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Tema: Carta de la Princesa de Beira al Rey legítimo Juan III

  1. #1
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    Carta de la Princesa de Beira al Rey legítimo Juan III

    Carta de la princesa de Beira a don Juan III

    Mi muy querido hijo de mi corazón: El tierno cariño que siempre te he profesado, como a tus dos inolvidables hermanos Carlos VI y Fernando (q. e. g. e.) especialmente desde que huérfanos de vuestra querida madre, quedasteis a mi cuidado; y más que esto, el deber sagrado que contraje, casándome con vuestro querido padre, de miraros como a propios hijos míos, me ponen en la necesidad de escribirte ahora. Esto hago, mirando por tu bien Verdadero y el de nuestra familia, y para su salvaguardia de los derechos del trono de San Fernando y del bien general de nuestra amada España. Este bien no se puede conseguir sino por medio de la unión de todos los amantes de la justicia y de las verdades fundamentales del orden y de la sociedad. La unión sólo puede salvarnos; la desunión pone el triunfo en manos de nuestros enemigos.




    Ahora bien: no hay duda de que no existe ya dicha unión entre ti y el gran partido monárquico religioso español. ¿Ha de ser perpetua esta división? Graves acontecimientos amenazan; la sociedad está desquiciada, y todo nos hace presumir un grave cataclismo social, y es urgente que cada uno conozca su posición. He aquí por qué yo, después de haber esperado mucho tiempo, y correspondiendo a las continuas instancias que se me han hecho, me he decidido, al fin, a escribirte, manifestándote lo que me dicen muchos españoles de conocido patriotismo e influencia, unos emigrados, otros residentes en España.

    Todos apoyados en distintas y sólidas razones, están acordes en que ni pueden ni deben reconocer en ti el derecho a la posesión del trono de tus mayores, a pesar de que eres el llamado a ocuparle, por haberte despojado a ti mismo de dicho derecho. Los principios democráticos que has proclamado, dicen, destruyen por su fundamento toda legitimidad, y con el hecho de proclamarlos has renunciado a tus derechas a la Corona, has abdicado de hecho confesando en uno de tus manifiestos que lo esperas todo de la soberanía nacional. Añaden más: dicen que has apelado al sufragio universal, y que éste te condena, pues de todo el gran partido monárquico español, apenas hay un solo individuo que se haya adherido a ti y a tus principios. Te desecha igualmente todo el partido isabelino, con el cual estás en guerra; sólo queda un puñado de demócratas, quienes, aceptando tus principios, deben desconocer tu persona o servirse de ella solamente como de instrumento para sus fines ulteriores.

    A esto se junta que en la monarquía española, según sus venerandas e imprescindibles tradiciones, el Rey no puede lo que quiere, debiéndose atener a lo que de él exijan, antes de entrar en la posesión del trono, las leyes fundamentales de la monarquía. La fiel observancia de las venerandas costumbres, fueros, usos y privilegios de los diferentes pueblos de la monarquía, fueron siempre objeto de altos compromisos reales y nacionales, jurados recíprocamente porlos Reyes y por las altas representaciones del pueblo, ya enCortes por estamentos, ya en Juntas representativas, o explícitamente contenidos en los nuevos Códigos, incluidos todos implícita o explícitamente en el Código universal vigente de la Novísima Recopilación. Ahora bien: tus principios políticos subvierten aquellas leyes, aquellos fueros, aquellas tradiciones y costumbres. Y,sin embargo,la observancia fiel de todo aquello fue siempre una condición "sinequa non" para tomar posesión de la Corona. Porque el monarca en España no tiene derecho a mandar sino según Religión, Ley y Fuero. En consecuencia, cuando el que es llamado a la Corona no puede o no quiere sujetarse a estás condiciones, no puede ser puesto en posesión del trono, debiendo pasar la Corona al más inmediato sucesor que pueda y quiera regir el Reino, según las leyes, y según las cláusulas del juramento. Ahora bien: tus principios políticos están en oposición directa con las leyes de la monarquía española; luego debes renunciar a tus principios, o dejar toda esperanza de reinar en España.

    Hay más; las leyes fundamentales de la monarquía española obligan al Rey a jurar que profesará y observará, y hará que se profese y observe, la Religión Católica, Apostólica, Romana en toda la monarquía, con exclusión de todo culto o de cualquiera otra doctrina. Así se ha verificado desde la memorable Asamblea Nacional o tercer Concilio de Toledo, en el año 589.El Rey Recaredo, con toda su grandeza civil y militar, setenta y ocho obispos, los representantes del clero regular y secular, y el pueblo, representado por sus Condes y magnates, juraron en su propio nombre y en el de sus sucesores de observar y de hacer observar siempre en el Reino la Religión Católica, Apostólica, Romana. Han transcurrido ya desde entonces catorce siglos, y no obstante la dominación de los árabes y las diversas dinastías que reinaron luego en España, el memorable compromiso de aquella Asamblea se ha seguido cumpliendo hasta nuestros días. Mas tú quieres de una plumada romper aquel sagrado vínculo de la Religión en España, proclamando la libertad de cultos e introducir por este medio en la nación más anida de la tierra un semillero de discordias y acaso de guerras sangrientas. La libertad de cultos en una nación en donde hay de hecho millones que profesan culto diferente, puede ser conveniente o necesaria; mas en España, en donde todos hacen profesión de católicos, en donde todos confiesan que la Religión Católica es la única verdadera, la libertad de cultos es, no solamente inmoral, sino sumamente desastrosa en política, pues a las divisiones causadas ya por el funesto liberalismo moderno, se juntarían otras mil divisiones en Religión, que convertirían a la España en una Babilonia. La Religión Católica hizo que la España fuese en otro tiempo la primera nación del mundo. Ella hizo que todos los españoles fuesen como un solo hombre: todas estaban unidas en los mismos principios de verdades dogmáticas, morales y sociales, todos eran como un solo corazón, porque les unía la caridad evangélica. Esto mismo es lo que puede hacer que la España vuelva a ser lo que fue, y lo será tan pronto como cese la emulación y la envidia, el egoísmo y las maquinaciones de extranjeros.

    Ahora bien: tú, con tu libertad de cultos, no sólo quebrantas una ley fundamental y esencialísima de la monarquía, no solamente no procuras como debieras la unión, sino que siembras de hecho la discordia y acaso, sin saberlo, sirves de instrumento a los enemigos de nuestra prosperidad y de nuestra gloria. Por esto dicen que has perdido todo derecho a la Corona de España. La Religión Católica es su vida nacional y tú pretendes mataría. ¡Ah, hijo mío! ¡Cuánta pena me da el verte imbuido en tales principios! No es esto lo que tu padre y yo te hemos enseñado. En verdad que no sé qué pensar de tu cabeza y de tu corazón.

    Sin embargo, debo recordarte lo que tu buen padre te escribió tantas veces sobre tu divorcio y sobre las funestas consecuencias que podía y debía acarrearte a ti y a tu familia si no volvías a reunirte con tu excelente y piadosa esposa Beatriz y con tus hijos. Yo misma te he amonestado muchas veces de esto en mis cartas; pero todo fue en vano. Ahora bien: los españoles dicen, y desgraciadamente con razón, que tu divorcio es un escándalo público que dura ya diez años. Este escándalo es siempre un mal grave para la Iglesia y para la sociedad; pero para uno que se presenta como candidato a la Corona de España es un mal gravísimo. Y si a este escándalo se junta la libertad de cultos que prometes, los españoles temen que pudieses un día, cayendo de abismo en abismo, venir a ser para España lo que Enrique VIII fue para Inglaterra, separándola a fuerza de violencias y martirios de la Iglesia Católica. ¿Cómo quieres, pues, que se adhieran a ti? ¿Cómo pretendes que te reconozcan por su Rey legítimo? Eso es imposible. El escándalo que parte de tan alto causa horribles estragos en las costumbres y en la sociedad toda entera. Y una nación como la España no podría sufrir por largo tiempo un Rey semejante, aun cuando ocupase el trono. ¿Con cuánta más razón no desecharía a quien en medio de tal escándalo le pretende? ¿No harás, al fin, que cesen tantos males? Pues entonces ya puedes renunciar para siempre a tus pretensiones a la Corona de España.

    Los españoles no podían menos de reconocer que las principios políticos que tú profesas están ya más o menos explícitamente condenados por la Iglesia Católica como subversivos de toda religión, de todo orden, de toda sociedad. Y así, dicen: que no sólo los condena la IglesiaCatólica, sino también la razón y la conciencia, junto con laexperiencia de casi un siglo de revoluciones y trastornos que han causado en Europa. El espíritu del siglo y del progreso, de que tú hablas tanto en uno de tus manifiestos, es lo que expresamente condena Pío IX en su alocución de 18 de marzo de este año; y en ella va enumerando las razones y motivos que tiene para condenarlo como anticatólico y antisocial. Por consiguiente, la nación católica por excelencia no puede menos de reprobar lo que él reprueba, no puede menos de condenar lo que el Santo Padre condene. ¿Cómo, pues, podría la católica España aceptar por Rey a un Príncipe que profesa principios que la Religión Católica condena, que la conciencia reprueba, que la experiencia demuestra ser desastrosos? Eso sería querer directamente los males que cooperan a la mina entera de la nación, sería simplemente ser parricidas. Puede haber hombres malos que sean tan enemigos de su patria, porque en ningún tiempo faltaron traidores; pero que lo quiera el gran partido monárquico-religioso español, que al fin es la gran mayoría de la nación, es imposible. Tú excitas en uno de tus manifiestos a los carlistas a que se adhieran a tus principios, pero ¿cuántos lo han hecho? Según mis noticias, solamente uno o dos, de tan poca buena fama como tu secretario Lazeu. Ni podías esperar otra cosa de hombres que supieron sacrificar todo por sus principios. Pero ya tú les habías preparado el camino para esta repulsa, que te hace poquísimo favor. Pues dicen ellos: ¿Cómo hemos de reconocer por nuestro Rey legítimo a un Príncipe que renegó de su ilustre padre el Rey don Carlos V, de toda su familia y de todo el partido monárquico? Es verdad que, con respecto al renegar de tu padre, has hecho como si te disculpases; pero tu defensa ha sido peor que la acusación que dirigiste contra él. ¿Son acaso tus principios los mismos que él defendió con tanta firmeza y constancia? ¿No son diametralmente opuestos? Tu augusto padre, mi querido esposo, defendió sus derechos de legitimidad, y tú los destruyes con tu soberanía nacional; tu padre combatió contra la revolución por espacio de siete años; tú te has echado en brazos de la revolución; tu padre peleó por la conservación de los principios sociales; tú proclamas ideas que conducen directamente al comunismo y socialismo; tu padre quiso íntegro y respetado el principio de autoridad, sin el cual no es posible la sociedad; tu proclamas el espíritu de libertad e independencia que acaba al fin con toda autoridad; tu padre defendía la Religión Católica, atacada por la revolución; tú proclamas la libertad de cultos, que al fin conduce al indiferentismo y al ateísmo.

    Dime, ¿no es esto renegar de tu padre y de sus principios? Y renegando de tu padre y al mismo tiempo de tus hermanos y de tus principios, ¿cómo podrías esperar que te siguiese el gran partido monárquico-religioso español, que hizo por él y por su causa innumerables sacrificios? Pero tienen aún otra razón poderosa para no adherirse a ti, pues en tus proclamas has tratado al partido monárquico, se puede decir, a latigazos. Y en eso has mostrado, no sólo falta de tacto político, sino suma ingratitud. Si algún día podías haber llegado al trono, sólo podía ser apoyado en el partido monárquico; tú necesitabas de él más que él de ti. Y fue suma imprudencia política tratarle con ignominia y separarte de él. Además, sacrificándose por tu padre y por su causa, el partido monárquico se sacrificó también por ti y por tus respectivos derechos. ¿Qué Rey en Europa tuvo jamás hombres semejantes a los del gran partido monárquico español? ¿Encontrarás tú hombres entre los demócratas de toda Europa que sirvan como sirvieron nuestros voluntarios, en ejército de cuarenta mil hombres, en medio de privaciones y miserias, contentándose con mal uniforme y escasa ración, y esto no obstante, dispuestos siempre a pelear? Y, sin embargo, a estos hombres los has llamado mezquinos y desleales. Sacrificaron, unos, su bienestar y el de sus familias, su posición y su porvenir; otros están cubiertos de honrosas cicatrices, y todos, desde hace veintisiete años, viven, o en la emigración, o en el más inmerecido ostracismo, sólo por ser fieles a sus principios; y no obstante, tales hombres no merecieron de ti más que improperios. ¿Y después de esto pretendes que te sigan? No, eso es imposible.

    Esto y otras muchas cosas me dicen los españoles en sus cartas y en sus exposiciones; una añaden que para ellos es de gran peso, y es que mi querido e inolvidable hijo Carlos VI (q. e. g. e.) te declaró incapaz de reinar por el hecho de no ratificar la renuncia de Tortosa, pues el motivo principal y casi único de no ratificarla y de no darle la forma legal que le faltaba, fue tu conducta política, fueron tus principios anárquicos y subversivos, como consta de su manifiesto del mes de diciembre, de su retractación y de la carta que con ésta mandó a Isabel. Si hubieras sido semejante a Carlos VI en política, certísimamente ni él hubiera pensado en retractarse, ni ningún monárquico hubiera hecho la mayor instancia. Esto hecho, creen no les queda otro remedio para salir del paso sino reconocer por su Rey legitimo al sucesor inmediato, que es tu hijo Carlos, y yo, muy a pesar mío, querido hijo mío, no puedo menos de confesar queel partido monárquico español tiene razón; sus principios, tú lo sabes, son mis principios, y la consecuencia que sacan de todo esto es muy justa y legítima. De manera que, a mi parecer, tú te hallas en la imprescindible necesidad de, o renunciar a tus principios políticos con una retractación franca, sincera y pública, o de hacer una abdicación positiva y pública de tus derechos en tu hijo. Lo primero te costará un sacrificio, pero sería un sacrificio de un corazón noble que sabe vencerse a sí mismo, lo cual es la más noble de las victorias y del todo conforme a la Religión santa que profesamos. Sacrificar el amor propio, la vanidad, hacerse superior a todo respeto humano, modo no ser conforme a las falsas máximas de un mundo corrompido; sin embargo, hay momentos en la vida del hombre en que sus deberes para con Dios, para con la Patria, exigen esos y mayores sacrificios. Y el no hacerlos cuando lo prescribe el deber es faltar a la generosidad y a la grandeza de ánimo, es mostrar, o terquedad en el error, u obstinación en el mal.

    ¿No quieres hacer tal sacrificio, que yo te pido encarecidamente por tu bien, por amor de tus hijos, por amor de nuestra ama da Patria, amenazada de una subversión total, política y religiosa? ¿No quieres volver, en fin, a los verdaderos principios? Pues entonces, cumple lo segundo abdicando de una manera legal y pública en favor de tus hijos. Ya que adoptas los principios democráticos, debes ser franco. Los españoles no aman hombres de dos caras. Si quieres llevar el gorro republicano, debes dejar las insignias reales. Si piensas llegar al trono por el medio diametralmente opuesto de la democracia, debes dejar el camino expedito a tuCarlos para que lo alcance, si puede, por sus derechos legítimos. En este caso, tú serías siempre padre de él, pero él sería justa y legítimamente tu Rey y el mío. Si, en fin, el trono se ha hecho moralmente imposible para ti, no debes ser un obstáculo para tu hijo en caso de que los acontecimientos le llamen a ocuparlo. Si persistes en el fatal sendero que te hicieron tornar consejeros o pérfidos, o necios, tú serás responsable ante Dios y ante los hombres de los males que hubieras podido y debido evitar.

    Reflexiona, pues, querido hijo mío, sobre todo lo dicho; medítalo ante Dios, Rey de los Reyes, que nos ha de juzgar, y acaso pronto, pues la vida es un soplo, y después de haberlo meditado, decídete sin respetos humanos; el remedio a tus propios males y a los nuestros está en que tu corazón, noble y generoso, sepa vencer todas las dificultades.

    Espero no me niegues tu respuesta.

    Tú me conoces y sabes que, con la gracia de Dios, he sido siempre firme en mis principios políticos y religiosos, y que con ella lo soy, a pesar de todas mis desgracias, y lo seré hasta la muerte. Tengo un verdadero consuelo en repetírtelo en esta ocasión. Dios Nuestro Señor, por la poderosa intercesión de la Santísima Virgen, te ilumine y te conceda su gracia para hacer lo que sea su santísima voluntad.

    Así se lo pide y desea, abrazándote tiernamente, tu muy amante madre.


    María Teresa de Braganza, princesa de Beira

    Baden, 15 de setiembre de 1861


    Fuente: PORTAL AVANT !
    Donoso dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: Carta de la Princesa de Beira al Rey legítimo Juan III

    Yo juraría que esta carta ya se había publicado en Hispanismo, pero no la encuentro. No está de más recordarla.

  3. #3
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Re: Carta de la Princesa de Beira al Rey legítimo Juan III

    En otro hilo hacíamos referencia, a propósito de una Carta Pastoral del Obispo de León de 10 de Abril de 1833, a la incomprensible y suicida actitud fomentada, en su política exterior o internacional, por los Papas preconciliares de la época contemporánea (entendiendo el inicio de ésta a partir de la fecha convencional de la Revolución Francesa), en lo que se refiere a sus relaciones con los regímenes revolucionarios que iban desbancando a las Monarquías tradicionales en el ámbito occidental.

    Hablo de "suicida actitud", ya que también le llegaría su turno, en su destronamiento revolucionario, al propio Monarca legítimo de los Estados Pontificios: es decir, el Papa.

    Pero incluso después de su caída como Monarca, los Papas continuaron con esta política de reconocimiento, transacción y compromiso con los regímenes revolucionarios occidentales. Pero con el hiriente añadido, esta vez, de una cierta hipocresía sobre esta misma política, pues, al mismo tiempo que el Papa avalaba y reconocía a los regímenes revolucionarios de tierras extranjeras recomendando a los católicos el acatamiento de los nuevos poderes constituidos, ordenaba a los católicos italianos residentes en los territorios de los Estados Pontificios recién conquistados el boicot contra todas las instituciones públicas del nuevo régimen de los usurpadores saboyanos (lo que se conocía como política de Non Expedit).

    Esta típica aplicación (a mi entender) de la Ley del Embudo ("para mí lo ancho, para ti lo agudo"), creo que se puede inferir claramente a partir de las instrucciones que el Papa León XIII dio al entonces Patriarca de Venecia Giuseppe Sarto:


    Fuente: Veinte años con Don Carlos. Memorias de su Secretario el Conde de Melgar, ed. Francisco Melgar Trampus, Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1940, páginas 206 – 207.


    CAPÍTULO XXIX

    Pío X



    En los diez años que el Cardenal Sarto regentó el Patriarcado de Venecia, sus relaciones con Don Carlos fueron tan continuas y tan íntimas como cordiales, si bien no tuvimos nunca el gusto y el honor de que comiera en el Palacio Loredán.

    La primera vez que Don Carlos le convidó, contestó aquel varón apostólico:

    «Señor, lo siento en el alma, pero he hecho voto solemne de no comer nunca fuera de mi casa, y le voy explicar en qué condiciones:

    Al ir a despedirme de Su Santidad para venir a tomar posesión de este Patriarcado, le dije que la Reina Margarita y su hijo Víctor Manuel venían todos los veranos a tomar los baños del Lido, y que yo deseaba saber qué actitud debía observar con esos augustos personajes, así como con el Duque de Génova, hermano de la Reina, Almirante que mandaba en Jefe el arsenal de Venecia. Su Santidad me replicó:

    “Sus relaciones deben ser sumamente correctas en todo lo oficial, pero sin cordialidad; debe usted recibirlos bajo palio en San Marcos cada vez que vayan, y darles el tratamiento de Majestad, yendo a celebrar la Misa al Palacio Real si se lo piden, pero sin pasar de allí. La regla constante desde la unidad del Reino de Italia es: en las provincias que habían pertenecido a la Santa Sede, que los Obispos y el Clero deben considerar a la Casa de Saboya como usurpadora sacrílega y les está prohibido decir la oración pro rege; en las provincias que formaron Estados de los que la Casa de Saboya despojó a Soberanos legítimos: Nápoles, Parma, etc., es facultativo en el Clero el decir o el suprimir dicha oración. En las comarcas que el extranjero había conquistado por la fuerza, la Casa de Saboya es legítima y se debe recitar la oración pro rege. Tal es el caso de Venecia”.

    Trazada así mi línea de conducta, y comprendiendo que apenas llegada a Venecia la Familia Real vendría a convidarme, en especial el Duque de Génova, que es el más piadoso de los Príncipes, antes de abandonar a Roma hice el voto solemne de no aceptar ningún convite para poder, sin mentir, alegar una excusa. Por eso me es imposible tener la satisfacción de comer en el Loredán…».


    Un ejemplo claro de la puesta en evidencia de las nefastas implicaciones de esta política exterior de Roma (que indirectamente alentaba y animaba a los liberal-católicos, mientras que dejaba perplejos a los legitimistas españoles), aparece en la contestación que el Rey legítimo Juan III dio a la Carta de la Princesa de Beira de 15 de Septiembre de 1861.

    Cuelgo, a continuación, en el siguiente mensaje, el contenido de dicha carta de Juan III.



    .
    Última edición por Martin Ant; 13/07/2019 a las 15:56

  4. #4
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    Re: Carta de la Princesa de Beira al Rey legítimo Juan III

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Fuente: Historia del Tradicionalismo Español, Tomo XXII, Melchor Ferrer, Editorial Católica Española, Sevilla, páginas 220 – 225.



    Carta de Don Juan a la Princesa de Beira

    (Londres, 22 de Octubre de 1861)


    Mi muy querida madre:

    He leído con la mayor atención la carta que, con fecha 15 de Septiembre, ha tenido usted a bien escribirme; carta que, según me dice usted, es la expresión de las ideas de los hombres que suponen representar al partido monárquico, y es a instancia de ellos mismos que usted me escribe. No es, pues, una carta privada, sino un documento público por el cual se me pide una retractación de mis principios o una abdicación de mis derechos, y han buscado el medio que sabían sería para mí el más respetable y el que más influencia tendría, pues hasta mis enemigos reconocen el cariño que le profeso a usted.

    Contestaré, Señora, detenidamente, porque deseo disipar toda clase de dudas y soy amante de las situaciones claras.

    El partido monárquico en España no profesa las ideas que usted le atribuye; en los campos de Villalar murieron las libertades del pueblo español, y, con ellas, los juramentos de los Reyes, las Cortes y cuanto de liberal tenían los diferentes Estados que formaron la Monarquía de Carlos I. Durante los reinados de la Casa de Austria y de la de Borbón, la ley era la voluntad del Rey, y de este principio nació el partido absolutista, que, aprovechándose de la debilidad de algunos Monarcas, gobernó despóticamente hasta sumir a España en el estado actual.

    Tampoco juzga usted con exactitud al partido liberal y al democrático; el uno y el otro aspiran a obtener para España la mayor suma de bienestar, mejorando las leyes y las instituciones, al igual que los Estados que dirigen los destinos de Europa. El principio de libertad que profesan, ni es nuevo en España, ni tiende a los excesos del comunismo ni del socialismo, como usted supone; y, como españoles, son demasiado caballeros para intentar servirse de mí en otro sentido que en el que deben esperar de un Príncipe que profesa con fe y convicción sus mismas opiniones.

    Nadie en España, ni en el extranjero, ha dudado jamás de los derechos legítimos de mi padre; la guerra que sostuvo, más que dinástica, fue guerra de principios; se acogieron a sus banderas el partido monárquico propiamente dicho y el ultra-absolutista, que fue, con sus exageraciones, su más cruel enemigo.

    Los hombres que, guiados por un sentimiento de afecto a su Rey, y los amantes del principio de legalidad, le defendieron con un valor y heroísmo que, después de apaciguadas las pasiones, todos reconocen, fiaban los destinos de la Patria en manos de su Príncipe, con abstracción de principios políticos; podrán algunos tacharlos de sobradamente confiados, pero todos los partidos les harán la justicia de reconocer que fueron modelos de buena fe, de abnegación y de lealtad, y que dieron pruebas inequívocas de que luchaban por un principio que creían justo, no por interés ni por miras de engrandecimiento personal; estos hombres están conmigo y aceptan sinceramente las reformas que el espíritu del siglo exige y que yo profeso por convencimiento propio.

    En mí respetan el derecho y aceptan mis principios, porque reconocen que con ellos se obtendrán las ventajas de las ideas modernas, sin pasar por los escollos de las revoluciones, provocadas por las luchas del pueblo contra el poder, ni por el cataclismo que usted prevé; el partido liberal los acogerá como hermanos, porque los hombres de honor que nunca faltaron a sus compromisos, sabrán cumplir los que nuevamente contraigan.

    El partido ultra-absolutista, los que en nombre del absolutismo del Rey tienden a entronizar su despotismo, no estarán, ciertamente, conmigo, porque para ellos la Religión y el Rey son meros pretextos para lograr sus fines; me felicito mucho de que estos hombres no figuren en mi partido; acepto gustoso la cooperación de todos los españoles, sean realistas, sean moderados, progresistas o demócratas, con tal que sus aspiraciones tiendan a la gloria y el bienestar de nuestra Patria; los que con miras de egoísmo personal proclaman el absolutismo para tiranizar el país, están bien dondequiera, con tal de que no sea entre mis amigos.

    Éstos son los hombres que pretenden que no hay legitimidad donde no están ellos; comprendo bien que, persuadidos que de mí no pueden servirse como de un dócil instrumento, no sea yo para ellos el representante de la legitimidad, y, haciendo una parodia del principio de la soberanía popular que condenan, me declaren, por sufragio personal, desposeído de mis derechos; háganlo en buena hora; así pondrán más en evidencia sus preocupaciones y su ridícula manera de discurrir.

    Ellos invocan sacrílegamente el nombre de la Religión para inspirar a mis hijos sentimientos hostiles contra su padre, y me tachan de anticatólico porque, a imitación de Pío IX, creo que la tolerancia en materia de religión es indispensable en todo país civilizado, y, siguiendo el ejemplo de Su Santidad, que tolera en Roma los disidentes de la Iglesia Católica, estoy en el buen camino; y aun cuando vivo en un país donde hay muchos protestantes, puedo asegurar a usted que, ni me he separado, ni me separaré, del seno de la Religión Católica, como no se separarán tampoco de ella los españoles, aun cuando puedan residir en España, como en Roma, los protestantes y los judíos.

    Pero si en materia religiosa sigo con fe cuanto dispone el Jefe visible de nuestra Iglesia, y en política sigo también la marcha que inició Su Santidad en el principio de su Pontificado, no le imitaré en la que después ha querido seguir. No olvide usted que Pío IX, acatando el principio de los hechos consumados, ha reconocido la legitimidad de mi prima Isabel; de modo que, si en política formara autoridad el concepto de Su Santidad, me sería forzoso reconocer que no represento derecho alguno. No creo ser menos católico que Carlos I, que Felipe II y Carlos III; bien puedo, como ellos, no ser en todo de la opinión de Su Santidad. Los que en política siguen las opiniones del Papa, deben reconocer a Isabel como Soberana legítima.

    Sostengo los derechos de mi nacimiento, y sometiéndolos al sufragio universal, lejos de debilitarlos, los robustezco.

    Mi Manifiesto al partido carlista cree usted que sólo me ha procurado la adhesión de uno o dos hombres que tan poca buena fama tienen como mi Secretario. Permítame usted que le asegure que le han informado mal; la parte sana del partido monárquico, tanto en la emigración como en España, se adhiere a mí, y todos los que se han adherido y se adhieren de buena fe, deseosos del bien del país, son y serán bien acogidos.

    En cuanto al General Lazeu, no debe la falsedad y la violencia de los ataques que mis enemigos le dirigen sino a su mérito y su abnegación, y es muy sensible que haya españoles a quienes el espíritu del partido ofusque a tal punto, que no les permita apreciar el talento y el valor de un hombre político que no tiene otro móvil que el bien de su Patria y el más puro sentimiento de afecto a mi persona.

    Si se hubiera usted dignado consultar mis sentimientos o leer mis manifiestos, hubiera usted visto que, lejos de renegar de mi padre, venero su memoria, aun cuando no comparta sus opiniones, y me precio de imitarle en la firmeza con que siempre cumplió sus promesas; y, así como sostuvo con fe unos principios que creyó buenos hasta el último aliento de su vida, con la misma fe sostendré yo los míos, porque, en mi convicción, son los únicos que hoy convienen a mi Patria.

    Siento mucho que haya usted acogido la idea de que he tratado a latigazos y he llamado mezquinos y desleales a los hombres que sirvieron con lealtad la Causa de mi padre. Aprecio como el que más las virtudes y la abnegación de sus defensores, y he acogido con afecto a cuantos personalmente o por escrito se han dirigido a mí. Los que rechazaré y consideraré como traidores son los que, a trueque de dar campo a sus tendencias despóticas, procuren entorpecer en España la marcha progresiva de las ideas liberales.

    Ya hace tiempo que mis enemigos, por medio de la Prensa absolutista de Madrid, me han atacado con motivo de la separación de mi querida esposa y de mis hijos, y veo que ha olvidado usted completamente los hechos. Mi buen padre me escribió, en efecto, para que me reuniera con mi esposa, mas no dejó igualmente de amonestarla a ella a que se reuniera a mí; pero su cariñosa intervención, llena de afecto y de dulzura, no sólo no produjo el efecto que era de esperar, sino que le valió una agria e inmotivada repulsa de mi cuñado el Duque de Módena, en la que le decía que nadie le había nombrado consejero de su hermana. Dicha carta amargó mucho los últimos días de mi padre; usted misma me ha escrito que ha hablado deplorando la separación, pero hasta ahora no me había visto acusado por usted por haber faltado a mis deberes.

    Si la Prensa absolutista de Madrid conociera la alta misión del periodista, hubiera respetado el sagrado de la vida privada; y si los hombres que han decidido a usted a escribirme no hubieran tocado nunca este asunto, no sería yo el que trajera a la publicidad el interior de desavenencias domésticas que deploro, pero de las que no he sido responsable.

    Le recordaré a usted las causas de la separación de mi familia; no del divorcio, porque a tal extremo, afortunadamente, no hemos llegado. Vienen nuestras desavenencias de haber yo emitido en el seno de mi familia la opinión de que mis hijos no debían ser educados por jesuitas, fundándome en que los que habían estado encargados de mi educación y de la de mis hermanos no nos habían dado la instrucción que en mi opinión debieran darnos, porque creo que no le basta ni a un Príncipe ni a un particular una instrucción limitada al conocimiento de nuestra Religión y una débil tintura de los clásicos. Esto, y algunas observaciones que en política me permití, me produjeron la animosidad de la familia de mi esposa, hasta el punto de ser expulsado de los Estados de mi cuñado. Ante los argumentos de la fuerza, no tuve otro remedio que separarme de mi familia.

    Siempre que se ha tratado de la reunión con mi esposa, se me ha exigido la condición de que debía fijar mi residencia en Austria o en Módena; y sobre esta cuestión la avenencia no ha sido posible, porque se me quería dictar el punto donde precisamente ni mis intereses ni mis simpatías me permitían vivir, y si hubiera cedido, hubiera dado gran prueba de debilidad, que no haría, por cierto, el elogio de mi carácter; por grande que sea el cariño y el afecto que profeso a mi esposa, no me es dable olvidar el respeto que me debo a mí mismo.

    He hecho cuantas gestiones he podido, rogándola que viniera a mi lado. No hace mucho tiempo que he acudido hasta al mismo Emperador de Austria, pidiéndole que interpusiera su influencia, pero todo ha sido en vano. No es mi culpa que mi querida esposa prefiera las ideas absolutistas de su hermano a las ideas liberales de su esposo. Abrigo, sin embargo, la esperanza de que, tarde o temprano, sabrá compartir conmigo mi buena o mala fortuna.

    Mucho es el cariño que le profeso a usted, querida madre, y grande el deseo de complacerla; pero, sin duda, no ha meditado usted toda la extensión del sacrificio que me pide, a saber: la retractación de mis principios o la abdicación de mis derechos en mis hijos.

    Mis principios políticos nacen de la convicción y del estudio de lo que conviene a mi país; no me es posible retractarme de ellos sin faltar a mi conciencia.

    Renunciar en mis hijos, sería una debilidad que mi estimación personal rechaza y que el bien de mi país me impide hacer. Los enemigos de las libertades públicas, no quisieran otras armas para poder, en nombre de un niño, volver a correr fortuna y encender de nuevo la hoguera de la guerra civil.

    No seré yo el que me retracte ni el que ayude al bando absolutista con mi renuncia.

    Conservaré mis opiniones con la fe del que cumple un deber sagrado y con la conciencia del Príncipe que trabaja en bien de su patria. No me despojaré de mis derechos sino en el caso de asegurar, haciéndolo así, la tranquilidad, la libertad y el bienestar del país, o ante la voluntad de la nación.

    Creo haber contestado a todos los puntos de la carta de usted. Me falta sólo rogar a usted que, reconociendo en mí el único y legítimo heredero de los derechos de mi padre, procure que sus antiguos y leales defensores vengan a aumentar de buena fe mi partido, aceptando franca y lealmente mis opiniones, que son las de la mayoría de los españoles y las que convienen a nuestro país; y en fin, que emplee sus sentimientos religiosos y sus afectos de madre para que mi esposa y mis hijos se reúnan a mí y junten sus ruegos a los míos para que el Cielo le conceda a usted todas las gracias y prosperidades que le desea su afectísimo hijo.



    JUAN DE BORBÓN

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