Epoca de la conquista musulmana
El Islam. La ciencia islámica y la universalidad de la terminología científica árabe-española. La lengua árabe, lengua española. Voces árabes en el español: relativas a la guerra, a las organizaciones administrativas o jurídicas, a la vida comercial, industrial, artística (música y arquitectura) y agrícola. Los moriscos y los arabismos del español. Valor poético de los arabismos. Los nombres geográficos de origen árabe, relativos: al terreno; al hombre; a la vida religiosa; a la vida comercial e industrial; a las construcciones. Límites de la toponimia hispano-árabe. Onomástica. Influencias árabes en la fonética y morfología del español.
Proviene de aquí: Hª lengua española 4: Epoca visigótica
En 711, el Islam pasó a la Península y fueron desde no mucho después los musulmanes españoles quienes enseñaron a Europa la medicina, la alquimia, el álgebra, la filosofía, la música; en una palabra, la ciencia griega, que el viejo continente apenas conocía ya, tras la invasión de los bárbaros.
La lengua española revela en pequeños detalles esa trayectoria histórica de la civilización: España recibió y difundió luego términos técnicos que hoy, a pesar de la intensa modernización de la terminología científica son todavía internacionales; por ejemplo, álcali, alquimia, alambique, alcohol, elixir, relativos todos a la química; zenit, aldebarán, a la astronomía; álgebra, algoritmo, cero, cifra, guarismo (voz derivada del nombre del gran matemático árabe al-Jawarizmí), términos pertenecientes a las matemáticas.
Las letras latinas usadas hasta entonces como signos numéricos (I, II, III, IV...) dejaron de emplearse, para adoptar las cifras arábigas (1,2,3,4,5...), así llamadas, aunque de origen indio, las cuales salieron de España en la Edad Media para hacerse universales. Se atribuye, desde antiguo, a Gerberto –papa Silvestre II- (945-1003), que estuvo en contacto con los musulmanes españoles, la difusión de las cifras arábigas.
Este nuevo pueblo invasor ocupó en un principio casi toda la Península, excepto su zona norte y en especial la zona del Cantábrico. Una nueva fisonomía lingüistica adquirió España desde aquel momento. Los conquistadores hablaban el árabe, lengua semítica como el hebreo o el arameo, lengua de N.S. Jesucristo. Y española fue desde entonces la lengua de los árabes, lo mismo que fueron españolas las sucesivas generaciones musulmanas que en nuestra Península vivieron.
Un gramático anónimo del siglo XVI, como española la consideraba, cuando al tratar de las hablas peninsulares decía que eran cuatro: “la primera, la de Vizcaya y Navarra; después la arábiga, la cual tiene el lugar segundo, no sólo por su antigua y noble descendencia, como también por haber escrito en ella muchos españoles, bien y agudamente”; la tercera, la catalana, y por último, la “lengua vulgar española”, así llamada “porque se habla y entiende en toda España” (Prólogo de la “Gramática de la lengua vulgar de España”, Lovaina, 1559).
En el año 1559, en que estas frases se escribían, el árabe se hablaba todavía, según el gramático aludido, en el antiguo reino de Granada, en parte de Andalucía, de Valencia y de Aragón.
En los primeros siglos de la dominación, el árabe mantuvo su hegemonía lingüistica en España. Una lengua nueva y un mundo nuevo en sus costumbres, en su organización, en su vida, daban a España un aspecto novísimo: las cosas que traían los invasores eran nunca vistas, y además, a las antiguas dábanles nombres ignorados por los cristianos.
La táctica militar que empleaban era distinta de la nuestra: tenían adalides, alféreces, alcaides; llevaban adargas, alfanjes, acicates, aljabas; montaban a la jineta; daban rebatos, hacían algaras y alardes.
Distintas eran también sus organizaciones administrativas o jurídicas, en las que figuraba el alcalde, almojarife, almotacén, zabalmedina, albacea, alguacil...
Muy diversa era su vida comercial, que se hacía en almonedas, almacenes, alhóndigas; estableciéndose aduanas; imponiéndose tarifas, aranceles, alcabalas, garramas, alfardas, azofras y albaquías.
No menos nuevas eran para los cristianos las tareas de la vida industrial musulmana, sobre todo en lo relativo a vestidos: albornoz, alquicel, aljuba, chupa, zaragüelles; a tejidos: alfombra, alcatifa, almohada; a productos de droguería: albayalde, talco, alcanfor, solimán; a metalistería: zafra, alcuza, acetre; a carpintería: tarima, taracea; a joyería: alhaja, abalorio, ajorca, alhaite, alcorcí etc.
Nuevas eran sus artes, aunque reducidas tan sólo a la Música y Arquitectura. Recordemos de la primera los instrumentos, como el adufe, rabel, laúd, ajabeba, añafil, albogue, tambor, y de la segunda los términos propios de la técnica de los alarifes y albañiles, como ajimez, alféizar, alcoba, zaguán* (ver: Leng. Esp. 4), algorfa, azotea, tabique, acitara...
En la vida agrícola se perfeccionaban antiguos sistemas de riego y se renovaban o introducían nuevos cultivos. Y así, se abrían acequias, aljibes, arcaduces, zanjas; se construían albercas y azudes; se levantaban aceñas y norias; se sembraba alfalfa, arroz, azafrán, berenjena, sandía, algarroba, alubia; cogían la aceituna, albérchigo, acerola...
Muy poco aprovechaban la bellota y apenas cultivaban la vid. (A pesar de lo cual, alguna voz árabe ha penetrado también en el español para designar cosas relacionadas con el vino: recordemos la voz castellana alcadafe, de origen árabe, significando: “lebrillo que los taberneros ponen debajo del grifo de las botas, para que, al medir el vino, caiga el derrame en él”.
Pero más extraño es todavía que se hayan introducido arabismos para designar cosas de la Iglesia, como sucede con acetre, “caldero pequeño en que se lleva el agua bendita para hacer las aspersiones de que usa la Iglesia”. Especial importancia tenía también la vida pastoril; recordemos rabadán, gañán, zagal, res, azaque...
(Las voces árabes del español fueron estudiadas por Engelmann en un trabajo ampliado por Dozy, bajo el título de “Glosaire des mots espagnols et portugais dérivés de l’arabe”, Leyden, 1869. Este estudio no consiguió superarlo L. Eguilaz con su “Glosario etimológico de las palabras españolas... de origen oriental”, Granada, 1886. A las actuales exigencias de la Filología moderna responde ya la obra de A. Steiger, “Contribución a la fonética del hispano-árabe y de los arabismos en el ibero-románico y el siciliano, Madrid 1932. Anejo XVII de la RFE).
Palabras árabes como las anteriores son las que, a puro de repetirlas moros y cristianos, iban a pasar desee entonces al romance de la Península, para adquirir la forma española que ahora tienen.
Con el transcurso de los siglos, esta influencia del árabe llegó a ser tan grande, que los mismos moriscos la advertían distinguiendo perfectamente las innumerables voces castellanas de origen arábigo: así, un morisco de la época de Felipe II decía a los cristianos viejos que le instigaban a que hablase en romance: “¿Por qué queréis que dejemos la lengua árabe? ¿Por ventura es mala? Y si es mala, ¿por qué la hablan los castellanos mezclada en su lengua?” (Viziana, Libro de alabanças de las lenguas hebrea, griega, latina, castellana y valenciana, Valencia, 1574).
De esos arabismos del español, muchos han caído en desuso, otros perduran sólo en determinadas regiones (sobre todo en Andalucía y Aragón), y no pocos, en fin, han adquirido un elevado rango en el lenguaje artístico, como vocablos sonoros y suntuosos, usados preferentemente por los poetas. Y así, valor poético tienen hoy alcázar, aljófar, alfanje, alquicel, alcándara, adelfa, arrayán, azahar, alféizar, o algunas voces con el sufijo árabe –í: aceituní, bengalí, etc.
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