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Tema: Españoles en la Cochinchina

  1. #1
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    Españoles en la Cochinchina

    Españoles en la Cochinchina

    Este articulo lo escribe nuestro colaborador Javier P.

    Cuando a mediados del siglo XIX en Occidente se supo de la existencia de Angkor, Francia reivindicó su descubrimiento a raíz de la visita que por aquella época realizó el explorador galo Henri Mouhot a sus ruinas, recubiertas por la espesa vegetación de la jungla.
    Los españoles ya habían desvelado hacia unos 300 años la belleza y majestuosidad de la legendaria ciudad de Angkor, y fueron los frailes españoles Gabriel Quiroga de San Antonio y Diego Aduarte, que narran a principios del siglo XVII en cartas dirigidas al rey Felipe III las experiencias vividas en Camboya por aventureros españoles llegados a ese reino a finales del XVI en busca de fortuna y nuevos territorios para la Corona de España

    1.567Los primeros misioneros que llegaron a Tailandia en 1.567 fueron los dominicos Jerónimo de la Cruz y Sebastiao do Canto, que fueron asesinados en 1.569.
    1.592Blas Ruiz de Hernán González nació en La Calzada cerca de Ciudad Real, marchó a América de muy joven donde caso con una mujer rica, con la dote pero sin su mujer se desplazo a Filipinas, compró un navío, reclutó una tropa con su dinero y puso rumbo a Camboya.
    En 1595, la Corte de Camboya andaba con problemas. Tailandia había atacado al reino de Camboya y derrotado a su Rey Apram. El Rey huyó al vecino Laos con toda su familia. Un tal Prabantul se hizo cargo del país y se proclamó Rey. El legítimo Rey Apram, nombro a Blas Ruiz su Embajador y lo mando a Manila para solicitar ayuda de los españoles. Al mismo tiempo que llegaba Ruiz a Manila lo hacia una Embajada enviada por el Rey de Tailandia, la encabezaba el mercenario portugués Diego Belloso.El objetivo de esta Embajada era lograr lo contrario que la anterior, es decir que los españoles de Filipinas se mantuvieran al margen . El Gobernador de Manila, Pérez Dasmariñas decidió apoyar al destronado Monarca camboyano, enviando una expedición de un galeón y dos juncos con 120 españoles y algunos mercenarios japoneses, al mando del Capitán canario Suárez Gallinato. Los juncos iban capitaneados por Diego Belloso, y Blas Ruiz, con ellos viajaba el Dominico Fray Gabriel de San Antonio, es por quién se tienen noticias de todos los sucesos que posteriormente ocurrirían.
    El 19 de Enero de 1596 partía la pequeña expedición del Puerto de Manila.Una tempestad separó las naves. Los juncos llegaron a la desembocadura del Mekong en Camboya sin demasiados problemas, y el galeón con Gallinato acabo en Singapur, muy maltrecho perdiendo el contacto con Belloso y Ruiz. Al llegar estos a Camboya fueron recibidos por el Rey usurpador Prabantul. Las ordenes que traían era tratar de resolver el problema dinástico entre familiares de modo pacifico, actuando como árbitros en el asunto y sacando ventajas comerciales o algún tipo de beneficio para los intereses de la Corona. Como muestra de buena voluntad ,entre otros muchos regalos, el Gobernador de Filipinas enviaba a Camboya un animal rarísimo y exótico para el país, un burro.
    Nada mas llegar los españoles entraron en conflicto con los chinos. Una colonia de más de 3.000 chinos vivía en la capital, en su mayoría dedicados al comercio. De inmediato vieron a los hispanos como rivales y empezaron a hostigarlos día tras día. Al final hubo un serio enfrentamiento y el resultado fué más de 300 chinos muertos y sus juncos en poder de los castellanos. Cuando el Rey se entero de esta noticia, exigió la devolución de los barcos y la presencia en su palacio de los Capitanes españoles. Blas Ruiz se encamino a Palacio con 40 de sus hombres. No se sabe como, pero se enteraron que se les preparaba una encerrona La reacción fue asaltar el palacio real durante la noche y provocar un incendio. El Rey fue alcanzado por el tiro de un arcabuz durante los incidentes y murió. Una multitud se lanzó en persecución de los españoles, consiguieron embarcar y se encontraron con Gallinato que subía por el río Mekong con el resto de la expedición. Gallinato viendo como estaba la situación decidió dar marcha atrás por dicho río, bordear la costa e intentar llegar a Ho-Chi-Ming ( Saigon ). En el puerto de Chua Chang encontraron semidestruida la nave en la que había encontrado la muerte el anterior Gobernador Gómez Pérez, padre del actual Gobernador de Filipinas Pérez Dasmariñas .Gómez Pérez se había puesto al frente de una expedición en socorro de las Molucas, que se habían rebelado. Los marineros chinos de la nave se sublevaron y mataron a todos los castellanos, huyendo luego hacia Cochinchina. Gallinato partió hacia a Manila, llegando en Mayo de 1597, en cambio Ruiz y Belloso se dirigieron a Laos en busca del Rey legítimo Apram.
    Cuando Blas Ruiz y Diego Belloso llegaron a Laos se encontraron con que el Rey de Camboya Apram había muerto, el heredero era el hijo menor Prauncar. En Camboya se había proclamado Rey el hijo del usurpador Prabantul, de nombre Chupinamu.
    Ruiz y Belloso parece ser que convencieron a la Familia Real de Laos para ir a la conquista y recuperación del trono de Camboya, con la ayuda del Mandarin Ocuña-Chu y 6000 laosianos. Bajo el mando de Ruiz y Beloso vencieron al usurpador , acabando por coronar y restituir al Rey legitimo en su trono. En premio a su audacia y valentía la Familia Real les nombró gobernadores de dos provincias, y autorizó la presencia de misioneros católicos.
    Una embajada es enviada a Manila en agosto de 1598, y el Gobernador Pérez Dasmariñas decide mandar 2 religiosos junto con 200 soldados españoles a Camboya. La expedición con 3 buques no llegaría a su destino Una nueva expedición es enviada con 2 buques, al mando de los Capitanes Luís Ortiz del Castillo y Luís de Villafane. Llegan sanos y salvos a Camboya, donde son muy bien recibidos por Ruiz, Belloso y el puñado de españoles que quedan, pero no así por la Corte. El Rey Prauncar, aunque muy joven, tenía mucha afición a la bebida. El reino lo gobernaba su madrastra, la viuda del difunto Rey Apram, y amante del Mandarin Ocuña. Este vió con muy malos ojos la llegada de refuerzos desde Filipinas y temiendo por su posición de favorito, obligó a los dos buques españoles a regresar a Manila, mientras navegaban rió abajo fueron atacados por tropas de mercenarios malayos, fuerzas bien entrenadas y dotadas de artillería. Todos los soldados españoles sucumbieron,
    En la capital, Ruiz, Belloso, y los soldados que quedaban también fueron atacados por las fuerzas de Ocuña, y todos los españoles resultaron muertos, a excepción de Juan de Mendoza y Fray Gabriel, que consiguieron hacerse a la vela y huir a Manila donde dieron cuenta de lo sucedido.En Filipinas se perdió el interés por estos reinos, visto los embrollos y problemas que había traído consigo, finalizando las expediciones españolas al reino de Camboya
    1.858
    La guerra de la Cochinchina
    La campaña se inició como una expedición militar punitiva de tropas franco-españolas, con motivo del asesinato de varios misioneros españoles y franceses entre ellos el Obispo José María Díaz Sanjurjo, después de una bárbara persecución antieuropea y anticristiana desencadenada por el Emperador Minh- mang . El 1 de diciembre de 1857, el Ministro de Asuntos Exteriores francés comunicó a su homólogo español que Luís Napoleón III había dado órdenes a la escuadra francesa en la zona para dirigirse frente a las costas del Reino de Annam, era una expedición de castigo y solicitaba la participación de la flota española instalada en Filipinas, a lo que el gobierno accedió con un encendido ardor patriótico. Al mando de las unidades españolas se nombró al Coronel Bernardo Ruiz de Lanzarote, y desde Manila, se hizo a la mar la flota española. La tropa de Ruiz de Lanzarote, de 1.650 hombres, compuesta por peninsulares y tagalos, se unió a la francesa, comandada por el Contraalmirante Rigault de Genouilly. Atracaron en la bahía de Turana, con la intención de rendir a su capital Hué, pero no pudieron romper sus defensas, la flota combinada se dirigió a Saigón (ya entonces tenía más de 100.000 habitantes) asaltando la ciudad el 17 de febrero de 1859, a los pocos días estos fueron sitiados por los annamitas, sitio que duró 7 meses. En 1860, la tropa española fué reforzada directamente desde España por un cuerpo expedicionario al mando del Coronel Carlos Palanca. A su llegada a Saigón se encontró con una situación dramática de los defensores , pero al final los sitiadores annamitas fueron vencidos. Analizando la situación se percato de la farsa y las intenciones francesas, que eran quedarse definitivamente en estas regiones. El Coronel lo comunicó, e ideó un plan para que España se estableciera en Indochina como estaba haciendo Francia, y dejáramos de ser unos comparsas de los franceses, pero en España se ignoró su propuesta, era la época de las guerras civiles, represalias y pronunciamientos.
    A finales de1861 el nuevo Jefe de la expedición conjunta, el francés Page ordenó la retirada de las tropas españolas, sin previa consulta al Gobierno Español
    Tras la ocupación de la zona meridional del país conocida como Cochinchina, el 23 de marzo de 1862 se daba por concluido el conflicto, firmándose la paz el 14 de abril sin que hubiera signatario español alguno. El emperador Tu aceptó las condiciones de París, cediendo dicha zona ocupada a Francia. Las tropas españolas regresaron a Filipinas. España renunció a pretensiones territoriales en la zona, dándose por satisfecha con las garantías otorgadas por las autoridades locales al culto cristiano. El resultado fue, una retirada vergonzosa, y además el gobierno español silenció esta humillación nacional ante la opinión pública, tras cinco años de sacrificio y de cientos de muertos. Posteriormente Francia se extendería por Camboya, y el norte de Vietnam. En 1902 tenían ocupada toda la península de Indochina, lo que se llamó la Indochina Francesa.
    En 1954 un ejército francés de 20.000 hombres fue derrotado totalmente en Dien Bien Phu, situado a unas 150 millas al W de Laos. La Indochina Francesa fue borrada del mapa, creándose cuatro estados independientes: Camboya, Laos, Vietnam del Norte, Vietnam del Sur.
    En 1969 los americanos con un ejército que llegó a disponer de 500.000 soldados, también serían derrotados.
    1.936Durante la guerra civil, los republicanos crearon una falsa embajada de Siam en la calle Juan Bravo nº 12 de Madrid, que servia de señuelo para atrapar falangistas, prometían traspasar personas a la zona nacional y los que allí acudían eran rápidamente detenidos o fusilados
    1.954De los republicanos españoles que pasaron a Francia terminada la guerra, unos 15.000 se alistaron en la legión extranjera, y muchos combatieron en la batalla de Dien Bien Phu.
    1.965En la década de los sesenta, durante la guerra de Vietnam, el Presidente Johnson solicito ayuda militar a España. En 1.966 marchó para Vietnam un cuerpo sanitario de treinta voluntarios de médicos enfermeros y ayudantes, al mando del Coronel Francisco Faundez. Fueron relevados en un par de ocasiones y estuvieron allí durante cinco años en el Hospital de Go-cong en el delta del Mekong,
    Actualmente
    Existen inscripciones y documentos hallados en Camboya, que recogen las aventuras de Ruiz y Belloso, a quienes presentan como «hijos adoptivos de Satha». En recuerdo de los españoles, un grupo de camboyanos levantó hacia 1940, en la carretera que une Phnom Penh con la frontera vietnamita y uno de los pueblos que más sufrieron el efecto de los bombardeos durante la guerra con Estados Unidos, un sencillo monumento en honor de aquellos aventureros capitaneados por Ruíz y Belloso.
    J.P.


    Herencia Española: Españoles en la Cochinchina
    Esteban dio el Víctor.

  2. #2
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    Respuesta: Españoles en la Cochinchina

    EL APÓSTOL DE LA COCHINCHINA: PEDRO ORDÓÑEZ DE CEBALLOS

    En el retrato de época, contemplamos al padre Matteo Ricci (1552-1610), apóstol en China que logró mantener una misión católica con carácter bastante estable.

    De la Cochinchina sabemos poca cosa. Casi siempre que mencionamos este país, lo hacemos para indicar algo muy remoto y viejo: muy probablemente el dicho popular encuentre su razón de ser en la intervención de las armas españolas, durante la llamada Guerra de la Cochinchina. La España de Isabel II, buscando el prestigio internacional, se metía en follones análogos a los que con Aznar y Zapatero padecemos hoy en día. España fue en aquella guerra del siglo XIX aliada de Francia. Hicieron un buen papel nuestros muchachos, pero poco nos lo agradecieron; para variar. Hoy traemos la Cochinchina a LIBRO DE HORAS, para dar a conocer una historia muy poco conocida: la de la primera misión católica que allí se hizo, la cual se la debemos al giennense D. Pedro Ordóñez de Ceballos (presentado ya en otras entradas de más abajo.)

    Y es que no se nos ha olvidado nuestro Ulises el de Jaén; un Ulises, biene es verdad que sin Penélope, pues al tomar las órdenes sagradas hizo voto de castidad que cumplió a rajatabla. No se nos ha olvidado, pues no puede olvidársenos el aventurero, soldado, navegante y sacerdote de Cristo, aquel Bachiller Pedro Ordóñez de Ceballos, nacido en Jaén. Hace semanas lo veíamos en América, sofocando revueltas indígenas bien con la paciencia y prudencia de un hombre de Dios, o bien por las bravas, agarrando al cacique indio de los testículos, por la gloria de Dios y de España... Y, todo sea dicho, para bien del alma del indio que, en aquel trance, pidió las aguas bautismales. Como para no pedirlas...

    En estas semanas nuestro aventurero ha navegado por el océanoPacífico, pasando las de Caín, hambreando y buscando un puerto entre tormentas que amenazaban su embarcación. Antes de la llegada de los franceses, fue nuestro jaenero el apóstol de la Cochinchina. Llegó a la Cochinchina y fue recibido gentilmente por el rey de aquel país, hospedándolo en el castillo real. El rey de la Cochinchina estaba interesado por el cristianismo. Vamos a ofrecer la conversación que tuvieron el rey de aquel remoto país con nuestro jaenés errante, publicada en el libro "Viaje del mundo". que escribiera tras su retorno a la ciudad de Jaén. El anciano presbítero recuerda sus andanzas y evoca los sucesos que le acontecieron el año 1590. En ese año tiene lugar esta conversación del misionero de Jaén con el rey de la Cochinchina. Digamos, para mejor comprender el texto, que unos jesuítas estaban merodeando la corte del rey cochinchino, pero éste había advertido a Ordóñez de Ceballos que no tratara con ellos. Nuestro aventurero obedece a su real anfitrión. Permítasenos alguna interpolación (siempre entre corchetes, en negrita y cursiva), para aclarar el sentido del texto. Habla Pedro Ordóñez de Ceballos. Le cedemos gustosos la palabra:

    "Día de San Esteban, estando rezando mis horas canónicas en la muralla, mirando el río, alcé los ojos y vi al rey en la muralla solo; levantéme y hice aquí mi acatamiento, llamóme, fuí y quíseme humillar y no lo consintió. Envié a llamar la lengua [así se le denominaba a quien hacía las veces de traductor e intérprete entre personas que desconocían el idioma de su interlocutor], y, entretanto que venía, tomó el breviario y lo hojeó. Dijo, en viniendo la lengua: Dile a éste que no me responda más palabra de lo que yo le pregunte, porque me enojaré. Hice mi acatamiento. Preguntó que quién era y de adónde era y de dónde venía y adónde iba. Dije que era sacerdote de mi ley y que era castellano, y que venía del Pirú por tormentas y que volvía al Pirú. Dijo si conocía a mi rey y si le había visto. Respondí que Don Felipe de Austria, [Felipe II] y hice mi acatamiento con la cabeza, porque estaba destocado. Él miró hacia atrás y dijo que a quién hacía reverencia. Dije que al nombre de mi rey y señor. Preguntóme que cómo se llamaba el rey de Portugal. Dije que ya lo había dicho; que el que murió se llamaba Don Sebastián, y que heredó mi rey. Sacó un papel y miró y dijo: Don Sebastián, ¿de qué murió? Fué a África -dije-, tierra de moros, y en una batalla murió. Estos padres que están aquí, ¿cómo se llaman?, ¿de adónde son?, ¿a qué vienen? Yo dije: Ni sé cómo se llaman, ni de adónde son y si son de mi ley vendrán a predicarla. Yo no los he visto ni hablado, que así me lo envió a mandar Su Majestad. Tomándome del bonete, me dijo: ¿Cómo el que ellos traen es tan chiquito? Dije que se usaría así en Goa o de adonde venían, y que serían algunos santos, buenos cristianos, y que por conformarse con el uso de la tierra vendrían así. Díjome: ¿Cómo se llama tu Dios? Dije, poniendo los tres dedos, que había distinción, que en mi lengua se llamaba Dios. Dijo: Ya lo sé, que aun acá, de sólo oírlo, le decimos Dios. Dije que Su Majestad me había dicho al principio que no respondiese a más de lo que me preguntse; que si me daba licencia hablaría en este caso un poco más. Respondió que no quería sino que prosiguiese como hasta entonces, porque aquéllos decían tanto que ya le tenían enojado. Tornó a preguntar: Di el nombre de tu Dios. Dije: Padre, Hijo y Espíritu Santo es su nombre. Sacó el papel y dijo: No digo yo ése, sino otro. Dije: Hijo, y éste, en cuanto hombre, Jesús; y entonces hinqué la rodilla derecha en tierra, y, queriendo hincar la otra, se enojó y dijo: ¿Qué, es posible que a mí no te humilles y ahora hincas las rodillas? Díjele: Señor, en nuestra ley las dos rodillas tenemos para el rey de los reyes y señor de los señores, y así por serlo, se las damos a Él solo. Dijo con cólera: ¿Cómo se llama su madre de ese Jesús? Torné a humillar la cabeza y dije: María, y tornéla a humillar. Entonces hizo él lo propio y dijo: María es muy buen nombre, y en trayéndome mi mujer, que es hija del emperador de Vismaya, se ha de llamar asi. ¡Oh, soberana Virgen, que en este punto me acordé de lo que vos dijiste que todas las generaciones os habían de llamar bienaventurada, que quiso vuestro esposo guardaros este honor y excelencia que todos os reconozcan por quien sois! Cosa notable por cierto y que me hizo reparar y aun regocijarme mi espíritu, de que a todo este rey hubiese estado tan sereno y grave, y en nombrando a María así se humillase y reverenciase su nombre benditísimo."

    Varias cosas llaman la atención: Ceballos nació en Jaén, pero no se tiene por andaluz: se llama "castellano". Mírese el respeto y reverencia con el que Ceballos trata a Felipe II. Repárese en el celo catequético del sacerdote y navegante español.



    Maestro Gelimer

    LIBRO DE HORAS Y HORA DE LIBROS
    Esteban dio el Víctor.

  3. #3
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    Re: Respuesta: Españoles en la Cochinchina

    Cuando los españoles cruzaron el mundo por la defensa de la fe en la Conchinchina

    LAURA CASADO
    Aunque les parezca mentira Conchinchina existió. No es un dicho español para citar lo que está lejos. Conchinchina es lo que hoy conocemos como Vietnam y hasta allí se desplazó un contingente español para defender a la misión dominica atacada brutalmente

    Museo naval


    Imagen del ataque a los Fuertes de Turana(1859)


    Los templos de Angkor, en Camboya, fueron los grandes desconocidos de Occidente hasta que Henri Mouhot, explorador francés del siglo XIX, los descubrió. Sin embargo, pocos sabían entonces que 300 años antes un par de aventurados misioneros españoles, Gabriel Quiroga de San Antonio y Diego Aduarte, ya habían contemplado en primicia la belleza y majestuosidad de estos tesoros arquitectónicos. Dos visionarios, sin duda, pues Angkor es, desde 1992, Patrimonio de la Humanidad.
    La misión española

    Ambos frailes mantenían rutinaria correspondencia con el rey Felipe III. En sus cartas ya relataban los entresijos de la «avanzadilla» española en la región de la Conchinchina. Aventureros de tierras hispanas en terrenos difíciles, que se lanzaron a la conquista de nuevas vivencias y riquezas para la Corona de España.
    Es cierto que durante el reinado de Isabel II, España tenía una presencia escasa en Asia, con excepción de Filipinas, colonia muy activa en la que los comerciantes españoles tenían puesto «el punto de mira» y la actividad misionera estaba en pleno auge. Esta activa vida en pro de la «cristianización» de los lugareños y expansión de la cultura de la piel de toro, hizo que poco a poco estos se fueran desplazando hacia la Conchinchina, actual Vietnam.
    El aislamiento de los misioneros y lo aventurado de su labor, canalizó en una serie de revueltas que poco a poco se convirtieron en el caldo de cultivo para el detonante de la misión española en la Conchinchina: el asesinato de monjes misioneros españoles y franceses. Iglesias quemadas, colegios destruidos y misiones saqueadas incendiaron el ardor patriótico natural de nuestros antepasados. Sentimiento desbordado con el asesinato del obispo español José María Díaz Sanjurjo. Le cortaron la cabeza.
    museo naval


    Enseres de guerra de la misión en La Conchinchina

    Este derramamiento de sangre española puso en jaque al Ministro de Asuntos Exteriores español, que fugazmente se comunicó con su homólogo francés. Este le anunció que Napoleón III ya había dado órdenes a la escuadra francesa para dirigirse a la zona y solicitaba la participación de la flota española instalada en Filipinas, a lo que el gobierno accedió inmediatamente embriagados de pasión española y en defensa de la fe. Pero Francia, no tenía tan nobles intenciones, y viendo que no poseía territorio alguno en la zona, la situación se les antojó perfecta como legitimación para sus ansias expansionistas, que se vieron tremendamente favorecidas por esta posición golosa de España en Filipinas.
    España envió desde Filipinas un contingente de 1.650 soldados que se hicieron a la mar a las órdenes del Coronel Bernardo Ruiz de Lanzarote, uniéndose a las tropas francesas, lideradas por el Contraalmirante Rigault de Genouilly. Más tarde, en 1860, la misión española fue reforzada por un cuerpo de expedición al mando del Coronel Carlos Palanca. El ejército español incorporaba a la causa el vapor de Guerra Jorge Juan, a la que se unió más tarde la Corbeta Narváez y la Goleta Constancia en 1860. Un regimiento de Infantería, dos compañías de Cazadores, tres secciones de artillería y la fuerza auxiliar reforzaron el contingente y completaban la decidida y noble causa española.
    Museo NAVAL


    Rodela de un soldado de La Conchinchina

    A pesar de que el Coronel Palanca se encontró un cuadro dramático de la campaña militar franco-española, finalmente la acción punitiva conjunta venció. Nuestras tropas eran fuertes y modernas, y aunque el enemigo era numeroso, no pudieron vencer a los ejércitos europeos. Pero a medida que pasaba el tiempo, los españoles se percataron de las verdaderas intenciones de los franceses y el Coronel lo comunicó al gobierno español. Finalmente fue el Jefe de la expedición conjunta, francés, quien ordenó la retirada de tropas sin el consentimiento del Gobierno español. Tras la ocupación de la zona meridional del país se firmó la paz el 14 de abril de 1862 sin presencia hispana alguna y el emperador Tu cedió la zona ocupada a Francia dejando vendido al ejército español, que se retiró.
    Francia comenzó su penetración colonial en Indochina y España quedó a ojos internacionales como la comparsa francesa. Sin embargo, en palabras del General José Cervera Pery, Auditor del Cuerpo Jurídico de la Armada y colaborador del Insitituto de Historia y Cultura Militar: «España volvió con el orgullo de haber cumplido con su deber y satisfecha por la lección bien aprendida. España, tradicionalmente aliada con Francia, siempre sufría situaciones poco lógicas, pues mientras los españoles se movían con espíritu de cruzada, los franceses siempre se dejaban llevar por otros intereses más banales. Pero gracias a héroes desconocidos como el General Palanca la valentía y gallardía de los españoles siempre estará en boca de todos».
    Y así los españoles defendieron con uñas y dientes las misiones aventuradas que allí se desplazaron. Motivados por el espíritu de cruzada, quizás no acumularon extensiones de terreno asiático, pero la libertad de culto y la labor de los misioneros españoles quedaron intactas. Los españoles fuimos los últimos de Filipinas y...los primeros en La Conchinchina.



    Cuando los espaoles cruzaron el mundo por la defensa de la fe en la Conchinchina - abcdesevilla.es
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  4. #4
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    Re: Respuesta: Españoles en la Cochinchina

    Cita Iniciado por Hyeronimus Ver mensaje


    Los templos de Angkor, en Camboya, fueron los grandes desconocidos de Occidente hasta que Henri Mouhot, explorador francés del siglo XIX, los descubrió. Sin embargo, pocos sabían entonces que 300 años antes un par de aventurados misioneros españoles, Gabriel Quiroga de San Antonio y Diego Aduarte, ya habían contemplado en primicia la belleza y majestuosidad de estos tesoros arquitectónicos. Dos visionarios, sin duda, pues Angkor es, desde 1992, Patrimonio de la Humanidad.
    En realidad, fray Grabiel de San Antonio no sólo había descubierto Ankor tres siglos antes que el franchute Mouhot, sino que además dio a conocer su descubrimiento en el libro Viaje a la Camboya, publicado en Valladolid en 1604, que poseo en mi biblioteca (en edición actual, claro). Sin embargo, la mayoría de los libros y enciclopedias siguen atribuyendo al francés el descubrimiento. Así se escribe la historia.

  5. #5
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    Re: Respuesta: Españoles en la Cochinchina

    Cita Iniciado por Hyeronimus Ver mensaje


    Aunque les parezca mentira Conchinchina existió. No es un dicho español para citar lo que está lejos.
    Cuando era chico siempre escuchaba la frase "Se fue a la Cochinchina" cuando mis padres querían decir que una persona se había ido a un lugar lejano.

    Terminé pensando que se trataba de un lugar imaginario.

  6. #6
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    Re: Respuesta: Españoles en la Cochinchina

    Yo también he oído esa expresión desde chico. Hay otra por el estilo, aunque menos usual, que es "en las Quimbambas". Este sí que es un lugar imaginario, que suena a unas islas remotísimas en algún lugar indeterminado. También he oído "en la gran China", y algunas variantes de "en el quinto infierno" o "en los quintos infiernos" que se usan aquí en España y no repito aquí por soeces. Y también está la expresión sudamericana "donde el diablo perdió el poncho".

  7. #7
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    Re: Respuesta: Españoles en la Cochinchina

    VIETNAM XIX


    En las impenetrables selvas del Reino de Annam, sometidos a mil tormentos chinos son asesinados algunos cientos de fieles católicos. Entre ellos está el obispo de Platea, José María Sanjurjo, y poco después su sustituto Fray Melchor García y junto a ellos son pasados a cuchillo unos cuantos misioneros más entre franceses y españoles, masacrados sin piedad por las turbas.

    En Francia la gente pide venganza a gritos, y su flamante emperador Napoleón (el de Santa Elena, no; el otro), ordena a su poderosa flota que se prepare para emprender una expedición de castigo contra aquellos asesinos impíos... Pero para poder hacerlo necesita el permiso de España, para usar las islas Filipinas como base de aprovisionamiento, así que de mala gana, los franceses piden a O'Donnell (el mandamás español del momento) ayuda y apoyo en la empresa:

    --¡Oh la lá, O'Donnell, también degollaron a espagnoles --le dicen.

    A pesar del calamitoso estado en que se encuentra el país, con el ejército desperdigado entre América y África, peleando allí contra independentistas y moros, tras tres guerras civiles consecutivas y con las ideas de gloria e imperio todavía en la cabeza hambrienta, el gobierno y la Reina apoyan con entusiasmo la operación:

    --Pero que no salga muy cara la cosa, O'Donnell --cuentan que dijo Isabel mientras le miraba el paquete a un guardia de corps.

    Así que se envió orden hasta Manila para que preparasen a mil y pico hombres y algún que otro barco para presentar ante los aliados gabachos. Rebañando y escarbando mucho, se consiguió enviar al buque Elcano, pero como las risas de los franceses se escucharon hasta en Pekín cuando vieron llega al viejo navío de vela, se decidió entonces enviar al vapor Jorge Juan, acompañado de una goleta y una corbeta.

    Mil quinientos españoles formaban la expedición, españoles peninsulares y de la provincia de Filipinas que servían bajo nuestra bandera.

    En agosto de 1858 la fuerza expedicionaria franco-española llega a la hermosa bahía de Turena. Hoy en día se llama Da Nang, y les sonará mucho gracias a los "héroes" yanquis Chuck Norris y Rambo.

    Allí hay dos fuertes anmanistas muy bien defendidos y que guardan el camino de la ciudad de Hué, la capital.

    Seis de octubre, ocho de la mañana.

    El sol sale por la bahía y los soldados de infantería españoles avanzan hacia los fortines con la consigna de tomarlos y despejar el camino de Hué. Bajo fuego de artillería enemigo los españoles avanzan y se encuentran una línea de estacas defensivas, que atraviesan bajo el horroroso fuego de fusilería y de cañón que les hace el enemigo. La primera línea de cañones es tomada y los artilleros pasados a cuchillo sin compasión.

    Pero quedan dos líneas más, igual de protegidas y bajo el fuego cruzado de los vietnamitas. Los soldados españoles avanzan impasibles como dignos herederos de los vencedores de Las Navas y de Lepanto.

    La segunda línea de estacas y de defensas es arrollada y la tercera también, el enemigo huye espantado de la turba de soldados que, ensangrentados y casi sin resuello, no dejan de ensartar vietnamitas con sus agudísimas bayonetas. Los filipinos con sus machetes causan espanto entre el enemigo vietnamita.

    El contraalmirante francés Rigault de Genouilly, jefe de la expedición, no puede creer que los españoles, que son menos numerosos, los peor pertrechados y los que no ven un duro desde que llegaron a la selva, los mismos que generan el desprecio y la desconfianza de la estirada oficialidad gabacha, los rudos y atrasados españoles, sean los que estén rompiendo (con dos cojones) la línea enemiga:

    --Mon Dieu!... ¡Ahora me explico lo de Bailén, Gastón!

    Sin embargo, los esfuerzos aliados chocan, como chocarán cien años después los franceses (que no escarmentaron) y los norteamericanos (que no se enteran) contra la espesura impenetrable, contra la enfermedad, los pantanales, las serpientes y el enemigo emboscado en selvas oscuras y densas, selvas que se tragaban a compañías enteras para no devolverlas jamás.

    Así que en vez de atacar Hué, los franceses, que tienen mucha prisa por abrir factorías comerciales y asentar las bases de su imperio en ultramar en Asia, cambian el objetivo estratégico y ponen sus ojos en Saigón.

    La ciudad es grande. La habitan cerca de cien mil personas, pero el mando francés está seguro de la victoria.

    Por algo llevan en la expedición a mil y pico españoles, aunque ya quedan algunos menos, pues muchos han dejado sus huesos para siempre en los arrozales de Da Nang.

    Pero los que quedan, acompañados de frailes dominicos, que luchan como demonios junto a las tropas, animándolas como en cruzada, con el recuerdo de sus compañeros martirizados en la cabeza y el corazón, logran tomar a puros huevos la ciudad de Saigón el diecisiete de febrero de 1859.

    La Gran Pagoda Sagrada la tomó el capitán don Ignacio Fernández, espada en mano y empapado en sangre y sudor junto a los cazadores españoles. ¡Toma ya, Rigault de los cojones!

    Después, los franceses ondearon la tricolor en la pagoda, y a los españoles, pese al valor y al sacrificio, tan sólo nos dejaron ponerle nombre a una plaza. ¡Y gracias, François!

    Empieza ahora un sitio de seis meses de duración que aguantarán ochocientos franceses, que tambien matan y mueren ¡ojo!, que no todo iba a ser ver a los españoles desjarretando vietnamitas y a ciento y pico paisanos nuestros que pelean junto a ellos como numantinos.

    Desde Manila se envía entonces al coronel don Carlos Palanca con refuerzos para los sitiados de Saigón.

    Lo que se encuentra es indescriptible.

    No se reponen las bajas, no hay pretrechos ni intención de enviarlos, no hay dineros, ni vendas para el médico, ni apenas garbanzos. Menos mal que allí, arroz hay más que en su querida Albufera.

    Un desastre típico de nuestro país, y más típica y tradicional es la respuesta de los señores ministros de Estado y de la Guerra cuando Palanca, aun sabiendo lo que le espera les solicita socorros urgentes:

    --¿Dineros?

    --Y bastimentos, y hombres, y barcos, y uniformes, y pagas, y fusiles, y municiones...

    --¡Pardiez!

    --Lo mismo digo yo.

    --Pues no hay un duro, Palanca... Así que apechuga...

    --¡Joder!

    --Eso, Isabelita...

    Y así, la fuerza y el respeto que se han ganado los españoles allí a base de esfuerzo y sangre se diluye por la incapacidad de los gobernantes, por la ceguera de un pueblo que parece condenado, en bucle diabólico, a repetir siempre los mismos errores.

    Por eso el nuevo jefe francés Page, sin consultar al gobierno español --¿pa qué?, debió de pensar el hombre--, ordena que se retiren nuestras tropas de la zona. Todos menos el destacamento que Palanca tiene en Saigón.

    Así que el que ha sido jefe de la expedición hasta el momento, el muy olvidado Ruiz de Lanzarote y el grueso de las tropas españolas, regresan a las Filipinas, dejando atrás casi cuatro años de calamidades, de enfermedad, de húmeda selva, de combates contra un durísimo enemigo, de sangre y de valor. Y a muchos compatriotas enterrados allí para siempre.

    Regresan con la honra de su nación en lo más alto. Orgullosos y la cabeza alta. A pesar de todo.

    El coronel Palanca permanecerá en Saigón dos años más junto a sus doscientos soldados.

    Serán empleados siempre en las misiones más arriesgadas, en los puestos de mayor peligro y fatiga. Cumplirán como los mejores, admirando en cada combate a los aliados franceses y causando pavor en el enemigo.

    Palanca lucha y se desvive por proteger los intereses de España, en briega constante con los oficiales franceses, que tienen que aguantar las verdades que Palanca les suelta casi cada noche, y los otros tragan pues no pueden prescindir de un hombre que les ha sacado las castañas del fuego en más de una ocasión.

    Desde España solamente recibe, en respuesta a sus súplicas para el envío de hombres y material, la cantinela española por excelencia: el sonido del aire entrando y saliendo de las orejas de los gobernantes:

    --¡FIUUUSSS, FIUUUSSS, FIUUUSSS!

    De esta manera, cuando el rey anmanita decide aceptar las condiciones francesas, o sea, ocupación territorial, instalación de comercios, comerciantes y etcéteras y libertad de culto religioso, en el tratado ni siquiera nombran a España. ¿Pa qué?, debieron de pensar aquellos hideputas.

    Mientras, Carlos Palanca masticaba despacio el ala de su sombrero, despidiendose para siempre de aquella tierra, de aquellas selvas en las que España pudo haber tenido importante papel y no quiso. O no pudo.

    Y de esta manera tan española, tan nuestra, tan de aquí, nos ganamos el derecho a que en la hermosa ciudad de Saigón una plaza (de las importantes, ojo) se llamase durante un cierto tiempo Plaza de España.

    Y que en la bahía de Da Nang, escondida entre matojos y hierbajos con las lápidas derrumbadas, los nichos abiertos, las cruces oxidadas, el incienso y los regalos que hacen los budistas al espíritu de aquellos guerreros de lejanas tierras, haya un olvidado cementerio de soldados franceses y españoles muertos durante aquella expedición.

    Y pone los pelos de punta mirar la foto y saber que allí dentro, olvidados, están los huesos de un compatriota, de un hermano. De un hombre que murió con la nostalgia de España en la boca, con la punzada de tristeza para siempre en el corazón.

    Yo creo que deberíamos de dejarnos de tanta estupidez, de tanto pisotearnos, hundirnos y humillarnos. Ya es hora de que nos unamos y gritemos que no queremos nada, nada exigimos y nada reclamamos. Excepto que los huesos de nuestros hermanos regresen a casa. Al menos eso se lo debemos.

    A. Villegas González

    placavietnam.jpg

    En Orán Cien Lanzas...

  8. #8
    Avatar de Juvinao
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    Re: Respuesta: Españoles en la Cochinchina

    Lastima que la cultura hispánica por esos lejanos lugares es muy escasa por no decir que nula, a excepción de Filipinas que todavía guarda algunos rasgos de su pasado hispano.
    Beati qui non viderum et crediderunt: ‘Bienaventurados los que no vieron y creyeron’

    Viva la Sagrada Hispanidad

  9. #9
    Avatar de Hyeronimus
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    Re: Respuesta: Españoles en la Cochinchina

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    CAMBOYA BAJO EL PENDÓN DE CASTILLA. UN SUEÑO INCONCLUSO




    Al cruzar el foso de agua, Blas Ruiz de Hernán González se quedó estupefacto al sentirse en el epicentro del eje cósmico que evocaba al monte Meru, rodeado por aquella impresionante red de canales construido cuatro siglos atrás por el imperio Jemer, mientras, al frente, emergía en medio de la selva el Gran Templo de Angkor Wat, mausoleo del Rey Suyavarman II y dedicado al dios Vishnu, tamizado por un sol que parecía acariciar a las seductoras apsaras (ninfas divinas) que poblaban en forma de piedra tallada aquel lugar repleto de espiritualidad y simetría.

    Para los que hemos tenido el privilegio de visitar Camboya no nos cuesta imaginar la impresión que debió sentir aquel aventurero que allá por el siglo XVI quiso buscar fama y fortuna en aquel recóndito lugar del mundo. La sensación que produce ver Angkor Wat solo es comparable a la que producen muy pocos lugares en el mundo: 800 metros de bajorrelieves y una torre de 55 metros que otorga al conjunto una unidad sublime. Un pedazo de cielo en la tierra, en definitiva, que hace cuatro siglos un español quiso anexionar a la Corona de Castilla.

    EL PERSONAJE

    Blas Ruiz de Hernán González (La Calzada, Ciudad Real, ¿?-1598) es uno de tantos nombres prácticamente olvidados por nuestra historia, a excepción de alguna crónica particular de las islas Filipinas. Poco se sabe de él, aunque seguro que no nos equivocamos si le consideramos que era un hombre valiente, con espíritu aventurero y un ansia irrefrenable de fortuna que tanteó sin otra ayuda que su arrojo, una notable inteligencia y sus propias manos.

    Siendo uno de tantos que viajaron de Nueva España a las Molucas o Filipinas en busca de oportunidades, corrió por los reinos orientales de Siam, Camboya y Tonquin, encontrándose una primera referencia suya en 1592 en Chordemuco, capital camboyana y del imperio Jemer, formando parte de la delegación que se presentó ante el rey Prauncar Langara para ofrecerle apoyo militar en su guerra contra el reino de Siam a cambio de constituirse en vasallo y tributario del rey de España. Sería en ese tiempo cuando entablaría amistad con Diego Belloso, un portugués casado con una dama de la corte y consejero de la corona, quedando a partir de ese momento sus destinos unidos para siempre en una aventura increíble.

    Todos los planes iniciales se trastocaron cuando en 1593 las tropas de Ayutthaya invadieron Camboya con ochocientos mil hombres y numerosos elefantes, apresando al monarca, a Ruiz, Belloso y otros soldados portugueses: Pantaleón Carnero y Antonio Machado.

    El rey San Pet II decidió separar al español de los portugueses. Mientras Belloso y los otros dos serían trasladados por tierra a la capital de Siam, a Ruiz lo destinó a Odia, la antigua capital, por mar, en un junco tripulado por chinos donde también se trasladaba la mayor parte del botín de guerra.

    La situación se tornaba agónica y Ruiz entendió que si quería salvar la vida debía aprovechar su oportunidad. Buen conocedor de la natural inclinación de los chinos por apropiarse de lo ajeno, empleó sus dotes de manipulador para convencerlos de apoderarse del botín, y fue tan persuasivo su discurso que los siameses se vieron sorprendidos de noche Una vez abatido el enemigo, y atendiendo a la elemental norma de cuantos menos haya a menos tocamos, los chinos se atacaron entre sí, facilitando que Ruiz y otros tres españoles pudieran apropiarse del barco y poner rumbo a Manila.

    Por su parte, el rey de Siam, alertado por el retraso del junco, mandó a una flotilla en el que uno de sus integrantes era Diego Belloso, al que su facilidad de palabra le hizo ganarse la regia confianza al convencerle de nombrarle intermediario para establecer relaciones de amistad con los europeos. El caso es que los malos vientos obligaron al junco a desviarse hasta Malaca, hasta donde habían llegado noticias sobre lo sucedido con Ruiz y los chinos. Las circunstancias habían cambiado y, con ellas, el ánimo del capitán siamés, quien no mostró dese alguno de continuar el viaje y sí de regresar a Siam, lo que hubiera hecho á no amanecer muerto en la cama, habiéndose acostado bueno y sano.

    1595. Amaneció el sol en Manila, testigo del reencuentro de Ruiz con Belloso. Habían vuelto sanos y salvos de lo que parecía una muerte segura, pero lejos de amilanarse, ambos se presentaron ante el gobernador Luis Dasmariñaspara proponerle una expedición que favoreciera al rey destronado Langara, asegurando así el ascendente de Castilla en aquella prometedora tierra––hallando el reino dividido en tantas facciones como mandarines pospuestos tenía, en guerra interior y exterior á la vez, revuelto y enconado––. Así, en 1596, se armó una partida de tres buques, una fragata y dos juncos, uno al mando del capitán y sargento mayor Juan Juárez Gallinato y los otros dos mandados por Ruíz y Belloso, llevando entre todos 130 españoles, algunos japoneses cristianos y unos pocos indios filipinos.

    Tras una tormenta que separó a la flota, Ruiz y Belloso alcanzaron la desembocadura del Mekong y llegaron hasta la capital camboyana, siendo recibidos por Anacaparan, quien hacía las funciones de rey. Rápidamente, Ruiz trató de negociar con el monarca, a pesar de las reticencias de la colonia china, que veía con malos ojos la intromisión de los europeos. La cuestión, como no podía ser de otra manera, terminó en conflicto, con contundente victoria española.

    Temeroso de la fuerza de Ruiz y los demás, Anacaparan se negó a recibir a la delegación y les ordenó devolver los juncos que se habían apropiado de los chinos como botín de guerra, lo que se interpretó como una amenaza que exigía una respuesta contundente,

    Lejos de desmayar se mantuvieron en actitud espectante mientras duró el día: en la obscuridad buscaron sitio á propósito para atravesar un brazo del río que los separaba de la ciudad: entraron sin ser esperados ni sentidos; pusieron fuego al palacio y á los almacenes; sembraron el espanto entre los pobladores, haciendo una matanza horrible, que duró hasta muy entrado el día siguiente y en la que pereció el mismo rey.

    La situación se tornó muy peligrosa para los españoles, obligando a Ruiz, Belloso y los demás a huir a toda prisa de la capital. Por segunda vez, Blas Ruiz sentía el aliento de la muerte en la nuca, y de nuevo logró despistarla. Juan Juárez Gallinato alcanzó la costa cuando peor estaban las cosas, igualándose las fuerzas al tiempo que recibían el apoyo de varios nobles del país.

    La situación volvía a tornarse favorable, pero a Juárez le bastó con las riquezas que se habían obtenido.

    (Gallinato) censuró agriamente el proceder de sus subordinados por no haber esperado su llegada; tomó para sí, como en castigo, todo el botín que se había hecho á los chinos y cambojanos, y sin más, dispuso dar la vela para Manila.


    Blas Ruíz y Diego Belloso, obtenido permiso y auxilio del rey de Sinna para atravesar sus Estados, emprendieron solos el viaje, llegando sin obstáculo á la ciudad de Alanchan, capital de Laos, cuyo soberano los recibió muy bien, pero con tristes nuevas.

    Solos de nuevo, Ruiz y Belloso se dirigieron a Laos, donde estaba el rey depuesto Prauncar, pero al llegar allí se enteraron que el monarca había fallecido, así como dos de sus hijos; el que quedaba, llamado también como su padre, era pues el sucesor legítimo, a quien convencieron, no sin ciertos apuros—las mujeres de la corte(abuela, madrastra y tías, que formaban Consejo de Regencia) recelaban de la intenciones de los europeos, prefiriendo mantener su estatus del poder frente a un rey demasiado joven y débil––, para formar un ejército con el que recuperar Chordemuco, formado por españoles, nobles camboyanos y, movidos por oscuros motivos, señores de la guerra musulmanes de origen malayo, llamados Lacasamana y Cancona, facción que posteriormente supondrían un problema para las planes de Ruiz.

    Cual Cortés ganando afinidades contra el imperio azteca, Blas Ruiz aprovechó su habilidad política para alcanzar acuerdos con las distintas provincias sin pegar más tiros de los necesarios–– Dijérase que tenían sujeta á la fortuna y aliada á la victoria, observando de qué modo debelaban uno tras otro á los pretendientes y sometían las provincias rebeladas––, obteniendo la confianza de la casa real. Tan bien lo hizo que, como no podía ser de otra manera, se granjeó la desconfianza de los malayos, quienes detestaban a los cristianos y sus pretensiones misioneras.

    (Los malayos), en especial Lacasamana, no veían de buen talante la influencia de extranjeros de otra raza.

    Cayó Chordemuco y el nuevo rey Prauncar, que gobernó con el nombre de Paramaraja III, otorgó a Ruiz y Belloso el cargo de comandantes militares y les dio el título de chofas, que incluía el gobierno de provincias («Tran» Ruiz -quizá Stung Treng- y «Vapano» Belloso, posiblemente Ba Phnum). Las cosas marchaban bien, pero la situación estaba aún muy lejos de serenarse. El monarca, ebrio de poder, se entregó a la lujuria y el alcohol, ignorando las intrigas palaciegas por parte de las víboras cortesanas y las viejas rencillas que aún pervivían a lo largo y ancho del reino, un caldo de cultivo perfecto que auguraba nuevos tiempos de guerra.
    Las mujeres, celosas del español, tejían una madeja de intrigas de que con dificultad conseguía desenredarse Se concibe que semejante conducta no fuera la más á propósito para sujetar los espíritus turbulentos y mal avenidos que rodeaban a la corte. Más de una vez vinieron los mandarines á las manos casi en presencia del desprestigiado soberano, alentándose al postre la insurrección vencida y volviendo á rebelarse á la vez varias provincias.

    Mientras la rebeldía volvía a incendiar las provincias, laosianos y malayos asaltaron el cuartel español y pasaron a muchos a cuchillo. Cuando se enteró, Ruiz culpó al Prauncar –– “<<el rey nos amaba extrañamente y el reino nos temía>>–– de su indolencia y hasta de su complicidad, así que se decidió tomarse la justicia por su mano: los señores de la guerra fueron ajusticiados y Ruiz, todavía muy enojado, se negó a apoyar al rey contra los rebeldes que cercaban la capital, aunque finalmente accedió a salvar, una vez más, la corona (y la cabeza) de la casa real.

    El malayo Ocuña Chu, que se había elevado á la primera dignidad y era quien con mayor empeño procuraba deshacerse de Ruíz, Cancona y otros de los principales mandarines fueron sucesivamente muertos, encerrándose tras esto en su cuartel sin querer continuar la guerra contra los rebeldes, que se envalentonaron y ganando una batalla famosa vinieron con el pretendiente Chupinanon á las puertas de la capital. Entonces fueron los ruegos, las promesas del rey, las lágrimas de las mujeres, tan altivas poco antes, no escatimadas para desenojar al ofendido: entonces pareció poco cuanto la corte poseía para atraer al hombre de hierro, al español, única esperanza en la fatal extremidad, y entonces Ruíz se hizo valer retardando la acción porque fuera más señalada, como lo fue, con la destrucción del indisciplinado ejército rebelde y el considerable botín que produjo.

    Recuperada la paz en el reino, los malayos ––Mientras duró la guerra (los malayos) guardaron encerrado su despecho, mas cuando el reino estuvo sosegado, dejaron conocer su mala voluntad, suscitándoles dificultades de toda especie, aun en la misma corte, ganando el corazón de la madrastra de Prauncar–– .y los españoles siguieron manteniendo una relación muy tensa., llena de roces y desencuentros. El episodio más importante fue el saqueo del campamento musulmán organizado por el alférez Luis de Villafañe como respuesta a la afrenta sufrida por Luis Ortiz del Castllo, herido de gravedad. El contraataque malayo fue brutal, obligando a Villafañe a pedir socorro a Ruiz y Belloso.

    El alférez Luis de Villafañe, que solía mandar el campo mientras se hallaban en la ciudad Belloso y Ruíz, se exaltó en una de las riñas, en que fue gravemente herido su compañero Luis Ortiz, al extremo de olvidar las instrucciones recibidas y aun los consejos de la prudencia, sin los que entró á degüello y sacamano con los malayos. En vano Ruíz y Fray Juan Maldonado acudieron á remediar el conflicto; la ira de Lacasamana se sobrepuso al temor, y el mismo rey no consiguió hacerse oir. Las mujeres levantaron al pueblo en masa, lanzándolo sobre los extranjeros, y como no estuvieran reunidos ni con prevención del peligro, españoles, portugueses y japoneses fueron acorralados por la muchedumbre, y aunque la defensa fuera como es de suponer en tan aguerridos soldados, allí quedaron todos, á excepción de Juan de Mendoza, bien afortunado en dar la vela precipitadamente en el último trance y en escapar de los paraos que le persiguieron largo espacio.

    Siendo el enemigo superior en número, que no en valor, y ganadas para la causa malaya las voluntades locales, Ruiz optó por la diplomacia, pero ya era demasiado tarde. Las mujeres de la corte, otra vez, se decantaron por los señores de la guerra, una decisión que inclinaría la balanza…y que terminaría costándoles la pérdida de un reino y hasta la vida.

    En vano Ruíz y Fray Juan Maldonado acudieron á remediar el conflicto; la ira de Lacasamana se sobrepuso al temor, y el mismo rey no consiguió hacerse oir. Las mujeres levantaron al pueblo en masa, lanzándolo sobre los extranjeros, y como no estuvieran reunidos ni con prevención del peligro, españoles, portugueses y japoneses fueron acorralados por la muchedumbre, y aunque la defensa fuera como es de suponer en tan aguerridos soldados, allí quedaron todos, á excepción de Juan de Mendoza, bien afortunado en dar la vela precipitadamente en el último trance y en escapar de los paraos que le persiguieron largo espacio.

    Todo sucedió muy rápido y de forma violenta y despiadada. Una multitud enfervorecida acorraló a los españoles, quienes lejos de huir se batieron como leones, pero poco pudieron hacer ante la mayoría numérica del enemigo.

    A la matanza sobrevivieron, que se sepa con certeza, Juan de Mendoza y fray Gabriel. Blas de Ruiz murió de pie, con la espada en una mano y el arcabuz en la otra, mirando a la Parca a los ojos sin miedo, pero la Chata, que es celosa y es mujer, se encaprichó con él, y lo llevó a dormir siempre con ella. Por su parte, con Belloso hay más dudas de su muerte. Quizás acabó tirado en el suelo al lado de su compañero de aventuras, o puede que terminara sus días como gobernador de una remota provincia casado con una princesa.

    A partir de ese momento, Camboya se desmoronó. Prauncar fue asesinado, las mujeres de la corte pagaron sus pecados sufriendo grandes atrocidades y el reino se sumió en el caos, sin que ya nadie acudiera de nuevo a socorrerles de sí mismos, quedando un país perdido en su espléndido pasado sin que nunca más volviera a atisbar un futuro, así hasta hoy, cuando ya han pasado más de 400 años. Quién sabe qué hubiera pasado si el gobernador de Filipinas hubiese atendido a las propuestas de aquel español que soñó con ver tremolar el pendón de Castilla en la enigmática Camboja del Imperio Jemer. Hoy, desde luego, la Historia sería otra.

    BIBLIOGRAFÍA


    • Fray Gabriel Quiroga de San Antonio. Breve y verdadera relación de los successos del reynbo de Camboxa (San Pablo de Valladolid, Pedro Laso, 1604)
    • Cesáreo Fernández Duro, nº35 del Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid.1893.
    • Fernando de Paz. Antes que nadie. 2012.




    Ricardo Aller Hernández


    https://espanaenlahistoria.org/episo...no-inconcluso/

    Última edición por Hyeronimus; 19/09/2020 a las 18:28

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