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Tema: Textos de Juan María Bordaberry

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    Textos de Juan María Bordaberry

    HONOR AL CARLISMO

    Por Juan María Bordaberry

    Los principios políticos de derecho natural son —como en todos los órdenes— por naturales, los primeros. Y así como la naturaleza le es dada al hombre para su bien, no siendo lícito contrariarla, así puede estudiar el orden político natural y adaptarlo a nuevos tiempos y circunstancias, pero no contrariarlo ni mucho menos sustituirlo negando su origen divino. «La naturaleza es la obra del Creador», enseña Sánchez Agesta, «y, por consiguiente, afirmar de un fenómeno que es “natural”, esto es, adecuado a los seres creados, vale tanto como decir que tiene su fundamento en Dios»[1].

    León XIII, no obstante reafirmar la potestad divina en el origen y desarrollo de la organización social, se preocupa por ilustrar su fundamento en la razón «... a fin de que hasta quienes a la razón tienen por guía, se vean forzados a admitirla como verdadera». Así recuerda cómo la ley natural «impulsa a los hombres a reunirse en sociedad», como lo demuestran «con la mayor evidencia la facultad de hablar, exclusiva del hombre, tan eficaz en las relaciones sociales» y «la multiplicidad de anhelos que nacen con nosotros y tantas y tantas necesidades de primer orden, que quedarían insatisfechas en el estado de aislamiento y que se cumplen en sociedad»[2].

    Sobre los principios cristianos del orden político se formó lo que llamamos sociedad occidental y cristiana, de cuya cultura somos tributarios y herederos. Fue un largo proceso —no podía ser de otra manera— con guerras, invasiones, herejías, pero también santos, sabios, reyes y caballeros cristianos, que rescataron a través de tiempos de turbulencia la cultura y la organización política de Roma, que estuvieron a punto de perderse y que, enriquecidas con la Fe, pudieron atravesar tiempos oscuros y crecer con nueva savia en el universo europeo.

    Ese fue el tiempo de forja de la civilización de la Cristiandad: allí se luchó para su defensa y consolidación y por lo hecho entonces puede decir Belloc, para confortar nuestras almas sacudidas por la mentira de la versión modernista de la Historia, que fue «cuando floreció la auténtica Edad Media, alcanzando quizá el punto más alto de nuestra raza», «una civilización, la más alta y mejor de cuantas recuerda la historia: la civilización de la Cristiandad» [3].

    Belloc ubica ese tiempo ejemplar en los siglos XI, XII y XIII. No desdeña sin embargo el tiempo anterior, más duro, más de prueba. Hay en él —entre muchos— dos hechos que interesa señalar: el bautismo de Clodoveo en Reims, en 488 o 489, y el Concilio III de Toledo en 589.

    Se puede marcar una diferencia apreciable entre estos hechos, siendo ambos decisivos para la afirmación de la sociedad cristiana. Clodoveo, viniendo del paganismo, se convierte al cristianismo, sin pasar por la herejía arriana, de la cual estaba geográficamente distante. Desde allí parte a conquistar para la Cristiandad buena parte de lo que luego conformó Francia. La ley Sálica, que fue la base de la Constitución francesa, invoca a Cristo, le pide que guarde el reino de los francos y que dirija a los que gobiernan por el camino de piedad. Dios, Patria y Rey, invocados por un pueblo que acaba de llegar del paganismo.

    La ley sálica fue la Constitución francesa hasta 1789, cuando fue despedazada por la Asamblea nacional y sustituida por la Declaración de los Derechos del Hombre que, al decir de Henry Coston, «abre Francia a los vagabundos del universo entero»[4].

    El Concilio III de Toledo, también decisivo para la formación de la Europa Cristiana, fue, no obstante, distinto. España ya existía, poblada por hispano romanos y habiendo sido una distinguida provincia de Roma, a la que dio hijos preclaros. Invadida y conquistada por los visigodos, convertidos al arrianismo, se mantuvo en ella lo que J. Orlandis,[5] —a quien seguimos en este rápido resumen de los antecedentes de la Civilización de la Cristiandad— llama el dualismo entre las poblaciones provinciales romanas y los minoritarios grupos germánicos. Dualismo étnico, religioso y social, considerado como principio político fundamental por los constructores de los reinos barbáricos de Occidente.

    Leovigildo, padre de Recaredo, ya concibió el revolucionario proyecto de poner fin al dualismo, haciendo de las dos poblaciones hispanas —goda y romana— un solo pueblo. Así promovió la unidad territorial mediante la sumisión de todas ellas a la monarquía toledana y anexando el reino suevo de Galicia. Igualmente promovió la unidad social, derogando la ley que prohibía los matrimonios mixtos. Faltaba no obstante, la unidad religiosa, en lo que fracasó al querer hacerla bajo el signo arriano.

    Fue en el Concilio III de Toledo que la Iglesia recibe a los arrianos germánicos y, bajo Recaredo, conduce a España a la unidad religiosa y a la unidad nacional. Dos puntos más a destacar: la legislación del siglo VII habla de patria o gothorum patria, y la unidad de los pueblos de España, a partir de allí, se expresa en la sentencia una fides, unum regnum. Todavía en el siglo XVI los españoles compartían el juicio del Concilio III de Toledo diciendo que «es indigno que un príncipe de fe ortodoxa tenga bajo su cetro a súbditos sacrílegos».

    Todo ello bajo una Monarquía, que asegura la unidad nacional, una Fe y una Patria.

    La agresión

    Nunca me gustó llamar Edad Media a este período histórico, ni a la primera parte, heroica y hazañosa bajo el estandarte de la Fe, ni a la segunda, fecunda y testimonial de la Verdad. No necesita demostración afirmar que la calificación vino después, y no es osado pensar que su origen está en la intención de disminuir sus valores insuperables porque pocas veces uno se detiene a pensar ¿media entre qué? Sin duda, “media” entre la civilización greco romana, con todos sus valores pero pagana, y el “Renacimiento”, inicio del retorno al humanismo pagano.

    Así se usa hoy con naturalidad como peyorativo y condenatorio el término “medieval”, sinónimo aparentemente inmodificable de atraso cuando no de maldad e ignorancia. No está demás señalar que la condena recae especialmente sobre el medioevo católico, sobre el cual, además, no se instruye con seriedad y profundidad a las nuevas generaciones, que sólo oyen la condena a un tiempo difuso y desdeñable por su atraso y barbarie. «Si a un medievalista se le metiera en la cabeza componer una antología de disparates sobre el tema, la vida cotidiana le ofrecería materia más que suficiente», dice Régine Pernoud[6].

    La Civilización de la Cristiandad, —como la llama Belloc: no Edad Media— entra en un lento declive. Todavía aparecen figuras como Isabel de Castilla, inmensa en la proyección histórica del cristianismo y de España, ejemplo de Reina católica, verdadera Sierva de Dios en todos sus actos, ya fueran públicos o personales. Que no podamos venerarla en los altares, especialmente españoles e hispanoamericanos, resulta una omisión difícil de explicar.

    No es posible extenderse en todos los factores que convergen para producir esa declinación, porque ellos conforman la historia de la Edad Moderna hacia la herejía. España surcaba los mares y conquistaba tierras llevando su cultura y con ella la Fe. Su sabia y cristiana conducta con los conquistados, convertidos al catolicismo y súbditos españoles, llevó su Imperio hasta límites de grandeza, contrastando con las exploraciones y ocupaciones inglesas , que sólo buscaban riquezas y exterminaron los pueblos conquistados.

    La misma grandeza del Imperio estimuló la conspiración contra él, saboteada su defensa por traidores como Riego, su autoridad por la invasión napoleónica, por la difusión de las ideas de la revolución y la debilidad de Fernando VII. La masonería inglesa fue decisiva en el desmembramiento de Hispanoamérica en repúblicas que hoy ostentan símbolos que lo delatan: soles, triángulos, estrellas, etc. Los invasores ingleses de 1807 entraron en la plaza de Montevideo por una brecha abierta en el muro sudeste de la ciudad. Por el lugar donde corría el muro corre hoy una pequeña calle que se llama: ¡Brecha! Nuestra ciudad homenajea el punto por donde la rapacería y la impiedad entraron en una ciudad española y católica.

    La Reforma protestante, la Revolución francesa y el desmembramiento del Imperio español terminaron con lo que alguna vez se llamó Civilización Cristiana. Las sociedades, sin embargo, los hombres individualmente, siguieron siendo cristianos. Los valores como la Fe, la convivencia social en torno a la familia, la búsqueda del bien común que libere al hombre hacia inquietudes superiores que hacen a su vida eterna, en fin, todo lo que durante siglos había sido considerado como lo bueno, no podía erradicarse por las armas. Las acciones dirigidas a conquistar no ya el dominio material sino el de las almas descorren el velo y dejan ver la motivación hasta entonces oculta a las sencillas almas cristianas: ¡la rebelión contra Dios!

    La rebelión y sus tropiezos

    La revolución contra Dios parte de la proclamación del liberalismo para el que, como señala Widow, la libertad no se define positivamente sino que se explica como ausencia de coacción sobre el individuo[7]. En esta proclamación está la semilla de las revoluciones modernas, puesto que si cada hombre es libre de pensar lo que su razón le indique, ha de reconocer este derecho en los demás. Pero en esta apertura al camino de las disensiones no hemos de ver solamente errores nacidos de la soberbia de algunos hombres. Por lo contrario, un designio diabólico provoca a los hombres para hacerles abandonar la unidad que nace del apego común a la Verdad. Cuesta explicarse sólo por errores o debilidades humanas un cambio de signo tan radicalmente opuesto.

    Más aún, el origen intemporal de la maldad es mucho más apreciable desde nuestra perspectiva, cuatro siglos después. Y ello es así porque entonces no sólo ocurrió el rechazo de Dios Nuestro Señor, sino que se inició un proceso de apropiación indebida de las virtudes de una sociedad cristiana, atribuyéndolas a los principios heréticos que se proclamaron. Así vemos como nuestro tiempo cree que existe una utopía llamada democracia, que sería el origen y la portadora de aquellos valores: la autoridad, la búsqueda del bien común, la libertad responsable, la vida, la familia, la propiedad, la paz. Las sociedades occidentales modernas siguen siendo cristianas en sus costumbres y en sus ansias, pero se les ha hecho creer que la vigencia de unas y la satisfacción de otras no vienen de Dios, sino que están en aquélla utopía que, como tal, no se alcanza. Pero a alguien hay que culpar.

    «Es un problema metafísico formidable», dice Marcel Clement, «porque si no se cree en la existencia de Dios, y no se cree en la existencia del enemigo de Dios, y se cree a pesar de ello en la existencia del mal, la consecuencia es implacable: no teniendo el mal su fuente fuera del hombre, la tiene en el hombre. Sea lo que fuera, habrá que ubicar el mal en el hombre»[8].

    Por esta causa, las sociedades diseñadas por el arbitrio inestable del hombre caen frecuentemente en puntos críticos que, cuando llegan a ser insoportables, a falta de Dios, no tienen doctrina que les dé esperanza. La doctrina cristiana ya no es opción política: es una concepción trasnochada. Sin embargo sus principios políticos cristianos son tozudos. Ernesto La Orden Miracle dice, comentando la crisis terminal del Uruguay en la segunda mitad del siglo XIX: «Parecía que no podía llegar más lejos el derrumbe del Estado. (...) Era la hora de las supremas decisiones, esa hora que en el Uruguay, como en todas partes, tiene que ser la hora del sable»[9].

    Llegado el punto crítico las sociedades modernas, cristianas en sus costumbres pero huérfanas de doctrina, se vuelven a lo único que queda de ella: la autoridad legítima. No caigamos en la ingenuidad de suponer que el conjunto inorgánico de una sociedad democrática, por más que lo desee, tiene capacidad y medios para llamar en su auxilio a la Fuerza militar. Son las misma logias masónicas las que, viendo en riesgo el prestigio de su designio revolucionario, se encargan de ello. Y no es ociosa esta consideración porque cuando las virtudes militares prevalecen y restablecen el orden, son responsabilizadas luego por haber actuado contra las instituciones. Y como las Fuerzas Armadas, a su vez, tampoco tienen doctrina, son fácil presa de las logias.

    El siglo XX es pródigo en ejemplos de este proceso que se repite. El General Miguel Primo de Rivera, de cuyos actos de gobierno nadie duda en cuanto a su patriótica inspiración y benéficos efectos para España, empieza su gestión diciendo: «Ha llegado para nosotros el momento más temido que esperado (porque hubiéramos querido vivir siempre en la legalidad y que ella rigiera sin interrupción la vida española) ....» [10] Esto está dicho en la primera frase de su primer discurso, dado en Barcelona el 12 de setiembre de 1923. Su primer paso es afirmar que está fuera de la legalidad, en lugar de decir que lo ha dado para rescatar la legitimidad natural. Es fácil para nosotros, ochenta años después, advertir esta contradicción y seguramente también hubiéramos caído en ella, puestos en su lugar. Pero hoy es también nuestro deber señalarlo, para ilustración y antecedente de situaciones similares.

    No me quiero extender en detalles del caso del General Boulanger, en París, donde tuvo la oportunidad y todos los apoyos posibles para llegar al Elíseo y no se atrevió a hacerlo, encaminándose a su triste fin. Pero sí interesa el conocido comentario de su contemporáneo Maurice Barrés: «Faut d’une doctrine!».

    Ningún historiador serio niega hoy que Franco, en su interior contrario a la forma republicana de gobierno, anteponía su deber militar a su convicción política y que por eso no aceptó en primera instancia, desde su Comandancia en Canarias, plegarse al movimiento contra el Gobierno. Sabemos también que fue el vil asesinato de Calvo Sotelo, anunciado en las Cortes el día anterior por la “Pasionaria”, lo que le indujo a pensar que no había más solución e inició su histórico viaje en el “Dragon Rapide”.

    A la muerte de Sanjurjo encabezó el rescate de la Fe y de España hasta la victoria. La dirigió luego sabiamente en el tiempo de austeridad y privaciones al que la sometieron las inmediatas consecuencias de la guerra y el aislamiento vengativo de las potencias masónicas derrotadas. Su testamento, serio y conmovedor, demuestra la firmeza de la fe que rigió su vida toda.

    Sin embargo, tampoco él consiguió restaurar una sociedad políticamente cristiana. ¿Lo intentó ? Hemos de pensar que sí. No podemos creer que admitiera como posible que Juan Carlos no honrara su juramento ni que España empezara a mirar por sobre los Pirineos y no en su historia, para ver lo que debía hacer. Pero lo que sí parece es que la sociedad española, ya en los últimos tiempos de Franco, no había dejado de ser cristiana pero ya se había convertido a la democracia, lo que —habida cuenta de que son extremos contradictorios y excluyentes— dejaba adivinar el punto de llegada. Y esto ocurrió porque España ya estaba minada, ya había dejado de ser el seguro refugio de la Fe que fue en tiempo de Carlos V y Felipe II y en las primeras décadas siguientes a 1939. Lo demás fue fácil: una democracia más, con un Rey que sólo tiene resonancia en las revistas frívolas y un revisionismo inescrupulosamente condenatorio de la figura de Franco y la Cruzada.

    A Franco, con todo el respeto que me merece su figura, y en mi distante opinión, le faltó consolidar la doctrina política cristiana, no en sus sucesores y en 1970, cuando España, junto con la prosperidad material, o tal vez por causa de ella, ya estaba infiltrada, sino en toda la sociedad española en las décadas del 50 y especialmente del 60. Nada fácil, esto último, en una nación que desde Isabel la Católica y Felipe II fue defensora del Papa, más papista que el Papa, según enseña la historia.

    Los últimos años de la ilustre vida del Mariscal Pétain fueron también ejemplo de lo que vengo diciendo. El Frente Popular masónico había desguarnecido a Francia, no ya de armamentos sino de fuerza moral para enfrentar a un enemigo al que le sobraba. Cuando se produce la debacle, el gobierno se traslada a Vichy, y allí la Asamblea nacional pone fin a la III República y da plenos poderes a Pétain. Sí, para los que interpretan la historia haciendo caer todo en los moldes previos de lo políticamente correcto, Pétain no se apoderó del gobierno: le fue dado en tiempo de crisis, por la Asamblea. Terminada la guerra es juzgado por traición por los mismos que lo habían llamado. En el juicio anunció que hablaría una sola vez y no contestaría ninguna pregunta. Todo su discurso es memorable, lapidario y uno de los más nobles de la historia de Francia, según Fernández de la Mora. Extraigo este párrafo: «En el día más trágico de la Historia de nuevo (Francia) se volvió hacia mí. Nada pedí, nada deseaba. Se me ha suplicado venir, he venido. Me convertí así en el heredero de una catástrofe de la cual yo no era autor. Los verdaderos responsables se abrigaron detrás de mí para evitar la cólera del pueblo. Cuando solicité el armisticio, de acuerdo con nuestros jefes militares realicé un acto necesario y salvador. Sí, el armisticio ha salvado a Francia y contribuyó a la victoria de los aliados asegurando un Mediterráneo libre y la integridad del Imperio. El poder me fue dado legítimamente y fue reconocido por todos los países del mundo, desde la Santa Sede hasta la URSS.” “...no he cedido nada esencial para la existencia de la Patria. Al contrario, durante cuatro años, gracias a mi actuación he mantenido Francia, he asegurado la vida y el pan de los franceses y he garantizado a nuestros prisioneros el sostén de la Nación. La Historia dirá todo lo que os he evitado en tanto mis adversarios sólo pensaban en reprocharme lo inevitable»[11].

    Pétain intentó reformar el sistema político y social francés, volviendo a los principios naturales y cristianos, lo que obviamente no pudo llevar a cabo en esas condiciones. Pero es otro caso y también, como Franco, con resonancias históricas, en al cual la masonería, contrariando esos principios, lleva a un país al caos y recurre a la espada para su salvación, para condenarla luego.

    Chile, Uruguay y Argentina, en ese orden, fueron víctimas de la agresión revolucionaria anunciada por Fidel Castro desde Cuba. Los tres necesitaron de las Fuerzas Armadas para repeler y vencer la agresión, al menos transitoriamente.

    En Chile, pese a la inicial Declaración de Principios con que la Junta Militar de Gobierno inicia su gestión, que proclama los principios cristianos, y habiendo rescatado y reorganizado la sociedad agredida en base a esos principios de autoridad, de paz, de defensa de la vida, de la familia, de la subsidiariedad del Estado, llegado el momento de formular la nueva Constitución se recae en el sistema democrático. Tengo para mí que el Presidente Pinochet advirtió que pese al inmenso apoyo popular que le rodeaba, no contaba con el de otros poderes que seguramente le derrotarían. Por eso optó por “comprar tiempo”, alejando la fecha de la entrada en vigencia de la Constitución. Pero la Revolución es paciente y tiene una estrategia sin tiempo: finalmente Chile cae, el propio Pinochet es juzgado, así como otros oficiales, y la esperanza de consagración de una sociedad cristiana desaparece.

    En 1979 fui invitado, junto con personalidades de más relevancia académica que yo, a participar en una serie de conferencias en la Universidad de Chile, dentro de un movimiento de estudios dirigidos a formular la organización política del país. Uno de los participantes era un francés, el Profesor Alain de Lacoste-Lareymondie, miembro del Consejo de Estado en Francia. No puedo olvidar una esplendorosa mañana en que caminábamos conversando por las calles del viejo Santiago y viendo grupos de jóvenes estudiantes cruzar en orden la calle, gentes que iban y venían en su ajetreo de trabajo, en fin, la vida de una ciudad en paz, se detuvo y me tomó del brazo para decirme enfáticamente: «¿Porqué quieren cambiar esto? ¿Qué necesidad hay de buscar otra cosa, en lugar de consolidar lo bueno que ya tienen?».

    Él había sido Jefe de Gabinete del General de Lattre de Tassigny en Indochina y del General Salan en Argelia. Sabía lo que decía y sabía hacia dónde conduciría el intento de conciliar la democracia con la autoridad.

    En su conferencia insiste en estos conceptos: «La autoridad es muy difícil de construir y de mantener. La Historia del mundo está llena, pero mucho más llena de siglos de anarquía y de desorden que de regímenes autoritarios. (....) La Autoridad en el Estado es necesaria, en todos los campos, y hay que preservarla»[12].

    Argentina pasó por iguales vicisitudes. Fue agredida por la revolución, llamó a la fuerza legítima de Defensa del Estado, la Fuerza Armada, le ordenó combatir y repeler al agresor. Sus problemas internos obligaron a las Fuerzas Armadas a tomar el poder, lo que hicieron como un acto de servicio, como se advierte al comprobar que los Presidentes son los sucesivos Comandantes del Ejército, que dejan su cargo cuando termina el militar. Tampoco cambiaron el sistema político y entregaron lisa y llanamente el poder, con lo que se desató una implacable serie de juicios en su contra.

    Uruguay siguió el mismo proceso, con una diferencia: desde mi cargo de Presidente de la República pude advertir, providencialmente por cierto, hacia dónde nos llevaría el restablecimiento de la democracia. Propuse la modificación del orden político consolidando constitucionalmente la situación existente que, en los hechos, estaba asentada en los principios cristianos que habían aflorado naturalmente

    Es notorio que mi intento fracasó, rechazado por los mandos militares masones y —no tengo duda— con el secreto apoyo de los partidos políticos, de igual signo filosófico.

    Conclusiones

    Me he entretenido bastante en la referencia a estas situaciones históricas con el propósito de fundar en los hechos la afirmación anterior: hay un designio —que sólo puede provenir del Mal— en presentarse a los ojos de los hombres como el Bien que se pretende desplazar. El Bien es lo natural, como se dice al inicio, porque es obra del Creador. Cuando las construcciones artificiales humanas fracasan, el Bien, lo bueno, aquello que construyó la civilización de la cristiandad, resurge solo, como brota el agua de un manantial que se pretendiera cegar.

    Es un testimonio demasiado fuerte de la Verdad como para que sus enemigos lo admitan : para ello se apropian de las virtudes de la sociedad cristiana y natural y se las atribuyen a la democracia sufragista, a la falacia de la voluntad general.

    La fortaleza en la Fe, la intransigencia en la defensa de la integridad de la Revelación, el rechazo sin concesiones del error, hoy se llaman fundamentalismo cuando no fanatismo. Sin la coraza de esos principios, el hombre moderno es fácil presa del mal. La vocación de dominio total de la rebelión la reconoce Jaurès con la arrogancia del vencedor: «El pensamiento francés había adquirido la conciencia de su grandeza y quería aplicar a la realidad entera, a la sociedad como a la naturaleza, sus métodos de análisis y deducción (...) el pensamiento alcanzaba la conciencia del universo»[13]. He aquí la repuesta a Coston cuando se pregunta porqué Francia tenía que ocuparse de los derechos de todos los bípedos de la creación: es por eso, por la vocación universalista de la revolución, que quiere destruir el universo cristiano.

    La inmensidad de la agresión da grandeza a la resistencia carlista. Cuando Carlos V, primero de la dinastía carlista, se levanta contra la abolición de la Ley Sálica que le privaba de su derecho, no lo hace solo defendiendo éste: lo hace defendiendo la España católica. Todas las desgracias que para España vinieron después, hasta hoy, nacieron allí y para impedirlas se levantó el carlismo. Quiso impedir que España dejara de ser España.

    Al cabo de sus fuerzas, Carlos VII deja la lucha militar pero mantiene la defensa de los principios, que si se han salvado lo han sido por el carlismo. «Lo que del naufragio se ha salvado, lo salvamos nosotros, que no ellos; lo salvamos contra su voluntad y a costa de nuestras energías»[14].

    Gracias a él, en España e Hispanoamérica unidas se pueden mantener los estandartes en alto. Honor al carlismo y deuda de gratitud con él.


    [1] Luis Sánchez Agesta, “Los principios cristianos del orden político”– Instituto de Estudios Políticos – Madrid 1972, pág. 142.

    [2] León XIII, “Diuturnum Illud” (11)

    [3] Hillaire Belloc, “La crisis de nuestra civilización” – Editorial Sudamericana, Buenos Aires, pág. 76.

    [4] Henry Coston, “La guerre de cent ans des sociétés secrètes” – Publications Henry Coston, Paris 1993, pág. 11.: «... remplacé par la Declaration de Droits de l’Homme, qui ouvre la France aux vagabonds de l’univers entier».

    [5] J. Orlandis, “La proyección del Concilio III de Toledo” – Razón Española Nº 36, Madrid, 1989, págs. 7 en adelante.

    [6] Régine Pernoud, “Para acabar con la Edad Media” – Éditions du Seuil, Paris, 1999.

    [7] Juan A. Widow, “El hombre, animal político” – Editorial Universitaria S.A., Santiago de Chile, 1984, pág. 188.

    [8] Marcel Clement, “La apertura cristiana al mundo y la dialéctica izquierda contra derecha” – Barreiro y Ramos, Montevideo, 1974, pág. l5.

    [9] Ernesto La Orden Miracle, “Uruguay, benjamín de España” – Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1949, pág. 112.

    [10] Transcripto por Fernando Díaz Plaja en “La Historia de España en sus documentos” (2da. parte) – Plaza y Janés, Barcelona, 1971, pág. 85.

    [11] Revista “Historia” – Nº 285, Agosto de 1970, pág. 42.

    [12] Alain de Lacoste-Lareymondie, “La Constitución Contemporánea” – Publicación de la Universidad de Chile, Santiago de Chile, 1980, págs. 103 y 104.

    [13] Jean Jaurés, “Causas de la Revolución Francesa” – Grijalbo, Barcelona, 1979, pág. 39.

    [14] Del «Testamento político de Carlos VII»

  2. #2
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    Respuesta: Textos de Juan María Bordaberry

    VIGENCIA DE LA HISPANIDAD

    Por Juan María Bordaberry - Febrero de 2003

    En sus “Memorias”, Gonzalo Fernández de la Mora evoca un expresivo episodio de los tantos que jalonaron su vida excepcional y multifacética. En ocasión de representar a España en Bolivia en fecha especial, coincidió con él Carlos Andrés Pérez, suscitándose el incidente que narra así: “El Presidente venezolano Carlos Andrés Pérez representó su país en los actos de sexquicentenario de la independencia de Bolivia. Coincidí con él varias veces. Era corpulento y tenía el aire de un patán. Hablaba a voces y con ademanes grandilocuen-tes Siempre sudoroso, no perdía ocasión para pronunciar discursos, que eran una especie de soflamas dirigidas a los amerindios, a los llamaba eufemísticamente “campesinos”. En el aula magna, bellísima, de la Universidad de Santa Cruz, obra de los españoles, tomó fuera de programa la palabra y, arrastrado por su trillada demagogia, deslizó unas inconexas frases sobre el “expolio de Potosí” y otros tópicos de similar vulgaridad. Me levanté para ausentarme, y el Presidente Banzer me pidió que, por favor, permaneciera en el estrado. Lo hice a regañadientes y con ostensible rechazo del orador, que ya había pasado a su tópico favorito, las fulminaciones contra el supuestamente ininterrumpido colonialismo explotador del indígena. Por cierto que todos los presentes eran caucásicos; sólo los dos plantones de la guardia exterior, a los que no llegaba la perorata, tenían sangre indígena. El mensaje no era muy grato para las autoridades locales, que lo soportaban con desdén.

    En la recepción subsiguiente al acto me crucé con él que portaba un par de collares con águilas sobre el prominente pecho. Le miré entre condenatorio y despectivo y, deteniendo el cortejo de sus ministros, me propinó, envalentonado:

    - ¿Qué le ha pasado al embajador español?

    - Pues que me ha sorprendido que hable mal de España un señor que utiliza la lengua española y, además, se llama Pérez.”[1]

    Este episodio, que no hay que dudar se haya repetido y se siga repitiendo incontables veces, aunque sin recibir tan ajustada repuesta, nos deja lugar para diferentes apreciaciones. En primer lugar, la insistencia en la leyenda negra que ha oscurecido exitosamente la aventura más admirable emprendida por hombre o Reino alguno en nombre de la Fe. Y con ello, más admirable aún, la conversión de los habitantes de las tierras descubiertas, su elevación a la condición de súbditos de la Corona española con iguales derechos que los peninsulares, y la organización religiosa, política y militar de los inmensos territorios.

    En segundo lugar, y como bien señala Fernández de la Mora, no eran indígenas ni Pérez ni ninguno de los participantes en el acto. La sabia y cristiana política de España había fomentado la integración, estimulando los matrimonios mixtos, abriendo Universidades y Seminarios sin restricciones ni discriminación alguna. Los habitantes de la América precolombina fueron en realidad liberados de la sumisión al inca y al azteca o de la barbarie y si ahora eran súbditos de la Corona española, lo eran a cambio de derechos y obligaciones predeterminadas. Su única sumisión era ahora a Aquel, misericordioso y justo, ante el cual también doblaban su rodilla los Reyes.

    Los habitantes de la costa del Pacífico, sedentarios y más avanzados que los de la costa atlántica, venían de una secular tradición de sometimiento a un poder terrenal sacralizado. superior y absoluto, que sólo imponía obligaciones. Deben haber aceptado sin violencias la condición de súbditos dentro de un sistema que les elevaba a una consideración que nunca habían recibido y hay testimonios de que conservaron su lealtad a la Corona y a la Fe hasta bien avanzadas las rebeliones liberales del siglo XIX . Merece ser recordado el episodio que narra Fernán Altuve-Febres [2] en el que describe el alzamiento monárquico de los indígenas Iquichanos contra el gobierno republicano al que consideraban “infame gobierno de la Patria”. Antonio Navala Huachaca, un nativo que había jurado defender a su Rey y a la Fe Católica, cuyas guerrillas ajusticiaron al Oficial que llevaba los partes de la victoria de Ayacucho a Simón Bolívar, escribió al Prefecto republicano: “Ustedes son mas bien los usurpadores de la Religión, de la Corona y del suelo patrio...”.

    En una sugestiva coincidencia con la Revolución Francesa, la rebelión contra España nació en las clases pudientes, la burguesía, según la terminología revolucionaria, y en los sectores más cultos a los que llegaban las ideas liberales que se diseminaban por la Europa napoleónica. Atribuir a los “criollos” las ideas revolucionarias no hace sino confundir al analista estudioso: los “criollos” eran tan españoles como los peninsulares y si los que se levantaron contra la Corona revestían además la condición de militares no fueron, al menos formalmente, por no entrar en sus conciencias, leales a la Patria que debían defender. Ya nos ha enseñado Bernardo Lozier[3] cómo visionarios como Belgrano y Saavedra advirtieron el camino contrario a la mejor tradición hispánica a que llevaba la revolución. No estaba dirigida a liberar ningún “criollo” español ni a ningún indígena súbdito fiel de la Corona sino que respondía a la misma y oculta pretensión de la “liberté” de 1789: “liberar” al hombre de Dios. Ese es el verdadero y oculto sentido de la frase “Libertad o muerte” que hoy difunde desgraciadamente un pabellón uruguayo.

    Los llamados “indígenas”, ya entonces muchos de ellos mestizos y sobre todo, cristianos y súbditos españoles, nunca sufrieron tanto como cuando triunfaron las revoluciones liberales en la América hispana. Desapareció la organización social que sustentaba el orden, sin el cual no es posible guardar los derechos y, como en todas las revoluciones de los tiempos modernos, se desataron los enfrentamientos entre los propios detentadores del nuevo poder, asentado sobre las arenas movedizas del pensamiento liberal. Los que habían sido integrantes de una sociedad estable y pacífica pasaron a ser víctimas de innumerables guerras intestinas, por motivos la mayoría de las veces inexplicables u ocultos y en las cuales no les quedó más alternativa que ser carne de cañón. Esa fue su liberación.

    La España americana fue despedazada, con la decisiva ayuda de las potencias masónicas de la época, cuya presencia quedó plasmada en los símbolos de los nuevos países: soles, estrellas, triángulos, gorros frigios. Su organización política se apartó de los principios naturales para responder a diseños del laboratorio soberbio de la razón, aunque contrariaran la vocación natural de los pueblos, nacida de su condición de criaturas de Dios. Bolívar llegó a advertirlo y las llamó “repúblicas fantásticas”, desde su exilio temporal en 1812.

    Hispanoamérica quedó inerme. Antes de la revolución, nada separaba a los países surgidos de ella. Los unía la Fe, la tradición, la lengua, la cultura y la organización política, en pie de igualdad con la España peninsular. La fantasía de una guerra de liberación del falso yugo español se fue construyendo con posterioridad por los grupos dirigentes que no buscaban más que la instauración de las nuevas ideas filosóficas, estimulados y apoyados por las potencias europeas que ya las profesaban y que, además, pugnaban por el acceso al comercio de las inmensas riquezas que ahora quedaban desguarnecidas. El verdadero pueblo, el sencillo pueblo, como siempre pasa, no podía llegar a advertir tamaña mistificación. Es revelador leer en Groussac [4] los detalles de la colecta que el infatigable Moreno impulsa para marchar contra Liniers en Córdoba: “...y las hay también más conmovedoras aún que las ofrendas humildes de los negros esclavos para una cruzada de emancipación que no era todavía sino la de los blancos: y son las de los españoles que al enviar sus ahorros a la Junta, formulan votos ingenuos por la causa del Rey ! (pág.373).

    Igualmente, la adhesión humilde y silenciosa para Liniers y sus compañeros, prisioneros, vejados y robados, padeciendo ignominias, en su marcha dolorosa que ellos creen que es hasta Buenos Aires. La noche “...era el momento que aprovechaba algún gaucho para poner estribos a las monturas o alcanzar un paquete de cigarillos a los fumadores; tampoco faltó allí la Verónica legendaria de todos los calvarios, en forma de alguna chinita compasiva que compró con sus ahorros seis pañuelos de algodón, y “bañada en lágrimas” los ofreció a su virrey.” (pág.387)

    Todo termina cuando amanece el día en que ven que ha cambiado su custodia y Liniers pregunta quién es el que manda, advirtiendo de inmediato que ha llegado Castelli con su secretario doctor Rodríguez Peña, que les dieron cuatro horas para preparar sus almas.

    Al violento descaecimiento de la unidad política acompaña el de la Fe. Más lento, por cierto, porque eran sentimientos demasiado arraigados para ser agredidos sin arriesgar lo logrado. Las Constituciones de los nuevos estados cuidaron de recoger en sus textos la declaración del carácter oficial de la Religión Católica. Era la letra, pero entre las convulsiones internas, la influencia creciente de naciones ateas o herejes y la presencia en los cargos directrices de connotados masones, fue quedando cada vez más en eso, en la letra. En Uruguay, bajo de la vigencia formal de ese texto constitucional, se secularizaron los cementerios, se oficializó la enseñanza atea, se retiraron los crucifijos de los hospitales, se legalizó el divorcio y se instituyó el matrimonio civil con la obligación de ser previo al religioso. El Presidente Batlle y Ordóñez, en la ceremonia de asunción de su segunda presidencia, después de haber jurado por Dios Nuestro Señor y por los Santos Evangelios, agregó: “Permitidme que, llenado el requisito constitucional, para mí sin valor, a que acabo de dar cumplimiento, exprese en otra forma el compromiso solemne que contraigo en este instante: Juro por mi honor de hombre y de ciudadano que la justicia, el progreso y el bien de la República, realizados dentro de un estricto cumplimiento de la ley, inspirarán mi más grande y permanente anhelo de gobernante”.[5]

    Todo esto sucedía bajo un texto constitucional que declaraba que la Religión Católica era la Religión oficial lo que recién fue derogado por la Constitución de 1917, después de 87 años de vigencia.

    En Ecuador, mientras tanto, Gabriel García Moreno, presidente católico que había pretendido restaurar la Fe en las instituciones y en la enseñanza , contrariando el oleaje liberal que arrasaba la tradición hispánica en América, caía apuñalado. García Moreno había sido el único gobernante del mundo que hizo llegar su apoyo al S.S.Pío IX, cuando quedó prisionero de los ejércitos liberales de la naciente república italiana.

    Pero estos son episodios; significativos como el desplante de Batlle o trágicos, como la muerte de García Moreno. El verdadero descaecimiento de la Fe en Hispanoamérica viene del dominio y la difusión del pensamiento liberal, por ser el que profesaban las capas dirigentes de la sociedad y que, por tanto, inspiraba sus actos de gobierno, y por la presencia cultural y económica de las nuevas potencias mundiales: la Francia revolucionaria y liberal, con tanta influencia en la nueva cultura, y Gran Bretaña y Estados Unidos, con todo su poder económico.

    España ya no tenía arrestos para el rescate. En 1830, al negar Fernando VII la aplicación de la Ley Sálica y con ello la Corona para Carlos V, abrió el camino a la acción conspirativa del liberalismo negador de los valores de la tradición española; de entre ellos, con especial importancia para ese tiempo, la autoridad de la Corona. La propia España transcurrió el siglo XIX sacudida por los embates liberales y sólo la resistencia carlista demostró la vitalidad de los valores ancestrales.

    Termina el siglo con España tal vez en el punto más bajo de su gloriosa historia: las Cortes liberales, la pérdida total y definitiva de los últimos bastiones de su fenecido Imperio, Cuba, Puerto Rico, Filipinas. Peor aún, la derrota, en dramático contraste, de sus embarcaciones de madera a manos de poderosos buques de hierro, luego de la inmoral farsa del hundimiento del “Maine” en la bahía de La Habana, aún al costo calculado de vidas del propio agresor.

    Nace el nuevo Imperio, inmoral, plutocrático, incapaz de hazañas como la Reconquista o el Descubrimiento, llevadas a cabo con el único soporte de la Fe. Su expansión voraz sólo es posible en base a su portentosa riqueza. Junto con esa expansión material difunde la vida social moderna, hedonista y materialista, nacidos del fatalismo calvinista. Los prodigiosos medios de comunicación le permiten penetrar no ya en los países sino en los hogares, deformando a la juventud, descristianizando a los pueblos los que, a falta de esperanza trascendente, quedan en la brevedad de lo material.

    Lo advierte Chesterton, ¡ en 1926 ! , cuando escribe: “La próxima gran herejía va a ser sencillamente un ataque a la moralidad, y en particular a la moralidad sexual. Ya no viene de algunos socialistas sobrevivientes de la sociedad Fabiana, sino de la exultante energía vital de los ricos resueltos a divertirse por fin, sin Papismo, ni Puritanismo ni Socialismo que los contengan... La locura de mañana no está en Moscú sino mucho más en Manhattan.”[6]

    Los hombres de hoy, despojados de la Fe, se convierten en una nave sin timón que deriva hacia el sueño de la felicidad terrenal. Hasta los teólogos de la liberación pregonan que hay que mirar menos para el Cielo y más hacia la tierra. A veces me conmuevo cuando veo gentes sin esperanza, gente que ha padecido una desgracia –los informativos de televisión lo consideran una noticia – y que piden el resarcimiento a alguien que se supone que tiene lo que han perdido. El mundo de hoy sólo está preparado para aspirar a la felicidad terrenal; no puede aceptar el dolor o el sufrimiento. Como bien dice el P.J.Orlandis, “La aversión al dolor y al sufrimiento corre pareja con la búsqueda de la felicidad. El dolor es un huésped inoportuno de otras edades, que se resiste a abandonar la tierra. (......) El dolor ha sido arrojado ya de muchas de sus posiciones. Ahora es posible dar hombres al mundo sin dolor, morir sin sufrimiento, y adormecer e insensibilizar el espíritu para que no le hieran las adversidades y desgracias de esta vida. Mas a pesar de todo, el dolor sigue existiendo, el hombre topa con él por doquier. Dolor físico y, más aún, dolor moral, sufrimiento del alma, que al carecer de sentido y de valor se convierte en pura condena, en dolor animal y sin esperanza.” [7]

    El Concilio Vaticano II ha sido el motor de esta temporalización del cristianismo. El cristianismo es una Religión, nos re-liga a Dios y por tanto El es lo más importante, lo trascendente de nuestra Fe. En Él está nuestra esperanza, no en la felicidad terrena, cuyo deseo no nos está vedado siempre que sea sin perder de vista que sólo estamos de paso hacia la Eternidad. San Pablo dice: “Si es sólo para esta vida la esperanza que hemos puesto en Cristo, entonces somos los más desventurados de todos los hombres.” (I Cor.XV,19)

    En el mundo en que vivimos puedo adivinar la réplica: es fácil pensar así cuando se tienen más de setenta años. Cierto: cuando yo tenía veinte tenía mucho más temor a la muerte y al sufrimiento que hoy. No es eso lo que quiero expresar; sería negar la naturaleza humana: lo que no puedo es aceptar cómo, en nombre de la libertad de conciencia y del ecumenismo complaciente con las herejías, a los hombres de hoy nadie les recuerda estas cosas; más bien se les hace soñar con la felicidad temporal. Ojalá no hubiera dolor y sufrimiento pero si sobrevienen, nada es peor que afrontarlos sin esperanza.

    Es agredida así la Fe, nuestra Fe, la Fe de nuestros mayores y la que queremos para nuestros hijos. La Fe integérrima, sólida, sin resquicios por los que puedan filtrarse herejías liberales. La Fe de Trento, por la que tanto luchó España.

    Hemos perdido la unidad hispánica, entre nosotros y con España, a la que vemos perder su propia integridad con las autonomías que no son los fueros que vienen desde el fondo de la historia de España y que, respetados por los Reyes, convergían para conformar la Patria y defenderla. Pero conservamos factores de unidad: la lengua, la Fe, que pese a todas las agresiones que está sufriendo, subyace en los pueblos hispano americanos, más cuanto más alejados están de los estratos políticos o plutocráticos.

    Hemos dejado de ser respetados; para el universo nórdico somos un subcontinente atrasado que ponemos en riesgo su bienestar con nuestra tasa de natalidad. Hasta Hollywood tiene un arquetipo: morocho, tez oscura, grandes bigotes. Si es bueno, bajito y bastante tonto, si es malo, corpulento y asesino que normalmente cae bajo las justicieras balas de un rubio. Siempre con el fondo musical de una guitarra. Hemos dejado de ser hispanos: ahora somos latinos, según distinción que, se dice, acuñó Bonaparte.

    No tenemos una cabeza política unificadora como era la monarquía. Decir esto supone quedar de inmediato expuesto a la pregunta socarrona sobre la identidad del candidato. No se trata de eso, desde luego. Se trata de las virtudes de la institución monárquica, con mucho superiores a las de –si es que tiene alguna- la falacia sufragista. La unidad, el antes, el durante y el después que dan continuidad, respeto y enseñanzas de los que fueron y visión de lo quedará a los que vienen. Legitimidad de origen, que podemos aceptar forzadamente que tenga también un gobernante democrático, y legitimidad de ejercicio de la que carece seguramente, pues sigue teniendo legitimidad democrática, haga lo que haga en tanto se ajuste a las leyes. Y digo que acepto “forzadamente” la legitimidad de origen democrática recordando a Bernanos cuando dice que concibe la democracia “como una verdad provisoria, que no dura un minuto más que la mayoría que la ha hecho”.

    La Monarquía tradicional española nunca fue parlamentaria, a la inglesa, ni absoluta, a la francesa. Las leyendas negras diseminadas por la revolución han hecho que se asocie la Monarquía con el absolutismo y éste, desde luego, con la arbitrariedad. La Monarquía española no puede apartarse de su legitimidad de ejercicio, es decir, la defensa de la Fe, el respeto de los Fueros, la unidad de la Patria y la vigencia de la justicia.

    Dios, con la restauración integral de la Fe; Patria, con la reunificación primero en las conciencias y luego en los hechos, de Hispanoamérica y Rey, como retorno a las instituciones naturales de gobierno.

    Es larga y difícil la marcha hacia las fuentes pero tenemos una buena hoja de ruta: el tradicionalismo carlista que si, partiendo de una cuestión en apariencia sólo dinástica, atravesó casi dos siglos para ser la conciencia de España, ha ganado nuestro respeto y nuestra confianza para la empresa.

    Una última consideración, ésta casi personal aún cuando creo que le debe calzar bien a muchos.

    Me ha nacido la inquietud de escribir sobre nuestra identidad pensando en mis hijos y en mis nietos y aún los que vengan después, que ya no veré. Me he preguntado ¿cuál pensarán que es su identidad ? He de hacer lo posible para que piensen que es hispánica, porque de lo contrario, no tienen ninguna. Serían ciudadanos del mundo globalizado, sin principios, sin pasado, sin historia. Hasta la práctica de su Religión se ha protestantizado con el Concilio. El mundo en que viven desdeña lo español. Si con estas ideas –que muchos podrían desarrollar mejor que yo- consigo despertar la inquietud que los separe espiritualmente de la única opción que hoy les ofrece el mundo y que nos es sustancialmente ajena, pensaré que les he hecho un bien y daré gracias a Dios por ello.


    [1] Gonzalo Fernández de la Mora, “Río Arriba”, pág.239. Editorial Planeta, MADRID 1995.

    [2] Fernán Altuve-Febres, “Los últimos estandartes del Rey” en “Razón Española”, Nº 98, pág.314. También en el Boletín Nº11 de la Hermandad Tradicionalista Carlos VII, pág.12.

    [3] Bernardo Lozier:”Belgrano y la opción monárquica”. CUSTODIA DE LA TRADICIÓN HISPÁNICA” setiembre de 2002, pág. 9.

    [4] Paul Groussac: SANTIAGO DE LINIERS, Editorial Americana, Buenos Aires, 1942.

    [5] Carlos Manini Ríos: ANOCHE ME LLAMÓ BATLLE, pág.12. Montevideo, 1970.

    [6] G.K.Chesterton: “EL AMOR O LA FUERZA DEL SINO”, pág.252. Ediciones Rialp S.A., Madrid 1993

    [7] José Orlandis: PERFIL ESPIRITUAL DEL HOMBRE DE NUESTRO TIEMPO. Publicado en números 75 y 76 de “Nuevo Tiempo”, octubre y noviembre de 1960 y recogido en “Historia y Espíritu”, Ediciones Universidad de Navarra, 1975, pág.126.

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    Respuesta: Textos de Juan María Bordaberry

    Entrevista a Juan María Bordaberry

    "Antes del Silencio: Bordaberry, Memorias de un Presidente Uruguayo", editado hace algunos meses en montevideo ha tenido una singular repercusión en el hermano país. La idea de editar sus memorias, sugerida durante la entrevista que realizara Panorama Católico Internacional a fines de 2002, se ha visto así plasmada. El pensamiento político del ex presidente uruguayo y su singular "conversión" desde una postura liberal a una óptica católica de la sociedad y del bien común nos mueven a reeditar la entrevista que en aquel momento realizáramos, resumiendo una larga conversación de más de cuatro horas.

    Siendo el mayor heterodoxo de la partitocracia liberal en un país que le rinde culto público, podemos decir con toda seguridad que Juan María Bordaberry es rara avis en el Uruguay.

    Fuimos a la entrevista munidos de un grueso historial tomado de noticias publicadas en internet. No encontramos una sola laudatoria. Es más, la condena a su persona en los medios de la gran prensa es tan unánime como casi nulas las voces que lo defienden. Nos formamos la imagen de un hombre autoritario, distante, frío. Esta imagen comenzó a desdibujarse cuando un señor maduro, distinguido y de modales muy corteses, solo, sin custodia ni chofer nos recibió en el puerto de Montevideo y en un automóvil que no denotaba ninguna riqueza nos invitó con sencilla cordialidad a almorzar en su casa. Ahí, en el automóvil, comenzamos a conocerlo.

    ¿No tiene problemas en la calle? ¿Cómo lo trata la gente?

    No. En realidad nunca tuve ningún problema. Alguna vez me he cruzado con alguien que me ha puesto mala cara, pero creo que esas veces puedo contarlas con los dedos de la mano. No por eso voy a creer que todos los uruguayos me quieren pero sí que muy pocos tienen mal recuerdo de mí. Más que a los enojados temo a los extrovertidos que me saludan y me expresan sus sentimientos en forma estentórea y llamativa. Por cierto que lo agradezco… simplemente no va con mi carácter el llamar la atención. Los más jóvenes ya no me conocen, pero los uruguayos de mediana edad y los mayores me recuerdan bien.

    Le diré en ese sentido que impresiona cuántas veces me piden entrevistas estudiantes que deben preparar algún trabajo sobre los años setenta. Siempre justifican su pedido diciendo que todo lo que les enseñan y los libros a su alcance son agresivamente contrarios a mí y eso termina produciendo el efecto opuesto: les parece imposible que todo haya sido tan malo como les enseñan. La juventud es inquieta y hurga por la verdad cuando advierte que le dan la historia flechada. He tenido muchas y confortantes charlas con ese motivo. Es que la enseñanza uruguaya masónica y sus programas son totalitarios: toda la historia debe encajar en sus preconceptos ateos.

    Hace poco tuve un pequeño choque con una camioneta con matrícula oficial. Me bajé diciendo a quien bajó del otro vehículo que yo tenía seguro si lo necesitaba (los daños habían sido mínimos) y bueno, ya conozco el gesto: me señaló con el dedo y me dijo " ¿Vd. es...? Antes que siguiera le dije resignadamente "sí, soy" . Entones le empezó a gritar a su compañero… "vení a ver con quien chocamos", mientras me daba la mano efusivamente. El pueblo uruguayo que recuerda sin interferencias maliciosas aquellos años, recuerda una época de paz, estable y tranquila, en la que se pudo terminar con problemas muy graves.

    -Su casa es un departamento señorial, muy amplio, sin lujos y lleno de recuerdos. Nos muestra Montevideo desde su balcón. Nos cuenta anécdotas y recuerdos.

    ¿Cómo empezó su carrera política?

    No puedo decir que haya tenido una carrera política ni mucho menos que ella hubiera tenido un inicio concreto. La familia de mi padre partía de mi abuelo, a quien no conocí, un inmigrante vasco francés que se afincó en el campo, en Durazno, en el centro del país. Mi padre, el menor de cinco, nació allí, en el campo, en 1889, cuando seguramente ya mi abuelo había superado las dificultades y contrariedades que habrá tenido en el comienzo y desarrollo de una emprendimiento tan distante y ya debía de tener una holgada situación económica. Ya habría comprado o estaría por comprar una "quinta" en Montevideo y en ella con los años nacimos entre 1927 y 1931 mis hermanos y yo. Esa fue nuestra casa familiar.

    Traigo este recuerdo para explicar la formación de mi padre que tanto influyó luego en mi actividad que Vd. llama política, lo que acepto tomándolo como sinónimo de pública. Mi padre pudo entonces cursar sus estudios en Montevideo y obtener el título de abogado. Esto me permite suponer entonces que ha de haber cursado su enseñanza media y superior en los primeros quince años del siglo XX. Y esto importa porque entre fines del siglo XIX y los primeros veinte o treinta años del siguiente, el Uruguay se consolidó como un país ateo, masónico, separado de la Iglesia, esto es, profesando en sus instituciones y su enseñanza, el dogma de la soberanía del hombre en lugar de la de Dios. Para colmo de males también en esos primeros años del siglo nació y se desarrolló entre nosotros un partido político católico, tempranamente afiliado a las ideas de Lamennais, Marc Sagnier y Maritain, es decir, profesando la idea de la posibilidad de convivencia de la Verdad con el error. El sistema de enseñanza en el Uruguay fue un calco del de Jules Ferry en Francia.

    ¿Su padre era católico?

    Mi padre provenía de una familia católica… recuerdo alguna fotografía suya con el brazalete de Primera Comunión. Pero su formación académica en ese tiempo inevitablemente lo apartó de la práctica religiosa, sin perjuicio de haber vivido siempre como un buen cristiano y padre de familia y haber muerto confesando y comulgando y de haber recibido los auxilios para la hora de la muerte. Si el tiempo va sedimentando los recuerdos y ordenando los que más nos importan, mi recuerdo es el de un hombre bondadoso al extremo, recto y generoso.

    ¿Y esta formación de su padre cómo influye en Vd.?

    Indudablemente que nos inculcó esas virtudes, pero no influyó en nuestra formación religiosa. Él a su vez se formó en un tiempo en el cual la religión era algo familiar, de puertas adentro, con la responsabilidad cargada en la madre, en tanto la influencia paterna recaía más en la vida pública, externa o política. A nuestra madre debemos educación religiosa desde la infancia hasta que al entrar en la enseñanza media nuestro padre aceptó, con la alegría de aquella santa mujer, que lo hiciéramos con los jesuítas en el Sagrado Corazón. Tan común era esa especie de "división de competencias" que mi padre nunca tuvo inconveniente en que nuestra hermana cursara todos sus estudios, desde pequeña, en el Sagrado Corazón de la comunidad fundada por Santa Magdalena Sofía.

    Su padre entonces también tuvo actividad pública ¿en qué medida influyó en Vd?

    La acción pública de mi padre reflejó los ambientes en que se había criado y formado luego intelectualmente: en el ámbito del gremialismo rural y en el político. Tengo un recuerdo indeleble del relato que me hizo cuando, recién recibido de abogado estaba con su padre en la estancia y vieron venir de lejos el "charret" (que esperaban), conduciendo al caudillo "colorado" del departamento que venía desde la capital departamental (60 kilómetros de malos caminos) para pedir autorización a mi abuelo para ofrecer a mi padre la candidatura a la diputación por el departamento, con lo que inició su vida política, como queda dicho, por el Partido Colorado. Éste estaba, y estuvo durante los primeros 30 años del siglo XX, dominado por la figura de José Batlle y Ordóñez.

    ¿Qué era del Presidente actual?

    Tío abuelo. Batlle y Ordóñez fue un hombre decisivo en la formación filosófica atea del Uruguay de hoy. Con machacona insistencia se nos dice que no era masón, pero vista su trayectoria cuesta creerlo. Su conducción autocrática -sin salir de la legalidad pero forzándola según su conveniencia- provocó resistencia dentro del partido Colorado y un grupo, que se llamó "riverista" por Fructuoso Rivera, fundador del Partido Colorado, se apartó del que pasó a llamarse "batllista". Mi padre adhirió al "riverismo" y militó extensamente en él como senador y hombre público. También el "riverismo" era predominantemente ateo, como lo eran blancos y colorados, pero aunque lo integraban connotado masones, no tenía la agresividad del batllismo contra la Iglesia. Mi padre se debe haber sentido más a gusto y más cómodo allí, fuera de ese dogmatismo ateo nacido seguramente en la oscuridad de las logias, que no se compadecía en forma alguna con su carácter. Creo que sin mucha posibilidad de error puede compararse al "batllismo" con el radicalismo de Alem, Alvear e Irigoyen.

    Ud. mencionó dos campos de acción pública de su padre, ¿qué nos dice del otro?

    El otro fue el gremialismo rural. Batlle y Ordóñez desarrolló una política agresiva contra el campo, tomando sus recursos para estimular la industria y los programas sociales y relegando lo rural al olvido. Esto provocó naturalmente reacciones muy combativas en lo que empezó a llamarse ruralismo. Mi padre integró las instituciones rurales que llevaron a cabo esa defensa, Asociación Rural, Federación Rural y finalmente Liga Federal de Acción Ruralista.

    No puedo extenderme en el desarrollo de este movimiento pero como Vd. me ha preguntado sobre el inicio de mi acción pública, ésta resultaría inexplicable sin estos antecedentes. Resumo diciendo que la acción gremial ruralista culminó en la década de los 50 con la formación de una fuerza de opinión muy importante que inevitablemente se fue deslizando al campo político. Mi padre había fallecido en 1952 pero yo intervine activamente en el terreno gremial aunque no tuve ningún cargo político hasta 1963, en que el líder ruralista Benito Nardone, que se había formado al lado de mi padre, me sugirió que integrara una lista al Senado, para el cual salí electo. Puede Vd. considerar allí mi inicio en el campo político, en una convergencia entre el prestigio gremial de mi padre y su larga carrera pública y el del Sr.Nardone.

    Dos años después falleció Nardone y yo renuncié al Senado donde ya mi presencia no tenía sentido pero que me dejó una vivencia inestimable e imborrable sobre el funcionamiento interno de la partitocracia.

    Esta breve trayectoria más gremial que política me dio un cierto renombre a raíz del cual en l969 el entonces Presidente Pacheco me ofreció el Ministerio de Ganadería, el cual me pareció moralmente obligatorio aceptar porque empezaba a endurecerse la agresión tupamara y el Presidente luchaba firmemente contra ella, sin el respaldo de una unanimidad política que lo apoyara como era debido.

    Cuando se aproximaba la elección subsiguiente me ofreció la candidatura a la Presidencia de la República, la que me sentí obligado a aceptar por las mismas razones.

    He ahí un resumen de mi breve vida pública para el cual he debido internarme en aspectos de menor interés pero sin los cuales no sería coherente esa trayectoria.

    ¿A Vd. le interesaba la política?

    Debe parecer una falsedad contestarle que no, vistos los cargos públicos que alcancé. Sin embargo, ésa es mi repuesta… nunca busqué los cargos públicos. Pero la Providencia tiene sus designios que no debemos ni podemos escrutar.

    Algo anecdótico pero que viene al caso: cuando el Presidente Pacheco me ofreció el Ministerio de Ganadería, pensando en los sinsabores que íbamos a pasar, quise compensar a mi señora en alguna medida y tomé dos pasajes para Francia, a pagar en cuotas mensuales que terminaban el último día de mi gestión. ¡Cómo podía imaginar yo que ese día, en lugar de estar volando hacia Francia estaría asumiendo la Presidencia de la República! Mi señora había coincidido también en la obligación que tenía yo de aceptar el cargo, pese a que teníamos hijos pequeños y los tupamaros estaban en la plenitud de su acción subversiva.

    La política nunca me atrajo como carrera pero me resultó imposible rechazar el ejercicio de algún cargo cuando se presentó como una obligación de servicio a la Patria. Sin embargo, cumplido éste o resultando imposible cumplirle como sucede en un sistema partitocrático, dejé el cargo, como cuando renuncié al Senado, o proyecté volver a mi vida privada cuando acepté el cargo ministerial. No me resulta muy cómodo hablar bien de mí mismo pero de otro modo resultaría imposible decirle que no me interesaba la política después de haber sido Senador, Ministro y Presidente de la República.

    ¿Cómo llegó y cómo se fue de la Presidencia?

    Ya le he relatado que el Presidente Pacheco me ofreció la candidatura a la Presidencia, que me sentí obligado en conciencia a aceptar dada la situación del país. La rebelión tupamara estaba en su plenitud y desde el punto de vista económico el país gozaba de una estabilidad irreal, porque durante tres años se había mantenido estable artificialmente la cotización del dólar, lo que era obviamente una bomba a estallar. Estos aspectos estaban relacionados entre sí, porque una devaluación traería carestía que sería explotada por la izquierda, legal o revolucionaria.

    Cuando uno asume un cargo así no puede pretender resolver todos los problemas y no tiene más remedio que establecer prioridades. Yo me impuse el objetivo de terminar con la guerrilla tupamara y modificar todo el sistema económico y financiero dirigista que frenaba al país, impedía la inversión externa y ahogaba la producción, especialmente la agropecuaria.

    Me hubiera gustado también reformar la enseñanza, pero éste era un hueso duro de roer porque el sistema tenía una base filosófica muy fuerte en el país y más de setenta años de existencia.

    ¿No pudo hacer nada en la enseñanza?

    En realidad muy poco. El Gobierno tiene ciertas facultades como la proposición de quienes van a dirigirla durante el período, pero una vez nombrados gozan de autonomía. Cuando se disolvieron las Cámaras Legislativas y se suspendió la actividad de los partidos políticos, con la ayuda del excelente servicio de información que tenían las Fuerzas Armadas, se pudieron sanear los cuadros de profesores y maestros sacando a los comunistas y tupamaros disfrazados, que eran legión. Pero esto fue inútil por dos razones: primero, porque lo que había que sacar antes que nada era la influencia dominante de la masonería y sus ideas, lo que era imposible y, segundo, porque cuando los mismos militares trajeron de nuevo la democracia, todos los desplazados volvieron a sus cargos, cobrando además lo que hubieran cobrado quedándose, con ascensos incluídos e indemnizaciones. Esto costó millones que pagamos todos los uruguayos.

    ¿Y en los otros aspectos?

    En lo económico, el 1 ° de marzo de 1972 asumí la Presidencia y el 2, al día siguiente, devaluamos la moneda para que el país recuperara su capacidad exportadora. Pero recién en 1973 pudimos aprobar un programa de liberalización de la economía, que costó aplicar porque había que modificar las normas y las mentes adoctrinadas para servir al Estado, no al país. Pero tal vez haya sido lo más duradero, porque hasta hoy se han mantenido vigentes los principios básicos de esa reforma.

    ¿Y el enfrentamiento con la guerrilla tupamara?

    Este es un punto demasiado amplio para pretender resumirlo. Le diré que el enfrentamiento propiamente dicho estaba a cargo de las Fuerzas Armadas, además de la Policía, en virtud de un decreto del Presidente Pacheco de setiembre de 1971.

    No voy a detallarle cronológicamente todo el proceso y sus incidentes, lo que sería muy extenso, ni tampoco llegar rápidamente a un final feliz, que no lo hubo. Me ceñiré a dos conclusiones finales que pueden ilustrar bien el tema sin ser extenso.

    La primera es que, pese a su derrota en el terreno que podíamos llamar militar, puesto que fueron casi todos detenidos, juzgados y condenados, los tupamaros fueron en definitiva los triunfadores. En sus documentos se lee el momento en que tomaron conciencia de que estaban siendo derrotados en ese campo y decidieron cambiar del militar al político, llevando adelante una bien pensada, permanente y fuerte campaña de desprestigio contra las Fuerzas Armadas, acusándolas de todo lo que Vd. sabe porque lo mismo pasó en su país. Esta campaña prosigue aún hoy, cuando están actuando libremente y tienen prensa y representantes en cargos políticos. Son en definitiva anarquistas y ven al militar simbolizar aquello que les es sustancialmente opuesto: el orden. Por eso la acción es permanente… porque aquella guerra terminó pero esta no tiene más fin que el caos. Han triunfado porque la mayoría de los uruguayos ha olvidado sus crímenes y cree a pie juntillas en la maldad de los militares.

    La segunda conclusión, que puede ser más sorprendente, es que la insurrección tupamara fue un conflicto dentro de la masonería. Por un lado los que piensan que la Revolución puede detenerse llegado un punto de evolución del liberalismo y los que, más coherentes con el pensamiento liberal, creen que la Revolución no sólo no tiene fin sino que pretenderlo es la negación del pensamiento liberal -lo que es cierto- y nadie puede asumir el derecho de detenerla sin contradecirlo.

    Por eso, porque lo que los separaba era sólo el grado de profundización de la agresión revolucionaria contra Dios, cuando los primeros derrotaron militarmente a los segundos y tomaron el poder político devuelto por los mandos militares masones, lo primero que hicieron fue amnistiar a los derrotados. Estos salieron de la cárcel con las mismas consignas pero se insertaron en el sistema partitocrático, organizándose políticamente y llegando a bancas de diputados y senadores. El objetivo era traerlos nuevamente al redil democrático-liberal, no sancionarlos.

    Si me permite hacer profecías, con todo el riesgo que eso implica, me atrevería a decir que el proceso revolucionario no se ha reiniciado sino que sigue… han cambiado los protagonistas del radicalismo revolucionario: los tupamaros están apoltronados en los sillones parlamentarios y los revolucionarios de hoy enarbolan los símbolos anarquistas entre la juventud y el lumpen proletariat preferentemente en los asentamientos ilegales del cinturón de Montevideo, esperando el momento oportuno. Y además si me permite el atrevimiento, creo que esto pasa en el mundo occidental y dentro de él, el panorama argentino es bastante parecido al uruguayo y al brasileño.

    ¿Y Vd. que hacía presidiendo ese conflicto? ¿Tenía conciencia de él?

    ¡Buena pregunta! Cuando me hice cargo de la Presidencia desde luego que no: los tupamaros eran unos comunistas castristas malos que querían interrumpir la vida pacífica del pueblo oriental por medios extraños para nuestra sociedad. Y todos los que estábamos de este lado éramos los buenos patriotas que queríamos librar al Uruguay de esa agresión.

    Esa era la obligación primaria del Presidente, de cualquier forma, sin profundizar más en los hechos que estaban ocurriendo: restablecer la paz en la sociedad uruguaya.

    Pero la Presidencia de la República era un buen punto de observación: poco a poco fui tomando nota de sucesos y episodios que no podían explicarse dentro de aquél simplismo inicial. No le voy a detallar todos, lo que sería impropio a estos fines… le señalaré solamente el tal vez más chocante: la liberación de Embajador británico Jackson, secuestrado durante meses, luego de una mediación del masón Allende, liberación que fue seguida por la "fuga" de más de 100 tupamaros de la cárcel. Si bien este episodio ocurrió cuando todavía faltaban unos meses para que yo asumiera la Presidencia, los hechos posteriores me permitieron juzgarlo de otra manera. El director de la cárcel fue elevado a la Jefatura de Estado Mayor de una de las circunscripciones militares del país.

    Y con esta afirmación de la existencia de la masonería en ambos bandos, voy inevitablemente a la segunda parte de su pregunta.

    Bien, ¿cómo se fue del gobierno?

    Es inevitable decirle que en junio de 1973 habíamos disuelto las Cámaras Legislativas que imposibilitaban toda política de desarrollo, trabadas por su real objetivo, que siempre es la elección siguiente. Pero además eran un obstáculo para el enfrentamiento exitoso a la subversión tupamara, aduciendo siempre la defensa de los derechos humanos, que les preocupaban en tanto se tratara de sediciosos, sin la misma preocupación por los secuestrados o asesinados por ellos, o por los policías o soldados muertos por la guerrilla.

    Este paso permitió desarrollar una verdadera gestión de gobierno, que el país necesitaba y el pueblo anhelaba, sin intromisiones demagógicas. Los civiles pudimos gobernar, con el sustento del poder militar en lugar de los partidos.

    ¿Los militares no le causaron dificultades?

    En términos generales no… en algunos temas de trascendencia tuvimos a veces largas jornadas para ponernos de acuerdo pero siempre con resultados satisfactorios, como el caso del Tratado de Límites con la Argentina. Los militares no estaban atados por la contradicción inmoral que plantea la democracia entre la libertad responsable del hombre y los sistemas políticos liberales, bajo la falacia de "disciplina partidaria".

    Pero esto funcionó bien hasta que se hizo necesario definir la conducta a seguir frente al umbral que significaba el último domingo de noviembre de 1976, en el cual debía realizarse elecciones, conforme a la disposición constitucional. Un largo proceso de conversaciones y discusiones culminó el 12 de junio de 1976 cuando me sustituyeron en el cargo.

    ¿Cuáles eran las diferencias?

    Eran diferencias doctrinarias y por tanto, intransables. En los mandos militares pudimos advertir poco a poco la influencia de la masonería en las negociaciones, defendiendo el retorno al sistema político democrático liberal. También era extraño ver a oficiales de menor rango llevar la palabra con más autoridad que sus superiores naturales.

    Por mi parte, la exigencia de definición que nos planteaba este problema tan trascendente me hizo meditar y profundizar tanto que llegué a ver que lo que estábamos viviendo, en paz y tranquilidad, con la vigencia de una autoridad real, era una sociedad que se desenvolvía según los principios cristianos del orden político. Me di cuenta que lo que había que hacer era dar respaldo institucional a esa situación, lo que me sentía con fuerzas para explicar al pueblo uruguayo: porqué no se podía volver a lo anterior y porqué había que institucionalizar la situación existente. Y en ésta no había partidos políticos disputando el poder en perjuicio de otros bienes que tenían prioridad, no había sufragio universal, es decir colocar la Verdad en el número cambiante, no había libertad para proclamar el error, etc.

    Era obvio que el resultado iba a ser el que ocurrió: la masonería no podía aceptar un cambio doctrinario hacia los principios cristianos, eso era indudable y yo caería sosteniendo la Verdad que la Providencia me había hecho encontrar.

    Es muy grande entonces el poder de la masonería en el Uruguay.

    Así es. Hay un notable libro, editado por Ediciones de Cultura Hispánica en Madrid en 1949, que se titula "Uruguay, Benjamín de España". El autor es un diplomático español en la representación en Montevideo, llamado Ernesto La Orden Miracle. Debe ser muy difícil de conseguir. Yo lo obtuve prestado de un amigo (lo devolví) y pude leerlo y tomar notas de él. Este hombre, en los, a lo sumo tres años que estuvo entre nosotros estudió tan bien el Uruguay que me atrevería a decir que lo conoció mejor que muchos de nosotros.

    Analiza todos los aspectos: históricos, políticos, culturales, literarios y religiosos. Es imposible referirle todo lo que hay de interés pero me parece oportuno decirle, por ejemplo, cómo le llama la atención que en los cementerios haya tantos símbolos masónicos. Refiere como anécdota que atribuye a un diplomático español en Buenos Aires, aunque yo sospecho que puede haber sido él mismo, que calificó al Uruguay como los "estados pontificios de la masonería".

    Y ya que menciono este libro, le señalo que al autor le sorprende la poca Fe que encuentra en Uruguay y de ahí el título de "Benjamín de España", puesto que atribuye ese hecho a que Montevideo haya sido la última de las hoy capitales hispanoamericanas fundadas por la Madre Patria. Fíjese que Asunción fue fundada 189 años antes que Montevideo… la segunda fundación de Buenos Aires casi 150 años antes. A este hecho de la brevedad del tiempo colonial en la Banda Oriental atribuye la diferencia de Fe que señala.

    Si me permite un pensamiento más sobre este punto le hago notar que menos de 90 años después llegaban la invasiones inglesas para sembrar las ideas masónicas en Montevideo y casi enseguida, las guerras que culminan con la creación del Estado que hoy es el Uruguay y cuya primera Constitución, de 1830, se inspira claramente en aquellos principios.

    ¡Mi atrevido intento iba contra casi toda la historia uruguaya!

    ¿Y cómo, teniendo tanto poder, permitió la masonería que un católico llegara a la Presencia de la República?

    Mire, le diré algo que tiene parte de anecdótico y mucho de trascendencia. Mi padre me dijo un día, un día cualquiera, en una conversación cualquiera, que en este país nadie podía llegar a la Presidencia sin ser masón. Yo, con el ardor de un joven y novel estudiante de Derecho, le dije la simpleza de que la Constitución permite que cualquiera pueda serlo.

    Cuando asumí la Presidencia recordé el episodio y pensé atrevidamente que mi padre estaba equivocado. Tiempo después, no siendo ya Presidente, una persona conocida me dijo: " ¿Vd. nunca pensó que a Vd. lo eligió la masonería?" Naturalmente le pregunté a mi vez en qué fundaba tan extraña afirmación. Me contestó que la situación había llegado a un punto en el cual había que tomar medidas que ningún masón podía tomar, como disolver las Cámaras o pasar civiles a la justicia militar por lo que la masonería aceptó mi candidatura si es que no la propuso. Con el tiempo fui analizando esta idea, que al principio me sonó disparatada y puedo decirle ahora, sin entrar en todos los episodios que recordé bajo esa óptica, que me parece muy verosímil. Mi padre, al fin, debe haber tenido razón.

    ¿Se sintió fracasado cuando fue desplazado de la Presidencia?

    Bueno, era evidentemente muy ambiciosa la empresa. Sin embargo, creo que se desaprovechó una hermosa oportunidad que no pudimos ni siquiera explicar al pueblo uruguayo, que pienso que si no por los principios mismos que estaban en juego, por el momento histórico que estábamos viviendo, alguna posibilidad de éxito tenía.

    Por otra parte perder defendiendo la Verdad no es fracasar. Me resulta casi obvio decirle que yo no aspiraba a continuar en la Presidencia sino a hacer prevalecer esos conceptos cristianos y naturales,

    ¿Y a Vd. que le dejó este episodio, más allá de toda la experiencia que me está contando?

    ¡La Providencia, siempre la Providencia! ¿Porqué me puso allí en ese lugar y en ese momento, sin desearlo, sin buscarlo?

    Ahora le hablo desde la intimidad del alma, porque le diré lo que en mi alma quedó después de todo esto.

    Ya le he dicho o ha quedado en evidencia que en el Uruguay nos formábamos en dos vertientes, como se dice ahora: una religiosa, más recatada, más familiar y otra democrática, siguiendo los programas de la enseñanza oficial en todas las etapas de la formación, aunque fuéramos a colegios católicos. Allí se podía enseñar Religión, pero en el resto había que seguir los programas oficiales. Por cierto que nuestros profesores y más si eran sacerdotes, todo nos lo enseñaban a la luz de la Religión, pero pronto advertíamos que al desembocar en el mundo oiríamos lo contrario. Me va a perdonar otra digresión anecdótica pero creo que ilustra mucho mejor esa situación. En nuestro Colegio teníamos un profesor de Historia Universal que era un católico ejemplar. Ya estábamos en los dos años previos al ingreso a la Universidad y teníamos que dar los exámenes en institutos del Estado. La presencia de nuestro profesor en la mesa examinadora era nuestra garantía. Cuando fuimos a dar examen, nuestro profesor se tuvo que ir de urgencia a Buenos Aires donde tenía una hija haciendo un noviciado y que había enfermado. Así que allá fuimos bastante a la ventura. Se me preguntó en el examen por qué el Papa se había negado declarar nulo el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón. Yo naturalmente contesté que no se habían aportado pruebas suficientes y el Papa no tenía potestad para deshacer un vínculo válido. "No sea ingenuo muchacho" me dijo, "el Papa no quería enemistarse con España".

    ¿Aprobó?

    Sí, la pregunta no era para bocharme sino para hacerme dudar de la enseñanza que recibía, pienso ahora.

    Es así que recibíamos por un lado la enseñanza religiosa, básicamente en el hogar y luego en el Sagrado Corazón y por otro la enseñanza democrática, no sólo en el estudio sino en la vida diaria, en las opiniones unánimes que nos llevaron insensiblemente a la convicción de que no había otra forma política y social que la que vivíamos.

    Pero lo importante era que estas dos líneas eran paralelas, que nunca se nos ocurría que se podían tocar. La temprana presencia de un catolicismo liberal contribuía a afirmar esa idea. Por cierto que se nos hacía cantar "...a Dios queremos, en nuestras leyes, en las escuelas y en el hogar...". Una repetición mecánica que a nadie se le ocurría posible, ni siquiera pensable, llevar a la práctica. Una especie de "coexistencia pacífica" entre el Estado liberal y ateo y la Iglesia uruguaya, profesando también un tolerante liberalismo.

    Así me formé, conociendo esos dos campos de formación y aceptando sus respectivos campos de acción, sin pensar que pudieran enfrentarse jamás. Sin embargo, en mi interior al menos, se enfrentaron. El fracaso del orden político liberal, tan evidente, tan estrepitoso en realidad, y la serena aparición del orden natural, trayendo una verdadera paz cristiana a la sociedad uruguaya, fueron para mí una revelación, una afirmación de la primacía de Dios sobre los hombres que osadamente pretenden ocupar su lugar.

    Una gran paz sentí cuando llegué a esta visión de la realidad política y social que debíamos reconocer a los uruguayos, y en la que, con naturalidad, los hechos los habían insertado.

    Queda dicho que mi intento no tuvo éxito, como era de prever, pero haber apreciado tan de cerca que sólo el camino de la Verdad puede traer la felicidad a los pueblos significó para mí una riqueza por la que no me cansaré de dar gracias a Dios.

    ¿Qué solución ve Vd. para todo esto?

    Lo primero es la Fe. El Vaticano II ha sido muy negativo en esta tendencia, ya hoy impuesta, hacia la coexistencia con el error modernista. No quiero internarme en la opinión sobre el Concilio pero si lo hemos de conocer por sus frutos éstos están a la vista. No hay vocaciones, se celebra una liturgia protestante y los templos se vacían. No puedo entender cómo se beatifica al Papa del "Syllabus" conjuntamente con el que proclamó los principios contrarios. Parece inevitable pensar en mutuas concesiones de sectores enfrentados, lo que no condice con la Unidad en la Fe. Por otra parte ¿cómo vamos a tener vocaciones cuando se proclama la libertad de conciencia? La Iglesia ha perdido sentido misional.

    Creo que la elección del próximo Papa será crucial… confiemos en el Espíritu Santo.

    Pero estamos hablando del orden en las sociedades y allí debemos ver otro campo a rehabilitar: las Fuerzas Armadas. No hay sociedad sin orden y no hay orden sin una fuerza legítima que lo guarde y respalde a los hombres de buena voluntad que quieran trabajar por el bien común. El liberalismo ha promovido o aceptado pacíficamente en nuestros países la desaparición en la práctica de los ejércitos. Y lo ha hecho porque quedó demostrado que son la única fuerza social que puede frenar la revolución. Nadie se escandalice por oír decir que el liberalismo es revolucionario: ese objetivo es de su esencia. Ya Juan Donoso Cortés decía en su tiempo "Ambas escuelas - la liberal y la socialista - no se distinguen entre sí por sus ideas sino por su arrojo."

    Una sociedad cristiana necesita de una fuerza que la defienda de la maldad y del error.

    Y por último en nuestros países tenemos un tercer pilar a rescatar y recimentar: la hispanidad. Es tiempo de sacar al mundo del engaño de la versión anglosajona de la historia moderna, empezando por nosotros mismos, que no podemos, aunque sea por dignidad, seguir siendo tributarios de una cultura decadente y extraña que nos denigra a diario.

    Son objetivos harto difíciles: encomendémonos a Dios como en una Cruzada para lograrlo con serenidad, paciencia y Fe.

  4. #4
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    Respuesta: Textos de Juan María Bordaberry

    "En realidad, la nueva situación de poder que se ha configurado en estos países supone un concepto radicalmente distinto al que descansa en la clásica división de poderes de Montesquieu.

    "Una vez más la fuerza de lo natural prevalece sobre el artificio racional; la concepción de tres poderes con autoridad civil equilibrada entre sí es en definitiva un artificio, ya que no hay autoridad sin fuerza. No se trata de imaginar una autoridad sin fuerza, porque dejaría de serlo, sino de exigirle que la use con justicia. Ante la falacia del artificio, irrumpe la autoridad natural, auténtica.

    "No creo por supuesto que deba insistirse en los Partidos Políticos. Ellos son fuente de alteración de la unidad nacional, son origen de claudicaciones que desprestigian la noble función pública. Pero especialmente, son incompatibles con la nueva situación de Poder. En efecto, los Partidos Políticos se definen como asociaciones dirigidas a la conquista del Poder. Por tanto, para definirse sobre su existencia o no, es previo definir si ese poder va a ser disputable o no. Si no lo fuera, serían asociaciones ilegítimas, porque tendría un objeto ilícito. Por tanto, cuando se promueve el renacimiento de los Partidos Políticos o se condena a quienes postulamos su desaparición, se está diciendo implícitamente que el Poder debe ser transferido de las Fuerzas Armadas a los Partidos. Opinión respetable, pero que no debe ocultarse detrás de la defensa de los Partidos por sí mismos".

    Juan María Bordaberry - Las Opciones - Montevideo, 1980

    "Varias veces se ha reaccionado contra mi opinión de que la democracia parte de una ficción. No estoy solo en esa idea: Jorge Luis Borges califica la democracia de superstición. Esto es peor, porque una ficción supone un acto volitivo de quien pretende crearla, en cambio una superstición domina al individuo con fuerza propia".

    Juan María Bordaberry - La democracia no es un dogma - Montevideo, 1998

  5. #5
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    Respuesta: Textos de Juan María Bordaberry


  6. #6
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    Re: Respuesta: Textos de Juan María Bordaberry

    Cita Iniciado por Prometeo Ver mensaje


    ¿Y en los otros aspectos?

    En lo económico, el 1 ° de marzo de 1972 asumí la Presidencia y el 2, al día siguiente, devaluamos la moneda para que el país recuperara su capacidad exportadora. Pero recién en 1973 pudimos aprobar un programa de liberalización de la economía, que costó aplicar porque había que modificar las normas y las mentes adoctrinadas para servir al Estado, no al país. Pero tal vez haya sido lo más duradero, porque hasta hoy se han mantenido vigentes los principios básicos de esa reforma.
    ¿Juan María Bordaberry, el único presidente carlista de Hispanoamérica y caballero de la Orden de la Legitimidad Proscrita, liberalizando la economía al servicio de la globalización capitalista? ¿Cómo los dictadorzuelos de infeliz memoria de la Operación Cóndor colocados a dedo por el tío Sam (Pinochet, Videla, Stroessner, Somoza, Trujillo, y tantos títeres)? ¿Alguien puede explicarme esto?
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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  7. #7
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    Re: Respuesta: Textos de Juan María Bordaberry

    Lo que se me ocurre -como dije en mi presentación- es que Juan María Bordaberry al momento de ser elegido Presidente todavía no tenía una filosofía tradicionalista; fue formado -aunque no terminó la carrera- en la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, donde imperaban los principios liberales y masónicos, y a esa altura creía firmemente en ellos. Más aún, su padre había tenido cierta carrera política en las instituciones republicanas del Uruguay. Tras su experiencia política se decepcionó sobremanera; así, comenzó a estudiar y cambió su postura, vinculándose con el tradicionalismo y más precisamente adhiriendo al Carlismo, como todos aquí saben. Esto mismo ha sido narrado por él, no lo inventé yo.

    Espero te haya satisfecho mi explicación. Un atento saludo,

  8. #8
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    Re: Respuesta: Textos de Juan María Bordaberry

    Muchas gracias por la aclaración brua.Siendo que Bordaberry se hizo tradicionalista durante su presidencia y no desde el principio, ¿Más o menos a partir de qué año se puede hablar del Bordaberry carlista?
    Por otro lado, había leído también que la culpa de la liberalización fue de Végh Villegas, no de Bordaberry, quien obviamente defendía el corporativismo.
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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  9. #9
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    Re: Respuesta: Textos de Juan María Bordaberry

    El primer esbozo de tradicionalismo en Bordaberry se da durante su presidencia: una vez vista la calamidad que constituía el sistema republicano -particularmente el parlamentarismo- intentó eliminar a los partidos políticos del sistema electoral y dejarlos únicamente como corrientes de opinión, en 1976 (había asumido en el 72). Esto fue mal visto por los militares, que a esa altura cogobernaban junto a él, puesto que tenían una clara ascendencia masónica. Por eso, decidieron cesarlo del cargo de Presidente en ese momento.

    Ese sería, como dije, su primera manifestación tradicionalista. Mas, no me animaría a asociar a Bordaberry con el carlismo hasta muchos años después.

    Respecto a lo segundo, no me atrevería a ser tan firme: Villegas fue el Ministro de Economía de Bordaberry hasta su cese en 1976 -se retiró junto a él, aunque luego volvió- y repito, a esa altura y hasta ese momento, en que planteó la eliminación de los partidos, Bordaberry tenía una filosofía liberal -aunque aclárese que siempre fue católico- No me animaría a decír que a esa altura creía en el corporativismo, sino más bien que Villegas contaba con su anuencia respecto a liberalizar la economía.

    Espero haber sido claro,

    Un saludo,
    Última edición por brua; 23/09/2015 a las 22:32

  10. #10
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    Re: Respuesta: Textos de Juan María Bordaberry

    Gracias brua, ahora comprendo.Una última preguntilla más: si no recuerdo mal, el golpe militar fue financiado por la CIA (operación Cóndor) y Bordaberry acabó pactando con ellos (él había sido elegido en las elecciones).El conocía la influencia de la masonería en las instituciones de gobierno orientales (aunque no sé si el apoyo de EEUU al golpe).¿Por qué pactó entonces con los militares? ¿Fue por miedo a los tupamaros? ¿No los había reducido y desarticulado ya antes del golpe? ¿Fue entonces, por su ideología liberal en aquellos tiempos?
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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  11. #11
    brua está desconectado Miembro graduado
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    Re: Respuesta: Textos de Juan María Bordaberry

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Recien le puedo contestar, discuple.

    A decir verdad, no he estudiado en demasía el tema del Plan Cóndor. Únicamente sé lo que se rumorea.

    El tema es que a los tupamaros ya se los habia reducido, pero el pais seguía muy revuelto y con problemas. Había paros, ocupaciones, protestas, etc. El pueblo recibió de brazos abiertos el golpe, pues lo consideraban necesario para resolver los problemas.


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