MONASTERIOS ESPAÑOLES
por
Luis AGUIRRE PRADO
(Colección TEMAS ESPAÑOLES, Núm. 132)
LA REGLA
El cartujo fray Juan de Madariaga indica que se entiende por Regla la forma, manera u orden de vivir bien y religiosamente "porque en las religiones no tiene más fuerza un vocablo que otro, sino es la que por costumbre y plática le dan los mismos religiosos".
Reglas que rigen a los que conjuntos han de vivir en constante comunicación con la Divinidad. Monacato. Su origen lo sitúan algunos historiadores en los sethini, discípulos de Seth, hijo de Adán, quien buscaba el dominio de la carne mediante los ayunos, las vigilias, los trabajos...
Otros lo determinan en los hijos de los Profetas, el más destacado Elias, que habitaban tiendas en las márgenes de los afluentes del Jordán y se alimentaban de hierbas silvestres. Finalmente, un tercer grupo de investigadores indica que los precursores fueron los egipcios, quienes, tomando como modelo a Daniel, se dedicaron a la vida recoleta, buscando la soledad y el ayuno. Allí, en el valle del Nilo, se destaca en el siglo II de nuestra Era Ptolomeo de Menfis, al que se estima como precursor directo de San Pacomio.
Hildebrando, al referirse a los cenobitas, encierra las opiniones en tres grupos:
El primero está formado por quienes derivan el origen de los judíos, ya se trate de esenios, de fariseos o de saduceos. En todos ellos el signo distintivo es la soledad de su residencia y la dedicación al cultivo de los campos o al pastoreo. Al segundo se adscriben los que, con Casiano, fundamentan el cenobitismo en el instituto apostólico en que los fieles vendían sus bienes y colocaban su importe a los pies de los apóstoles, distribuyendo los diáconos el total con arreglo a las necesidades de cada uno. Los del tercer grupo, con Baronio al frente, creen que los cenobitas proceden de la evolución de los eremitas.
San Isidoro establece la distinción entre eremitas y anacoretas. Estos no tardaron en habitar en monasterios, siendo el trabajo manual el que completó las limosnas. El trabajo, que es característico de los primeros anacoretas, que no aguardan la llegada taumatúrgica de los panes y de los dátiles de la palmera. San Agustín alaba a los que se alimentan del trabajo de sus manos y dice que al monje que trabaja le tienta un solo demonio, en tanto que son legión los que atormentan al que rehuye el ejercicio. Por su trabajo y su oración los monjes fueron comparados con las abejas en parangón certero. Cera, que es el trabajo; miel, que son los salmos, la oración. Trabajo para allegar el sustento, pese a su parvedad; trabajo para que la carne no se rebelase y el espíritu alcanzara su perfección.
Cultivo de la tierra, guarda de ganados, laboreo en la artesanía. Hildebrando nos detalla que los monjes tejían esportillas de junco y canastos de mimbres, escardaban los sembrados, conducían las aguas, sembraban, podaban, se dedicaban a la apicultura, tejían redes... Imperativo del trabajo proclamado por todas las reglas monásticas. Obligatoriedad aconsejada por los que, como San Macario Alejandrino y San Pacomio, son modelo de religiosos. Consejo que adviene con la fuerza paulina de la doctrina del que ruidosamente halló su camino de perfección: Quien no trabaje que no coma.
Los monasterios basilios españoles debían estar situados fuera de las ciudades, a imitación de lo que hicieran los padres del desierto. De esta forma se huía de la conversación con los hombres del mundo.
Distancia de tres millas para que la prescripción tuviera efectividad. Los monjes no debían perjudicar con sus cultivos a los labradores colindantes. Para seguridad de que no habrá ocasión de ese perjuicio, San Basilio aconseja que los religiosos labren en el recinto del monasterio, a no ser para arrancar malas hierbas, podar y vendimiar, los monjes; recoger los frutos, los novicios. Separación obligatoria entre religiosos y seglares.
Razón de que los monasterios españoles tuviesen amplio recinto amurallado, con espaciosas habitaciones, pozos y huertas, ricas en fruta y con todos los productos necesarios para no tener que buscar nada en el exterior.
Pero el trabajo no ha de hacer que sea olvidada la oración, sino que esfuerzo muscular y súplicas al Altísimo han de ir hermanados. San Basilio, recordando al Apóstol, nos dice que se debe orar y trabajar constantemente. A la mañana, dadas gracias y hecha pública la oración, los monjes impetraban la necesaria agilidad de manos para que, mediante la ayuda divina, la obra redundase en provecho del alma y del cuerpo. Obras de Dios cuando dedos y manos hacen labor material con el pensamiento y la intención puestos en Él.
Las Constituciones de los monasterios basilios españoles ordenan que todos los hermanos concurran a los trabajos y labores de carácter general. Distribución de la tarea mediante módulo de eficacia.
A diario era fijado el precio de la lana a laborar y se distribuía entre coristas y legos, estando ordenado que éstos trabajasen dos terceras partes de lo que cualquier oficial debiera trabajar, y aquéllos una cuarta parte menos que los legos.
Ordenación del trabajo, que quedaba comprendida dentro de las ordenaciones disciplinarias. Disciplina y buen orden monástico. Regulación de cuantos extremos pudieran afluir a la relajación. San Pacomio ordena en sus Reglas que ningún monje ose comer fuera del orden disciplinario uvas o espigas no maduras o granadas. Que de nada de cuanto hay en los campos y en los manzanos comiese un monje apartado de los demás hermanos. Presentación común de los alimentos para que todos en unión los consumiesen.
El abad era el único que quedaba exento de trabajar manualmente porque, según las Reglas de San Aureliano, era más conveniente que se dedicase al estudio, mediante el que, a diario, podía enseñar y amaestrar a los otros monjes.
Organización modelo la de los antiguos monasterios, donde se desarrollaba en perfección la comunidad de pensamientos y de labores. En el recoleto apartamiento, la busca de luces para el alma, la práctica del bien, la superación de lo humano...
San Fructuoso ordenó que en primavera y en verano comunicase el prepósito a los decanos, una vez dicha la oración de prima, cuál trabajo había que realizar. Los decanos lo participaban a los hermanos, y éstos, provistos de las herramientas, decían la oración en común. Terminada ésta marchaban rezando hacia el lugar de trabajo. A tercia volvían hacía la iglesia para la oración correspondiente. Después de rezada la nona, si las necesidades del trabajo lo exigían, se volvía a la labor hasta el oficio de duodécima. En otoño y en invierno se leía hasta tercia y se realizaba el trabajo hasta nona.
Trabajo que no permite sino la completa dedicación, también de orden espiritual. San Fructuoso recomendaba que durante las horas de labor no se dijesen cuentos ni se dieran a risas o a juegos, sino que todos se entregaran a la oración mental. Uno de los hermanos, libre de ocupación y buen lector, debía leer durante las segundas tres horas de trabajo. El silencio como ideal en los monasterios. Las Constituciones benedictinas españolas lo tienen por insuperable. A este respecto son notables las de San Millán de la Cogolla, que indican las seña les por las cuales habían de entenderse entre sí los monjes.
Los monjes no podían ostentar ropas lujosas ni calzado que recogiese excesivamente prieto el pie. Razones espirituales en el consejo de sobriedad, como en el que se refería a los olores delicados, para ellos proscritos. Los benedictinos, además de las dos túnicas obligatorias, debían tener dos cucullas (tocado que cubría la cabeza y nuca) y un escapulario para el trabajo (especie de casulla que llegaba hasta la cintura, con medias mangas para que los brazos quedasen libres).
Los bienes de monasterio, tanto si eran fruto del trabajo como procedentes de donaciones, merecieron siempre el máximo cuidado. El mismo custodio de las herramientas guardaba en arcas los bienes que eran susceptibles de ser conservados en ellas. Bien provistos de bienes los monasterios españoles de las primeras centurias de la Edad Media, la Congregación vallisoletana dedicó gran parte de sus estatutos al gobierno, administración y garantía de bienes y haciendas. De la administración se encargaban depositarios y mayordomos. Las enajenaciones de bienes raíces debía autorizarlas el padre general previa consulta a los padres del Consejo.
DOCTRINA DE SAN ISIDORO
En la directriz de San Benito, la obra de San Isidoro, nuestro máximo sabio medieval, va impregnada de un gran espíritu de reforma. El que lanzó sus anatemas sobre la casta de los falsos monjes, los circunceliones, comprendía que la vida del que se recluía en un monasterio era lucha contra todos los pecados capitales. Se ha dicho que el monasterio de este santo era campamento de gimnasia espiritual, a la vez que casa de la oración y del trabajo. Y lo poético en acentuación al paso de las horas en la quietud monacal. La austeridad de vida peraltada en continuidad, pese a la riqueza que el monasterio pudiera encerrar. Porque cuanto adquiere un monje no lo adquiere para sí, sino para el monasterio.
En la Regla de San Isidoro se ve latente su espíritu de reforma, la evolución de la legislación monástica. Su sistematización de tradiciones y de costumbres va destinada a que todos conozcan cuáles son sus obligaciones para la mejor disposición de vida. Llevando por guía a San Pacomio, él desarrolla sus prescripciones, en las que no puede frenar el torrente de su saber ni la grandeza de su estilo. Y, pese a su propósito de remansarse en lo rústico y plebeyo, su estilo se desborda en grandeza al regular la vida en el monasterio, al prescribir obligaciones a esos monjes que han de someterse a la convivencia y austeridad debida y no buscar la reclusión en una celda, porque esto les llevaría a la constante ociosidad, a la vanagloria y, acaso también, a caer en el vicio.
El abad como ejemplo en el monasterio, que prescribe y norma reglas y conductas. En su vida debe ofrecer a los monjes el modelo a seguir y con su perfección observante demostrará que antes de ordenar cumple. Que siempre es eficaz el no ordenar cosa alguna que no haya sido practicada con anterioridad por el ordenador. Ha de emplear el abad el mayor tacto en sus subordinados, animando y exhortando a cada uno de ellos según su temperamento y necesidades. Ante todo, justicia escueta para con sus súbditos, desprendiéndose de todo prejuicio o incitación que pudiera valorar falsamente la acción o conducta sometida a su discriminación.
Al frente de los religiosos operarios el prepósito, prior y procurador, quien distribuye el trabajo, ordena a siervos y familiares, administra los bienes del monasterio y ostenta la representación de los derechos a ellos referentes ante los Tribunales. A sus órdenes queda el celario o despensero de provisiones.
Afianza San Isidoro el mandato de que el monje sea modesto en el vestir. No puede invocar su castidad aquel que adorna su carne y tiene un andar desenvuelto. Pero los hábitos no han de ser demasiado mezquinos "para que no engendren tristeza en el corazón ni sean incentivo a la soberbia".
En su monasterio se tocaba a maitines a la medianoche. Rezos durante más de una hora, para volver al lecho hasta el amanecido, en que se volvía al coro. Durante el día la salmodia alternaba con el trabajo, A las nueve, a las doce, a las tres y a las seis el campanil anunciaba tercia, sexta, nona y vísperas. A poco de ponerse el sol, tañido de completas. Se perdonaban los monjes con el ósculo de paz, absolvía el superior y, luego de la despedida, marchaban cantando hacia el descanso. El resto de las horas del día lo pasaban en el trabajo, pues "el que llega al monasterio no va para hacer el vago y comer a costa de los otros, sino a trabajar rudamente".
LA RUTA ESPIRITUAL
La hermana agua influyendo en la determinación del monasterio. El agua que ha de fecundar bancales sobre los que el monje realizará el ideal de trabajo en beneficio de la comunidad. Imperativos de los preceptos del Códice: "Vivamos como si hubiéramos de morir esta misma noche. Trabajemos como si hubiéramos de vivir eternamente". Trabajo en alternativa con el goce de la lectura, que guía por rutas espirituales cuando no contrarresta el efecto de la oración. Señorío del espíritu.
La Iglesia se supera de influjo con el Monacato y la cogulla monacal es en España signo de creación. La sociedad medieval recibe de los monjes dirección y enseñanza, aliento y estímulo. El monasterio coloniza, abre cauces al trabajo, conserva y difunde la cultura. Monjes blancos de San Bernardo y monjes negros de San Benito coinciden, creadores, en beneficio de los núcleos sociales que se forman en torno al monasterio o se encentan hacia la prosperidad al consejo de quienes bendicen y capacitan.
Guerreros y monjes en actividades conjuntas de creación y de asentamiento. A veces, el monje se trueca en guerrero o se da a Ordenes en que la oración ha de "acompañarse con el grito de guerra". La ruta espiritual se abre entre chocar de hierros y resonar de la trompetería. El caudillo lleva en su cohorte religiosos que, apenas sosegadas las cabalgaduras, toman posesión de la tierra propicia y trazan los planos de los cenobios, de los monasterios.
Desde la raya galaica el empenachado de torres, nuncio de la constitución y funcionamiento del monasterio. Colmada de nombres gloriosos, con eco en la Historia, la lista: Santo Tomás, en Avila; Oña, Fresdeval, San Quirce, San Pedro de Cardeña, San Pedro de Arlanza, Santo Domingo de Silos, en Burgos; Husillos y San Zoilo de Carrión, en Palencia; Escalada, Sahagún y Eslanza, en León; Santa María del Parral, en Segovia; San Juan del Duero, en Soria; Moreruela, en Zamora... Y tantos otros como van jalonando rutas terrestres y celestiales.
El monje que trabaja en la huerta y tiene prescritas sus obligaciones para con los frutos y para con las plantas, labora igualmente en el scriptorium en recobro de la cultura y en su afianzamiento. Los períodos clásicos conservados por los calígrafos, iluminadores, miniaturistas. Superación científica y artística. Copistas de la sabiduría contenida en la Patrística; de la Historia, la Filosofía y la Poesía clásicas. Y de la nueva cultura creada mediante el acervo de Grecia y de Roma. Y del Oriente. Conservación en toda su pureza de esos legados formativos. El oro y el minio resaltando la valía de los textos. Ruta espiritual que prolonga el monasterio depositario de la cultura y del arte; del trabajo que exige pericia técnica y de aquel otro en que la inteligencia no precisa excesiva redituación.
ARQUITECTURA Y LITURGIA
La vida monástica genera toda una arquitectura que, con su variedad ornamental, quedará por los siglos como permanente oración que supla la circunstancialidad de las preces humanas. Naves majestuosas cuya penumbra acentúa la grandiosidad de la oración, por las que cruzan los monjes con abstracción de todo lo humano. Arcadas que se trenzan en finuras de la crucería, resaltando la levedad del columnario. Tracería de las dovelas, de las ménsulas, de los capiteles, de las girolas. Policromía de los vitrales... Por entre ellos, la voz plena de seguridades que nos reitera la nada de lo humano:
"Toda carne es heno, toda su gloria como flor del campo. Se secó el heno y cayó la flor... Pero la palabra del Señor permanece eternamente..."
A la excelsitud de la doctrina, la grandiosidad de los templos en donde esa doctrina ha de ser reiterada. La arquitectura unida a la liturgia en alabanza de la Divinidad. Desde el foco cosmopolita de Santiago de Compostela a las influencias mozárabes; desde la pureza del románico a la transición propagada por el Cister, los estilos conjuntan sus particularidades ornamentales, sus principios constructivos. De la grandiosidad de los monasterios medievales alzados en territorio español presentaremos algunos testimonios en este trabajo. Bastarán como indicativo de lo que fue el tesoro monacal español.
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