Re: Las Españas y el fútbol
Derrota mundial
ENRIQUE SADA SANDOVAL
15/07/14
Tras la euforia y las serpentinas por el triunfo de Alemania en el Mundial de Brasil—triunfo emblemático si reparamos en la última vez que ganó en algo de ese rango, hace más de setenta años—pareciera que la vida vuelve a su curso. La canciller Ángela Merkel sigue ostentando la batuta como líder de la Comunidad Europea mientras Brasil vuelve a su cruda realidad y la premier Dilma Roussef se despide de cualquier tentativa de reelección en cuanto ante los ojos del mundo quedó expuesto el mito del “paraíso socialista”, erigido por Lula da Silva y continuado por ella, como lo que en verdad era: una burbuja creada a partir de represión de la fuerza pública, en contra de los más pobres, desde un apartheid sistemático que, por lo crudo, nos remite a Sudáfrica en los ochentas y a la Germania de los años treintas.Sin embargo, quien se llevó la copa de la infamia en este caso fue el gobierno de Israel por la masacre que inició en la franja de Gaza, aprovechando el golpe de los balones para ensayar, a punta de cañones, la misma política genocida que el régimen nacional-socialista emprendiera en contra del pueblo judío durante el siglo anterior.Mientras el mundo festejaba quien figuraba para cuartos de final, las Naciones Unidas guardaban silencio cómplice ante los bombardeos de civiles palestinos en tanto Washington repetía como Golem que “Israel tiene derecho a defenderse”. Fue así como las bombas de las aeronaves y el rugir de los misiles teledirigidos surcaron los cielos para repartir democracia, en el más pleno sentido con que entendemos esta palabra desde los atentados del 11 de septiembre del 2001: como muerte igualitaria para los más débiles.Por desgracia, tal parece que la misma historia, lo peor de la historia del siglo XX, vuelve a repetirse como farsa y como tragedia en pleno siglo XXI; es decir, más de setenta años después que resonaran los nombres de Auschwitz, Treblinka, o Bergen-Belsen—en cuyas sombras se experimentó toda la infamia de un régimen que cegaba la vida de otros en función de ordenamientos étnólatras—ahora vemos con horror, entre imágenes de centenares de niños muertos o mutilados, como los oprimidos de ayer terminaron autodegradándose hasta la desmemoria para convertirse nada menos que en la viva imagen de sus verdugos; y como entre quienes gritan “raza superior” o “pueblo elegido” hay tanta diferencia como la que existe entre el odio y el amor: un solo paso.Y esta auténtica derrota mundial, en donde la humanidad enmudece como una tumba mientras desciende en caída libre, nos remite a las advertencias que Pascal Bruckner hiciera todavía en los noventas, tal y como se le recuerda hoy entre las páginas de La tentación de la inocencia: “En cuanto un pueblo aspire a la santidad invocando sus padecimientos, en cuanto exhiba sus heridas y convoque a sus muertos, desconfiemos. Significa que está tramando algo malo y que el recuerdo, en vez de prevenir la vuelta al asesinato de masas, sólo es invocado para perpetrarlo de nuevo. Significa que envolviéndose así, bajo la capa del angelismo, los asesinos, antes de afilar sus cuchillos, solicitan la absolución del mundo civilizado a la espera...de volverse un día contra él”.
La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.
Antonio Aparisi
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