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Tema: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

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  1. #1
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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    "¡Viva la Inquisición!" (I)




    Resuelto como estoy a ennegrecer la poca buena reputación que me pueda quedar después de haber defendido las “cadenas” de los realistas frente al afrancesamiento camuflado de patriotismo de los constituyentes de Cádiz, hoy quiero reivindicar la memoria de esta benémerita institución.


    Y esta vez lo hago tomando por bandera otra exclamación popular de principios del siglo XIX, lógica continuación del irónico “vivan las cadenas”, que demuestra que los españoles que hicieron la guerra a los revolucionarios bonapartistas en 1808 y a los revolucionarios doceañistas en 1821 ―porque la intervención de los cien mil hijos de San Luis en 1823 tuvo el camino preparado por la Guerra Realista, luchada por españoles― no combatían por una monarquía absolutista, más parecida al régimen liberal que a la monarquía católica y foral que, es cierto, tanto había degenerado hacia el despotismo ilustrado en las últimas décadas borbónicas, pero es de justicia reconocer que prometía una pronta regeneración con las corrientes reformadoras en clave tradicional que ya desde los albores del siglo XIX quisieron volver a impregnar las instituciones con ese espíritu que nunca abandonó el patriotismo popular durante los años de afrancesamiento de las élites, manifestándose en toda su gloria en la guerra contra Napoleón, rebrotando en la Guerra Realista y en las revueltas del reinado de Fernando VII ―ya sin una invasión extranjera que pudiera encubrir de nacionalismo el auténtico móvil religioso de estas guerras―, y encontrando finalmente respaldo dinástico en el carlismo.


    Y es que los Agraviados o Malcontents que en 1827 se rebelaron en Cataluña contra el “despotismo ministerial” de la última década del reinado de Fernando VII, no pudiendo creer que el Rey Católico gobernara de esa manera por su propia voluntad y suponiendo que volvía a estar cautivo en su Palacio como durante el Trienio Liberal, lo hicieron bajo este lema:


    “¡Viva la Inquisición y muera la policía!”(1)



    Quiero hacer una breve reflexión personal sobre la Inquisición española, sin pretender ofrecer una siquiera somera síntesis histórica ni entrar en el terreno de las cifras (aunque son elocuentísimas por sí solas), alrededor de tres preguntas: ¿qué hacía el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición? ¿Por qué lo hacía? Y ¿tenía razón para hacerlo?





    ¿Qué hacía la Inquisición?


    Todo el mundo lo sabe: perseguía la herejía, enjuiciaba herejes. Lo que no sabe todo el mundo es qué es un hereje. No es hereje todo el que no es cristiano. Al contrario, para ser hereje es necesario ser cristiano, o decir serlo. “Quien profesa la fe cristiana tiene voluntad de asentir a Cristo en lo que realmente constituye su enseñanza”, dice Santo Tomás de Aquino, y puede desviarse de la rectitud de la fe si “tiene la intención de prestar su asentimiento a Cristo, pero falla en la elección de los medios para asentir, porque no elige lo que en realidad enseñó Cristo, sino lo que le sugiere su propio pensamiento” (Suma teológica, II-IIae, q.11, a.1). El que no es cristiano no puede desviarse de una fe que nunca fue la suya, y por tanto no puede ser hereje. Y si no es hereje, no puede ser procesado por la Inquisición.

    En términos generales, la Inquisición española no mandó ejecutar, ni siquiera procesó, a ningún judío o mahometano, sencillamente porque en España no había ningún judío o mahometano. La Inquisición se establece en 1478 y empieza a actuar en 1480; los judíos son expulsados en 1492 y los moriscos en 1502. En el relativamente breve espacio de tiempo entre la creación del Santo Oficio y las expulsiones, que yo sepa sólo se conoce un caso, el del Santo Niño de la Guardia, de judíos no conversos procesados (por asesinato ritual, no por cuestiones de fe), aunque no he encontrado fuentes fiables que esclarezcan si el enjuiciamiento de los dos judíos lo hizo la Inquisición, como con los seis conversos también implicados, o bien las autoridades civiles.

    En todo caso, después de las expulsiones oficialmente sólo hay cristianos en España. Los Reyes Católicos, estableciendo la Inquisición una década antes de la expulsión de los judíos, ofrecen una alternativa: o te quedas y te conviertes, o te vas; pero si te quedas, ya sabes que esto es lo que hay. Quién duda de que esta elección se ofrece en condiciones menos que favorables, con todo lo que supone para una familia mudarse a otro país en pocos meses con el perjuicio económico de la venta rápida de sus propiedades y la prohibición de llevarse ciertos bienes. Pero la conversión no fue forzada. Muchos, naturalmente, prefirieron anteponer su hacienda a su religión y convertirse sin sinceridad. Pero que ellos no tomaran en serio su fe no convierte en una injusticia que los Reyes Católicos sí tomaran en serio la suya.




    Tampoco para los católicos supuso la Inquisición una especie de reinado del terror, donde nadie se atrevía a aventurar alguna palabra que mal entendida pudiera llevar a la hoguera. “Herejía, vocablo griego, significa elección; es decir, que cada uno elige la disciplina que considera mejor” dice Santo Tomás citando a San Jerónimo, y luego citando a San Agustín: “si algunos defienden su manera de pensar, aunque falsa y perversa, pero sin pertinaz animosidad, sino enseñando con cauta solicitud la verdad y dispuestos a corregirse cuando la encuentran, en modo alguno se les puede tener por herejes” (II-IIae, q.11, a.2). El proceso inquisitorial es, lo dice su nombre, un proceso judicial de averiguación: minuciosamente reglado y con garantías, no es arbitrario. Ofrece numerosas oportunidades para aclarar malentendidos y para el arrepentimiento.

    El tormento, práctica probatoria común en los tribunales españoles y europeos del momento, sólo se aplica si las declaraciones del reo son contradictorias, y las confesiones así obtenidas sólo son válidas si se ratifican en veinticuatro horas, ya sin tormento. Si persiste la contradicción, se puede aplicar hasta dos veces más, y a la tercera hay que dejar libre al prisionero. Se tiene que hacer en presencia de un médico, que lo puede impedir, posponer, o limitarlo a las partes sanas del cuerpo. Los únicos métodos admitidos eran la garrucha, la toca, y el potro: los que hemos visto el museo “de la Inquisición” de Santillana del Mar difícilmente nos podremos olvidar de aquella procesión de horribles instrumentos de tortura que, qué sopresa, provienen de fuera de España. En cualquier caso, el uso del tormento por la Inquisición se limitó al 2% de los procesos.



    No todos los condenados iban a la hoguera. Solo los no arrepentidos y los relapsos sufrían la pena capital, ofreciéndoseles hasta el momento final en el patíbulo la oportunidad de arrepentirse y morir a garrote antes de ser quemados. Pero también existían una serie de penas de menor severidad que se correspondían con la gravedad de la ofensa, como el sambenito (el menos severo, puramente infamante), los azotes, la cárcel, y las galeras para los hombres y casas de galera para las mujeres, donde éstas trabajaban y aprendían un oficio. Famosas eran las cárceles o casas de misericordia de penitencia de la Inquisición por su trato favorable comparadas con las civiles, hasta el punto de que había presos que fingían herejía para pasar a la jurisdicción de la Inquisición. ¡Qué lejos de la película Alatriste, en la que un hombre prefiere cortarse la garganta antes de ser detenido por la Inquisición!

    La Inquisición, en propiedad, no mataba a los condenados: los relajaba al brazo secular, y éste ejecutaba la pena. Reconozco que a primera vista esto puede parecer un sofisma para descargarse la responsabilidad del trabajo sucio, pero tiene su razón de ser. Y este detalle, aparentemente de poca importancia, resulta absolutamente esencial para comprender qué era la Inquisición. Una vez más, Santo Tomás nos lo hace comprensible:


    “En realidad, es mucho más grave corromper la fe, vida del alma, que falsificar moneda con que se sustenta la vida temporal. Por eso, si quienes falsifican moneda, u otro tipo de malhechores, justamente son entregados, sin más, a la muerte por los príncipes seculares, con mayor razón los herejes convictos de herejía podrían no solamente ser excomulgados, sino también entregados con toda justicia a la pena de muerte.
    Mas por parte de la Iglesia está la misericordia en favor de la conversión de los que yerran, y por eso no se les condena, sin más, sino después de una primera y segunda amonestación(Tit 3,10), como enseña el Apóstol. Pero después de esto, si sigue todavía pertinaz, la Iglesia, sin esperanza ya de su conversión, mira por la salvación de los demás, y los separa de sí por sentencia de excomunión. Y aún va más allá relajándolos al juicio secular para su exterminio del mundo con la muerte. A este propósito afirma San Jerónimo y se lee en el Decreto: Hay que remondar las carnes podridas, y a la oveja sarnosa hay que separarla del aprisco, no sea que toda la casa arda, la masa se corrompa, la carne se pudra y el ganado se pierda. Arrio, en Alejandría, fue una chispa, pero, por no ser sofocada al instante, todo el orbe se vio arrasado con su llama.(II-IIae, q.11, a.3)

    El poder secular quiere perseguir la herejía. Siempre ha querido, porque siempre ha sido una amenaza real. Y la seguiría persiguiendo aun si no existiese una Inquisición. Pero ésta sirve de filtro, administra esta tarea mediante un procedimiento de averiguación ―de inquisición― cuya conclusión se hace saber a la Justicia, que finalmente la ejecuta. Y el poder secular se beneficia de que exista esta jurisdicción separada porque los eclesiásticos que la dirigen aportan la especialización en el saber teológico, algo que no es estrictamente función de los príncipes, mitigando así un celo castigador que puede ver herejía donde en realidad no la hay, como ocurría con las cazas de brujas al otro lado de los Pirineos y del Atlántico norte.

    Pero mediante esta mediación de la Iglesia no sólo se ven servidos los intereses de la justicia. Se va más allá. Parece que la Iglesia, cuando se interpone entre el hereje y el príncipe, dice a éste: te ayudaré a mejor administrar tu Justicia, pero antes me dejarás ofrecer mi misericordia. Gracias a la Inquisición, el que es hallado culpable de algo tan grave tiene la oportunidad ¡hecho insólito en los tribunales! de arrepentirse y salir completamente perdonado, con una segunda oportunidad y una nueva vida por delante. Por parte de la Iglesia está la misericordia en favor de la conversión de los que yerran.
    ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o "Levántate, toma tu camilla y camina"? (Marcos 2,9)




    (1) La Inquisición fue suprimida y la primera policía establecida durante el Trienio Liberal. Fernando VII, en su segunda etapa de gobierno, confirmaría estos dos cambios.


    Firmus et Rusticus








  2. #2
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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    "¡Viva la Inquisición!" (II)


    Continuación de la Primera Parte:

    En la entrada precedente comencé a plantear una visión personal de la Inquisición española, estructurada en torno a tres preguntas, respondiendo a la primera: ¿qué hacía la Inquisición? Porque antes de intentar vislumbrar las motivaciones de quienes la establecieron, y antes de someter a crítica estas motivaciones, es necesario conocer los hechos. Hechos que la leyenda negra ha conseguido falsear con especial eficacia en éste su blanco predilecto, mostrando un desprecio por la verdad que deja boquiabierto al más prevenido.



    Esbozados ya algunos aspectos del proceso inquisitorial para hacerse una mejor idea de qué hacía la Inquisición, pasamos a preguntar:


    ¿Por qué lo hacía?



    Primero una aclaración. Hablamos de la Inquisición española para referirnos a aquella creación de la bula Exigit Sinceras Devotionis Affectus de S.S. Sixto IV en 1478, a petición de los Reyes Católicos, que la ponía bajo la especial supervisión del poder real (el Consejo de la Suprema y General Inquisición es uno de los varios consejos que conformaban la Monarquía: sus miembros, entre seis y diez, eran antiguos inquisidores nombrados por el rey a propuesta del Inquisidor General, y éste a su vez nombrado por el papa a propuesta del rey), a diferencia de la Inquisición romana o medieval que dependía bien de los obispos o bien directamente del sumo pontífice. La Inquisición, en su acepción amplia, ni fue una creación de los Reyes Católicos ni existió solo en España. La Inquisición medieval se extendió por varios reinos de la Cristiandad (no llegó a Castilla pero sí a Aragón), y su misma creación responde a que se consideraba que en ciertos lugares la herejía no era suficientemente perseguida: es decir, ya se perseguía, aunque no hubiera Inquisición.


    “Ahí está el «Fuero Real», mandando que quien se torne judío o moro, muera por ello e la muerte de este fecho atal sea de fuego. Ahí están las «Partidas» (ley II, tít. VI, Part. VII) diciéndonos que al hereje predicador débenlo quemar en fuego, de manera que muera, y no sólo al predicador, sino al creyente, es decir, al que oiga y reciba sus enseñanzas.”
    -Menéndez Pelayo, Historia de España, ed. Jorge Vigón.









    También se persiguió fuera de España, antes y después de los Reyes Católicos, y no solo en países católicos. La Inquisición española es única, sí, por su particular estructura y sujeción a la corona, pero no en el hecho de procesar herejes.

    Mártires católicos de la "Reforma" inglesa


    Así pues, ¿por qué existía la Inquisición en general, y la española en particular?


    Porque la herejía es contagiosa. Y si algo se tiene por nocivo, se entiende que su contagio debe evitarse. Ojo, no entro todavía a valorar si de verdad la herejía es nociva, pero es indudable que así se creía. Este contagio tiene dos consecuencias, una que afecta al individuo y otra a la sociedad.


    Primera consecuencia: por culpa de uno se pierden las almas de muchos. Si se considera que una doctrina es instrumental para la salvación, o al menos sumamente útil para alcanzarla, naturalmente se considerará objetivamente buena y apetecible, y su corrupción objetivamente mala y reprobable. Pongamos que en un equipo de fútbol a un jugador se le ocurre que es mucho mejor pasarse el balón con las manos en vez de con los pies, ya que de esta forma no se perdería la posesión y se ganaría el partido con mayor facilidad, que al fin y al cabo es el objetivo del equipo. A los demás jugadores les parece buena idea, y el día del partido todos la ponen en práctica, recibiendo uno tras otro tarjeta roja. Naturalmente, acaban perdiendo el partido. Supongamos que antes del desastre el entrenador del equipo le dice a este jugador: ye, tú tienes mucha imaginación, pero las reglas del juego son éstas, y como hagamos lo que dices vamos a perder el partido. Como el jugador no hace caso, el entrenador le deja en el banquillo e incluso le acaba expulsando del equipo para que no siga metiendo ideas en la cabeza de los demás, porque aunque le crean de buena fe, seguirán recibiendo tarjeta roja en el momento de la verdad. Ésta es la idea. La libertad de expresión no es lo que está en el centro del problema: es la veracidad o falsedad de lo que se expresa, y las consecuencias que esto pueda tener.


    Estoy oyendo la voz de mi Pepito Grillo: estás hecho un demagogo, comparando el banquillo con la hoguera, ¿qué vendrá después? Sí, la Inquisición podía llegar a condenar a muerte a los herejes relapsos y a los no arrepentidos. Esto es quizá lo que más choca a la sensibilidad moderna, que se ha formado una idea del cristianismo como una especie de pacifismo hippie. ¿No dice Santo Tomás que la Iglesia, por institución del Señor, extiende a todos su caridad; no sólo a los amigos, sino también a los enemigos y perseguidores? Sí, y continúa:
    “Pero hay un doble bien. Está, primero, el bien espiritual, que es la salvación del alma, y al cual se encamina principalmente la caridad. Ese bien debe quererlo cualquiera, a los otros por caridad. Por eso, desde este punto de vista, admite la Iglesia a penitencia a los herejes que vuelvan, aunque sean relapsos, pues de este modo los incorpora al camino de la salvación.
    Pero hay igualmente otro bien al que atiende secundariamente la caridad, es decir, el bien temporal, como la vida corporal, las propiedades temporales, la buena fama y la dignidad eclesiástica o secular. Este tipo de bienes no estamos obligados por caridad a quererlo para los demás, sino en orden a la salvación eterna, tanto propia como ajena. De ahí que, si un bien de estos que posee alguno puede impedir la salvación eterna de otros, no es razonable que por caridad lo queramos para él; antes al contrario, debemos querer, por caridad, que carezca de él [...] Según eso, si los herejes conversos fueron recibidos siempre para conservar su vida y demás bienes temporales, podría redundar esto en detrimento de la salvación común, tanto por el peligro de corrupción, si reinciden, cuanto porque, si quedaran sin castigo, caerían otros con mayor desembarazo en la herejía, a tenor de lo que leemos en la Escritura: ¡Otro absurdo!: que no se ejecute en seguida la sentencia de la conducta del malo, con lo que el corazón de los humanos se llena de ganas de hacer el mal(Ecl 8,11). Por eso la Iglesia, a los que vienen por primera vez de la herejía, no solamente les recibe a penitencia, sino que les conserva también la vida; a veces incluso les restituye benévolamente a las dignidades eclesiásticas, si dan muestras de verdaderos convertidos. Y tenemos constancia testimonial de que esto se ha hecho con frecuencia por el bien de la paz. Mas cuando, admitidos, reinciden, es una muestra de su inconstancia en la fe; por eso, si vuelven, son recibidos a penitencia, pero no hasta el extremo de evitar la sentencia de muerte.(II-IIae, q.11, a.4).

    Precisamente porque el hombre vive en sociedad, y no se le puede considerar separado de ella, no es una injusticia que para el bien de la sociedad se castigue la herejía con pena de muerte, tal como se hace con otros delitos: si fuera necesaria para la salud de todo el cuerpo humano la amputación de algún miembro, por ejemplo, si está podrido y puede inficionar a los demás, tal amputación sería laudable y saludable. Pues bien: cada persona singular se compara a toda la comunidad como la parte al todo; y, por tanto, si un hombre es peligroso a la sociedad y la corrompe por algún pecado, laudable y saludablemente se le quita la vida para la conservación del bien común; pues, como afirma 1 Cor 5,6, un poco de levadura corrompe a toda la masa.


    Un poco de levadura corrompe a toda la masa. La herejía, aparte de perder las almas de los individuos, tiene una segunda consecuencia que se manifiesta en el plano de la sociedad, de menor importancia salvífica (1) pero más tangible en el inmediato mundo terrenal: la propagación de doctrinas heterodoxas subvierte el orden social y político.

    Ya sea un país católico o protestante, bien rinda culto al emperador o a la democracia parlamentaria, las autoridades no gustan excesivamente de que se subviertan los fundamentos sobre los que se apoyan. Esto es común a todos los tiempos. Si la herejía en materia religiosa se ha convertido en algo indiferente para los Estados modernos, no es porque hayan descubierto súbitamente la tolerancia que tanto eludía a sus antecesores, sino porque la religión se ha recluido en el ámbito de lo privado, y el fundamento de las lealtades políticas ha sufrido un trasvase radical:

    “Hobbes y Bodino prefieren la uniformidad religiosa por razones de estado, pero es importante ver que una vez que a los cristianos se les hace cantar “No tenemos más Rey que el César” realmente es indiferente para el soberano que haya una religión o muchas. Una vez que el Estado ha conseguido dominar o absorber a la Iglesia, solo hay un pequeño paso desde el establecimiento absolutista de la unidad religiosa a la tolerancia de diversidad religiosa. En otras palabras, hay una progresión lógica de Bodino y Hobbes hacia Locke. El liberalismo lockeano puede permitirse la clemencia hacia el “pluralismo religioso” precisamente porque la “religión” como asunto interior es una creación del propio Estado.”
    -William T. Cavanaugh, The Wars of Religion and the Rise of the State.



    El púlpito de la corrección política, o la abominación de la desolación

    La "herejía" en la modernidad no versa sobre lo teológico, sino sobre ese amalgama ideológico que hoy conocemos como lo políticamente correcto, que descansa en una visión antropológica individualista completamente demente y divorciada de la realidad (porque pretende que la libertad individual sea soberana, prescindiendo incluso de los límites que impone la naturaleza), y que viene desarrollándose en toda su radicalidad desde que la Revoluciónbebiendo del luteranismo plantara sus premisas. Todos los días vemos que esta nueva “ortodoxia” no solo no resulta tan indiferente como la religión para las autoridades, sino que les es absolutamente fundamental: cuando alguien no se aviene a seguir su vertiginosa evolución, cunde el pánico. Detrás de todo el abuso mediático que suele perseguir a esa persona siempre se percibe cierto sentimiento de inquietud. Y con razón: su actitud es una amenaza, con auténtica potencia subversiva si no previene su propagación.

    Y es que la herejía tiene consecuencias. Toda idea las tiene. La herejía no es subversiva por el hecho de ser diferente; lo es por el contenido concreto que la diferencia. Éste debe ser el pensamiento que nos acompañe como clave para formar un juicio valorativo de la Inquisición, respondiendo a la tercera y última de las preguntas que se plantearon al comienzo, que dejo para la próxima entrada.

    (1) Aunque se puede argumentar que también la tiene, porque la sociedad en la que se enmarca el hombre, por muy amoral que sea, en cuanto sociedad ya es un bien apetecible. Material y, aventuro, espiritualmente. Pensando por ejemplo en el Justo del mundo pagano, el Sócrates, que no conoce la Revelación: el orden de la ciudad le proporciona la posibilidad de un perfeccionamiento que no sería posible, o menos probable, en la anarquía o en la jungla.

    Firmus et Rusticus



    ReynoDeGranada dio el Víctor.

  3. #3
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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    "¡Viva la Inquisición!" (III)


    Antes que sufrir la menor quiebra del mundo en lo de la religion y del servicio de Dios, perderé todos mis estados y cien vidas que tuviese, porque yo ni pienso ni quiero ser señor de herejes.

    Habiendo ofrecido algunas claves, desde una interpretación personal, sobre qué hacía la Inquisición española, y por qué lo hacía, queda preguntarse:

    ¿Tenía razón?

    La Inquisición vela por la ortodoxia católica. Lo primero, pues, es preguntarse si la ortodoxia es deseable. Desde el punto de vista del individuo, naturalmente cualquier católico debería responder que sí: la Iglesia hasta hoy sigue manteniendo la ortodoxia y definiendo las herejías que aparecen, gobernando a los fieles mediante sus pastores. Pero los Estados anticristianos ya no reconocen eficacia a los medios que tiene la Iglesia ―el Derecho canónico para llevar a cabo esta tarea, y mucho menos dejan que la ortodoxia inspire su legislación. Ésta se queda, como mucho, en una recomendación: o la tomas o la dejas.


    Pero, ¿tiene la ortodoxia alguna ventaja, aparte de lo relativo a la salvación individual, que beneficie a todos y justifique un lugar en la vida pública? Que la ortodoxia católica presida las instituciones políticas, ¿es algo objetivamente bueno, incluso para el no creyente?

    “La idea del nacimiento a través de un Espíritu Santo, de la muerte de un ser divino, del perdón de los pecados, del cumplimiento de las profecías, son ideas que, cualquiera puede verlo, no necesitan más que un toque para convertirlas en algo blasfemo o feroz. [...] El menor error introducido en la doctrina causaría inmensos trastornos en la felicidad humana. Una frase mal redactada sobre la naturaleza del simbolismo habría destruido las mejores estatuas de Europa. Un desliz en las definiciones y se detendrían todas las danzas, se marchitarían todos los árboles de Navidad y se romperían todos los huevos de Pascua.”


    -G.K. Chesterton, en Ortodoxia.
    La herejía tiene consecuencias. El conocimiento de las cosas tiene repercusión en los actos del hombre. Las ideologías, los "ismos" de los siglos XIX y XX, cuando llevaban a cabo sus terribles proyectos sociales y políticos no estaban sino desarrollando la particular visión del hombre y su naturaleza que les aportaban sus respectivas "filosofías". Chesterton imaginaba la ortodoxia como una enorme roca cuyas múltiples irregularidades conseguían equilibrarla: una de más o una de menos y colapsaría el soberbio edificio de la Cristiandad. Un hombre concreto, por muy inteligente y bienintencionado que sea, no puede prever las consecuencias que una idea suya pueda tener mil años después, si ésta idea se desprende del tronco de la ortodoxia ―cuya continuidad está garantizada por la Tradición al que por prudencia cuando no por fe se debería adherir. No hace falta buscar ejemplos de esto entre los grandes heresiarcas: basta recordar la obra del católico Descartes, quien sentado junto a su estufa plantó quizá la mayor bomba de relojería filosófica de la Historia.



    La labor creativa del hombre mantenida dentro de la ortodoxia tiene en ella garantía de supervivencia, mientras que es ley histórica que la herejía prende y súbitamente se extingue: es estéril por definición. Pero antes de extinguirse inflama al mundo, y arrasa todo lo que encuentra en su camino. Basta que un solo hombre cambie una definición para que la Civilización cristiana, única en la Historia en su rechazo del inevitable pesimismo pagano que tarde o temprano acaba por menospreciar y esclavizar al hombre cuando se niega su acceso a lo trascendental, se convierta en una monstruosidad.

    El Estado moderno, ése que se permite indiferencia ante la religión, es el fruto más palpable de una herejía religiosa. Siguiendo la tesis de Cavanaugh, “las Guerras de religión no fueron los sucesos que hicieron necesario el nacimiento del Estado moderno; ellas fueron en realidad los dolores de parto del Estado. Estas guerras no fueron simplemente una cuestión del conflicto entre el “protestantismo” y el “catolicismo”, sino que se llevaron a cabo en gran medida para el engrandecimiento del Estado emergente sobre los restos en decadencia del orden medieval eclesial.” El protestantismo es el artífice doctrinal del fin de la Cristiandad y el comienzo del mundo moderno. El libre examen rompe la unidad religiosa para que florezcan tantas sectas como individuos, hábilmente enfrentadas por príncipes que se sirven de la herejía para consolidar un poder independiente.Mediante el “cuius regio, eius religio” primero y más tarde la tolerancia religiosa (que no se extendía a los católicos porque no aceptaban esta nueva situación), el Estado moderno secularizado se presenta como la solución, cuando desde el principio él mismo fue el problema.




    La época de las Guerras de religión que comienza con Lutero y acaba con los tratados de Westfalia de 1648 es una de las más sangrientas de la Historia europea. España jamás las padeció. Excepción hecha, por supuesto, de los Países Bajos, donde nunca penetró la Inquisición. ¿Casualidad?


    Si es verdad que Felipe II nunca llegó a decir aquello de "veinte clérigos de la Inquisición mantienen la paz en mis reinos", me imagino que sería porque resultaba demasiado obvio. Con un poco de labor preventiva, la Inquisición aseguró una España unida en la que no entraría el fratricidio masivo que caracterizó a la Europa moderna, y así se mantuvo hasta la invasión militar e ideológica de Napoleón, que sembró una semilla de discordia que todavía padecemos después de dos siglos y numerosas guerras civiles, todas ellasdirectamente imputables a esta nueva cuña revolucionaria en la unidad católica española. La Inquisición, defendiendo la ortodoxia, evitó el absolutismo que abrazaron los príncipes europeos a quienes Lutero brindó la oportunidad de convertirse en la suprema autoridad religiosa de su reino. Y la Inquisición, de propina, salvó almas: algo que tienden a ignorar los "caritativos" católicos que olvidan la mayor caridad de todas.
    Cuando recordamos a los Malcontents o Agraviados que en 1827 se rebelaron en Cataluña contra el "despotismo ministerial" al grito de "¡Viva la Inquisición y muera la policía!", ¿podemos de verdad creer que querían cambiar una tiranía por otra? ¿Podemos negar que, al contrario, eran conscientes de que la Inquisición era su más segura salvaguardia contra este nuevo despotismo? ¿Podemos cansarnos de repetir su grito de guerra?



    Concluyo estas entradas compartiendo un interesantísimo documental de la BBC (subtitulado en castellano) que hace poco nos brindó el magnífico blog El Rincón de Don Rodrigo, a cuyo autor doy las gracias. Merece la pena, y mucho, dedicar un poco de tiempo para verlo. Sirva de coda una idea del documental: los reyes de España nunca se esforzaron por combatir la propaganda de sus enemigos, que creó el mito de la leyenda negra, porque lo consideraban por debajo de su dignidad. Que juzgaran mejor dejarse oír por sus obras que por sus palabras es una actitud que les honra. Hoy, no obstante, ya no somos la potencia mundial elocuente en obras que fueron las Españas áureas. Los españoles de antes no se molestaban en desmentir la leyenda negra porque nadie se la creía; los de ahora no lo hacemos porque todos nos la creemos. Ánimo, pues, y a dar guerra. Que no nos haga falta un programa de la BBC.

    <span style="font-size: small;">



    FIN

    Firmus et Rusticus








    Última edición por Hyeronimus; 31/05/2012 a las 18:41

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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    Epílogo sobre la Inquisición



    Es caso no sólo de amor patrio, sino de conciencia histórica, el deshacer esa leyenda progresista, brutalmente iniciada por los legisladores de Cádiz, que nos pintan como un pueblo de bárbaros, en que ni ciencia ni arte pudo surgir, porque todo lo ahogaba el humo de las hogueras inquisitoriales. Necesaria era toda la crasa ignorancia de las cosas españolas en que satisfechos vivían los torpes remedadores de las muecas de Voltaire para que en un documento oficial, en el dictamen de abolición del Santo Oficio, redactado, según es fama, por Muñoz Torrero, se estampasen estas palabras, padrón eterno de vergüenza para sus autores y para la grey liberal, que las hizo suyas, y todavía las repite en coro: «Cesó de escribirse en España desde que se estableció la Inquisición».






    ¡Desde que se estableció la Inquisición, es decir, desde los últimos años del siglo XV! ¿Y no sabían esos menguados retóricos, de cuyas desdichadas manos iba a salir la España nueva, que en el siglo XVI, inquisitorial por excelencia, España dominó a Europa aún más por el pensamiento que por la accióny no hubo ciencia ni disciplina en que no marcase su garra? [...]

    La Inquisición no ponía obstáculos; ¿qué digo?, daba alas a todo esto, y hasta consentía que se publicasen libros de política llenos de las más audaces doctrinas, no sólo la de la soberanía popular, sino hasta la del tiranicidio, aquí nada peligroso, porque no entraba en la cabeza de ningún español de entonces que el poder real fuese tiránico, y siempre entendía que se trataba de los tiranos populares de la Grecia antigua. [...]


    Y, sin embargo, ¡cesó de escribirse desde que se estableció la Inquisición! ¿Cesó de escribirse, cuando llegaba a su apogeo nuestra literatura clásica, que posee un teatro superior en fecundidad y en riquezas de invención a todos los del mundo; un lírico a quien nadie iguala en sencillez, sobriedad y grandeza de inspiración entre los líricos modernos, único poeta del Renacimiento que alcanzó la unión de la forma antigua y del espíritu nuevo; un novelista que será ejemplar y dechado eterno de naturalismo sano y potente; una escuela mística, en quien la lengua castellana parece lengua de ángeles? ¿Qué más, si hasta los desperdicios de los gigantes de la decadencia, de Góngora, de Quevedo o de Baltasar Gracián, valen más que todo ese siglo XVIII, que tan neciamente los menospreciaba?






    Nunca se escribió más y mejor en España que en esos dos siglos de oro de la Inquisición. Que esto no lo supieran los constituyentes de Cádiz, ni lo sepan sus hijos y sus nietos, tampoco es de admirar, porque unos y otros han hecho vanagloria de no pensar, ni sentir, ni hablar en castellano. ¿Para qué han de leer nuestros libros? Más cómodo es negar su existencia."

    -Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles



    Epílogo sobre la Inquisición | Firmus et Rusticus


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  5. #5
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    Thumbs up Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    Cita Iniciado por Hyeronimus Ver mensaje
    «Cesó de escribirse en España desde que se estableció la Inquisición».
    "Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis."

    Montaigne.

    Muchísimas gracias por el enlace, Hyeronimus, y gracias también al que se ocupó de escanear la monumental obra de los heterodoxos, todavía le quedan cuatro tomos, la que tengo de Espasa Calpe son siete en total.
    Última edición por Erasmus; 12/06/2012 a las 03:31



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    "En el imperio se ofrece y se comparte cultura, conocimiento y espiritualidad. En el imperialismo solo sometimiento y dominio económico-militar. Defendemos el IMPERIO, nos alejamos de todos los IMPERIALISMOS."







  6. #6
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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    Cita Iniciado por Erasmus Ver mensaje
    todavía le quedan cuatro tomos, la que tengo de Espasa Calpe son siete en total.
    Ahora que estoy revisando los archivos parece que no, que han incluído toda la obra en los tres volúmenes, a no ser que esté condensada.
    Última edición por Erasmus; 12/06/2012 a las 03:32



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  7. #7
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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    Leí en el libro de Hillarie Belloc que Luis XVI era masón.

    Respecto a que el absolutismo sea de origen protestante, no es cierto.

    En el Imperio Romano el absolutismo del imperator (emperador) se basaba en la idea de que el emperador era hijo del dios Julio César y del dios Octavio Augusto, y que por tanto estaba legitimado por la voluntad divina. De ahí que el emperador se llamase César Augusto. Además, si el emperador era bueno y no recibía la damnatio memoriae, era aspirante a ser dios (pagano) después de muerto por medio del procedimiento de apoteosis. Esa era la mentalidad pagana. Como los romanos eran tradicionalistas (aclaración: tradicionalistas paganos), se tendía a dejar cierto poder e influencia al Senado. Con el transcurso del tiempo, los poderes del Senado fueron atribuidos o usurpados por los emperadores, lo que reforzó el absolutismo imperial.

    Cuando Constantino legalizó el cristianismo, hubo un cambio. El emperador ahora se legitimaba como soberano por la voluntad de Jesucristo, a quien era él único al que rendía cuentas (en teoría). Jesucristo sustituía como deidad del imperio a Julio César y Augusto, y al Júpiter de los tiempos de Diocleciano.

    Esa mentalidad absolutista pasó al Imperio Bizantino, y por medio de un enlace matrimonial de una princesa bizantina con un príncipe de la familia imperial alemana pasó a los emperadores de la Dinastía Otónica, siendo una de las causas de la Querella de las Investiduras.

    Es probable que la concepción política del absolutismo monárquico europeo haya recibido influencia de las ideas luteranas acerca del estado, como autoridad superior a la autoridad eclesiástica. Pero no es claro que el protestantismo reforzase el absolutismo monárquico o estatal. Si bien el luteranismo apoyó la idea de que la autoridad estatal es superior a la de la iglesia, en el calvinismo ocurre lo contrario: es la autoridad de la iglesia (calvinista) la que está por encima de la autoridad del estado, puesto en práctica en el gobierno de Calvino en Ginebra. De hecho en Ginebra no había diferencia ni separación entre el estado y la iglesia (calvinista).

    De todas maneras, el absolutismo de Luis XIV es una creación del Cardenal de Richelieu, seguramente inspirado en las ideas políticas de Jean Bodin y Nicolás Maquiavelo.

    Cabe averiguar qué inspiró las ideas políticas de Jean Bodin.
    Última edición por Javier Irrizary; 10/07/2012 a las 17:26

  8. #8
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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    El proceso está muy bien resumido por Elías de Tejada:

    "Las cinco rupturas de Europa" - F. Elías de Tejada

  9. #9
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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    Más sobre el tema de la influencia del protestantismo en el abolutismo:

    Protestantismo y Europa contra España y la Cristiandad


    La Reconquista fue, también ella, una guerra civil, pues los musulmanes, aunque inicialmente invasores, vinieron a integrarse en la misma población del territorio hispánico. Había entre moros y cristianos una contradicción de orden político, institucional y cultural, pero esa guerra fue fundamentalmente una cruzada contra el infiel. A ella debió España su permanente carácter católico, que la separó del curso común de la historia europea, a pesar de la continuidad geográfica de su territorio, y por ello tuvo España el singularísimo privilegio de quedar exenta de la contaminación herética de la reforma protestante extendida por Europa y que configuró la “modernidad”. Porque “moderno” equivale a “protestante”, con todas las graves consecuencias que esto tiene para la historia europea y universal, empezando por la general entronización de la idea de “Estado”.

    La separación de etapas históricas es siempre convencional, y depende del punto de vista de los historiadores, por lo que en su determinación puede presentar diferencias notables. En mi opinión, así como el fin de la Antigüedad debe fijarse en el año 700, fecha simplificada de la desaparición de la unidad mediterránea, que las invasiones germánicas no habían destruido, pero sí la expansión islámica, así también el fin de la que en el Renacimiento vino a llamarse la Edad Media no se produjo realmente, a pesar de evidentes síntomas de descomposición moral, hasta la Reforma; en este sentido, el comienzo de la Edad Moderna puede fijarse en la fecha concreta de 1517, momento de la solemne ruptura de Lutero con Roma, es decir, la ruptura de la Cristiandad que da lugar al nacimiento de Europa como entidad moral. Así, “modernidad” equivale a “protestantismo”, y todos los fenómenos que caracterizan a Europa en estos últimos cinco siglos, son todos ellos de raíz protestante: Europa es un producto de la Reforma y sigue viviendo en ella. En este sentido, España no pertenece a Europa (como traté de explicar desde mis escritos reunidos en “De la guerra y de la paz”, libro publicado en 1954), y cualquier intento europeizante presupone, entre nosotros, una desviación de la esencia de lo español; por ello mismo, la confesionalidad católica viene a ser una exigencia política, pese a las declaraciones de la Iglesia sobre la libertad religiosa, que no pueden afectar a la entidad misma del ser de España, siempre “más papista que el papa”; una confesionalidad, después de todo, no muy distinta de la de otros muchos pueblos, como los musulmanes, el Estado de Israel, la misma Inglaterra, por no hablar ya de los negativamente confesionales de signo marxista.

    Entre estos fenómenos políticos derivados del Protestantismo, ninguno tan relevante como el de la aparición en Europa del “Estado”. Sin Lutero, como ya han dicho algunos, no hubiera sido posible Luis XIV, y esto es así porque el Estado, monárquico o republicano, lo mismo da, surgió de las guerras de religión, con el fin de constituir un nuevo dios, un nuevo Leviathán, dueño absoluto de los súbditos de un determinado territorio. España, en cambio, no se hizo un estado. A la Monarquía de los Austrias, la idea de Estado era totalmente extraña, y los pensadores españoles de la época reaccionaron contra la teoría “estatista” de los que ellos llamaban los “políticos” de Europa. Era lo más natural que un pueblo que se había librado de la Reforma no hubiera sentido la necesidad de constituirse en Estado. La crisis de este esencial anti-estatismo español hubo de hacer crisis desde los inicios del siglo XVIII. La Guerra de Sucesión fue también una guerra civil, pero que no logró configurar una nueva identidad para España, porque esta ya se hallaba muy sólidamente constituida por la Reconquista. Es verdad que, bajo una contradicción puramente dinástica, había algo más, de carácter moral: la dinastía que resultó vencedora, los Borbones, venían a imponer la concepción política europea de un estado absolutista, y no deja de ser sintomático que la doctrina del tiranicidio, sobre la que hemos de volver en nuestra “Perspectiva”, no inquietara para nada a los monarcas de la casa de Austria, pero sí a los soberanos borbónicos; y lo mismo con el tradicional regionalismo del todo incompatible con una concepción congruente del Estado, la misma que lleva hoy a nuestros “administrativistas” a oponerse tenazmente contra todo foralismo, pues siguen siendo fieles al “régime administratif” de los estatistas sobrevenidos con los Borbones. Pero esa idea de Estado soberano fue visceralmente rechazada por el sentimiento popular español que, si acabó por tener una general aceptación de la nueva dinastía venida de Francia, lo hizo con la misma mentalidad personalista de su antigua fidelidad a los Austrias. Sin embargo, las nuevas estructuras oficiales, en su pretensión de convertir a España en un Estado, crearon una crisis permanente de España, facilitando la entrada en ella, no ya de la herejía protestante, primera responsable de la Revolución, pero sí de esta misma, y muchas veces en sus formas más extremadas. Con esta crisis España parecía haber perdido su primera identidad lograda con la Reconquista. De ahí la melancólica historia de España desde el siglo XVIII, con la ruina de su Imperio.

    Álvaro D´Ors. La violencia y el orden. 1987

    Protestantismo y Europa contra España y la Cristiandad
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  10. #10
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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    El siguiente texto está tomado de la obra de Los Heterodoxos Españoles de Marcelino Menéndez y Pelayo, Libro V, Epílogo, Resistencia ortodoxa, III. La Inquisición. Supuesta persecución y opresión del saber. La lista de sabios perseguidos, de Llorente.




    Al lado de las virtudes de los santos, de la espada de los reyes y de la red de conventos y universidades que mantenía vivo el espíritu teológico, lidiaba contra la herejía otro poder formidable, de que ya es hora de hablar, y con valor y sin reticencias ni ambages.

    Ley forzosa del entendimiento humano en estado de salud es la intolerancia. Impónese la verdad con fuerza apodíctica a la inteligencia, y todo el que posee o cree poseer la verdad, trata de derramarla, de imponerla a los demás hombres y de apartar las nieblas del error que les ofuscan. Y sucede, por la oculta relación y armonía que Dios puso entre nuestras facultades, que a esta intolerancia fatal del entendimiento sigue la intolerancia de la voluntad, y cuando ésta es firme y entera y no se ha extinguido o marchitado el aliento viril en los pueblos, éstos combaten por una idea, a la vez que con las armas del razonamiento y de la lógica, con la espada y con la hoguera.

    La llamada tolerancia es virtud fácil; digámoslo más claro: es enfermedad de épocas de escepticismo o de fe nula. El que nada cree, ni espera en nada, ni se afana y acongoja por la salvación [291] o perdición de las almas, fácilmente puede ser tolerante. Pero tal mansedumbre de carácter no depende sino de una debilidad o eunuquismo de entendimiento.

    ¿Cuándo fue tolerante quien abrazó con firmeza y amor y convirtió en ideal de su vida, como ahora se dice, un sistema religioso, político, filosófico y hasta literario? Dicen que la tolerancia es virtud de ahora, respondan de lo contrario los horrores que cercan siempre a la revolución moderna. Hasta las turbas demagógicas tienen el fanatismo y la intolerancia de la impiedad, porque la duda y el espíritu escéptico pueden ser un estado patológico más o menos elegante, pero reducido a escaso número de personas; jamás entrarán en el ánimo de las muchedumbres.

    Si la naturaleza humana es y ha sido y eternamente será, por sus condiciones psicológicas intolerante, ¿a quién ha de sorprender y escandalizar la intolerancia española, aunque se mire la cuestión con el criterio más positivo y materialista? Enfrente de las matanzas de los anabaptistas, de las hogueras de Calvino, de Enrique VIII y de Isabel, ¿qué de extraño tiene que nosotros levantáramos las nuestras? En el siglo XVI, todo el mundo creía y todo el mundo era intolerante (2118). [292]

    Pero la cuestión para los católicos es más honda, aunque parece imposible que tal cuestión exista. El que admite que la herejía es crimen gravísimo y pecado que clama al cielo y que compromete la existencia de la sociedad civil; el que rechaza el principio de la tolerancia dogmática, es decir, de la indiferencia entre la verdad y el error, tiene que aceptar forzosamente la punición espiritual y temporal de los herejes, tiene que aceptar la Inquisición. Ante todo hay que ser lógicos, como a su modo lo son los incrédulos, que miden todas las doctrinas por el mismo rasero, e, inciertos de su verdad, a ninguna consideran digna de castigo. Pero es hoy frecuente defender la Inquisición con timidez y de soslayo, con atenuaciones doctrinales, explicándola por el carácter de los tiempos, es decir, como una barbarie ya pasada, confesando los bienes que produjo, es decir, bendiciendo los frutos y maldiciendo del árbol..., pero nada más. ¿Ni cómo habían de sufrirlo los oídos de estos tiempos, que, no obstante, oyen sin escándalo ni sorpresa las leyes de estado de sitio y de consejos de guerra? ¿Cómo persuadir a nadie de que es mayor delito desgarrar el cuerpo místico de la Iglesia y levantarse contra la primera y capital de las leyes de un país, su unidad religiosa, que alzar barricadas o partidas contra tal o cual gobierno constituido?

    Desengañémonos: si muchos no comprenden el fundamento jurídico de la Inquisición, no es porque él deje de ser bien claro y llano, sino por el olvido y menosprecio en que tenemos todas las obras del espíritu y el ruin y bajo modo de considerar al hombre y a la sociedad que entre nosotros prevalece. Para el economista ateo será siempre mayor criminal el contrabandista que el hereje.¿Cómo hacer entrar en tales cabezas el espíritu de vida y de fervor que animaba a la España inquisitorial? ¿Cómo hacerles entender aquella doctrina de Santo Tomás: «Es más grave corromper la fe, vida del alma, que alterar el valor de la moneda con que se provee al sustento del cuerpo»?

    Y admírese, sin embargo, la prudencia y misericordia de la Iglesia, que, conforme al consejo de San Pablo, no excluye al hereje de su gremio sino después de una y otra amonestación, y ni aún entonces tiñe sus manos en sangre, sino que le entrega al poder secular, que también ha de entender en el castigo de los herejes, so pena de poner en aventura el bien temporal de la república. Desde las leyes del Código teodosiano hasta ahora, a ningún, legislador se le ocurrió la absurda idea de considerar las herejías como meras disputas de teólogos ociosos, que podían dejarse sin represión ni castigo porque en nada alteraban la paz del Estado. Pues qué, ¿hay algún sistema religioso que en su organismo y en sus consecuencias no se enlace con cuestiones políticas y sociales? El matrimonio y la constitución de la familia, [293] el origen de la sociedad y del poder, ¿no son materias que interesan igualmente al teólogo, al moralista y al político? Nunc tua res agitur, paries cum proximus ardet. Nunca se ataca el edificio religioso sin que tiemble y se cuartee el edificio social. ¡Qué ajenos estaban de pensar los reyes del siglo XVIII, cuando favorecían el desarrollo de las ideas enciclopedistas, y expulsaban a los jesuitas, y atribulaban a la Iglesia, que la revolución, por ellos neciamente fomentada, había de hundir sus tronos en el polvo!

    Y hay con todo eso católicos que, aceptando el principio de represión de la herejía, maltratan a la Inquisición española. ¿Y por qué? ¿Por la pena de muerte impuesta a los herejes? Consignada estaba en todos nuestros códigos de la Edad Media, en que dicen que éramos más tolerantes. Ahí está el Fuero real mandando que quien se torne judío o moro, muera por ello e la muerte de este fecho a tal sea de fuego. Ahí están las Partidas (ley 2, tít. 6, part. 7) diciéndonos que al hereje predicador débenlo quemar en fuego, de manera que muera; y no sólo al predicador, sino al creyente, es decir, al que oiga y reciba sus enseñanzas (2119).

    Imposible parece que nadie haya atacado a la Inquisición por lo que tenía de tribunal indagatorio y calificador; y, sin embargo, orador hubo en las Cortes de Cádiz que dijo muy cándidamente que hasta el nombre de Inquisición era anticonstitucional. Semejante salida haría enternecerse probablemente a aquellos patricios, que tenían su código por la obra más perfecta de la sabiduría humana; pero ¿quién no sabe, por ligera idea que tenga del Derecho Canónico, que la Iglesia, como toda [294] sociedad constituida, aunque no sea constitucional, ha usado y usa, y no puede menos de usar, los procedimientos indagatorios para descubrir y calificar el delito de herejía? Háganlo los obispos, háganlo delegados o tribunales especiales, la Inquisición, en ese sentido, ni ha dejado ni puede dejar de existir para los que viven en el gremio de la Iglesia. Se dirá que los tribunales especiales amenguaban la autoridad de los obispos. ¡Raro entusiasmo episcopal: venir a reclamar ahora lo que ellos nunca reclamaron!

    No soy jurista ni voy a entrar en la cuestión de procedimientos, que ya ha sido bien tratada en las diversas apologías que se han escrito en estos últimos años (2120). Ni disputaré si la Inquisición fue tribunal exclusivamente religioso o tuvo algo de político, como Hefele y los de su escuela sostienen. Eclesiástica era su esencia, e inquisidores apostólicos, y nunca reales, se titularon sus jueces; y en su fondo, ¿quién dudará que la Inquisición española era la misma cosa que la Inquisición romana por el género de causas en que entendía y hasta por el modo de sustanciarlas? Si, a vueltas de todo esto, tomó en los accidentes un color español muy marcado, es tesis secundaria y no para discutida en este libro.


    Fuente: IGLESIA REFORMADA
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  11. #11
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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    El libro regalado a Francisco por Netanyahu: una manipulación historiográfica

    Pedro Berruguete (1475): "Santo Domingo presidiendo un auto de fe"

    Ayer 2 de diciembre, al término de 25 minutos de encuentro en privado en el Vaticano, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu regaló a Francisco un libro escrito en español por su padre, Ben Zion Netanyahu, y cuyo título es «Los orígenes de la Inquisición en la España del siglo XV». Netanyahu explicó que «mi español es prácticamente nulo, pero mi padre, fallecido el año pasado, era historiador y conocía ese idioma».
    Hubiera sido preferible que los servicios de protocolo de la Santa Sede hubieran evitado esta promoción interesada de una obra que, por su sectarismo y defectuosa interpretación, ha sido acertadamente rebatido por prestigiosos historiadores que se han ocupado del tema. Cuando la obra de Netanyahu no era noticia nos hicimos eco de esa crítica al publicar en Historia en Libertad la recesión de un libro que ahora recomendamos a nuestros lectores para contrarrestar la propaganda sionista que Netanyahu ha aprovechado para difundir con motivo de su audiencia romana. Se trata de Las razones de la Inquisición española (Una respuesta a la Leyenda Negra) , editado por Almuzara en 2009.
    Su autor, Miguel Ángel García Olmo (Murcia, 1963) es doctor en Antropología y licenciado en Derecho y Filología Clásica. Como ensayista suele abordar cuestiones humanísticas de actualidad (historia, educación, artes, hecho religioso…) desde perspectivas multidisciplinares. Como traductor está especializado en latín eclesiástico, habiendo publicado en español toda la colección de visitas ad limina de los obispos cartaginenses que, desde el siglo XVI, se custodia en el Archivo Secreto Vaticano.
    En la década de los noventa del pasado siglo, Benzion Netanyahu (historiador y ex político sionista, padre del actual primer ministro de Israel) publicó un alegato en el que señala el racismo antisemita como origen y motivación fundamental de la Inquisición española. Esta peregrina hipótesis retrotrae el debate historiográfico sobre el Santo Oficio a un estadio anterior al que se había logrado gracias a las más relevantes aportaciones de autores como Domínguez Ortiz, Suárez Fernández o Eliott y lo devuelve a un terreno de interpretación basado en prejuicios ideológicos no tanto en una lectura desapasionada de las fuentes para buscar en ellas la explicación de los hechos del pasado.
    Quizá por eso mismo, la sugerencia tuvo una inmensa y acrítica repercusión internacional en un mundo que rehuye los análisis complejos de la realidad y prefiere concebir la historia como una proyección hacia atrás de nuestras peculiares fobias, siendo una de las más características de ellas, la cristianofobia. De ahí el éxito que tiene todo aquello que se utiliza para denigrar al cristianismo de ayer pensando en combatir al cristianismo del presente. Otros, desde las filas de la misma Iglesia prefieren romper con cualquier fidelidad o vínculo emocional hacia el pasado para subrayar que la Iglesia de nuestros días sería el resultado de la metamorfosis que convierte a una institución antaño oscurantista e intolerante en vanguardia de una nueva civilización sincretista y ecuménica.
    Entre las muy autorizadas voces, que se han distanciado de la tesis sostenida por Netanyahu, se encuentra el autor de Las razones de la Inquisición española (Una respuesta a la Leyenda Negra). Comienza el autor preguntándose, lúcidamente:
    ¿Realmente necesitan de reivindicación sentida o dolida aquellos desdichados que sufrieron injustamente hace siglos, pero que llevan otros tantos siendo rehabilitados por filósofos, historiadores, novelistas y ahora hasta por la misma Iglesia? Y esto en un mundo como el contemporáneo plagado de horrores, en el que hay miles de damnificados por sistemas, injusticias y conflictos tremendamente crueles y a veces olvidados; o en la España democrática en la que las víctimas de nuestro terrorismo o de nuestra intolerancia han de señalarse y hacerse visibles a diario para no quedar arrumbados y preteridos (p.15).
    En este contexto irrumpe el profesor Netanyahu con Los orígenes de la Inquisición (Nueva York, 1995):
    Prácticamente no hay historia de la Inquisición ni obra que verse sobre algún aspecto del judaísmo español que no recoja la obligada referencia a sus planteamientos. Por lo que respecta al ámbito de la cultura española no puede dejar de señalarse que las posturas de Netanyahu han saltado a los medios de comunicación social, llegando éstos a servir de soporte mediático a tensos debates más propios de congresos especializados o de revistas científicas (p.17).
    En contraste con tanto entusiasta acrítico, el gran académico español Antonio Domínguez Ortiz califica de aberrantes unas conclusiones como las de Netanyahu que vinculan la Inquisición a una maquinaria política justificada por razones religiosas, producto de unos odios sociales y racistas que los reyes utilizaron en su provecho
    Para desentrañar el problema comienza García Olmo explicando la trayectoria seguida por los judíos españoles en los reinos cristianos medievales para llegar al debate fundamental: el del criptojudaísmo.
    En efecto, dilucidar hasta qué punto es cierta la convicción de que los conversos españoles de los siglos XV y XVI judaizaban —argumento sostenido no sólo por los promotores de la Inquisición y buena parte del pueblo, sino también por diversas escuelas de historiadores contemporáneos, con mayor rotundidad si son judíos—, se ha convertido en piedra de toque del avance de toda investigación posterior (p.35).
    Los autores (incluso judíos) que afirman la realidad judaizante otorgan amplio crédito a la razón religiosa que desde el principio dio el sistema inquisitorial de su propia existencia, por el contrario, quienes —desconfiando de las fuentes— niegan o minimizan la sustantividad del criptojudaísmo no ven en la Inquisición otra cosa que designios lucrativos o racistas.
    A lo largo de una serie de páginas de densa argumentación y convincente soporte documental, procede Miguel Ángel García Olmo a analizar cuestiones como el propio origen del Santo Oficio entendido a la luz de las fuentes y la limpieza de sangre para llegar a una serie de ponderadas conclusiones en las que queda establecida la existencia de un criptojudaísmo minoritario pero preocupante y la actitud ambigua de los judíos hacia los que habían abandonado su religión: La Inquisición es caracterizada como un tribunal de la fe moderado en su represión y la América hispana como el lugar de aplicación de unos principios basados en los derechos humanos y donde se estrellaron las pretensiones estrechas ligadas a la defensa de la pureza de sangre:
    Lejos de instaurar una sociedad guiada por directrices de segregación racial y de exaltación del modelo etnocéntrico, los españoles ‘inventaron’ la sociedad del Nuevo Mundo y en ella pusieron en práctica con considerable éxito la teoría de los derechos humanos que fueron alumbrando entre paso hacia adelante y hacia atrás (p.279)
    El autor de esta obra, cuya lectura aprovechamos para recomendar de nuevo, sostiene que el único camino posible de hallar coherencia a la historia de la Inquisición española consiste en olvidar las cíclicas y multiformes teorías conspirativas que se han ido formulando desde el siglo XIX hasta hoy, y volver a leer los textos, testimonios y documentos históricos sin suspicacias ni imágenes preconcebidas (p.277). Un criterio con el que coincidimos plenamente y que, aplicado también a otros campos del estudio de nuestro pasado, hará que los españoles dejemos de colaborar a nuestro propio descrédito colectivo e individual.

    Título: Las razones de la Inquisición española (Una respuesta a la Leyenda Negra)
    Autor: Miguel Ángel García Olmo Marcial Pons
    Editorial: Almuzara, 2009
    Páginas: 346
    Precio: 23 euros

    El libro regalado a Francisco por Netanyahu: una manipulación historiográfica | Tradición Digital
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  12. #12
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    Re: La Santa Inquisición en defensa de las libertades sociales

    Antonio Caponnetto: Las mentiras sobre la inquisición

    Conferencia muy interesante y documentada del Doctor Antonio Caponnetto, intelectual argentino de gran experiencia y formación sobre temas eclesiales, teológicos y filosóficos. Es necesario escucharla para ir desmontando la leyenda negra que contra la Iglesia Católica (y también contra España) ha intoxicado y sigue intoxicando a generaciones enteras tanto de cristianos como de creyentes de otras confesiones o de ninguna.
    El título es “Las Mentiras sobre la Inquisición” y lo ofrecemos en exclusiva por primera vez en la red. No tiene desperdicio.



    Antonio Caponnetto: Las mentiras sobre la inquisición | Adelante la Fe
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