Revista FUERZA NUEVA, nº 429, 29-Mar-1975
PEMÁN, DOS
La publicación en FUERZA NUEVA de 8 de marzo (núm. 426) de una alocución de don José María Pemán por Radio Nacional de Salamanca, en el año 1937, bajo el título «Los intelectuales en el Nuevo Estado», como interpretación exacta y precisa del pensamiento del 18 de Julio sobre la materia, nos ha proporcionado multitud de comunicaciones escritas y telefónicas, casi unánimemente solidarias de su contenido, algunas entusiastas y no pocas admiradas de que un documento de tanto interés en aquel tiempo y en el actual resulte hoy prácticamente desconocido.
Nos complace, pues, haber desempolvado oportunamente tal alocución, tan rica en principios sustantivos como bella en la expresión, y por fortuna no única u ocasional del señor Pemán sobre el tema, de quien nos complace insertar seguidamente párrafos muy expresivos de otro discurso suyo en Cádiz, en agosto de 1936, es decir, pocos meses antes de la alocución de Radio Salamanca. Dijo así el señor Pemán:
“Corren malos días para la frívola y sutil pedantería intelectual. Se había predicado el arte puro: se había dicho que la flor más granada de la civilización era el “intelectual”: o sea, como su mismo nombre indica, aquel tipo humano mutilado e incompleto que se caracteriza por el crecimiento e hinchazón excesiva de una facultad (la inteligencia) con detrimento de las otras (sentimiento o voluntad). Pero cuando más ufanados estaban los intelectuales en predicar su propia vanagloria, resulta que, de pronto, suenan unos tiros y unos toques de clarín, que irrumpe torrencialmente entre sus ideas sutiles y sus rimas alambicadas el realismo arrollador de una guerra, y que el problema de la civilización va a ser resuelto en definitiva, no por los intelectuales, que son hombre parciales y mutilados, sino por los hombres enteros y de una pieza que realizan la plenitud del espíritu humano en todas sus diferentes dimensiones intelectuales, sentimentales y éticas, cumpliéndose así, una vez más, la frase de Spengler que dice que en “última instancia será siempre un pelotón de soldados el que salve la civilización”.
Y esto es así, porque la civilización no es una obra puramente dialéctica, sino que es también una obra ascética. Es un sistema de verdades y principios, pero sostenido por un sistema paralelo de virtudes y de disciplina. Civilización no es simplemente saber lo que significa la alhambra de Granada o la mezquita de Córdoba, ni las fechas en que se hicieron y los arquitectos que las levantaron; civilización es también, y acaso sobre todo, salir a las puertas de Córdoba o de Granada a defender la permanencia de sus monumentos frente a las hordas de bárbaros que las quieren arruinar y destruir.
Seamos, pues, un poco humildes ahora los hombres de la pluma. Reconozcamos que no hay artículo de fondo ni poema comparable a ese que el Ejército está escribiendo con torcidos renglones de sangre a lo largo de España. Reconozcamos que como la auténtica literatura no es un puro verbalismo desenganchado de la vida, sino que es vida expresada y sublimada por el verbo, hasta en el terreno literario, en definitiva, nos pueden en estos instantes los hombres de la acción. Sí, compañeros de las letras, os lo confieso al oído. Queipo de Llano tiene más público que tuvo jamás ningún conferenciante; ni jamás orador alguno alcanzó los grados de emoción que alcanzan hoy la palabra de fuego de Yagüe, la oratoria de acero de Franco o los delirantes “vivas a la muerte” de Millán Astray: ese glorioso tronco a medio consumir en la hoguera del amor a España.
Sí, nos pueden. No hay elocuencia que iguales a la de estos hombres que dicen las cosas... y además las hacen. Sus palabras son casi hechos; sus gestos son casi acciones. ¿Cabe elocuencia más alta y perfecta?
Aprendiz de esa nueva elocuencia vital, humana, densa de contenido apremiante, vengo de recorrer a España de punta a punta en función de arenga y juglería. Si supierais, amigos, ¡qué emoción fuerte y viril ésta de olvidar un poco de literatura para entregarse plenamente a una impaciencia vital de eficacia!
Pues, ¡y la emoción de recibir, tras una charla de radio, el telegrama de un requeté amigo, transmitido desde el frente lejano!: “Bajo las estrellas, en el campamento, hemos oído tu voz...” ¡Bajo las estrellas! ¡Ah, poetillas de café, intelectuales de tertulia, acostumbrados a que vuestras palabras sean escuchadas bajo los techos urbanos, recargados de yeserías industriales, tapizados de humo de tabaco y de murmuraciones!; ¡no sabéis qué emoción nueva, refrescante y oxigenada, es ésta de saberse escuchado a lo lejos bajo esas estrellas, sobre las que hacen guardia los que se fueron para siempre; bajo esas estrellas en las que nuestro deseo descifra, como en un alfabeto de oro, el vaticinio de una España mejor!
Hay una retórica de bajo-techado y hay otra de aire libre. Nuestras palabras están hechas a salir de nuestros labios, agobiados bajo la presión inmediata del techo: hipócritas, reptantes, aplastadas de vieja retórica y disimulos urbanos. ¡No sabéis, amigos, cómo salen de claras, de desnudas, de ingenuas, cuando saben que entre ellas y Dios no va a haber más que las estrellas y la noche!”
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