La Leyenda Negra
Lo primero que nos viene a la cabeza cada vez que escuchamos esta expresión, es la imagen de algunos pueblos poniéndonos a parir. Enseguida pensamos en que algo que no consiste más que en un conjunto de prejuicios nos va a perseguir si visitamos esos mismos países. Además, la puñetera expresión que no está inventada por esos pueblos extranjeros, sino que al parecer formó parte de alguna forma metafórica usada por Emilia Pardo Bazán y en algún otro de nuestros autores del XIX, toma cuerpo en los escritos de Julián Juderías, para denunciar los pre-juicios, cognitivos, culturales y, especialmente, personales de unos cuantos viajeros de los tiempos de maricastaña.
Basta con leer sus libelos, no pueden ser tomados de otra forma, para comprender la ignorancia supina que los caracterizaba, la incapacidad manifiesta para intentar entender la inmensidad de un país desangrado entre la emigración hacia el Nuevo Mundo y las continuas guerras, tanto de religión, como de sostenimiento de un Imperio alemán semi-heredado, pero nunca verdaderamente de carácter hispano -a pesar de tanto oro traído de América-, y que representan el valor, esfuerzo y generosidad de tantos hombres que entregaron su vida por unos ideales superiores.
¿Y quiénes eran esos viajeros, sino señoritingos parásitos en sus propias sociedades? Porque ya se dirá quienes eran aquéllos que podían viajar displicentemente, sin agencias de viajes, sin los sistemas de transporte y comunicación de hoy en día, sin la opción de financiar crediticiamente tales desplazamientos. Ya se dirá quien hoy en día está en condiciones de establecerse como turista, en tiempos pasados viajero, por periodos de tiempo que llegaban a durar años. Además, la mayoría de ellos con anterioridad a la llegada de nuestro país, ya venía condicionado -con la mente lavada, diría yo-, por otros escritos, por otros libelos anteriores, que ya los predisponían. No deja de ser llamativo que muchos coincidan en las descripciones de los paisajes, gentes y costumbres. Uno se preguntaría legítimamente por tales coincidencias si no fuera precisamente, por esa coincidencia tan exacta y tan letal. Y es que si la visita venía precondicionada y con las dificultades añadidas en los viajes que había entonces, no es de extrañar.
Luego, las biografías de estos enemigos nuestros son del mayor interés para nosotros: la mayoría enemigos de la Iglesia Católica, o malos católicos en cuyas estrechas y soberbias mentalidades, no tenían cabida la caridad y el amor al prójimo. Para esa mayoría España era Inquisición y tierra de frailuna. Para esa mayoría España era un desierto de ignorancia. Sin embargo, también hubo quienes les llevaron la contraria, y no en pequeño número.
Quiero empezar este tema destacando una figura francesa de comienzos del XIX, más un figurín que figura, que dejó uno de esos legados escritos en este caso en forma de cartas sobre nosotros y que demostró desconocernos por completo y que tomo como modelo de lo que he ido comentando. Ni quiera la todavía inexistente ciencia de la Antropología en aquellos tiempos los justifican, hubiese sido suficiente con decir la verdad.
Marqués de Custine
Astolphe-Louis-Léonor, Marqués de Custine (18 de marzo de 1790 - 18 de octubre de 1857) fue un aristócrata francés, conocido por sus crónicas de viajes y particularmente por el relato de su visita al Imperio Ruso en 1839 titulado Rusia en 1839 (en francés, La Russie de 1839). Esta obra no solo relata el viaje de Custine, sino también presenta aspectos de la economía, organización social, costumbres y modo de vivir imperantes en Rusia durante el reinado de Nicolás I.
Astolphe de Custine nació en Niderviller, Lorena, en una familia de la aristocracia francesa que simpatizaba con los ideales de la Revolución de 1789; su familia paterna era propietaria de una próspera fábrica de porcelanas, mientras su madre era una aristócrata bien contactada con intelectuales de su época, como Madame de Stäel y Chateaubriand.
Pese a sus simpatías republicanas, el abuelo de Custine fue guillotinado en 1793 y su padre corrió la misma suerte en enero de 1794, mientras que su madre fue encarcelada hasta la caída de Robespierre en julio de 1794. Tras estos episodios, la familia de Custine se instaló de nuevo en Lorena, siendo esmeradamente educado y contactado con importantes personajes de la cultura francesa de su época: la madre de Custine era amiga personal de Madame de Stäel y tuvo un romance con el célebre literato Chateaubriand. No obstante, Custine y su madre debieron emigrar en 1810 por mantener amistad con el ministro Joseph Fouché, caído en desgracia con Napoleón.
Tras la Restauración, Custine y su madre volvieron a Francia en 1814, pues su madre ambicionaba para el joven marqués una carrera en la diplomacia y un buen matrimonio. Custine acudió así con la delegación francesa al Congreso de Viena en 1815, se casó en 1822 y tuvo un hijo, pero su esposa muere al año siguiente, tras lo cual Custine inició una relación homosexual con un joven inglés cuatro años menor llamado Edward Saint-Barbe. No obstante, es hallado semidesnudo y golpeado en una calle de París en una noche de octubre de 1824, lo cual hace estallar el escándalo de su homosexualidad y lo condena al ostracismo social, perdiendo su carrera diplomática. Su hijo muere en 1826 y poco después fallece también su madre.
Tras estas desgracias, Custine intenta hacerse literato pero no logra éxitos con sus dramas y poemas, inspirados por el romanticismo literario. Tras ello se convence de tener talento para los relatos de viajes y así se dirige a España en 1831, donde redacta una crónica de viajes que es publicada en 1838 y resulta muy bien recibida por la crítica, lo cual le da fama entre destacados artistas como Honoré de Balzac, Victor Hugo, Frédéric Chopin, Alphonse de Lamartine, Alfred de Musset, George Sand o Eugène Delacroix.
Tras recibir el consejo de Balzac de escribir sobre las regiones más tradicionales y exóticas de Europa, Custine decide elegir Rusia como su próximo tema de escritura. En ello influye el éxito que había ganado en 1835 el libro de Alexis de Tocqueville titulado "La democracia en América" donde el autor pronosticaba que Rusia y los Estados Unidos estaban destinados a ser los países más poderosos del futuro. Ansioso por repetir el análisis de Tocqueville, Custine viaja a Rusia en 1839, donde escribe su obra más celebre.
Viaje a Rusia
Custine visitó Rusia en 1839, donde pasó la mayor parte del tiempo en San Petersburgo, aunque también visitando Moscú y Yaroslavl. El marqués de Custine era un monárquico reaccionario conservador en Francia y visitó Rusia buscando también algunos argumentos contra la democracia y el gobierno representativo (los que había elogiado Alexis de Tocqueville en Estados Unidos), en tanto Custine temía que el liberalismo y la democracia causaran inevitablemente la "tiranía de las masas".
No obstante, Custine quedó sorprendido por la severidad de la autocracia de los zares rusos, así como con el carácter de los rusos que halló en diversos niveles sociales y su débil respuesta al enorme absolutismo de sus gobernantes. Custine consideró que la población rusa "colaboraba con su propia opresión", considerando la autocracia zarista como un ejemplo extremo (e indeseable) de sumisión popular al monarca, sosteniendo que "En Francia la tiranía y el despotismo es una breve situación de transición, en Rusia la tiranía y el despotismo son situaciones permanentes".
Un tema particularmente relevante de su relato es el análisis de Custine sobre la real influencia de la cultura occidental en Rusia, pues el marqués se burlaba de las pretensiones de la élite rusa por imitar a sus pares del resto de Europa en aspectos superficiales, mientras que para Custine la sociedad rusa tenía una esencia de despotismo brutal más propia del Asia. El propio marqués de Custine consideró en su libro que esta situación era culpa de la severa influencia ejercida por la Iglesia Ortodoxa Rusa en apoyo de la autocracia, acusando también a la Invasión mongola de Rusia de haber instalado el "despotismo oriental" dentro de las costumbres rusas, y reprobando a las reformas de Pedro el Grande por imponer en Rusia los usos de Europa Occidental de modo brutal pero superficial, confundiendo las apariencias externas con la verdadera cultura europea.
También el marqués de Custine condena la edificación de San Petersburgo al considerarla como fruto del deseo de un solo hombre y no el resultado de verdaderas fuerzas sociales e históricas. No obstante, Custine muestra gran simpatía por Moscú y alega que Rusia podría ser un país mucho más poderoso si trasladase su capital a la vieja urbe moscovita.
Las mayores censuras de Custine se reservan a los aristócratas rusos, a los cuales trata de "bárbaros y salvajes", que aceptan la cultura europea sólo en sus rasgos externos afirmando "tienen sólo el barniz de civilización europea suficiente para ser salvajes astutos, pero no hombres cultivados", acusando nuevamente a las reformas de Pedro el Grande por contentarse sólo con imponer al pueblo ruso las imitaciones externas de la civilización europea, dejando sin alteración la "barbarie" que, según Custine, Rusia había heredado intacta de las invasiones mongolas y que había incorporado a sus costumbres y sistema político.
Asimismo Custine se queja sobre la conducta superficial de las élites rusas hacia la cultura europea diciendo: "No reprocho a los rusos que sean como son, yo reprocho que deseen aparentar lo que somos nosotros (los demás europeos)... Los rusos están menos interesados en ser cultivados que en hacer creernos que lo son... Ellos estarían contentos de mostrarse tan bárbaros como quieran serlo, si tan sólo otro pueblo del mundo pudiera hacerles sentirse mejores y más civilizados".
Tras conversar con el zar Nicolás I, el marqués de Custine lo censura por edificar una red de espionaje sobre la totalidad de su pueblo y por reprimir a Polonia, pero concluye que posiblemente el zar actúa tan autocráticamente sólo porque el propio zar siente que tal conducta es su deber, afirmando Custine: "Si el zar no tiene más piedad en su corazón que la mostrada en su política, lo lamento por Rusia, pero si los reales sentimientos del zar son superiores a sus actos entonces lo lamento por el zar". Al acabar su viaje, Custine afirma que sintió el aire más respirable y ligero al cruzar de nuevo la frontera con Prusia.
Retorno a Francia.
La Russie en 1839 tuvo hasta seis ediciones en vida de Custine, y fue muy leída en Gran Bretaña, Francia, y Alemania, pero censurada en Rusia, prohibiéndose allí su circulación. De todas maneras, las ediciones en idiomas extranjeros llegaron a conocerse en Rusia y causaron impacto entre su aristocracia; pese a la censura zarista, fragmentos del libro fueron publicados en la prensa rusa recién en 1890 y 1891, mientras que una versión abreviada por la censura fue editada en 1910, y reimpresa en la Unión Soviética en 1930, pero inicialmente suprimido bajo del gobierno de Lenin. La primera versión rusa completa y sin censuras apareció en 1996.
El marqués de Custine vio su fama acrecentada por su libro sobre Rusia, y continuó su relación con su amante inglés. Murió en septiembre de 1857, dejando sus bienes a su amante.
El marqués de Custine fue un personaje de la película del El arca rusa (2002), donde sus conversaciones con el narrador muestran la lucha de la intelectualidad rusa por establecer su identidad propia respecto al resto de Europa.
www.es.wikipedia.org/wiki/Marqués_de_Custine
Lo que se dice de él en la Wiki no incluye sus "impresiones" particulares sobre España y los españoles. Esas las cuenta J. Juderías y yo las voy a reproducir en el mensaje siguiente. Tal y como pienso seguir haciendo con otras "personalidades antiespañolas" de probada fantasía y escasa moralidad.
Última edición por Valmadian; 28/01/2014 a las 21:10
"He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.
<<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>
Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.
Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."
En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47
Nada sin Dios
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