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Tema: "La sociedad tradicional y sus enemigos" (Recensión de J. M. de Prada)

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    "La sociedad tradicional y sus enemigos" (Recensión de J. M. de Prada)

    Tradición


    Juan Manuel de Prada



    Con un título que tiene algo de irónica revisión de otro clásico de Karl Popper, La sociedad tradicional y sus enemigos (Guillermo Escolar Editor), José Miguel Gambra acaba de publicar un libro en el que propone una excelente introducción, a la vez perspicaz y accesible, al pensamiento político tradicional. En el prólogo del libro, Gambra se burla bondadosamente de esos modernos que –como el propio Karl Popper– pretenden revestir sus penosas luchas intestinas de un ‘carácter cósmico’, haciéndonos creer que ‘liberal’ y ‘totalitario’, ‘conservador’ y ‘progresista’ son términos contrapuestos. Pero lo cierto es que todas estas doctrinas políticas (hoy devaluadas en ideologías para consumo de masas) se basan en las mismas premisas filosóficas; y, en todo caso, constituyen conflictos intestinos en el seno de la revolución.

    Pero la mayor parte de la gente, con las meninges tupidas por la farfolla moderna, ya no sabe reconocer los principios políticos tradicionales. En las sociedades modernas ha cundido –Gambra lo señala en algún pasaje de su obra– un hondo malestar, «una irritación de gran amplitud que no sabe cómo manifestarse ni adquirir efectividad». Esa irritación adquiere manifestaciones en apariencia contrarias: hay quienes se revuelven contra los ataques a la institución familiar, contra la imposición de una ‘cultura de la muerte’ o la intromisión gubernativa en la educación; hay quienes claman contra la depravación del capitalismo global, que condena a la miseria y el desarraigo a las nuevas generaciones y desmantela las economías nacionales, favoreciendo la concentración de la propiedad, la usura y la especulación financiera; hay quienes, en fin, se rebelan contra la desmembración de la patria, la inmigración descontrolada o la delincuencia cada vez más ufana. Y, para combatir ese malestar hondo que se manifiesta de diferentes formas, la gente se adhiere a tal o cual ideología, pensando que en los demagogos que las defienden encontrará la solución a sus cuitas. Pero tales soluciones serán parciales, fragmentarias, insatisfactorias… y, con frecuencia, sólo contribuirán a enconar más aún la calamidad que pretenden combatir. Pues para combatir las causas de ese malestar o irritación profunda es precisa, frente a las visiones ideológicas sesgadas, una visión armónica que permita unificar en su significación profunda el conjunto de males de apariencia disímil que nos perturban. Y esa visión armónica sólo puede brindarla el pensamiento tradicional.


    Para desprestigiar la tradición, la modernidad tiende a identificarla con formas de vida periclitadas o con un pasado por fortuna enterrado. Y, como señala Gambra, confunde a la persona de pensamiento tradicional con un nostálgico enfermizo que trata de «reproducir, punto por punto, lo que se dio en otro tiempo; o quizás con los que, por oscuros atavismos religiosos, se aíslan del mundo, como los amish, y forman comunidades de vida pretérita para asegurar su propia salvación». Pero el pensamiento tradicional no quiere revivir el pasado, sino que quiere recuperar, una vez quebrada la tradición, «los principios que la inspiraban y la experiencia acumulada a su calor, para darles renovada vitalidad a tenor de las circunstancias presentes». Frente al conservador, ese progresista paralizado que deja pudrir el meollo y se obstina en mantener artificialmente una cáscara podrida, el tradicional quiere mantener vivo un meollo que brinde su savia a una nueva cáscara. Por eso la tradición es exactamente lo contrario del conservadurismo (como también lo es del progresismo, que envenena la savia, o la sustituye por drogas euforizantes). Frente a liberales y totalitarios, el pensamiento tradicional –citamos de nuevo a Gambra– «no concibe la sociedad ni como multitud disgregada ni como unidad monolítica; no percibe al hombre como ángel materializado ni como un robot de especial complejidad; no admite despotismo alguno, pero no tolera la anarquía; no reduce la política a la economía, ni prescinde de ella; no confina la religión a la conciencia, pero tampoco concede al sacerdocio poder político; y es partidario de la monarquía templada, que no absoluta».

    En El pensamiento [sic] tradicional y sus enemigos, quienes deseen iniciarse en la única alternativa política verdadera al pútrido zurriburri ideológico imperante encontrarán reflexiones jugosísimas sobre las formas de gobierno, sobre los conceptos antípodas de patriotismo y nacionalismo, sobre el bien común y sobre las fuerzas que, desde posiciones aparentemente contrarias (pero con premisas compartidas), conspiran en su destrucción. Un libro, en fin, para disidentes auténticos, y no de pacotilla.



    Fuente: XL SEMANAL


    .
    Última edición por Martin Ant; 03/05/2019 a las 18:50

  2. #2
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    Re: "La sociedad tradicional y sus enemigos" (Recensión de J. M. de Prada)

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Los tiempos de crisis, son tiempos de reflexión para algunos, generalmente pocos, pues posiblemente no acaban de encontrar explicaciones aceptables para una mayoría. Este tiempo que estamos viviendo es tiempo de confusión porque está todo mezclado, porque lo que se supone que debía estar arriba está abajo y viceversa, cuando no a mitad de camino, o en un lateral. Se suele afirmar que desde hace ya un siglo no ha vuelto a surgir una nueva ideología, lo que en mi opinión no se ajusta a la verdad a la vista de los hechos. Si nos ceñimos al habitual sistema de análisis que nos presenta toda "historia de las ideas políticas" tal vez en efecto no haya una nueva ideología. Pero si nos atenemos a un análisis pormenorizado sobre los cambios acelerados de este tiempo, lo que veríamos es que hay una sucesión de ideologías que no cuajan en si mismas, pero dejan algo como parte de esa totalidad que las anula y absorbe. Y esa mezcla la vemos en las políticas y tendencias que denominamos genéricamente como el NOM. Esas siniestras siglas, son una nueva ideología imperante que, a la vez, tampoco es tan nueva o, si se prefiere, parte de sus fundamentos -homosexualidad, lesbianismo, sexo promiscuo, socialismo capitalista, comunismo liberal, mundialismo, sociedad global, etc.,- son muy antiguos, es decir, algunos (no todos que son más modernos) han estado presentes en la cultura humana desde hace milenios. Sin embargo, lo que es nuevo, lo original de este tiempo, son la rapidez en las comunicaciones y la velocidad con la que la suma de todos esos elementos se han fusionado, extendido e incorporado al sistema de vida de la mayoría de la gente, y es que todo el mundo tiene televisión, ordenador con conexión a Internet, iphone, móvil, y está presente en alguna red social, participa de la comuna global, compra directamente en China o en Estados Unidos lo que le apetece, mucha gente, además, hoy dispone de más tiempo de ocio que de obligaciones laborales... En fin, lo que muchos sabemos, no terminamos de entender, porque no se puede, porque en cada hora que dedicamos a pensar sobre ello, este mundo se ha movido ya a tal velocidad que nos quedamos atrás, si o si.

    Ante ese panorama, la cuestión no pueden ser otras que las preguntas obvias: ¿qué soy?, ¿cuál es mi sitio? ¿qué hago? Así el tradicionalismo se puede llegar a convertir en un refugio personal bajo otra apariencia. Y poco más parece que se puede hacer. Desde otras posiciones también hay quienes reflexionan en la misma dirección paralela, aunque no en la misma vía. A la par que el libro de Gambra, un filósofo conservador británico se hace reflexiones similares. Roger Scruton analiza lo que sucede en el mundo actual, lo hace como conservador británico, que no es lo mismo, según dice, que ser conservador continental, y aunque se encuentran algunas similitudes entre la tradición y el conservadurismo, que generalmente suelen llevar a cierta confusión para muchos, (los conservadores también contemplan la tradición como propia y deseable), lo cierto es que en el análisis que se puede leer de la entrevista a Scruton, es muy fácil vislumbrar la que quizás sea la mayor diferencia: el conservadurismo es individualista, mientras que la Tradición no., Sin embargo, no siendo la única, resulta que la raya roja que separa Tradicionalismo de Conservadurismo, es muy tenue a veces y es fácil traspasarla de un lado al otro, según de qué se trate.

    Considero que el artículo en el que Scruton expone las razones de su ensayo es suficientemente interesante para reproducirlo, y es que en estos tiempos pintan bastos, algunos se dan cuenta, la mayoría ni se entera y vive feliz en su ignorancia.




    ¿Qué es el conservadurismo?

    En su nuevo ensayo el filósofo Roger Scruton repasa la trayectoria del movimiento conservador en la historia y define con claridad sus postulados.

    Luis H. Goldáraz 2019-05-03


    Escribe Roger Scruton en Conservadurismo (El buey mudo) que las revoluciones americana y francesa del siglo XVIII marcaron el desarrollo posterior de "todos los movimientos conservadores", entendidos como filosofía política; y señala que ahí reside la explicación por la cual "sobre todo en el mundo angloparlante" la palabra conservador es utilizada sin demasiadas reticencias, mientras que "en el resto del mundo tiene con frecuencia un matiz peyorativo".

    Lo cierto es que el devenir de la política actual ha desdibujado hasta cierto punto en qué consiste exactamente la postura conservadora. Para un porcentaje elevado de la población, si acudimos a las actitudes más extremas del sentir político humano, la visión revolucionaria es recibida en muchas ocasiones con admiración, y desde luego con respeto; mientras que la reaccionaria es entendida como un vacío y estéril atentado contra la irremisible marcha hacia el progreso que, pese a todo, continúa alimentando esa intuición con la que todavía entendemos el mundo.

    Y sin embargo, comenta Scruton, "las ideas conservadoras son intrínsecamente interesantes". Son "parte necesaria de la comprensión de lo que somos, del lugar que ocupamos y de por qué lo hacemos"; y por ello sería un error no pararse a revisarlas en profundidad, para entenderlas sin prejuicios y alejados de los esquemas parciales y maniqueos que defienden algunas personas, tanto de derechas como de izquierdas.

    ¿Qué es el conservadurismo?

    Sitúa Scruton el inicio del gran debate en el periodo histórico que precedió a las grandes revoluciones y a la caída del absolutismo. Y en ese intercambio de ideas tuvieron una grandísima importancia los pensadores británicos y franceses. Antes de arrancar su revisión histórica del movimiento conservador, sin embargo, se esmera por delimitar los principios fundamentales del conservadurismo, para evitar malentendidos iniciales: "Se debe tener presente una tendencia contrapuesta en el pensamiento conservador", comenta. "Al igual que subraya la necesidad de las tradiciones y las comunidades, la filosofía conservadora aboga por la libertad del individuo, y no concibe la comunidad como una red orgánica a la que nos vinculamos por el hábito y la sumisión, sino como una asociación libre de seres racionales, todos ellos dotados de una identidad propia que cultivar".

    No quiere, como ya se ha dicho, malentendidos iniciales, aunque advierte de la característica aparentemente contradictoria —no tanto, en realidad— que reside en el seno del conservadurismo. Ante las diferentes tendencias intelectuales que se van sucediendo con los siglos, Scruton termina definiendo el sentir conservador como un contrapeso, "como una contestación a las elucubraciones desaforadas que buscaban una sociedad más justa" a toda costa. "En su forma original, el conservadurismo es una respuesta al liberalismo clásico", explica, "como una especie de ‘sí, pero…’ que replicaba al ‘sí’ de la soberanía popular, defendía la herencia frente a la innovación radical, e insistía en que la liberación del individuo no podía alcanzarse sin preservar las costumbres e instituciones a las que amenazaba el énfasis unívoco en la libertad y la igualdad". En resumen, Scruton afirma que el conservadurismo se alzó desde los inicios como un llamamiento a la mesura, consciente de que muchas veces la persecución exacerbada de la justicia termina generando las mayores injusticias.

    Es por ello que al final del ensayo, y como resumen de la propia obra, ofrezca la mejor definición de la evolución de las posturas conservadoras a lo largo de la historia: "El conservadurismo moderno nació como una defensa de la tradición contra las exigencias de la soberanía popular, y se fue convirtiendo en una llamada a enarbolar la religión y la alta cultura frente a la doctrina materialista del progreso, antes de unir sus fuerzas a las de los liberales clásicos en la lucha contra el socialismo". Los conservadores, en resumen, creen ante todo en la libertad individual, pero son conscientes al mismo tiempo del influjo necesario que tiene la sociedad en la persona, y buscan en todo momento refrenar el ímpetu ideológico que puede empujar a las sociedades, por un lado, a una ruptura completa con el pasado que nos conforma —como pretendieron los liberales radicales en sus inicios—, y por otro, a una negación de la libertad, sacrificada en última instancia por el triunfo de la igualdad.

    Evolución de las ideas

    El ensayo no es otra cosa que un repaso histórico de la evolución del debate social en el que la postura conservadora se fue consolidando. Y, sobre todo, un recorrido por las diferentes aportaciones que los grandes pensadores occidentales fueron introduciendo acerca de la relación del individuo con su comunidad. De la mano de Scruton van sucediéndose una a una las principales confrontaciones intelectuales que se iniciaron cuando Hobbes sembró la semilla de la que germinaría el cambio de sistema, al introducir la idea del contrato social.

    Scruton va rescatando entonces aportaciones como las de Locke y Montesquieu, que hablaron en profundidad acerca de la ley natural y propusieron la separación de poderes, y advierte que de esas nuevas nociones se alimentaron tanto liberales como conservadores. En el fondo, el núcleo del debate se terminó centrando en la propia idea de libertad. Y en ese contexto el conservadurismo, según explica, "surgió como un escudo del individuo frente a sus opresores potenciales", pero también "se opuso a la visión del orden político como algo fundamentado en un contrato". El conservadurismo señala, en el fondo, hacia la falacia que defiende que todos los individuos han elegido libremente su soberanía y, al mismo tiempo, comprende que es imposible que esos mismo individuos puedan "desembarazarse de las cargas de la pertenencia social y política y comenzar desde cero, en una condición de libertad absoluta". "Para un conservador, los seres humanos llegan a este mundo rebosantes de obligaciones", dice entonces, "y están sujetos a instituciones y costumbres que tienen en sí un legado valiosísimo de sabiduría, sin el cual el ejercicio de la libertad podría igualmente destruir los derechos y sus beneficios o acrecentarlos".

    En definitiva, según resume Scruton, "para los liberales, el orden político surgía de la libertad personal; para los conservadores, la libertad individual era un producto de ese orden".

    Y esa es la constante en el debate acerca de cómo deberían conformarse las sociedades, y de qué manera deben perseguir la materialización de los derechos fundamentales de sus individuos. A partir de entonces, el relato de Scruton repasa en profundidad muchas aportaciones distintas, desde Hume hasta Tocqueville, pasando por Adam Smith, Edmund Burke, Kant y Hegel —alternando deliberadamente a los pensadores anglosajones y los continentales—, y comparando a través de sus propias impresiones las diferencias fundamentales entre la revolución americana —que trató de cimentar el nuevo orden reconociendo lo valioso de la tradición— y la francesa —más volcada en derribarlo todo, para construir una nueva sociedad utópica basada en los apriorismos de Rousseau—.

    Conservadurismo cultural y la lucha contra el socialismo

    Antes de llegar a nuestros días, sin embargo, Scruton repasa también la convulsa etapa del siglo XIX, llamando la atención hacia "el surgimiento de la clase obrera" y el viraje en la relación entre conservadores y progresistas que iba a salir de aquello. "Con el cambio de siglo, el conservadurismo dejó de defenderse del liberalismo y empezó a hacerlo frente al socialismo y, en particular, frente a su concepción del estado", explica. "La angustia por la pérdida de las raíces religiosas, el efecto deshumanizador de la Revolución Industrial y el daño causado al estilo de vida antiguo y asentado, junto con su rechazo a las nuevas formas de opinión progresistas (...), acabaron creando la sensación de que había algo precioso en riesgo".

    De esa forma, "nació un movimiento dentro del conservadurismo intelectual que hacía de la cultura tanto el remedio a la soledad y la alienación de la sociedad industrial como elemento más amenazado por los nuevos defensores de las reformas sociales".

    Scruton repasa entonces a los principales literatos y artistas conservadores, empezando por Coleridge y llegando hasta el propio Eliot. Del poeta angloamericano, de hecho, es de quien destaca la mayor y más acertada aportación de este conservadurismo cultural, recogida en su conocido ensayo La tradición y el talento individual: "Eliot explicó que la originalidad y la sinceridad exigibles al artista no pueden hallarse de forma aislada, porque cada nueva obra se recubre de su poder expresivo mediante la tradición que le hace sitio, y que en todos los ámbitos esa tradición es un proceso de adaptación continuo, (...). Sin la tradición, la originalidad no es ni significativa ni visible, y esta concepción evolucionista puede aplicarse con claridad a la sociedad civil en su conjunto".

    El libro también señala la influencia que ese conservadurismo cultural tuvo en los distintos sitios de Europa, y el papel que jugó en el crecimiento del sentimiento nacional. "Merece la pena señalar que el nacionalismo alemán, a pesar del radicalismo que adoptó en términos políticos, debió su inspiración original al mismo conservadurismo cultural que en Inglaterra había llevado al revivir gótico y a la Fundación Nacional para los Lugares de Interés Histórico".

    "El conservadurismo cultural", explica pese a todo Scruton, "es un intento de elevar al conservadurismo desde el campo de batalla político hasta el pacífico escenario de la vida académica y literaria, y mira con aprensión a la cultura popular, a la política democrática y a las nuevas doctrinas progresistas de redención de la humanidad". "Pero ¿qué ocurre cuando la marea socialista barre también las clases? ¿Qué queda del conservadurismo si se le empuja a un rincón, el último reducto?", se pregunta entonces el autor.

    Ante el auge durante el siglo XX del socialismo en todos los ámbitos, Scruton encuentra a las principales cabezas conservadoras alejadas de la disciplina política, y parapetadas en las aulas y las universidades. Destaca por encima de todos a Friedrich von Hayek —que siempre se negó conservador— y a su crítica de los intentos por "alcanzar un orden social planificado, en el que bienes y oportunidades se distribuyen según una fórmula predeterminada", ya que eso "acaba por eliminar o dificultar que los individuos tomen decisiones libremente". Y resume de esa manera su defensa de las economías libres.

    De una manera sosegada y paulatina va llegando hasta nuestros días, y termina el ensayo definiendo las principales amenazas contra las que cargan los conservadores hoy: La corrección política y el conflicto con otras culturas, como el islam, algunos de cuyos integrantes han declarado la guerra contra occidente de manera abierta. "La coexistencia como forma política es un logro valiosísimo, al que deberían proteger conservadores, liberales y progresistas, y por el que deberían estar dispuestos a pagar su precio", dice entonces Scruton, antes de concluir: "En mi caso, creo que el conservadurismo seguirá siendo un ingrediente necesario de cualquier solución que se ofrezca a los problemas actuales. El hábito de pensar, esbozado en este libro, debería formar parte, por lo tanto, de la educación de todos los políticos".



    https://www.libertaddigital.com/cult...on-1276637663/
    Última edición por Valmadian; 05/05/2019 a las 20:28
    ALACRAN dio el Víctor.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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