"ELOGIO Y DEFENSA DE LA VOCACIÓN MILITAR"
Discurso pronunciado por D. Blas Piñar, en la Academia General Militar de Zaragoza, ante el profesorado y caballeros cadetes de la misma, y de las Academias especiales del Ejército de Tierra y de la Guardia Civil, el 17 de Junio de 1966.
I.Introducción
Mi teniente General, General Director, Generales, Jefes, Oficiales, Caballeros cadetes, señoras, señores, amigos:
Uno de vuestros clásicos, Francisco Villamartín, en sus "Nociones de arte militar", dice que la oratoria castrense: “ha de ser clara, lacónica, vehemente desde la primera palabra. En ella, añade, se debe usar el idioma de las pasiones, no el de la fría razón; se debe conmover, no aspirar a convencer; ser más poeta que filósofo, pero con metáforas brillantes, que despierten el orgullo, el amor patrio y la sed de gloria".
Pero este no es un acto en el que yo tenga que seguir con precisión las líneas trazadas por Villamartín cuando definía la oratoria castrense, porque mi discurso de esta tarde no es, ni puede ser, una arenga militar, puesto que yo soy un hombre civil, que viene a pronunciar un discurso civil sobre un tema militar, ante la juventud militar española.
Y que conste que he tenido ante mis ojos las antologías, que se os ofrecen como ejemplo y estimulante a vuestra imaginación y a vuestra palabra; que conste que no han dejado de seducirme, de entusiasmarme para acudir hasta vosotros, frases lapidarias y párrafos vehementes cargados de elocuencia como los de:
- Larroche Jaquelin a sus vandeanos: "Si avanzo seguidme; si retrocedo matadme; si muero, vengadme".
- Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán, a sus soldados, al contemplar en Ceriñola la voladura del polvorín: “¡Animo, muchachos, esas son las luminarias de la victoria!”
- El Alcalde de Móstoles: "La Patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa: españoles, acudid a salvarla".
- El Duque de Wellington, después de la batalla de San Marcial durante la guerra de la Independencia, el 13 de agosto de 1833: "Guerreros del mundo civilizado: aprended a serlo del cuarto ejército español que tengo la dicha de mandar. Cada soldado de él merece con más justo motivo que yo el bastón que empuño; el terror, la arrogancia, la serenidad y la muerte misma, de todo disponen a su arbitrio. Franceses: huid, pues, o pedid que os dictemos leyes, porque el cuarto ejército español va detrás de vosotros y de vuestros caudillos, a enseñarles, a ser soldados".
- Zumalacárregui, el 27 de diciembre de 1833: "¡Navarros!: hoy es preciso que reverdezcan los laureles que en tantas victorias habéis recogido. Vale más no existir, que existir llevando en la frente el baldón de la cobardía. Todos los navarros han preferido la muerte a la ignominia. Nuestra Patria, madre de tantos valientes, espera la libertad de vuestras bayonetas".
- Prim, al regimiento de Córdoba, en la batalla de los Castillejos, el 1 de enero de 1860: "¡Soldados!: vosotros podéis abandonar esas mochilas, porque son vuestras; pero no podéis abandonar esta bandera, porque es de la Patria; yo voy a meterme con ella en las filas enemigas. ¿Permitiréis que el estandarte de España caiga en poder de los moros? ¿Dejareis morir sólo a vuestro General? ¡Soldados! ¡Viva la Reina!
Os repito que mi discurso no será un discurso militar, sino un discurso civil, Pero será el discurso de un hombre civil que esta empapado desde su nacimiento, como os decía el General Iniesta, del perfume castrense. Este será, pues, un discurso apasionadamente civil para una juventud apasionadamente militar, de un hombre civil, enamorado de España, a una juventud que se ha entregado de por vida a su servicio…
[…]
No espere nadie, un discurso frío sobre la vocación militar, ni un discurso abstracto, que enfoque el tema por las nubes o que se halle distanciado de la circunstancia universal y española que vivimos. Será un discurso, quiere ser un discurso encendido, enamorado, caliente, hispánico, que hundirá sus garras en los problemas vivos de la hora, que tratará de ser prudente, pero que no escamoteará nada, ni envolverá en humo y en palabras dulzonas lo que conviene que alguien diga con altivez y claridad, con respeto y con valentía, con patriotismo y con amor.
Yo quiero ser uno de esos españoles entrevistos por Anzoátegui, el gran argentino, un español que sabe que "España vive militarmente en sus cuarteles... y su vida es una milicia"; yo quiero ser un español de la "España eternamente niña y moribunda, que dice y hace las cosas maravillosas que sólo saben decir y hacer los moribundos y los niños". Yo quiero ser un español de la España de Santa Teresa que, en el momento de la muerte, llama al cura para confesar sus pecados y dar consejos a su confesor. De la España de Don Quijote, que llama al cura para confesar sus sueños y deja a su confesor enloquecido de sueños. Yo quiero ser un español de aquellos que saben que en la hora difícil y confusa, la prudencia es una virtud demasiado desacreditada por los hombres prudentes, y que prefiere el heroísmo de la imprudencia... incluso de la imprudencia en el pecado, a la imprudencia en la virtud, porque sabe que Dios perdona todos los pecados cuando el pecador se porta como un héroe y se arrepiente, como un miserable, que son las dos formas más altas del heroísmo.
Este será, pues, un discurso civil, de un español de nuestro tiempo, sobre la vocación militar, de un español como decía Unamuno: "de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio", o como quería Rubén Darío, el nicaragüense mestizo de español e indio chorotega, y "bardo de la Hispanidad:
"Yo siempre fui por alma y por cabeza
español de conciencia, obra y deseo,
y yo nada concibo y nada veo
sino español por mi naturaleza.
Con la España que acaba y la que empieza
canto y auguro, profetizo y creo..." (Grandes aplausos).
II.Guerras justas y guerras injustas
Hablaros de la vocación militar y hacer el elogio y defensa de la misma, supone el planteamiento inicial de la licitud del Ejército y de la guerra. Si el Ejército es, con frase del General Kindelán, aquella parte de la colectividad nacional que cada Estado prepara y equipa para hacer la guerra, está claro que el Ejército y la vocación militar se ordenan a la acción bélica. Por tanto, para saber si el Ejército debe o no mantenerse y si es o no lícita la vocación militar, debemos, antes que nada, verter nuestra atención sobre el tema de la guerra justa. No se trata ya de saber si la guerra es ciencia, como estrategia, y arte, como táctica, sino de saber si cabe o no en el momento actual la guerra justa como "última ratio" en las querellas entre naciones.
La guerra, decía nuestro Rey Sabio (Partida II, Titulo 23, Ley I) es un "extrañamiento de paz, o movimiento de las cosas quedas, o destruimiento de las compuestas". Por su parte, Saavedra Fajardo en su libro "Idea de un príncipe político cristiano", tomo II, Empresa 74, afirmaba que "Dios no crio (al hombre) para la guerra sino para la paz; no para el furor sino para la mansedumbre; no para la injuria sino para la beneficencia; y así nació desnudo, sin, armas con que herir, ni piel dura con que defenderse".
Pero, a pesar de todo, la guerra es un hecho, una realidad histórica, fruto del pecado de la estirpe y mezcla de Luzbel el soberbio y tentador y de Caín el envidioso y homicida. Para la doctrina tradicional, la guerra se consideraba admisible cuando para ella concurría justa causa,
Así, Alfonso el Sabio decía que: "es un príncipe justo el que guerrea por mantener su Estado o conseguir justicia del usurpador".
El Padre Vitoria aseguraba que era “justa la guerra en defensa de legítimos intereses o en demanda de satisfacción por injurias graves".
Suárez, en "De iure belli", añadía que "la República no puede estar segura, si con el temor no se tiene a raya al enemigo".
Baltasar de Ayala insistía en que “tratándose de guerra defensiva, cualquier pueblo tiene derecho a organizarla y a defenderse, porque defenderse es de Derecho natural".
Juan Ginés de Sepúlveda, en su "Democrates", XVIII, argumentaba que "la guerra no es contra la ley divina cuando se hace por causa justa, pues (Dios) quiere que se respete el orden de la vida y nada hay más justo ni que más quiera la naturaleza que defender la vida y la libertad. El deseo de hacer daño, el ánimo implacable, la ambición de mandar... esto es lo que -con razón- se maldice en las guerras. (Pero), precisamente, para castigar con justicia estas cosas se emprenden las guerras por los hombres buenos. Y por la misma razón que fue lícito a Abraham, que se regía por la ley natural, y a los judíos, que habían recibido el Decálogo, hacer la guerra, es lícito hacerla a los cristianos”. Buscar la paz es propio de la voluntad y la guerra debe ser sólo por necesidad. Ha de haber, pues, justa causa.
Saavedra Fajardo, en la obra citada, completando su pensamiento escribía: "Pero porque en muchos hombres, no menos fieros e intratables que los animales, es más poderosa la voluntad y ambición que la razón, y quieren sin justa causa oprimir y dominar a los demás, fue necesaria la guerra para la defensa natural, porque habiendo dos modos de tratar los agravios, uno por tela de juicio, el cual es propio de los hombres, y otro por la fuerza, que es común a los animales; si no se puede usar de aquél, es menester usar de éste cuando interviene causa justa"; por lo que "no es menos gloria del príncipe mantener con la espada la paz que vencer en la guerra (aunque esta) ha de nacer de la prudencia y no de la bizarría de ánimo".
Nuestros grandes escritores han participado de la misma opinión, y así: Cervantes, en Don Quijote", II, XXVII, dice "que los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas: “por defender la fe católica; por defender su vida o su patria; por defender su honra, familia o hacienda; y en servicio de su rey, en la guerra justa".
Y Villamartín explica que "no se debe apelar a la fuerza sino después de haber apelado a todos los medios persuasivos; que llegado este caso no se deben romper las hostilidades sin que proceda declaración de guerra; que rotas las hostilidades no se deben hacer más daños que los precisos para conseguir el resultado; y que la santidad de las promesas, el respeto a los tratados, convenios o pactos, la humanidad y la nobleza de sentimientos han de guiar siempre a los Ejércitos beligerantes".
Nuestros reyes participaron de esta preocupación por la guerra justa, y sabido es como Felipe II, no obstante el asenso de los teólogos y los juristas, se detuvo ante las fronteras de Portugal en demanda de un nuevo asesoramiento.
¿Ha variado la doctrina que recibimos? ¿Puede considerarse derogada la opinión de nuestros clásicos? Para el Cardenal Alfrink, en un discurso al Movimiento "Pax Christi", tal derogación se ha producido, hasta tal punto de que en su alocución pudo decir con toda solemnidad: "ya no hay guerras justas".
Ahora bien; si ya no hay guerras justas, lo que procede, en buena lógica, es licenciar los Ejércitos, cerrar los centros de reclutamiento y movilización y las escuelas donde se forman los cuadros de oficiales y disolver el Vicariato General castrense. Esta doctrina, sin embargo, no es acertada, y ni siquiera coincide con la que la Iglesia ha promulgado como propia en los documentos del Concilio que acaba de clausurarse.
Es verdad que, como los padres conciliares dicen, en la Constitución "Gaudium et Spes", “las nuevas armas nos obligan a examinar con una mentalidad nueva todo el problema de la guerra"; pero lo que no es cierto es que de tal examen la Iglesia, cuya opinión tiene tanta importancia para nosotros, país con unidad católica desde los tiempos de Recaredo, haya sacado las conclusiones defendidas por el Cardenal Alfrink. No cabe, desde luego, escabullir el bulto y negar que la guerra, como palabra, esconde algo muy distinto de aquello que encerraban -en realidad- las antiguas conflagraciones bélicas.
En los siglos XVI y XVII nadie mostraba interés en aniquilar al enemigo. Las guerras tenían entonces unos objetivos limitados. La guerra no era más que una continuación drástica de las negociaciones diplomáticas y el ciudadano nada tenía que ver con la lucha. Talleyrand resumía así la relación entre las naciones, en carta a Napoleón: "la esencia del derecho de gentes radica en que durante el tiempo de paz los pueblos se hagan mutuamente el máximo bien, y en tiempo de guerra, el menor mal posible".
Este concepto clásico de la guerra quedó modificado por la Revolución francesa y su “bagaje ideológico”. Ya no se trataba de cuerpos expedicionarios, sino de la nación en armas. El Ejército dejará de ser un voluntariado que se enrola por espíritu de aventura o de codicia, para convertirse en la sociedad civil ataviada de uniforme. Las órdenes religioso-militares, creadas para templar las crueldades de la guerra, desaparecen como unidades tácticas. Al impulso guerrero sustituye la propaganda, el lavado de cerebro, la impregnación ideológica y el odio al enemigo. De ahora en adelante, la noción, hasta subconsciente, de la Cristiandad, que exigía a los combatientes y a las naciones tratarse aún en la guerra como hermanos, desaparece por completo. No veremos, desde entonces, ninguna paz razonable. La responsabilidad de la derrota será colectiva. Las matanzas generales nos llenarán de estupor y de asombro, desde las fosas de Katyn, a los horrores de Dresde o Hiroshima.
El príncipe Otto de Habsburgo, en una conferencia que pronunció en la Universidad de la Magdalena, de Santander, en el verano de 1954 sobre "El Ejército en el Estado moderno", aludió a esta realidad triste, aclarando que tales horrores no son imputables solamente a las armas nuevas, sino al espíritu con que se manejaron, a la propaganda que presentó a los enemigos no como a hombres, sino como a una masa de criminales de guerra de los cuales había que purgar al mundo. Todo esto es verdad. La guerra de encajes y de expediciones armadas, de juego táctico y estratégico, se ha convertido en una destrucción total y masiva. El presidente Kennedy, al contemplar sus consecuencias, nos legó esta frase: “o la humanidad acaba con la guerra o la guerra acaba con la humanidad”.
Pero aun así, mientras haya valores que son más fundamentales que el hombre por sí mismo, mientras consideremos al hombre como algo más que un “robot” o un esclavo, mientras la libertad y la dignidad de los hijos de Dios esté por encima de la paz y de la vida, mientras no haya un desarme total y una fuerza que lo garantice, los pueblos no pueden evitar que otros les impongan la guerra, y tienen el derecho y el deber de defenderse de la guerra misma, preparándose para ella y luchando contra aquellos que se la imponen.
Hasta ahora, todos los esfuerzos han fracasado, los de la Sociedad de Naciones, y los de la O.N.U. Incluso, entre nosotros, cuando en 1931 renunciábamos constitucionalmente a la guerra como medio de política internacional, nos vimos envueltos en una guerra interior en la que fue librado el primer combate ideológico que hoy se perfila a escala universal en todas las naciones del mundo.
III.Falso pacifismo
No nos engañamos. El profeta Isaías dejó escrito que en la mancha del pecado está la raíz de la guerra en el hombre y entre los hombres, y la Constitución "Gaudium et Spes", en idéntica línea de pensamiento, concluye: "en cuanto los hombres son pecadores les amenaza el peligro de la guerra y les seguirá amenazando hasta la venida de Cristo". De aquí que, como el texto conciliar dice "mientras persista el peligro de guerra y falte una autoridad internacional competente dotada de fuerza bastante, no se podrá negar a los gobiernos el que, agotadas todas las formas posibles de tratos pacíficos, recurran al derecho de legítima defensa. A los gobernantes y a todos cuantos participan en la responsabilidad de un Estado, incumbe por ello el deber de proteger la vida de los pueblos puestos a su cuidado".
La Iglesia sigue, por lo tanto, fiel a su pensamiento tradicional, expuesto de manera clarísima por Pío XII: "la guerra de agresión es pecado, y frente a la misma, los pueblos amantes de la paz, los que entienden la paz como un precepto divino, para la salvaguarda y protección de la verdad y de la justicia y no como un signo de debilidad o de cansada resignación, deben reaccionar con energía viril, abandonando toda indiferencia pasiva y disponiendo sus fuerzas para luchar y defenderse. Frente a la agresión reticente y sorda de lo que ha venido en llamarse guerra fría -que la moral absolutamente condena- el atacado o los atacados pacíficos tienen no sólo el derecho sino el sagrado deber de rechazarla, porque ningún Estado puede aceptar tranquilamente la ruina económica o la esclavitud política."
Por su parte Pablo VI, en su discurso a la O.N.U. de 4 de octubre de 1965, afirmo: "Si queréis ser hermanos dejad caer las armas. Sin embargo, mientras el hombre sea el ser débil y cambiante e incluso a menudo peligroso, las armas defensivas serán desgraciadamente necesarias". Y en 21 de abril de 1965, especificaba: "el centurión demuestra que no hay incompatibilidad entre la rígida disciplina del soldado y la disciplina de la fe, entre el ideal del soldado y el ideal del creyente".
La condenación de la guerra total y de exterminio, el deseo de que la humanidad se libere de la guerra, no implican, pues, la condenación de la guerra justa, ni mucho menos identificarla con el mantenimiento de la injusticia. La paz, con palabras pontificias, no es la coexistencia en el temor, ni el resultado de un equilibrio armónico de las fuerzas externas. No es tampoco una cuestión de naturaleza técnica, de prosperidad material o de aumento constante de la producción, del trabajo o del nivel de vida. La paz es ante todo una condición del espíritu, un problema de unidad espiritual y de disposiciones morales, a cuyo amparo se modela y permanece la tranquila convivencia en el orden, de que nos hablan Agustín y Tomás, la seguridad en el futuro de que hablaba Pío XII, el don de Dios de que habla Pablo VI en "Mense Maio”.
"Pax vobis". "Da nobis pacem in diebus nostris et in terra pax hominibus bonae voluntatis". “Mi paz os dejo, mi Paz os doy; pero no como la da el mundo”. Pero el "Shalom" hebreo supone la violencia para mantener la paz, porque "opus iustitiae pax". Por eso el soldado ha de regirse por la ley divina; por eso la Biblia habla del "Dios de los Ejércitos", como enseñaba "De Maistre" en sus "Veladas de San Petersburgo". Fulton Sheen, Obispo auxiliar de New York, ha dicho que en el mundo sólo sobreviven las ideas por las que hay hombres y mujeres que están dispuestos a morir. Pues bien, en esta hora de ismo sin límites, a la voz de los manifestantes de Inglaterra que gritaban “antes rojos que muertos”, nosotros queremos oponer la nuestra, bien distinta, naturalmente de "antes muertos que rojos". (Aplausos)
Algún caso ha habido y en fecha no lejana -se cumplirán en octubre los diez años- de una causa justa para la guerra. Me estoy refiriendo al caso de Hungría. En aquella oportunidad, Pío XII, dirigiéndose a la humanidad toda, se expresó así: “cuando en un pueblo se violan los derechos humanos y armas extranjeras con hierro y con sangre abrogan el honor y la libertad, entonces la sangre vertida clama venganza, entonces con frases de Isaías: “¡ay de ti devastador!, ¡ay de ti saqueador que confías en la muchedumbre de los carros, porque el Señor se levanta contra aquellos que obran la iniquidad!”. El doctor Pla y Deniel, entre nosotros, añadió: "No intervenir en ayuda de Hungría y de los pueblos que sufren, dejar sin socorro a las víctimas inocentes es hoy una falta grave contra la justicia y la caridad".
Si no fuera así, si no hubieran existido ni pudieran existir guerras justas, tendríamos que apear de los altares a los santos guerreros, detener el proceso de beatificación del "Ángel del Alcázar", que con su "tirad sin odio" nos brindó el ejemplo máximo de la ética castrense para el militar cristiano, y borrar aquella página del capítulo II de la Epístola a los Hebreos, en que se lee: “por la fe los santos han conquistado reinos, demostrado valentía en la guerra y puesto en fuga a los ejércitos enemigos”.
Basta, pues, de falso pacifismo y hagamos una distinción neta entre los pacificadores y los pacifistas, los justos que aman la paz y la procuran, y los pacifistas a ultranza, que procuran mantener el orden o imponer un orden determinado, sin importarles la justicia.
En esta línea de pensamiento es preciso decir que “no” al llamado pacifismo humanista, al pacifismo de los economistas y al pacifismo de los marxistas:
- Al pacifismo humanista porque, como dice el padre Congar, con él los lobos prometen a los pastores respetar a los corderos si les entregan los mastines.
- Al pacifismo de los economistas, que alega el dispendio que produce mantener las fuerzas armadas en las épocas de guarnición, con olvido de las ventajas que reportan en tiempo de guerra.
- Al pacifismo de los marxistas, que ellos proponen como coexistencia pacífica, jugando así, como ha escrito el doctor Cushing, Arzobispo de Boston, con un idioma ambivalente, de dos caras con anverso y reverso, un lenguaje de Esopo, en suma, con el que pretenden conseguir, y de hecho lo están consiguiendo, el desarme moral de Occidente; un desarme del que son cómplices los cristianos que afirman que ya no pueden existir las guerras gustas y abren el camino a aquel ejército invisible de que nos hablaba García Morente en sus "Caballeros de la Hispanidad".
De los tres pacifismos que repudiamos, el engañoso de la coexistencia es el que más peligros ofrece, porque utilizándolo como arma dialéctica el enemigo, no pretende otra cosa que imponer a los pueblos libres la paz de los sepulcros de que disfrutan los países soviéticos. Por eso, nos preocupa y nos irrita que haya entre nosotros, -que hemos experimentado no hace mucho, en nuestra carne, las delicias de un régimen tiránico y ateo- quienes hablando de libertad y de religión y proclamándose sus defensores, soliciten abiertamente y sin escrúpulos relaciones diplomáticas con la U.R.S.S y con los gobiernos comunistas, olvidando, escarneciendo y pisoteando la sangre española vertida en la estepa por nuestra gloriosa División Azul. (Aplausos)
Nuestro Donoso Cortés, con frase magistral, dibujó así la situación de aquellas naciones ganadas por el mentiroso juego de la coexistencia pacífica: "cuando un pueblo manifiesta ese horror civilizado por la guerra, luego al punto recibe el castigo de su culpa. Dios muda su sexo, le despoja del signo público de la virilidad, le convierte en pueblo hembra y le envía conquistadores para que le quiten la honra".
Vosotros, pues, oficiales, caballeros cadetes, tenéis una vocación noble, estáis cumpliendo con un altísimo deber y sois -en última instancia- los ejecutores de una paz verdadera, no entendida como paz de los sepulcros sino como la paz de Dios, la que defienden los hombres que están dispuestos a que su país no sea ultrajado, la que, como alguien ha escrito, vigila las vides y los olivos con la sombra pujante de las espadas. (Aplausos).
Por eso, el derecho y la fuerza son, a un tiempo, necesarios. Este sin aquél, no es otra cosa que tiranía. Pero aquél, sin ésta, solo sirve para su escarnio. Lo mismo sucede con la fuerza y con la cultura. Una a la otra son indispensables. En este sentido Laín Entralgo en su "Idea falangista del hombre", publicado en la revista de mi Colegio Mayor "Ximénez de Cisneros" decía que: "sin el vigor armado y combatiente de Maratón no habrían sido posibles Aristóteles, Platón y la cultura europea; y sin los arcabuceros de la Noche Triste, acaso no rezasen al Dios de los cristianos unos cuantos millones de almas humanas ¿Y por ventura, podríamos hablar en España y en Europa de nuestra idea del hombre si fallara la muralla de sangre y hierro del Este?"; Cervantes, en el "Discurso de las armas y de las letras" de "Don Quijote de la Mancha", escribía, que: "con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despojan los mares de corsarios", y José María Pemán, en su discurso de 2 de mayo de 1937, aseguraba: "Los intelectuales presumen de ser la flor más grande de la civilización; pero ahora resulta que la civilización no existiría ya, si en España no la estuvieran salvando los soldados".
De aquí que no sólo denunciemos a cuantos desde el "miles gloriosus" de Plauto han ofendido al Ejército, llamando a los jefes arrastra-sables, y a los soldados bravucones y pendencieros, o incapaces de una empresa noble, inteligente o sobrenatural, sino que también hagamos nuestras las duras y amargas lamentaciones de nuestro Cristóbal de Virués, en el hermoso soneto que titula, "En defensa de la profesión militar":
"Oh miserable suerte de soldados, de todo el universo aborrecidos,
por desgracia y miseria de él tenidos, con mil impropios nombres denostados.
Quién nos llama caballos desbocados quién lobos carniceros y atrevidos
quién toros acosados y afligidos quién leones sangrientos y aquejados.
¿A quién llamáis así gente plebeya? ¿A quién da reinos, cetros y coronas,
con su sangre ganándola y sus vidas? ¿A quién así llamáis, a quién se emplea
en guardaros haciendas y personas de vuestras ambiciones perseguidas?"
A nosotros, a los que conocemos de verdad y amamos al Ejército, nos incumbe la tarea de defenderlo y, con ella, la de difundir las palabras de Francisco Franco en el prólogo al libro "Guerra en el aire" del insigne García Morato: "una literatura decadente había acumulado sobre la figura guerrera un artificioso cúmulo de cualidades extraídas de la picaresca de nuestros aventureros profesionales, en que todo vicio encontraba un torpe asiento, alternando la fanfarronería y la pendencia, con el juego, el vino y las mujeres. Como si el heroísmo, que es la sublime encarnación de las virtudes, pudiera tener escenario favorable en los campos del vicio".
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