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Tema: Las misiones de la alta california.

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    Las misiones de la alta california.

    LAS MISIONES DE LA ALTA CALIFORNIA. ORÍGENES HISPANOS DEL ACTUAL ESTADO DE CALIFORNIA.


    Autor Luis Alonso Somarriba.
    Arvo.net, 27.10.2010


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    1. Ocupación de California por los españoles. La colonización y primeros pasos de la evangelización.


    2. Las misiones.


    3. Relación de los misioneros con los indígenas.


    4. El final de las misiones y destino de los indígenas.





    Cuando hoy día oímos hablar de California enseguida nos vienen a la mente imágenes de rascacielos, playas con surfistas o actores de Hollywood. Sin embargo, los orígenes de esta tierra, mundialmente conocida, nada tienen que ver con el inglés ni con el “brillo” de las estrellas de cine. Aunque sorprenda, fueron un puñado de hispanos católicos los que, a finales del siglo XVIII, ocuparon el territorio, fundaron sus principales ciudades y dieron nombre a sus ríos, costas y montes. Unos portando la espada y otros con la Cruz, fueron militares y frailes, todos súbditos del Rey de España, los que sentaron las bases de la California que conocemos.





    1. Ocupación de California por los españoles. La colonización y primeros pasos de la evangelización.


    En la segunda mitad del siglo XVIII, la Corona española se planteó, como uno de sus objetivos en los dominios americanos, la ocupación y colonización de la Alta California o Nueva California, territorio situado al noroeste del entonces virreinato de Nueva España (México), y que se corresponde, en líneas generales, con el actual Estado norteamericano de California. La principal razón política que originó este propósito colonizador fue el temor a que otra potencia europea, principalmente Rusia, se estableciera en la zona.


    Para iniciar la ocupación de la Alta California partió una doble expedición, a la vez terrestre y marítima, al mando de Gaspar de Portolá, en 1769. El punto de partida fue la península de la Baja California, hoy día parte del Estado mexicano, y donde los jesuitas habían consolidado una serie de misiones desde finales del siglo XVII. Cuando los jesuitas fueron expulsados de España y sus posesiones de ultramar, en 1767, los citados establecimientos misionales se encomendaron a los frailes franciscanos, los cuales, poco después, recibirán el encargo de participar en la expedición de Portolá y evangelizar a los indígenas de las nuevas tierras.


    La dirección de la labor misionera comenzada en la Alta California, en 1769, correspondió a fray Junípero Serra, franciscano español, nacido en Mallorca. Serra, doctor en Teología, había llegado a la América española en 1749. Tras su desembarco en Veracruz, un hecho marcó el resto de su vida en el Nuevo Continente, al rechazar el transporte puesto a su disposición y decidir la marcha andando hasta la ciudad de México. Por el camino sufrió una picadura en una pierna que se complicó provocándole graves secuelas de por vida. Hasta su muerte, la labor de aquel fraile iba a estar engarzada por cientos de kilómetros a pie, en los que aquella pierna herida habría de proporcionarle punzantes dolores, que, no obstante, sin duda, él supo ofrecer a Dios por la más querida de sus empresas, la conversión de los indios.


    Los indígenas de la Alta California se encontraban divididos en diferentes pueblos y tribus, hablando distintas lenguas. Al contrario que los aztecas, no habían desarrollado una civilización, constituyendo sociedades muy primitivas. En las instrucciones mandadas por las autoridades coloniales españolas a los jefes de la expedición en el momento de partir se hizo hincapié en la necesidad de tratar correctamente a los nativos, respetando a sus mujeres, y se recordó que, solamente en un hipotético caso de resistencia, se acudiera como último recurso a las armas (1). Casi ocho años después, completada la ocupación, el virrey Bucareli insistía al nuevo gobernador de California sobre las mismas ideas: “la amabilidad, amor y generosidad que se les demuestre constituyen los únicos medios (…) para ganárselos” (2).


    La empresa colonizadora y evangelizadora de España en la Alta California comenzó, en el verano de 1769, con la llegada al área de la actual ciudad de San Diego de la expedición de Portolá. Con dos días de retrasó, a causa de serios problemas con su pierna, se les sumó fray Junípero Serra, quien fundaba, el 16 de julio de aquel año, la primera de las misiones franciscanas en el actual Estado de California, la misión de San Diego de Alcalá. El siguiente objetivo fue la bahía de Monterrey, reconocida por el navegante español Sebastián Vizcaíno en 1602. El 3 de junio de 1770, Gaspar de Portolá tomaba posesión del puerto de Monterrey en nombre del rey Carlos III. El mismo día, Serra fundaba la misión de San Carlos Borromeo, trasladada poco después al cercano lugar de El Carmelo, para mantener las suficientes distancias entre los militares y la labor de los frailes con los indios. San Carlos se convirtió en el centro principal desde el que el padre Serra dirigió hasta su muerte las misiones californianas.


    El proceso de hispanización y cristianización, que estaba comenzando en la Alta California, se apoyó en tres tipos de asentamientos: las misiones, destinadas a los indígenas, las poblaciones de colonos hispanos y los presidios. Estos últimos eran fortificaciones dentro de cuyos muros se organizaba una pequeña población, a la vez de militares y civiles, con sus respectivas familias, y todos los servicios necesarios: viviendas, iglesia, talleres y almacenes. Se llegaron a crear cuatro presidios: San Diego, Sta. Bárbara, Monterrey -convertido en capital de la California española- y San Francisco, todos ellos próximos a las misiones del mismo nombre.


    En 1773 ya había 5 misiones asistidas por 19 franciscanos y casi 500 indios bautizados (3). Ese año fray Junípero tuvo que trasladarse a la ciudad de México para entrevistarse con el virrey Bucareli y tratar de resolver los problemas que habían surgido entre los misioneros y los representantes del Rey en California. Serra consiguió en México algo muy importante para la labor de los frailes: que el gobierno, el control y la educación de los indios bautizados perteneciera exclusivamente a los misioneros.


    La tarea evangelizadora sufrió una dura prueba cuando, en 1775, un grupo de indios armados destruyó la misión de San Diego, asesinando -al parecer con gran crueldad- al padre Luis Jaime. Al enterarse fray Junípero de la tragedia enseguida supo ver el lado más sobrenatural, destacando los beneficios espirituales de aquel martirio: "Gracias a Dios ya se regó aquella tierra; ahora sí se conseguirá la reducción de los dieguinos" (4).


    Entre 1775 y 1776 se sentaron las bases del dominio español en la bahía de San Francisco. El principal protagonista fue el teniente coronel Juan de Anza, de ascendencia vasca, hombre nacido y curtido como militar en la difícil frontera india, en lo que hoy es el norte de México (Sonora) y una parte de EEUU (Arizona). Anza partió de Tubac, cerca de Tucson, en Arizona, al frente de una expedición colonizadora compuesta por 240 personas, entre civiles y soldados, además de mil cabezas de ganado. Atravesaron el río Colorado y el desierto llegando a San Gabriel, y desde allí por el norte se dirigieron hasta Monterrey. Anza escogió 20 hombres con los que se trasladó a la bahía de San Francisco, explorando su entorno y escogiendo el emplazamiento para los futuros asentamientos, en particular el del presidio y el de la misión de San Francisco. Con la información proporcionada por Anza, el teniente Moraga condujo a los colonos desde Monterrey a la gran bahía. En el extremo norte de la península donde en nuestros días se alza la ciudad de San Francisco, Moraga construyó un presidio (septiembre de 1776), justo a los pies del actual puente del Golden Gate. Cerca de la fortificación, en el centro de la citada península, se fundaba la misión de San Francisco de Asís, conocida como misión de Dolores por situarse en las proximidades del arroyo de este nombre. En 1793 se concluyó el templo definitivo de la misión. Esta sencilla iglesia, hoy emplazada en el corazón de la gran urbe, constituye el edificio en pie más antiguo de San Francisco, habiendo sobrevivido a todos los terremotos e incendios que se han sucedido desde hace más de dos siglos, incluido el gran seísmo de 1906. A partir de 1835, entre el presidio y la misión, en una ensenada arenosa, fue creciendo una pequeña población llamada Yerba Buena. Estos tres núcleos -presidio, misión y poblado- son pues el origen de la ciudad de San Francisco, que se constituirá oficialmente en 1847. Al año siguiente del establecimiento del presidio y de la misión de Dolores, se fundaban, en el sur de la bahía, la misión de Sta. Clara y el pueblo de San José (1777).


    Por otro lado, la que actualmente constituye la metrópoli más poblada de California, Los Ángeles, nacía como un pueblo de colonos, el 4 de septiembre de 1781, a unos 15 kilómetros de la misión de San Gabriel.


    2. Las misiones.


    Según su lema, “siempre adelante nunca retroceder”, Junípero Serra dirigió la fundación de nueve misiones, entre 1769 y 1782: San Diego, San Carlos, San Antonio, San Gabriel, San Luis Obispo, San Francisco de Asís, San Juan Capistrano, Sta. Clara y San Buenaventura. Los indios terminaron por percibir el amor que les tenía el padre Serra, a quien llamaban cariñosamente el Viejo, pues llegó a California con 56 años. Cuando el Bendito Padre, como también se le conoció, murió en la misión de San Carlos, el 28 de agosto de 1784, 600 indios cristianos acudieron a su funeral. Teniéndole por santo, fueron muchos los que se llevaron trozos de su hábito (5). En 1988, era beatificado por Juan Pablo II. También fue reconocida su tarea por los EEUU, y hoy una estatua de fray Junípero se alza en el Capitolio de Washington.


    Tras la muerte de Serra se fundaron doce misiones más, hasta un total de veintiuna. La última fue la de San Francisco Solano (1823), creada poco después de la independencia de México. El Camino Real, paralelo a la costa, unía las misiones, separadas entre sí por unos 48 kilómetros, aproximadamente, distancia estimada para una jornada a caballo.


    Las misiones seguían por lo general un esquema similar. El núcleo central estaba formado por una iglesia a la que se adhería una edificación con claustro. Además del templo, destacaban otras dependencias: las celdas de los frailes, las habitaciones para las muchachas solteras, la cocina, la despensa, los almacenes, los talleres, los establos, las cabañas de los indios, el barracón para la pareja de soldados y el cementerio.


    Las formas arquitectónicas que se emplearon fueron sencillas. Todos los establecimientos misionales de California tienen el mismo aire hispano, aunque si analizamos podemos apreciar diferencias estilísticas que van desde el clasicismo y el barroco al neoclasicismo. La arquitectura de las misiones, con sus muros encalados y tejas rojas, ha influido en el estilo de muchas de las actuales construcciones californianas.


    Se procuraba que cada misión fuera económicamente autosuficiente. En este sentido los franciscanos instruyeron a los indios en la agricultura y la ganadería, enseñándoles, también, los principales oficios. Por su parte, las mujeres aprendieron a cocinar, tejer y coser. La jornada en la misión, dividida por el toque de las campanas, comenzaba después del alba con la misa, a continuación se desayunaba y cada cual acudía a su trabajo, los hombres en los campos y las mujeres con las tareas domésticas. A mediodía, luego del rezo el ángelus, se comía y tras un descanso se volvía al trabajo. A media tarde comenzaba el tiempo para la oración y la instrucción religiosa, después de lo cual se cenaba. Los días de fiesta, que eran más de cuarenta al año, no se trabajaba (6). La enseñanza de la doctrina solía hacerse en español y lengua nativa. Según un documento de 1801, los indígenas recibían una manta cada año; los hombres, unas calzas cada seis meses y una camisa cada siete meses; las mujeres, camisa y falda cada siete meses (7). En 1820 había en la Alta California unos 20.500 neófitos (indios bautizados), 37 misioneros y una población hispana (blancos y mestizos) de 3.270 (8). En las misiones más populosas llegaron a vivir hasta 2.000 neófitos.


    La producción agrícola y ganadera de las misiones fue por regla general buena, lográndose con creces el objetivo del autoabastecimiento. Con el tiempo, los padres franciscanos lograron desarrollar el cultivo de la vid y la elaboración de vino. Por cierto, un excelente vino, en el caso de la bodega de San Diego, que mereció servirse en la mesa del monarca español Fernando VII (9).


    3. Relación de los misioneros con los indígenas.


    La vida en las misiones en cierto modo se asemejaba a la de un internado religioso. Para gobernar cada una de aquellas pequeñas sociedades los frailes entendían que, en ciertos casos, era necesario recurrir a algo más que la explicación de los principios morales. Así pues, se aplicaron determinados castigos físicos, una manera de proceder totalmente en sintonía con la mentalidad de aquellos tiempos. Por ejemplo, las relaciones sexuales fuera del matrimonio podían castigarse con tres días de grilletes (10).


    Aunque excepcionalmente hubo algún mal ejemplo, en general la mayor parte de los misioneros consumieron sus vidas entregándose con auténtica caridad cristiana a la tarea de cristianizar, cuidar y civilizar a los indígenas. La Péruse, un viajero francés que visitó California a finales del siglo XVIII, después de observar la labor que allí se realizaba, no pudo por menos que concluir con este comentario: “La piedad española ha sostenido hasta el presente y con un alto coste estas misiones y estos presidios con la única finalidad de convertir y civilizar a los indios de estas regiones. Sistema más digno de elogio que el de otros pueblos rapiñadores (…) que cometen impunemente las más crueles atrocidades” (11).


    Como ocurrió en otros lugares de la América española, el clero -en este caso los franciscanos- se erigió en firme defensor del indio, llegando en ocasiones a enfrentarse por esta causa con las autoridades coloniales. Después de la destrucción de la misión de San Diego, con el martirio del padre Luis Jaime (1775), la guarnición española emprendió medidas contra los culpables. El principal cabecilla, el indio Carlos, se refugio en la iglesia del fuerte de San Diego, y cuando el comandante Rivera, pese a las advertencias de los franciscanos, entró en el templo y lo prendió, fue excomulgado. Solamente se le absolvió al ser liberado el indio. Los padres entregaron más tarde al indio Carlos para que fuera juzgado y, mientras, fray Junípero trabajó para conseguir el indulto. En una carta dirigida al Virrey, Serra escribía: “Una de las principales cosas que pedí al ilustrísimo Visitador General en el principio de estas conquistas fue que si los indios, fuesen gentiles, fuesen cristianos me mataban, se les había de perdonar, y lo mismo pido a vuestra Excelencia (…)”. Respecto al asesinato del padre Luis Jaime, Serra añade:”pero si ya le mataron, ¿qué vamos a buscar con campañas? Dirán que escarmentarlos, para que no maten a otros. Yo digo que para que no maten a otros, guardarlos mejor de lo que hiciste con el difunto, y al matador dejarle para que se salve, que es el fin de nuestra venida y el título que la justifica. Darle a entender, con algún moderado castigo, que se le perdona, en cumplimiento de nuestra ley, que nos manda perdonar injurias, y procúrese no su muerte sino su vida eterna” (12).



    4. El final de las misiones y destino de los indígenas.


    Las misiones no se pensaron como una forma de vida definitiva para los indígenas. El objetivo era evangelizar a los nativos e introducirlos en la civilización occidental. Sin embargo, los franciscanos de California siempre alegaron que los neófitos no estaban todavía preparados para integrarse en la sociedad.


    Una nueva etapa se abrió en la Alta California cuando, en 1821, México proclamó su independencia de España. Desde ese momento fue creciendo sobre las misiones la amenaza de la secularización que, finalmente, llegó, aplicándose a los distintos establecimientos a largo de la década de 1830.


    Teóricamente, al menos una parte importante de los bienes de las misiones debían corresponder a los indios neófitos, pero en la práctica la secularización supuso despojar a los indios de aquellas propiedades que pasaron a los colonos. Aquella injusticia venía favorecida por las circunstancias políticas y, entre otras razones, porque en aquel momento ya no mandaba la Monarquía Católica que, pese a sus errores, siempre procuró defender los derechos de los indígenas.


    De todas formas, lo peor estaba por llegar. Después de un conflicto que supuso para los mexicanos la pérdida de Texas (1836), EEUU declaró la guerra a México (1846-1848), venciendo y obteniendo, entre otros, los territorios de Nuevo Méjico, Arizona y Alta California. Casi al tiempo en que se produjo el cambio de soberanía se desató en California “la fiebre del oro” que atrajo a una ingente muchedumbre de inmigrantes, sobre todo de otras zonas de los Estados Unidos. En medio de aquel torbellino, tanto de gentes como de avaricia, el indígena sobraba, desatándose pronto una persecución que, sin duda, podemos calificar de genocidio.


    Al llegar a este punto -y aunque estamos en los límites de nuestro artículo- no podemos por menos que terminar recordando y subrayando las grandes diferencias que se dieron en América entre la colonización anglosajona y la española. Las diferencias incluyen, en particular, las distintas mentalidades y valoraciones que entraron en juego a la hora de relacionarse con los nativos. Aunque para poder conocer más justamente el tema tendríamos que tener presentes diferentes circunstancias históricas, creo que no es del todo aventurado concluir sobre esta cuestión resumiendo con el siguiente argumento: mientras, hoy día, en un buen número de países hispanoamericanos los porcentajes más altos de la población corresponden a descendientes de amerindios -mestizos o indígenas-, en EEUU -emigrantes aparte- los que proceden de las poblaciones precolombinas no llegan al 1 % del total.


    Luis Alonso Somarriba.
    Santander, octubre del 2010.





    NOTAS:


    (1) SOBREQUÉS CALLICÓ, Jaume: Orígenes hispanos de California, Editorial Base, Barcelona, 2010, págs. 63, 64.
    (2) Ibid., pág. 140.
    (3) BANCROFT, History of California I, págs. 199-206.
    (4) PALOU, Francisco, Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre fray Junípero Serra, México, 1787, XLI, pág. 184.
    (5) Ibid., págs. 277-281.
    (6) Del relato del viajero francés La Pérouse. Citado en SOBREQUÉS CALLICÓ, J., op. cit., págs. 210-211.
    (7) Documento redactado por el padre presidente de las misiones californianas en 1801. Citado en ibid., pág. 255.
    (8) Ibid., págs. 269 y 273.
    (9) Ibid., págs., 483-484.
    (10) De un informe del padre Lasuén; citado en ibid., pág. 256.
    (11) Citado en ibid., pág. 211.
    12) Citado en IRABURU, José María, Hechos de los apóstoles de América; Fundación Gratis Date, Pamplona, 1999, 2ª parte, capítulo 13;
    .
    Última edición por Michael; 29/05/2013 a las 07:09
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Fray Junípero Serra, el gran capitán español de la fe

    MANUEL DE LA FUENTE / MADRID







    El misionero es el eje de un gran muestra en California

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    Un sello norteamericano dedicado a Fray Junípero Serra




    Nuestros hombres en América no eran tipos que se arredraran así como así. Si había que tirar de estoque, sus aceros siempre estaban prestos y afilados. Y si había gresca, allí estaban en primera línea. Pero no solo se españolizó aquella tierra a golpe de espada. Junto a los soldados hubo otros hombres que también se la jugaban, pero no con pólvora, sino el combate de la fe, armados con una cruz. Allá, en tierra extraña, primero fueron los jesuitas y, tras ellos, principalmente los franciscanos, que se dejaron media vida evangelizando aquellos lugares que hoy son la próspera y luminosa California.

    Entonces, allá por el último tercio del siglo XIX, apenas si había nada, pero tipos inquebrantables como Fray Junípero Serra armados con su fe y con su palabra levantaron los cimientos con sus misiones de lo que hoy son grandes ciudades como Los Ángeles, San Francisco, San Diego y Sacramento.

    Un hombre pertinaz

    La vida de este pertinaz fraile mallorquín, llamado en su bautismo Miquel Josep (Petra, Mallorca, 1713) y su influencia en la vida de los indios y de la cultura californiana es el objeto de la gran muestra que se inauguró el día 17 en la ciudad de San Marino, concretamente en la Biblioteca Huntington, bajo el nombre de «Junípero Serra y los legados de las misiones de California», una muestra que estudia la vida y la carrera de Serra en Mallorca y España, su esfuerzo misionero en México y California, y también, como explican los organizadores, «la diversidad y la complejidad de las culturas indias de California, y las experiencias de los misioneros y los indios que vivían en las misiones».

    Ayuntamiento de palma


    Retrato de Serra, de Fray Francesc Caimari (1790)

    Además, la exposición también se pregunta si es cierto que las culturas indígenas desaparecieron debido a la prolilferación de las misiones franciscanas inspiradas por Serra.
    Relatos de los nativos

    La muestra también incluye relatos y declaraciones de descendientes de los nativos de las misiones, y aporta objetos como cuadros raros e ilustraciones que documentan la historia de Mallorca, la vida de Serra, el arte litúrgico católico del siglo XVIII y la Nueva España, así como varios bocetos y acuarelas que son una de los primeras representaciones visuales de California y sus nativos.
    museo naval de madrid


    «India de Monterrey», de José Cardero

    Según Steve Hackel, uno de los comisarios, «estas imágenes son hermosas, pero no solo eso, porque son también las representaciones etnográficas más importantes de la vida de los indios de California en los tiempos de las misiones». Los nativos también son recordados en la muestra, ya que como cuenta la comisaria Catherine Gudis, «al igual que los españoles, se trataba de personas que tenían una historia y una cultura importantes mucho antes de que los europeos llegaran allí, una historia y una cultura que se debe preservar».
    Setenta mil nativos

    Se calcula que el número de nativos que habitaban California en aquella época era de setenta mil, y se hablaban cerca de cien lenguas distintas. Cada pueblo tenía sus propias costumbres y cultura. Fray Junípero Serra los incorporaba a sus misiones para evangelizarlos, pero este viaje a menudo se convertía en una tragedia, sobre todo por las enfermedades que mermaban a los indígenas.
    Serra comenzó su tarea en 1769, cuando desde España se pensaba que aquella tierra californiana podía ser ocupada por otros europeos. Ayudados por decenas de soldados fundaron primero San Diego y Monterrey, donde en 1770, Serra y Gaspar de Portolá, el gobernador interino de California, tomaron posesión de la Alta California para España. Entre los indígenas y los españoles hubo tensiones, pero también mezcla de culturas, por ejemplo en cuestiones musicales. La muestra enseña igualmente los registros sacramentales de los franciscanos, sobre bautismos, matrimonios y defunciones.
    Serra murió en 1784, después de la construcción de nueve misiones. Sus restos descansan en la Basílica de la Misión de San Carlos Borromeo, en Monterrey. El papa Juan Pablo II lo beatificó el 25 de septiembre de 1988.
    Datos útiles

    m. de la f.madrid
    «Junípero Serra y los legados de las misiones de California». Hasta el 6 de enero. The Huntington. 1151 Oxford Road. San Marino, California. The Huntington Library







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