José Santos Chocano-El Perú
Poeta peruano, cuya voz es la más reconocible de la lírica modernista peruana por su aparatoso despliegue sonoro y visual. Esa vistosidad, las desbordantes pretensiones de su personalidad y los aspectos aventureros de su vida, le valieron ser considerado -el poeta de América-; quería rivalizar con Rubén Darío, aunque carecía de la profundidad y sinceridad poéticas de éste. Fue periodista y realizó labores diplomáticas en diversos países de América y en España. En México (1912) estuvo envuelto en el movimiento revolucionario, primero al servicio del presidente Madero y luego de Venustiano Carranza y Francisco Villa, de quien fue secretario. En Guatemala (1919) colaboró con el dictador Manuel Estrada Cabrera y estuvo a punto de ser fusilado cuando éste cayó del poder. En Lima fue solemnemente coronado (1922) por su obra poética. Aunque se identificó con los ideales modernistas, Chocano era en verdad un ecléctico que creía que -en el arte caben todas las escuelas como en un rayo de sol todos los colores-. Su poesía se distingue por la exaltación de la naturaleza y la fogosa evocación de lo histórico. Cantaba lo exótico, lo indígena y lo heroico, todo lo que era grandioso y pintoresco, apoyado en un verso rotundo y a veces estruendoso. Lo más representativo de su copiosa obra está en Alma América (1906) y Primicias de Oro de Indias (1934). En 1925 mató a tiros a un escritor que lo había criticado; fue absuelto de su crimen, abandonó el país en 1928 y se estableció en Chile, donde un desquiciado mental lo mató.
No beberé en las linfas de la castalia fuente
ni cruzaré los bosques floridos del Parnaso,
ni tras las nueve hermanas dirigiré mi paso:
pero, al cantar mis himnos, levantaré la frente.
Mi culto no es el culto de la pasada gente,
ni mes es bastante el vuelo solemne del Pegaso:
los trópicos avivan la flama en que me abrazo,
y en mis oídos suena la voz de un continente.
No beberé en las linfas de la castalia fuente
ni cruzaré los bosques floridos del Parnaso,
ni tras las nueve hermanas dirigiré mi paso:
pero, al cantar mis himnos, levantaré la frente.
Mi culto no es el culto de la pasada gente,
ni mes es bastante el vuelo solemne del Pegaso:
los trópicos avivan la flama en que me abrazo,
y en mis oídos suena la voz de un continente.
Don Miguel de Cervantes me prestará su pluma,
para escribir mi nombre debajo del proceso.
Quien me enseñó su idioma, me enseñará a estar preso:
también quiso abrumarlo la pena que hoy me abruma.
Insinuará él razones de sutileza suma
y aguzará ironías contra el destino avieso;
así, sobre las olas de mi iracundo acceso,
se mecerá su risa como una flor de espuma.
Maestro de los siglos,
me ayudará a ser fuerte:
el día en que los hombres quieran pesar mi suerte,
vendrá a mí esa figura caballerosa y alta;
y cuando el fiel severo del tribunal se exceda,
me tenderá Cervantes la mano que le queda
o arrojará a un platillo la mano que le falta.
CANTO AL RÍO MAGDALENA :
Nadie supe que vieja caravana
resbaló por tus márgenes frondosas,
bebió en tus aguas y peinó con rosas
tu retorcida cabellera cana.
Hay en el culto de tu pompa indiana
sombras de héroes, espíritus de diosas
y ecos de unas batallas fragorosas
que parecen venir del Ramayana...
En tu caudal de trágicas arrugas,
hacen temblar sus mallas los caimanes
y brillar su coraza las tortugas;
y en tu escudo ovalado y reluciente,
alrededor de un choque de titanes,
pone su monograma una serpiente.
¡ Alégrate juventud !
La primavera de las almas
Ha engarzado en tus sombras una chispa de luz,
Que es como aquel lucero
Que señaló el sendero del establo a la cruz,
Júntense todas tus miradas
En el divino centro de esa ígnea virtud;
Y váyanse tus pasos por el nuevo camino que esa
luz te señala
¡ Alégrate, juventud !
Es la gran hora de la vida.
La mañana ha limpiado los pinceles del Sol
En sus doradas nubes.
Y las cumbres se amotinan hambrientas de arrebol.
Y las campiñas enfloradas;
Se abren las venas llenas de aguas de salud.
Naturaleza madre te dice que es la hora de las resurrecciones.
¡ Alégrate, juventud !
¿ No has escogido los laureles
que tus antepasados tuvieron en la lid ?
¿ Y no está orgullosa
de tu padre el Quijote, ni de tu abuelo el Cid ?
¿ Será preciso que de lo alto
de los siglos, la estirpe venga como un alud
y arrastre, al fin, el peso de tus preocupaciones y tus melancolías ?
¡ Alégrate, juventud !
¡ Oh juventud ! Una paloma
para su vuelo sobre la testa del león.
¿ No oyes ? Del otro lado
del mar y el tiempo, un mundo te envía una canción.
¡ Oh primavera de las almas !
Hay gritos de trompeta y arrullos de laúd;
Y cálices de flores y bocas de mujeres, unánimes, te dicen :
¡ Alégrate, juventud !
EL CHARRO
Viste de seda: alhajas de gran tono;
pechera en que el encaje hace una ola,
y bajo el cinto, un mango de pistola,
que él aprieta entre el puño de su encono.
Piramidal sombrero, esbelto cono,
es distintivo en su figura sola,
que en el bridón de enjaezada cola
no cambiará su silla por un trono.
Siéntase a firme, el látigo chasquea;
restriega el bruto su chispeante callo,
y vigorosamente se pasea...
Dúdase al ver la olímpica figura
si es el triunfo de un hombre y su caballo
o si es la animación de una escultura.
En su tostada faz hay algo sombrío:
talvéz la sensación de lo lejano,
ya que ve dilatarse el océano
de la verdura al pie de su bohío.
Él encuadra al redor su sembradío
y acaricia la tierra con su mano.
Enfrena un potro en la mitad de un llano
o a nado se echa en la mitad de un río.
Él, con un golpe, desjarreta un toro;
entra con su machete en un boscaje
y en el amor con su cantar sonoro,
porque el amor de la mujer ingrata
brilla sobre su espíritu salvaje
como un iris sobre una catarata...
EL GAUCHO
TRÍPCOEs la Pampa hecha hombre; en un pedazo
de brava tierra sobre el sol tendida.
Ya a indómito corcel pone la brida,
ya lacea una res: él es el brazo.
Y al son de la guitarra, en el regazo
de su "prenda", quejoso de la vida,
desenvuelve con voz adolorida
una canción como si fuera un lazo...
Cuadro es la Pampa en que el afán se encierra
del gaucho, erguido en actitud briosa,
sobre ese cansancio de la tierra;
porque el bostezo de la Pampa verde
es como una fatiga que reposa
o es como una esperanza que se pierde...
EL INCA
Indio que asomas a la puerta
de esa tu rústica mansión:
¿para mi sed no tienes agua?
¿para mi frío cobertor?
¿parco maíz para mi hambre?
¿para mi sueño mal rincón?
¿breve quietud para mi andanza?
-¡Quién sabe, señor!
Indio que labras con fatiga
tierras que de otros dueños son:
¿ignoras tú que deben tuyas
ser, por tu sangre y tu sudor?
¿ignoras tú que audaz codicia,
siglos atrás te las quitó?
¿ignoras tú que eres el Amo?
-¡Quién sabe, señor!
Indio de frente taciturna
y de pupilas sin fulgor:
¿qué pensamiento es el que escondes
en tu enigmática expresión?
BE!
¿qué es lo que buscas en tu vida?
¿qué es lo que imploras a tu Dios?
qué es lo que sueña tu silencio?
-¡Quien sabe, señor!
¡Oh raza antigua y misteriosa
de impenetrable corazón,
y que sin gozar ves la alegría
y sin sufrir ves el dolor:
eres augusta como el Ande,
el Grande Océano y el Sol!
Ese tu gesto, que parece
como de vil resignación,
es de una sabia indiferencia
y de un orgullo sin rencor...
Corre en mis venas sangre tuya,
y, por tal sangre, si mi Dios
me interrogase que prefiero,
-cruz o laurel, espina o flor,
beso que apague mis supiros
o hiel que colme mi canción-
Cada volcán levanta su figura,
cual si de pronto, ante la faz del cielo,
suspendiesen el ángulo de un vuelo
dos dedos invisibles de la altura.
La cresta es blanca y como blanca pura:
la entraña hierve en inflamado anhelo;
y sobre el horno aquél contrasta el hielo,
cual sobre una pasión un alma dura.
Los volcanes son túmulos de piedra,
pero a sus pies los valles que florecen
fingen alfombra de irisada yedra;
y por eso, entre campos de colores,
al destacarse en el azúl, aparecen
cestas volcadas derramando flores.
¡ HE VIVIDO POCO ! ¡ ME HE CANSADO MUCHO !
Hace ya diez años
que recorro el mundo.
¡He vivido poco!
¡Me he cansado mucho!
Quién vive de prisa no vive de veras,
quién no echa raíces no puede dar frutos.
Ser río que recorre, ser nube que pasa,
sin dejar recuerdo, ni rastro ninguno,
es triste, y más triste para quién se siente
nube en lo elevado, río en lo profundo.
Quisiera ser árbol mejor que ser ave,
quisiera ser leño mejor que ser humo;
y al viaje que cansa
prefiero terruño;
la ciudad nativa con sus campanarios
arcaicos balcones, portales vetustos
y calles estrechas, como si las casas
tampoco quisieran separarse mucho...
Estoy en la orilla
de un sendero abrupto.
Miro la serpiente de la carretera
que en cada montaña da vueltas a un nudo;
y entonces comprendo que el camino es largo,
que el terreno es brusco,
que la cuesta es ardua,
que el paisaje es mustio...
¡Señor! ¡ya me canso de viajar! ¡Ya siento
nostalgia, ya ansío descansar muy junto
de los míos!... Todos rodearán mi asiento
para que les diga mis penas y mis triunfos;
y yo, a la manera del que recorriera
un álbum de cromos, contaré con gusto
las mil y una noches de mis aventuras
y acabaré en ésta frase de infortunio:
-¡He vivido poco!
-¡Me he cansado mucho
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