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Tema: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la historia.

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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    LA INTERVENCIÓN EXTRANJERA Y LA CAÍDA DEL RÉGIMEN LIBERAL


    Antes de continuar adelante con el capítulo sobre el final del Régimen Liberal, es interesante enlazar por un momento con el final del capítulo anterior, para pormenorizar lo que realmente significó en el sentimiento sobre la situación que se vivía en la época, y que trajo consigo aquella guerra civil, que se debió, sobre todo, a los alzamientos esporádicos al principio, de los llamados realistas, que finalmente fueron cada vez, más y más grandes, y sus inicios fueron en los medios campesinos adoptando la forma de guerrillas, y su enlace con la venida de la ayuda extranjera. Ya se ha explicado que era principalmente el medio rural de la campiña el partidario de los realistas y le prestaba un apoyo incondicional, sobre todo en el norte, más concretamente en Vascongadas, Navarra, el Pirineo y Cataluña de forma preferente, aunque si bien es cierto no dejaron de existir alzamientos guerrilleros en la zona levantina, Extremadura o Andalucía, también lo es que la preferencia del norte se asemeja en grandes rasgos a lo que después, serían las futuras grandes guerras civiles del siglo XIX, las carlistas.


    Hay que añadir que este estado de guerra civil generalizada carecía de una organización propiamente dicha, y de aunar este movimiento de protesta trataron primero la Junta de Bayona presidida por Eguía, quien por cierto, y a pesar de su absolutismo, no fue demasiado popular ni entre las filas de su propio partido, no ya sólo por una tendencia al neopotismo considerable, si no porque posteriormente se inclinó a proponer una relajación de la represión política y determinadas concesiones liberales que no fueron demasiado del agrado de sus correligionarios. También trataron de unificar el movimiento la Junta de Toulouse dirigida por el marqués de Mataflorida y posteriormente la Regencia de Urgell por el mismo Bernardo Mozo de Rosales, supuesto redactor del Manifiesto de los Persas, por ello, el Rey le concede el título de marqués de Mataflorida, como ya se ha comentado, pero cabe aclarar que los guerrilleros realistas en sus proclamas, muchas están llenas de un sentido renovador asegurando que van en contra de los tiempos de Godoy, los de la Camarilla, de la que ya se habló en su momento, y los de la Constitución, otras proclamas buscan un nuevo sistema, produciendo o dando a entender que se rechaza el liberalismo, pero no la idea de un reformismo que rompa con los aspectos del Antiguo Régimen. En resumen, un futuro tradicionalista, pero no con un ideal pretérito.


    La prueba de estas pretensiones la podemos encontrar si tenemos en cuenta al propio Mozo de Rosales como presidente de la Regencia de Urgell quien en sus alocuciones subraya la soberanía conjunta del rey con las Cortes legítimamente congregadas y auténticamente representadas de todos los estratos de la nación, o el propio barón de Eroles cuando argumenta “que también nosotros queremos Constitución, y también nosotros queremos Cortes, de acuerdo con el carácter y las tradiciones de los españoles, estableciendo unas nuevas leyes fundamentales que el rey jurará y nosotros acataremos debidamente”. Aquí nos encontramos con un dato curioso del que merece la pena hablar, y es que el Barón de Eroles, el caballero catalán del que ya se ha hablado, al decir las palabras mencionadas sobre el juramento de las leyes respetando el carácter tradicional por parte del rey y siendo acatadas por los representantes que a su vez habían legislado previamente, se basan en la doctrina tradicionalista del foralismo histórico catalano-aragonés, que Eroles debía conocer muy bien, y cabe hacer una observación al respecto de la diferencia existente entre la doctrina del mismo Eroles y el constitucionalismo dando a entender que la diferencia más que de grado, podría considerarse en una diferencia de modo. En la misma proclama de la Regencia de Urgell ya se habla del gobierno de un pueblo regido por las antiguas leyes, Constitución, fueros y costumbres dictados por Cortes sabias, libres e imparciales. Hasta ahora, lo que habían significado las Cortes de Cádiz, tampoco es que hubieran sido ni del todo imparciales, ni del todo representativas, y aunque resulte algo pretencioso, se podría decir que ése podría ser un talón de Aquiles de la Constitución Liberal de 1812.


    Hay que recordar también que la escisión de los realistas en ultras, o sea, los exaltados que pronto serán llamados alguna vez “realistas puros”, y otros moderados, es decir, aperturistas a reformas políticas en la línea de un régimen de Carta otorgada, dispuestos a reformas administrativas que recuerdan las del despotismo ilustrado de finales del siglo XVIII, pudo posiblemente propiciar una falta de intervencionismo más incisivo durante la guerra civil, o una cierta falta de confianza mutua, que si bien, como se ha comentado, no fuera una razón principal de la incertidumbre de una guerra, que en realidad, nunca llegó a decidirse, y que alcanzó su mayor grado de violencia en 1822, y se generalizó en 1823, año en el que ambos bandos se encontraban ya agotados. Sobraban hombres en el contingente realista y faltaban armas. Con frecuencia, los guerrilleros realistas que no contaban con casi ninguna pieza de artillería se conformaban con palos u hoces, pero también el ejército liberal, arruinado, desgastado y desprestigiado mostraba una radical impotencia para extirpar la insurrección. El gobierno de San Miguel acertó en nombrar a Espoz y Mina Generalísimo del Ejército del Norte, ya que cuando los guerrilleros trataban de organizarse en ejército regular, se puso frente a ellos un ejército regular mandado por un guerrillero. Las operaciones de Mina se desarrollaron con evidente habilidad y con una terrible y tremenda violencia cuajada de represalias y arrasamientos en su mayor parte innecesarios pero propios de una guerra civil cruel que, aunque en un principio los realistas aguantaron, finalmente la Regencia tuvo que refugiarse en Francia, donde se hicieron gestiones para solicitar armas y dinero, que no dieron ningún resultado. Los franceses planeaban por entonces liberar a España, pero querían liberarla ellos, como así lo hicieron después.


    La intervención extranjera que pone fin a la caída del Trienio Liberal, es consecuencia principal y única de la política de la Santa Alianza, pero, ¿qué fue la Santa Alianza? Realmente, fue una idea de la extraña y excéntrica baronesa de Krüdener, Bárbara Von Krüdener, que en realidad fue fue una ocultista rusa que llegó a creer que había sido llamada para establecer el reino de «Cristo en la Tierra». En junio de 1815, esta enigmática mujer de extraña vida, le propuso al zar Alejandro I de Rusia la idea de la creación de la Santa Alianza que se firmó en septiembre del mismo año, y de la que ya ambos habían hablado anteriormente, y que era un tratado firmado por los monarcas de Rusia, Prusia y Austria, de acuerdo con los "preceptos Justicia, Caridad Cristiana y Paz" y la formación de un bloque de potencias, cuyas relaciones serian reguladas por las "elevadas verdades presentes en la doctrina de Nuestro Salvador", pero fue sólo un instrumento de restauración monárquica auspiciada por el austríaco Metternich, dejando fuera de forma deliberada a las potencias no cristianas como el Imperio Otomano. Sin embargo en la práctica no desempeñó ningún papel efectivo, salvo el «convertirse en el lema de una política». El tratado de la Santa Alianza es confundido a menudo con laCuádruple Alianza, un tratado de seguridad contra Francia firmado por los tres firmantes de la Santa Alianza e Inglaterra. Esta última era completamente diferente tanto en cuanto a su carácter político ya que Gran Bretaña, más interesada en temas comerciales desdeña, como militar, pues la misma Gran Bretaña desechó la idea de prestar ayuda en este sentido, ya que su interés, era evidente, como así lo demostró con posterioridad en el Congreso de Verona, apoyando la emancipación de los territorios españoles en América. En 1822, se reunieron en Verona los monarcas y ministros que formaban la Santa Alianza, presidida por Metternich, político, estadista, y diplomático austriaco, y Ministro de Relaciones Exteriores y firme conservador, opuesto a los movimientos liberales y pro-revolucionarios, dedicándose a la defensa de las monarquías europeas, siendo a través del Congreso de Viena, el arquitecto de la «Europa de Hierro», que restauró el Antiguo Régimena lo largo de los diferentes países del continente, tras la caída del Imperio Napoleónico.
    Este congreso de Verona, decidió, de facto o de iure, ya desde fines de 1822 la intervención en España, tras haber solicitado Fernando VII la ayuda de ésta, tras los enfrentamientos contra los liberales. Esta Santa Alianza que en septiembre de 1815 formaban Rusia, Austria y Prusia, como ya se ha comentado, y a la que Inglaterra se incorporó pocos meses después, llamándose la Cuádruple Alianza, y Francia en 1818, llamándose entonces la Quíntuple Alianza, tuvo su carácter más álgido en el mencionado Congreso, ya que los rusos querían enviar un ejército con el consiguiente recelo de los austriacos, que no podían ver con gusto a las poderosas fuerzas del zar atravesando todo el mapa de Europa. Inglaterra se opuso, y su jugada era evidente.


    Hay que hablar de la habilidad política del príncipe de Metternich, mediante los diferentes congresos previos al de Verona, ya que en los congresos de Troppau de 1820 para discutir los medios para suprimir la revolución en Nápoles iniciada en julio de ese mismo año y Laybach se trató la necesidad de intervenir en el Reino de Piamonte con motivo de la revolución dejaron clara las intenciones de la Santa Alianza en Italia con respecto a las revoluciones liberales. En 1822 le tocó el turno a la cuestión española. Hasta entonces el régimen español había sido respetado por ser de alguna manera considerado como moderado, pero la inminente llegada al poder de la base liberal más extrema, los veinteañistas o exaltados, trastocaron en buena parte las intenciones de la Santa Alianza. Su ideal a escala continental y la acogida de otros revolucionarios franceses o italianos por ejemplo, en el seno del liberalismo español, hizo que se cambiara la actitud de la Santa Alianza. Según parece, el propio Riego planeó en compañía de otros dos oficiales franceses, un pronunciamiento en la capital gala. El Congreso de Verona, presidido por el propio Metternich, como los demás, decidió ya desde 1822 la intervención en España, si bien es cierto que este hecho realmente existe en la tradición historiográfica española, ya que en realidad no existe ningún archivo que secunde la adopción de esta medida. Llegados a este punto, nos permitimos añadir una controversia, y es la de tener en consideración la falsedad del Tratado de Verona, o del Congreso de Verona, como quiera llamarse, y algunos historiadores españoles como Jerónimo Bécker consideran que es muy posible que se trate de una falsificación. Sobre esta cuestión, la historiografía no española da por seguro que es una falsificación, lo cierto es que sí pudo existir un mandato concreto de la Santa Alianza, teniendo en cuenta el rechazo inglés a una intervención, tanto en Verona en 1822 como antes en Troppau y Laibach para dar carta blanca a Austria en las revueltas italianas. Sin embargo estos mandatos sólo sancionaban una intervención que se produciría de todas formas dados los intereses particulares de Francia y Austria en España y los estados italianos respectivamente. Podríamos tratar de considerar este tema, pero sería demasiado largo y estaría posiblemente fuera del contexto al que nos pretendemos atener, siendo posiblemente un tema monográfico a debatir aparte, por lo que es preferible aferrase a los hechos, falsificaciones o no, de que cada una de las potencias, por separado, y esto es importante a tener en cuenta, presentaron en Madrid notas diplomáticas reclamando el restablecimiento de la plena autoridad del rey, con la excepción, claro está, de Inglaterra. Podemos considerar pues que fue el mismo Chateaubriand, quien arrastró a Francia a la intervención en España, y que lo pudo hacer con el beneplácito no oficial, si no oficioso, de Austria, Rusia y Prusia, ¿la razón?, pues existen determinadas variantes al respecto.




    Pese a que el objetivo de esta Santa Alianza, y sobre todo, de Metternich, fue combatir cualquier revolución y organizar las intervenciones armadas no solo en Europa, si no en cualquier parte del mundo, lo cierto es que la desconfianza política y militar empezó a minar el entendimiento de los socios y no socios del Congreso de Viena de 1815. Metternich sentía una gran aprensión a las revoluciones de tipo nacionalista de las minorías que pertenecían al Imperio Austriaco, a la más que posible intervención del zar Alejandro en apoyo de los ortodoxos de la zona de los Balcanes, y a una alianza secreta entre el propio zar, y el rey de la Francia constitucional representada por Richelieu, quien se había convertido en la quinta potencia de la Santa Alianza, y lo hacía apoyando a los tres monarcas más absolutistas de Europa. Por otro lado, estaba Inglaterra, y sus aspiraciones mercantiles y políticas en el continente americano. Inglaterra no firmó el Acuerdo de Viena de 1815; sólo se adhirió, y gracias a ello, el gobierno británico podía abandonar la coalición en cualquier momento. Debemos tener en cuenta también que el principal valedor o aliado que tenía el régimen de Fernando VII en Inglaterra, Lord Castelreagh, , murió (se suicidó en agosto de 1822) y con él murió también la influencia del Príncipe Regente en los asuntos de política exterior, el nuevo ministro Lord Georges Canning (1770-1827) no se prestó al juego de sus teóricos aliados, con un parlamento más liberal y con el apoyo de banqueros, financieros e industriales, logró evitar que Gran Bretaña participara en la empresa española, ante el enojo del Príncipe Regente y de Metternich, pero, con el rotundo apoyo de la burguesía británica. Ahora la gran labor de Lord Canning y sus embajadores consistió en apartar a Inglaterra de cualquier compromiso respecto al "asunto español" e iniciar una política de espera hacia la Santa Alianza, por lo que en el Congreso de Verona de 1822 las potencias entraron en un gran desacuerdo. El objetivo principal de la política de Canning con respecto al continente americano reflejaba la nueva posición inglesa respecto a su interés por reconocer a las ex colonias españolas; como cita V.P. Potemkin (op. cit. p. 397): " … no combatir los movimientos de liberación nacional de Europa e Iberoamérica, sino todo lo contrario, utilizarlos, los pueblos que obtendrían su libertad y se constituirían en Estados que necesitarían una industria, una marina mercante, unas finanzas, en los primeros años necesitarían de todo ello y para a buscarlo acudirían, en primer término a Inglaterra". La ausencia de los embajadores ingleses, su resistencia a comprometerse en la campaña contra los liberales españoles, y el hecho de negarse a ver a los revolucionarios sudamericanos como simples rebeldes que se habían levantado contra el Rey de España empezaron a minar cualquier entendimiento.




    Es sobradamente conocido, y el doctor Julio C. González, en su libro La Involución Hispanoamericana, lo atestigua de una forma muy clara, que a través de sus colonias en el Caribe, comerciantes ingleses y holandeses proporcionaron armamento de contrabando a las repúblicas latinoamericanas, aprovechándose del miedo de los gobiernos recién constituidos, los británicos recibieron buenas cantidades de plata y promesas de pago a largo plazo así como compromisos de exclusividad en la compra de mercancías inglesas en un futuro inmediato.


    Aquí, existía un valor o causa añadida, y es que ya en 1822, Estados Unidos fue el primer estado que reconocía de facto, las nuevas naciones que se habían declarado independientes de España en América, política que hoy en el mundo hispanoamericano se conoce como “La involución Hispanoamericana” que arrastra las consecuencias de lo que aquí se habla, y de la que nos remitimos en un capítulo posterior sobre este hecho. En ese mismo año de 1822, los norteamericanos se sintieron muy inquietados y preocupados por dos iniciativas concretas que venían de Europa que tenían como objetivo el Nuevo Mundo, en el que tanto los Estados Unidos, como Inglaterra, habían puesto ya sus ojos de ave rapaz, los primeros, haciéndose eco de la doctrina Monroe, elaborada por John Quincy Adams diplomático y político estadounidense que llegó a ser el sexto presidente de los Estados Unidos(1825-1829), y atribuida a Monroe en el año 1823. James Monroe, quinto presidente de los Estados Unidos propuso la "doctrina" en donde se dirigía a los europeos con intención de que ninguno de los países de ese continente interfiriera en América. "América para los americanos", significaba que Europa no podía invadir ni tener colonias en el continente. Como se estaba dando el proceso de Imperialismo, la doctrina deducía que las potencias europeas se ocuparan de Asia y África pero que América les pertenecía a los americanos, aunque dada la ambigüedad de este gentilicio, podría ser una defensa a las independencias de Hispanoamérica para que pudieran tener gobierno propio, o la exclusividad del dominio del Continente Americano a los nacientes Estados Unidos de América, doctrina que a la postre no fue muy efectiva en realidad. Siguiendo las instrucciones de Monroe, John Quincy Adams informó al ministro de Rusia que los Estados Unidos "debían discutir el derecho de Rusia a cualquier establecimiento territorial en este continente y debían afirmar claramente que el continente americano no se hallaba ya supeditado a cualquier nuevo establecimiento colonial europeo".
    El Secretario de Estado escribió al Ministro de los Estados Unidos en Rusia: "tal vez no haya momento más favorable para decir franca y explícitamente al gobierno ruso que la paz futura y el interés de la propia Rusia no pueden verse facilitados por el establecimiento de Rusia en una parte cualquiera del continente americano". La razón era que el zar Alejandro I proclamó los derechos de Rusia sobre la costa del Pacífico y las aguas vecinas desde Alaska, que pertenecían entonces a Rusia hasta el paralelo 51, es decir hasta la parte norte de la isla de Vancouver. Malaspina, en su Informe Científico Político ya había advertido de la situación anteriormente, en tiempos de Godoy, nos referimos en concreto al estado de las posesiones españolas en el continente americano, y recordemos que el propio Malaspina ya se había adentrado hasta llegar e incluso sobrepasar el paralelo 60 de latitud norte, y un ejemplo del razonamiento de lo que hablamos, son las consecuencias del asentamiento español en Nutka , pero esto ya en tiempos de Godoy.


    Hasta aquí, el razonamiento esquemático de la situación internacional, por lo que es importante volver sobre las notas internacionales de las que hemos hablado antes, entregadas al gobierno de Madrid por parte de las potencias de la Santa Alianza, a excepción de Inglaterra, y por separado, los días 5 y 6 de enero de 1823, en las cuales amenazaban con la retirada de embajadores y la ruptura de relaciones caso de no satisfacerse las demandas. El gobierno de Evaristo San Miguel dio su respuesta negativa el día 9 de enero, pero la operación militar de los mal llamados “Cien Mil Hijos de San Luis” aún se retrasó algunos meses. Decimos lo del mal llamados, porque en realidad no fueron cien mil, pues su número no sobrepasó de 56.000, y a ellos, hay que sumar unos 35.000 soldados realistas españoles ya que en marzo se había ordenado un repliegue sobre la frontera de las guerrillas pirenaicas para secundar la entrada de los franceses. El gobierno de Madrid no se preparó para la resistencia, y las Cortes se limitaron a desplegar un alarde de oratoria sin darse cuenta de que una guerra, no se hace sólo con palabras y discursos, dando cabida a la esperanza de la ayuda inglesa, a la resistencia popular, al espíritu de la Guerra de la Independencia etc, y se retiraron a Cádiz, llevándose consigo al rey.


    Ni existió la resistencia popular, ni surgieron guerrillas resucitando el espíritu del 2 de mayo de 1808, y la leva obligatoria de soldados que se hizo a última hora fracasó, pues se produjo un gran número de deserciones, que se pasaron al bando realista. Además, tampoco hubo ayuda inglesa, atentos como estaban los ingleses de su inhibición, para jugar sus bazas en la América española. El gobierno de San Miguel, en un último intento, hizo nuevas concesiones comerciales a favor de Inglaterra, pero el gobierno británico, por cierto también liberal en ideología aunque conservador en oficio, se limitó a publicar unas manifestaciones retóricas de apoyo al gobierno liberal español, invocando la solidaridad liberal internacional como réplica a la solidaridad internacional de la Santa Alianza, pero aquel gobierno mantuvo sus compromisos con las potencias de la Santa Alianza para dejarles hacer en la Península.


    Lo cierto es que en realidad, no hubo guerra, y que la intervención de los cien mil hijos de San Luis, fue un paseo militar, y el duque de Angulema, quien era primo de Fernando VII, hijo primogénito de Carlos X y Maria Teresa de Saboya. A su nacimiento, su tío, el rey Luis XVI de Francia, le otorgó el título de Duque de Angulema, fue el último Delfín de Francia entre 1824 y 1830, y encabezó a los cien mil hijos de San Luis. En todas partes era recibido con aplausos, no a tiros, y para oponerse a él, se habían formado precipitadamente tres ejércitos españoles, uno en Cataluña, al frente del General Ballesteros, que se retira sin entablar combate, un general del que ya hemos hablado anteriormente en el capítulo titulado OPOSICIÓN Y CAÍDA DEL ABSOLUTISMO , y de su entrevista con Fernando VII, que merece la pena volver a recordar, no ya para levantar suspicacias, sino mas bien, para entender determinados comportamientos. Además de esto, el Jefe del Ejército de reserva, el conde de la Bisbal, Enrique José O'Donnell y Anethan, del que también hemos hablado en el capítulo mencionado, y que también merece la pena recordar, y que en vez de movilizarse para cortar el paso en Somosierra, interviene en un oscuro manejo cuyo objetivo era un golpe de Estado que estableciera el régimen de Carta Otorgada, es decir, un documento por el cual el rey se comprometía a gobernar a sus súbditos de una forma determinada. Suponía de hecho una especie de constitución para el estado, si bien en lugar de ser dictada por el pueblo, la carta otorgada surgía del poder absolutista anterior, el rey, digamos, para ser benevolentes, que pudo ser un intento de última hora para salvaguardar, de alguna manera, una salida airosa de la situación, y que posiblemente, hubiera merecido la pena tener en cuenta.


    Ya en Junio, el ejército del duque de Angulema se pasea por la Mancha y pasa Despeñaperros sin obtener ninguna resistencia, pero cabe aclarar aquí un dato, y es que durante la intervención francesa en España de los Cien Mil Hijos de San Luís (1823), el duque de Angulema dicta el Decreto de Andújar para atajar la política de represión de las autoridades provisionales españolas. Este acto unilateral choca con la idea de “competencia” esgrimida por las autoridades españolas y con la de “alianza” aducida por las potencias del Este. Es el momento más crítico de la intervención: estaba en juego no sólo la liberación de Fernando VII, sino la tutela del régimen político español. Este decreto, se argumentaba en los siguientes términos:


    “NOS, LUÍS ANTONIO DE ARTOIS, hijo de
    Francia, duque de Angulema, comandante
    en Jefe del ejército de los Pirineos:
    Conociendo que la ocupación de España
    por el ejército francés de nuestro mando
    me pone en la indispensable obligación de
    atender a la tranquilidad de este reino y a la
    seguridad de nuestras tropas, hemos decretado
    y decretamos lo siguiente:
    Artículo 1º.- Las autoridades españolas no
    podrán hacer ningún arresto sin la autorización
    del comandante de nuestras tropas en
    el distrito en que ellas se encuentren.
    Artículo 2º.- Los comandantes en jefe de
    nuestro ejército pondrán en libertad a todos
    los que hayan sido presos arbitrariamente
    y por ideas políticas, particularmente a los
    milicianos que se restituyan a sus hogares.
    Quedan exceptuados aquellos que después
    de haber vuelto a sus casas hayan dado justos
    motivos de queja.
    Artículo 3º.- Quedan autorizados los comandantes
    en jefe de nuestro ejército para
    arrestar a cualquiera que contravenga lo
    mandado en el presente decreto.
    Artículo 4º.- Todos los periódicos y periodistas
    quedan bajo la inspección de los comandantes
    de nuestras tropas.
    Artículo 5º.- El presente decreto será impreso
    y publicado en todas partes.
    Dado en nuestro cuartel general de Andújar
    a 8 de agosto de 1823


    Las consecuencias fueron que desde el mismo momento que estalló el escándalo del Decreto de Andújar, la política francesa intenta por todos los medios minimizar sus efectos, y el propio gobierno francés interpretó la iniciativa de Angulema sin el consentimiento del propio gobierno como una infracción de sus propias instrucciones. En este punto, debemos atenernos a que en realidad, no es que no existiera el Tratado de Verona, si no que nos conduce a que realmente fue una iniciativa de Francia y su gobierno, quien acordó el envío de tropas, y de instrucciones concretas. Además, los rumores que corrían por el país sobre la excesiva compasión del duque hacia los liberales no ayudaban en nada a salir airosos de aquella situación. Podríamos considerar de grave error político de Francia de no haber concretado el reparto de competencias, acarreándole un conflicto con las autoridades españolas, que reclaman autonomía; y con los aliados europeos, que exigen unidad. Esto le impide rentabilizar políticamente (especialmente a efectos externos) el éxito militar de la intervención en España. Sin dejar de reconocer en Angulema un talante moderado, el capítulo del Decreto de Andújar es la materialización de un conflicto de competencias inevitable vista las imprecisiones diplomáticas con que Francia se había manejado desde el Congreso de Verona, o supuesto Congreso de Verona. El Decreto y su Aclaración son el resultado de ese error político, primero por la precipitación de Angulema (que, admitiendo incluso que se encontrase superado por los acontecimientos, actúa más por utilidad que por humanidad, al peligrar la intervención), pero sobre todo por la falta de previsión del gobierno de Villèle. El Decreto de Andújar evidencia hasta qué punto Francia no podía adueñarse de los destinos políticos del reino que estaba ayudando militarmente a restaurar. Al reflejar esta debilidad, el significado político de la declaración de estado de excepción que supone el Decreto de Andújar acabará sepultado entre el silencio y el gesto humanitario, y de eso se ocupará la única acción bélica digna de reseñar, pero no por su importancia, ya que realmente, el número de bajas fue más bien escaso, la batalla de Trocadero, aunque Fernando VII no olvidaría el episodio de Andújar.




    Angulema inicia el bloqueo de Cádiz, en cuya esperanza a la resistencia confía lo que queda del liberalismo constitucional, y en la noche del 30 al 31 de Agosto, las tropas de Angulema asaltan el Trocadero, apenas defendido, siendo el único combate que los Cien Mil Hijos de San Luis, tendrán que sostener, restableciendo así el honor de Francia, vencida diez años antes. En realidad, una modesta victoria hiperbólicamente exaltada en 1823, pues tuvo escaso número de bajas, pero representó un considerable éxito para los absolutistas al liberarse el Rey. Dentro del manifiesto que desde el Puerto de Santa María, fechado a 1 de octubre de 1825, dirigió a D. Víctor Saez, confesor de Fernando VII, le decía:
    Mi augusto y amado primo el duque de Angulema al frente de un ejército valiente, vencedor en todos mis dominios, me ha sacado de la esclavitud en que gemía, restituyéndome á mis amados vasallos, fieles y constantes.
    Fernando VII le ofreció el título de Príncipe de Trocadero, que el Duque de Angulema, parece ser que rechazó. A continuación en una carta llevada a su primo por medio de Louis Justin Marie de Talaru, embajador de Su Magestad Cristiana en Madrid, recriminaba en términos muy duros al monarca los excesos de su reinado y le conminaba a redimirlos, una vez recuperado el poder absoluto. Como curiosidad, en los Diarios de viaje de Fernando VII (1823 y 1827-1828), escritos por él mismo, en la página 293 y siguientes, se habla de ello, y asimismo, se hace mención en Duvergier de Hauranne, Prosper (1857). Michel Lévy Frres. ed (en francés).Histoire du gouvernemente parlamentaire en France, 1814-1848.

    Lo cierto, es que en octubre, en el Puerto de Santa María, Fernando VII publica un Real Decreto por el que se restablecía la situación anterior al mes de marzo de 1820. En la España realista, hasta entonces, había funcionado un gobierno provisional que el propio duque de Angulema había reconocido, en la que figuraban Eguía y Eroles, pero el propio Mataflorida (Bernardo Mozo de Rosales) se negó a disolver la Regencia de Urgell, argumentando, según sus palabras, que la propia Regencia podía no ser reconocida, pero no puede tampoco ser destituida por una autoridad extranjera. Ateniéndonos a los hechos, estamos en condiciones de opinar que la ayuda militar del duque de Angulema, tiende a encubrir a su vez una intervención política francesa de forma directa, ya que las propias tropas permanecieron en la península hasta 1828, bajo la recomendación del gobierno francés.


    Por otro lado, ha quedado demostrada la inclinación moderada del propio duque de Angulema, además, así lo demuestra también el hecho de que se deshizo del propio Eguía confirmando una Regencia en la que figuraban Eroles y González Calderón, de la junta provisional anterior, así como otros también moderados, en contraposición al propio Eguía y varios generales aristócratas y personalidades diversas partidarias de la vuelta pura y simple al régimen anterior, agudizando la división en el campo realista que quedará manifestada durante el último periodo del reinado de Fernando VII.


    En algún capítulo posterior, dejaremos constancia de las crueldades del reinado de Fernando VII contra los liberales, pero no debemos olvidar, y así debe ser, de las mismas crueldades efectuadas durante el mandato liberal, y de las que ya se ha dejado constancia en capítulos anteriores. Lo que acaeció en estos momentos de la historia, es que Fernando VII, liberado por los franceses, formo de forma inmediata un nuevo gobierno absolutista liderado por Víctor Sáez (Víctor Damián Sáez y Sánchez Mayor), confesor privado de Fernando VII, y ultra-absolutista reconocido, en un clima de reconciliación muy difícil, y en el que Fernando VII, no cumplió la promesas de olvidar todo lo pasado, que ya hiciera tras su liberación en Cádiz a los propios liberales, pero también es perfectamente creíble que no tuviera la menor posibilidad de cumplirlas, pues todo intento por olvidar el clima de tensiones, odios, asesinatos, represalias y un largo etcétera de conflictos y situaciones enfrentadas, durante el Trienio Liberal, incluida la guerra civil, estaba de antemano condenado al fracaso. Lo que también estaba fuera de toda duda, es que la restauración de 1823 disgustó tanto a liberales, como a aquellos miles de realistas encuadrados en las guerrillas o en los ejércitos de la Regencia de Urgell que lucharon sin rechazar la tradición, pero por un nuevo sistema.

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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    LA REVOLUCIÓN AMERICANA Y LA INDEPENDENCIA DE LAS COLONIAS

    Lo que podríamos definir como Revolución Liberal Burguesa, no se limitó exclusivamente al ámbito peninsular en sí, sino que también tuvo otra versión al otro lado del Atlántico, en Hispanoamérica, muy posiblemente por no decir con total seguridad, auspiciada por Gran Bretaña desde tiempos atrás, no ya como Revolución en sí, si no como colaboración directa con la emancipación hispanoamericana. En Hispanoamérica, el desarrollo de una burguesía blanca, los criollos, compuesta por terratenientes y comerciantes que no participaban en un gobierno destinado a una burocracia procedente de la Península, tuvo un papel fundamental en la independencia hispanoamericana, algunos historiadores lo han definido como el complejo criollo de frustración, pero esta interpretación, según estudios recientes como los de Pierre Chaunu, ponen en evidencia las falacias de tal interpretación, aunque si bien es cierto que pudo tener algo que ver, el motivo principal no fue sólo las pretensiones de la clase criolla, sino más bien un sentimiento que desarrolla el movimiento revolucionario que ya se había iniciado en América del Norte en 1767 y se cierra con la emancipación de las colonias españolas en 1810, a lo que hoy, se puede definir una vez conocidos los resultados de la nefasta política y el interesado resultado británico de la misma, como la Involución Hispanoamericana. Aquí yace el primer error de la política llevada a cabo desde la metrópoli, y del que ya dejó constancia Malaspina en su informe científico-político y por el que fue acusado de traidor, encarcelado, y desterrado de por vida. La falta total de apoyo y de colaboración con un territorio que se sentía español, pero también abandonado a su suerte lejos del amparo real de una monarquía decadente a la que sólo interesaba el beneficio comercial para engrandecer las arcas de los intereses creados, por mucho que pueda parecer sesgada esta información para aquellos autores que pretenden con una fecunda imaginación y atrevido falseamiento y equivocada interpretación de textos de ingenuo y patriótico fraude, el ideal de que la emancipación colonial, fue culpa exclusiva de la Revolución Liberal promovida por la Constitución de 1812, ya que en realidad fue una acumulación de despropósitos o desaciertos no carentes de un interesado intervencionismo extranjero que desencadenó en la independencia colonial que se sentía tan española como cualquiera de las otras provincias españolas. La población hispanoamericana en su máximo exponente, no entendió nunca el término de la emancipación o independencia, y una prueba de ello, puede darse en que por ejemplo en el Congreso de Tucumán el 9 de julio de 1816, en la ciudad de San Miguel de Tucumán, donde se declaró la independencia de los reyes de España, sus sucesores y metrópoli sólo se conoce únicamente el acta de ese día en concreto, mientras que los libros de actas donde se debieron debatir los pormenores de los beneficios y las causas y cuestiones que se plantearon desaparecieron y nadie dejó constancia en fechas anteriores y posteriores de haberlos leído. Este es sólo un ejemplo, pero existen muchos más que no pretendemos enunciar aquí, pues no es causa principal del tema, que no es otro que el resultado y la causa del pretendido interés de una Constitución Liberal, y de los acontecimientos de una época, aunque es importante explicar el punto de vista de lo que se ha afirmado en este capítulo, y sobre esto vamos a tratar en adelante, sin dar más trámite pormenorizado de cada una de esas independencias, limitándonos a dar una visión globalizada del episodio., intentando hacer ver cada una de esas causas que desencadenaron tal desastre.



    Los acontecimientos iniciados en 1808 como resultado de la hasta entonces pésima política del Antiguo Régimen en manos del cuarto de los borbones o más bien su favorito el mal llamado Príncipe de la Paz Godoy, creó una situación crítica al ser requerida la Administración colonial por el gobierno usurpador afrancesado para que se reconociese la autoridad de este. Esta situación desembocó con el unánime apoyo y reconocimiento a Fernando VII y a los poderes establecidos en la metrópoli frente a los franceses, con las promesas que se hicieron en un manifiesto redactado por Quintana en el que se insistía en proyectos reformistas del nuevo poder que comenzó declarando la igualdad de derechos entre españoles de ambos lados del océano, para convocar luego por primera vez en la historia a los diputados de las colonias para las Cortes de Cádiz, en un intento por remediar los desatinos del pasado, pero ya era tarde, y como se suele decir, tarde y mal, dos veces mal, pues el germen de la emancipación ya había comenzado algún tiempo atrás. Las Cortes de Cádiz, no se puede decir que fueran hábiles en cuanto a la política americana se refiere. Los diputados hispanoamericanos que fueron convocados para participar en las sesiones de las Cortes, lo hicieron con el mismo ímpetu y entusiasmo en los debates que los peninsulares, pero no están orientados políticamente de una forma definida, y podemos observar como ejemplo a Blas de Ostolaza, de quien ya se ha hablado en el capítulo titulado LOS MINISTROS Y LA CAMARILLA DEL SEXENIO ABSOLUTISTA,
    y que merece la pena recordar, sobre todo, por su cambiante actitud política, considerado entre los realistas como el más radical, o un tal Mejía Lequerica, ya por entonces afiliado a las logias, pero hay que decir que la representación americana fue claramente restringida porque o bien los diputados gaditanos, o quien quiera que fuera que formalizara las convocatorias, quisieron evitar a toda costa una mayoría de elementos de ultramar. Con motivo de esta vicisitud, está claro que en las Cortes de la Constitución de 1812, no existió, por tanto, representatividad proporcional entre los peninsulares y los americanos, siendo elegidos éstos últimos con el sistema de los suplentes, dando como resultado que la América española, no se sintiera en ningún momento auténticamente representada, y generalmente, sus peticiones no se vieron atendidas. Además, las pretensiones de la burguesía peninsular y las de la criolla eran contrapuestas, y las medidas favorecedoras en una eran contrapuestas en la otra. Las Juntas americanas vieron con tanta desconfianza a las Cortes gaditanas como a la administración afrancesada. Ya al regreso de Fernando VII se dio cuenta de que el poder establecido en América era en buena parte insumiso o equívoco, y que el movimiento emancipador estaba ya en marcha, con mayor fuerza si cabe en los virreinatos más jóvenes, como el de Nueva Granada, y especialmente en el área de Venezuela, y en el Río de la Plata, mientras que por el contrario, el de Nueva España y Perú mantenían, en líneas generales, fidelidad a la Madre Patria.



    Los criollos fueron, efectivamente los protagonistas del proceso emancipador, pero es necesario aclarar que constituían sólo una minoría en la mayor parte de las sociedades hispanoamericanas, favorecida, además, por una posición de dominio. El censo de Lima de 1791, o el de Méjico de 1794, por ejemplo, junto con otras estimaciones, la población americana española se estimaba aproximadamente en un 20 por ciento de población blanca, casi todos criollos, pues los peninsulares apenas llegaban al 2 por ciento de esta cantidad. El 26 por ciento eran mestizos, el 8 por ciento negros y el 46 por ciento indios, y a decir verdad, en muchas ocasiones los propios criollos tuvieron que sostener la causa de la emancipación contra elementos indígenas no criollos que en un primer momento no secundaban la insurrección criolla, así lo manifiestan algunos historiadores americanos de prestigio reconocido como Julio Icaza Tigeriano, Indalecio Liévano Aguirre y además, es muy recomendable leer al erudito Julio C. González para comprender el significado y las causas de este movimiento independentista, entre otros. Una prueba la encontramos en la extracción social de los dirigentes de la emancipación, como Miranda, Bolívar, San Martín, Pueyrredón, Rivadivia, Sucre, Lezica, O´Hggins, que son miembros de buenas familias de lo mejor de la sociedad criolla, donde también abundan los intelectuales, los militares, los comerciantes y los grandes propietarios como la Junta de Hacendados de Buenos Aires, mientras que por el contrario, los elementos más modestos de la sociedad, es decir, los mestizos e indios, permanecen fieles a la metrópoli y en muchas ocasiones constituyen el grueso de las fuerzas realistas que combaten a muerte a favor del poder de siempre al mando de oficiales españoles en contra de la insurgencia criolla, y lo hacían convencidos, por temor al mismo elemento que se temía en la península, el liberalismo y su ideal, igual que hicieron los campesinos metropolitanos, por temor a que la consagración de un status social, económico y político emancipador, fuera peor que el del Antiguo Régimen, que a vistas a día de hoy, en la actualidad política, social y económica americana, cabría sopesar la el fundamento de sus temores, y lo que en un principio se idealizó como lo hizo Bolívar pretendiendo unos Estados Unidos Hispanoamericanos, cuando la realidad ha sido a la postre bien distinta, la creación de una serie de patrias diferentes y hasta contrapuestas. Ateniéndonos otra vez a la actualidad política y social de nuestros días, el fenómeno, tal y como así lo tacha el Doctor Julio C. González, se podría definir como la balcanización de Hispanoamérica.



    Otra teoría en la que se basan algunos autores sobre el movimiento emancipador en América es la tendencia tradicionalista y el desarraigo de la metrópoli provocado por la política de reformas en ésta, es decir, el paso del Antiguo Régimen al Nuevo régimen, y que los criollos americanos imitaron las reformas constitucionales españolas utilizándolas como instrumento de separación de la metrópoli. Lo cierto es que la independencia se estaba viendo venir desde bastante tiempo atrás, como se ha dicho anteriormente, pero más concretamente a partir del Decreto de Libre Comercio de 1778, el cual había contribuido al desarrollo de una burguesía americana paralela a la que estaba establecida en la metrópoli y que los negocios del tráfico habían desarrollado, y esta misma burguesía criolla hispanoamericana vio claro que el librecambismo que había liberado una serie de barreras intervencionistas no había roto el monopolio metropolitano y sólo podía negociar con o a través de la Península, con lo cual, sus aspiraciones para enriquecerse más y de una forma más rápida estaban mermadas. No es incoherente la idea de que el interés anglosajón, y la recién creada independencia de sus colonias, vieron clara también la oportunidad de intervenir de una forma más directa en la economía de los territorios españoles en América. Prueba de ello, es que a día de hoy, tantos años después de su independencia, los intereses intervencionistas ingleses y norteamericanos, siguen prevaleciendo de forma importante, y la población autóctona, por llamarla de alguna manera, no ha mejorado tanto, ni al mismo nivel. También debemos tener en cuenta otra cuestión, y es que podemos suponer que la razón criolla, no era la falta participación económica frustrada, como causa única, pues realmente los criollos eran gente rica. Ni tampoco era causa principal la pretensión de empleos en la política y la Administración, sino, más bien, debemos considerar muy seriamente un trasfondo de racismo social establecido por los propios criollos, quienes afirmaron en América la idea de la superioridad racista del blanco sobre los demás grupos de la sociedad multirracial, poniéndose en la cúspide de la pirámide, y estableciendo al mismo tiempo la superioridad de los llamados peninsulares sobre ellos, ya que cualquier español llegado de la propia Península era cien por cien blanco, cosa que no ocurría con la mayor parte de los criollos por el inevitable fondo mestizo en un Continente en el que, a todo lo largo del siglo XVI, sólo hubo aproximadamente un 3 por ciento de inmigración femenina blanca. De este modo, la idea del complejo de frustración de los criollos se desplaza del plano económico o político al plano racial. A todo esto, y aunque pequemos de reiteración, hay que añadir el apoyo en todo momento por Inglaterra, que ya venía intentando esa misma política desde principios del siglo XVIII de una forma más agresiva, utilizando un arma letal, que era la ingenuidad causada por la buena fe, que a la postre, destruyó a España y a las provincias españolas de Hispanoamérica. Mediante el Tratado de Apodaca-Cannig de 1809, España había contratado la ayuda británica para expulsar a los franceses, concretándose bajo la conducción de los generales Sir Arthur Wellesley, duque de Wellington, quien más tarde fuera vencedor de Napoleón en Waterloo, y William Carr Beresford, conquistador de Buenos Aires en 1806. Estos organizaron regimientos de españoles dirigidos por oficiales ingleses para combatir a los franceses y a los españoles bonapartistas de ideas novedosas. A su vez, las Provincias Hispanoamericanas fueron sublevadas por oficiales disidentes y desertores del Ejército Español que con asesores británicos los indujeron a luchar contra Napoleón primero y a separar Hispanoamérica de España después. Mediante el mencionado tratado, los británicos se aseguraron las ganancias de un comercio, mediante el engaño tanto a los criollos, como a la Junta Central española. Este Tratado otorgaba a Inglaterra facilidades para el comercio en los dominios hispánicos, a cambio de pertrechos bélicos y el apoyo de sus ejércitos a las tropas y guerrillas españolas.



    El hecho de que la emancipación de los territorios hispanoamericanos se veía venir ya desde el último tercio del siglo XVIII y de que esos mismos territorios estaban cobrando una personalidad propia con ayuda de Inglaterra y con la propia independencia de los EE.UU con respecto de ésta fueron un claro ejemplo del camino a seguir, nos encontramos como prueba que en un primer momento, desde la metrópoli española se pensó en tomar alguna medida de previsión para adelantarse a los hechos, y el propio Conde de Aranda primero, y Godoy después, pensaron crear en América varios reinos independientes en cuyos tronos estarían príncipes de la rama borbónica bajo la común corona de España, en una especie de concordato vinculado con un pacto de familia, que al final, debido a la complicada situación, y posiblemente a lo avanzado del movimiento independentista auspiciado por la burguesía criolla junto a la injerencia inglesa, se quedó en un simple proyecto que las autoridades españolas no supieron cuajar en debida forma y tiempo.


    El considerar al ideal de la Ilustración como una de las causas motrices de la independencia no es descabellado, ni mucho menos. Sí lo es que fuera la causa principal, ya que la participación hispanoamericana en el movimiento de ideas de la Ilustración es algo tardía y además llega desde la España metropolitana en los navíos de la Ilustración de la Real Sociedad Guipuzcoana de navegación, y llegan traducidas al español. Aunque también es cierto que la obra del padre Feijoo (Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro) ya estaba siendo leída y divulgada por todo el continente americano después del primer tercio del siglo XVIII, pero en realidad, sólo una pequeña parte de la élite criolla leía, y lo hacía casi exclusivamente en español. Por lo tanto, debemos asegurar que el ideal Ilustrado llega de España, y aunque no debemos pensar en que fuera la principal esencia de la emancipación, si sirvió su ideal para concretar el carácter del movimiento independentista, y lo hizo a través de la sociedad criolla. El criollismo insurreccional tiene más respuesta en las zonas de Buenos Aires y caracas que en Méjico y Chile, y sobre todo, su alcance fue todavía menor en el resto de Centroamérica y América Andina, donde los efectos de la Ilustración tienen menos fuerza, coincidiendo con un criollismo más escaso. El ideal norteamericano pudo tener una influencia cierta, pero en realidad, muy escasa, debido a que era un continente lejano, y casi incomunicado, por lo que el ideal, no tenía fácil acceso en el sur, aunque el germen de James T. Adams, Jefferson o Payne, no cabe duda de que tuvo su calado en el resto continental.



    El procedimiento que los británicos emplearon para conquistar Hispanoamérica ya venía previsto concretamente desde 1711, año en el que ya se había publicado un Plan, y que siguiendo todos y cada uno de sus pasos al pie de la letra, se hizo efectivo su inicio en 1804 concluyendo en 1806 con la toma de Buenos Aires. Este procedimiento estratégico se basaba en cuatro puntos de fundamental importancia, que eran:

    1.- Divide et impera.
    2.- No comerciar, si no traficar
    3.- Ejercer el poder, sin exhibirlo.
    4.- Inducir a los enemigos de Inglaterra ha hacer lo que Inglaterra necesita que hagan para que se destruyan solos.

    Y les funcionó a la perfección. La paciencia y el saber hacer de los distintos gobierno británicos en el tiempo, todos con un mismo ideal, con una misma finalidad casi enfermiza, vieron claro que la debilidad de España iba a llenar no ya sólo sus arcas, si no sus espíritus, durante muchas generaciones, y así lo hicieron. Se dedicaron a seguir todos y cada uno de los puntos en su estrategia de forma ordenada, se preocuparon de fortalecer su poder en el mar, porque sabían que el mar era el medio para llegar al poder. Instruyeron a sus marinos de forma eficaz y considerada, el mar significó para ellos el eje motriz sobre el que giraban sus aspiraciones, y unido a una clase de políticos fuera de lugar, y a un espíritu obsesionado con el objetivo final de convertir y humillar a España, fue conseguido ante una nación débil, más preocupada en cambios y defensas de tradiciones, en asegurar reinados y enriquecer sus haciendas sin preocuparse demasiado de quién proporcionaba esa riqueza, ni el modo de transportarla. En definitiva, una nación de políticos débiles pero ambiciosos de poder aunque carentes de visión, y de una monarquía no ya corrupta, que lo era, si no despreocupada total y absolutamente por los designios de una nación, que mataba y se moría por ella con una fe ciega, carácter indiscutible del espíritu del español de a pie.




    La restauración fernandina en el trono en 1823 no sirvió absolutamente para nada, en este campo. Los intentos del realismo español de que en el tratado de Verona se hiciese sitio a la causa de la insumisión de los territorios americanos fracasó de forma rotunda, pese a ser incluido el tema en el orden del día, y el fracaso lo hizo posible la oposición de Inglaterra y la total y absoluta indiferencia de las potencias continentales, a quienes no interesaba en absoluto el restablecimiento del prestigio español, sino más bien, preservarse de la amenaza del liberalismo. Fernando VII lo intentó negociando con Francia, pero el temor y la amenaza de Inglaterra de una guerra de carácter universal, dieron al traste con el intento. A partir de entonces, una España sin escuadra, y sin motivos para tenerla, grave error del que no se había preocupado de arreglar en su momento, volvió la mirada tierra adentro. La pérdida de América fue un desastre de dimensiones inconmensurables, y además, se produjo en el momento más inoportuno, donde un país esquilmado por la guerra de la independencia no sólo en el tema económico, si no en el de escasez de artículos, perdió de un solo golpe la posibilidad de recuperarse. La nación española, se vio falta de pronto de una vocación definida ante el mundo, y sin nada que defender, y sin ninguna aspiración fuera de su ámbito interno, se alejó del concierto de las naciones y paso a contar entre los países de tercera o cuarta fila, viviendo en adelante con una pasión desmesurada su propia historia como constante indeleble del propio temperamento español, una historia ensimismada e introvertida de riñas de familia, dando la espalda al mundo, que ya se la había dado a España mucho tiempo atrás.

    Podemos definir pues, finalmente, que las causas de la emancipación de la América española, fueron en mayor o menor medida la posibilidad de la influencia de la independencia de los EE.UU, desde luego, también la influencia del ideal liberal, el deseo de una sociedad criolla en convertirse en eje de la economía y administración de su propio destino, y del de los demás, la injerencia de Inglaterra y el desarraigo del resto de Europa, pero sobre todo, la falta de preocupación de una clase política española, constitucional y no constitucional desde tiempo atrás, que se había limitado simplemente a limitarse a no hacer nada por preocuparse un mínimo de esa otra parte de España que incluso hoy, sigue calando profundamente en nuestro sentimiento.
    Última edición por Aingeru; 17/11/2013 a las 13:29

  3. #23
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Excelente información, amigo. Le felicito por el buen aporte. Cabrían unas ligeras matizaciones respecto al término colonia, colonial y todo lo demás relacionado con dicha palabra. Si bien hubo un minúsculo tiempo en que las Indias fueron consideradas colonias (1768-1808), lo cierto es que durante la "independencia" ya la Junta de Sevilla había descolonizado a las Indias, considerándolas una parte esencial de la Monarquía. Quizás más acordes con tan buen artículo serían los términos reinos de Indias (definición tradicional y que permanecía en vigencia aún en ese tiempo) o provincias españolas de América ya que las Cortes le habían dado a las Indias el status de provincias (como las demás de la Monarquía).
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  4. #24
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Cita Iniciado por Michael Ver mensaje
    Excelente información, amigo. Le felicito por el buen aporte. Cabrían unas ligeras matizaciones respecto al término colonia, colonial y todo lo demás relacionado con dicha palabra. Si bien hubo un minúsculo tiempo en que las Indias fueron consideradas colonias (1768-1808), lo cierto es que durante la "independencia" ya la Junta de Sevilla había descolonizado a las Indias, considerándolas una parte esencial de la Monarquía. Quizás más acordes con tan buen artículo serían los términos reinos de Indias (definición tradicional y que permanecía en vigencia aún en ese tiempo) o provincias españolas de América ya que las Cortes le habían dado a las Indias el status de provincias (como las demás de la Monarquía).
    Tiene Usted toda la razón, amigo Michael, espero que me disculpe mi error de apreciación.

  5. #25
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Cita Iniciado por Aingeru Ver mensaje
    Tiene Usted toda la razón, amigo Michael, espero que me disculpe mi error de apreciación.

    No se preocupe mi querido amigo. No hay nada que disculpar. Es un deleite leer sus aportes. Aquí siempre un compatriota a sus órdenes.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  6. #26
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Permítame que le diga, que el que está a sus órdenes y a sus enseñanzas, es un servidor, estimado compatriota. Con todos mis respetos.

  7. #27
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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    LA DIVISIÓN DE LOS REALISTAS EN EL RETORNO DEL DESEADO


    La historiografía liberal más clásica, define a los últimos diez años del reinado de Fernando VII como “La ominosa década”, y así ha sido recordado este periodo historiográfico, escrito esta vez por el bando perdedor, y por desgracia, se extiende en la dureza de las represiones, la crueldad del monarca, la insoportable tiranía del régimen, las torturas…posiblemente, demasiado sabor a tópico en un guiso literario que se ha anclado en la historia de España de tal manera que resulta muy complicado desmitificar, y desde luego, tampoco es que ayude demasiado ni la historia del propio monarca, ni su equipo de gobierno, a la hora de proporcionar determinado número de argumentos en su defensa para tratar de reivindicar algo de positivismo en este periodo de difícil planteamiento político del neo-absolutismo, que nada tiene que ver con la Constitución española de 1812, pero se trata de uno de esos momentos en la intermitencia de un periodo muy importante en el devenir de la historia, del que pensamos que merece la pena dejar constancia aquí, sin extendernos demasiado más que de pasada en determinados acontecimientos que por su importancia merecen un monográfico aparte. Nos referimos, por ejemplo, al Carlismo, sus causas y sus consecuencias,


    Estos diez años de la última etapa del reinado de Fernando VII, a la que podemos denominar década Absolutista, que no se ha estudiado con detalle hasta hace no demasiado tiempo, no cabe duda de que se trata del momento más complicado de toda la crisis del Antiguo Régimen. Ya se adelantó en el capítulo titulado LA INTERVENCIÓN EXTRANJERA Y LA CAÍDA DEL RÉGIMEN LIBERAL sobre la división de los realistas, que se hizo efectiva en dos corrientes principales, la moderada y la ultrarrealista. Ya se ha explicado en el capitulo mencionado anteriormente que las dos tendencias, aunque con base común en la defensa de un régimen regio, cada una se manifestaba o entendía de forma diferente la forma, y una prueba de ello es que el propio Fernando VII, continuó con la tendencia o costumbre que se había iniciado desde su llegada al trono en el sexenio absolutista, de mantener a determinados liberales considerados como moderados entre sus gobiernos, y esta costumbre se evidenció a partir de 1823 que, aunque se tomaron medidas represivas sin plan de conjunto, y esto último es importante tenerlo en cuenta, y ciertamente hubo extralimitaciones, no es menos cierto que permanecieron en el ejercicio de la autoridad elementos liberales o filoliberales en la burocracia y, sobre todo, en el propio Ejército. Tenemos el caso del Alcalde Constitucional de Barcelona, José Masiá, y del marqués de Campo Sagrado, Francisco Bernaldo de Quirós y Mariño de Lobera, Capitán General de Cataluña, muy contrario a los voluntarios realistas, lo que posiblemente debió influir en la agitación de los llamados “malcontents”, de la que se hablará, o por ejemplo, a nivel de Gobierno, el propio López Ballesteros, como significativa contrapartida al ultra Calomarde. Alrededor del primero, ejerció una importante influencia un grupo de financieros como Gaspar Remisa y Alejandro Aguado, propicios a la línea templada del Gobierno, o Sebastián de Miñano, Alberto Lista, Reinoso, Gómez Hermosilla, Javier de Burgos, que tendremos que ver en ellos a los afrancesados partidarios de la monarquía absoluta que ante la situación económica y social del país intentan paliar la crisis financiera en que se halla. Además de todo esto, y debido a los graves problemas de la Hacienda, incrementados con la independencia de la mayor parte de los territorios americanos, acabaron de convencer a los moderados realistas la necesidad de llegar a un acuerdo con los liberales menos radicales para construir un régimen político menos radicalizado.








    Esta línea templada intentó reformar el Antiguo Régimen con ayuda de tardoilustrados y antiguos afrancesados pero de una forma moderada semejante a un régimen político de Carta Otorgada, que ya hemos explicado en el capítulo titulado LA INTERVENCIÓN EXTRANJERA Y LA CAÍDA DEL RÉGIMEN LIBERAL qué era, y cuya intentona llevó a cabo el conde de la Bisbal, Enrique José O'Donnell y Anethan, a la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis. Hay que decir que este régimen, ya existía en algunos reinos europeos, y ello suponía poner fin a las luchas políticas por medio de la creación de una monarquía a medio camino entre las dos opciones, pero un obstáculo se opuso a este proyecto, la otra cara del realismo, defensora a ultranza del Trono y el Altar, el Tradicionalismo.






    Esta última corriente contrarrevolucionaria, el Tradicionalismo, representado por los realistas más puros, tuvo un significativo fortalecimiento y fue uno de los hechos históricos más sorprendentes dentro de este periodo que pudo tener su razón de ser dentro de un Régimen que no había variado demasiado desde el sexenio absolutista cuyo poder había recaído en un monarca de mente poco lúcida, de carácter débil y sensibilizado a toda clase de temores, siendo la más clara expresión en un mundo de contradicciones y de intrigas de que se acababa el Antiguo Régimen, no solo por la costumbre de la intervención entre bastidores de camarillas y grupos cortesanos de presión, si no por las interferencias de Organismos que oscurecen más el ya de por sí turbio panorama, como por ejemplo la Real Junta Consultiva de Gobierno, que surgió como asesora del mismo, en una crisis del Consejo de Estado, y que se extinguió después. Otro problema del que el Tradicionalismo realista hizo causa de orden material fue el no reconocimiento de grados y empleos de muchos combatientes realistas, que los dejaba en situación de licencia ilimitada. Asimismo, la frustración de una política represiva contra los liberales que, si bien pudo ser contundente, no satisfizo a los defensores tradicionalistas debido a la total falta de determinación de un monarca que no supo reinar. No queremos decir que debería haberse efectuado una represión más dura, que en cierta manera, pudo ser, pero si una falta total de planteamientos que se demostraban en encontradas y contrapuestas decisiones que no conducían a seguir una línea más o menos general, cuyos debates en el foro político se caracterizaban por diversos cambios de sistema de gobierno bruscos. Otro hecho anecdótico pero cargado a su vez de significado que facilitó esa frustración de los realistas más puros fue que además de la creación de gobiernos moderados la negativa de Fernando VII a restablecer la Inquisición, no ya en la forma y manera de siglos pasados, pero si produjo un cierto malestar en los ultrarrealistas y algunos realistas algo más moderados que pensaban que tras la derrota del liberalismo se procedería a una serie de reformas dentro de los cauces tradicionales del Antiguo Régimen.








    Durante este Decenio Absolutista, se llevaron a cabo varias conspiraciones de carácter ultrarrealista, y algunas de ellas tuvieron vínculos con un cuerpo de base popular denominado voluntarios realistas, que se formo en junio de 1823, que estaba controlado por los núcleos más radicales del absolutismo, y cuyo episodio más importante fue la llamada Guerra de los Agraviados, o malcontents, (mal contentos), en 1827, de la que ya hemos comentado antes, y a la que volveremos en un próximo capítulo, y la cual, se desarrolló básicamente en Cataluña, debido al malestar que se vivía tanto en la industria como en la agricultura debido a la fuerte crisis económica, y que se llevó a cabo contra el Gobierno, salvando la figura del monarca, pero que sin embargo, se tomaron medidas del propio Fernando VII que combinaron tanto la represión más brutal, como el indulto más incomprensible, con lo que podemos hablar de que la represión en esta década, no fue sólo contra los movimientos liberales, si no también contra los realistas descontentos. Hacemos mención de este último hecho sobre las revueltas, para hacer entender la deriva que tomó el movimiento realista más intenso, cuando posteriormente apareció el problema sucesorio de Fernando VII, y cuyo desenlace final fue la aparición ya definitiva del Carlismo, y del que se comentará en su momento debido, pero que consideramos interesante reseñar su aparición cuando en 1826 ya se publicó el Manifiesto de la Federación de Realistas Puros, por la que se denunciaba la actitud claudicante de Fernando VII, y que aclamaba a don Carlos como su único sucesor, Ahora bien nos gustaría hacer una apreciación sobre este documento en sí, no ya de la aparición del Carlismo, pues esto está totalmente fundamentado, y es que las apreciaciones que sobre este punto existen son contradictorias, por cuanto los historiadores se inclinaron a un lado u otro según el peso de sus convicciones ideológicas o políticas.




    En palabras del propio Federico Suárez Verdeguer, nos dice que Antonio Pirala Criado, historiador y político español de tendencia liberal progresista, conocido por sus obras sobre la historia de las Guerras Carlistas no da a este documento más importancia que la que concede a cualquier otro «desahogo político». Tampoco Bayo se entretiene en examinarlo. Modernamente Villaurrutia apenas hace otra cosa que recoger lo que uno y otro escribieron, y solo más recientemente lo consideran con alguna mayor detención los autores de la Historia de tradicionalismo español, si bien dándole un alcance muy distinto al asignado por las fuentes liberales. Para Pirala, «el estilo pastoral de este escrito, sus doctrinas y sus tendencias, retrataban al partido apostólico»; lo mismo Bayo, identifica la Federación de Realistas Puros con la Sociedad secreta «El Angel Exterminador », de carácter «apostólico». El gobierno, para no indisponerse con esta tendencia, achacó el Manifiesto a los liberales, pormenorizando Bayo que tal cosa ocurrió el 26 de febrero de 1827, en cuyo día Calomarde lo atribuyó a los refugiados de Gibraltar. Villaurrutia no se separa un ápice de las pocas noticias que dio Bayo. No así Ferrer, Tejera y Acedo, que dan una explicación propia, refiriéndose a que la historiografía liberal silenció muchos hechos y, en los que tuvo en cuenta, no quiso profundizar, escriben: «Lo que sigue aclarará perfectamente cuanto decimos y dejará traslucir lo que buscaban los liberales y masones con su intervención sobre el mito del Ángel Exterminador. Nos referimos a la llamada Federación de Realistas Puros, que, en una hoja impresa y fechada el primero de noviembre de 1826, se dirigía a los españoles en sentido francamente carlista, pues se propugnaba en ella la elevación al trono de España del Infante don Carlos María Isidro. Que hubo un órgano central regidor de sus partidarios, es posible, aunque no probado. Que la hoja fuera un documento oficial de la tal organización, si ésta existía, nos permitimos dudarlo. La historia de este documento es más conocida. Lo recibió el Infante don Carlos María Isidro en su cámara de Palacio, no se sabe cómo. El Infante acudió inmediatamente a comunicárselo a su hermano Fernando VII, y cuando ya se había retirado don Carlos, después de la entrevista, uno de los individuos que militaba en el campo de los enemigos del Infante presentó la hoja al Rey, como si quisiera denunciar que el Príncipe tramaba una conspiración para derribar del trono a Fernando. Este la leyó y dijo que ya la conocía, y aquí acabó la historia de esta hoja, de la que probablemente hubo escasos ejemplares. Véase Pirala, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, 2.a ed., I (Madrid, 1S68). pág. 36.—Bayo, Historia de la vida y reinado de Fernando VII de España. III (Madrid, 1842), pág. 234.
    Ferrer, Tejera y Acedo: Historia del Tradicionalismo español, II (Sevilla, 1941), pág. 149. No hay ninguna cita que dé a conocer al lector las fuentes de dónde proceden las noticias que dan y que sirvan de fundamento a su tesis. Parece abonar su explicación al hecho de que en el Archivo de Palacio exista, entre los papeles del Rey, un ejemplar manuscrito del Manifiesto (Papeles reservados de Fernando VII, tomo 70), aunque pudo llegar allí por cualquier otro conducto, por la policía, por ejemplo.






    Continúa el propio don Federico Suárez en la defensa de un punto de vista clave en este sentido, y es que a entender del mismo, lo que antecede puede significar que lo que se tramaba era, no indisponer a Fernando VII con el Infante don Carlos María Isidro, como han pretendido algunos, sino algo más grave, es decir, presentar al Infante como conspirador contra el Rey su hermano y descartarlo por este delito (el de traición) del derecho de sucesión al Trono. Hay, pues, respecto de la apreciación del Manifiesto, dos posiciones opuestas: la de la historiografía liberal, modernamente recogida por Villaurrutia y la de la tradición realista —o carlista, si se quiere—, que hacen suya los autores citados. Por lo que unos y otros escriben parece que no se ha tomado en consideración el contenido del Manifiesto, ni su conexión con los hechos posteriores Por otra parte, desde 1932 y gracias a la diligencia de Juan Moneva y Puyol, nos son conocidos los apuntes que Llorente, hombre de la confianza del general Espoz y Mina, escribió relatando extensamente la conspiración de los emigrados y su influencia en España en 1826. Sobre este último apunte en concreto, nos referimos a el extenso manuscrito que con el título de El eneral Espoz y Mina en londres desde el año 1824 al de 1829 que redactó don Manuel Llorente, doceañista, diputado en las Cortes de 1820, compañero de emigración del General Mina y uno de sus hombres de confianza, como ya hemos dicho. Llorente pudo utilizar gran cantidad de documentos y su escrito resiste toda crítica, estando además confirmado por documentos de distinta fuente que Puyol no utilizó, si es que tuvo conocimiento de ellos.




    No cabe ninguna duda de que ya desde 1824, el liberalismo español ya había empezado a pensar en la disposición no tanto de medios políticos, sino económicos, esperando la salida de los franceses de Cádiz que habían llegado con Angulema, para efectuar un levantamiento contra el poder estblecido, pero la imposibilidad de medios económicos y la tardanza de los franceses en salir de España, dejaron este asunto en un punto muerto, en espera de mejores circunstancias, lo que no quiere decir es que no se intentará por otros medios conspiratorios como al que hemos aludido. Así lo demuestra un documento redactado al respecto y que se apoya en la situación que se vive a finales de 1829, nos habla de que "en 15 de septiembre se propuso que, no siendo posible llevar a efecto la formación de una Comisión central en España, por lo que resultaba de las contestaciones de los comisionados, y no pudiendo tampoco continuar por más tiempo el general a la cabeza de una conspiración cuya realización ofrecía cada día más 'imposibilidades; y visto también el estado casi de disolución en que a la sazón se hallaban las comisiones, se hiciese saber a los comisionados que el general suspendía por entonces los trabajos para la revolución, ínterin no obtuviese los caudales suficientes para emprenderla; y, a su virtud, se circuló sexta manifestación a los comisionados; Finalmente, y en 15 de octubre del mismo año de 1829, manifestó la reunión que, mediante a haberse suspendido los trabajos preparatorios y a haber cesado la correspondencia, consideraba concluido su objeto, retirándose sus individuos y estando prontos en cualquiera otra ocasión en que variasen las circunstancias a concurrir de nuevo con sus servicios, proponiendo, a su consecuencia, que se hiciese saber así a los señores Valdés (D. Cayetano), Arguelles y Gil de la Cuadra, y que se formase un acta breve que explicase en compendio la serie de los trabajos, dando un tanto de ella a cada individuo para su satisfacción; que se hiciese un escrutinio de papeles para inutilizar los que no se conceptuasen neoesarios, o devolverse, recíprocamente,
    aquellos en que se considerase conveniente hacerlo; y, por último, que para el mes próximo, o a la mayor brevedad posible, hubiese de quedar definitivamente arreglado todo lo referido. Lo cual habiendo tenido su debido efecto, se extendió, a su virtud, la presente.




    Londres, 15 de diciembre de 1829.
    El general Mina convino en un todo con la propuesta de 15
    de octubre, y, en su vista, tuvo lugar la redacción de la antecedente
    acta, la que se le remitió, a fin de que examinase si se hallaban
    conformes los particulares que relaciona con las anotaciones
    que pudiese tener en su poder, a fin de enmendarla o alterarla
    en la parte que careciese de la debida exactitud, para que, de
    común acuerdo, pudiese el general firmarla con los demás de la
    reunión.
    En 15 de enero de 1830 contestó el general, por medio del
    señor Aldas, que habiendo reflexionado más detenidamente acerca
    de la redacción de la antecedente acta, a fin de que cada uno
    de los individuos de la reunión tuviese un tanto de ella, la que
    también el general deberla firmar en dicho caso, y en lo cual hallaba
    varios inconvenientes, no tenía por oportuno el que se llevase
    a efecto por su parte la determinación acordada acerca de
    este particular en 15 de agosto próximo anterior, y que devolvía
    el borrador del acta que se había remitido.
    Se le contestó que la reunión quedaba enterada de su deliberación
    y disuelta en aquel mismo día.
    Así se verificó, y finalizaron en 15 de enero de 1830 las relaciones
    que tuvieron principio en p de marso de 1824. (Nota
    de D. Manuel Llórente.)






    Todo esto hace que hoy, sea posible llegar a un enjuiciamiento del Manifiesto y a una valoración de su contenido encajándolo en la trama histórica de los años críticos que siguieron a la reacción de 1823 y precedieron a la publicación da la Pragmática de 1830, años que presenciaron el nacimiento del carlismo y fueren, al mismo tiempo, los que prepararen el triunfo del sistema liberal. Si bien es cierto, y no con falta de un razonamiento que deba tenerse en consideración, es posible que estemos hablando de conjeturas, pero hemos creído necesario tener en cuenta aquí este posible debate, en un contexto al que pretendemos llegar de una forma lo más ecuánime posible, para que el lector sea quien habrá las líneas de investigación que crea oportunas, o el erudito quien las valore, la opinión, es un dato también a tener en cuenta.






    Anteriormente, se ha mencionado el convencimiento de los moderados realistas de la necesidad de llegar a acuerdos con los liberales más moderados con la finalidad de formar gobiernos templados, y este dato no desmerece nuestra atención, ya que podemos hablar no de dos tendencias del realismo absolutista, si no, y siguiendo a los trabajos de un sabio en la materia como don Federico Suárez Verdeguer, o incluso José Luis Varela, añadir una tercera vía de división en un triple esquema de tendencias ideológicas en el que nos encontramos a los Conservadores, a los Innovadores y a los Renovadores. Los primeros, llamados Conservadores, se sentían plenamente satisfechos en un principio, con la manera y forma de Fernando VII a la hora de continuar de forma rutinaria con la línea plenamente absolutista, posiblemente por falta de ideas y miedo al porvenir, pero no así los llamados Innovadores ni los Renovadores. Los Innovadores, habían sido afrancesados durante el reinado de José I Bonaparte que tenían durante el periodo de las Cortes de Cádiz una posición más incisiva, pero los renovadores a los que las fuentes llaman realistas, si bien, moderados, que tampoco estaban de acuerdo con el Régimen imperante en 1808, ya habían presentado al monarca un programa de tradición evolutiva en 1814 plasmado en el Manifiesto de los Persas cuyo objetivo no era sólo la reinstauración del absolutismo, sino que partiendo de la tradición de la política española, proponen reformas políticas, administrativas y sociales, no limitándose simplemente a rechazar la Constitución de las Cortes de Cádiz de 1812, y cuyo manifiesto, utilizó Fernando VII como base para llevar a cabo la restauración del absolutismo, pero a su manera, ya que había prometido cumplir, pero no había cumplido.

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    Re: La constitución de 1812, causa y efecto de una necesidad. Recuerdos de la histor

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    (Fuente: Fuerza Nueva, Enero – Febrero 2000, páginas 12 – 13)



    Puntualizaciones a un artículo del profesor García de Enterría…


    La Historia oficial y la Historia real



    Rafael Gambra


    Ha habido juicios y relatos históricos que, a pesar de su extrema falsedad y aún de su evidente cinismo, a fuerza de repetirse millones de veces a lo largo de siglos, se han convertido en verdades irrefutables, incluso en dogmas o en axiomas. Si tal distorsión de la realidad incide sobre momentos decisivos o cruciales de la historia de un pueblo, su nocividad puede ser irreparable. Más aún si se vierte en la historiografía oficial prevalente y pasa a los textos de enseñanza que, copiándose unos a otros, perpetúan en las mentes la deformación estereotipada.



    Tal es el caso de nuestra historia del relato “oficial” de lo acaecido en España entre 1812 y 1823, es decir, en las vicisitudes de la caída del antiguo régimen y la instauración del sistema liberal o revolucionario. El esquema es siempre el mismo: una voluntad nacional que emerge miríficamente de unos “Padres de la Patria” reunidos en Cádiz en ausencia del Rey, prisionero en Francia; un rey malvado y execrable que anula a su regreso el nuevo régimen forjado durante su destierro (lo que se estimará el primer golpe de Estado de nuestra historia); un militar golpista (pero bienaventuradamente golpista) que restaura la Constitución de Cádiz; y una injustificable intervención europea (los Cien Mil Hijos de San Luis) que anula las reformas liberales y restaura durante una década el ominoso régimen antiguo.

    El profesor García de Enterría nos sirve una vez más el plato prefabricado en un artículo de ABC (26 de diciembre de 1999) bajo el título “Chateaubriand y el destino de España”. Sus palabras iniciales reproducen con exactitud el juicio aludido que repiten todos los manuales de Historia desde mediados del siglo XIX: “Pocos casos como la invasión francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823, que acabó con nuestro liberalismo establecido tras el golpe de Riego en 1820 y restituyó al avieso Fernando VII en el poder absoluto, podrán citarse como ejemplo de la influencia de una sola persona en el curso histórico de una nación entera. Este hecho ha sido uno de los más trascendentales de toda nuestra historia. España quedó entonces descolgada de la modernidad y pasó a ser una especie de “reserva de indios” pintoresca y cruel, donde se conservaban los rasgos de una sociedad arcaica que hizo las delicias de los viajeros europeos como escenario romántico. (…) Nuestro país, agostada la Ilustración que se había desarrollado bajo Carlos III y primeros años de Carlos IV, devastada hasta la extrema pobreza por obra de la guerra napoleónica, restauró entonces por decisión del rey felón sus rasgos más retrógrados: el Tribunal de la Inquisición, los señoríos feudales, las propiedades y privilegios eclesiásticos…” (aquí música de fondo con la Marsellesa y el Himno de Riego).

    El señor García de Enterría no es, sin embargo, un maestro de escuela que repite el estereotipo oficial del libro de texto, sino un catedrático de Derecho que sabe perfectamente lo allá sucedido y por qué dice lo que dice. En realidad reitera el esquema simplista como el profesor de geometría recita el postulado de Euclides como fundamento indemostrable para el desarrollo de la geometría euclidiana. Ese relato mendaz de aquellos hechos es necesario para la posterior interpretación liberal de la historia de España y para la defensa del propio liberalismo político. Pero el señor García de Enterría sabe sin lugar a dudas que:

    – Las Cortes de Cádiz fueron –ellas sí– el primer golpe de Estado en la historia de España. Convocadas en ausencia del Rey, sin el más mínimo apoyo legal ni moral, trataron de crear un orden nuevo copiado casi a la letra de la Constitución revolucionaria francesa, es decir, de los ideales laicistas que traían los ejércitos de Napoleón contra los que luchaba a la sazón el pueblo español alzado por el Rey y la Religión contra la más inicua de las invasiones. En tales Cortes radica el germen del drama interno que divide a los españoles hasta nuestros días.

    – Que Fernando VII no fue ese monstruo a quien no se puede mencionar sin los epítetos de felón o avieso y sin atribuirle la responsabilidad de la descomposición política de España y de Hispanoamérica. (Fernando VII, “el deseado del pueblo”, fue, en realidad, un hombre vulgar que hubo de afrontar una situación caótica que hubiera requerido de un genio para encauzarla. Una nación devastada, pillada, arruinada por la guerra napoleónica, con un ejército hipertrofiado y autoascendido –parcialmente influído por las ideas del enemigo– que reclamaba pagas y honores que no era posible satisfacer, pronto al descontento y a la sublevación, tal era la situación que ni aquel rey mediocre ni casi nadie hubiera podido reconstruir con éxito inmediato. Alternando torpemente el rigor con la clemencia, se ganó la aversión de todos: execrado por los liberales como su enemigo natural, tampoco fue defendida su memoria por los realistas y tradicionalistas a causa de su mal comportamiento en la sublevación de los Agraviats y en la cuestión de sucesión por más que existieran aspectos en su gestión si no para su reivindicación, sí al menos para su disculpa. Miles de veces se ha referido el juramento de la Constitución por el rey tras el golpe de Riego y su famosa frase de “la senda constitucional” como símbolo del dolo y la perfidia, pero siempre se omite que se pronunciaron bajo la amenaza inmediata de las bayonetas de los sublevados).

    – Que cuando se iniciaron los movimientos separatistas en la América española acaudillados por militares españoles liberales, el rey no disponía allá más que de exiguos contingentes de tropas y hubo de organizar, con gran esfuerzo, una columna de apoyo desde la Península. La traición de su comandante Rafael Riego que la sublevó a favor de la Constitución de 1812, constituyó –esto sí– el mejor ejemplo “de la influencia de una sola persona sobre el curso de una nación” (y aún de todo un continente). Consecuencias de aquel golpe militar fueron la pérdida de toda America continental española y la inmersión de España durante tres años en una inmensa anarquía cuyo poder incendiario llega, tanto en la Península como en América, hasta nuestros días. Aquella traición sólo puede compararse a la que en el siglo VIII determinó la llamada “pérdida general de España”. Riego, espíritu alocado y tornadizo, murió donde debía: en un patíbulo y con ejecución pública.

    – Que el pueblo sano, harto de revolución y crímenes fue formando en zonas aisladas el llamado Ejército de la Fe que llegó a dominar un amplia zona en el Norte y en Cataluña. En la plaza fuerte de Seo de Urgel estableció una regencia para la coordinación de sus esfuerzos y para lograr “la libertad del monarca prisionero”. Esta regencia fue la que para ese fin solicitó de Luis XVIII y de la Santa Alianza una intervención militar que restituyera al rey en su poder y la paz en España.

    (Los Cien Mil Hijos de San Luis, mandados por el duque de Angulema, entraron por la frontera uniéndose a las divisiones realistas que dominaban la zona y, sin pegar un tiro, entre aclamaciones populares, llegaron hasta Cádiz donde de nuevo y heroicamente se había refugiado el gobierno liberal llevando al rey consigo. Eran también franceses como los napoleónicos, pero así como éstos fueron invasores e impíos, los de Angulema eran liberadores y cristianos. Desde 1808 la guerra era, más que internacional, doctrinal y religiosa: el conflicto de las dos Españas estaba servido. Vencida la leve resistencia de la península gaditana y liberado el rey, el cuerpo expedicionario se retiró sin daño para nadie. Quedaba restablecido el orden, un orden no exento de represiones y violencias, pero en el que fue posible la vida normal y la recuperación de la economía. Sólo duraría diez años: a la muerte del rey los liberales retornan al poder y, con ellos, las matanzas de frailes y las desamortizaciones depredadoras de templos y monasterios).

    – Que lo demás que nos narra en su artículo (la oratoria de Chateaubriand y sus amores secretos) no es más que chanson de route o pretexto para contarnos una vez más, con la distorsión liberal, lo acaecido en aquella larga y dramática transición.


    Fuente: FUNDACIÓN IGNACIO LARRAMENDI

    Pious dio el Víctor.

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