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Tema: Artículos sobre carlismo

  1. #21
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    Re: Artículos sobre carlismo

    https://extremadurarevistadehistoria...uparoncaceres/

    CUANDO LOS CARLISTAS OCUPARON CÁCERES



    Hoy en día no resulta extraño, tanto en la sociedad española en general como incluso en el seno de instituciones educativas, tener una percepción del carlismo bastante alejada de la realidad histórica; esa realidad, aunque intangible, que tanto se afana en rastrear el historiador en su trabajo. Así, no hay quienes lo ven como un mero episodio anecdótico dentro de la Historia Contemporánea española y lo valoran nada más y nada menos como si se tratara de aspecto casi folklórico que se focalizó territorialmente en determinados espacios peninsulares.

    Pero cuando tenemos en cuenta, y haciendo referencia solamente a lo sucedido en el siglo XIX, que el carlismo sostuvo dos guerras civiles que, incluso, trajeron consigo amplias implicaciones internacionales (contiendas de 1833-1840 y 1872-1876), y otro conflicto de menor intensidad (1846-1849) que afectó especialmente a territorios como Cataluña, vemos que las reclamaciones dinásticas de don Carlos María Isidro de Borbón y Borbón-Parma (titulado Rey de España como Carlos V), don Carlos Luis de Borbón y Braganza (como Carlos VI) y don Carlos María de Borbón y Austria-Este (como Carlos VII) no solamente se trataron de episodios apenas sin importancia, sino que el carlismo se alzó como un reto constante para el Estado liberal que, con sus más y sus menos, se fue implantando progresivamente en España durante esta centuria. Pero no solamente se limitó su acción a las armas –pues tampoco es extraño relacionarlo con un escaso número de desarrapados que actuaban por las montañas-, sino que, ya avanzado el siglo, tuvo representación política en Cortes y llegó a poner en marcha una red de círculos, prensa y propaganda tradicionalista que se extendió por todos los rincones de la geografía penínsular
    .
    Don Carlos María Isidro de Borbón. Titulado Rey de España como Carlos V.

    Dicho lo cual, y centrándonos ya en la Primera Guerra carlista, encrucijada histórica en donde se inserta el acontecimiento sobre el que versa este pequeño artículo, señalar que la misma comenzó a vislumbrarse en 1830 tras la promulgación de la Pragmática Sanción, la cual venía a confirmar que una mujer podría reinar en España, y estalló tras la muerte de Fernando VII en septiembre de 1833, pues ambos bandos se venían preparando para el conflicto desde años atrás y la situación era cada vez más conflictiva. Así, la guerra se libró entre carlistas (partidarios del Infante don Carlos) y cristinos o isabelinos (partidarios de la Reina Gobernadora doña María Cristina de Borbón- Dos Sicilias y su hija, que fue entronizada bajo el nombre de Isabel II).

    La causa que representaba don Carlos en la guerra que se libró en España durante 1833 y 1840, también conocida como la de los Siete Años, fue patrimonio común de muchos españoles, pues no solamente se dirimió la cuestión dinástica sino que su persona encarnaba y representaba, en aquel momento, toda una cosmovisión política, ideológica, económica, social, cultural y religiosa ya existente antes de la penetración del liberalismo en España. De ahí, que, en mayor o menor grado, tuviera soportes en todos y cada uno de los estratos sociales, desechando también, ya de paso, la tan manida e inexacta creencia de que el carlismo únicamente era respaldado y sostenido por la Iglesia y por el estamento religioso.

    Si el lector quizá se encuentre sorprendido a raíz de estas aclaraciones que estimamos totalmente necesarias para un buen entendimiento del conflicto, puede que la sorpresa vaya a más cuando señalamos, sin reservas, que la Primera Guerra carlista fue una contienda que tuvo en constante tensión a Extremaduradurante estos años.

    Si bien se produjo una menor actividad bélica que en la porción vasco-navarra, Cataluña o el Maestrazgo, como ya señaló el historiador liberal don Antonio Pirala, fue en el suelo extremeño donde se levantaron los primeros pendones por don Carlos, los cuales fueron severamente reprimidos desde octubre de 1832, momento en que subió al poder el Ministerio encabezado por don Francisco Zea Bermúdez –supervisado y tutelado en todo momento por la Reina Gobernadora, doña María Cristina de Borbón, y la camarilla que se había creado a su alrededor-;represión que se acentuó tras la llegada de don José Ramón Rodil y Campillo, ya en septiembre de 1833, en calidad de Capitán General de Extremadura. Pero a pesar del proceso de depuraciones y extrañamientos que éste llevó a cabo sobre los carlistas extremeños, desde 1833 hasta 1836 diversos jefes de guerrillas como los hermanos Cuesta –don Feliciano y don Francisco, que tuvieron un papel destacado en la Guerra de la Independencia- o los valxertienses don Santiago Sánchez de León o don Alonso Muñoz, entre otros tantos, hicieron todos los sacrificios que estuvieron en sus manos para hacer progresar la causa de don Carlos.

    Además, no pocas zonas de la geografía extremeña, especialmente la circunscrita a la zona norte de Cáceres, se mostraron reacias a aceptar a Isabel II como Reina y por ello se sucedieron diversos proyectos conspirativos para alzarse en armas y defender los derechos a la Corona de España del ya declarado rebelde, traidor y ex Infante, don Carlos.Trazada esta breve y necesaria panorámica histórica, nos centramos ya en el episodio objeto de este pequeño artículo, que no es más ni menos que la ocupación de Cáceres por parte de las fuerzas carlistas, hecho que acaeció en los últimos días de octubre y los primeros de noviembre de 1836, cuando arribó a Extremadura la fuerza carlista de mayor envergadura, numéricamente hablando, que había pisado su suelo desde los inicios mismos de la guerra civil[1].
    El general carlista andaluz D. Miguel Gómez Damas.

    La fuerza del general carlista don Miguel Gómez Damas, el títulado Ejército Real de la Derecha, salió el 26 de junio de 1836 de Amurrio (Álava), contando con un total de 2.700 infantes y 180 jinetes, además de portar “un obús y un cañón de montaña al cargo de un sargento de artillería y nueve artilleros”[2], y entraba en territorio extremeño el 26 de octubre de 1836, después de 4 meses de operaciones, tiempo en el que había recorrido grandes espacios de la geografía peninsular.

    Hasta su llegada, había sufrido reveses, pero también había cosechado notables triunfos. A pesar de la implacable, pero no muy afortunada persecución que le practicaban los mandos militares isabelinos don Isidro Alaix, don José Ramón Rodil y don Ramón María Narváez, entre otros, justamente antes de penetrar en la demarcación pacense, la fuerza carlista de Gómez consiguió una victoria importante al hacer capitular, el día 24 de octubre, la villa ciudadrealeña de Almadén, tras rendirse la guarnición liberal que resistió casi durante más de dos días el sitio de los carlistas. Como resultado de tal hecho, “los cristinos sufrieron diecisiete muertos, cuarenta y seis heridos y 1.767 prisioneros”[3].Así, tras esta victoria y portando los carlistas una gran cadena de presos liberales, se presentó Gómez en Siruela el día 26, continuó hacia Talarrubias y pernoctó en Navalvillar de Pela. El 27 prosiguió su recorrido y llegó a Guadalupe por la tarde.

    El general carlista envió una avanzadilla, al mando del coronel don Francisco Fulgosio, para que le informase de la fuerza liberal allí establecida, y éste informó que en la villa guadalupana permanecía acantonada una fuerza de 1.500 individuos de los movilizados de Extremadura. Una fuerza para hacer frente a los carlistas que de muy poco sirvió, pues cayeron prisioneros 267 de los movilizados, otros tantos se presentaron voluntarios a engrosar las filas carlistas y el resto –exceptuando a unos cien -, tras arrojar las armas, se dispersaron voluntariamente. Este hecho inmediatamente tuvo su repercusión en otros puntos de la geografía extremeña, pues, exceptuando dos batallones que se hallaban uno en Badajoz y otro en Plasencia, “todos los movilizados de Extremadura se fueron a sus casas, quedando la provincia en la mayor tranquilidad”[4].En Guadalupe, Gómez reflexionó acerca de sus posteriores movimientos.

    En este punto supo que el Puente del Arzobispo, camino natural hacia Madrid, estaba ocupado por 2.800 hombres al mando de don José Carratalá, lo que le hizo cambiar de estrategia –teniendo en cuenta que Alaix también estaba cerca de sus pasos- y decidió marchar hacia Cáceres. De este modo, la fuerza expedicionaria carlista continuó la marcha: el 28 pasaba por Cañamero y Logrosán para arribar el 29 por la tarde a Trujillo, tras haber pasado también por Zorita y Conquista de la Sierra, lugar este último en donde los carlistas realizaron una junta.

    En Trujillo descansaron el día 30 de octubre, jornada que también fue aprovechada para ocuparse de varias cuestiones que conviene señalar. En primer lugar, se licenció a los Milicianos Nacionales que traían prisioneros desde Almadén. En segundo lugar, las tropas carlistas aprovecharon para hacerse con provisiones, pues aunque habiendo abandonado Trujillo las autoridades liberales, una gran cantidad de armas, vestuarios, camas, miles de reales o cientos de fanegas, no fueron puestas a salvo y todo ello quedó en poder de los carlistas[5]. En tercer y último lugar, se volvió a celebrar otra junta en la que intercambiaron opiniones los diferentes generales carlistas que componían la expedición, entre los que se encontraban don Ramón Cabrera, el Trigre del Maestrazgo, don José Miralles o don Joaquín Quílez, entre otros.

    El principal objeto de la misma fue “someter a su examen y deliberación en qué punto del Reino podría hacer la guerra este Ejército con más ventajas de la legítima causa del Rey N.S.”[6]. Tras una concienzuda deliberación, se decidió que don Ramón Cabrera “en la primera ocasión favorable” marchase a socorrer la plaza de Cantavieja (en Teruel), debido al sitio que estaba practicando sobre ella el general cristino don Evaristo San Miguel[7]. Decidida esta opción, Cabrera marcharía desde Cáceres.Solventados estos asuntos, partieron para Cáceres el día 31, punto al quellegaron a las tres de la tarde “en medio de los vivas y aclamaciones de toda la población que salió a recibirnos”[8].

    Este mismo día, el Vizconde de la Torre de Albarragena, título que ya destacó en durante el Trienio Liberal (1820-1823) por su adhesión a la causa realista, dio alojamiento al general don Ramón Cabrera[9].Establecida la fuerza carlista en Cáceres sin encontrar ninguna resistencia, el día 1 de noviembre de 1836, festividad de Todos los Santos, Gómez aprovechó la parada para observar y adquirir noticias de los movimientos de las fuerzas liberales, principalmente de las mandadas por Rodil y Alaix, y para realizar varias cuestiones de intendencia. Por un lado, nombró, respectivamente, Comandante y Capitán de partida a los paisanos cacereños don Francisco Rincón -que no José, como citan algunas fuentes- y a don Genaro Morales, perteneciente este último a una “familia de la que habían sido algunos jefes realistas en tiempos de la revolución del año 20”[10].

    Por otro lado, se dio libertad a un gran número de hombres que pertenecían al grupo de los prisioneros “después de habérseles tomado juramento de no volver á las armas en contra de la causa de don Carlos” [11] y se perdonó la vida “a un oficial y dos sargentos que habían hecho por su cuenta exacciones pecuniarias”[12]. También durante este día se trató de reunir dinero y hombres. Por lo que respecta al dinero, tenemos constancia que se realizaron varias exacciones, como la practicada al cura ecónomo de la Iglesia de Santa María, don Antonio Vives, a quien el tesorero de la tropa carlista exigió la cantidad de 1.000 reales[13].

    En lo relativo a los hombres, Gómez circuló un bando para que “todos los mozos solteros se presentasen sin escusa alguna para que siguiesen con su compañía”[14] y también recibió voluntarios que engrosaron sus filas, destacando el caso del hijo del citado Vizconde de la Torre de Albarragena, don Narciso María de Cabrera, de veintiún años de edad[15].Al tiempo que Gómez se encargaba de supervisar lo anterior, muy pendiente por otra parte de los movimientos de los liberales que tenían tomado el puente del Cardenal, decidió que don Francisco Rincón, recién nombrado Comandante de partida, con 40 caballos y 30 infantes se dirigiera a tomar el puente de Alcántara, lo cual logró con sus efectivos no sin entablar una refriega con el destacamento cristino allí acantonado y a pesar del riesgo que esto suponía para los carlistas al hallarse en la frontera portuguesa una fuerza del Gobierno liberal del vecino Reino que “amenazaba entrar en la provincia, si nosotros permanecíamos en ella o nos acercábamos a Portugal”[16].Habiendo tomado el puente de Alcántara la avanzadilla carlista, el grueso de la expedición de Gómez salió para allá el 2 de noviembre por Arroyo del Puerco (hoy Arroyo de la Luz), pero a una legua de Cáceres tuvo que retroceder por la noticia de los movimientos de Alaix y Rodil.

    A su vuelta a la capital cacereña, fue cuando se produjo la marcha de don Ramón Cabrera hacia Aragón, la cual no debió de estar exenta de polémica debido a la disconformidad de éste último con las tropas que se debía llevar. El Tigre del Maestrazgo, cumpliendo órdenes, dejó el grueso de la expedición y el día 3 marchó por Valdefuentes a Montánchez, lugar donde pernoctó antes de pisar territorio manchego.Por su parte, la expedición abandonó también Cáceres y el día 3, pasando por Torreorgaz y Torrequemada, hizo noche en Torremocha, con la intención de marchar sobre Trujillo y pasar el Tajo por la barca de Almaraz. Pero las noticias que a los carlistas les llegaron en Torremocha les hicieron cambiar nuevamente de planes, puesto que Rodil se encontraba en Jaraicejo, Alaix en Siruela y que Narváez, “con una División de 5.800 hombres, de un día a otro debía incorporarse con el primero”[17].

    Tras conocer esto y no contar Gómez con un auxilio seguro de alguna otra fuerza que saliera de las provincias del norte, decidió replegarse hacia Andalucía. Fijada esta nueva ruta, el día 4, pasando por Arroyomolinos de Montánchez y Almoharín, llegó a Miajadas, punto en donde pasaron la noche y se separaron de la expedición los jefes de partida ya citados, Rincón y Morales. Al día siguiente, el 5 de noviembre, pisaron ya territorio pacense, pasando por Villar de Rena y Rena, punto en el que vadearon el Guadiana construyendo un puente de carros y consiguieron 1.200 reales que les entregó su alcalde, e hicieron noche en Villanueva de la Serena.

    El día 6 pasaron por La Haba, La Guarda, Quintana y Zalamea de la Serena y el 7 abandonaron Extremadura, pasando por los núcleos de Berlanga y Ahillones, llegando a Guadalcanal, ya en la provincia de Sevilla.Tras el abandono de Extremadura de la fuerza expedicionaria de Gómez, una nueva etapa de la guerra se abrió en nuestra región, y durante los últimos meses de 1836, todo el año de 1837 y el primer semestre de 1838, la causa de don Carlos conoció sus mejores momentos. Tan solo por citar algunas consecuencias inmediatas, el 2 de noviembre se declaraba en estado de guerra toda Extremadura; las villas valxertienses de Jerte y Cabezuela proclamaron a don Carlos como Rey de España y el 12 de noviembre, don Santiago Sánchez de León, logró ocupar Cabezuela comandando más de 400 hombres; por su parte, el jefe carlista don Francisco Rincón tuvo en convulsión a las tierras de Trujillo hasta bien entrado 1837 y entre las propias autoridades liberales extremeñas, tanto políticas como militares, se sucedieron diferentes conflictos, pues la descoordinación, el miedo y la confusión reinó en el conjunto de Extremadura como consecuencia de la irrupción de tamaña fuerza militar, la de mayor envergadura que había pisado su suelo desde el inicio mismo de la guerra en octubre de 1833, ya que informaciones nos hablan que la misma se componía de unos 12.000 hombres en aquel momento.
    Juan Pedro RECIO CUESTA
    Última edición por Carolus V; 16/04/2016 a las 15:41

    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

  2. #22
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    Re: Artículos sobre carlismo

    "La Primera Guerra Carlista en la Poesía", en BULLÓN DE MENDOZA Y GÓMEZ DE VALUGERA, Alfonso (Ed.): Las Guerras Carlistas. Madrid, Editorial Actas, 1993, pp. 291-421 | Alfonso Bullón de Mendoza - Academia.edu


    "La Primera Guerra Carlista en la Poesía", en BULLÓN DE MENDOZA Y GÓMEZ DE VALUGERA, Alfonso (Ed.): Las Guerras Carlistas. Madrid, Editorial Actas, 1993, pp. 291-421

    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

  3. #23
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    Re: Artículos sobre carlismo


    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

  4. #24
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    Re: Artículos sobre carlismo

    Carlismo versus Nacionalimo

    CARLISMO VERSUS NACIONALISMO



    El carlismo tiene hoy muy mala imagen, y muy mala prensa. Se dice que es un tradicionalismo atávico fundado en un patriotismo local medieval y en un integrismo católico, y, por tanto, una oposición furibunda a todo atisbo de modernidad liberal en España. No pocos piensan que el nacionalismo vasco, incluido el terrorista, no es sino una variedad evolutiva del carlismo. Puede, sin embargo, que este análisis sea demasiado superficial y tosco, y que las cosas sean bien distintas.
    Ya comprendo que no es de buen tono, en los tiempos que corren, intentar penetrar en el espíritu de fondo del tradicionalismo carlista, pero creo que no queda más remedio que hacerlo. Pues la cuestión es, a mi juicio, que, más allá de sus determinaciones históricas concretas –más allá de la cuestión de la legitimidad sucesoria, más allá incluso de su oposición al constitucionalismo moderno liberal–,

    Debido a las circunstancias concretas de su formación histórica –la inexorable confluencia de los grandes reinos cristianos en su reivindicación, común e independiente, de la unidad hispánica visigótica previa frente a la invasión musulmana–, España fue adquiriendo una morfología histórica muy singular, que contrasta con la de cualquier otra nación política moderna de Europa.

    España, ciertamente, antes que ser una nación política más, analogable a las de su entorno, fue un proyecto espiritual (o metapolítico) universal, en cuanto que católico, de fraternidad comunitaria ilimitada entre fraternidades comunitarias locales; una fraternidad que, por tanto, no quería ni podía limitarse a sus iniciales fronteras geográficas ibéricas, sino que, movida por su propio impulso, universal en cuanto que católico, se veía impulsada a extenderse ilimitadamente por el orbe. De ahí que ya antes, pero sobre todo después, de la unificación nacional realizada por los Reyes Católicos los patriotismos locales, lejos de ser incompatibles con el patriotismo común español, siempre hayan requerido y exigido a éste como garantía de su propia existencia.




    Los patriotismos locales y el patriotismo español, lejos de oponerse, se han conjugado inexorablemente en la formación histórica de España. Ésta es la singularidad histórica a la que desde siempre supo ser fiel, en su espíritu último, el tradicionalismo carlista.

    Por lo demás, creo que no está de más recordar que este doble patriotismo comunitario trajo consigo una forma propia de liberalismo, hispano en cuanto que católico, anterior y distinto al moderno y puramente económico del librecambio (aunque no necesariamente incompatible con él). Un liberalismo que descansaba en la liberalidad o generosidad propia de la vida comunitaria local (generosidad que, por su propio impulso, no podía dejar de propagarse entre las distintas comunidades de su órbita espiritual) y que servía de freno a toda posible intromisión del Estado en las libertades y formas comunitarias de vida tradicionales, así como en la libertad y dignidad de cada persona.

    En este sentido, puede que el viejo tradicionalismo español no resulte una rémora tan atávica y oscurantista, sobre todo cuando pensamos en que el moderno Leviatán –ése cuyo prototipo hemos de cifrar en la Revolución Francesa– ha mostrado sobradamente una irrefrenable compulsión totalitaria a hacer y deshacer en la vida civil y en la de las personas.

    Sólo cuando se alcanza a ver esta singularidad de la morfología histórica de España, a la que el tradicionalismo carlista supo ser fiel en su espíritu último, pueden comprenderse las diferencias esenciales que lo distinguen del nacionalismo vasco. La tenue línea de continuidad genética que pueda haber entre uno y otro no debe impedirnos ver la nítida discontinuidad estructural que los separa.

    Puede, en efecto, que el nacionalismo vasco prosiguiera, en el ámbito territorial que inventó, con la defensa carlista del patriotismo local, pero se dejó por el camino ni más ni menos que el sentido español de dicha defensa, reduciendo de paso el contenido de ésta a su forma más siniestra y pervertida: el racismo.

    Sabido es que el señor Sabino Arana llegó a delirar con la idea de una presunta raza vasca incontaminada por ninguna otra, ni española ni del resto del mundo, como fundamento de su programa político nacionalista, organizado en torno a un odio racista sistemático hacia España.

    Difícilmente se puede pervertir más el espíritu hispano, en cuanto que católico, del viejo carlismo español. El nacionalismo vasco es intrínsecamente racista, y por eso es siempre potencialmente terrorista. No es de extrañar, entonces, que llegara a combinarse, en una de sus facciones, siempre útiles al conjunto, con una de las formas más depuradas del terrorismo totalitario moderno, la debida a los métodos marxistas revolucionarios de guerrillas de liberación nacional, formando de ese modo una mixtura tan siniestra en la teoría como letal en la práctica.

    Una vez comprendidas estas profundas e insoslayables diferencias entre el carlismo español y el nacionalismo vasco, puede que comencemos a vislumbrar, con una nueva esperanza acaso no esperada, el horizonte que se nos abre a todos los españoles en el momento mismo en que la bestia del nacionalismo vasco se ha decidido a ir a por Navarra. Pues lo cierto es que el viejo reino de Navarra es el único que tendría derecho histórico a incluir en su unidad política buena parte de las tierras vascongadas, justo aquéllas que ingresaron en la historia de la mano de la historia de Navarra, y con ello en la historia de España, y por lo mismo en la historia universal; así como otras partes vascongadas deberían ser políticamente integradas en la vieja Castilla por las mismas razones históricas (en realidad, las provincias vascongadas no deben tener derecho a otro tipo de unidad más que a la propia de una suerte de comarca de tipo folclórico).

    Así pues, puede que esta vez el nacionalismo vasco haya pinchado en hueso, en el hueso de la sustancia histórica de España, acaso mucho mejor representada hoy por Navarra, la vieja tierra foral española, que por el conjunto de nuestra debilitada y acobardada España constitucional. Y puede que las palabras con que el presidente de la Comunidad Foral terminó su discurso en la manifestación del pasado sábado tengan un fondo y un alcance históricos mucho más profundos de lo que podamos imaginar: "Viva la libertad de Navarra, viva Navarra foral y española".

    Sí, ya sé que el carlismo tiene hoy muy mala imagen –y muy mala prensa–. Pero, no sé, tengo para mí que puede que la bestia artificial y antiespañola del nacionalismo vasco haya comenzado a cavar su propia tumba donde el viejo carlismo arraigó con tan honda fuerza, en las viejas tierras navarras, forales y españolas.










    “ Ese debate ( # Con Gustavo Bueno ) me ha servido para darme cuenta de que en lo sustancial Bueno llevaba razón y yo no. Cuando Bueno escribió el libro quedé bastante perplejo porque advierto que hay un planteamiento de fondo que no es desde luego marxista. Personalmente quería todavía moverme en las coordenadas del materialismo histórico marxista y desde esta perspectiva entrar a debate con él, reconstruyendo la Historia de España desde el punto de vista del materialismo histórico. Creo que forcé hasta el límite las posibilidades interpretativas del materialismo histórico para entender la Historia de España y darle una réplica a Bueno. A resultas de este intento, me acabé dando cuenta de que el marxismo no tenía en realidad capacidad para dar cuenta de la Historia en general ni mucho menos de la Historia de España. El análisis marxista, por su factura económica, aun cuando acaso sea el análisis económico más rico, sólo sirve para analizar el cómo del proceso de destrucción existente en la sociedad económica moderna y contemporánea, pero, sin embargo, no sirve para dar razón de lo que se destruye en este proceso. La crítica marxista de las ideologías puede desvelar hasta cierto punto cómo determinadas ideas pueden servir para encubrir, deformar y legitimar ciertos procesos como, por ejemplo, determinados procesos de explotación de unos grupos sobre otros, pero sólo si no se obvia el contenido objetivo de dichas ideas y, a la vez, no se reduce la complejidad de aquello que se supone que dichas ideas legitiman ideológicamente. Es decir, que tanto los procesos legitimadores como los legitimados tienen que tener el mismo tipo y grado de complejidad, objetiva, lógica y real. Y lo que el marxismo pretende es explicar lo que entienda como mera “ superestructura ideológica “ por lo que supone como una “ infraestructura económica “ , pero de este modo sólo puede explicar, a lo sumo, cómo se va descomponiendo, por la creciente supremacía de lo económico, la sociedad moderna, pero no los contenidos antropológicos ( Políticos, sociales, morales ) que se están destruyendo. En este sentido, el marxismo se convierte él mismo en una legitimación ideológica de semejante proceso de descomposición y desemboca a la postre, de un modo teórico y práctico, en la atmósfera del nihilismo. En la medida en que mi debate con Bueno yo pretendía hacer valer una interpretación marxista de la Historia de España, mi análisis no podía llevar la razón. Bueno, sin embargo, partía de las grandes morfologías histórico-políticas vigentes en la Historia Universal de España, y de la función metapolítica que dentro de estas morfologías tienen los diversos marcos teológico-políticos. Estos marcos y morfologías son precisamente los que se están destruyendo por el avance de la sociedad crecientemente económica. De este modo, Bueno destaca y reivindica el significado histórico-universal del marco teológico-político del catolicismo y del Imperio Español en tanto que católico, y en ese sentido, su planteamiento es sin duda acertado. “



    “ Estoy de acuerdo con Bueno en que España es, antes que una nación política moderna más, un Imperio Católico, y ello ya desde su modo de articulación de los diversos reinos españoles durante la Reconquista y, por supuesto, durante su expansión americana. Ello quiere decir, básicamente, que su estructura política es la de una creciente coordinación, indefinidamente universal, asegurada por un tejido civilizatorio, básicamente político-jurídico, que asegura el apoyo político mutuo de unas unidades socio-políticas grupales dentro de las cuales se preserva a su vez siempre el apoyo social mutuo. Sólo, de este modo, puede conjugarse el respeto a las libertades y derechos propios de cada unidad, o sea de cada una de Las Españas , con aquel tejido universal que garantiza el apoyo mutuo tanto intragrupal como intergrupal, o sea España como Unidad Imperial Católica. Por ello, la contradicción más dramática de la Historia de España ha sido, a mi juicio, la de tener que constituirse como un estado nacional moderno, ya a partir de la dinastía borbónica, pero más aún a partir del siglo XIX, debido sobre todo a la competencia y a la presión que llegó al ser colonial, de los estados nacionales modernos europeos de su entorno. El problema de España ha sido entonces el de cómo coordinar esta obligada condición de estado nacional moderno con su fondo histórico, a mi juicio irrenunciable, de Catolicidad Política. En ese sentido, la I República tenía algo muy interesante en su primer proyecto federal, pues me parece que su federalismo era una forma política estatal moderna y más acorde precisamente con la estructura histórico-política de Las Españas del Imperio Español Católico. Aquel federalismo enraizaba con el tejido socio-político de Las Españas de una manera distinta al culto moderno al estado centralista que introdujeron los Borbones, y que luego siguieron las diversas constituciones liberales borbónicas distintas de la republicana federal. En este sentido, me parece que la idea de República en España es una consecuencia de la federación, y no una imitación de las modernas repúblicas centralistas de los estados nacionales del entorno, o sea, me parece que la idea de la República Española ha de ser la de una República Patriota a la vez que Tradicional. En este sentido, aunque Bueno ha tenido después de la caída del Muro de Berlín, la innegable sagacidad filosófico-política de ponernos de manifiesto la dimensión histórico-universal del Imperio Español “



    “ Reivindico sin duda la Catolicidad. Apelo a la relativa autonomía de la vida civil y a su consecuente prevención o cautela frente al Estado como un rasgo característico de la tradición del catolicismo civil y político y de la forma de organizar políticamente las sociedades católicas. La política, cuya finalidad es reequilibrar y estabilizar una y otra vez las tensiones sociales, no es posible si no se alimenta incesantemente de motivos metapolíticos. Y estos motivos, metapolíticos, beben a su vez en el tejido social, civil, cuando éste tiene la fe, y por ello la fuerza suficiente, como para poder comprometerse una y otra vez en la recomposición de sus propias crisis y fracturas. Esta fe, o motivación metapolítica, no mana originariamente del estado, sino que éste la absorbe una y otra vez del tejido civil, y sólo de este modo puede contar con ella en sus planes políticos. De aquí proviene a mi juicio la función metapolítica universal de la Iglesia Católica. La Iglesia, en efecto, ha sido siempre una instancia intermediadota universal metapolítica capaz de alimentar la tensión entre política y metapolítica, y esto lo ha hecho siempre pactando con los estados pero sin fundirse o subordinarse a ellos, al objeto de que éstos permitan seguir ejerciendo su acción social y mantener vigentes las fuentes comunitarias de los motivos metapolíticos. “



    “ En España, justo cuando se insinúan, bajo la cobertura del estado borbónico, las tendencias modernizadoras que quieren imitar el culto al estado de los países de nuestro entorno, es cuando comienza a tener alguna fuerza el federalismo republicano ( Incluso con sus vetas anarquizantes, o aun con su caricatura tragicómica cantonalista ), pero también el Carlismo y su reivindicación de los Viejos Fueros y de las Viejas Leyes. Todo esto se puede considerar como una reacción de la Catolicidad Civil frente a las prerrogativas de un estado extraño a nuestra Tradición. El Carlismo y el federalismo republicano, en efecto, no obstante su enfrentamiento mutuo, respondían cada uno a su manera al espíritu de la catolicidad civil, y por eso no han sido en absoluto gratuitos, sino profundamente enraizados en la Historia de España….Por esto en España toda forma de estado nacional sólo será razonablemente estable cuando no traicione su fondo histórico de Catolicidad Política y su vitalidad civil. “



    “ A raíz de la constitución del 78-los nacionalismos fragmentarios-se han convertido en una forma renovada, y especialmente aguda, del clásico caciquismo español que, falseando radicalmente la Historia de España y de sus propias regiones, han acabado por montar una red exclusiva de intereses políticos en beneficio propio y además en permanente estado de chantaje político-económico a la nación. Pero esto lo han podido hacer, a su vez, consentidos y amparados, como en un juego de espejos, por la incapacidad de España para resolver su problema histórico esencial de coordinar su tradición de catolicidad política con alguna forma adecuada de estado nacional moderno. En este sentido, es cierto que el régimen franquista sí que tuvo su papel en la reproducción de este juego de espejos. El franquismo no fue propiamente un estado fascista, pero sí un estado autoritario fuertemente nacionalista y centralista notablemente preso del culto moderno al estado. La propia expresión de “ Estado Español “ , que al parecer tanto gusta a los actuales nacionalismos fragmentarios, es una creación del régimen franquista. De este modo, el franquismo neutralizó y traicionó la Tradición Política de la Unidad de Las Españas, y dio por ello pie a que los nacionalismos fragmentarios se reprodujeran, como en un juego de espejos, la propia idea franquista moderna de estado opuesta ahora al estado nacional español como presunto derecho de cada una de Las Españas. Pero no es menos cierto no puede atribuírsele ni los acontecimientos anteriores a dicho régimen, ni la responsabilidad exclusiva de los posteriores. No es el franquismo desde luego el responsable, por ejemplo, del manifiesto odio racista ( Lo más contrario al Espíritu Católico ) a todo lo español ya presente en el nacionalismo vasco desde Sabino Arana como resultado de la perversión del viejo Foralismo Carlista; ni desde luego el responsable exclusivo, a lo sumo sólo el generador del caldo de cultivo, de lo que ha ocurrido después del franquismo a raíz de la constitución del 78. La constitución del 78 es, en efecto, desde el punto de vista jurídico-político autonómico constitutivamente ambigua, y da pie por ello a un interminable juego político-económico de transferencia de competencias que hace posible la más completa falta de solidaridad y lealtad entre los territorios autónomos, y entre estos y la nación. Y ello hasta un punto en que muchas veces uno tiene la impresión de que los actuales nacionalismos fragmentarios buscan, incluso los que se reclaman independientes , desean más que la independencia o la secesión de España, tener sometido su marco jurídico-político autónomico a una calculada y continua violencia que haga posible un chantaje económico-político interminable.

    Pero esto es justo lo contrario de lo que hubiera podido ser, después del franquismo, una España Federal que, aun basada sobre la ficción jurídica de la autodeterminación de las unidades políticas federadas ( Como ficción era el “ pacto sinalagmático y bilateral “ de Pi ) hubiera podido soldar jurídicamente, y por ello, asegurar en lo posible, la lealtad mutua entre las Nuevas Españas Federadas. Pero esto no se hizo, y como consecuencia de ello, la situación actual es a mi juicio muy grave. Una vez más parece que esta situación sólo podrá salirse si la sociedad civil entra en un estado de alerta capaz de seleccionar e impulsar aquellos políticos dotados del suficiente sentido de la responsabilidad nacional-patriótica y tradicional-, como para advertir cuál ha sido y sigue siendo el moderno “ problema “ de España.

    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

  5. #25
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    Re: Artículos sobre carlismo


    Fragmento de José Álvarez Junco en Mater Dolorosa, subtitulada la imagen de España en el siglo XIX, el libro en general está bastante bien pero se realiza desde una perspectiva liberal enfocado a no agradar a españolistas y antiespañolistas, con un lenguaje levemente parcial y con terminología de la historiografía liberal (por ejemplo, llamar nacional-catolicismo o la visión de que la identidad nacional española se basa en el catolicismo; o llamar absolutistas a los realistas- y sin dar, ni tener, una idea clara de lo que es España, radicando el lenguaje parcial a una imagen preconcebida de la nación que no se define:



    No es exagerado decir que el carlismo fue el más importante movimiento político-social de la España del siglo XIX, pese a lo cual seguimos sin disponer de una obra de conjunto, de uno de estos estudiosa los que se aplican adjetivos como definitivo o indescriptible aun sabiendo lo pasajero que es cualquier trabajo intelectual. La principal razón de esta carencia es la insistencia de los historiadores en estudiar las ideas que se supone inspiraron al carlismo, un movimiento que nunca tuvo una ideología formal y coherente y que disfrutaba, por el contrario, de adhesiones de tipo emocional más que intelectual. Alguna luz puede arrojar, de todos modos, el análisis de sus consignas. Destaca, entre ellos la bandera de San Andrés, o cruz de Borgoña, símbolo de aparente significado religioso, aunque también enseña dinástica empleada por los Habsburgo españoles como duques de Borgoña; que un Borbón retornara a la enseña de los Habsburgo solo puede significar el restablecimiento de la monarquía imperial y contrarreformista. En todo caso, no es en ningún sentido un símbolo nacional. En cuanto al himno, ensalza las excelencias de la Santa Tradición, lo que significa adherirse a una continuidad de creencias e instituciones de los antepasados. Sus únicas referencias ideológicas son “Dios, patria, rey” repetidas también en otras proclamas. Vale la pena dedicarle unos párrafos.
    El primero de los términos de la tríada es “Dios”, y el hecho de que sea el primero es significativo. No hay duda de la orientación religiosa del ejército carlista, al que se le llamó a veces el “ejército de la fe”. Un bando del coronel carlista Basilio García, en 1834, invocaba “lo más sagrado del Trono y Altar” y terminaba apelando a unirse a “las filas de los amigos del buen Dios” con un “viva la religión y viva Carlos V”. En cierto momento, don Carlos nombró a la Virgen de los Dolores generalísima de sus ejércitos. Y fue costumbre habitual de las tropas carlistas la asistencia a misa e incluso el rezo del rosario diariamente. No es preciso aportar más datos, pues el catolicismo de los carlistas fue inequívoco. No andaba muy desencaminado Pérez Galdós cuando describía con cierta zumba las pruebas exigidas a un aspirante a funcionario de la administración rebelde: “Reválida para la incorporación de grados, pruebas de piedad, juramento de defender el misterio de la Inmaculada Concepción, de condenar la impía doctrina del regicidio, la absurda soberanía del pueblo, el filosofismo anárquico, juramento de no haber pertenecido a ninguna sociedad secreta… En fin, vea la Gaceta, decreto del 9 de abril”. Tampoco el significado de esa religiosidad parece ofrecer ninguna dificultad: se trata de una adhesión al catolicismo contrarreformista tradicional, en definitiva reducido a la sumisión más absoluta a los dictados dogmáticos de la Iglesia y a la defensa de los derechos y privilegios de esta institución, amenazados en los siglos modernos por el aumento de las atribuciones del Estado. Una oposición a la expansión estatal que puede, por cierto, explicar el apoyo al carlismo por parte de cierta nobleza y cuerpos privilegiados de la periferia, acogidos a la idea de la “monarquía tradicional”, o a los “fueros” medievales, como forma de poner obstáculos a la invasión de competencias del estado contemporáneo.

    Menos claro es el significado de la “patria”. Su inclusión es antigua, y ya la hemos visto utilizada por los portavoces absolutistas durante las guerras de 1793-1795, de 1808 y la sublevación de los malcontents. Pero con el carlismo se convirtió en un lugar común: “ los deberes los tenemos hacía el rey, la patria y la religión”; “ merecemos la bendición de Dios, el amor del soberano y la gratitud de la patria”; “escuchad la voz de la razón y la naturaleza. Vuestro legítimo soberano os llama para que, abandonando a esos pérfidos que os aconsejan y os conducen contra patriotas y hermanos, deis un día de gloria a vuestra patria”. De ningún modo deben tomarse todas estas remisiones a la patria como una expresión de nacionalismo. “Patria” tiene un contenido no ya distinto, sino casi opuesto, a “nación”. Esta última daba por supuesto la existencia de un supuesto colectivo que era, o podía acabar siendo, portador de la soberanía. Para ello era preciso construir una serie de mitos, relacionados con el pasado, en los que se destacaran las grandes virtudes del pueblo elegido, expresadas en las hazañas colectivas o en la de sus héroes individuales. Pero en el carlismo no se encuentran referencias a los héroes españoles, como Viriato, don Pelayo o el Cid, ni a gestas colectivas, como el descubrimiento de América. Se ensalza la patria, sí, pero patria no significa más que un conjunto de “tradiciones”, creencias, privilegios, leyes e instituciones fundamentales, que en absoluto eran privativas de España, sino típicas del Antiguo Régimen Europeo. La “patria” tomaba carne en el rey y la religión, y eso servía tanto para un legitimista como para uno de aquellos voluntarios absolutistas austríacos, rusos y sobre todo franceses, que lucharon por don Carlos. “Patria”, en definitiva es un término vacío, una pata de trípode que se disolvía en las otras dos: Dios y rey.

    Pensemos entonces en el último de los dogmas: el “rey”, referencia aparentemente tan clara como la relativa a “Dios”. “¿Quién puede salvar a España, aparte de Dios y su rey legítimo?”, dice el obispo de Urgel. Ser “realista” o fiel al rey significaba en principio someterse ciegamente al monarca, aceptar el absolutismo regio, reconocer la autoridad ilimitada del titular legítimo de la corona. Pero legítimo era Fernando VII y los absolutistas intransigentes no se sometieron sus órdenes de 1826-1827, cuando creyeron que peligraba la política liberal neta; tampoco aceptaron su anulación de la Ley Sálica; ni habrían de someterse década después a pretendientes carlistas que se estaban apartando de la línea ortodoxa: “Juan III” se verá deslegitimizado por la princesa de Beira, o el propio Duque de Madrid, “Carlos VII” por Ramón Nocedal, que argüirá que el pretendiente tiene “legitimidad de origen”, pero no “de ejercicio”. Es decir, que la lealtad al rey absoluto tampoco era ciega. Por mucho que el movimiento se definiera como carlista, la fidelidad personal a Don Carlos y sus sucesores legítimos no eran la base de su identidad. En algún momento los teóricos lo reconocieron: Joaquín Muzquiz llegó a decir que el objetivo del movimiento era “fundar una nueva legitimidad sobre la idea católica, ante la cual desaparecen los pueblos viejos ante las nuevas nacionalidades”. El texto no tiene desperdicio: se trata de fundar una nueva identidad, que aunque la llame “nacionalidad” no es nacional, sino católica, y ante ella desaparecen las nuevas legitimidades”, incluidas tanto las nacionales como las dinásticas. La autoridad a la que se someterá Ramón Nocedal, que se había atrevido a desafiar al propio pretendiente y fundar el Partido Integrista, es el papa, cuando éste le ordene, disolver su formación. “Rey”, por tanto, era en definitiva otra pata del trípode que, si no se disolvía, flaqueaba y se bailaba en su agujero. Sólo una era sólida y firme, como una roca de la verdad: el catolicismo.

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  6. #26
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    Re: Artículos sobre carlismo

    Tribulaciones del carlismo en torno a su reintegración


    por Manuel Fernández Espinosa – El carlismo es la más veterana de las organizaciones políticas españolas. Con casi dos siglos de Historia, desde 1833 en que levantó la cabeza hasta hoy y, a pesar de todas las vicisitudes por las que ha pasado España, todavía perdura. Le vamos a llamar “carlismo”, pues como fenómeno político histórico es como todos sabremos de lo que estamos hablando, pero también queremos dejar claro que algunos prefieren llamarle tradicionalismo español. En torno a él sus enemigos han ido creando una serie de errores para desfigurarlo e impedir su mejor comprensión. Vamos a presentar y comentar sucintamente tres de los errores más pertinaces que se repiten hasta el hartazgo sobre el carlismo, pues con ello podremos despejar un poco todo lo que embarulla un tanto nuestro asunto y de ese modo saber mejor lo que es el carlismo. Para ello vamos a enunciar esos tres errores, negándolos uno por uno.
    El carlismo no fue una simple cuestión dinástica, sino que fue una cuestión política por debajo y por encima del conflicto sucesorio Debido al conflicto sucesorio que dio lugar a la emergencia del carlismo, se supone vulgarmente que el carlismo no era más que una cuestión dinástica. Craso error que indica una notable ramplonería, en tanto que desatiende el meollo del asunto.Es inconcebible que el carlismo haya llegado al siglo XXI por obra y gracia de una pugna dinástica de la primera mitad del siglo XIX. Si fuese un pleito sucesorio no hubiera sobrevivido a los personajes históricos que lo protagonizaron con sus camarillas. Es cierto que, claro está, la pretensión de Carlos María Isidro de Borbón a suceder en el Trono tras la muerte de su hermano Fernando VII fue el pretexto que polarizó a los españoles en dos bandos, dando lugar a la Primera Guerra Carlista (Guerra de los Siete Años).La cuestión, antes de estallar la conflagración era en un principio un problema jurídico. Hasta la llegada de los Borbones a España, la sucesión al Trono se regía por la Partida Segunda, Ley II, título XV, por la cual podían ser coronados lo mismo los varones que, en su defecto, las hembras de la misma rama familiar. Felipe V alteró ese orden de sucesión en 1713 con el “auto acordado”, implantando una ley semi-sálica. En 1789, con Carlos IV, se revoca el “auto acordado” de 1713, restableciendo el orden tradicional hispánico que permitía a las mujeres ser reinas de España, pero la llamada Pragmática Sanción no se publicó. En 1830 estaba vigente, por lo tanto, la ley semisálica de Felipe V, pero una vez que se conoce que la cuarta mujer de Fernando VII, María Cristina de Borbón está encinta, Fernando VII publica, el 29 de marzo de 1830, la Pragmática Sanción, lo que supuso una jugada a través de la cual el rey felón se anticipa a cualquier movimiento de su hermano Carlos María Isidro y sus partidarios, garantizando así el Trono a su descendiente, naciera ésta niña o niño. Carlos María Isidro de Borbón no se quejó de ello en ese momento. En 1832, la salud de Fernando VII se agrava y se acuerda conceder a María Cristina la regencia que firma su cónyuge. D. Carlos María Isidro se entrevista con el ministro Alcudia y empiezan a pensar que es necesario impugnar la Pragmática Sanción, restableciendo la ley semi-sálica que le asegure suceder a su hermano Fernando. Y se consigue, pues Alcudia logra que Fernando VII firme la derogación de la Pragmática Sanción, mediante el real decreto llamado “El Codicilio”, restableciéndose la ley semi-sálica que afianza a Carlos María Isidro como sucesor de Fernando VII, a la vez que obturaba a Isabel el paso al Trono. La infanta Luisa Carlota, de reconocidas simpatías liberales, lograba semanas después que Fernando VII derogara “El Codicilio”, restableciendo otra vez los derechos al Trono para la niña Isabel. Esto significaba que nuevamente, en virtud de la Pragmática Sanción, se le impedía a Carlos María Isidro ser rey de España.Durante el año 1833 los partidarios de Carlos María Isidro se agitan, se van organizando, lanzan proclamas y se va creando el carlismo. No se trataba de una facción palaciega: en Carlos María Isidro los más adictos al absolutismo depositaban sus esperanzas para librar a España del peligro que veían planear sobre ella: el retorno de los odiados liberales. Carlos María Isidro era Jefe del Ejército Español, pero también era el mando supremo de un ejército contrarrevolucionario que se había organizado tras el Trienio Negro Liberal, en el año 1823: el de los Voluntarios Realistas. Los Voluntarios Realistas formaban toda una organización paramilitar establecida en todos los pueblos de España, formada por hombres de todas las clases sociales (incluso había gitanos), padres de familia de reconocida y probada devoción al Rey. Esta organización llevaba diez años persiguiendo a los agitadores y propagandistas revolucionarios que, a través de sus sociedades secretas (masonería, carbonarios, etcétera) seguían actuando en la clandestinidad, conspirando con ayuda extranjera, sobre todo británica. Una de las medidas cautelares adoptadas por la camarilla de María Cristina fue desactivar a los Voluntarios Realistas, como nos revela Juan Antonio Zariategui: “no se atrevió [María Cristina] a adoptar medidas rigurosas para combatir el sentido moral de los voluntarios realistas, y menos a manifestarse abiertamente hostil a las grandes masas, pero comenzó a desarmar subrepticia y parcialmente aquellos cuerpos en los lugares retirados y de corto vecindario”.El problema, como podemos ver, no era sólo una compleja cuestión jurídica, sino que sobre ella se montaba un problema político más simple (y, a la vez, más perenne): contrarrevolución tradicional contra revolución liberal. No se trataba de un bando que porfiaba en que no reinara una mujer, sino que lo que estaba en juego era, tal y como temían los partidarios de Carlos María Isidro, que tras la muerte de Fernando VII, su viuda María Cristina y su hija Isabel cayeran bajo el poder de camarillas liberales. Y lamentablemente los pronósticos de los afectos a Carlos María Isidro se cumplieron, pues, a la postre, eso fue lo que ocurrió: que María Cristina e Isabel quedaron a merced de los liberales que se auparon en el poder y, sirviéndose del pretexto de defender a una viuda y a una niña, lo que realizaron fue una revolución (modernización en el peor de sus sentidos) desde las instituciones.En el partido de Carlos María Isidro se congregaban, desde el punto de vista ideológico, dos familias: la de los “apostólicos” (“absolutistas puros”, también llamados “realistas exaltados”) y la de los “absolutistas moderados” que, a su vez podían distinguirse entre ellos: los “teóricos” y los “transaccionistas militares”. Sociológicamente, entre los “apostólicos” predominaban los clericales que abogaban por la restauración de la Santa Inquisición, mientras en el sector de los “absolutistas moderados” había miembros de la alta nobleza, grandes terratenientes y oficiales con una larga experiencia militar que podía remontarse a la Guerra de la Independencia; muchos de ellos también habían tenido ocasión de combatir a la revolución durante el Trienio Constitucional de 1820-1823 formando en partidas guerrilleras y acompañando a los Cien Mil Hijos de San Luis.
    El carlismo no fue un fenómeno restringido a ciertas zonas septentrionales de España, sino que fue un fenómeno que afectó a la totalidad de España Otra de las mentiras que se han impuesto sobre el carlismo es presentarlo como un fenómeno arrinconado en las Provincias Vascongadas, Navarra, Cataluña y comarcas muy concretas de Valencia. De ese modo se distorsiona la realidad histórica, haciendo creer que el territorio bajo control cristino-isabelino-liberal era afecto sin fisuras a María Cristina, a Isabel y a sus gobiernos liberales. Se ha fabricado así el mito de una España constitucionalista y progresista que, a excepción del territorio en que rampaban los carlistas, defendía a Isabel unánimemente y, con esa militancia virtual se hace creer que la mayor parte de los españoles eran en masa partidarios de los gobiernos liberales en su faceta morigerada (moderados) o más radical (progresistas). Desde las Cortes de Cádiz y su Constitución de 1812, la minoría liberal (apadrinada por Gran Bretaña) había creado una fractura en la sociedad española. Así lo patentiza “El Manifiesto de los Persas” presentado a Fernando VII en 1814 a su retorno: la inmensa mayoría de españoles rechazaba las innovaciones constitucionalistas que habían ensayado los liberales y su claque. Por eso, en 1823, las tropas del Duque de Angulema que vinieron a derrocar al gobierno golpista instaurado en 1820 por Rafael del Riego y sus compinches, no encontraron apenas resistencia, sino que los pueblos aprovechaban para alzarse contra sus ayuntamientos constitucionales, destruyendo las lápidas constitucionales y tomándose la revancha por tres años de opresión. No faltaron partidas de guerrilleros realistas durante todo el Trienio Liberal en toda España. El fenómeno del carlismo no puede entenderse como algo reducido a las regiones norteñas más arriba mencionadas: todo el territorio nacional era campo carlista abonado con décadas de antelación, pues -como llevamos dicho- el conflicto no sólo era de índole jurídica, sino que entrojaba una cuestión política que ahondaba en la división producida en la sociedad española desde la Guerra de la Independencia, con las Cortes de Cádiz y el enfrentamiento durante décadas de una inmensa mayoría del pueblo contra una minoría elitista que pugnaba por imponer innovaciones modernas, destruyendo el tejido orgánico de la comunidad y sus venerables tradiciones.Es cierto que, con el inicio de la Guerra de los Siete Años, los leales a Carlos María Isidro, por razones geográficas y militares, se concentrarán en ciertas zonas vasconas, catalanas y valencianas y en estas tierras el conflicto se recrudecería, suponiendo un altísimo coste en vidas y haciendas para las poblaciones autóctonas de esos territorios, los más afectados. En ese sentido fue un acierto político que hay que atribuir a Valentín Verástegui que muy pronto, nada más iniciada la guerra, el carlismo alzara la bandera del foralismo, expresando en una proclama que: “han abolido nuestros fueros y libertades”, lo cual movilizó a los vascos y navarros. Carlos María Isidro refrendaría el foralismo de sus bases sociales en marzo de 1834, con el “Manifiesto a los aragoneses” y esta tendencia foralista fue también la que allegó a las filas carlistas a los aragoneses y a otros pueblos españoles. El Trilema carlista originario que había sido el de “Dios, Patria y Rey” se convertía así en Cuatrilema: “Dios, Patria, Fueros y Rey”.No obstante, la presión gubernamental, sus superiores recursos, el auxilio que recibió de Inglaterra y Francia, condujo al carlismo armado y sublevado al aislamiento territorial; confinado a esas zonas, algunos mandos carlistas concibieron como panacea de su situación de bloqueo la toma de Bilbao, en la creencia de que tomando la plaza, el carlismo podría recibir mayores socorros exteriores, municionándose y abasteciéndose a través del puerto bilbaíno; en la tercera guerra carlista volvería a reeditarse un segundo y tremendo Sitio de Bilbao (que Unamuno recrearía magistralmente en su novela “Paz en la guerra”). Esa figurada insularidad del carlismo también empujó a algunos dirigentes carlistas a adentrarse en territorio dominado por el gobierno cristino: así las cuatro expediciones de Basilio García (1834, 1835, 1836 y 1837-1838), la de Guergué en 1835, la Expedición Gómez (1836), la de Zariategui (1837), la Expedición Real (1837) y la de Negri (1839).En ese sentido la Expedición Gómez fue paradigmática. Enviada a Galicia, recorriendo la cornisa cantábrica, con el propósito de sublevar al norte, el andaluz General Miguel Sancho Gómez Damas emprenderá una incursión que recorrerá, de norte a sur y de sur a norte, toda España. Mucho después, en el exilio bordelés, Gómez escribirá estas palabras: “Muy lisonjero es sin duda oír que se atribuye este fenómeno a mi capacidad militar; pero no me ciega el amor propio hasta el punto de no conocer que esta explicación es una nueva red tendida por el liberalismo. Quisiera ésta dar una idea falsa de la verdadera conclusión de la historia de mi correría, la cual debe parecer, en efecto, una novela o una especie de milagro para todos los que intenten explicarla por las simples reglas de la estrategia. No, no es mi habilidad, ni tampoco a la inacción ni a la ignorancia de los generales enemigos, a quienes debe atribuirse la felicidad de mis marchas, sino principalmente a aquella benevolencia oficiosa, que adivina las necesidades de un amigo, y vuela para socorrerle…”.Y Gómez aclara, más abajo de este párrafo que reproduzco, que los pueblos sometidos por el despotismo liberal se alzaban en armas cuando tenían noticia de la proximidad de las tropas que él lideraba, lo mejor de España hubiera secundado a la Causa, pero Gómez era consciente de que, perseguido por tropas superiores y mejor pertrechadas que las suyas, no podía detenerse ni hacerse fuerte en ningún sitio, por lo que recomendaba a esos españoles que en los pueblos se querían adherir a él que reconsideraran su intención y quedasen en la vivienda tranquila, para evitar que estas poblaciones fuesen represaliadas por las tropas gubernamentales, pues, como él mismo escribió: “…yo sabía muy bien que al cabo de algunas horas, el enemigo hubiera correspondido a ellas con el incendio y la muerte”. Lo que da la idea de que, aunque en toda España el carlismo gozaba de simpatías, enjambrar España con el sagrado fuego de la sublevación se mostró como “un quiero y no puedo”, debido al férreo control de los resortes gubernamentales de la España oficial y, digámoslo también, con medidas drásticas e inhumanas de represión liberal: baste recordar el fusilamiento de la madre de Ramón Cabrera.Cae así el mito de que el carlismo fue un fenómeno restringido a determinadas zonas septentrionales. Y esto no fue solo cosa de la Primera Guerra Carlista, se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. La España que quedó bajo dominio liberal no se levantó en armas, pero el carlismo se mantuvo en latencia. El testimonio del General Gómez es elocuente: las ciudades tomadas por los carlistas, aunque fuera por unos días, no solo contribuían por la fuerza de las armas al socorro de las tropas conquistadoras, sino que gran parte del vecindario se creía liberada, muchos se incorporaban a las mesnadas carlistas y otros se señalaban públicamente -a veces con graves consecuencias posteriores, como las que cuenta aquel posadero cordobés a George Borrow: “Cierto que mi hijo mayor era fraile, y cuando la supresión de los conventos se refugió en las filas realistas, y en ellas ha estado peleando más de tres años. ¿Podía yo evitarlo?” –le confesaba el posadero cordobés al viajero inglés, y seguía diciéndole: “Tampoco tengo yo la culpa de que mi segundo hijo se alistara con Gómez y los realistas cuando entraron en Córdoba”. En la España cristina abundaron las palizas, las revanchas y los atentados contra las familias reputadas de carlistas, la confiscación de bienes: este terror era impuesto por los más acérrimos liberales que estaban encuadrados en la Milicia Nacional.Aunque sofocado por el terror gubernamental en la mayor parte del territorio nacional, el carlismo permaneció oculto en la España isabelina. Y uno de los instrumentos más aptos que tuvo el carlismo fue su periódico “La Esperanza” que, desde 1844 a 1874, era recibido en hogares de toda España, del que se decía que: “En los pueblos se lee el periódico en familia, y en las discusiones orales, La Esperanza decide de plano la controversia: “Lo dice la Esperanza”.” Esta cabecera carlista de gran prestigio mantuvo unidos en comunión a los carlistas del interior y a los del exterior que vivían en el exilio. Contaba con suscriptores en toda España y en las ciudades extranjeras en que se habían asentado las colonias de carlistas exiliados tras el Convenio de Vergara. Es muy recomendable, para ello, el libro de Esperanza Carpizo Bergareche: “La Esperanza carlista (1844-1874)”.La imagen de una España mayoritariamente partidaria del constitucionalismo y amenazada por una minoría reaccionaria, católica, inquisitorial, monárquico-absolutista, lastrada por un oscurantismo primitivo, es una engañifa más de las que se han construido en nuestra historiografía nacional y, con afán digno de mejor causa, en el decurso de la transición democrática reciente. Podemos decir que más bien era todo lo contrario: fue una minoría elitista y extranjerizada -la liberal- la que impuso mediante su poder brutal la revolución burguesa en un país refractario a novedades. La historia del liberalismo español que se ha oficializado se muestra como una colosal patraña a la luz de las carnicerías perpetradas por los generales liberales; recuérdese el inhumano fusilamiento de la madre de Ramón Cabrera –vuelvo a repetir-, pero no se olvide tampoco la represión ejecutada por Espoz y Mina (en 1823) de los pueblos catalanes de Castellfullit de la Roca y Sant Llorenç de Morunys en Lérida, cuando el tirano liberal podía escribir: “Orden general. La cuarta división del ejército de operaciones del séptimo distrito militar borrará del gran mapa de las Españas al nombrado y por índole faccioso y rebelde pueblo de San Llorens de Morunis (alias Piteus), a cuyo fin será saqueado y entregado a las llamas”.
    El carlismo no fue un fenómeno limitado a unas élites tradicionales (clero aristocracia…), sino que fue un fenómeno transversal sociológicamente Otra de las engañifas que han prevalecido es la que presenta el carlismo como reducto de las minorías poderosas, mientras que sus adversarios eran -según se nos pinta- los representantes de las libertades y del espíritu popular. Otra vez, el mito liberal se estrella contra los hechos históricos, mostrando su fraudulencia intelectual. El carlismo más temprano congregó, lo hemos dicho más arriba, a varias familias ideológicas. En ellas había, en efecto, una gran presencia clerical como era de esperar en tanto que el carlismo concentró a los sectores más tradicionales de la sociedad española. Los “apostólicos” fueron los más entusiastas partidarios del carlismo, pero también es cierto, como apunta Revuelta González, que “Aunque en el carlismo militaban representantes de todas las clases sociales, la colaboración de algunos sacerdotes y religiosos en el levantamiento fue inmediatamente resaltada como un escándalo abominable. Una campaña tan hábil como interesada extendió a través de la prensa en la opinión pública la idea de que lo mismo era ser fraile que carlista”.Esta propaganda instigada por el gobierno liberal, así como el pretexto de los esfuerzos de guerra contra los “facciosos” carlistas, sirvió de excusa para asestar uno de los más grandes golpes a la Iglesia católica española con la exclaustración de religiosos y la Desamortización perpetrada por Álvarez Mendizábal, esta desamortización, como las posteriores, trajo consigo el enriquecimiento de la minoría burguesa y el consecuente deterioro de las condiciones económicas para gran parte del pueblo español. La persecución implacable de los religiosos alzó la cabeza temprano; en 1834 se cometió una tremenda matanza de frailes en Madrid ante la condescendencia de las autoridades, algo que se repetiría un siglo después con la II República Española: mientras los conventos eran asaltados, los religiosos asesinados y se incendiaban los cenobios, las autoridades liberales seguían pidiendo ciega obediencia y lealtad a los católicos. Es comprensible que la Iglesia, hostigada como no lo había sido desde la ocupación napoleónica, cerrara filas con el carlismo, como más tarde en el siglo XX se la vio adherirse en su gran parte al franquismo.Pero el carlismo no solo eran curas y frailes exclaustrados: aquí ese icono que se repite hasta la saciedad del “cura trabucaire” (el Cura Merino en la I Guerra Carlista o el Cura Santa Cruz en la III Guerra Carlista). En el carlismo había una gran presencia de la nobleza más linajuda y provinciana que permanecía apegada a las tradiciones hispánicas, como había también militares profesionales que habían hecho su carrera en la Guerra de la Independencia y en los sucesivos conflictos que se habían suscitado en España: Zumalacárregui, Gómez Damas, etcétera.Pero la extracción social de los carlistas no quedaba reducida a los estamentos privilegiados en el Antiguo Régimen. En Cataluña, en Vascongadas, en Navarra, en Valencia, en Castilla, en Galicia, en Asturias, en Extremadura, en Andalucía… En toda España, el grueso de los voluntarios carlistas eran hombres del llamado “estado llano”. Aunque eso sí, la mayoría de carlistas salió de la España profunda y rural. Por eso Unamuno, poco sospechoso de carlista, pudo escribir en “Paz en la guerra” que la guerra carlista fue “la querella entre la villa y el monte, la lucha entre el labrador y el mercader”, naciendo el carlismo “contra la gavilla de cínicos e infames especuladores, mercaderes impúdicos, tiranuelos del lugar, polizontes vendidos que, como sapos, se hinchaban en la inmunda laguna de la expropiación de los bienes de la iglesia [contra] los mismos que les prestaban dinero al 30 por ciento, los que les dejaron sin montes, sin dehesas, sin hornos y hasta sin fraguas: los que se hicieron ricos y burócratas”. El fenómeno del carlismo fue más popular de lo que el español desinformado por la historia oficialista puede imaginar.Por si eso fuese poco, el incipiente proletariado -incluso tras haberse alineado con la I Internacional- tampoco permaneció ajeno al carlismo. Melchor Ferrer cuenta que: “Carlos VII recibió ciertas proposiciones de un Comité Republicano Universal, que estaba formado en su mayor parte por italianos y que radicaba en Londres”. Faltó poco para que la masa de obreros de la Internacional pasara con armas y bagajes a las filas de Carlos VII en la III Guerra Carlista. Según Joaquín Bolós Saderra, Alsina -uno de los fundadores de la Internacional en España- ofreció 6.000 obreros a la Causa carlista. Alsina estaba a favor de sumarse con sus obreros a los carlistas en la lucha por entronizar a Carlos VII, a condición de que el pretendiente se comprometiera a proteger a la clase obrera. Carlos VII aceptó. Por desgracia no pudo resolverse nada, cosa que Bolós atribuye a la acción de la masonería: “las logias se enteraron de tales maniobras y las hiceron fracasar”.
    II
    El carlismo agrupó, como hemos podido ver en la primera parte de este artículo, a sectores ideológicos y sociales muy disímiles. Reducirlo a cosa de curas y nobles es, otra vez, distorsionar la realidad histórica. Aunque no podemos detenernos en ello, consideremos también que una de las fuerzas de cohesión carlista más significativas fueron los líderes militares y guerrilleros que, haciendo gala de una fuerte y carismática personalidad, se convirtieron en caudillos de los contingentes carlistas: Zumalacárregui, Ramón Cabrera, el Cura Merino y tantos otros en la Primera Guerra Carlista, reunían en sí esas cualidades directivas que siempre han movilizado al pueblo hispano alrededor de figuras carismáticas. En la Tercera Guerra Carlista no faltan tampoco las personalidades carismáticas en el campo carlista: pongamos por caso el Cura Santa Cruz. Estas personalidades no tenían rivales entre los mandos del bando adversario, puesto que la popularidad y el espontáneo seguimiento que suscitaban en las muchedumbres populares no dependían tanto de la publicidad, sino que pudiéramos decir que su ejemplaridad removía estructuras del inconsciente colectivo; estas personalidades adquirieron proporciones legendarias entre sus contemporáneos, que los secundaban en condiciones que recuerdan la “devotio iberica”; y todavía, siglos después, brillan por sus virtudes guerreras.
    El carlismo más reciente Desde 1833 hasta 1900, la Historia de España se ve jalonada por tres guerras carlistas y dos intentos abortados. La Primera Guerra Carlista, la de los Siete Años; la Segunda (de 1846 a 1849) y la Tercera (de 1872 a 1876), a ellas habría que sumarle los intentos del llamado Complot de la Rápita, capitaneado por Jaime Ortega y Olleta, así como el Complot de Badalona con el que se abría el siglo XX.Pero, aunque en 1900 todavía había círculos carlistas en casi toda España, el carlismo había empezado a experimentar cismas internos, la derrota de 1876 había infligido al carlismo orgánico un severo golpe: de ser un movimiento de masas comienza a desmembrarse. Los años de la restauración canovista implicarán la descomposición del carlismo: el posibilismo de algunos católicos monárquicos que momentáneamente estuvieron en convergencia con Carlos VII durante la Tercera Guerra Carlista, ensaya un acomodamiento al arco parlamentario con Unión Católica en los años que van de 1881 a 1884, bajo el liderazgo de Alejandro Pidal y Mon. En 1888, Ramón Nocedal crea el Partido Católico Nacional, escindiéndose del carlismo legitimista. Incluso no faltará algún cura carlista visionario (estoy hablando del Padre Corbató Chillida) que será capaz de crear algo así como un Partido Españolista, fuertemente inspirado en el integrismo más puro y con un elemento mesiánico inspirado en profecías y visiones místicas.Por si fuese poco, las regiones que han sido bastiones irreductibles del carlismo decimonónico emprenden sus respectivas aventuras nacionalistas que, aunque bajo otras inspiraciones, atraerán a muchos antiguos carlistas que abandonarán sus posiciones originales (mucho se insiste en el carlismo de la familia Arana y no sin razón). El nacionalismo catalán, primero, y poco después el vasco, vampirizarán las bases sociales del carlismo en sus respectivas regiones. En las Provincias Vascongadas será especialmente traumática la abolición de sus fueros por Antonio Cánovas del Castillo y, como bien sabemos, la reacción contra la medida gubernamental de fuerte carácter centralista, será el nacionalismo de Sabino Arana. Algunos periodistas liberales de hogaño (Jiménez Losantos, César Vidal, p. ej.) reprochan al carlismo haberse convertido en la fuente del nacionalismo vasco, pero lo que pasó fue justamente lo contrario: la draconiana abolición de los fueros vascos arrojó a muchos vascos en brazos del nacionalismo recién inventado por Sabino Arana Goiri y el que más sufrió fue, precisamente, el carlismo que perdió su ascendiente sobre un sector social muy amplio: sólo para un liberal de hogaño, esa extraña aleación de integrismo y racismo que fue el nacionalismo originario de Arana podría ser confundido con el carlismo.La fragmentación en el campo carlista no hará más que agravarse en el decurso de la primera mitad del siglo XX: Juan Vázquez de Mella, una de las indiscutibles potencias intelectuales del carlismo, se declarará germanófilo, lo que entrará en colisión con el criterio que pretendía marcar el pretendiente carlista Jaime de Borbón, que quiso imponer una línea aliadófila. El encontronazo acarreará que Vázquez de Mella funde en 1918 el Partido Católico Tradicionalista. En muchos otros focos carlistas la conversión de la base social derivará a piadosas agrupaciones católicas, como la Adoración Nocturna, e incluso muchos carlistas terminarán siendo absorbidos por el socialismo: recordemos como dato más que anecdótico que los marxistas españoles se llamaron y fueron conocidos en un principio no como “marxistas”, sino como “karlistas” (por Karl Marx) lo que a una población analfabeta se le proponía como señuelo para captarla; si el carlismo no hubiera gozado de tantas simpatías, los marxistas no se hubieran hecho llamar “karlistas”, podemos figurarnos que fomentaron el equívoco con toda la intencionalidad.Sin embargo, por muchas que fuesen las querellas internas en el seno del carlismo, aunque éste hubiera perdido gran ascendiente sobre las masas, a éste lo vemos reaparecer en los años de la II República, cuando lo más sagrado para el carlismo se ve hostigado por el laicismo agresivo de la burguesía liberal y las izquierdas anticlericales. Incluso se postergarán las reclamaciones dinásticas para atender a lo más perentonrio (la defensa de la España tradicional), es así como veremos a carlistas colaborando con alfonsinos en Acción Española. Y esta cooperación intelectual encontrará su correlato en la formación del Requeté, brazo armado del carlismo que estará en perfecto estado de revista para emprender la reconquista de España cuando el 18 de Julio de 1936 el Ejército (y, no se olvide, con él la mitad de España que se resistía a morir) se alcen contra la II República controlada por el Frente Popular.Durante la guerra, el Requeté escribirá gloriosas páginas de heroísmo, algunas de las cuales pueden leerse en el libro “Requetés. De las trincheras al olvido”, de Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga Ariznabarreta. El Decreto de Unificación de abril de 1937 por el cual se fusiona la Falange Española de las JONS con la Comunión Tradicionalista, formándose el híbrido de la FET de las JONS será un acierto práctico de Franco, no sin suscitarse legítimas resistencias lo mismo en las filas falangistas que en las carlistas, habida cuenta de que era una fusión poco menos que antinatural. La guerra fue ganada gracias al esfuerzo bélico de falangistas y carlistas, pero tras la victoria de Franco ninguna de ambas formaciones triunfó a la larga. El pragmatismo de Franco condenó a unos y otros a ser parte del decorado, sin que sus líneas políticas respectivas fuesen tomadas en cuenta por el autócrata. Los rudimentos ideológicos de Franco nunca habían comulgado con el carlismo y, con la derrota de las potencias del Eje, el falangismo (siempre asociado a los fascismos, por más diferencias que puedan señalarse) ya no le valía a Franco ante la opinión de los aliados vencedores, especialmente Estados Unidos de Norteamérica que se proyectaba como líder de Occidente frente al comunismo soviético: la gran bestia negra del régimen franquista. Sin embargo, las bases carlistas todavía sobrevivían a duras penas, alimentando la devoción, prácticamente reducida al ámbito doméstico, por su pretendiente D. Javier de Borbón-Parma que, en 1975, abdica sus pretensiones en su hijo Carlos Hugo.Poco quedaba a los carlistas más allá de sus romerías, como la famosa de Montejurra. Carlos Hugo se mostraría nefasto para el carlismo, pues emprendería el acercamiento a posiciones socialistas (formando un cóctel de carlismo y socialismo autogestionario, sin desdeñar el nacionalismo centrífugo), esta aventura se mostraría a la postre como el abrazo del oso: muchos carlistas del entorno vasco terminarían enrolados en ETA, como revela Jon Juaristi en su autobiografía “Cambio de destino”. En estos años tan turbios de la transición, la línea más pura del carlismo se va a ir concentrando en torno a D. Sixto Enrique de Borbón-Parma, hermano de Carlos Hugo. El carlismo se divide ahora en dos grandes obediencias: los partidarios de Carlos Hugo y los que siguen a Sixto. Los sucesos de Montejurra del año 1976, aunque este asunto no está del todo claro, hicieron patente los extremos a los que había llegado la polarización en una especie, para entendernos, de carlismo de izquierdas y carlismo de derechas enfrentados, aunque los términos “izquierda” y “derecha” sean tan repugnantes al carlismo genuino.Pero no quedará ahí la cosa. Las disensiones internas traerán consigo que el carlismo de la época más reciente acabe fragmentado en tres organizaciones políticas que reclaman para sí el nombre del “carlismo”: el Partido Carlista (PC: de Carlos Hugo), la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC: sin pretendiente) y la Comunión Tradicionalista (CT: leal a D. Sixto).
    Estado de las cosas
    Podríamos someter al carlismo actual, en sus variantes, a un test basado en el trilema carlista: Dios, Patria (y, para no olvidar el cuatrilema, incluiremos el término de los Fueros en el de Patria, sin mayores distingos) y Rey.
    Dios: situación religiosa actual El carlismo es un movimiento contrarrevolucionario de confesionalidad católica: sería un despropósito hablar de un carlismo aconfesional o neutro: el carlismo es católico o no es carlismo. La crisis que se abrió en el seno de la Cristiandad tras el Concilio Vaticano II no podía dejar de afectar al carlismo en las tres “familias” que lo conforman. El carlismo huguista podía conciliarse con las posiciones más progresistas de la Iglesia postconciliar incluso con la sedicente teología de la liberación, por su adulteración con el socialismo autogestionario; sin embargo, era lógico que la CTC y la CT, ambas de corte más tradicionalista, se mostraran más refractarias a las novedades introducidas en la Iglesia por la praxis postconciliar; tanto en la CTC como en la CT se mantienen posiciones tradicionalistas en lo religioso (Magisterio de la Iglesia, Doctrina Social de la Iglesia, preferencia por la liturgia tridentina), aunque en el caso de la CT éstas posiciones han llegado, en algunos casos, a mostrarse abiertamente sedevacantistas, no reconociendo un Romano Pontífice desde la muerte de Pío XII.
    Patria: España, unidad y diversidad Podemos decir que, del trilema carlista, el término que más une a todos los actuales carlistas es el de Patria: el amor a la Patria y una concepción de España acorde con las instituciones tradicionales de su historia. El carlismo ha entendido siempre a una España que no puede concebirse sin la institución monárquica (un carlismo republicano sería como un carlismo no-católico: imposible); sí que cabe decir que, contra la vulgar percepción de un monarquismo absolutista (que sí pudo localizarse en algún sector del carlismo decimonónico inicial), la monarquía carlista es la tradicional y por lo tanto, más que corresponder a un modelo absolutista de importación europea, sería lo más próximo a una monarquía templada. La celosa defensa del foralismo (esto es: la defensa de la personalidad tradicional de las regiones y culturas que componen España) es mérito del carlismo más auténtico, por lo que no cabría en el carlismo un modelo centralista tal y como quiso cristalizarse debido al liberalismo del siglo XIX con tan enojosos resultados como los que ha deparado. El carlismo es respetuoso para con la diversidad regional y cultural y cabalmente su fuerza residió precisamente en mantener la posición más honesta en lo concerniente a las instituciones básicas de la comunidad social: la familia, el municipio, el principio de subsidiaridad, con un planteamiento de la comunidad eminentemente orgánico y realista, tan ajeno a los constructos liberales y socialistas: Vázquez de Mella incluso empleó un término, como el de “sociadalismo”. En las filas carlistas ha habido y hay eminentes intelectuales que supieron articular todo un sólido discurso relativo a estas cuestiones y cuyas concreciones teóricas están esperando verse estudiadas para una efectiva reactualización: los nombres de Aparisi Guijarro, Vázquez de Mella, Víctor Pradera, Marcial Solana, Vicente Marrero, Francisco Elías de Tejada, Rafael Gambra Ciudad, Juan Berchmans Vallet de Goytiloso, José Miguel Gambra, Miguel Ayuso… Son nombres acrisolados en esta línea, constituyendo indudables autoridades en la materia, así como exponentes del pensamiento tradicional hispánico, en lo que se refiere a planteamientos político-jurídicos.
    Rey: situación dinástica actual El carlismo es un movimiento contrarrevolucionario de carácter monárquico, por lo que se supone que debe tener como referente una figura –el Rey- que lo aglutine y, en su defecto, el Pretendiente al Trono de España. La situación actual es desoladora, algo que también sucedió en algunas ocasiones durante el siglo XIX.El fallecimiento de Carlos Hugo de Borbón-Parma, el 18 de agosto del año 2010 no extinguió estas divisiones. El Partido Carlista que, recordaremos que durante un tiempo llegó a alinearse en la coalición de Izquierda Unida, quedó huérfano a la muerte de Carlos Hugo, pero por poco tiempo duró su orfandad, dado que sus partidarios se apresuraron a proclamar al hijo de éste: Carlos Javier de Borbón-Parma y Orange-Nassau (nacido el 27 de enero de 1970). La CTC sigue sin aceptar un pretendiente para la Causa, con lo que podríamos decir que podría declararse algo así como “tronovacantista”. La CT insiste en que el Abanderado de la Tradición es D. Sixto.Lo que puede decirse a favor de D. Sixto es que ha mostrado a lo largo de toda su vida una intachable fidelidad al carlismo auténtico. Su hermano Carlos Hugo (que Dios haya perdonado y tenga en su gloria) vivió, durante el año 1962, la experiencia de trabajar como uno más y de incógnito en la mina asturiana El Sotón, con el propósito de conocer de primera mano las condiciones de los obreros españoles, esto fue lo que lo aproximó a posiciones socialistas. D. Sixto, por su lado, se alistó también de incógnito en el Tercio Gran Capitán de la Legión Española en 1965, bajo el nombre de Enrique Aranjuez; cuando se descubrió su identidad fue expulsado de la Legión y de España por las autoridades franquistas. Creemos que tanto el gesto de uno como del otro honra a cada uno, aunque en el caso de Carlos Hugo la experiencia obrera resultara a corto y medio plazo nefasta para el carlismo, por contaminarse de izquierdismo inasimilable para el auténtico carlismo.
    1. Sixto vive exiliado en Francia, tiene una vasta formación política, una gran cultura y una dilatada experiencia diplomática; puede decirse en su abono que es uno de los españoles con mejores relaciones en Rusia, países eslavos, Hispanoamérica y África.

    El hijo heredero de Carlos Hugo, Carlos Javier de Borbón-Parma, tiene como madre a la princesa Irene de los Países Bajos, pero debido al divorcio de sus padres fue criado en el Palacio de Soestdijk con sus abuelos maternos; más tarde recibió formación en Inglaterra y Francia, también realizó estudios de Ciencias Políticas en Estados Unidos y es asesor financiero de varias compañías, siendo a día de hoy Príncipe de Holanda, aunque su inmediata proclamación suscitó ciertas esperanzas entre los carlistas de la CTC, parece que posteriormente estos no se mostraron muy convencidos y siguen en su “tronovacantismo”.

    Tribulaciones y expectativas del carlismo El carlismo ha sufrido como pocos movimientos la industrialización con la consecuente des-ruralización de España y la desorientación de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. Sin embargo, pese a la fragmentación de la que hemos dado cuenta, puede decirse del carlismo que una de sus principales bazas es que el actual se está configurando con una juventud que en su mayoría, a diferencia de lo que ocurría en los siglos XIX y XX, no llega al carlismo por tradición familiar, sino por curiosidad intelectual o política.El esfuerzo que está desarrollando la CTC por organizar una red carlista nacional es en este sentido digno de elogio y más si se consideran los pocos recursos con los que cuenta, muchas veces incluso recurriendo a las fotocopias. Sin embargo, la CTC trata de coordinar en todo el territorio español sus propias bases a través de medios de prensa como ACCIÓN CARLISTA o AHORA INFORMACIÓN. En la CTC hay señales de estar creándose una partido-comunidad, formado no sólo por individuos, sino por familias, cuyos más jóvenes son formados en campamentos de verano que organizan los órganos de la misma CTC.En la CT puede decirse que encontramos a día de hoy las más brillantes personalidades intelectuales del carlismo (Gambra, Ayuso), pero se acusa en ella un cierto ambiente de camarilla que puede estar fomentando alguno de sus miembros más destacados. D. Sixto realiza una ímproba labor diplomática, participando en muchas actividades culturales y políticas en Francia y otros países europeos, preocupándose de estrechar lazos con comunidades hispanoamericanas y africanas, siempre atento a la actualidad española, acude a España en algunas ocasiones, pero según la opinión que prevalece se tiene la impresión de que D. Sixto está como acaparado por algunos de sus más estrechos colaboradores que obstaculizan toda aproximación al Jaune (“Señor”, en vasco) si no se cuenta con el personal “nihil obstat” de estos íntimos. Esto acarrea un cierto enquistamiento de una capilla que goza de la familiaridad de D. Sixto, mientras cierra la puerta a todo lo que viene del exterior o no pasa por la mano de los cortesanos palatinos, lo cual ha sido siempre funesto para el carlismo: se recuerda alguna anécdota de las guerras carlistas decimonónicas en la que se trasluce ese aislamiento en que muchas veces estuvieron los pretendientes carlistas, dependientes siempre de sus hombres más próximos que incluso traducían al Rey lo que les convenía, cuando, por ejemplo, las tropas vascas se quejaban en su lengua vernácula.El carlismo puede todavía tener mucho futuro por delante, pero para lograrlo tendría que atreverse a dejar muchos lastres atrás, sin renunciar lo más mínimo a su esencia.1) Sería idóneo que se vencieran las disensiones internas, creando otro clima más cordial entre los carlistas, y creando espacios compartidos, al menos, entre los de CTC y CT que son los más genuinos y, eso sí, con la puerta abierta a los más honestos y aptos que quisieran aproximarse del PC: sería el modo idóneo de construir una nueva Casa Carlista. Tal vez un cambio de generación en las directivas de las familias carlistas pudiera ser un paso adelante, pues con ello se limarían las hostilidades, muchas veces de índole personalista, que han prevalecido hasta hoy.2) El carlismo no puede dejar de ser católico, pero tiene que comprender que el escenario religioso español ha cambiado. Si quiere hacer política, tiene que dejar las cuestiones teológicas a los teólogos: la evangelización la tiene que hacer la Iglesia y los carlistas, en su condición de católicos, tienen todo el derecho a evangelizar, pero la adhesión de vastos sectores de la sociedad no vendrá por ahí: la defensa de los “principios innegociables” (bandera de la CTC) es muy loable, pero no se puede hacer política solo dándole vueltas a esos principios, por innegociables que puedan ser.La cuestión sería: ¿puede un católico hacer política que no sea confesional? Ésta es una pregunta muy compleja, pero lo que parece claro es que en la sociedad española actual las cuestiones religiosas no parece que sean hoy, como lo fueron en el siglo XIX y todavía en la primera mitad del XX, un aglutinante para el carlismo. Con ello no estoy pidiendo que los carlistas oculten su catolicismo, pero tendrían que preguntarse si puede salirse a pescar peces, cuando en la pecera no parece haber peces, sino estar llena de calamares y mejillones.3) D. Sixto tiene que dejar de estar mediatizado por algunos próximos a Su Alteza Real, para poder abanderar con resolución un carlismo reconstituido. Si se salvaran esas antesalas que se han puesto para poder acceder a D. Sixto, muchos españoles podrían conocer las cualidades indiscutibles de este hombre intachable.Si los carlistas son capaces de hacer estas cosas, entre otras muchas que mejor que yo sabrán ellos, sería indudablemente en ventaja de España. Contra el carlismo desintegrado, lo que es menester es un carlismo reintegrado; pero, una vez reintegrado, el carlismo también tiene que abrirse a una comunicación transversal con otros grupos patriotas de tercera y cuarta posición, sin mojigaterías ni escrúpulos que paralizan la constitución de un frente nacional dispuesto a la acción política eficaz en toda España.Pero, ahí está la cuestión: ¿qué es lo que quiere el carlismo de hoy? ¿Hacer política o metapolítica?Son las preguntas que tendrían que plantearse y responderse los carlistas. Esperemos que no tarden en contestárselas, para bien de España.(Publicado originalmente en versión impresa en la revista NIHIL OBSTAT).


    https://paginatransversal.wordpress....reintegracion/
    Última edición por ReynoDeGranada; 14/09/2016 a las 02:05
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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    Re: Artículos sobre carlismo

    Merecía una película / El infierno del 37: la gesta requeté del pueblo de Codo

    Merecía una película / El infierno del 37: la gesta requeté del pueblo de Codo

    La defensa del pueblecito de Codo, cercano a Belchite (Zaragoza), fue una de las grandes epopeyas de la Guerra Civil. Ciento ochenta y dos requetés catalanes se batieron heroicamente frente al rodillo republicano. Segarra reconstruye la historia como si fuera una novela.

    Los requetés antes de empezar la batalla de Codo / Requetés.com
    Los americanos hubiesen narrado esta historia produciendo una película como “El Álamo” y se habría convertido en un mito de la patria. John Wayne no me sirve como protagonista de lo nuestro porque era demasiado grandote y demasiado fuerte y demasiado invencible.
    Los muchachos de los que le voy a hablar eran de pueblo, delgados y bajitos, como la mayoría de los chicos en la España de aquellos turbios años 30. Eran tímidos y buena gente. Algunos eran monaguillos. Otros, los empollones de la clase. Había payeses y artesanos; y obreros de los restos de algún sindicato católico, o de la “Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña”.


    No eran legionarios bravucones o soldados bregados en la guerra. Había algún guardia civil con ellos. Y uno podría ser el protagonista cinematográfico de este drama. Se llamaba Martorell y se parecía a James Stewart. Cómo llegó al lugar de los hechos bien podría ser el principio de la película.

    -¿Cuál fue el lugar de los hechos?


    -Codo.


    -¿Codo?


    -Codo. Un pueblo de la provincia de Zaragoza, en medio de una estepa que disfruta –es un decir- de fauna y flora siberianas. Un desierto, ya se lo he dicho.


    -Codo…


    -Sí, Codo. A pocos kilómetros de Belchite. ¿Nunca ha estado en Belchite?


    -No.


    -Vaya cualquier día. Encontrará el pueblo nuevo y el pueblo viejo. El pueblo viejo está en ruinas. Está como lo dejó la guerra. Es un pueblo fantasma.


    Allí han quedado los cañonazos y las ráfagas de ametralladora y los gritos como en un bajorrelieve fúnebre. Los gritos de los muertos se repiten y los disparos, a veces, también. Y hay fantasmas que gimen llamando a su madre o a su novia. No me mire con esa cara. Eso dicen algunos que han ido allí de noche y han captado psicofonías. No es necesario que vaya usted con una grabadora.


    Le bastará un poco de imaginación para ver toda la sangre vertida, todos los gritos y todas las almas desgarradas. Permítame una fanfarronada a la española: hay cosas que los miembros del glorioso Cuerpo de Marines no pueden vivir sin enloquecer.




    Aquí en España tenemos, gracias a Dios –o a satán, no lo sé-, el sentido del ridículo: algo único en el mundo. No hay otra raza que lo sufra. “The spanish shame” le llaman los anglos. El sentido del ridículo ha propiciado las más grandes hazañas de nuestras gentes. Y ha favorecido también el cainismo. Aquí no se rinde ni Dios, ya me entiende. Aquí mandan los cojones, de un lado y del otro.


    -Lo de Belchite fue una carnicería que empezó en Agosto de 1937. Codo fue, si me permite el humor negro, una especie de aperitivo macabro. Voy a intentar ordenarme.


    -Eso que le cuesta a usted tanto. Y además no le creo: 180 hombres contra 15.000. ¿Monaguillos catalanes? ¿Novatos?


    -Allá usted. Eran requetés, carlistas. Aquí tengo esta carpeta. Vea y lea. Es el parte de uno de los pocos supervivientes de Codo, el alférez médico Manuel Navarro Garriga. Pero antes imagine el escenario de la película. Amanece en el desierto aragonés y el camión artillado que iba y venía de Codo a Belchite con munición y provisiones y algún refuerzo avanza por aquella estepa.


    De pronto, las pequeñas lomas que circundan la carretera se pueblan de sombras amenazantes, como los indios en los “westerns” cuando van a atacar a los del 7º de Caballería. El camión acelera porque empiezan los disparos y la lluvia de morteros. En ese vehículo iba, muy probablemente, el brigada Martorell, de la Guardia Civil.

    Entran en Codo como una exhalación y dan la voz de alarma. Antes, el que hacía la guardia rutinaria en el campanario de la iglesia del pueblo había advertido al oficial al mando que se oían disparos en la dirección de Belchite. Supusieron que, de no ser una escaramuza más, el ataque se concentraría en aquella población. Se equivocaron por unos días.


    -Me lo imagino: el fuerte rodeado de indios amenazantes. Permítame la carpeta. Gracias.


    -Lea, lea el parte del alférez Navarro Garriga.


    -“El pueblo de Codo, del sector de Belchite, está situado a 3 kms. al N.E. de esta población, por lo que constituía juntamente con el Seminario y la Ermita del Pueyo uno de los puntos defensivos de Villa y de sus comunicaciones con Zaragoza.

    Estaba allí de guarnición el Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, que por estar en formación todavía contaba con unos 180 hombres, todos ellos catalanes evadidos de la zona roja, en donde habían sido perseguidos por su acendrado patriotismo, por su fe católica o por sus ideas políticas.
    Su oficialidad estaba formada por el teniente Francisco Roca y los alféreces Bach de Fontcuberta…”

    -Perdone la interrupción: recuerde al alférez Bach de Fontcuberta. Es uno de los protagonistas principales de esta historia. Y un misterio aún por aclarar.


    -Lo haré. Prosigo: “…los alféreces Bach de Fontcuberta, Bonet, Vilá, Alós y Morales. Así como el capellán, Reverendo Carrera, y el médico que suscribe, Navarro Garriga. Cuando el 24 de Agosto de 1937 el enemigo, en número aproximado de 15.000 hombres y apoyado por 13 tanques rusos, después de una intensísima preparación artillera que comenzó en las primeras horas de la mañana, se lanzó al asalto de nuestras posiciones defensivas, el Tercio entero estaba en la brecha, dispuesto a defender hasta perder la vida aquello que le tenían confiado.

    El enemigo creyó presa fácil el pueblo de Codo, mas no contó con el heroísmo de un puñado de patriotas catalanes para los que la vida no tenía importancia, y así fue cómo fueron rechazados por primera vez a pesar de su enorme superioridad numérica.


    Todos cuantos asaltos intentaron repetir fueron a estrellarse en el pecho de estos bravos requetés, cuyos nombres debieran estar esculpidos allí mismo para ejemplo de la posteridad.


    A las nueve y media llegaron los únicos refuerzos que recibimos durante el asedio; eran las falanges 18 y 21 de la Bandera del capitán Santapau que, al mando de los alféreces Ibáñez, de la Guardia Civil, y un brigada (cuyo nombre siento no recordar), y el alférez médico, mi colega el doctor Guirueta, se abrieron paso a través del enemigo y consiguieron entrar en la plaza. Se fraternizó con ellos con todo cariño y se les distribuyó convenientemente, mandados por el teniente Roca y el alférez Ibáñez.


    Se encontraba también con nosotros un carro blindado que diariamente hacía el recorrido de descubierta de Belchite a Codo para evitar infiltraciones, y que sorprendido por éste que le tendió una emboscada traicioneramente, pudo llegar por sus propios medios a Codo, en donde hubieron de ser curados de heridas menos graves sus conductores.”




    -Es muy probable que el brigada de la Guardia Civil que cita Navarro y cuyo nombre –como Cervantes- no recuerda, sea Martorell. También éste pudo llegar en el carro blindado, aunque lo dudo.


    -Yo diría que llegó en el camión.


    -¿Cómo lo sabe?


    -Sé más de lo que usted cree. Los editores, como los espías, sabemos más de lo que aparentamos. Vuelvo a la lectura: “Alrededor de las 11 de la mañana, y convencido el enemigo que de frente no podía hacer nada, ante el empuje de los nuestros, rodeó completamente el pueblo y atacó por todas direcciones estrechando el cerco.


    A partir de aquel momento, el teléfono que funcionaba regularmente informando al mando de las incidencias de la lucha, empezó a funcionar anormalmente y se hicieron precisas extremas precauciones ante la sospecha de que el enemigo, debido a su posición, establecía derivaciones en la línea.


    Desde esta hora empezaron a menudear más las bajas y la lucha se hizo cada vez más encarnizada.


    Debido a la escasez de munición de reserva, 1.600 cartuchos de fusil, y algo más de fusil-ametrallador, se tiraba, por orden del Mando, a menos de 50 metros para no malgastar la munición y llevar la resistencia hasta el límite posible.”


    -Hay que tener arrestos para aguantar a pie firme una arremetida de ese calibre y no tirar hasta que te los encuentras encima, como quien dice.


    -Mucha sangre fría, en efecto. Imagino que las bajas causadas al enemigo serían cuantiosas: a esa distancia cada disparo puede ser mortal. Permita que siga: “A las 12, y en vista de que los asaltos con bombas de mano, constantemente repetidos, no daban resultados satisfactorios, el enemigo, sin dejar de hacer funcionar sus ametralladoras, empezó un nuevo e intenso cañoneo con baterías del diez y medio que tenían emplazadas en la parte del Saso, sobre las casas del pueblo, acompañado de intenso fuego de morteros y cañones de tanques, dirigiendo el fuego artillero principalmente contra la Iglesia.


    Duró dos horas y se levantaron inmensas nubes de polvo que hacían el aire completamente irrespirable y dificultaban la visibilidad
    ; poco después, comenzaron a estallar granadas en la periferia del pueblo, las cuales al explotar levantaban unas columnas de humo negro y denso que impedían ver los movimientos del enemigo.


    A las cinco de la tarde, el número de bajas era considerable para nosotros; los actos de heroísmo se daban continuamente; las posiciones se mantenían todas: fueron 12 horas de intenso y horrible combate en las que el enemigo no pudo dar ni un paso a pesar de su enorme superioridad numérica.”


    Una resistencia numantina la de estos muchachos. Y fíjese: todas las órdenes, improperios, insultos y gritos propios del combate eran en catalán. Entre los atacantes había catalanes también, sobre todo en las unidades anarquistas de la CNT-FAI, pero la mayoría eran de las Brigadas Internacionales y de las de Líster y Modesto, tropa curtida y brava. Los monaguillos se clavaron al terreno y, al cabo de doce horas de duros combates, los rojos no pasaron.


    El “No pasarán” que monopolizaron los llamados “antifascistas” es algo que define tanto a los españoles como el “por cojones” o el sentido del ridículo. Veamos cómo sigue la historia. Pídame un whisky, haga el favor, tengo la boca seca.


    -Camarero…


    -Continúa el alférez Navarro Garriga: “En vista de lo cual, los rojos acudieron solapadamente al ardid del teléfono para, por medio de engaños y fingiéndose el Mando en Belchite, facilitar sus planes. A tal efecto, cuando se intentaba comunicar con aquella población, intervenían la línea.

    La artillería de Belchite, que desde media tarde había extremado su fuego contra el enemigo, a requerimiento nuestro hubo de suspenderlo por no poder comunicar ampliamente con nosotros y desconocer la situación de ambas fuerzas.


    Este momento fue aprovechado por los rojos para –ya sin temor alguno- continuar su fuego destructor sobre el pueblo, destrozando algunas casas y la fachada y el tejado de la Iglesia, cuyas puertas se deshicieron casi por completo.

    Los heridos y muertos aumentaban; en tal situación, los médicos Guirueta y Navarro, repartido convenientemente el servicio, sin abandonar por un momento sus puestos, curaban a cuantos necesitaban de ellos y los animaban.

    Figura destacada fue, además de toda la oficialidad sin excepción alguna, la del capellán Reverendo Carrera, quien, con un Santo Cristo en una mano iba a los puestos de mayor peligro, animando a morir por Dios y por la patria a los requetés, y oyendo en Confesión a cuentos lo solicitaban.

    A las siete de la tarde, y tal y como se presentaban los acontecimientos –pues quedaba escasísima munición-, el capellán, siempre celoso de su sagrado ministerio, procedió a repartir la Sagrada Comunión para consumir las Formas y sustraerlas a la profanación de los rojos. Llegó a la Comandancia Militar y nos exhortó a morir como cristianos, al par que a aceptar la muerte en descargo de nuestros pecados.

    Terminado el acto, sencillo pero de alto valor emotivo, cada uno fue al puesto que se le asignó, terminando aquel día sin que el enemigo pudiese poner pie en nuestras posiciones, y eso que, además de escasear la munición, había el 50% de bajas, y de las dos ametralladoras y seis fusiles ametralladores, sólo funcionaban la mitad, por haberse inutilizado el resto de tanto disparar. El enemigo había perdido, según datos fidedignos, unos 500 hombres ese día.”


    -Estas historias me dan mucha sed. Pídame otro coñac. Sé lo que está pensando: la gesta parece imposible, pero es tan verdadera como el hecho de que se me ha terminado el “Camel” sin filtro.


    -No se preocupe, le he traído un cartón.


    -Gracias. Sí, usted estaba pensando eso, ¿no es cierto?


    -No, exactamente. Ya le he dicho que sé más de lo que cree. Me interesa saber qué fue de cada uno de estos muchachos. Me interesa en especial saber qué fue de Bach de Fontcuberta y de Martorell.


    -Todo llegará a su debido tiempo y si encuentro la carpeta que contiene esos documentos. Creo recordar que el alférez Bach fue el último oficial que quedó con vida y peleando en aquel infierno. Navarro Garriga, el alférez médico que nos cuenta la historia, pudo escapar unas horas antes y llegó a Zaragoza. Bach es un misterio en sí mismo. Creo que escribiré el libro para desentrañar este enigma. En cuanto a Martorell, volvió a Barcelona y le perdí la pista en la cheka de la calle Vallmajor. No he podido averiguar nada más de él.


    -Es evidente, pues, que fue uno de los pocos supervivientes.


    -Sin duda.


    -¿Y su papel en la batalla?


    -Estará en alguna otra carpeta. Ya lo encontraremos. ¿Por qué le interesa Martorell?


    -Ya se lo explicaré. Pero empiezo a temer que debiera haber confiado esta investigación a alguien más metódico que usted.


    -Probablemente tenga usted razón. Le ruego, sin embargo, que no juzgue mi trabajo hasta que hayamos terminado. ¿En este bar cierran tarde por la noche?


    -O no cierran. Son amigos. No se preocupe por el horario. ¿Tiene a mano la continuación del relato del alférez médico Navarro Garriga?

    -Sí, aquí… Perdone, se me ha caído la ceniza…


    -Veamos: “Así llegamos a aquella heroica noche del 24 al 25 de agosto en que los rojos, comprendiendo su impotencia, se dedicaron a proferir los mayores insultos y a cantar “La Internacional” a escasos metros de nuestros parapetos.


    Al amanecer del 25, y en sus primeras horas, se lanzaron de nuevo al asalto con bombas de mano, con la esperanza de poner pie en nuestro suelo, pero una vez más hubieron de retroceder, vencidos.

    Siete asaltos, regulados, repitieron con idénticos resultados; mas los milagros son sólo potestativos de Dios, Nuestro Señor, y como apenas había munición se dio la orden de tirar a 20 pasos de distancia únicamente.”


    -¿Imagina usted la sangre fría que requiere eso?


    -Sí. Escuche: “En algunos puntos se llegó al arma blanca, por haberse terminado la munición. Pero, a pesar de todo, los rojos no podían avanzar, por lo que volvieron a recurrir a un ardid: llamaron por teléfono fingiendo ser Belchite y felicitaron efusivamente a los defensores, anunciándoles que a las 12 en punto del día siguiente llegaría la Mehal-la de refuerzo –los moros, ya sabe-. Esperaban así que nos confiáramos, y preparaban una emboscada.

    Efectivamente, a esa hora en punto, una intensa polvareda nos dio a conocer la proximidad de refuerzos, a los que el enemigo aparentaba batir con fuego de cañón, que siempre quedaba corto.


    Estas fuerzas eran argelinas (francesas) a caballo que trataban de acercarse, sin ser molestadas, a nuestras posiciones; pero resultó en vano, ya que, advertidos a tiempo, se procedió a hacer fuego contra ellos haciéndoles retroceder como a las restantes tropas rojas.”

    -Espere, espere. Recuerdo que quien puso en fuga a la falsa Mehal-la argelina fue Bach de Fontcuberta y sus requetés. Fue él quien intuyó el engaño y salió a pecho descubierto con los suyos. La actuación de Bach, personalmente, debió ser terrorífica, porque sus chicos no sumarían más allá de una docena, con pocos cartuchos. Eso sí, las bayonetas caladas.


    Imagine, en cualquier caso, a un diablo de casi un metro y noventa centímetros de altura al frente de 12 requetés haciendo huir como conejos a todo un escuadrón de jinetes moros –argelinos o senegaleses, en esto hay dudas-. Dejó tendidos en aquel desierto una veintena de cadáveres. Luego Mihail Koltsov inventó una mentira periodística que puede tener cierta base en este hecho.

    -¿Mihail Koltsov estaba en Codo? Lo suponía.


    -¿Por qué lo suponía? ¿Cuándo va a contarme usted lo que sabe?


    -Permita que no le responda todavía. Ha dicho usted que emita mis juicios cuando termine de ver su trabajo. Pero es evidente que la ofensiva republicana de aquel verano de 1937 iba a ser un paseo militar para llegar a Zaragoza, y no lo fue en absoluto.


    Todo el aparato militar y propagandístico soviético –y sus corifeos occidentales- se presentaron en esas tierras para cantar una victoria fácil y aplastante que detuviese el ataque de Franco en el norte y partiese en dos a sus ejércitos.


    -Es probable. El caso es que Bach hizo una carnicería con los argelinos o los senegaleses y regresó sin bajas. Como le he dicho fue el último oficial que quedó con vida y luchando en Codo. Las sucesivas posiciones que defendió costaron a los rojos mucha sangre. Le temían porque, además, se dejaba ver sin miedo alguno, y yo no podría reproducir sus insultos sin ruborizarme. Me consta que algunos “internacionales” cedieron sus puestos de asalto a los anarquistas cuando veían venir a Bach de Fontcuberta.


    -¿Y qué mentira inventó Koltsov?


    -Está aquí. Tengo esa carpeta localizada. ¿Ve? “El asunto Koltsov”. Ahora es mejor que continuemos con Navarro Garriga y su parte.


    -Como quiera. Sigo: “Pero el momento supremo se acercaba. Faltaba munición y la lucha se continuó al arma blanca. Se defendió casa por casa, se disputó paso a paso al enemigo en medio del tronar de las armas automáticas que los rojos iban instalando rápidamente en los edificios conquistados.

    Se dio orden de repliegue al cuartel del camino viejo de Quinto, y de allí a la casa del cura, en donde se procedió al recuento de hombres útiles que quedaban para empuñar el fusil a la bayoneta calada, unos 80 hombres, con los oficiales; los restantes habían caído por Dios y por la patria en el puesto que se les asignó: cumplieron como héroes.


    El alférez médico Guirueta quedó entre los desaparecidos, teniéndose la esperanza de que esté prisionero y viva.”


    -Le interrumpo un momento. Los rojos no hicieron prisioneros en Codo. Los mataron a todos, incluidos los enfermos y los heridos. Lo reconoce el propio Koltsov en su “Diario de la Guerra de España”.


    -¡Dios santo! En fin… “Reunidos, pues, el teniente Roca dio la orden de avanzar para romper el cerco a la bayoneta calada, antes que rendirnos –eso nunca-. Y fuimos adelante. El enemigo se abrió en abanico, haciendo fuego cruzado sobre nosotros con profusión de armas automáticas. Después la caballería argelina dio el golpe final.


    Allí sucumbieron heroicamente el teniente Roca y los alféreces Vilá, Bonet y Alós, replegándose de nuevo el alférez Bach de Fontcuberta
    , que se hallaba en vanguardia, y el que suscribe, alférez Navarro Garriga, a la casa del cura, donde organizaron de nuevo la defensa, con la munición que se recogió del suelo, abandonada por el enemigo.




    Unos 18 requetés y un falangista estaban con dichos oficiales y mantuvieron el reducto desde las cuatro de la tarde hasta las nueve de la noche, resistiendo cuantos ataques les dirigió repetidamente el enemigo.”-Esto corrobora lo que le contaba de Bach. Siga, siga,…


    -“Por último, a esta hora y amparados por la noche, en tres grupos, y luego de haber tenido cuatro muertos, cada grupo con una bomba de mano, hicimos una segunda salida, consiguiendo llegar parte de ellos a Zaragoza, pues algunos, como el alférez Bach y otros bravos quedaron en el campo nuestro o se ignora su paradero.”


    -Unos héroes, como todos aquellos muchachos. El pequeño grupo de héroes que salva a toda una comunidad del desastre y que, poco tiempo después de salvarla, esa misma comunidad los ningunea, los desprecia y los olvida.


    España, como usted decía, devora a sus hijos. Y lo hace con una voracidad diabólica. No quiero divagar otra vez. Navarro Garriga, según todos los estudios realizados hasta ahora, fue el único oficial que salió vivo de Codo. Amén.

    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

  8. #28
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    Re: Artículos sobre carlismo

    Al artículo le falta un repasillo, pero lo juzgo de interés:

    Felipe Calderó: la desconocida historia del 'deforme' pirata carlista sediento de venganza contra la Reina de España

    Felipe Calderó: la desconocida historia del 'deforme' pirata carlista sediento de venganza contra la Reina de España



    El escritor León Arsenal publica su última novela histórica: «Bandera Negra» (Edaf, 2017). Una obra que ahonda en los combates que enfrentaron en las costas de la Península al bando isabelino y a los partidarios de Carlos María Isidro.



    Carga carlista. Sus tropas portan la bandera de Cabrera, muy similar a la pirata - Augusto Ferrer-Dalmau

    «Fuerte, muy feo y con un parche en el ojo». Así es como define el escritor español León Arsenal en su última obra («Bandera Negra», Edaf) al pirata catalán Felipe Calderó. Un marino al que las crónicas de la época llegan a tildar de «deforme» pero al que, como es lógico, su aspecto físico no le impidió poner en jaque a los buques de la reina Isabel en las costas de la Península durante la Primera Guerra Carlista. Todo lo que rodea a este personaje permanece a día de hoy oculto bajo el velo de la húmeda brisa marina que le vio navegar (pues escasearon plumas que entintaran sus hazañas). Sin embargo, su historia habla de heroicas batallas navales en el Ebro y de venganza contra la reina que había acabado con María Griñó, su adorada esposa.

    Las aventuras de Calderó, así como las de otros tantos marinos españoles olvidados, son la columna vertebral sobre la que se sustenta «Bandera Negra». Una novela (muy) histórica que dibuja un episodio desconocido hasta ahora: el de la guerra entre piratas carlistas y corsarios («milicianos» más bien, como puntualiza Arsenal en declaraciones a ABC) liberales. Y un libro, en definitiva, que desempolva un episodio maltratado por la memoria de nuestro país usando como hilo conductor la historia del capitán Juan Miralles, un marino que combate a los partidarios de Carlos María Isidro en las aguas con su navío, el «Bien Parecida». «Los capítulos están organizados de una forma muy corta, emulando la estructura de una serie de televisión», señala a este diario el autor.
    «¡Religión, rey y fueros!»

    Entender la importancia de Calderó en la historia española requiere retrasar el calendario hasta 1830. Aquel fue un año de dicha para algunos, y tristeza para otros. En el primer grupo entrarían por la puerta grande Fernando VII («deseado» por los españoles durante la Guerra de la Independencia a pesar de que solicitó ser hijo adoptivo de Napoleón) y su cuarta esposa, María Cristina de Borbón. Y es que, esta feliz pareja vio nacer entonces, y tras mucha espera, a su primera hija. Una niña (Isabel) que, gracias a que su «papi» eliminó la Ley Sálica, podría reinar en España a pesar de ser mujer.

    Por el contrario, entre los desafortunados podríamos enmarcar al hermano del monarca (el infante Carlos María Isidro). Un desgraciado que vio como se cerraba de un portazo la puerta que le daba acceso al trono con la llegada de la pequeña y bienamada Isabel.



    Aquel año la disputa no provocó demasiados líos más allá de que Carlos se marchó (con un enfado monumental, todo hay que decirlo) a Portugal. Pero todo cambió allá por 1833, cuando Fernando VII dejó este mundo y el trono pasó a la pequeña Isabel (reina bajo la regencia de su madre).

    Fue entonces cuando el infante rechazó el derecho de su sobrina a sentar sus reales en la poltrona y llamó a la lucha armada contra ella. Así comenzó una guerra civil -posteriormente llamada Primera Guerra Carlista- entre las regiones partidarias de los fueros, la monarquía absoluta y la religión (los carlistas) y las zonas que apoyaban a la pequeña (los isabelinos). Un bando, este último, que terminó siendo más moderado en lo que a política se refiere. Por Carlos María de Isidro se alzaron entonces, principalmente, las regiones rurales del norte (entre ellas, el País Vasco, Navarra y parte de Cataluña y Valencia).

    «La insurrección carlista cogió a España muy tocada. El país se convirtió en campo de batalla de bandos enfrentados auxiliados por las potencias internacionales. A los carlistas les ayudaron Prusia o Austria. A los liberales, Francia, Inglaterra y Portugal, que veían aterradas cómo las ideas carlistas podían contagiarse a sus países. Todos ellos mandaron armamento, dinero y voluntarios. Aunque también lucharon mercenarios», explica el autor de «Bandera Negra» a ABC. Aquella contienda trajo consigo un desastre para nuestro país al llevar a la muerte a más de 100.000 españoles (no pocos de ellos, civiles represaliados por hallarse a uno u otro lado o por ser familiares de este o aquel oficial).

    También en los mares

    El asedio de Bilbao, la batalla de Luchana... A día de hoy, si por algo se conoce la Primera Guerra Carlista es por sus enfrentamientos a mosquete en tierras españolas.
    Sin embargo, los contendientes también libraron un duro enfrentamiento en los mares. Una lucha heroica, pero olvidada por la historia. «La flota liberal, muy mermada, prefirió abandonar el delta del Ebro y bloquear los puertos del cantábrico. De aquella forma buscaban evitar que llegaran suministros internacionales al norte de España, la zona de principal influencia carlista», añade Arsenal. En palabras del autor, aquel hueco en los mares fue aprovechado por los seguidores de Carlos María Isidro, que no tardaron en empezar a hostigar a sus contrarios para robar todo aquello que pudieran.


    De marino, a pirata

    Felipe Calderó Arrienbanda nació en Tortosa (Cataluña) y -tal y se como explica en la crónica «Vida Y Hechos de Los Principales Cabecillas Facciosos de Las Provincias de Aragón Y Valencia»- fue hijo de Jaime Calderó y de N. Nicolau. «Su padre fue patrón de la matrícula de dicha ciudad», afirma el texto. Nuestro protagonista se crió como marino hasta el comienzo de la guerra. Para entonces arrastraba tras de sí ya una cincuentena de primaveras a sus espaldas y una gran experiencia sobre las aguas españolas.

    Físicamente, Arsenal le define en aquellos años como un hombre «fuerte, cincuentón, muy feo y con un parche en el ojo». Y lo cierto es que no le falta razón. Así lo demuestran los escritos de la época, donde se le describe como «un hombre rudísimo e ignorante a lo sumo» que contaba con «unas facciones feas y deformes». Calderó sufría, además, de la falta de un ojo.

    Durante su vida como marino, y antes de comenzar sus andanzas como militar en defensa del infante don Carlos, Calderó se casó con María Griñó. De esta guisa se convirtió también en el padrastro de Ramón Cabrera (posteriormente, uno de los oficiales más destacados del bando revolucionario).




    El marino tuvo una existencia feliz hasta el comienzo de la Primera Guerra Carlista. Y es que, tras el alzamiento tuvo que ver como su hijastro se marchaba de casa para combatir en favor de la monarquía absolutista. Escasamente tres años después, en 1836, tuvo que superar el brutal varapalo de perder a su querida esposa, la cual fue fusilada por los isabelinos bajo el único cargo de ser la madre del, ya entonces, popular general Cabrera.

    «La pobre anciana María Griñó, habitante de Tortosa, fue condenada a muerte por un general de la reina sin ningún respeto a sus canas, sin ninguna consideración a años. Ese hecho tan atroz como desagradable escandalizó a toda la Europa», explica el cronista Luis Bordás en «Hechos históricos y memorables acaecidos en España». Aquel hecho destrozó la vida de Calderó y avivó su sed de venganza contra el bando isabelino. Probablemente por ello respondió de forma afirmativa a su hijastro cuando (allá por 1837) este le solicitó crear una flota de buques que pudiera enfrentarse a los partidarios de la reina por mar. «Después del fusilamiento de esta infeliz, marchó a la facción, y como marinero quiso seguir en ella su anterior profesión, dando a los carlistas acceso al único marino que hayan tenido en el reino de Valencia», añade el texto sobre los principales líderes sublevados.

    «Muestro a Calderó cuando, no contentos con fusilar a su mujer, le desterraron a San Carlos de la Rápita. Desde allí, empezó a trabajar en la sombra para los carlistas hasta que Cabrera, ya convertido en jefe supremo del contingente de don Carlos, le encargó hacer una armada. Él recurrió a viejos compañeros de la marina mercante y empezó a buscar barcos por todos los medios. De hecho, llegaron a construirlos», explica Arsenal a ABC.

    Primeros ataques


    Lo primero que hizo Calderó tras reclutar a sus combatientes fue construir una gigantesca lancha cerca de La Sénia (al sur de Tarragona). Según explica Antonio Caridad Salvador en «El ejército y las partidas carlistas en Valencia y Aragón (1833-1840)», el marino trató de ubicar sobre ella un cañón «de a cuatro». Una pieza de artillería demasiado grande, según parece, pues «al ser disparada dividió la embarcación en dos y por poco lo mató». Aquello podría haberle desanimado, pero nada más lejos de la realidad. Decidido, el de Tortosa se apoderó de una lancha grande y dos barcas varadas en la playa. Buques que, rápidamente, convirtió en lanchas cañoneras «con una tripulación total de 40 hombres», en palabras de Caridad Salvador.

    Aquella pequeña flota fue la que empezó a trastocar los planes de los isabelinos. Algo lógico, según afirma el autor de «Bandera Negra» a ABC, pues la mayor parte de la flota liberal se había marchado y solo quedaban un par de buques para la defensa de la zona. ¿Cómo es posible que unas barcas como las que nos narran las crónicas fueran tan letales? En palabras de Arsenal, por su armamento. «Los carlistas usaban barcas, pero estas no eran como nos las podemos imaginar. Eran embarcaciones de porte considerable capaz de llevar un potente cañón del siglo XIX, el cual tenía mucha más potencia que los que portaban los navíos del XVII que vemos en las películas de piratas», señala el autor a este diario.


    Carga de lanceros carlistas- Augusto Ferrer-Dalmau

    Sobre dichas naves, Calderó dirigió una serie de ataques cuyo objetivo era detener el tráfico mercante de sus enemigos y, ya de paso, robar todo aquello que pudiera para nutrir a las fuerzas de don Carlos. Su primera acción de calado fue la captura de tres bajeles liberales que portaban cáñamo, habichuelas, arroz, harina, azafrán y seda. Unos navíos que estaban amarrados en Alfaques. Aquello no solo les reportó comida y mercancías, sino también nuevos barcos con los que seguir atacando a sus enemigos.

    En palabras de Arenales, Calderó y sus hombres eran sin duda piratas, y así eran considerados por los partidarios de Isabel. Y es que, formaban parte de un ejército revolucionario y no reconocido.

    Sus hazañas (y su suerte) empezaron a conocerse con el paso de los meses gracias al boca a boca. Una de ellas la ofrece el texto «Vida y hechos de los principales cabecillas facciosos»: «Hace cosa de un año y medio se verificó un choque en las inmediaciones de Vinaroz, en el cual fue derrotado [Calderó], acuchillada su gente, y él mismo tan malherido que le dejaron por muerto. Pero sobrevivió milagrosamente». Para desgracia de Calderó, esta actividad les duró poco. Más concretamente, hasta que sus barcos fueron «cazados» por dos faluchos liberales. Aquel golpe, con todo, no detuvo a nuestro protagonista, al que todavía le quedaba mucha guerra por dar.

    La vida pirata

    Expulsado de aquellas aguas, Calderó se dirigió hacia Tortosa, donde se dedicó a estorbar con sus buques la salida de esa ciudad de los navíos mercantes liberales. Estos, desesperados, tuvieron finalmente que apostar por poner escolta a los bajeles para evitar que su mercancía fuese robada, lo que les supuso una considerable reducción de fuerzas en otros frentes.


    Según parece, en estos ataques el anciano sacaba a relucir todo su rencor contra los enemigos siendo «cruel y sanguinario». Con todo, no le faltaba ingenio, como explica (en este caso) Caridad Salvador: «Cuando se veía acosado, Calderó ocultaba sus lanchas bajo la arena o las sumergía en el agua, de donde las podía sacar en cualquier momento con buzos».



    Cabrera, el hijastro de Calderó- ABC

    Esta fue una de sus mejores épocas, como bien se señala en la nueva obra de Arsenal: «Igual de activos se mostraron los carlistas en el Ebro, donde amenazaban a los buques de altura que remontaban hasta Tortosa. Y desde Ascó al Delta, nunca faltaron, hasta el final de la guerra, barcas que ayudaban al paso de suministros y hombres de un lado a otro del río. De todo ello quedan noticias escritas, muchas veces en medios no oficiales».

    Hasta los años 40, Calderó siguió con su actividad como pirata. Ese año, por ejemplo, siguió ampliando su extenso currículum al capturar dos bajeles que navegaban por el Ebro tras dos horas de combate. Su fuerza llegó a ser tal que los carlistas formaron un servicio de caballería para hacer labores de escolta y correo en tierra. La importancia de nuestro protagonista hizo que los liberales enviaran una fragata, un bergantín, una goleta y dos embarcaciones menores para acabar con él. Pero no se sabe si hubo o no combate. Todo quedó en un gran misterio. Aunque se especula con que los bajeles carlistas fueron «aniquilados u obligados a esconderse», en palabras de Caridad Salvador.

    El anciano despechado

    La vida de Felipe Calderó fue larga para la época. Y él la disfrutó hasta sus últimas consecuencias. Si con sesenta años disfrutaba cuando el viento del mar le golpeaba la cara mientras se hallaba en la cubierta de su navío, también lo hacía con los placeres de la carne.

    Así lo demuestra el que, según las crónicas, tratara de «ligarse» a una joven cuando ya superaba las seis décadas de vida. Para su desgracia, todo acabó en un estrepitoso fracaso. Y es que, la chica (natural del pueblo de Alcanar) aceptó casarse con él (y le aguantó) mientras este la colmaba de regalos. Sin embargo, no tardó en abandonarle cuando «se creyó bastante recompensada en su trabajo en disimular».
    Última edición por Carolus V; 28/02/2017 a las 15:33
    Ennego Ximenis dio el Víctor.

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    Re: Artículos sobre carlismo

    El Tradicionalismo Español | Historia y Evolución de la Democracia Orgánica

    El Tradicionalismo Español


    Los Tradicionalistas




    Las coincidencias entre la concepción krausista y la tradicionalista de la sociedad y del estado son esenciales, numerosas y reiteradas. La determinación del paralelismo exige algunas precisiones sumarias sobre la doctrina tradicional, generalmente vinculada a posiciones confesionales y contrarrevolucionarias. Así como el corporativismo de los krausistas españoles tiene un origen germano, el de los tradicionalistas hispanos del siglo XIX suele situarse por inercia en Francia. El precedente que, sin buenas razones, suele aducirse, es el corporativismo católico de Le Play, de Alberto de Mun y de La Tour du Pin. Aparisi y Guijarro, Enrique Gil Robles, Juan Vazquez de Mella y Ramiro de Maeztu serán los puntos de referencia para trazar un perfil esquemático del tradicionalismo político español contemporáneo.


    El término corporativo figura en un artículo de Mun en el primer número de la revista Association Catholique aparecida en 1875 y que fue portavoz del grupo. El fundamento es una concepción orgánica de la sociedad:

    "El principio del régimen corporativo, escribe La Tour du Pin, es el reconocimiento de un derecho propio para el individuo de cada una de las clases que concurren a la producción y para cada uno de los grados de asociación formado entre dichos elementos, desde la corporación hasta el Estado"
    La Tour du Pin: Vers un ordre social chrétien 907

    Es una interconexión de esferas sociales autónomas similar a la de el krausismo.
    En los Consejos de las corporaciones económicas, sea cual fuere su nivel (empresarial, local, comarcal, provincial, regional o nacional) tienen una representación igual los tres elementos, es decir, el capital, los directivos y los obreros.

    El objetivo institucional es lograr la "representación de todos los intereses", lo que equivale a una "representación orgánica". Como en el krausismo, "la base es orgánica en vez de ser la atomista" del demoliberalismo. El esquema corporativo es independiente de la forma de gobierno, y por tanto, compatible con la monarquía y con la república. Entre los "elementos orgánicos" de la sociedad figuran los "cuerpos constituidos" (Iglesia, Universidad, corporaciones jurídicas, etc.) y las "asociaciones profesionales".

    A partir de los núcleos sociales inferiores, se configuran en cada provincia "cuatro cámaras sindicales": una es la de los cuerpos constituidos, otra la de las profesiones liberales, otra la de los agricultores y otra la de los industriales, que reunidas integran los Estados provinciales de los cuales procede una Cámara alta corporativa de ámbito nacional. Hay además, una Cámara baja, también nacional, elegida por sufragio universal. En síntesis, la arquitectura corporativa está coronada por

    "una Cámara de Diputados elegida por todos los contribuyentes y representativa de la opinión pública del momento; y una Cámara de los Estados, elegida por los cuerpos sociales y representativa de los derechos e intereses permanentes".
    La Tour du Pin: Vers un ordre social chrétien 907

    También este bicameralismo es análogo al krausista.

    Casi todas estas ideas de La Tour du Pin se encuentran ya en Ahrens y algunas en Aparisi.
    El organicismo español no proviene del corporativismo católico francés.

    Carlistas, de ideología tradicionalista española con Don Carlos

    Donoso Cortés 1809-1853
    Juan Francisco María de la Salud Donoso Cortés y Fernández Canedo, I marqués de Valdegamas.

    El extremeño Donoso Cortés, fue liberal, pero la revolución de 1848 y la muerte piadosa de su hermano le hicieron convertirse en el paladín del tradicionalismo con una oratoria apasionada. Donoso presentía que el futuro estaba destinado a una lucha apocalíptica entre el socialismo y el catolicismo. No obstante, su doctrina irracionalista encontró el caldo nutricio en el tradicionalismo fideísta de De Maistre y De Bonald, más que en la enseñanza de los autores españoles. La doctrina expuesta por estos dos intelectuales sería continuada por los llamados neocatólicos, Cándido Nocedal, Navarro Villoslada, Gabino Tejado, Ramón Vinader y Aparisi y Guijarro, quienes aunque no consiguieron innovaciones doctrinales, tuvieron una gran labor divulgativa en los medios de prensa. Estos intelectuales a causa de la revolución de 1868 les hizo entrar en el carlismo, donde desarrollaron su pensamiento. No obstante, la mayor parte saldrían del movimiento en 1888 con la escisión integrista.
    El ideario que propugnaban era deudor de un fuerte paternalismo hacia la figura del rey con los cuerpos sociales. Navarro Villoslada resumía sus ideas de este modo:
    "Un hombre que diga al padre de familia; tú eres el rey de tu casa; y al municipio; tú el rey de tu jurisdicción; y a la diputación; tú la reina de la provincia; y a las cortes; yo soy el rey vengan aquí las clases todas de que se componen mi pueblo; el clero, la nobleza, la milicia, el comercio y la industria y la clase más numerosa y necesitada de todas, la clase pobre".
    .
    No obstante, Aparisi Guijarro provocó un cambio trascendental al introducir en 1864 el organicismo moderno en su discurso, proveniente de los intelectuales krausistas que defendían un modelo de sociedad que resultaba con coincidencias con el modelo tradicionalista.
    José Luis Orella.

    Antonio Aparisi y Guijarro 1815-1872

    "Tenéis el derecho de preguntarme, o al menos de pensar en vuestro interior, ese hombre ¿qué es? ¿A que partido pertece? ¿En nombre de qué partido nos habla? Y yo os diré, ¿a qué partido? ¡A ninguno!
    Aparisi: Discurso sobre el acta de elección 1863

    Literato y jurisconsulto, sobresalió como político doctrinario. Diputado por Valencia de la fracción católica en tres legislaturas entre 1858 y 1868, emigró a Francia poco después de la revolución de septiembre y, entonces, se adhirió a la Comunión Tradicionalista. Se repatrió tres años después, como senador, en octubre de 1871, reinando Amadeo de Saboya. Su obra fue básicamente periodística y parlamentaria. Entre sus opúsculos destacan El Rey de España 1869, que fue su justificación personal y su profesión de fe carlista, y Restauración 1872, que fue su testamento político.

    Aparisi no es un pensador riguroso, y su idea de la sociedad es más pragmática que especulativa; es organicista no tanto por los fundamentos conto por las conclusiones. Se opone al pactismo social de Rousseau.

    "El hombre necesita para vivir del auxilio de otros hombres; luego es social. La sociedad es un echo natural y necesario... Los que han supuesto un estado anterior al social en que vivía el hombre como un salvaje o como una fiera, esos no conocen al hombre ni a la historia"
    Aparisi: El libro del pueblo 1872
    La familia es la molécula social:
    "Muchas familias forman la gran familia, la gran sociedad"
    Aparisi: El rey de España 1869
    Defiende la personalidad autónoma de los demás cuerpos intermedios, y se declara partidario de la:
    "libertad para la provincia de la gestión de sus propios intereses, y también para el municipio"
    Aparisi: Discurso sobre la libertad de imprenta 1862


    Su diagnóstico de la españa postrevolucionaria es un tácito programa de restauración de la sociedad orgánica:
    "No hay ya en España ni Clero , ni nobleza con sus grandes propiedades; no hay Consejos con sus antiguas tradiciones, diciendo ma los reyes no, más veces que lo hayan dicho las Cortes a los ministros constitucionales; no hay Magistratura de hecho inamobible que sepa pronunciar estas palabras:. "Se obedece y no se cumple"; no hay comunidades ni gremios, robustas asociaciones de hombres del pueblo vestidas con hábito religioso o hábito profano, no hay franquicias de provincias ni fueros de Ayuntamientos, en España sólo quedan un trono y un pueblo"
    Aparisi: El rey de España 1869
    Esta idea de la sociedad le lleva a un modelo de Estado corporativo. Dirigiéndose al Congreso de los Diputados les dice:
    "No es exacto que la nación se siente con nosotros en estos bancos...La Iglesia, ¿esta aquí representada? La Magistratura...¿está aquí representado ese gran poder...? Las clases médicas, ¿no podrían tener aquí verdaderos representantes? ¿Los tienen las artes, ornamento del país? ¿Los tienen, cual los ha de menester, la propiedad y el comercio?¿Y nunca habeis pensado que entre nosotros podían sentarse también especiales procuradores de las clases pobres?"
    Aparisi: Discurso sobre la reforma constitucional 1864
    Y discutiendo un proyecto de ley electoral dice a los diputados:

    "Si hubieseis fijado los ojos y la consideración en la sociedad española, estudiando las fuerzas, los elementos, los intereses morales, intelectuales y materiales, por cuya virtud la sociedad es, y vive y florece, y sin los cuales no habría sociedad: la Iglesia, la Magistratura, el profesorado, la propiedad, el comercio, la industria, las artes, los oficios todas estas fuerzas, intereses y elementos tienen sus legítimos representantes, no por el dinero, sino por la ciencia y la honradez. Allí podríais buscar el origen de la elección; de allí podríais traer, en cuanto la humana imperfección lo consiente, la verdadera representación de España"
    Aparisi: Discurso sobre la ley electoral 1865



    Los diferentes grados representativos se estructuran corporativamente en su esquema de Constitución. El municipio tiene un origen familiar:

    "El padre de familia o cabeza de casa, sin tacha legal, tiene voto para nombrar Ayuntamiento. Éste será elegido en sus dos terceras partes directamente. Los electos designarán a su vez la tercera restante"
    Aparisi: Restauración 1872
    El nivel siguiente, la Diputación provincial, tiene un origen corporativo:
    "Los Ayuntamientos de los pueblos que componen cada distrito nombrarán un diputado de provincia... Son miembros natos de la Diputación: un prebendado y un cura párroco de la capital, que el pueblo designe. El rector de la Universidad, el decano del Colegio de Abogados, los presidentes del de Medicina, Academia de Nobles Artes y Sociedad de Amigos del País, y los dos primeros contribuyentes de la agrícola y de la industrial"
    Aparisi: Restauración 1872



    Así se llega a las Cortes, integrada por trescientos diputados, y que serán designados del siguiente modo:
    "Los padres o cabezas de casa sin tacha legal eligen 100 por distrito y por medio de compromisarios. Los propietarios que paguen más de seis mil reales de contribución, y los comerciantes y los industriales que figuren en las dos primeras cuotas eligen 100, por grades circunscripciones y por medio de compromisarios. Designa el rey los 100 restantes; 60 entre los grandes de España y títulos de Castilla, arzobispos y obispos, capitanes y tenientes generales; 40 entre las personas propuestas como las más dignas por los Tribunales Supremos y Consejos, los Cabildos y las Universidades y Corporaciones científicas, artísticas y literarias, Sociedades de Amigos del País"
    Aparisi: Restauración 1872
    La base del esquema es corporativa: la familia, la profesión y la corporación, aunque se introduce el correctivo censitario.

    "Cortes, cuales nuestros abuelos conocieron, que representen a todo el pueblo y sus verdaderos sentimientos, al clero y a la religiosidad de España, a la nobleza y su gallarda hidalguía, a la clase media y los intereses materiales".
    Aparisi: Observaciones sobre el estado político y religioso de España 1844

    Todos los textos transcritos, anteriores al corporativismo católico francés, se escalonan entre 1862 y 1869 cuando el Curso de Ahrens había alcanzado ya dos ediciones españolas, las de 1841 y 1864. La influencia, por lo menos indirecta, del krausismo se deduce de un hecho revelador: en 1844 el modelo de Cortes que proponía Aparisi era básicamente el estamental de los Austrias y no el corporativo, que es el definitivo que propugna dos decenios después


    "El desconocido, que es Aparisi y Guijarro, aunque casi todos lo conozcamos de oídas,
    fue un hombre leal y sincero, a quien la fidelidad para con sus creencias religiosas y políticas le llevó, poco a poco, casi sin que se diera cuenta, al carlismo. Abogado en Valencia, donde había nacido el 29 de marzo de 1815, marchó a Madrid a los cuarenta y tres años representando, como diputado a Cortes, el distrito de Serranos, y poco después tuvo que trasladar definitivamente su residencia a la capital del reino. Nunca dejó de considerarse, sin embargo, un valenciano que vivía en Madrid de forma accidental y extraordinaria; por eso era constante su recuerdo y su defensa de los intereses de aquella región.

    Fue en la crisis de la conciencia nacional que se produjo en España en los años anteriores a la revolución de 1868 cuando Aparisi descubrió en el «arca santa» del carlismo el único refugio de salvación frente al diluvio que se avecinaba, y que había profetizado el genio histórico y político de Donoso. Según esto «no vino a la Tradición por vías del nacimiento, sino tras un lento y penoso caminar de anhelante peregrino afanoso de verdad. Llega al carlismo en el sexto decenio de su vida, cuando ya las canas arrebolan su frente y cuando en la naturaleza el reposo excede a los desenfrenos del impulso. El carlismo no es para él la intuición brillante de los verdes años juveniles, sino la madura conclusión deducida de una meditación sosegada"
    Francsico Elías de Tejada, Prólogo a laAntología de Antonio Aparisi y Guijarro
    "La razón iluminada por la fe se llama Santo Tomás de Aquino; la razón enemiga de la fe se llama Federico Krause"
    Aparisi y Guijarro

    "hoy no se trata simplemente de tener una corona: que eso debe valer poco para V. M.; no se trata solamente de la suerte de nuestros hijos, por ejemplo, aunque eso debe valer algo más para nosotros; se trata de que España sea o no sea”, y aun le añadía: “el rey no lo puede todo; el rey nada grave debe hacer sin gran consejo… Ponga el rey su gloria donde debe ponerla, en ser el primer caballero, el hombre más honrado, el más recto y el que debe buscar para aconsejarse de ellos, a los hombres más rectos, más honrados y más caballeros. Ponga su gloria en ser más sabio que todos, porque, aun dando de gracia que se hubiese criado en el pueblo que había de regir y llegado a edad madura estudiando hombres y cosas, aun habría, no algunos, sino quizá muchos, que supiesen más que él»
    Aparisi y Guijarro.

    Al final de su vida reitera:

    "Entendemos nosotros que se aproximaría más a la verdad el sistema y que podría defenderse con mejores armas de los ataques democráticos, si la elección se verificara por clases. Si la Iglesia tuviera sus representantes. Y la gran propiedad de las ciudades. Y la gran propiedad de los campos. Y la magistratura... Y las ciencias... Y las artes... Y las industrias y el comercio..., y procuradores especiales de los humildes y de los pobres"
    A. Aparisi y Guijarro: El libro del pueblo.
    Aparisi, que tanto había trabajado por una reconciliación nacional, por la unión de todos los españoles bajo las ideas de Dios, Patria y Monarquía, tuvo tiempo de decir antes de expirar: "el odio nos ha vuelto locos".

    Enrique Gil-Robles. 1841-1908
    Catedrático en Salamanca, es organicista en el sentido de que afirma la existencia de cuerpos intermedios que se escalonan entre el individuo y el Estado, como la familia, el municipio, la provincia y la región, y les atribuye

    "el régimen y el gobierno propio, que es lo que significa autarquía".

    En cambio rechaza la representación gremial o corporativa. En evidente, aunque tácita polémica con Ahrens, afirma, en primer lugar, que

    "la representación corporativa excluye la individual",

    pues si todo ciudadano está integrado en algún cuerpo intermedio, municipio, gremio etc. no
    se puede apelar al sufragio universal inorgánico para elegir una Cámara baja sin caer en una paradoja.. El bicameralismo es contradictorio si las dos Cámaras proceden de distintos criterios representativos, el individualista y el corporativo, y es duplicativo y superfluo si obedece a idéntico modo de elección. En segundo lugar,

    "el interés de la persona física no es distinto, ni antagónico del de la persona moral"

    o jurídica. En tercer lugar, resultaría "incoherente" otorgar "igual derecho representativo a corporaciones de distinta especie y condición". En cuarto lugar,

    "no puede ser el gremio el órgano directo de representación nacional",

    sino uno de los factores determinantes de la representación a nivel municipal. Y, finalmente, se trata de una utopía porque "llegará el fin de los tiempos sin que el gremio reviva". Lo que Gil-Robles propugna es la actualización del esquema tradicional castellano mediante una Cámara baja integrada por delegados de las regiones, con mandato imperativo, y otra alta del estamento noble y del oficial; ambas cosoberanas con un monarca hereditario



    "La autarquía y el verdadero self-government, que no puede menos de naufragar en las concepciones irremisiblemente monistas del racionalismo y el naturalismo".
    E. Gil Robles: tratado de derecho político.

    Esta afirmación es un claro ataque al krausismo

    "La sociedad es un organismo, concebido a la manera monista común, con predominio, principalmente, del patriarca de la moderna doctrina orgánica, Schelling, de sus vulgarizadores y propagadores, Krause, Ahrens, etc., y tanto da decir que es un organismo ideal, como material o fisiológico; todo es cuestión de nombre y nada más"
    E. Gil Robles: tratado de derecho político.

    En 1891, después de citar a Ahrens, a Giner, a Azcárate y a Pérez Pujol como representantes del organicismo liberal, E. Gil Robles reconocía que

    "contiene afirmaciones formales comunes, en las que no pueden menos de coincidir las escuelas y que son de gran utilidad para que, purgadas del vicio intrínseco del liberalismo, las emplee la política cristiana como materiales constructivos de una teoría embrionaria e implícitamente contenida en el derecho teórico tradicional".


    Alfredo Brañas 1859-1900
    Catedrático de Universidad compostelana fue uno de los primeros teóricos españoles del regionalismo en general, y un activo promotor del regionalismo gallego. Trabajó activamente en los Círculos Católicos Obreros y estuvo muy vinculado al magisterio de la Iglesia. Aunque no militó en ningún partido político, llegó a estar muy cerca del ideario tradicionalista.
    Brañas es un organicista social cuyos puntos de partida y conclusiones se sitúan en las antípodas de la construcción russoniana. Arranca de un frontal repudio de la hipótesis contractualista en que se cimenta el modelo demoliberal:

    "La doctrina del pacto social es peligrosa para el orden social y la paz de los Estados"
    A. Brañas: El principio fundamental del derecho 1887

    es una

    "concepción atomística de la sociedad que nos llevaría a la doctrina absurda del absolutismo despótico, del imperio de las mayorías"
    A. Brañas: El Regionalismo 1889

    Si la sociedad no es el resultado de un pacto deliberado, las instituciones capitales de la democracia inorgánica pierden su punto de apoyo. Por eso Brañas rechaza

    "el sufragio universal igualitario donde no tienen personalidad jurídica los gremios"
    A. Brañas: La crisis económica en la época presente y la descentralización regional 1892

    y el parlamentarismo:

    "Aborrecemos el inútil y peligroso sistema parlamentario"
    A. Brañas: Discurso en el banquete regionalista 1980
    y lo califica de tiránico, caciquil, feudal, absolutista, costoso y malísimo. Y denuncia la tendencia oligárquica de la partitocracia:

    "Esa democracia tiende por su naturaleza especial, a la oligarquía, al gobierno tumultuoso y desordenado de los partidos o facciones, a la exaltación de los audaces, a la repartición de la administración regional y local entre uno o varios caciques"
    A. Brañas: Discurso en el banquete regionalista 1880

    Que la democracia de la Restauración era una oligarquía pronto lo reconocerían Costa y los sesenta intervinientes en el curso de 1900 y 1901 en el Ateneo de Madrid.
    La aportación de Brañas no consistió sólo en anticiparse a esa obvia observación, sino en que, adelantándose a Michels, enunció la ley de la tendencia oligárquica de los partidos. Ésta es una de sus más luminosas tesis.

    Rechazado el individualismo Roussoniano, ¿cuál es la interpretación de la sociedad que propone Brañas? A su juicio el ciudadano no es un elemento aislado sino que llega al Estado a través de unas sociedades intermedias o círculos. El primer círculo social es la familia en la que se nace como ámbito natural y necesario. El segundo círculo social es el municipio, agrupación natural de las familias que viven más en contacto que nace del echo de la vecindad.. Y "la región es el tercer círculo..., agrupación de familias y municipios o comunidades ligados por ciertos lazos naturales y que gozan de una existencia autónoma dentro de los Estados". Los sucesivos círculos son el Estado y la Humanidad. Pero hay además organizaciones o círculos tradicionales, entre los que destaca el gremio, "entidad natural inmediata entre la familia y el Estado" aunque no concéntrica, pues tiene un carácter más funcional que territorial.

    De esta interpretación del echo social se desprende una teoría de la representación, que es la orgánica o corporativa: la elección por los compromisarios de los gremios es "el único sufragio admisible", y es el método para la designación de los cuerpos colegiados municipales, provinciales y nacionales.

    Este es el modelo propuesto:

    "Para las elecciones de todos los cargos, desde el más elevado de Presidente de la Dieta regional hasta el más humilde alcalde de cualquier distrito, los ciudadanos de la región tendrían que constituirse en gremios o corporaciones de clases que procederían por el método indirecto de la designación de compromisarios. Los gremios reunidos de cada distrito votarían los compromisarios encargados de elegir el alcalde y concejales del municipio. Los compromisarios de todos los gremios de cada distrito, dentro de una circunscripción, reunidos en la capital de ésta, procederían a la elección de designación de subgobernador y de los individuos que hubiesen de formar el Consejo de circunscripción. Los representantes de los gremios de todas las circunscripciones existentes dentro de cada provincia o govierno, congregados en épocas dadas en la capital del mismo, elegirán al gobernador y los diputados provinciales. Por último todos los compromisarios de los gremios o corporaciones de la región, reunidos en sesión magna y en periodos ni muy cortos ni muy largos, procederían a elegir los supremos magistrados de la Dieta... Los diputados de las Cortes nacionales saldrían de las Diputaciones provinciales y Consejos de las circunscripciones"
    A. Brañas: El Regionalismo 1889

    ¿Cuales eran sus fuentes? Con reiteración se remite a los corporativistas católicos comoMun y De Play;pero en la fundamentación teórica cala más hondo que ellos. Brañas cita a Krause, a los krausistas, a Tiberghien y, sobre todo, aAhrens. De éste último aduce el Curso de derecho natural y la Enciclopedia jurídica "que tenemos a la vista". Se trata de la tercera edición española del Curso, impresa en 1873, y de la primera de la Enciclopedia, traducida por Giner y Azcárate en 1878. Al exponer el pensamiento organicista de Ahrens, Brañas enumera las seis esferas y los seis órdenes, sobre los que se asienta la representación orgánica.

    Aunque el catolicismo tradicional de Brañas, enérgicamente beligerante frente al masón y deísta de Ahrens, le impidiera reconocer expresamente la influencia krausista, ésta es clara. En cambio, admitió la de un seguidor de Ahrens y quizá discípulo directo, la del belga Adolfo Prins, cuyo libro "La démocratie et le régime parlementaire de 1884 resumió así:



    "En esta obra se defiende la sustitución del sistema individualista que esperaba la salvación del Estado moderno del régimen parlamentario y el sufragio universal, por el sistema
    corporativo y la representación de las clases"

    A. Brañas: El Regionalismo 1889

    Tampoco Prins era creyente, y probablemente pertenecía a la secta; pero en españa podía ser citado sin el escándalo que entre los católicos hubiera producido la remisión a un pensador krausista

    Aunque sólo recordado por su regionalismo, tan próximo al de Vázquez de Mella, y por su ininterrumpida defensa de la autonomía gallega, Brañas debe figurar cronológicamente después de Aparisi, y especulativamente por encima de él, entre los doctrinarios españoles que desde una concepción tradicional del mundo, propugnaron la democracia orgánica.
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

  10. #30
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    Juan Vázquez de Mella 1861-1928


    No fue directivo, pero sí el principal ideólogo de la Comunión Tradicionalista, a la que representó como diputado a Cortes de 1893 a 1916. En 1918 protagonizó una escisión y constituyó el efímero Partido Tradicionalista. Elaboró el "sociedalismo jerárquico", una doctrina enraizada en el Derecho público cristiano y en el pensamiento tradicional; pero no exenta de originalidad, tanto en la fundamentación teórica como en las aplicaciones institucionales. Su extensa obra comprende veintiocho volúmenes sin el epistolario, está casi exclusivamente compuesta de discursos y es, por ello, asistemática y reiterativa; pero el esquema doctrinal es enjuto, invariable y diáfano. en realidad, el sociedalismo es un organicismo.

    Para Mella, el individuo de Rousseau y de la Revolución es:"una creación artificial..., un fantasma..., una abstracción".

    Lo único que registra la experiencia son unos ciudadanos precisos en unas circunstancias dadas:

    "En la realidad se da el hombre con otras adiciones, con otras determinaciones, el hombre de un pueblo, de una región, de una clase, el hombre social", "lo que se da es el hombre concreto, el hombre-grupo".

    Si el ciudadano está siempre inscrito en ámbitos espaciales, como el municipio o la comarca, y en ámbitos funcionales, como las corporaciones y las clases, solo a partir de ellos pueden configurarse los poderes públicos"

    Refiriéndose tanto a las personas individuales como a las sociales, afirma:

    "Toda persona tiene como atributo jurídico lo que se llama autarquía, es decir: tiene el derecho de realizar su fin, y para realizarlo tiene que emplear su actividad y, por tanto, tiene derecho a que otra persona no se interponga con su acción entre el sujeto de ese derecho y el fin".
    Vázquez de Mella: Discurso sobre el regionalismo.

    "Si yo quisiera dar una fórmula en cierta manera moderna a mi sistema, como ni municipalismo ni regionalismo expresan enteramente toda la gradación jerárquica de la soberanía por clases y de la soberanía social, yo me atrevería a llamarle sociedalismo jerárquico".
    Vázquez de Mella: Discurso sobre el sufragio universal.




    Mella postula la representación por "clases", término que no utiliza en la generalizada acepción marxista, y que define como "categorías de personas individuales y colectivas unificadas por un interés común", y que son naturales y esenciales a la sociedad. Entre esas clases figuran la intelectual, la religiosa, y moral, las económicas (agricultura, industria y comercio), la de los valores (virtud, talento, etc.) y la militar.

    "Prescindiendo de cuestiones académicas, como la de si es función o derecho el sufragio, yo diré a sus señorías que, no considerándole como fundamento del poder, sino como medio de representación política, nosotros mismos no tendríamos inconveniente en aceptarlo, con tal de que -en vez de ser sufragio individualista y atómico, que daría por resultado si se practicase bien, la soberanía de los menos capaces- , fuera sufragio orgánico por clases, y con voto acumulado en el elector, que puede pertenecer a varias clases".
    Vázquez de Mella: Discurso sobre la soberanía inmanente, la Constitución interna y la monarquía democrática,

    Y son las clases las que deben estar representadas en los Ayuntamientos, en las Juntas regionales y en las Cortes. Es el sufragio "total por clases" frente al sufragio "atómico" e "inorgánico". Y como hay ciudadanos que están en varios círculos de intereses, "pueden tener tantos votos como clases a que pertenezcan..., que será el voto acumulado.

    Los cuerpos intermedios ejercen la llamada "soberanía social", y el Estado la "soberanía política", que es limitada y casi residual,

    "puesto que al estado no le corresponden más atribuciones jurídicas que aquellas que la sociedad por sus restantes órganos no puede desempeñar"



    Con su constante afirmación de la "autarquía", de los cuerpos intermedios y de la subsidiariedad del Estado, "Mella se coloca abiertamente en la posición antiestatista y antitotalitaria".

    En consonancia declara:

    "Es necesario cercenar, reducir, disminuir el Estado".
    Vázquez de Mella: Discurso sobre el sufragio universal.

    "Unas cortes verdaderas tienen que ser un espejo de la sociedad y, por tanto, hay que reproducir exactamente sus elementos y sus intereses colectivos, y una sociedad no es un agregado de átomos sin vínculos ni jerarquía. Por la variedad de sus necesidades y las diferentes manifestaciones del trabajo integra, está dividida en clases... Es necesario que las seis clases estén representadas en las Cortes para que la sociedad no esté ausente de ellas".
    Vázquez de Mella: Entrevista en ABC.

    Y no hay que demostrar que también permanece tenazmente afincado en la posición antipartitocrática y antiparlamentaria: una buena parte de la mayoría de sus discursos está dedicada a la implacable crítica de la democracia inorgánica establecida por la constitución de 1876.

    Mella tenía noticia de Ahrens y de Giner, y llegó a una amistad muy estrecha con Salmerón. Pero su interpretación del organicismo krausista no es correcta por la deficiente información, por los prejuicios de escuela y por el propósito de subrayar las discrepancias. Sin embargo, las tesis comunes son tan numerosas que es preciso aceptar una recepción del pensamiento de Ahrens, tan ampliamente difundido en las Universidades españolas en la segunda mitad del siglo XIX y, singularmente, en los años escolares de Mella, que fue alumno del menos organicista de la escuela: Azcárate.



    "Entre el abanderado y la bandera, nosotros nos quedamos con la bandera; entre la legitimidad meramente externa y dinástica y la legitimidad interna, nosotros nos quedamos con la interna, y dejamos la externa que, si no la sirve, no sirve para nada".
    Vázquez de Mella: Discurso de Archanda.

    Víctor Pradera 1873-1936
    Diputado carlista desde 1899 hasta la escisión de 1918 en que siguió a Mella. Ingeniero y abogado, colaboró como consejero independiente del general Primo de Rivera, y en 1931 se unió al grupo de intelectuales que redactaban la revista Acción Española. Murió prematuramente asesinado en San Sebastián al comienzo de la guerra civil. Fue el doctrinario más sistemático y profundo con que contó el tradicionalismo español en el primer tercio del siglo XX.
    Nació en Pamplona. Estudió la carrera de Derecho en la Facultad de Madrid. También cursó la carrera de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Desde muy joven, su vocación por la política le llevó a desempeñar el cargo de diputado electo por la provincia de Guipúzcoa.

    En 1899, con veintiséis años, obtuvo su primera acta de diputado a Cortes por Tolosa y Pamplona. Católico tradicionalista, no se encerró en el carlismo dinástico, sino que apoyó al rey Alfonso XIII y a la Dictadura del general Primo de Rivera. Fundador, con Calvo Sotelo, del Bloque Nacional, se mostró partidario de la unidad española.

    Gran orador y escritor colaboró en diversas publicaciones periódicas de su época. Sus escritos fueron recopilados y se publicaron sus Obras Completas en 1945, siendo autor del prólogo el Generalísimo Franco, con consideraciones doctrinarias y observaciones acerca del sentido del Movimiento Nacional.

    En 1931 anticipó los rumbos catastróficos que se avecinaban. Cuando José Antonio Primo de Rivera pronunció su célebre discurso fundacional en el Teatro de la Comedia, Víctor Pradera escribió un artículo memorable en el que reconocía las razones del fundador de la Falange, señalando que no se trataba de interés de grupo, sino patrimonio de la verdad española.

    Apoyó con simpatía el nacimiento de Falange Española. Se situó en planos de enlace entre las diversas corrientes de derecha.
    En 1935 publicó El Estado nuevo, que junto con el discurso de la Comedia de José Antonio y el ensayo Anarquía o jerarquía de Salvador de Madariaga, se convirtió en breviario político e institucional de Franco para la articulación de su régimen.

    "La representación en las Cortes debe ser de aquello que es consustancial a la nación, es decir de los intereses sociales que, por ser orgánica la sociedad, son fomentados de manera permanente por las clases sociales" Víctor Pradera: Al servicio de la Patria 1930.
    Inicialmente propuso dos cámaras, ambas orgánicas, una baja integrada por representantes de cinco clases -propiedad, industria, comercio, trabajo intelectual y trabajo manual y otra alta con representantes de las corporaciones como la Iglesia o el Ejército.
    En 1929 elevó el número de clases a seis, añadiendo la agricultura y se inclinó por el unicameralismo con ocho secciones iguales: seis para las clases y dos para las corporaciones. Finalmente incrementó en una más las secciones corporativas hasta un total de nueve con cincuenta diputados cada una.
    "La representación del organismo social requiere ineludiblemente elecciones separadas en cada una de las clases sociales... No existe más que un modo legítimo de sufragio, el orgánico"Víctor Pradera: El Estado Nuevo 1936.


    VÍCTOR PRADERA O LA UNIDAD COMO IMPERATIVO.

    El Tradicionalismo español, a partir de 1931, volvió a incrementar la legión de sus mártires. Sólo entre sus cabezas dirigentes cayeron Marcelino Oreja, el protomártir, el 6 de octubre de 1934; Ricardo Gómez Rojí, el 15 de agosto de 1936, y Víctor Pradera, simultáneamente con Joaquín Beúnza, el 6 de septiembre de 1936.

    Hace veinticinco años largos del ejemplar sacrificio de estos últimos, a los que debemos dedicar la llama viva del recuerdo.

    No interesa demasiado subrayar que Víctor Pradera fue un hombre del 98, al que arbitrariamente se le ha eliminado de esa promoción. No importa. Figuras como la suya se proyectan mucho más allá de sus jalones vitales.

    Pradera era hijo de carlistas y nieto de carlistas, pero su convicción política le llegó a través de una formación filosófica e histórica, personal y honda y no por la simple vía hereditaria.

    Ingeniero de Caminos preparado en Deusto, hombre de empresa, abogado por la Universidad de Madrid, discípulo predilecto de Mella en política, conferenciante y escritor, orador de masas y polemista, Víctor Pradera descuella como campeón de la unidad patria y fiscal inflexible de todo separatismo.

    Su primer palenque fue el Parlamento, que frecuentó en las legislaturas de 1899, 1901 y 1918, hasta que se alejó de él por una especie de horror invencible al sistema. Cruzó sus poderosas armas dialécticas Icón los más hábiles oradores parlamentarios, como Silvela y Maura o Canalejas, e infundió temor al propio Cambó que, invitado a entablar una controversia pública sobre el tema del regionalismo, no aceptó el reto.

    Hombre activo y organizador, si rechazó las carteras que en varias ocasiones le brindaron Alba y Maura, fue por radical disconformidad con el liberalismo imperante. En cambio saludó a la Dictadura con aquellas conocidas palabras: "¡Gracias a Dios! ¡Ya era hora!" Y no vaciló en servirla con lealtad, procurando imbuir a don Miguel capitales ideas tradicionalistas como el sufragio orgánico, la representación corporativa, el fuerismo y la independencia del Gobierno respecto del Parlamento.

    Fue el martillo más férreo del separatismo, apenas apareció éste en Vizcaya como fruto de la reunión de Sabino Arana con cuatro amigos en el caserío Larrazábal, de Begoña. Para combatirle dentro de Navarra, escribió su obra "Fernando el Católico y los falsarios de la Historia". También se deben a su pluma "Dios vuelve y los dioses se van", "Modernas orientaciones de economía derivadas de viejos principios", "Al servicio de la Patria" y "El Estado nuevo".

    Paladín de la unidad orgánica de España, proclamó ya en las Cortes de 1899 que las provincias españolas se habían unido no sólo por la libertad, sino por la fe. Cuando se recrudece el separatismo en los años 1917 y 1918, Pradera se multiplica. Frena a Cambó en su intento de coordinar la acción ultrarregionalista de las provincias periféricas, y al volver a ocupar, después de quince años de ausencia, un escaño en las Cortes, levanta a España en pie, singularmente a la capital, al enfrentarse en el debate con un prohombre bizcaitarra y dos futuros ministros catalanistas que se resistían a confesarse españoles, proclamando que no podía sentarse en el Parlamento nadie que dejase incontestada la elemental pregunta de si era efectivamente español.

    El 30 de diciembre de 1913, en que los "jelkides" quisieron arrastrar a Navarra a la petición de un estatuto autónomo, Pradera, enfermo con fiebre, voló a Pamplona y logró, a la cabeza de sus correligionarios, que la Asamblea postulase, en lugar de la autonomía, la reinstauración de los Fueros, sin perjuicio de la unidad de España, sempiterna doctrina tradicionalista.

    Cuando gritó a todos los vientos en Pamplona, en nombre del verdadero pueblo vasco: "No podemos romper las amarras con España" y consiguió arrastrar tras sí a la multitud, el furor separatista le ame nazó de muerte. Contestó a la amenaza con gran valentía, pero, a los pocos años, la amenaza se convirtió en realidad.

    Fue don Víctor también un incansable luchador por la unidad política entre los hombres y los estamentos. El señaló antes que nadie la convergencia ideológica entre el Falangismo y el Carlismo. Reproduzcamos a este respecto el juicio de mayor autoridad, el del Caudillo, en el prólogo a las Obras Completas de Pradera. "¿Bandera que se alza? Este era el título de un valioso trabajo publicado recientemente por Pradera en "Acción Española", respondiendo al notable discurso doctrinal de José Antonio en el que suscribía sus principales puntos y recababa para el Tradicionalismo la paternidad de gran parte de esa doctrina, dando así con su escrito el primero y más importante paso para la unificación".

    El genial vasconavarro hablaba un lenguaje claro y moderno. Poseía las ciencias fáusticas del ingeniero y las humanidades del jurista bien penetrado de estudios filosóficos. Con su idea de la imperatividad de la revolución produjo un gran impacto dentro y fuera del sistema de valores de la Tradición al saludar al siglo, en el año 1900, con estas palabras: "La revolución es necesaria, de todo punto imprescindible". Palabras que tenían precedentes en Carlos VII y Mella.

    "El Estado Nuevo" lo escribió pensando en nuestros muchachos. "No veré yo los frutos de esta doctrina, porque moriré antes", vaticinó. "Pero dejo trazado un camino a la juventud española". Su idea fija fue siempre "la unidad ante todo".

    A tal vivir por la unidad, tal muerte en holocausto a España. Hace veinticinco años los separatistas eliminaban a su enemigo ideológico número 1, cuyo "delito" fue hacer fracasar el Estatuto de Estella y conservar incontaminado el españolismo de Navarra, premisa necesaria del Movimiento.

    Murió con un crucifijo en la mano, diciendo a sus verdugos:

    "Os perdono a todos, como Cristo perdonó en la Cruz. Este es el Camino, la Verdad y la Vida... La única pena que tengo es no ver aún a mi España salvada."

    Muy cerca caería su hijo Javier y en el Guadalupe el leal y magnífico Beúnza.

    Pradera, gran figura nacional, merece el homenaje no sólo de Navarra, su cuna, y de Guipúzcoa, su sede, y de Sos del Rey Católico, que le nombró hijo adoptivo, sino de toda España. Y uno de los puntos de la conmemoración debería ser la reedición de sus obras que él brindó a la juventud, y en las que campea, con fuerza de lema, este pensamiento: "la Unidad ante todo".


    La ejemplar muerte del diputado carlista Víctor Pradera


    Ramiro de Maeztu 1875-1936
    Fue el introductor, o uno de los introductores, del nacional-sindicalismo (ver Francisco de Barcelos Rolão Preto enEl corporativismo)y, en unión de Unamuno, el más enjundioso de los portavoces del espíritu del 98.

    Escribió millares de artículos, de los que sólo una parte ha sido recogida en una veintena de volúmenes.

    En la última etapa de su vida se convirtió en el abanderado de los valores tradicionales de la cultura española.

    Su periodo noventayochista concluyó cuando a principios de 1905, recién cumplidos los treinta años, se instaló en Londres, donde intimó con los hombres y las ideas del socialismo no marxista, y especialmente con A.R. Orage, director de New Age, y con A. J. Penty su "mejor amigo en Inglaterra", el cual se consagró a la defensa de un gremialismo con tendencia autogestionaria.

    El semanario New Age, fundado en 1907 por socialistas fabianos y parcialmente financiado por Bernard Shaw, fue el hogar del progresismo intelectual británico. Su más famoso director, Alfredo Ricardo Orage lo transformó en un centro de cultura crítica revolucionaria.

    "Yo estuve en contacto con los hombres que primeramente trataron de organizar esta intervención del estado en la lucha entre patronos y hobreros en Inglaterra: primero, con los hombres de la sociedad Fabiana, y después fui uno de los promotores del movimiento gremial inglés"
    R. de Maeztu: ¿Crisis de la política social o crisis del Estado?

    En Inglaterra, Maeztu elaboró su esquema de "sociedad gremialista" o "corporativa" para superar el colectivismo burocrático del marxismo y el parlamentarismo partitocrático del liberalismo. Acerca de este último afirmaba:

    "El parlamentarismo no ha dado poder más que a los políticos de oficio. ¿Por qué no ha de buscarse otra forma representativa de la Nación en el Estado? Esta pregunta ha echo resurgir la idea del sindicalismo o del gremialismo"
    según Maeztu no es una receta para la clase trabajadora; "es una teoría de la sociedad en conjunto"

    Maeztu postula los gremios porque entiende que sirven a dos importantes fines políticos: la contención del poder y la representación de intereses.

    Respecto al primero, su posición es contundente:

    "El socialismo no basta, por sí solo para enfrenar el poder de los gobernantes. Es preciso, además descentralizar el Estado, y descentralizarlo, no tan solo por regiones, sino, sobre todo, por funciones. Hay que encomendar las distintas funciones a las diferentes asociaciones que han de desempeñarlas. Solo con un sistema gremial es posible limitar efectivamente el poder de los individuos. La limitación del poder individual es función esencial de los gremios, como de toda corporación autónoma"

    respecto del segundo fin, su análisis arranca de una cuestión planteada por el polifacético intelectual socialista H. G. Wells:

    "¿Por qué concepto ha de votar un zapatero? ¿Por el de zapatero o por el de hombre?".

    La respuesta maeztuana es que hay que "reconocer al hombre su doble carácter de profesional y de hombre, de miembro de una clase y miembro de la comunidad"

    De ahí su solución profética "el principio del socialismo gremial, que se basa en el reconocimiento de la dualidad que hay en cada hombre, un ser económico a quien le conviene votar como zapatero en la asociación de zapateros, y un ser moral, un ciudadano que tiene el deber de votar como hombre en los colegios de sufragio universal"

    La consecuencia institucional de la distinción entre el interés político general y el profesional específico es una reforma del parlamentarismo demoliberal mediante la introducción de la representación "orgánica". La solución de Maeztu consiste en
    "preconizar un sistema bicameral en que una de las cámaras, nombrada por sufragio universal, representase el principio liberal de la nación, una e indivisible, y cuya misión consistiera, principalmente, en mantener los derechos del hombre. La otra cámara, en cambio representaría el echo gremial, las clases sociales: la agriculta y la ganadería, el comercio y la industria la minería y los medios de transporte, la Universidad y la escuela, la defensa y la sanidad, el capital, el trabajo y la burocracia"

    Todos los textos doctrinales transcritos corresponden al periodo 1912-1914; pero en 1913 Maeztu recordó que siete años antes ya había defendido por intuición una segunda Cámara orgánica. Maeztu no llega, pues, al gremialismo desde el pensamiento tradicional y contrarrevolucionario porque no empezó a estudiarlo hasta que, al cabo de tres lustros londinenses, regresó a España a mediados de la segunda década del siglo, y se inició su tercera etapa intelectual, la que habría de culminar en la fundación de "Acción Española". Las fuentes directas de Maeztu son el guildismo inglés y la obra del positivista León Duguit, a quien cita con reiteración.

    "La reforma social ha de consistir en la renovación de los antiguos gremios; pero ya con carácter nacional; haciendo de ellos asociaciones de obreros y de patronos, de capital y de trabajo, en que la misión dl estado será puramente la de hacer justicia por medio de magistrados imparciales, imparcialidad que estará garantizada por una autoridad fuerte. Eston requiere previamente cierto fracaso de la democracia (inorgánica)"
    Ramiro de Maeztu: ¿Crisis de la política social o crisis del estado?






    "Combatía el sufragio inorgánico y defendía el sufragio orgánico, que es el sufragio gremial"
    Ramiro de Maeztu: El gremio y el hombre.

    La motivación del gremialismo corporativista británico era socialista: el interés de la clase obrera; la de Duguit era empírica: la creciente importancia de los sindicatos. Maeztu funda su bicameralismo en un postulado tan radical como la doble función social del individuo: la ciudadanía pasiva que necesita protección legal genérica y la ciudadanía activa que defiende intereses de su sector de actividad. Maeztu va, pues, más allá de las fuentes anglofrancesas reseñadas. Su bicameralismo corporativo, que retrotrae a principios de 1907 cuando apenas existía New Age, es paralelo al organicismo krausista; pero es dudoso que proceda directamente de él, porque Maeztu no perteneció al círculo institucionista y porque no he visto testimonios de que conociera la doctrina social de Giner. Cuando este murió, Maeztu le consagró un artículo apologético, no del pensador, sino del pedagogo:
    "Brasa encendida en el amor a la cultura y a la regeneración del país" y "político que, sin hacer oir su palabra en el Congreso de Diputados, era por sí solo todo un Consejo de Estado, a cuya inspiración acudían en horas de perplejidad todos o casi todos los primates políticos de todas las izquierdas españolas, y hasta algunos procedentes de las derechas".
    Este trabajo maeztuano no revela información alguna acerca de la concepción social krausista.

    "Verdad que la educación krausista y librepensadora es también impotente para crear hombres capaces de bastarse a sí mismos"
    Maeztu: El dinero frente a la Iglesia 1899.

    Tras su regreso a España, en 1919, comienza su desconfianza en la democracia liberal y va cuajando su evolución hacia el tradicionalismo católico, que se consumó durante la Dictadura de Primo de Rivera, a la que aceptó representar como embajador en Argentina (1928). Allí tuvo ocasión de tratar con Zacarías de Vizcarra, el introductor en 1926 de la idea de la «hispanidad» (que propuso como sustituto del término raza), que Maeztu asumió como propio y después abanderó. En esos años intensifica su defensa de los valores católicos y de las tradiciones hispánicas.


    Desde los días previos a la proclamación de la República colaboró en el movimiento y la revista Acción Española (que él propuso denominar Hispanidad), escribiendo también la presentación de la misma, que se publicó sin firma, y mereció el Premio Luca de Tena otorgado por el diario ABC. Desde el número 28 de la revista, Maeztu figuró formalmente como su director, y lo fue hasta el último número, el de junio de 1936.


    En esta última fase su pensamiento se intensifica su relación con el tronco de
    pensamientotradicionalista español (Donoso Cortés, Menéndez Pelayo, etc.), y mantiene afinidades con los teóricos del Integralismo Lusitano. Este ideario en pro de la civilización hispánica y católica, desarrollado en sus artículos en Acción Española , fue recogido en su libro Defensa de la Hispanidad , que se convirtió en su obra más influyente y en exponente de doctrina universalista. Terminó militando en Renovación Española, por la que fue diputado en las Cortes por Guipúzcua (1933-1935).

    "Mi solución, vieja ya en mi espíritu, es que el régimen bicameral debe consistir en una Cámara que represente a los hombres, y en otra que represente a las profesiones"
    J. Pla: Florilegio epistolar de Maeztu.

    Sus últimas palabrasfueron:

    "Vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé por lo que muero: ¡Para que vuestros hijos sean mejores que vosotros!"

    LA GLORIA DE DON RAMIRO DE MAEZTU


    En la madrugada del 29 de octubre de 1936, presentida con arraigada convicción por Maeztu en las confidencias a Víctor Pradera, en sus vaticinios públicos y más próximamente en aquel ademán que los compañeros de prisión, atentos hasta el movimiento de sus manos, conocían con el nombre de "la golondrina", con el sabor cercano del último rosario, en el silencio oscuro de la celda, solamente cortado por los bisbiseos de los que iban a morir, Maeztu oyó la llamada pavorosa de quienes notificaban una ejecución más sin juicio previo: "¡Ramiro de Maeztu!"

    El escritor, diplomático y viajero, buscador de España, acudió a la cita. Se oyó un tiro en el propio recinto de la cárcel de Ventas que dio pábulo a la versión de que Maeztu fue inmolado en el interior del recinto penitenciario. Otros relatos, por confidencias de los propios milicianos, señalaban a Aravaca como el lugar en que los ojos del mártir vascongado se cerraron para siempre, frente a las estrellas mortecinas de una noche de Castilla, tierra fecunda en dicotomías nobles, amiga de las verdades elementales y enemigo de las medias tintas: valle y alcor, castillo y espolón, catedral y ermita, cultura y aventura, cielo y tierra, vida y muerte.

    La última página de la vida de Maeztu tiene el valor de un testimonio auténtico de una verdad a la que persiguió siempre y vino a poseer íntegramente en los años crepusculares de su existencia. Vida parabólica en el sentido gráfico y moralizador de la expresión. Su evolución, hecha de alados tramos, no se quiebra desde su punto de partida. Era un hombre del noventa y ocho, que brotó a la escena pública en plena náusea del desastre. Pero en los peores momentos siempre sobrenadó en él un patriotismo directo y esencial y una afirmación de pertenencia a las filas "de los que rezamos el Padrenuestro".

    Quizá por eso Maeztu se movió siempre contra corriente. Veía a España, país de la Contrarreforma, como nación de la Contrarrevolución. Sus artículos en la Prensa de provincias los epigrafiaba "Contracorriente". Al frente de izquierdas le llamaba la "antipatria".

    Por eso sus tesis capitales fueron defensivas, trazando una trilogía dialéctica de temas y valores: "Defensa de la Hispanidad", "Defensa del Espíritu", "Defensa de la Monarquía" como ha destacado Marrero.

    La "Defensa de la Hispanidad" es el juicio crítico, no la apología del universalismo español, de un pueblo universo, es decir, vertido en uno, convertido; el único en el mundo que puede blasonar de haber demostrado la unidad física de la tierra con el viaje de Elcano y la unidad moral del género humano, en las frases de bronce de Diego Laínez, en el Concilio de Trento.

    La nonata "Defensa del Espíritu" es también algo típicamente español, una obra inacabada, una sinfonía incompleta, una flecha tirada en medio del camino que no llega al blanco, no por la generosidad del esfuerzo individual, sino por ambición de la empresa: una obra que requiere un continuador. Cuando en el frío de la madrugada caminaba don Ramiro hacia la muerte, que no evitaron ni la protección de uno de los pabellones diplomáticos más poderosos, ni el eco universal de la noticia de aquel colaborador de "La Prensa", para el que la prensa de ambos hemisferios no alzó ni una línea de protesta, se metió en la chaqueta, con premura y angustia instintivas, un rimero de abultadas cuartillas que contenían su "Defensa del espíritu".

    Y, por último, meditó una "Defensa de la Monarquía" que no llegó ni a alcanzar la virginidad de las cuartillas originales, sino la concepción de un proyecto mental.

    Si Maeztu hubiera vivido no es difícil adivinar la forma y el fondo de su último tratado defensivo, cuyo esbozo está en frases antológicas como éstas:

    "Lo que hizo Cánovas en 1875 fue asegurar el poder público a las oligarquías. Esto es lo que vino a ser lo que se llamó "continuar la Historia de España". Aquel régimen en que las oligarquías lo eran todo, no era en realidad la Monarquía, sino una oligarquía o república coronada".

    En 1935, enardecido como un niño ante los "motiles" que evocaba el centenario de Zumalacárregui, en contacto con los leales guipuzcoanos, Maeztu llegaba, por fin, a los umbrales del templo de la Tradición.

    El contacto con el viejo solar le inspiraba aquel lema de los caballeros españoles: "Servicio, jerarquía y hermandad", tan acorde con la doctrina jose-antoniana, y la revelación de que las palabras Dios, Patria y Rey fueron asociadas por primera vez por el verbo creador de un poeta. Y que el horizonte foral "simboliza al mismo tiempo nuestras viejas leyes vascongadas y el sentido funcional del derecho".

    Aplicó su tesis capital y ontológica "ser es defenderse" a la impugnación de la Monarquía constitucional, amarga pesadilla de su experiencia, y a la defensa de la verdadera Monarquía: "Dejar de defenderse es casi ya dejar de ser". "La Monarquía constitucional cayó porque no se defendió".

    Pero es que también servir es defender, y esta idea la hizo corolario de la fecunda tesis de las libertades concretas: "El espíritu monárquico se funda en el servicio y en la jerarquía. Ese espíritu no lo conocimos los españoles de los últimos reinados".

    El fallo de Maeztu es inapelable, después de tal diagnosis: Conocía los hechos y el ideal y emitió la sentencia. ¿Cómo puede extrañar que se le fuesen el intelecto y el corazón a la Monarquía verdadera, la tradicional, cuya esencia es no sólo el mando de uno, sino la relación de alteridad entre el Rey y el pueblo?

    Con estas convicciones, solitario, inerme, sin más compañía que la comunión de los atletas de España y de la Fe que morían en las checas y en los cercanos frentes, Maeztu se entregó a la cosecha de las balas de plomo fundidas en el crisol de las linotipias.

    Hoy hace veinticinco años dio con su muerte testimonio vivo de la verdad hispánica. Más vale nuestro esfuerzo de prosecución de lo que dejó inacabado que el propio perfume del recuerdo. Así será verdaderamente ejemplificadora la gloria de don Ramiro de Maeztu.

    Manuel de Bofarull y Romañá 1887-1974.


    Jurista distinguido, asumió el secretariado general de la Junta organizadora del homenaje a Vázquez de Mella, editora de las Obras completas, y prologó la antología Vázquez de Mella y la educación nacional, Madrid 1950.

    Bofarull defendió el "régimen representativo orgánico" en so obra Las Antiguas Cortes. El Moderno Parlamento. El Régimen Representativo orgánico. Madrid 1912. Esta obra se reimprimió en 1945 con prólogo del líder tradicionalista E. Bilbao y defiende:

    "la autarquía de los organismos naturales e históricos, pueblos, comarcas y regiones, y la autonimía de la sociedad organizada en clases y corporaciones libres"

    El modelo constitucional sería:

    "Una sola cámara, Cortes, en la que estén representados todos los intereses y manifestaciones de la actividad nacionales: el espiritual, moral y benéfico; el intelectual y de cultura; el económico y de producción; y el coactivo, distribuidos entre los brazos de las Cortes, aristocracia, clase media y estado llano. Y un Consejo Regional compuesto por delegados de las regiones que sean los que asesoren al Jefe del Estado y a las Cortes en cuanto afecta a las relaciones de las regiones con el Estado"

    siendo el prime doctrinario de "convicciones sincera y arraigadamente tradicionalistas" que reconoce al krausismo como fuente fundamental en esta materia:

    "a Ahrens se debe, en los modenos tiempos, el haber desarrollado antes que nadie la teoría representativa orgánica".
    CRUZADOS Y MÁRTIRES DE LA TRADICIÓN


    No es la lejanía del testimonio la que otorga la categoría de mártir, sino la esencia del testimonio. No es el medievo el período histórico para el que debemos reservar la palabra Cruzada. En nuestros días hemos sido espectadores de gestas sublimes por el imperio de la Cruz y hemos contemplado brillar las luces del martirio en España y fuera de ella.

    Ya hace sesenta y siete años que Carlos VII instituyó la fiesta de los Mártires de la Tradición, incorporada gracias a nuestro Caudillo a los fastos memorables de España.

    El Duque de Madrid, que luchó de veras en un frente sangriento, no podía olvidar el silbido de las balas, sirviendo de sinfonía al perfil agónico de sus leales: "¡Cuántos rostros marciales de hijos del pueblo, apagándose en la muerte con sublime estoicismo cristiano, llevo indeleblemente grabados en lo más hondo de mi pecho, sin que pueda poner un nombre sobre aquellas viriles figuras! ¡A cuántos he estrechado sobre mi corazón en su agonía!" Pensó, pues, en el documento institucional, tanto en los mártires conocidos como en los héroes anónimos.

    A lo largo de más de cien años los Mártires de la Tradición constituyen una enorme legión celeste. En la primera guerra abrieron marcha la sangre temprana de Manuel González, Ladrón de Cegama, Carnicer y el barón de Hervés, bien representativos de todas las regiones alzadas unánimemente, y Zumalacárregui, derramando su lealtad de genio militar al servicio de una gran causa, ganaba la laureada del martirio.

    En las dos guerras siguientes surge la esfinge impávida del Capitán General de Baleares, Jaime Ortega, y la vida cinematográfica de Nicolás Hierro, en la guerra solitaria de tres años, y con armisticio, de Castilla.

    En la última guerra civil —son cuatro y no tres — la página de la epopeya está reservada al General Ángel Villalaín.

    Fue en Villafranca del Cid. Dorregaray dirigía la batalla con un brazo en cabestrillo.

    El general castellano, que había aguantado un duelo personal a caballo con el general enemigo y recibido cuarenta y cinco heridas de lanza y de sable, siguió combatiendo a pie, al ser derribado su caballo de un balazo, hasta que él recibió a su vez otro que le perforó el cráneo.

    Pero lo más grande es que había preferido pasar el tiempo entre las dos guerras, de obrero minero en Córdoba antes que de general del Ejército adversario, como le correspondía por su graduación.

    Aquellos mártires tuvieron sus sucesores en las luchas callejeras del primer tercio del siglo XX — Vila, Gardeazábal, Justo San Miguel, Triana, Oreja, Valenciano— y en la Cruzada de 1936, acontecimiento que, según Pío XI, "era un esplendor de las virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmo y martirios, verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso sentido de la palabra".

    Toda España fue en la Cruzada un lago de sangre de mártires. Y al lado de sus heroicos compañeros falangistas, soldados y españoles sanos de frente o cautiverio, los hombres de la Tradición supieron proseguir su trayectoria de testigos de la fe religiosa e hispánica: Antonio Molle, hecho pedazos a medida que gritaba ¡Viva Cristo Reyl, en Andalucía; Bulnes, caballero andante de la Castilla universitaria; Ramón Sales, en que el martirio físico fue horrible, como correspondía al Fundador de los Sindicatos Libres... O aquel requeté de Belchite, que escribió su nombre con un muñón sangriento entre las ruinas humeantes, como un fedatario que quiso desmentir anticipadamente tantas deformaciones literarias de nuestra verdad.

    No nos ruboricemos cuando haya que llamar a las cosas por su nombre. "Cruzados de la Causa" fueron para Valle Inclán los primeros héroes de la Tradición. Mártires, para la mayor autoridad espiritual humana cuantos confesaron a Cristo en la última Cruzada.

    Todos los pueblos sanos lo entienden así. Aun en guerras de signo menos religioso que la nuestra.

    En el cementerio de Arlington existe un impresionante mausoleo con un gigantesco soldado desconocido de piedra. Pero siempre hay también un soldado vivo dispuesto a defender la memoria de su antecesor en vigilia tensa.

    Se lea al cardenal Mercier, a la muchacha inglesa Caryl Houselander o al norteamericano padre Reymond, la guerra es una página de Cruzada cuando se defienden principios espirituales básicos a través de cualquier interpretación nacional.

    Mártires, sí. Cruzada, sí. En toda la extensión de la Península y en toda la extensión de la palabra. Por la sangre de todos los Caídos por Dios y por España.

    MARCELINO OREJA ELOSEGUI O LA ACCIÓN SOCIAL

    Una de las banderas más enhiestas del Carlismo ha sido la de la Justicia Social. Antes que ninguna otra fuerza política la tradicionalista se impregnó de sus tres ingredientes básicos, religioso, nacional y social, no sólo a través de los precursores de la Encíclica "Rerum Novarum", Balmes, Aparisi y Mella, y de los sistemáticos estudios de Roca y Ponsa, Bolaños, Corbató o Severino Aznar, sino en las durísimas luchas sociales contra los cenetistas y los "jóvenes bárbaros", y en las horas críticas del Sindicato libre, fundado por Ramón Sales.

    En ningún momento de su historia postergó el carlismo los postulados y las instituciones sindicales y gremiales. Ya Aparisi había dicho, repitámoslo: "La cuestión carlista es más que una cuestión española, una cuestión europea. Es mucho más que una cuestión política; es una cuestión social y religiosa."

    Hijuelas del Carlismo fueron muchos Círculos Católicos de Obreros, como el de Burgos, que se fundó en 1883, según el excepcional testimonio del Padre Marín, por los voluntarios de la última guerra. Uno de ellos, José Miguel Olivan, a quien hemos conocido personalmente, octogenario y todo, conoció el 18 de julio y tuvo arrestos para arengar a los requetés castellanos en aquella mañana luminosa.

    La Encíclica "Rerum Novarum" fue incorporada al Acta de Loredán, promulgada en este palacio de Venecia en 1897. Y de un lado Mella, y de otro, el Padre Corbató, sistematizaron a últimos de siglo, impecablemente, toda la doctrina social tradicionalista, en sus teorías y en sus estructuras gremiales, sindicales y de seguridad laboral.

    En el período trágico de las luchas sociales del mundo obrero catalán, los Sindicatos libres fundados en el Círculo Central Tradicionalista, de Barcelona, se opusieron mediante su programa sindical en la esfera laboral y con la "última ratio" de las pistolas en las calles, a los cenetistas y lerrouxistas. Y al dar Primo de Rivera su golpe de Estado, los únicos que se encontraron al lado del Ejército en las Ramblas, fueron los jaimistas del Sindicato libre.

    Al reencontrarse las corrientes nacionales europeas con las estructuras corporativas, Severino Aznar, que ya venía trazando la arquitectura social-carlista en "El Correo Español" desde 1909, escribió "El estado corporativo al que hoy vuelven los ojos los estados modernos, no es sino un fragmento del viejo programa carlista."

    Por fin, advino la república como una sucesora legítima de la antisocial monarquía restaurada en Sagunto. Y pronto hará veintiocho años, en aquel octubre rojo de 1934, la revolución marxista-separatista alcanzó una extrema gravedad en el norte de España. Como una previsión a la movilización de requetés en toda España en favor del orden social, los revolucionarios mataron al párroco de Nava en Asturias, don José Mora; a don César Gómez en Turón; al veterano comandante carlista don Emiliano Valenciano en Olloniego; a don Carlos Larrañaga, ex alcalde de Azpeitia, en Eibar... Lo menos que se merecen, por su sacrificio, son unas líneas de recuerdo, que queremos personificar en la figura de otro mártir insigne, el diputado carlista don Marcelino Oreja Elósegui, asesinado en Mondragón.

    Marcelino Oreja Elósegui es el protomártir de la Cruzada por la fecha de su muerte y por su significación. Fue testigo de la fe, de la acción política y de la acción social.

    Había nacido en Ibarralengua (Vizcaya) en 2 de abril de 1894; de familia de médicos vizcaínos, adscrita fervorosamente a la causa carlista desde la primera guerra civil. Especialista en cuestiones económicas y sociales, hombre emprendedor, al terminar su brillante carrera de ingeniero de Caminos fue enviado a Estados Unidos para ampliar su preparación técnica, laboral y económica que tan cumplidamente demostró, a su regreso a España, en la "Vidriera" de Lamiaco.

    Cuando en la "Unión Cerrajera" de Mondragón, en la sima de la curva de la depresión económica de la República se necesitó un capitán de empresa, fue llamado a su presidencia Marcelino Oreja. Pronto experimentó la factoría un movimiento ascensional reflejado no sólo en el incremento de su potencia económica sino en las relaciones humanas y en la seguridad social de sus productores. Anticipándose a la legislación de seguros sociales en la esfera psicotécnica social, Marcelino Oreja supo transformar en empresa modelo la gran unidad fabril vascongada.

    En el terreno de la política activa, que no descuidó aquel gran trabajador, luchó en las Cortes al lado de tantos tradicionalistas insignes —por no citar más que a los mártires, mencionamos sólo a Pradera, Beúnza y Gómez Rojí, representativos del país vasco, Navarra y Burgos— y su labor parlamentaria estuvo centrada en la defensa, desde las Constituyentes, de un sano regionalismo nacional y foral y de la unidad católica de España.

    La revolución rojoseparatista de octubre le señaló como su enemigo número uno en el Norte, al marcarle con el frío sello de la muerte. Desde la redacción de "El Pensamiento Alavés" de Vitoria, marchó sin miedo a encontrarla, a Mondragón, al percibir los primeros soplos de agitación. Y en la mañana otoñal, del 5 de octubre de 1934 cuando la mejor ilusión viril, la próxima llegada de un hijo, le inundaba el pecho, cayó en manos de los piquetes tenebrosos, verdaderos vestigios de aquella aurora roja, después de haber esperado, sin otra arma que la del Rosario, ni otra compañía que la de su virtuosa mujer, doña Pureza Aguirre, las decisiones del comité "popular".

    Entre blasfemias y malos tratos, fue sacado fuera del recinto fabril, como si éste no quisiera mancharse con la sangre del primero de sus trabajadores, el presidente del Consejo. Y en el verde esmeralda de la campiña vascongada, quedó inerte por los disparos de unas balas "dum dum" el cuerpo del mártir de la acción social tradicionalista.

    Dos años después, las pisadas familiares de los requetés vascos, navarros y castellanos, hollaban blandamente aquellas evocadoras tierras, y revivíamos en nosotros ancestrales emociones de estirpe: El Alto de la Descarga, donde triunfó una vez más Zu-malacárregui, encima de Anzuola; Vergara, la villa en que el mismo Cristo de Montañés fue testigo del "Convenio" de Maroto y de su destrucción por Lizárraga en la guerra civil siguiente; las cercanías de Ermua, en cuyas trincheras nos detuvimos, y Mondragón, en que el cañón hispano atronaba en salvas mortíferas en honor de aquellos santos lugares donde había sido martirizado Oreja, mientras los cantares de los Tercios, al atardecer, ponían himnos de gloria a las rúbricas de sangre generosa: "¡Qué importa que el cuerpo muera, si el alma vivirá en la eternidad!".

    También fue buena necrología del diputado carlista Oreja, la que hizo José Antonio Primero de Rivera, único representante de una minoría hermana, en su discurso de 9 de noviembre de 1934, en el Congreso, calificando su vida de ejemplar y su tarea de inacabable y su ideal carlista, de "un ideal de los más hondos, de los más completos y de los más difíciles".

    ¡Réquiem por el diputado mártir y epifanía de sus ideales!
    ReynoDeGranada y Trifón dieron el Víctor.

    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

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