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Tema: 14 de julio, ¿de verdad hay algo que celebrar?

  1. #1
    Avatar de Hyeronimus
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    14 de julio, ¿de verdad hay algo que celebrar?

    La Toma de la Bastilla en 1789

    14 de julio, ¿de verdad hay algo que celebrar?


    RODOLFO VARGAS RUBIO

    Se ha hecho célebre la respuesta que dio a Luis XVI el duque de La Rochefoucauld-Liancourt, gran maestre del Guardarropa del Rey, cuando le preguntó si los disturbios de París del 14 de julio de 1789 eran una revuelta: “No Sire, una revolución”. Revueltas –y serias– las había habido en Francia en el pasado: en 1358, en plena crisis provocada por la Guerra de los Cien Años, la de los campesinos, conocida como la Jacquérie; en 1628, la de los hugonotes en La Rochelle; entre 1648 y 1652, la de la Fronda, parlamentaria y aristocrática; en 1702, la de los Camisards, contra las “dragonadas” que siguieron a la revocación del Edicto de Nantes; en fin, la de los parlamentos otra vez en 1770, contra la reforma de Maupeou, que provocó su disolución por Luis XV al año siguiente. Sin embargo, aunque se había tratado de intentos de subvertir el orden sobre el que reposaba la sociedad francesa, no se había pretendido cuestionar el sistema mismo, sino modificar el equilibrio de las distintas fuerzas de las que éste constaba. La frase del duque de La Rochefoucauld-Liancourt, si fue efectivamente pronunciada, era exacta y manifestaba la existencia de un movimiento sin precedentes en cuya vorágine iba a ser tragado el Antiguo Régimen.

    Se ha querido ver en las revoluciones inglesas de 1648 y 1688 sendos precedentes a la francesa de 1789. Aunque el ataque al principio de la legitimidad regia es el mismo en las tres, no ha de olvidarse que en Inglaterra se trató simplemente de la transferencia del poder de la Corona a la aristocracia mediante la sumisión forzosa de aquélla a ésta. La Guerra de los Cien Años (1337-1453) y la de las Dos Rosas (1455-1485) habían diezmado a la nobleza del otro lado del Canal, poniéndola a la merced y al capricho de los reyes Tudor, que redujeron al Parlamento a sumisión (sumisión por lo demás interesada, porque las grandes familias inglesas se beneficiaron del expolio de la Iglesia Católica bajo Enrique VIII, Eduardo VI e Isabel I, volviendo a ser de este modo, y aun más que antes, grandes propietarios). Bajo los Estuardo, las fuerzas de la nobleza se sintieron lo bastante fuertes como para desafiar el poder de la Corona (paradójicamente por el tiempo en el que Jacobo I y VII, el rey teólogo, acababa de proponer su teoría sobre el poder divino de los monarcas, la más acabada expresión del absolutismo). Lo hicieron en 1648, capitaneadas por Cromwell, que destronó y cortó la cabeza a Carlos I (el infortunado nieto de María Estuardo). Pero Inglaterra se aburrió de la puritana dictadura republicana y devolvió el trono a la dinastía. No por mucho tiempo. En 1688, Guillermo de Orange se puso al frente de la llamada Glorious Revolution, que mandó al exilio definitivo a los Estuardo y sancionó el triunfo definitivo del régimen aristocrático en la Gran Bretaña e Irlanda, donde desde entonces una oligarquía propietaria se encargó de gobernar mientras a la Corona se le dejaba tan sólo la pompa y circunstancia.

    En Francia, en cambio, se trató de algo distinto, más profundo y de más alcance, que iba a trastornar no el sistema político de un país, sino también el orden y las ideas sobre las que se asentaba la propia Civilización Occidental. Todo había comenzado como un problema financiero de carácter coyuntural en un país que era el más próspero y avanzado de Europa (la idea de una Francia sumida en la injusticia y el atraso es un mito). Un rey muy bien intencionado como Luis XVI, imbuido de las ideas humanitarias de bienestar y beneficencia que estaban de moda en la segunda parte del siglo XVIII, recurrió a una vieja institución de la monarquía capeta y convocó los Estados Generales, es decir la reunión de los tres órdenes que conformaban la sociedad: el clero, la nobleza y el pueblo llano. Desde 1614 no se había reunido esta asamblea y los tiempos no aconsejaban convocarla a menos que se tuviera la certeza de poder controlarla, cosa que hubiera podido hacer el enérgico Luis XV (que no era un indolente como se lo ha querido representar), pero no su nieto, rey muy feneloniano, carente del temple que exigían las circunstancias. Sin quererlo, Luis XVI puso en marcha una maquinaria que todo lo arrolló, como si hubiera cobrado vida propia con un afán destructor, algo así –y perdónesenos el anacronismo– como una rebelión robótica. Pero la Revolución no surgió por generación espontánea. Se hallaba ya planteada en los escritos de los autores del Iluminismo, en la filosofía política importada por ellos de Inglaterra, en la alegre e irresponsable inconsciencia de una nobleza libertina y olvidadiza de sus deberes a la que fascinaban las ideas de moda por el gusto mismo de la moda, en las secretas ambiciones de poder de una emergente burguesía (que, sin embargo, debía su fortuna a la monarquía, que le había dado carta de libertad en desafío del feudalismo).

    Libertad, Igualdad, Fraternidad. Derechos del Hombre y del Ciudadano. Los revolucionarios creían haber descubierto la rueda y ésta estaba descubierta hacía ya siglos. Estos principios no son otros que los que el Cristianismo predicó desde su nacimiento en Galilea y extendió benéficamente a todo lo largo y ancho del Imperio Romano, mediante la difusión del Evangelio. Libertad, la santa libertad de los hijos de Dios, que consiste en la capacidad de obrar el propio deber sin coacción y por convicción y que no es de ningún modo realizar el propio capricho o el del tirano de turno. Igualdad, la igualdad fundamental de naturaleza que existe entre todos los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios; la igualdad moral, que surge de la misma finalidad que tienen todos los seres humanos y de los mismos imperativos de hacer el bien y evitar el mal; la igualdad sobrenatural de los que viven la misma vida de la gracia. Fraternidad, la fraternidad de los que reconocen en Dios a un mismo Padre y se reconocen mutuamente, en consecuencia, como hermanos; la fraternidad que nace de la solidaridad, del amor y de la abnegación; la que no ve al hombre como un lobo para el hombre o como un competidor con el que hay que pactar por fuerza para no ser atropellado por él. Derechos del Hombre, que surgen como correspondientes de los deberes. Los hombres tienen derechos porque tienen deberes. No se comprende una cosa sin la otra. Derechos del Ciudadano, ya los predicó la Iglesia resumiéndolos en un concepto hoy por desgracia olvidado: el bien común, que es la razón de que el Estado exista. Los ciudadanos tienen derecho a exigir de sus gobernantes que administren el Estado en vistas al bien común, según el criterio de la justicia: la conmutativa, la distributiva y la social. Para enterarnos de todo esto no hacía falta, pues, la Revolución. Lo que pasa es que ésta subvirtió el verdadero sentido de estos sagrados principios, los bastardeó y los impuso por medio de sus contrarios: el sojuzgamiento, la discriminación, el fratricidio, decretos arbitrarios, leyes draconianas y el aplastamiento del bien común para el beneficio de un sector determinado del cuerpo social.

    Ya es hora de que digamos alto y claro que la Revolución Francesa no es un acontecimiento del que la Humanidad pueda estar orgullosa, ni el 14 de julio, su fecha emblemática, algo que haya que celebrar. En todo caso sí que debería conmemorarse como ejemplo de hasta dónde pueden llegar las pasiones humanas desencadenadas y privadas del freno de la razón y que no se debe repetir. Ya en otras ocasiones hemos mostrado cómo la toma de la Bastilla, lejos de ser un símbolo encomiable constituye una vergüenza que más valdría que se cubriera, como la desnudez del ebrio padre Noé. Porque ese día de 1789, el pueblo francés fue emborrachado, pero de sangre, de fuego, de violencia, triste presagio de los amargos y negros días que no tardarían en llegar. El mundo quedó horrorizado en los años setenta del siglo pasado con unas fotos en las que se exhibían presuntamente soldados del ejército colonial portugués con cabezas de angoleños clavadas en las bayonetas de sus fusiles. Pues bien, el 14 de julio de 1789 fue precisamente lo que se vio pasear por las calles revolucionadas de París: las cabezas de pobres funcionarios sin otra culpa que el cumplimiento cabal del deber, clavadas en las picas de los exaltados criminales y caníbales a que dio rienda suelta el desorden, planeado y dirigido desde los clubes políticos. Sin embargo esto no produce la repulsa de los republicanos, descendientes y sucesores de los jacobinos, que cada año festejan la nefasta fecha como si fuera una conquista de la Humanidad.

    No olvidemos el balance de la aventura revolucionaria: el saldo bien ha merecido que se escriba de ella todo un libro negro (que ya en su momento tuvimos el honor de reseñar). Abolición de un sistema político razonablemente estable y respaldado por la Historia, que dio paso a dos siglos de fluctuaciones y desórdenes. Aparición del fenómeno del terrorismo, el más grave flagelo actual del género humano. Perpetración del primer genocidio programado de la Historia: el de la Vendée, paradójicamente aún no oficialmente reconocido y por el que no se ha pedido perdón a los descendientes de las víctimas y a las regiones mártires (en una época singularmente afectada por el complejo de culpa). Persecución religiosa cruenta: la primera sistemática de los tiempos modernos desde el poder. Supresión de los gremios y corporaciones y de la noción del justo precio para dar paso al liberalismo económico, basado en las inicuas leyes del mercado (hoy se redescubren los valores del comercio justo como una alternativa válida al callejón sin salida del capitalismo globalizado). Imposición de la uniformidad legal (derecho escrito), con desprecio de las tradiciones jurídicas particulares, que conformaban una legítima y más humana diversidad (derecho consuetudinario). La codificación forzosa de todo el aparato legal fue un instrumento más de dominio para el poder y el vehículo de una política de policía a su servicio. Las Guerras Napoléonicas, que acabaron con la sabia política europea de equilibrio, inauguraron la era de las grandes conflagraciones y acabaron con la vida de millones de personas. La importación a gran escala de los principios revolucionarios, convertidos en premisas de consecuencias más deletéreas y destructivas: el nazismo totalitario y el comunismo marxista, en efecto, fueron hijos de la Revolución y ya se sabe el coste en sufrimiento, sangre y vidas que estos inhumanos sistemas significaron.

    La Revolución cambió la faz de Francia y de Europa, también la del resto del mundo en diferente medida. Mucho nos tememos que no haya sido para mejor. Tenemos regímenes representativos y democráticos, pero precisamente 1789 es la prueba de que el pueblo puede ser manipulado y equivocarse miserablemente. Hoy nuestra civilización es una civilización de muerte, que predica y apoya la muerte: la de los inocentes (el aborto), la de los más indefensos (la eutanasia), la de la justicia (la indefensión jurídica ante la delincuencia), la de los más pobres (el capitalismo liberal salvaje), la de los desheredados de la Tierra (no queremos que vengan los inmigrantes, pero tratamos y comerciamos con sus opresores), la del sentimiento religioso (el laicismo, que es sólo un disfraz del ateísmo). Y curiosamente lo hace en nombre de la sociedad del bienestar, el mismo mito de los iluministas. Es la triste herencia del 14 de julio y, sinceramente, no es para estar orgullosos.

    http://www.elmanifiesto.com/articulo...darticulo=2527

  2. #2
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    Re: 14 de julio, ¿de verdad hay algo que celebrar?

    Cita Iniciado por Hyeronimus Ver mensaje
    La Revolución cambió la faz de Francia y de Europa, también la del resto del mundo en diferente medida. Mucho nos tememos que no haya sido para mejor. Tenemos regímenes representativos y democráticos, pero precisamente 1789 es la prueba de que el pueblo puede ser manipulado y equivocarse miserablemente. Hoy nuestra civilización es una civilización de muerte, que predica y apoya la muerte: la de los inocentes (el aborto), la de los más indefensos (la eutanasia), la de la justicia (la indefensión jurídica ante la delincuencia), la de los más pobres (el capitalismo liberal salvaje), la de los desheredados de la Tierra (no queremos que vengan los inmigrantes, pero tratamos y comerciamos con sus opresores), la del sentimiento religioso (el laicismo, que es sólo un disfraz del ateísmo). Y curiosamente lo hace en nombre de la sociedad del bienestar, el mismo mito de los iluministas. Es la triste herencia del 14 de julio y, sinceramente, no es para estar orgullosos.

    http://www.elmanifiesto.com/articulo...darticulo=2527
    Lo de "tenemos regímenes representativos y democráticos" retrata a un pseudo tradicionalista como el autor de este artículo, que escribe en un medio neopagano (aunque, entre col y col lechuga, se encuentren en él cosas potables), y defiende a una pseudo dinastía bastarda y apóstata (los Puigmoltó-Dampierre), mientras se apunta a toda orden "de caballería" de fantasía que le ponen a tiro. Líbrenos Dios de estos "aliados" que no conocen ni los fundamentos del régimen tradicional (ni les interesan).

  3. #3
    luisaugusto está desconectado Miembro novel
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    Re: 14 de julio, ¿de verdad hay algo que celebrar?

    Desde luego cuando uno ve posts tan fanáticos como el de chanza, entiende por qué la tradición no avanza. A ver: eso de tenemos regímenes democráticos y representativos no veo que el autor lo comparta y lo aplauda sino que simplemente lo dice para mostrar como se desmiente con los hechos: el pueblo se equivoca miserablemente. El hábito que lleva el sr. Vargas es de la Orden constantiniana, que hasta donde tengo noticias no es ficticia y tiene reconocimiento legal, así que no sea ignorante el criticón ése. Y lo de la "dinastía bastarda" Puig-Moltò Dampierre es ya de risa. Que Paquita Natillas fuera del otro bando no prueba que no pudiera engendrar (ahí está el caso del hemano de Luis XIV). Si tuviera que hacerse el ADN de toda la realeza chanza se llevaria más de una sorpresa. Nadie, ni siquiera él, puede estar seguro al 100% de su filiación, qué caray. A menos que él haya tenido alguna revelación divina sobre las intimidades de alcoba de Isabelona. Venga ya! Si eres verdadero tradicionalista no descalifiques con argumentos tan sacados de madre y al menos aprende a leer bien las cosas. Apañados estamos los defensores de la tradición con gente como tú...

  4. #4
    Avatar de Valmadian
    Valmadian está desconectado Miembro tradicionalista
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    Re: 14 de julio, ¿de verdad hay algo que celebrar?

    La revolución francesa fue un genocidio en toda su dimensión y es que el número de asesinatos llegó a los 300.000. La masonería, organizadora del evento, es la culpable y la causante de tal orgía de sangre y bestialidad sub-humanas.

    ¿Nada que celebrar? Los crímenes de esta naturaleza no prescriben, así que lo que se ha de celebrar, y ya de una vez, es un juicio universal a los protagonistas de tales atrocidades. Si yo fuera francés se me caería la cara de vergüenza.

  5. #5
    Avatar de Hyeronimus
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    Re: 14 de julio, ¿de verdad hay algo que celebrar?

    Cuando lo posteé ya me di cuenta de que no todo era correcto, pero como el artículo tenía sus cosas buenas y sobre todo desmitificaba la Revolución Francesa, decidí postearlo.

    Independientemente de lo que quisiera decir el Sr. Rubio, me parece exagerado llamar fanático a Chanza. Desde luego, sus criterios son siempre bastante rigurosos y muchas veces disiente de lo que dicen otros foreros, pero generlmente habla de lo que sabe y no creo que haya motivo para calificarlo de fanático. A mí no me molestó que criticara mi posteo, y en general le doy la razón.

    Y en cuanto a Puigmoltó, aunque ese sujeto tuviera legitimidad, con su comportamiento (y en muchos casos falta de comportamiento) se ha más que deslegitimado.

  6. #6
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    Re: 14 de julio, ¿de verdad hay algo que celebrar?

    Cita Iniciado por luisaugusto Ver mensaje
    Desde luego cuando uno ve posts tan fanáticos como el de chanza, entiende por qué la tradición no avanza. A ver: eso de tenemos regímenes democráticos y representativos no veo que el autor lo comparta y lo aplauda sino que simplemente lo dice para mostrar como se desmiente con los hechos: el pueblo se equivoca miserablemente. El hábito que lleva el sr. Vargas es de la Orden constantiniana, que hasta donde tengo noticias no es ficticia y tiene reconocimiento legal, así que no sea ignorante el criticón ése. Y lo de la "dinastía bastarda" Puig-Moltò Dampierre es ya de risa. Que Paquita Natillas fuera del otro bando no prueba que no pudiera engendrar (ahí está el caso del hemano de Luis XIV). Si tuviera que hacerse el ADN de toda la realeza chanza se llevaria más de una sorpresa. Nadie, ni siquiera él, puede estar seguro al 100% de su filiación, qué caray. A menos que él haya tenido alguna revelación divina sobre las intimidades de alcoba de Isabelona. Venga ya! Si eres verdadero tradicionalista no descalifiques con argumentos tan sacados de madre y al menos aprende a leer bien las cosas. Apañados estamos los defensores de la tradición con gente como tú...
    Apañados estamos, ciertamente. Es interesante que este forista novel, tan oportunamente aparecido para replicar, me atribuya exactamente lo que él hace, y ose darme consejos (o más bien órdenes). Por ejemplo:

    "aprende a leer bien las cosas". En la cita que hago del artículo que critico, pongo en negrita representativos. Porque los regímenes democráticos que tenemos no lo son. Eso forma parte del abc de cualquier tradicionalista que se entere de lo que dice. En el contexto del artículo de Vargas, además, lo de "regímenes democráticos y representativos" tiene sentido positivo, aunque se deplore la Revolución de la que proceden. Argumentario conocido entre los partidarios de los Puigmoltó-Dampierre, por otra parte.

    Las dos supuestas órdenes constantinianas de las Dos Sicilias son falsas. Que en España una de ellas, la más falsa (la de Carlos, autodenominado Duque de Calabria) se mueva en un cierto limbo de alegalidad consentida, y tenga a muchos figurones entre sus filas, no le da "reconocimiento legal". Y si lo tuviera, para un tradicionalista sería igual de ilegítima y de fantasía que la "realeza" de Juan Carlos, por ejemplo.

    En cuanto a los topicazos y tonterías que luisaugusto acumula sobre la descendencia de la Isabelona, sólo demuestra que lee poco, muy poco. Podría recomendarle bibliografía detallada, pero no creo que merezca la pena tomarme la molestia. Francisco de Asís de Borbón, Paco Natillas, podía perfectamente engendrar, como demostró cumplidamente tras separarse de su esposa al pasar al exilio. De hecho la Isabelona concibió de él, pero los embarazos se malograron por incompatibilidad sanguínea. Como la Isabelona era monoándrica sucesiva (es decir, que sólo tenía un amante oficial de cada vez) sabemos con certeza quiénes fueron los padres de sus hijos. A este respecto no hay historiador respetable que niegue la filiación Puigmoltó de Alfonso, el luego llamado XII. Los lazos con los Puigmoltó son muchos y llegan a hoy. luisaugusto intenta la ironía con eso de la "revelación divina". Pues lea una buena biografía de San Antonio María Claret, por ejemplo.

    Su última mención de las sorpresas que traerían las pruebas de ADN de la realeza es demostración (si hacía falta otra) que de tradicionalista tiene luisaugusto lo que de culto, educado e inteligente. Las de la falsa realeza, como los Puigmoltó-Dampierre, darían para mucho, sí. Las de la poca realeza de verdad que va quedando, no te atrevas a ponerlas en duda, imbécil.

  7. #7
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    Re: 14 de julio, ¿de verdad hay algo que celebrar?

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    La Vendée campesina y católica, levantada en armas contra los "sin Dios" jacobinos
    por Gustavo Carrère



    Situación religiosa
    Hace unos doscientos años que Francia dejó de reconocerse a sí misma como La fille aînée de l’Eglise —La hija primogénita de la Iglesia—. No era injusto ese título, ni mucho menos, porque la nación más extensa, más moderna y la más culta del continente europeo tenía una sociedad católica. De los 26 millones de franceses, sólo 40.000 eran judíos y 500.000 protestantes. Sí, se sabían parte de la Iglesia universal, pero conscientes de su peso específico: 139 diócesis y 40.000 parroquias, en 1789; 135 obispos, alrededor de 70.000 sacerdotes seculares —un cura por cada 364 feligreses—, unos 30.000 religiosos y 40.000 religiosas. Con razón escribió François Furet que Francia, en vísperas de la Revolución Francesa, tenía un paisaje católico, pues iglesias, ermitas, santuarios y monasterios integraban y, no pocas veces, modelaban pueblos y ciudades.
    El estallido de la Revolución Francesa, 14 de julio de 1789, lleva a la creación de un nuevo concepto de Estado y sociedad, bajo el lema: "libertad, igualdad, fraternidad o muerte". En el nuevo régimen los estamentos propios del orden natural deben desaparecer en beneficio de la nación francesa –ente subversivo-; comienza así el ataque sistemático contra la Iglesia Católica, institución vital en la sociedad gala y pilar fundamental para el sostenimiento de la Monarquía. Surgen así los adoradores de la diosa Razón, de la diosa Libertad y de la diosa Humanidad, que buscan reemplazar la fe católica.

    Con la finalidad de desmantelar la Iglesia Católica, se van sucediendo cronológicamente las siguientes disposiciones revolucionarias:

    4 de agosto de 1789: se produce la abolición de los derechos feudales por la Asamblea nacional.
    24 de agosto de 1789: se vota por la supresión de los diezmos.
    2 de noviembre de 1789: se produce la nacionalización de los bienes del clero y su conversión en bienes nacionales para su posterior venta en beneficio del Estado.
    Estas medidas que anulan en definitiva el poder de la Iglesia Católica en Francia tienen diversas consecuencias como la separación Iglesia-Estado y la formación del primer Estado aconfesional, la desaparición del patrimonio artístico francés, la asunción por el Estado de la educación y la asistencia social por el desmantelamiento de la red educativa y asistencia de la Iglesia y la manutención del clero por el Estado. Esta última a consecuencia de la desamortización de los bienes de la Iglesia que contrae la pérdida de su independencia económica.

    Febrero de 1790: se prestó el primer juramento de obediencia a la Constitución; se trataba de una simple declaración de fidelidad a la nación, al monarca y a las decisiones de la Asamblea Constituyente. La totalidad del clero prestó su juramento, con la excepción del obispo de Narbona, Mons. Dillon
    13 de febrero de 1790: se produce la abolición de los votos religiosos, lo que significa la supresión de las órdenes regulares. Se exclaustra a monjas y frailes, se incautan o incendian muchos conventos.
    18 de agosto de 1791: se suprimen las congregaciones seculares.
    Estas medidas reducen los efectivos de la Iglesia Católica a los curas diocesanos, pero para ellos también hay una medida de reorganización que les pondrá a las órdenes directas del Estado.

    12 de julio de 1790: se aprueba la Constitución Civil del Clero, que es la base angular de la instauración de una nueva iglesia y la destrucción total de la vigente hasta entonces. Esta reordenación consiste en diseñar de nuevo las diócesis que deben coincidir con los limítrofes de los departamentos. Sin embargo, esta medida significa la supresión de 53 diócesis. Al mismo tiempo la reordenación parroquial, en realidad consiste en la supresión de cuatro mil parroquias. En cuanto al personal de la nueva iglesia, la elección de los obispos y párrocos por una asamblea de electores (ciudadanos activos), pero que por el censo censitario esta reducido a las clases más acomodadas de la sociedad. Además la ordenación de los curas será por los obispos, pero estos serán por el metropolitano y no por el Papa, es la ruptura con Roma. Se reorganiza la Iglesia Francesa, sin contar con Roma. Se introduce el culto a la Diosa Razón. Se obliga a jurar la «Constitución» a obispos, sacerdotes y religiosos, con lo cual se origina un cisma (juramentados y refractarios). Se persigue (muerte o deportación) a quienes no juran. La enseñanza, antes muy dirigida por la Iglesia, ahora es pública y laica. La Primaria queda abandonada.
    Como el nuevo clero depende del Estado en su organización y manutención y cumplen una función pública, como el resto de los funcionarios del Estado deben jurar ser fieles a la nación y apoyar con todo su poder la constitución decretada por la asamblea nacional. No obstante, estas medidas que eliminan a la Iglesia Católica francesa cuentan con la total oposición del Papa Pío VI, con lo que se da comienzo al cisma de una iglesia galicana subordinada al poder civil, al margen de la autoridad pontificia, de estructura episcopalista y presbiteriana, donde los obispos y los párrocos eran elegidos por el pueblo y los nombramientos episcopales serían solamente notificados a Roma. Entre los miembros del episcopado únicamente cuatro renegaran de la fidelidad a Roma: Talleyrand, obispo de Autun; Loménie de Brieme, Cardenal arzobispo de Sens; Jarente, obispo de Orleans y Lafont, obispo de Viviers. Entre los miembros del clero se calcula en un 53 % los refractarios al juramento y reconocimiento de la ruptura con Roma. En cuanto al pueblo creyente, este se suma a la oposición del clero oficial y asiste a ceremonias clandestinas.

    El Papa Pío VI prohibió el juramento y excomulgó a los sacerdotes que lo prestaran (12-III-1791).

    El rechazo a la reorganización eclesial es respondida por las autoridades con fuertes medidas como las siguientes:

    29 de noviembre de 1791: el clérigo que no jure en ocho días será puesto bajo vigilancia.
    27 de mayo de 1792: se vota un decreto que sometía a la deportación más allá de las fronteras a cualquier eclesiástico al que veinte ciudadanos denunciaran como no juramentado y al que el distrito reconociera como tal.
    10 de agosto de 1792: es aprueba la famosa ley de sospechosos, donde el clero refractario forma uno de los colectivos considerados enemigos declarados de al revolución.
    26 de agosto de 1792: se redacta la ley de deportación general de todos los miembros del clero que se hayan opuesto al juramento.
    2 de septiembre de 1792: una banda de revolucionarios sacó del carruaje en que se conducía a la prisión a tres sacerdotes refractarios y los colgó; comienzan así las Matanzas de Septiembre. Más de mil monárquicos –aproximadamente unos doscientos cincuentas sacerdotes- y presuntos traidores apresados en diversos lugares de Francia, fueron sometidos a juicio y ejecutados; es el primer asesinato colectivo.
    3 de septiembre de 1792: se redacta un nuevo juramento en el cual se debe comprometer el juramentado a mantener la libertad, la igualdad, seguridad de las personas y propiedades.
    Marzo de 1793: los sacerdotes que se negaron a jurar la Constitución Civil del Clero – llamados curas refractarios- persistentes en territorio francés quedan condenados a muerte. Estas medidas causan la salida de más de cuarenta mil exiliados de condición religiosa, seis mil de los cuales recalan en España y ayudarán a acrecentar desde el catolicismo español un sentimiento contrario al revolucionario francés que se materializará en 1808 en la lucha contra Napoleón.

    En esas fechas es el inicio de la Epopeya de La Vendee, cuyos campesinos sublevados llevan prendidos escarapelas del Sagrado Corazón y se autodenominan como ejército católico y real. Esta región evangelizada un siglo atrás por San Luis María Grignion de Montfort, terciario dominico, que insistía en la devoción filial a Nuestra Señora, fue tan inmunizada contra el virus de la Revolución, que se levantó en armas contra el gobierno republicano y anticatólico de Paris. Tenía en la Santísima Virgen la devoción más ardiente y, hasta compuso en su alabanza el "Tratado de la Verdadera Devoción", que constituye hoy el fundamento más fuerte de toda la piedad mariana profunda. Por otro lado, con sus misiones aproximaba al pueblo a los sacramentos, lo enfervorizaba en la devoción al Rosario. También la sagrada insignia difundida por el santo, el Sagrado Corazón en tela roja, encuadrado por las iniciales de Jesús y María, fue colocado por los combatientes sobre sus chalecos, blusas, o dispuesto como escarapelas en los sombreros de amplias alas. El día de la beatificación de este apasionado apóstol, el ilustre obispo de Angers, Mgr. Freppel, lo proclamaba solemnemente ante 20.000 vendeanos en St.-Laurent-Sur-Sèvre, lugar donde reposan los restos del extraordinario conmovedor de almas : fue por Montfort y sus hijos espirituales, los Misioneros de San Lorenzo, por quienes corrió el flujo fecundo de savia cristiana en los campos del Oeste durante todo el siglo XVIII. Si ese siglo fue en otros lugares un tiempo de decadencia moral, en el Oeste, por el contrario, salvo en las grandes ciudades, fue una época de vivificación cristiana durante la cual el pueblo de esta región, dice Mgr. Freppel, "estuvo como lleno de dos sentimientos igualmente apropiados para engendrar el heroísmo : la Fé religiosa y la Fidelidad al poder legítimo. Por ello es que, cuando en un día de odio y de obcecación se llegó a atacar a los ungidos del Señor, a todo lo que representaba Cristo en el estado y en la Iglesia, este pueblo se estremeció y se levantó para defender todo lo que amaba y todo lo que respetaba.

    Fue un levantamiento popular, que forzó a los titubeantes clérigos a tomar partido y produjo la salida de incógnito de muchos nobles temerosos de comprometerse. Rebelión religiosa frente al feroz volterianismo ideológico que se imponía a sangre y fuego desde París. Una insurrección en defensa del cristianismo, que constituye un hecho único en la historia por sus proporciones y el alcance de su represión.

    Sin embargo, en este momento el gobierno revolucionario inicia una etapa descristianizadora al considerar a la revolución como una nueva era de civilización y al cristianismo como algo periclitado y unido al antiguo régimen.

    Epopeya Vendeana

    Antecedentes

    La política religiosa del nuevo régimen y las medidas de excepción contra los sacerdotes no juramentados, trajeron una consecuencia cuya trascendencia iba a ser considerable: la sublevación del oeste de Francia, no solamente la Vendée, sino más a o menos todo el país que se extiende desde el norte del Poitu hasta la Bretaña y a los confines de Normandía: en los territorios actuales de los cuatro obispados de Poitiers, Angers, Lucon y Nantes.

    Si bien la adhesión a la causa realista intervendría también es su estallido, la fidelidad a la Iglesia Católica y Romana constituye sin duda el móvil mayor de aquella epopeya.

    Las dificultades comenzaron con la Constitución del clero y su juramento; apenas uno de entre cuatro o cinco sacerdotes estuvo dispuesto a jurar. La resuelta hostilidad de los paisanos de la Vendée para con el clero constitucional se empezó a manifestar: en mayo de 1792 los alcaldes y oficiales municipales de treinta y cuatro comunas de las Mauges se reunieron para tratar esta situación; en agosto, en Chantillón hubo una revuelta de unos seis a diez mil hombres, reprimida por la guardia nacional. Los sacerdotes juramentados, muy mal recibidos, debían apelar a la guardia nacional para mantenerse; la mayoría de los feligreses deseaban y preferían quedarse sin cura que tener a un constitucional al que no conocen.

    La ejecución de Luis XVI, el 21 de enero de 1793, conmocionó a toda Europa. Ello, unido a la política anexionista de la Convención, hizo que la hostilidad exterior contra la Revolución aumentara. La Francia entusiasmada declaró la guerra a Inglaterra y Holanda (1 de febrero, 1793), a España (7 de marzo) y a los Estados italianos. La Francia revolucionaria estaba en guerra contra toda Europa (excepto Suiza y los países escandinavos); por ello decreta el 24 de febrero de 1793 la movilización de 300.000 hombres.

    Inicio

    Las primeras proscripciones de sacerdotes habían comenzado en otoño, y la noticia de las matanzas de septiembre llegó hasta las más apartadas aldeas; a fines de enero, la de la ejecución del Rey, causó peor impresión. El 3 de marzo, en el mercado de Cholet, se supo que los funcionarios de Paris habían decidido que los jóvenes entre dieciocho y veinticinco años fueran alistados y enviados al ejército; aproximadamente unos quinientos jóvenes juraron públicamente no aceptar jamás la milicia revolucionaria.

    Las autoridades locales, desconociendo el clima que se vivía, ordenaron el sorteo de los alistados en los centros de distrito, lo que suponía la reunión de ellos en grandes grupos; en muchísimos lugares estallaron incidentes, señalándose aproximadamente que seiscientas parroquias habían entrado en acción.

    El 11 de marzo, en Machecoul, los guardias nacionales intentaron imponer el sorteo, lo que costó la vida a treinta de ellos.

    El 12 de marzo, en Saint-Florent, se dispersaban los soldados del gobierno, abandonando un cañón en manos de los insurrectos.

    El buhonero Jacques Cathelineau, ocupaba el 13 de marzo la población de Chemillé; el 14 de marzo, Cholet.

    Así, al grito de "¡Viva la Religión!", se levantaba en armas toda la Vendée.

    El clima de los ejércitos vendeanos fue profundamente religioso: las columnas avanzaban rezando el rosario; lanzábanse al asalto cantando el Vexilla Regis; los capellanes impartían la absolución antes de que se trabara el combate. Ese espíritu religioso se daba también entre aquellos jefes salidos del pueblo, como el buhonero Cathelineau, llamado el ""Santo de Anjou" y el leñador Stofflet. Entre los nobles, a quienes los campesinos buscaron en sus propias mansiones y castillos para ponerlos al frente de sus fuerzas, esa religiosidad fue menos espontánea al principio; pero una vez tomada la decisión, todos ellos: D`Elbée, Lescure, Bonchamp, Charette y Henri de la Rochejaquelein, se mostraron dignos de la fe sólida y simple de sus hombres.

    Consecuencias

    Como bien nos señala Daniel Rops, "A decir verdad, dos Francias se enfrentaron en aquella lucha fraticida. La una, católica y tradicionalista, en la que se confundían convicciones cristianas y realistas hasta el punto de borrar en ella el sentido de la comunidad nacional y aceptar el lanzarse a una revuelta en el instante en que la Patria era invadida por todas partes" ; al tomar las armas contra un gobierno al que consideraban ilegítimo y tiránico, no pensaban en absoluto en "traicionar a Francia". "La otra, la Francia "de la montaña", vagamente deísta, violentamente anticlerical, que no tenía en el fondo otra religión que la de la Patria". Si San Luis María Grignion de Montfort hubiese extendido su acción misionera a toda Francia, probablemente habría sido otra su historia, y otra la historia del mundo.

    Las memorias jamás reivindicadas de tres mil curas asesinados, de cientos de religiosas violadas y torturadas hasta morir y de decenas de campesinos descuartizados por no querer renunciar a su religión toca directamente a la misión pastoral del Papa y al encargo recibido del mismo Cristo de confirmar a sus hermanos.

    Martirios

    El 21 de febrero de 1794 se abrió en Angers el proceso contra el R.P. Noel Pinot. Las acusaciones fueron: presunta colaboración con los insurrectos, negación de juramento a la constitución civil, presunta cooperación para la reposición de la monarquía y sobre todo el prohibido ejercicio de la profesión de sacerdote. Lo último, junto con el hecho de haber celebrado la Santa Misa, era suficiente para dictar sobre el padre Pinot la pena de muerte y ejecutarlo el mismo día. El candidato a muerte fue irónicamente preguntado si quería morir con el alba puesta, proposición que aceptó con entusiasmo porque así pudo vivir todavía la más bella satisfacción: hasta el último momento ser sacerdote. El suplicio sería como la celebración de su última Misa, su ofrenda final. Así subió el padre Pinot al patíbulo, vestido con alba y casulla. Momentos antes de su decapitación tuvo que quitarse la casulla, pero los fieles le pusieron más tarde el ornamento después de la consumación del sacrificio. El 21 de octubre de 1926, el Papa Pío XI beatificó a este valiente sacerdote diciendo: "Noel Pinot atestiguó, llevando hasta el momento de su ejecución la casulla, que la tarea primordial, más importante y más sagrada del sacerdote es la celebración de la Santa Eucaristía según el encargo del Señor: "Haced esto en memoria mía".

    El Terror desatado por la Revolución Francesa ha producido miles de víctimas en Anjou. La Causa de Beatificación, introducida en 1905, comprendía a 99 personas : 15 que fueron guillotinadas en Angers, y 84 que fueron fusiladas en Champ-des-Martyrs d’ Avrillé, entre el 30 de octubre de 1793 y el 14 de octubre de 1794. "Nos, acogiendo el deseo de nuestros hermanos Jean Orchampt, obispo de Angers, (...), así como de otros muchos hermanos en el Episcopado y de numerosos fieles cristianos, después de haber escuchado el parecer de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, con nuestra Autoridad Apostólica establecemos que los venerables Siervos de Dios Guillermo Repin y compañeros (...), de ahora en adelante llamados Beatos y que su fiesta pueda celebrarse todos los años en los lugares y del modo establecido por el derecho, el día del tránsito para el cielo : el 1 de febrero para los Beatos Guillermo Repin y compañeros (...). En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo"; con esta fórmula el Sumo Pontífice, Su Santidad Juan Pablo II, declaró Beatos al R.P. Guillaume Repin y 98 mártires franceses (11 sacerdotes, 3 religiosas y 84 -4 varones y 80 mujeres- seglares que murieron por la Fe en Angers en 1793-94, durante la Revolución Francesa). La ceremonia tuvo lugar en la basílica de San Pedro, Roma, el domingo 19 de febrero de 1984.

    Cada vez más historiadores hablan de este acontecimiento como el "Primer Genocidio de la Historia Moderna". En él, los jacobinos pusieron en práctica lo que se puede considerar un ensayo general de "Solución Final"..

    -Gustavo Carrère-

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