” (Jesús González Quevedo “Renovación e inmovilismo”). Creemos que esas palabras proféticas de Pío XII se han cumplido dentro de la Iglesia católica española, porque elementos incrustados en su propio seno tratan de arruinarla desde el interior.

    Dicen los señores obispos, en el número 32 del documento que “ciertos cristianos intentan desautorizarles frente al pueblo”.
    No, señores obispos, no intentamos desautorizarles: están ya desautorizados. Y no somos nosotros quienes les hemos desautorizado: son ustedes mismos los que se han desacreditado ante el pueblo católico español, porque han patrocinado una Asamblea Conjunta (año 1971) que escarneció la sangre de los mártires de nuestra Cruzada; porque no doblegaron humildemente la cabeza cuando la Santa Sede condenó las desviaciones doctrinales de aquella Asamblea; porque todavía recogen en este documento para reflexión y discusión los problemas básicos de aquellas reuniones, ya discutidos, resueltos y condenados por la Sagrada Congregación del Clero; porque han boicoteado en Zaragoza las Jornadas Sacerdotales de oración y estudio de la Hermandad Sacerdotal Española (año 1972); y han organizado reuniones subversivas en El Escorial (1972), y porque, en una palabra, vienen utilizando desde hace años la mitra y el báculo como instrumentos de política al servicio de consignas extranjeras.

    Por ello, decía al principio, y repito ahora, que el documento de la Conferencia Episcopal NO es documento eclesiástico, SINO documento político. Documento, además INTRÍNSECAMENTE CONTRADICTORIO, porque la Conferencia Episcopal propugna -como hemos visto- un Estado aconfesional, un Estado desvinculado de la fe católica, y, sin embargo, le impone en nombre de esa fe católica una doctrina, unas normas y unas orientaciones que un Estado aconfesional no tendría que respetar ni acatar".



    JULIÁN GIL DE SAGREDO


    Última edición por ALACRAN; 14/09/2021 a las 00:19
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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