La propiedad del trabajo
En la situación actual de crisis las contradicciones inherentes al sistema económico liberal se acentúan con especial dureza, especialmente para los trabajadores, pero también para los empresarios. Sus intereses son contrapuestos y, por tanto, la rencilla -o más bien, el odio y la lucha- que el 'Estado del bienestar' había parecido amainar -aunque no destruir- resurge con la antigua amarga virulencia.
Se queja el trabajador, y con razón, de que con las reformas que se están llevando a cabo aumenta la facilidad para ser despedido o movilizado de sitio, que disminuyen las prestaciones del Estado del bienestar y, en definitiva, que la estabilidad y la seguridad que, más o menos holgadamente hasta la fecha existía, empieza a resquebrajarse.
Se queja el empresario de que sus costes aumentan (o que sus beneficios bajan, que para el caso, es lo mismo) y que, por ende, se ve obligado a bajar sueldos si no quiere quebrar. Se queja de que tiene que ser competitivo para poder mantenerse a flote y eso implica reducir gastos para bajar el precio de la mercancía, lo que muchas veces se traduce en bajar sueldos, o en incurrir en despidos. Se queja de que los trabajadores no rinden lo que podrían, de que existe absentismo y de que los españoles no cogen cualquier trabajo, sino los más cómodos. Y tampoco les falta parte de razón.
Pero para mí, en última instancia, el problema es de raíz y es el modelo de propiedad privada liberal. Centrándome sólo en una parte, y no en muchas otras que podrían señalarse, el gran problema a mí entender es que se ha arrebatado al trabajador no sólo ya la propiedad de la tierra o de la empresa -que, en muchos casos, nunca tuvo y, por tanto, nunca se le arrebató- sino la propiedad del trabajo. Y, como bien decía Hillaire Belloc esto parece más bien un Estado servil, con sus similitudes al régimen esclavista. Pues, ¿no se venden los hombres en el mercado de trabajo buscando servilmente alguien que los contrate? ¿No se los reparten entre sí los empresarios y, cuando ya no necesitan de ellos, los devuelven al mercado? Y peor todavía, son los propios trabajadores los que tienen que lucir músculo ante los empleadores para ser ellos los afortunados de conseguir un trabajo, dejando con la envidia y la frustración a los no tan afortunados que tendrán que abandonar el mercado sin haber conseguido un comprador de su trabajo y de su esfuerzo.
No cabe duda que en esta relación pierden ambos, el comprador y el sirviente. Primero porque el sirviente es privado de algo que por naturaleza le debería corresponder: un trabajo con el que poder mantener su existencia sobre la tierra. Al contrario, este trabajo se le ofrece como una vianda que el empleador le lanza, obligado a cumplir con las condiciones que éste le marque. Y nadie trabaja con gusto por otro, y menos cuando ese otro busca con nuestro trabajo, principalmente, su propio interés. Así es normal que la productividad no sea elevada, que el absentismo aumente y que la estima del trabajador hacia sí y hacia sus jefes sea menor de lo que pudiese/debiese ser. Por no hablar del empresario que, como un nuevo comprador de mercancía humana, sépalo o no, rebaja su dignidad al tratar con hombres como si de una mercancia cualquiera se tratase. Por la propia dinámica a abstraerse de qué es lo que realmente tiene entre manos -la vida de personas- es plausible -y previsible- que poco a poco trate como a una cosa a esos hombres y cuando vea las ERE sólo ve beneficios vs. costo, cuando ve la tasa de paro sólo ve rendimientos y PIB, etc. Al final el trabajador queda reducida a esa condición poco menos que de una cosa, cual los esclavos en Roma.
Mejor sería, a mi humilde entender, devolver a los trabajadores lo que nunca se les debió quitar en nombre de una falsa libertad, que es su propiedad del trabajo. Tan fácil como que las empresas sean propiedad también de los que en ella trabajan, y no exclusivamente de unos señores cuyo único mérito es ser ricos, pero que no han ayudado con su trabajo al desarrollo y crecimiento de la misma. Es cierto que ambos son necesarios, porque sin dinero no se puede empezar, pero sin trabajo tampoco. El mismo derecho les corresponde, como mínimo a tener la mitad de la propiedad. Y si no fuese así, las relaciones laborales debieran ser como si así fuera.
Y es que, más felizmente se trabaja por algo que es propio, cuyo beneficio recibo en mayor correspondencia con el esfuerzo realizado -y no como arbitraria asignación de mi jefe- y que, en momentos de crisis, es más fácil evaluar y comprender la situación y la aceptación de apretarse el cinturón. El mismo control de temas como el absentismo o los exorbitantes sueldos de algunos directivos sería más fácil. En definitiva, creo que sería más fácil asegurar la estabilidad, seguridad y la distribución más equitativa de los beneficios. Por no hablarde medidas en general que, quizá, hoy ni se contemplan -como seguros o protecciones intraempresariales- que con una mayor propiedad de los trabajadores se podrían tener en cuenta.
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