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Tema: Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio

  1. #1
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    Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio

    El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio y de Berceo (siglo XIII).

    Necesidad en la España del siglo XIII de unidad en el lenguaje hablado y escrito. El renacimiento científico y la creación de la prosa. Propósito de Alfonso X de realzar –frente al latín- el castellano vulgar, como apto para la prosa. Formación de la prosa sobre traducciones. Influencia árabe en el estilo de la nueva prosa. Posterioridad de la prosa respecto del verso y conversión por Berceo de la lengua poética en lengua escrita. La lírica gallega.
    Expansión del castellano por Andalucía: el andaluz.
    Los sonidos antiguos del castellano.

    Proviene de aquí: Hª lengua española 7: Irradiación del castellano (ss. XI y XII)

    Tras el triunfo de Alfonso VIII en las Navas de Tolosa (1212), queda abierta la más importante brecha de acceso a Andalucía. Por ella penetra San Fernando (1217-1252) para conquistar las grandes ciudades andaluzas: Córdoba (1236), Jaén (1246) y Sevilla (1248). Su hijo Alfonso X (1252-1284) contempla ya una gran España, cristiana en su casi totalidad.
    Tras la liberación y castellanización de sus nuevos y extensos territorios, una gran actividad se imponía en la vida social y cultural.

    Mas para legislar y educar, la España del siglo XIII no poseía un lenguaje escrito, práctico y eficiente, porque no existía unidad de lengua escrita y hablada: se escribía latín, se hablaba castellano. La evolución idiomática había producido esta disociación, efecto, por un lado, del analfabetismo secular (creador a su vez de una nueva lengua), y por otro, de la perseverancia en el estudio o en la tradición latina, por parte de los doctos o letrados.

    En la España renovadora de San Fernando y de su hijo Alfonso, esta tradición dual resultaba ya ineficaz y difícil: el aprendizaje del latín sólo era posible en el ámbito monacal, y la adopción de la jerga latino-romance de las notarías repugnaba a cualquier espíritu selecto. La Antigüedad clásica señalaba el camino que había que seguir: volver a la unidad de lengua escrita y hablada, propia de todo gran pueblo, como Grecia, Roma o el Islam. El retorno a la unidad lingüistica es precisamente el acontecimiento literario del siglo XIII. La gran empresa nacional educativa se acometió, pues, mediante la creación de la prosa romance, algo insólito para entonces.

    La creación de esa prosa fue, además, consecuencia de un episodio trascendental en la historia de nuestra civilización: las gentes cultas se percataban, a medida que se iban reconquistando las grandes ciudades de la Península, focos de la civilización musulmana, de que el Islam era el depositario de la cultura griega; y celosos, los cristianos, de aquella supremacía científica, experimentaron nobles anhelos de emulación.

    A ellos dieron oídos Fernando III el Santo y Alfonso X el Sabio, iniciando el primero, y realizando el segundo, la gran tarea de poner en castellano la ciencia griega conservada por los árabes. Y fue en las estancias mismas de su Alcázar de Toledo (del propio palacio de Alfonso el Sabio es la fachada oeste del glorioso monumento) o en las de su palacio de Sevilla, donde Alfonso X hizo de la lengua de Castilla una lengua escrita, mientras los sabios musulmanes y judíos le traducían los textos árabes que el monarca seleccionaba.
    Y cuando escribía su “Historia de España” o su “Gran Historia Universal”, no eran sólo árabes sino también latinos los textos antiguos o recientes que manejaban sus colaboradores.
    Otras veces, rodeábase el monarca de juglares, depositarios de la Historia, con su épica nacional, para recitar los cantares de gesta, mientras los amanuenses iban poniendo en prosa lo que oían en verso.

    En esta labor, tanta atención prestaba Alfonso el Sabio a la doctrina científica, como a la forma estilística de la prosa por él creada y por él impuesta para el lenguaje oficial. Ya escribía el padre Juan de Mariana, a fines del siglo XVI : “El (Alfonso) fue el primero de los reyes de España que mandó que las cartas de ventas y contratos y instrumentos todos se celebrasen en lengua española con deseo que aquella lengua que era grosera se puliese y enriqueciese. Con el mismo intento hizo que los sagrados libros de la Biblia se tradujeran en lengua castellana. Así, desde aquel tiempo, se dejó de usar la lengua latina en las provisiones y privilegios reales y en los públicos instrumentos” (Hist., libro XIV, c.V).
    Era el propio Rey quien estudiaba la propiedad de las voces y frases que se iban escribiendo. Fue él –dicen sus colaboradores- quien “tolló las razones que entendió eran sovejanas et dobladas et que non eran en castellano drecho, et puso las otras que entendió que complían; et quanto al lenguaje endreçólo él por sise”.

    Ponía el Rey, de esta manera, todo su empeño en realzar el idioma castellano, como apto ya para ser lengua de civilización, frente al latín moribundo de las notarías. Y para eso huía de todo aquello que pudiera recordar este latín (incluso tan cercano a la lengua hablada), rechazando los cultismos o latinismos, y mostrándose dueño de un espléndido vocabulario castellano vulgar y siempre apto para enriquecerse más con nuevas palabras, obtenidas por procedimientos, no cultos, sino populares: no por importaciones eruditas, sino por derivaciones castellanas.
    Y así, en los casos en que se veía obligado a mencionar términos latinos, destácabalos, entonces, como ajenos a la lengua viva, buscando en ésta la expresión equivalente pura castellana: “oráculo es palabra de latín e quiere dezir en el lenguaje de Castiella tanto como oradero”; “Propiciatorio quiere dezir tanto como empiadamiento”. (Sobre este empeño de castellanizar el latín véase Américo Castro: “Glosarios latino-españoles de la Edad Media”, Anejo de la RFE).

    Esto no significa que la prosa de Alfonso el Sabio sea reproducción exacta del castellano entonces hablado: el diálogo de la vida cabe en el teatro, pero no en la prosa literaria y científica, donde –aparte de los vocablos- hay giros, nexos y modos de expresión especiales, no espontáneos sino producto de la reflexión. Ahora bien: algo de esos giros y modos entró en nuestra prosa por calco o traducción de los giros propios de las lenguas entonces vertidas y aun de las poesías que se prosificaban: nuestra prosa se fue plasmando sobre el molde de la poesía romance, del latín y aun mucho más del árabe, la lengua que más se traducía. Por eso, en los viejos prosistas han de aparecer siempre expresiones poéticas o juglarescas y giros propios de las lenguas vertidas.

    Mucho sabor arábigo guarda, por lo mismo, la prosa medioeval: así, la frecuencia, por ejemplo, con que aparece en las obras de Alfonso el Sabio, y después en las del siglo XIV, la conjunción “e”. (Mdez. Pidal al tratar del lenguaje de Alfonso el Sabio, explicaba la pobreza extrema de las conjunciones y la monotonía de cláusulas unidas por e, como una inhabilidad para el paso de la narración en verso de los juglares a la prosa de la historia”); como también la separación de los parlamentos en el diálogo mediante el verbo “dijo”. (“Dijo Beled: uno es el que dice la palabra... Dijo el Rey: ¿”Et quien es ese? Dijo Beled: Dios. Dijo el Rey: Gran trabajo ... Dijo Beled: etc. (de “Calila e Dimna”).


  2. #2
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    Respuesta: Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio

    Ya en los años de Fernando el Santo, no sólo empezó a existir prosa romance, sino también poesía castellana en lengua escrita. La poesía existía, ya lo hemos visto, desde la formación del castellano, pero en boca de los juglares y de las gentes del pueblo, como espectáculo público. Era una poesía oral y popular, casi siempre anónima, íntimamente asociada a la música. No era una poesía escrita: si algún texto existe hoy, como el del Cantar del Mío Cid, es por la casualidad de haberse conservado un manoseado cuadernillo, de uso particularísimo, que para la recordación de pasajes difíciles llevaba en su bolsillo un juglar del siglo XIV, llamado Pero Abad.

    La posterioridad de la prosa respecto de esa poesía popular es natural: la expresión oral, rítmica y artística, es una espontánea manifestación del sentimiento, mientras que la expresión normal, por escrito, es producto de la reflexión, del cultivo de la inteligencia, y ello supone, así en el individuo como en los pueblos, un superior nivel de formación cultural.

    Existió, pues, la poesía antes que la prosa; y si se hizo escrita al mismo tiempo que ésta, fue por obra de un culto y sencillo riojano, Gonzalo de Berceo, primer poeta castellano de nombre conocido, que escribe y firma su obra poética, con el fin de que la lean los doctos (Berceo ya no habla de “cantar”, sino de “leer”: “Oir tales promesas cuales vos e leidas”, S. Domingo, 259; “Meta mientes en esto que yo quiero leer”, S. Millán, 3. No habla ya de cantares sino de libros: “ca el segundo libro en cabo lo tenemos”, S. Millán, 317), aunque también, en segundo lugar, para que la canten devotamente los juglares, quizás en las romerías de Silos o de San Millán.
    Y lo mismo que Fernando el Santo o Alfonso X ponen en prosa romance la ciencia, la historia o las leyes, antes escritas en árabe o en latín, Berceo compone en verso castellano las vidas de santos que antes se escribían en verso latino.

    Esta innovación suya en poesía fue tan trascendental como la de la prosa de Fernando III y Alfonso X; el propio Berceo se da cuenta de ello. A nadie sino a él, consciente de la gran novedad de su expresión, podía ocurrírsele lo que, en un escritor de otra época, calificaríamos de absurdo, o sea, decir que escribe en la misma lengua clara o “paladina” que todos hablan, es decir, que compone en una lengua escrita que, al revés de lo que sucedía con el latín, todo el mundo ha de entender:
    “Quiero fer la pasión del señor sant Laurent
    en romanz, que la pueda saber toda la gent”,

    versos estos que encierran el mismo sentido que aquellos conocidísimos:
    “Voy a fer una prosa en román paladino
    en el cual suele el pueblo fablar a su vecino”.

    Amador de los Ríos (Historia crítica de la Literatura) y Menéndez Pelayo (Antología de poetas líricos) afirmaron que Berceo destinó sus obras a la lectura de los doctos y no a la recitación juglaresca. Lo contrario supone Menéndez Pidal quien, fijándose en versos como los aquí copiados, sostiene que Berceo compuso sus obras como repertorio juglaresco para ser recitados en las romerías de Silos.

    Pero Berceo, como es sabido, fue tan sólo un poeta épico.
    La lírica, en cambio, no se escribía aún, entre otras razones, porque la predominante en el siglo XIII fue la gallega, puesta en moda en Toledo por los juglares galaicos que rodeaban al Rey Sabio. El propio Alfonso el Sabio gustó de componer, por escrito, en verso gallego, las Cantigas, adaptación lírica de las leyendas piadosas de Santa María de origen latino, acompañadas con una música de abolengo árabe.

    Tiene lugar, además, en este siglo XIII la expansión del castellano por Andalucía, gracias a las conquistas de San Fernando, que lo difunden entre mozárabes y moriscos. Pero estos que pudiéramos llamar “nuevos castellanos” diéronle a la lengua un acento especial, articulando algunos sonidos de una manera típica, heredada seguramente de hábitos ancestrales de pronunciación.
    Los rasgos más típicos del andaluz son:
    - uno, la articulación predorsal de la s, o sea que actúa no la punta de la lengua (de herencia ibérica, como ya se vio), sino el predorso de la misma elevándose hacia los alvéolos;
    - el otro rasgo consiste en que, al contrario de lo que pasa en Castilla, no se distinguen entre sí s- y c- (o z-), pues ambos sonidos, los andaluces los confunden (o seseo o ceceo).
    - otros rasgos son la conservación de la h- aspirada (que en puntos de Castilla la Vieja se abandonó en el siglo XI y en el siglo XVI aun era corriente en Castilla la Nueva) y el yeismo, o sea la pronunciación de ll- como y- (“yave” por llave).
    Observemos además en el andaluz: cierta propensión a la economía del esfuerzo articulatorio en la pronunciación de la d- intervocálica (“Granáa” por Granada, “crúo” por crudo), o en la pronunciación de las consonantes finales (“uhté” por usted, “salí” por salir, “lú” por luz); aspiración de la s (“ehtudio” por estudio); aspiración floja de la j- (“muhé” por mujer); aspiración floja de la h- (“jasé” por “(h)acer”, “jondo” por (h)ondo; pronunciación de la “y” como una “j” francesa (“masho” por mayo).
    Tales y otros fenómenos no son, desde luego, exclusivos de los andaluces ni uniformes en todo él, presentándose muchas de ellas en Extremadura, Murcia y aún Castilla (en Madrid el yeísmo es corrientísimo). Los hispanoamericanos articulan la s predorsal y sesean.

    Por todo eso, el andaluz aparece hoy como una variante del castellano, desde luego, la más graciosa, brillante y ubérrima, por su vocabulario riquísimo, lleno de bellísimas expresiones metafóricas, si bien su fonética es inaceptable en el lenguaje literario.
    Documentos notables del andaluz son el teatro maravilloso de los Quintero, las coplas andaluzas recogidas por Rodríguez Marín y algunas obras de Valera, Fernán Caballero, Estébanez Calderón etc.
    Diversos aspectos del andaluz han sido estudiados por Schuchardt (Die Cantes flamencos, 1881); Wulf (Un chapitre de phonétique andalouse, 1889) y por N. Tomás (La frontera del andaluz, RFE, 1933).

    Los caracteres fonéticos de la lengua castellana en la época del Rey Sabio no difieren grandemente de los de la lengua moderna. Formado ya el castellano y sujetas sus palabras al yugo de su constante representación gráfica, su evolución desde el siglo XIII hasta nuestros días incumbe a la Fonética estudiarla. Sus vicisitudes, propiamente, afectan más bien a los vocablos que a los sonidos.
    No obstante en tiempos antiguos, en los de San Fernando, y en los posteriores hasta el siglo XVII, el castellano sonaba de una manera algo distinta a la de hoy, pues se escuchaban las siguientes articulaciones:

    - h aspirada, pronunciada, como ahora en Andalucía, en todas las palabras escritas hoy con h;
    - s sonora, pronunciada como la s francesa de “maison” (análoga a la que hoy pronunciamos en español cuando va agrupada a otra consonante sonora: rasguño, trasbordo...; la s sorda, que conservamos la transcribían generalmente con dos ss: clarissimo, desangrar...
    - x sorda (lexos, dixo) análoga a la francesa de chanson, o al sonido inglés “sh”.
    - j sonora (viejo, hijo) análoga a la j francesa en “jouer”. Ambas a dos x y j se confundieron más tarde en el sonido actual y moderno de j.
    - z sonora (hazer) distinta de la ç sorda (çapato, çoçobra) que es la que hoy en cierto modo perdura, y a la cual daba Nebrija origen árabe. La z sonora se percibe hoy cuando precede a otra consonante sonora: juzgar.
    - v fricativa sonora articulada en forma distinta de la b oclusiva. Pronunciaban, pues, b y v intencionadamente de manera distinta según la ortografía.

    J. Oliver Asín: Historia de la lengua española
    Última edición por Gothico; 21/12/2009 a las 21:02

  3. #3
    Antonio Hernández Pé está desconectado Miembro Respetado
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    Respuesta: Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio

    Atentos a esto: Hoy todavía en pueblos del sur del Reino de León (concretamente en Fuentesauco, provincia de Zamora) se dice "¡Vamo'jombre!" por "¡Vamos hombre!" y otras frases parecidas.

  4. #4
    Gothico está desconectado Miembro Respetado
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    Respuesta: Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio

    Lo realmente decisivo de este siglo XIII en España es algo en apariencia tan banal y simple, para el hombre moderno, como que se empezase a escribir en castellano; que el castellano, hasta entonces solo lengua hablada, pasase a ocupar el lugar del latín, hasta entonces única lengua escrita (junto con el árabe y el hebreo).

    Hoy, ya acostumbrados, no nos damos cuenta del paso brutal que la lengua escrita significa frente a la lengua solo hablada.
    La lengua escrita, transmisora del pensamiento y del conocimiento, siempre ha exigido un nivel mucho más elevado y perfeccionado de sintaxis y de vocablos que la lengua solo hablada, propia de sociedades ínfimas y primitivas.

    Equiparar el castellano al árabe y al latín, y transmitir conocimiento filosófico, religioso científico e histórico vertido en esas lenguas latina y árabe al castellano fue la labor colosal de Alfonso X.
    La empresa, descomunal de por sí, sube a un límite casi-divino, si se tiene en cuenta que además, Alfonso se consideraba protagonista único de todo ese gigantesco esfuerzo; lo escribía por sí y para sí: el era el rey al que le estaba concedido desde toda la eternidad ser un nuevo Salomón: las ciencias y saberes de que el se rodeaba tenían como misión legitimarle, y a su vez el las legitimaba con su sabiduría; él conocedor de todas las leyes antiguas y modernas, así como de la historia de todos los reinos de la antigüedad no podía equivocarse. No reparó incluso en conocimientos ocultos y astrológicos, con escándalo de la clerecía de su tiempo.
    Su sabiduría debía ser tanto más elevada cuanto más debía alzarse el rango de su prestigio sobre el reino que gobernaba.

    Así es evidente que, si por una parte Alfonso creó y modeló la escritura castellana para uso vulgar, por otra parte se sirvió de ella para traducir obras árabes y latinas que legitimaban su reinado y la ideología regalista que lo inspiraba; obras que hablaban sobre reyes antiguos, sabios,...que Alfonso decía tomar como modelo; y que al ser traducidas leídas y estudiadas en la corte, configuraron la monarquía castellana a la hechura de Alfonso.
    Modelo que será retocado en sentido más "conservador" cuando su hijo Sancho IV (y, sobre todo, su mujer María de Molina) acceda al reinado en 1284.

    Sobre Alfonso VIII, Fernando III, Alfonso X y Sancho IV y el desarrollo de las obras literarias del siglo XIII, por ellos perfilada y dirigida como legitimadora de sus reinados, pienso mandar algunas cosas.
    Pious dio el Víctor.

  5. #5
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    Respuesta: Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio

    .La lengua en el siglo XIV: el lenguaje popular.

    El lenguaje de don Juan Manuel: su tendencia a deslindar el vocabulario popular del latinizante, la claridad como norma suprema; un ensayo de estilo oscuro a base de los proverbios; tendencia a la concisión; influencia árabe en la sintaxis del Infante. El lenguaje del Arcipreste de Hita: exaltación del vocabulario popular y afán de mostrar su opulencia; uso del refranero.

    En el siglo siguiente al de Alfonso el Sabio, un gran escritor y guerrero famoso, nacido en Escalona, el infante don Juan Manuel (1282-1348), sobrino del Rey Sabio y nieto de San Fernando, pone todo su esfuerzo en afirmar y pulir la prosa castellana, consiguiendo perfeccionarla notablemente.

    Desde luego, don Juan Manuel, como prosista, es un discípulo directo de Alfonso el Sabio, a quien adora. En el vocabulario del Infante, lo mismo que en el de su tío, no caben más vocablos que los vulgares usados por todas las gentes. Don Juan Manuel siente el mismo empeño que el Rey Sabio por realzar la aptitud de “este lenguaje de Castiella” para la expresión por escrito. El latín sigue, pues, apareciendo como una lengua enemiga, capaz aun de arrebatar a España su nuevo instrumento imperial, que es la lengua escrita.
    Por eso don Juan Manuel sigue, como su tío, deslindando bien lo latino de lo puro castellano: huyendo de los latinismos o destacándolos como ajenos a la lengua viva: “Usad –dice a su hijo en una ocasión- de las viandas que llaman en latín licores, así como miel e azeite, e vino e sidra de mançanas...” (Libro infinido, c. II).

    Emplea, pues, don Juan Manuel el castizo vocabulario castellano, usando de palabras corrientes “nunca tan sotiles que los que las oyeren non las entiendan o tomen dubda en lo que oyeren”. De esta manera consigue el Infante la claridad en el estilo, objetivo constante de su obra, como virtud indispensable de todo lenguaje. El propio Infante, sintiéndose satisfecho de la claridad de sus libros, dice de sí mismo que escribió “muy declaradamente, en guisa que todo home que buen entendimiento haya et voluntad de lo aprender, que lo podrá bien entender” (Libro de los Estados I, cap. XCI).
    Todos sus ejemplos –en fin- son, como él dice, “muy llanos et muy declarados” (Libro de Patronio, III).

    Una vez sin embargo pecó don Juan Manuel contra la claridad; el Infante se prestó a complacer una petición de don Jaime, infante de Aragón, escribiendo en pasajes del Libro de Patronio con palabras oscuras. El nuevo estilo oscuro de don Juan Manuel consistió en ensartar unos centenares de proverbios, reformándolos para entretenerse en jugar con el sentido equívoco de los vocablos de manera análoga a los conceptistas del siglo XVII: “El rey rey reina, el rey non rey non reyna mas es reynado”, “lo mucho es para mucho; mucho sabe lo mucho” etc dice por ejemplo el Infante, en la segunda parte del Libro de Patronio

    Característica del estilo de don Juan Manuel es, además, la concisión, aprendida según él de su tío el Rey Sabio, que puso todo “complido e por muy apuestas razones, en las menos palabras que se podía poner”.
    Como discípulo fiel del Rey Sabio escribió él también “con las menos palabras que pueden seer” y sin ofender jamás a la claridad.

    En conjunto, la prosa de don Juan Manuel representa un progreso notable respecto de la de Alfonso X; pero, a pesar de todo, sigue teniendo, como la del Rey Sabio, giros sintácticos de sabor oriental, reflejo evidente de que la lengua escrita seguía ligada en parte a la sintaxis de las obras árabes traducidas en esta época:
    - la monótona repetición de la copulativa “e” (actual “y”),
    - la ambigüedad en el empleo del pronombre “él”,
    - el especial y reiterado uso del verbo “decir”, señalados ya en Alfonso X, continúan con el Infante. (En cuanto al uso de “decir.. dijo” hay ya un progreso notable respecto a la época de Alfonso X; Juan Manuel lo introduce dentro de la cláusula misma del parlamento: “Señor Conde, dijo Patronio... etc).
    Asimismo a lo largo de su obra se observa como va sustituyendo “maguer” por “aunque”.
    Lo cual no tiene nada de extraño en un hombre como don Juan Manuel, que seguramente manejaba libros árabes o por lo menos hablaba esta lengua con los moros españoles: varias frases en árabe llegó a reproducir en su Libro de Patronio.

    Es también en el siglo XIV cuando, por fin, el castellano predomina como medio de expresión lírica del sentimiento, después de dos siglos de preponderancia del provenzal y del gallego para la poesía subjetiva.
    El innovador en este caso es el grande y primer poeta lírico de la Edad Media, el Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, hombre alegre y jovial, del centro de la meseta castellana, autor del Libro de Buen Amor, compuesto hacia 1343.
    Su vocabulario sigue siendo el popular y corriente, el mismo de don Juan Manuel, pero con un caudal de expresiones mucho más abundante que el del prosista, pues jamás se mostró el castellano antiguo tan espléndido y exuberante como en las obras del Arcipreste. Su afán de reproducir con la fidelidad del detalle, y a todo color, la vida castellana le lleva a acumular en expresiones vivas y animadas infinitos vocablos sinónimos o análogos.
    Es más, en el fondo, Juan Ruiz siente, como sintieron los prosistas sus predecesores, esa fe en la aptitud y amplitud del castellano para la expresión literaria, frente al uso del latín, y aquí del provenzal o gallego. No se explica, sino es por un afán de mostrar la opulencia del castellano, esa propensión del Arcipreste a no repetir una cosa con la misma palabra o a amontonar sinónimos que llegan a la cifra de cuarenta y tantos cuando nos habla, por ejemplo, de la alcahueta, que es lo mismo que cobertera, almadana, altaba, jáquima, almohaza, andorra, trotera, etc.

    El Arcipreste, como don Juan Manuel, usa también de los refranes (que llama fabliellas, patrañas, retraheres y proverbios), aunque sólo para intercalarlos en el verso y con verdadero arte:
    “Por amor de esta dueña fis trovas e cantares,
    sembré avena loca, ribera de Henares:
    verdat es lo que disen los antiguos retraeres:
    Quien en el arenal siembra, non trilla pegujares”.
    Pious dio el Víctor.

  6. #6
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    Respuesta: Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio

    .La lengua en el siglo XV: el lenguaje latinizante. El aljamiado

    La corte de Juan II, pórtico del Renacimiento; repulsa del lenguaje popular; intento de creación de un lenguaje latinizante: latinismos de vocabulario; latinismos de sintaxis. Fracaso de este intento: vuelta al lenguaje popular: “El Corbacho”.
    Difusión del castellano: el aljamiado. Granada y su literatura árabe andaluza.

    En el siglo siguiente al de Juan Ruiz, en los primeros años del siglo XV, con el renacer de la antigüedad clásica, surge la admiración por el pasado de Roma, cuya cultura pónense a estudiar simultáneamente, en Castilla, Juan II (1406-1454) y sus cortesanos, y, en Nápoles, Alfonso V de Aragón, rodeado de los mejores humanistas.
    Es por aquellos años también cuando en España son conocidas e imitadas las obras de Dante y Bocaccio,cuyo lenguaje aristocrático, con su vocabulario y sintaxis latinizantes, deslumbra a nuestros escritores castellanos.

    En aquel nuevo ambiente, el estilo de don Juan Manuel o del Arcipreste ya no satisface. Los escritores lo encuentran demasiado vulgar. El lenguaje de la poesía o de la prosa no puede ser el mismo del pueblo, no puede ser -piensan- “el rudo y desierto romance, la humilde y baxa lengua del romance”, como Juan de Mena la llama. En la “romancial texedura”, en fin, “non fallaban equivalentes vocablos para exprimir los angélicos concebimientos virgilianos”.

    Creen entonces el momento de hacer una nueva lengua literaria al estilo de Italia y se ponen a escribir llenando el vocabulario castellano de voces tomadas del latín y dando a las frases un orden de colocación de sus palabras distinto al usual, para tomar por modelo el orden de la lengua latina, todo con el afán de separarse de la lengua vulgar.
    Los nuevos escritores, como el Marqués de Santillana (1398-1458), Enrique de Villena (1384-1433) y sobre todo Juan de Mena (1411-1456), someten entonces la prosa y el verso a un tratamiento tan intenso, y a veces tan violento, de adaptación al vocabulario y a la sintaxis latina, como no se ha de ver ya hasta Góngora.
    Juan de Mena, el gran poeta y humanista, tan estimado luego en los siglos XVI y XVII, siembra sus versos de cultismos, tales como belígero, armígero, penatífero, evieterno, clarífico, corusco, crinado, superno, túrbido, esculto, sciente, ultriz, exilio, tábido, funéreo, poluto, etc. Algunos de ellos son todavía patrimonio de nuestra lengua: diáfano, nítido, confluir, ofuscar, inopia, subvertir, marital, flagelo etc.

    En cuanto a la sintaxis, o mejor al hipérbaton de que hacen gala, es de lo más característico la manía de separar el sustantivo del adjetivo atributo: Villena dice, por ejemplo, “una vuestra recibí carta”, y Mena escribe “a la moderna volvíendome rueda” por “volviéndome a la rueda moderna”.

    Ni que decir tiene que esta latinización del lenguaje resultó extravagante por exagerada. El castellano no podía asimilar una tan indigesta y pedantesca carga de latinismos, ni menos forzar desmesuradamente su sintaxis tradicional.
    Por eso, la innovación lingüistica fracasó, y en una obra de 1438, “El Corbacho”, de Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera, la lengua popular triunfó de nuevo, si bien tratada artísticamente, mediante una discreta latinización y tendiendo además a la prosa rimada.
    En “El Corbacho”, al decir de Menéndez Pelayo, “la lengua desarticulada y familiar, la lengua elíptica, expresiva y donairosa, la lengua de la conversación, la de la plaza y el mercado, entró por primera vez en el arte con bizarría, con un desgarro, con una libertad de giros y movimientos que anuncian la proximidad del grande arte realista español” (Orígenes de la Novela).

    La difusión del castellano por la Península continuó durante esta época, sobre todo entre los musulmanes de la España cristiana, quienes, entonces, aprendían y utilizaban el castellano o el aragonés, todavía reacio este último a su castellanización.
    Una costumbre singular empezó además a introducirse entre aquellos mudéjares o moriscos, desde el siglo XIV y durante el XV: el uso del alfabeto árabe, para transcribir la lengua hablada española. Hoy se conserva un buen número de libros escritos por este procedimiento, que constituyen la llamada “literatura aljamiada” y que son además un valioso documento para el estudio del dialecto aragonés en el que la mayoría están redactados. (Muchos fueron descubiertos casualmente bajo el entarimado del desván de una casa de Almonacid de la Sierra, en Aragón).
    Uno de los escritos aljamiados más antiguos, de la segunda mitad del siglo XIV seguramente, es el Poema de Yuçuf o historia del patriarca José, compuesto en la cuaderna vía por un morisco aragonés.

    La lengua árabe literaria era todavía cultivada en el reino de Granada, donde muy pronto iba a oírse el castellano. Más allí, en el escenario de nuestro romancero morisco, se vivía ya tan sólo de la tradición del pasado. No obstante, todavía existían poetas, como Aben Zumruk, cuyos poemas decoran hoy los muros y las fuentes del alcázar granadino, o polígrafos, como Aben al-Jatib, de Loja, el últimoy gigantesco representante del pensamiento y del arte arabigoandaluces.

    J. Oliver Asín (Hª de la lengua española)
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  7. #7
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    Respuesta: Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio

    La construcción de la identidad cultural de Castilla bajo Alfonso VIII y Fernando III (desde 1170 a 1250)

    Habrá que esperar más de un siglo para que se realice la transmisión del lenguaje literario hablado (lírica tradicional, poesía juglaresca) al lenguaje escrito (vinculado hasta entonces a la clerecía), y plasmar mediante la nueva lengua castellana escrita, una conciencia cortesana; abriendo paso a nuevos contextos literarios: debates, crónicas históricas, leyes, poesía cortesana…

    Para que Alfonso X realizara su vasta obra cultural, había sido preciso que Castilla lograra el predominio sobre los restantes reinos peninsulares; todo gracias a la gestión de doña Berenguela, madre de San Fernando que había movido los hilos para que éste hubiera podido ceñirse las dos coronas de León y de Castilla. Pero ya previamente esa mayor importancia de Castilla se había reconocido y plasmado en la sucesión de Alfonso VII cuando éste, al dividir el reino entre sus hijos en 1157, la hubo dejado a su hijo primogénito Sancho III.

    Alfonso VIII (rey de Castilla entre 1170 y 1214), nieto de Alfonso VII y abuelo de Fernando III el Santo, fue declarado mayor de edad en 1170. Hechos decisivos de su reinado fueron la conquista de Cuenca, la derrota de Alarcos frente a los musulmanes en 1195, y su revancha contra ellos en la victoria de las Navas de Tolosa (1212), que abrió el camino castellano a Andalucía.
    Morirá poco después en 1214. Tras una serie de sucesivas muertes imprevistas, el trono de Castilla pasará a su nieto Fernando (III) en 1217.

    Castilla y León a pesar de ser reinos diferentes y tener distintas concepciones políticas estaban regidos por reyes miembros de un mismo linaje, lo cual acabó por facilitar la unión posterior. Así acabó siendo concordada numéricamente la sucesión de sus reyes. Gracias a su madre doña Berenguela, Fernando accederá, no sin dificultades, al trono de León a la muerte de su padre Alfonso IX. Su llegada fue facilitada por la clerecía leonesa, de cuyo pensamiento Fernando se hizo deudor.

    Es a partir del desastre de Alarcos en 1195 cuando Alfonso VIII implanta un modelo cultural castellano dotando de simbología a su poder, conciliando en la corte el saber eclesiástico con el poder nobiliario. Hasta entonces Castilla iba rezagada culturalmente respecto a otros reinos foráneos debido a las continuas luchas entre clanes nobiliarios.
    Castilla frente a los otros reinos peninsulares aparece estrechamente unida a un pensamiento religioso y unos saberes clericales de ideas y conceptos, que unidos a la lengua castellana, harán posible, el surgimiento del discurso literario en prosa.
    En el nuevo lenguaje escrito radicó el triunfo del modelo de Castilla sobre el arcaico latinismo de la cancillería de León. El modelo escriturístico castellano pasará de las escuelas catedralicias a las instancias y discursos de la corte.

    Tres personajes, elegidos por Alfonso VIII, forjaron el modelo cultural castellano basado en bibliotecas y escuelas catedralicias: el canciller Diego García de Campos, el obispo Téllez de Meneses y “el Toledano” Don Rodrigo Jiménez de Rada, historiador en sentido “castellanista” (frente al “leonesista” Lucas de Tuy).

    La primera plasmación de la prosa castellana se dará en el extenso Tratado de Cobreros, de 1206 entre Alfonso VIII y Alfonso IX de León. El texto servirá de base a un tipo de discurso político y cancilleresco, decisivo modelo escrito que sería continuado mediante el studium de Palencia, creado en 1214.

    Los primitivos textos castellanos parten pues de este ambiente cortesano y pueden clasificarse entre jurídicos e históricos por un lado, religiosos por otro, así como enciclopédicos:
    - Dentro de los textos jurídicos, la nueva escritura fija la redacción castellana de los fueros de entonces, tanto el modelo de fueros llamados largos como de los breves, así como el modelo jurisprudencial de las llamadas “fazañas”.

    - Las crónicas históricas hasta entonces lo habían sido en latín: la Najerense, la Silense…, y hasta el contemporáneo “De Rebus Hispaniae” del obispo Jiménez de Rada. Los textos históricos en castellano comienzan con las varias series de los “Anales toledanos”: relaciones anuales de sucesos que se irán prolongando hasta fines del siglo XIV.
    Otro es el estilo de las Crónicas oficiales, en base a una redacción pautada y explicada de los sucesos históricos, con un peculiar sesgo ideológico:
    El “Liber Regum” de raíz navarro-aragonesa, a comienzos del siglo XIII, inaugura las Crónicas en castellano: se extiende desde la historia bíblica hasta el siglo XIII, asimilando los cantares épicos de Castilla. Sirvió de base, en su versión toledana, al “De Rebus Hispaniae” del obispo Don Rodrigo Jiménez de Rada.
    Otra redacción del “Liber Regum” a mediados de siglo daría origen al “Libro de las Generaciones” con abundante material artúrico y de tema de Bretaña. Esta versión fue ajena a Castilla y tuvo gran éxito en el siglo XIV. El portugués don Pedro, conde de Barcelos, lo utilizaría para su “Nobiliario”.

    - Textos religiosos: Poca importancia tiene aun la prosa religiosa vernácula; solo en la segunda mitad de siglo alcanzará algún desarrollo.
    Cumpliendo lo dispuesto en el Concilio Lateranense, de acercar los dogmas y la catequización a las lenguas vernáculas, “La Fazienda de Ultramar”, hacia 1230, es una especie de noticiario geográfico de Tierra Santa; el texto escriturario en que se basa no proviene de la Vulgata sino de fuente hebrea.
    Dentro del contexto de la Escuela de Traductores y de la potenciación del castellano, aparecen algunas Biblias en castellano, de texto original hebreo, e incluso de tradición visigótica, a pesar de las severas restricciones eclesiásticas. No obstante, las más antiguas traducciones castellanas se hacen sobre la Vulgata.

    - Como obra de clerecía, al modo de obras gramaticales y poemas narrativos (Libro de Alexandre) aparece un reducido tratado enciclopédico: la “Semejanza del mundo” (hacia 1223), basada en un antiguo texto benedictino inglés (“Imago Mundi”) así como en las Etimologías de San Isidoro; en él se recopila una primitiva descripción de la naturaleza y de geografía del mundo entonces conocido, apelando incluso a autoridades literarias de la Roma clásica.
    Es una obra clave, que en miniatura contiene todos los saberes que Alfonso X irá ampliando en su posterior y gigantesca obra cultural.
    Pious dio el Víctor.

  8. #8
    Lopezm está desconectado Miembro novel
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    Respuesta: Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio

    Cita Iniciado por Gothico Ver mensaje
    Necesidad en la España del siglo XIII
    España no existía como ente político o cultural en el siglo XIII.
    (Lo que existió por entonces fueron los reinos de Castilla, Sevilla, Granada, Murcia, etc...

    La locución Corona de Castilla no es sinónimo de España, y menos aún en el siglo XIII, por lo cual no es correcto aplicar de forma generalizada a España unos atributos de la Castilla del siglo XIII.

    Cita Iniciado por Gothico Ver mensaje
    la España del siglo XIII no poseía un lenguaje escrito, práctico y eficiente, porque no existía unidad de lengua escrita y hablada: se escribía latín, se hablaba castellano.
    No sólo que España no existía en el siglo XIII, sino que además en ese siglo el español no existía como lengua o habla: lo que existía era el romance castellano, el romance aragonés, el romance mozárabe, etc...

  9. #9
    Avatar de ALACRAN
    ALACRAN está desconectado "inasequibles al desaliento"
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    Respuesta: Hª lengua, 8: El castellano, lengua escrita por obra de Alfonso X el Sabio

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    señor lopezm, sobre la existencia o no de España en la Edad media le aconsejo que se lea el libro -El concepto de España en la Edad Media- de José Antonio maravall (hay un hilo en este foro) y verá como detrás de los reinos hispánicos medievales se hablaba ya entonces de una realidad conjunta de España como trasfondo de los accidentales reinos hispánicos.
    Sobre la menciones medievales a España en el siglo XIII solo tiene que ojear cualquier texto de Alfonso X el Sabio para comprobar que todas sus referencias históticas lo son a España y nunca a Castilla de la que era rey, y qué decir de Murcia o de Sevilla, o Granada.
    Lea las historias del leonés Lucas de Tuy o del arzobispo toledano Don Rodrigo Jiménez de Rada (siglo XIII) para comprobar como hablan de la España medieval como de una continuación de la España visigoda.
    Iguales referencias a España hay en obras de siglos posteriores.
    Es un tema ya está muy visto en el foro y no vale la pena cansarse repitiéndolo.
    Pious dio el Víctor.

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