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Tema: Nuevo en Carlismo.es: Testimonio sobre una gran traición

  1. #1
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    Nuevo en Carlismo.es: Testimonio sobre una gran traición

    Madrid, 1 junio 2013. Nueva incorporación a la biblioteca digital de la web Carlismo.es:

    Ignacio Escobar y Kirkpatrick: Testimonio sobre una gran traición

    En los inicios de la década de mil novecientos ochenta, Carlos Etayo, junto con Miguel Ayuso y otros jóvenes correligionarios de la Comunión Tradicionalista difundieron el testamento político de Ignacio Escobar y Kirkpatrick, conocido como Marqués de Valdeiglesias (título de fantasía creado por Alfonso el llamado XII), antiguo juanista y ministro en varios gobiernos de Franco. Este documento es una de las piezas fundamentales para comprender la Transición.

    Para Ignacio Escobar, miembro de Acción Española, el versículo "Fuit homo missus a Deo cui nomen erat Joannes" se plasmó durante algún tiempo en el autodenominado Conde de Barcelona. Cuando apareció la candidatura de Juan hijo, luego conocido como Juan Carlos, Escobar fue un apoyo más. Sin embargo, pronto advertiría su error, pues el hijo era aún peor que el padre, "más cínico" y "dispuesto a jurar todo lo jurable con la idea preconcebida de faltar a su juramento".

    En el momento de escribir su testamento, Francisco Franco había muerto y Juan Carlos "de Borbón" había sido nombrado Jefe de Estado. Escobar realiza una crítica al pasado reciente: las vacilaciones de Franco; la nebulosa ideología del nuevo régimen; las banalidades de Juan padre y la restauración de la "monarquía" constitucional. Por todo lo anterior, Ignacio Escobar lamentaba la inutilidad de la Cruzada de Liberación y la traición a los mártires.

    Para acceder al libro en formato pdf, pinchar aquí:
    http://carlismo.net/wp-content/uploads/2013/06/Testamento-político-del-Marqués-de-Valdeiglesias.pdf



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  2. #2
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    Re: Nuevo en Carlismo.es: Testimonio sobre una gran traición

    Juan Carlos era aún peor que el padre, "más cínico" y "dispuesto a jurar todo lo jurable con la idea preconcebida de faltar a su juramento".
    Efectivamente: TRAICION. Este manifiesto ya lo había yo leído hace algunos años.

    Eso es lo que pasó y lo que durante la Transición uno no se cansaba de oir, tapando las intepretaciones mezquinas y falsas que del franquismo hacían AP y UCD y su corte de juntaletras pesebreros para atraerse al llamado franquismo sociológico (¡¡Franco hubiera votado UCD!!,Franco votaría sí al divorcio etc)
    Lo triste es que por ley de vida, gente que no conoció aquellos larguísimos años de la Transición (con sus diarios chaqueteos y cambios camaleónicos de colaboradores y de periodistas e historiadores falaces que profesaban un franquismo light), saltándose aquella Transición y sus mentiras que no vivieron, hilvanan conclusiones sustentando como premisas aquellas mentiras.

    Simples necedades que gente veraz y fiel a toda prueba ya rechazaba y denunciaba entonces, hablando solo de traición pura y dura de Juan Carlos a Franco. ¡¡Cuanta gente (la mayoría ya fallecida) como D. Ignacio Escobar y tantos y tantos, vimos y palpamos la traición juancarlista! ¡Como si entonces no estuvieran las cosas claras y no la denunciaran autores, libros, revistas y periódicos día a día y mes a mes y hasta los propios militares en declaraciones y reuniones!

    De un tiempo acá, en el mejor de los casos (o más bien en el peor) a la derecha carca (es un decir) solo le quedan los Pío Moas y De la Cierva liando al personal con las “bondades (o maldades, da igual) liberales de Franco y del franquismo”.
    Mentira entonces elaborada para justificar transfuguismos políticos pero que, con efecto retardado, ha llegado hasta a falsificar la perspectiva ‘conservadora’ de la Historia de España. La conclusión de toda la sarta de mentiras es la supermentira de que Franco fue o genocida (según la izquierda) o un liberal (¡¡) sui géneris (según la derecha).
    Última edición por ALACRAN; 04/06/2013 a las 06:29
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

  3. #3
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Re: Nuevo en Carlismo.es: Testimonio sobre una gran traición

    Respecto al testamento de Ignacio Escobar, dos cosas:

    1º. Resultaría cómico si no fuera realmente trágico el patetismo en que Valdeiglesias se debate en todo el documento sobre el dilema entre ser fiel a sus principios políticos monárquico-tradicionalistas y su lealtad a los representantes de la rama liberal-usurpadora (Juan y su hijo Juan Carlos), dilema absurdo en el que se debaten todos aquéllos que no han podido (o no han querido) ver cuáles son los representantes legítimos que realmente encarnan dichos principios.

    Canals Vidal lo expresó de manera magistral (reproduzco lo que ya puse en su día AQUÍ y AQUÍ):

    “Lo que nos interesa es plantearnos la pregunta de plena vigencia para el presente y el futuro de España, por llena de sentido para la comprensión de su historia política, de la definición ‘tradicionalista’ del hecho social y político del carlismo y de la concreción ‘carlista’ del tradicionalismo español. Procuremos enfrentarnos a la cuestión con decisiva vuelta a las cosas mismas y evitando el enzarzarnos en palabrerías deformadoras.

    Todo el mundo ve que merecen ser calificados como eminentes pensadores tradicionalistas hombres como el Donoso Cortés en su segunda época. Contemporáneamente ejercen influencia universal escritores tradicionalistas franceses, belgas e incluso norteamericanos. Esto no supone en modo alguno que fuese posible hoy en Francia o en los Estados Unidos de América una acción política de intención y contenido semejante al realizado en España por el pueblo carlista. Ni tampoco que pudiese Donoso Cortés realizar algo parecido en la España isabelina o en la Francia donde hizo explosión su genial Ensayo.

    Con el término tradicionalista se significa un sistema de pensamiento sociológico y político. Incluso se puede significar con este término no sólo una doctrina sobre lo político, sino también una actitud práctica ante la vida política. Con las salvedades que deben hacerse siempre sobre los términos que concluyen con el sufijo ‘ismo’ –nadie comprendería que en la liturgia de la misa se sustituyese el credo, profesión de fe cristiana y católica, por un acto de adhesión a los principios cristianistas y catolicistas– puede aceptarse que el término tiene su propia virtualidad. Personalmente me afirmo como tradicionalista y entiendo caracterizar así una doctrina y una actitud.

    Por esto mismo un pensamiento tradicionalista sería incompleto, mutilado en el más estricto sentido de este término, si no alcanzase a decisiones fundadas en juicios concretos sobre la vida histórica y actual de la sociedad. En España un tradicionalista que se definiese temática e intencionadamente como no carlista sería comparable a un irlandés que a fines del siglo XVII se hubiese definido como amante de su patria y católico romano pero orangista [Es el caso de Donoso Cortés, que se definía cristino e isabelino; Menéndez Pelayo, que se definía alfonsino; Eugenio Vegas Latapie, que se definía alfonsino y juanista; o de Blas Piñar, que se definía y se sigue definiendo franquista]. Esta actitud evidentemente le hubiese permitido la conservación de sus propiedades y cargos; pero es obvio que no hubiese sido conducente para la perseverancia de su nación en la fe católica y en su autenticidad irlandesa. Un ‘carlista’ que se profesase ‘no tradicionalista’ sería por su parte comparable a un ‘jacobita’ protestante [Fue el caso de los seguidores de Carlos Hugo y de los actuales seguidores de su hijo Carlos Javier] . Los jacobitas protestantes, en ninguno de los países que vendrían a formar el Reino Unido, tuvieron eficacia de ninguna clase.

    Hemos querido aludir a estos ejemplos históricos para hacer intuible en lo concreto y singular lo que queremos decir, y sobre lo que convendrá reiteradamente volver: un tradicionalismo español sin carlismo se mueve en el orden de una consideración de la esencia sin la existencia, por el afán de huir de lo concreto y singular.

    Pertenece así un ‘tradicionalismo’ al orden del saber especulativo -práctico, y no al de la vida política. Pero lo activo y eficiente no es la esencia ni el saber de la esencia sino el ser de las cosas, lo que olvida el racionalismo político. Aunque tal vez este tradicionalismo de principios y de esencias es precisamente, en el plano concreto y político, no ya un racionalismo, sino una desfiguración y traición enervadora.

    ‘Tradicionalismo’ de suyo significa la esencia y contenido del hecho carlista. ‘Carlismo’ menciona la lucha española por la tradición en su concreción histórica y social. Un carlismo no tradicional es, por lo mismo, un hecho sin sentido. Un tradicionalismo español indiferente al carlismo, es un sentido sin hecho. Un sistema de conceptos sin la fuerza y la eficiencia de lo que es” .

    “ En lo profundo de la sociedad española, como elemento nuclear y vertebrador de su ‘historia’ actual y futura, vive el hecho carlista, con su fuerza popular, no populista; nacional, no nacionalista; macabaica, no farisaica; tradicional, no ‘tradicionalista-romántica’; contrarrevolucionaria, no ‘conservadora de la revolución liberal’. En la más patente y ostentosa superficie de la vida política española muestra su filistea vigencia la corriente que, a partir de la sofisticación dieciochesca de las ‘clases ilustradas’, de que habló Vicente Pou, llevó del latifundismo liberal de los desamortizadores al socialista latisueldismo […] de los burócratas y financieros de la segunda revolución industrial y del Desarrollo […]. La esencia de la guerra carlista fue la defensa de la tradición. Pero los defensores de la tradición frente al liberalismo, en Cádiz, o en el trienio 1820-1823, o cuando el liberalismo se constituyó en el factor políticamente activo de la causa de Isabel II, se dieron a sí mismos, o recibieron a modo de insulto por sus adversarios, diversos nombres: realistas, absolutistas, serviles, etc. No se dieron ni recibieron el nombre de tradicionalistas.

    En los escritos políticos de Balmes no se halla ni una vez mencionado el ‘tradicionalismo político’ o el ‘partido tradicionalista’; y así el término no aparece nunca en los índices de la edición crítica de las obras del P. Ignacio Casanovas. En el estudio del mismo autor sobre la vida, el tiempo y la obra de Balmes, el ‘tradicionalismo’ significa únicamente la filosofía de la escuela apologética francesa, sin una sola alusión al término en sentido político.

    El término tradicionalismo, usado para designar al carlismo, es tardío. No se generaliza hasta después de 1868, al aparecer la causa carlista por primera vez en forma de partido, con el nombre de ‘católico-monárquico’, con actuación parlamentaria, prensa política y Juntas orientadas a una acción electoral, por obra de dirigentes procedentes sin excepción de los sectores ‘católicos’ de la política isabelina [Son los famosos neocatólicos. Unos se integrarán perfectamente, como Aparisi y Guijarro, pero otros, como Ramón Nocedal, traerán sus propias ideas tomadas de la táctica política tradicionalista europea].

    El carlismo no fue nunca un partido al estilo liberal-parlamentario. ‘Carlismo’ no puede nombrar pues la concreción en forma de partido del ‘tradicionalismo español’. Antes al contrario ‘tradicionalismo’ fue el término empleado al asumir la causa ‘carlista’ hombres de formación política parlamentaria y de ideología y actitud típicamente imitada del ultramontanismo político europeo. Algunas veces estos hombres propugnaron de nuevo la abstención electoral, como Cándido Nocedal en algún tiempo. Pero no hay que olvidar que toda la estructuración a modo de partido de la causa ‘tradicionalista’ se deriva fundamentalmente de estos hombres. Es un interesantísimo tema de estudio histórico el de estos orígenes isabelinos –románticos– del tradicionalismo español.

    Que todo ello tendía a convertirlo en un sentido sin hecho lo prueba, no obstante, que fuera de los ambientes periodísticos, universitarios o profesionalmente políticos, nadie entiende seriamente por ‘tradicionalistas’ más que a los ‘requetés’. ¿Cree alguien que hubieran podido sustituirse, como fuerza eficiente en el curso de la historia española, los navarros de la Plaza del Castillo en julio de 1936, por escritores ‘balmesianos’ u oradores ‘tradicionalistas’ ?
    Partido tradicionalista, ya no carlista, fue el surgido del manifiesto de Burgos, de Ramón Nocedal, expresivo, de lo que se llamó más comúnmente ‘integrismo’. Comunión tradicionalista fue el nombre resultante de la fusión integrista-carlista en los años inmediatos a la Cruzada [Aquí volvió a ocurrir lo mismo que hemos señalado antes con los neocatólicos. Unos se integraron perfectamente, como Fal Conde, pero otros llevarían consigo aquellas tácticas políticas tradicionalistas en las que sólo se quiere difundir la doctrina pero no se busca al mismo tiempo una auténtica y efectiva reconquista del poder, y que hoy en día podemos ver bien reflejadas en los dirigentes del autodenominado partido político CTC].

    Suponer que el ‘tradicionalismo’, como ideología o doctrina, existió con anterioridad al ‘carlismo’, y que se concretó accidentalmente en éste, es a la vez una inversión de sentido y un desfase cronológico más que secular”.





    2º. De nuevo, una vez más, vuelve a salir con motivo del testamento de Valdeiglesias el tema de cuál debe ser el juicio o interpretación histórica verdadera sobre el periodo franquista y sobre el propio Franco. Como esto ya ha salido muchas veces en el Foro cogeré al azar, de entre todos los hilos, el que se abrió sobre los motivos de que Franco eligiera a Juan Carlos, para reproducir a continuación lo que allí dijo en su día el forero Villores y que recoge la auténtica y verdadera interpretación sobre Franco y su régimen revolucionario, que todo español que quiera realmente buscar lo mejor para su Patria debería tener en mente.

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    Franco era como la mayoría de los militares de su época un obtuso en política que jamás quiso ver más allá de las "decoraciones heráldicas de la Revolución que usurpan su nombre", es decir de la (anti)monarquía liberal que pese a su carácter intrínsecamente disolvente era vista como la garantía del "orden y la unidad". Franco no concebía otra monarquía que la de los alfonsos y no nombró sucesor al llamado Conde de Barcelona por ser este un capullo. Franco era plenamente consciente de que con Juan Carlos vendrían los partidos, las libertades de perdición y el troceamiento nacional en autonomías. Había no pocos eximios hombros de su régimen que ya en vida de Franco le insistían en ese sentido, como Miguel Primo de Rivera y Urquijo, sobrino de José Antonio y amigo íntimo de Juan Carlos. El mismo Miguel Primo de Rivera espetó en una ocasión directamente a Franco sobre la conveniencia de legalizar los partidos políticos (ya se había legalizado la libertad religiosa, que moralmente era mucho peor) y Franco le respondió: "eso le corresponde a ustedes, los jóvenes".
    Como este ejemplo existen miles que desmienten una visión idealizada de la autocracia franquista. Sólo la coincidencia propagandística de la extrema derecha con la extrema izquierda ha generado una imagen de Franco totalmente distorsionado de lo que supuso para la Historia. Para ambos extremos Franco fue un paradigma de gobernante católico en la línea tradicional, pero en realidad fue un espadón de transición que durante algunos años hizo cosas muy buenas para dejar atada a la postre la europeización de España.





    Franco tenia decidido de antemano que ningún miembro de la Casa de Parma reinaría sobre España llegando al extremo absurdo, ridículo y obsceno de cuestionar la españolidad de los mismos... El mismo Franco que firmaba el reconocimiento de la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes.

    Carlos Hugo SÍ que fue en sus inicios el Príncipe del 18 de julio. Toda la comunicación de Carlos Hugo con Franco y su acción política hasta el caprichoso nombramiento de Juan Carlos va en la línea de la identificación total y absoluta con la Cruzada y los ideales del 18 de julio. Pareciese que Franco no quería la continuidad de esos ideales y por eso nombró sucesor a un tipo desconocido en España y que desde el principio, siguiendo primero indicaciones de su padre --que transformó su círculo en una continua conspiración antiespañola rodeado de masones, rojos y agentes del mundialismo-- y luego por íntima y absoluta convicción dejó claro en público y en privado que su vía era la de la partitocracia liberal.

    Apreciado Nicus: Ha estado especialmente desacertado al señalar que los carlistas reconocieron a Franco y que incluso llegaron al extremo (infame) de hacerle ocupar el puesto del Rey. Desde el principio el Carlismo ejerció una actividad continua y constante de oposición por pura defensa y supervivencia de si mismo. Aplicando un juicio misericordioso sobre los carlistas que aceptaron el franquismo u ocuparon cargos durante el mismo podemos decir que fueron una minúscula minoría. En cambio el franquismo se mostró combativo contra el carlismo, y según las épocas también contrario a los principios de la Tradición española. La lucha de los carlistas durante el franquismo iba en esas dos direcciones: defenderse del intento de aniquilación social y política y dar la réplica política a las tendencias totalitarias, antitradicionales y laicistas que siempre estuvieron presentes en el franquismo. Para entender la magnitud del desencuentro entre carlismo y franquismo le invito a leer una fundamental obra: Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español (1039-1966). En esa monumental obra de más de treinta volúmenes está pormenorizado todo lo comentado.





    Franco no tenía un pelo de ingenuo ni de cándido. En algunas fobias personales era prejuicioso y obcecado, como se pudo ver en el tratamiento dado a la españolísima Casa de Parma; pero sobre todo era escrutador, reflexivo y además poseía un fino sentido gallego-marroquí para salirse siempre con la suya. Lo ingenuo sería pensar que alguién más corto que las mangas de un chaleco pudo torear y engañar a Franco durante casi treinta años, contándo además Franco con un privilegiado servicio de información de todas las actividades antinacionales en las que desde su juventud se prodigó el susodicho y fueron miles las personas muy cercanas que le avisaron cumplidamente de esas actitudes, que ya de por si Franco conocía. En cambio Franco encauzó no pocas de esas acciones. Por ejemplo desde un principio vetó su presencia en los actos del Movimiento Nacional, que en teoría era la organización social y política de la comunión de los españoles en los ideales de la Cruzada. Y usó su figura para las gestiones diplomáticas ante los atlantistas. Precisamente ese era el norte último de la concepción franquista: aliarse con el llamado mundo "libre", es decir las partitocracias de perdición liberales, y para ese fin la única carta que podía usar era la de Juan Carlos por sus poderosos vínculos familiares con la finanza, los mandilones, los poderes ocultos y las "potencias" liberales. Además colateralmente Franco con eso restauraba la (anti)monarquía de los alfonsos, con la que siempre se sintió identificado: Alfonso el llamado XIII fue su padrino de bodas y todos los años asistía a los funerales por su alma. Con esa restauración Franco sabía que se exponía de sobra a lo que ahora tenemos, aunque no lo desease. Existe un documento tremendamente clarividente, reproducido íntegramente en la obra que antes he recomendado a Rodrigo (por Nicus), la Manifestación de los Ideales Tradicionalistas a S.E. el Generalísimo y Jefe del Estado Español. Absolutamente todas las advertencias que ese juicioso documento contiene sobre los peligros de la restauración de la dinastía liberal se fueron cumpliendo con asombrosa exactitud. Esa llamada de alerta constituyó tristemente una crónica de una muerte anunciada.

    Por último me remito a la obra monumental citada para desmentir una aceptación de Franco por los carlistas. Desde el principio el franquismo quiso acabar con el carlismo, y este se tuvo que defender para sobrevivir. Un exiguo grupo de ingenuos, siempre representantes del carlismo acomodado económicamente, coparon algunas carteras ministeriales y cargos en el nuevo régimen, siempre de modo muy temporal e incluso se las tuvieron que ver en esos años con las tendencias más totalitarias, oficiales de aquel periodo. Pero el Jefe-Delegado, estaba condenado a muerte, el Regente desterrado, los círculos carlistas cerrados. ¿Como iban a cambiar la lealtad multisecular a un Rey por alguién que pretendía estrangularlos políticamente y que además no aplicaba en su integridad los principios de la Tradición?





    No es ese el asunto sobre el que estamos discurriendo y tampoco creo que hayamos dicho eso. Sobre Carlos Hugo ya hemos hablado en otros hilos, a ellos me remito. Sólo lo cité circunstancialmente para hacer ver una incongruencia más de la designación de Juan Carlos. Aquello de "la monarquía del 18 de julio" era la coartada para embaucar a los hombres del Movimiento Nacional realmente identificados con los ideales de la Cruzada (luego hubo otros hombres de ese Movimiento, siempre encaramados a los principales puestos oficiales, que tenían muy claro el camino hacia la partitocracia, y junto a JC conspiraron). He planteado que si en verdad se hubiese querido instaurar una Monarquía asentada en el 18 de julio no hacía falta proveer sucesor, sino simplemente hacer cumplir el Derecho y restaurar en el Trono a los Legítimos Reyes. CH no obstante llegó a avenirse a ese juego de la sucesión, pero como no podía ser de otro modo presentó las credenciales de ser el único candidato legitimado por la Cruzada, y hasta su repugnante traición se presentó como el continuador de los ideales defendidos por el pueblo que lo sostenía. En cambio JC jamás se identificó con la Cruzada, el peso de los alfonsinos en la misma fue perfectamente despreciable y nada más concluir la misma empezaron a luchar contra ella. Desde el punto de visto del Movimiento era injustificable el nombramiento del hijo del "rey de los rojos", tal como se pavoneaba de ser el llamado Conde de Barcelona con sus continuos ataques a España coincidiendo con el boicot mundialista en su contra (1). Carecía de apoyo o simpatía popular alguna, al no quererle nadie resultaba fácil aquel retruque de querer ser el rey de "todos", pero como se verá cuando caiga nadie se levantará por él ni por los suyos. Además no tenía carisma, atractivo personal, dotes militares, ni virtudes morales. Y desde el principio claramente ajeno en público y contrario en privado y muchas ocasiones en público a los ideales de la Cruzada. ¿Qué broma macabra era entonces aquello de "la monarquía del 18 de julio?

    (1) A raíz de este ejemplo merece recordarse la actitud de los carlistas. Pese a que Franco cerraba sus círculos e intentaba su aniquilamiento político y social los carlistas se pusieron de parte del gobierno de Franco cuando el boicot de la ONU, moviendo incluso sus resortes de influencia exterior (sobre el Vaticano, las noblezas tradicionales y los regímenes católicos) en favor del mismo. Por contra desde Estoril se urdían complots junto a los exiliados comunistas y socialistas y se influenciaba sobre las partitocracias, las logias y la sinarquía para hacer más cruento el boicot contra España.





    Para que no quede ni la más mínima duda de a quien correspondía en Derecho la Corona de España a este libro me remito: Fernando Polo, ¿Quién es el Rey? Inauguramos la Biblioteca Tradicionalista digital de Carlismo.es « Comunión Tradicionalista

    Se desprende la lectura atenta de dicho además el carácter totalmente heterodoxo en el que Franco pretendió la instauración monárquica. Me remitiré a la exégesis del mismo: (...) como ofrece una síntesis muy bien hecha de las leyes sucesorias de la monarquía española, explica el carácter «automático» de la designación del heredero a la Corona y da cuenta de las profundas razones en que se fundan esas leyes, tiene extraordinaria vigencia en la actualidad. Es decir, Franco no tenía que crear una ley ad hoc de Sucesión, pues ya existían unas leyes multiseculares que determinaban ese extremo. Carlos Hugo pese a todo entró en el juego, presentó sus credenciales de estar respaldado por el 18 de julio y ni aún por esas. (Todo ello no quita para calificar su posterior evolución como aberrante, deleznable y abominable, siendo precisamente el pueblo carlista quien más la sufrió).




    Se sale del tema de reflexión, pero en cualquier caso seria más correcto decir que lo heterodoxo fueron los primeros manifiestos de Franco (señalados por la página que enlazo, hagiográfica de Franco, como uno de los documentos más importantes y definidores de su pensamiento) cuando se unió al alzamiento patriótico y religioso cívico-militar organizado por Sanjurjo, Mola y los Requetés. Franco no pudo llevar siempre a gala ser un rebelde contra la república a la que juró lealtad, pues al menos en sus primeros manifiestos pretendió restaurarla y fortalecerla tras su violentación por las izquierdas dentro de la forma de dictadura transitoria, fórmula defendida por otros muchos jefes militares. Después sus querencias alfonsinos afloraron y ya le llevaron por otros derroteros, con una ley de sucesión caprichosa y que contrariaba preceptos de las leyes de la Monarquía Española (ojo, leyes multiseculares, anteriores al propio nacimiento del carlismo, que en última instancia debió su nacimiento a la defensa de esa legítima legalidad). La ley de sucesión como vía de hecho si lo que pretendía era instaurar una monarquía "del 18 de julio" como se decía para calmar a los patriotas del Movimiento Nacional podría con gran laxitud llegar a ser más o menos comprensible. Lo que de ningún modo se justifica es la decisión absurda y arbitraria desde el primer momento de quien se sabía que nada quería con los ideales del 18 de julio.
    Última edición por Martin Ant; 05/06/2013 a las 14:33

  4. #4
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    Re: Nuevo en Carlismo.es: Testimonio sobre una gran traición

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    Madrid, 1 junio 2013, sábado en la octava del Corpus Christi; Santa Ángela de Mérici, virgen; San Íñigo, abad. Fe de errata: Al dar la noticia de la incorporación a la biblioteca digital de la web Carlismo.es del libro Testimonio sobre una gran traición, de José Ignacio Escobar y Kirkpatrick, se decía de éste que había sido "ministro en varios gobiernos de Franco", cuando en realidad fue, entre otros cargos, Consejero Nacional del Movimiento, no ministro.

    José Ignacio Escobar y Kirkpatrick (1898-1977) es un personaje interesante, encarnación de las contradicciones de aquellos monárquicos liberales que, viendo claramente el mal del liberalismo, quisieron abandonarlo sin romper con la dinastía usurpadora. Por eso mismo tiene tanto valor, cuanto menos ad hominem, su testimonio contra el actual Jefe de Estado y su entorno: a Escobar no se le puede acusar de prejuicio legitimista, ni de desconocimiento. Su desengaño es amargo, porque representa denunciar a aquellos a los que sirvió abnegadamente, tras comprobar que seguir sirviéndolos era perjudicar a España.

    Su labor durante la II República, en colaboración con Eugenio Vegas Latapie, fue considerable. Transformó el periódico La Época del liberalismo doctrinario a un cuasi tradicionalismo. También fue meritoria su actuación al inicio de la Cruzada de Liberación, a las órdenes del General Mola (y al margen de Franco). Lo recogen sus memorias de la guerra, notables, y justamente feroces contra Ángel Herrera Oria, publicadas en 1955 por Rialp bajo el título Así empezó... Como tantos otros títulos de la década de 1950, Rialp no volvió a publicarlo, cambiada la línea editorial al unísono con la de la semisecreta institución religiosa que la inspira. Así empezó... fue reeditado en Madrid por Gregorio del Toro en 1974.

    Volvemos a reproducir la entrada de la web de la Comunión Tradicionalista:

    José Ignacio Escobar y Kirkpatrick: Testimonio sobre una gran traición

    En los inicios de la década de mil novecientos ochenta, Carlos Etayo y unos jóvenes correligionarios de la Comunión Tradicionalista difundieron el testamento político de José Ignacio Escobar y Kirkpatrick, conocido como Marqués de Valdeiglesias (título de fantasía creado por Alfonso el llamado XII), antiguo juanista y Consejero Nacional del Movimiento, entre otros cargos, con Franco. Este documento es una de las piezas fundamentales para comprender la Transición.

    Para José Ignacio Escobar, miembro de Acción Española, toda esperanza política quedó plasmada, durante algún tiempo, en el autodenominado Conde de Barcelona. Cuando apareció la candidatura de Juan hijo, luego conocido como Juan Carlos, Escobar fue un apoyo más. Sin embargo, pronto advertiría su error, pues el hijo era aún peor que el padre, "más cínico" y "dispuesto a jurar todo lo jurable con la idea preconcebida de faltar a su juramento".

    En el momento de escribir su testamento, Francisco Franco había muerto y Juan Carlos de Borbón había sido nombrado Jefe de Estado. Escobar realiza una crítica al pasado reciente: las vacilaciones de Franco; la nebulosa ideología del nuevo régimen; las banalidades de Juan padre y la restauración de la "monarquía" constitucional. Por todo lo anterior, José Ignacio Escobar lamentaba la inutilidad de la Cruzada de Liberación y la traición a los mártires.

    Para acceder al libro en formato pdf, pinchar aquí:

    http://carlismo.net/wp-content/uploads/2013/06/Testamento-político-del-Marqués-de-Valdeiglesias.pdf

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