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Tema: "Genio de España" y otros textos de Ernesto Giménez Caballero

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  1. #6
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    Re: "Genio de España" y otros textos de Ernesto Giménez Caballero

    ... V. LOS CINCO REMEDIOS

    Si en ''lo corporal'' del "concepto de España'', los cinco 98 del siglo XVII (Pactos de 1648, 1659, 1668 bis y 1678) significan cinco desmembramientos: significan como retrocesos a una España medieval, rota otra vez en pedaços, sin travazón -las ''crisis espirituales" de un Cervantes, de un Quevedo, de un Gracián, de un Saavedra Fajardo, de un Fray Luis de León-, representan otros tantos partimientos del ''concepto maximalista de España" en el ''alma'' de aquel "cuerpo".

    La ironía de Cervantes; la sátira de Quevedo; la sonrisa de Gracián; la prudencia de Fajardo; la tristeza de Fray Luis, vienen a ser, en este ''alma'' de España, los boquetes por donde empieza a derramarse la sangre espiritual de la nación. Del modo que aquellos cercenes de los Pactos vinieron a ser las rotas venas por donde comenzó la hemorragia política española.

    Flechas caídas del haz. Y en su caída, otras tantas llagas sobre el alma de España.

    Llagas difíciles de curar, de atajar, ya. España -desde el Pacto del 48 y desde ''la duda" cervantina- entra en su vertiente mórbida, en esa enfermedad terrible, lenta, consuntiva, tuberculósica, que le iba a durar tres siglos.
    Entra -''el concepto de España''- en la fase de ''los remedios heroicos'', de ''las consultas doctorales'', de ''las velas al Santísimo'', de ''las medicaciones arbitristas", de "los "sortilegios rectificadores''. Entra en una ''atmósfera de hospital" -como exactamente la calificó Ortega y Gasset, al entrar él en su quirófano, en la sala de operaciones de la "España invertebrada''- . Fase trágica y agónica de lo irremediable. A la cual se aplican esos grandes emplastos que yo he sintetizado en número de cinco.

    1) El Concilio de Trento

    La primera de aquellas medicaciones o curas aplicadas al herido ser de España fué, sin duda, como urgente y desesperada, la más aparentemente eficaz.

    Fué: el Concilio de Trento. Fué: la Contrarreforma. Fué: frente al morbo quijotero, la inyección nuevamente cargada de fe y de rectificaciones, de Ignacio, el de Jesús, y de Teresa, la de Jesús.

    El Concilio de Trento, la Contrarreforma española, tuvo un éxito más que de resucitamiento, de galvanización. Y lo tuvo porque se planteó el problema de la incipiente morbidez hispánica, hasta la raíz de tal problema; esto es: hasta Roma.

    Si España había sido fuerte, sana, hacinada y expansiva durante más de un siglo, ¿a qué se había debido?

    ¿No fuera por haber respirado un aire específico, que ahora comenzaba a enrarecerse?

    ¿No fuera por haberse nutrido de una cierta sustancia, que ahora comenzaba a putrefactarse?

    ¿No fuera por haber amado a unas ciertas deidades que ahora comenzaban a evanescerse?

    Exacto, exacto. España había sido fuerte, sana, fajada y expansiva, porque: llegada a su individualidad como nación (siglo XV) se había puesto, integral e inmediatamente (siglo XVI), al servicio de aquellas deidades sobrenacionales a las que viniera sirviendo trabajosamente desde la Monarquía gótica, desde hacía diez siglos: una Espada y una Cruz; es decir: la causa secular del Cristo; aquel ecuménico ideal nacido en la Roma antigua y desarrollado durante el Sacro Romano Imperio de la Edad Media; la romanidad católica, europea.

    Los godos se catolizan en España desde el año 587. Es decir, los germanos se hacen romanos en España desde el siglo VI. Cuando la Monarquía cristiana de España reanuda en Covadonga su secular destino, en el siglo VIII, aquellos "románicos'', se vanaglorian de ser gódicos, ''germanos''. Alfonso X, en pleno siglo XIII, junto a su ideal nacional de España, tiene el sobreideal de la sobrenacionalidad; el de una ''internacional germanorrománica'', y aspira a ser Emperador de Alemania para mejor servir al Dios de Roma. En el siglo XV: los Reyes que fajan a España se llaman los Católicos. Y su entronque con lo germano hace que Carlos V y Felipe II realicen, por fin, el gran sueño medieval, carlomágnico, de un “Sacro Romano Imperio germánico" en España. El sueño de la grandeza "nacional y sobrenacional'' de España: Grandeza mundial: Imperio sacro.

    Esa había sido la clave de la famosa grandeza de España: el oro celeste de aquel siglo XVI español. Esa. Que España, nación trabada por españoles (1492), se puso al servicio de una "supernación''. Fué el instrumento nacional de una idea universa, representada en lo temporal por un "César'', y en lo espiritual por un ''Dios''.
    Esta supeditación jerárquica de lo nacional a lo cesáreo y de lo cesáreo a lo espiritual ecuménico -Roma-, fué la clave de aquella grandeza española.

    La civilización de América y la conquista del mundo no las hace España en nombre de ''libertades comuneras de Castilla", sino en ''nombre de un César para el servicio de un Dios". Genio de España.

    La crisis de la "primacía espiritual de Roma" del Dios universal y católico, comienza con las grandes herejías o disolvencias del Renacimiento. Y esa crisis es la que repercute inmediatamente sobre el brazo diestro de aquella primacía: el cesarismo de España. La estrella Iuciente de España comienza a nublarse cuando el sol de Roma se nubla. Por eso acude España -ante todo- a Roma, para salvarla, porque salvando la luz de Roma salva su propia luz, su destino.

    Y ese es -exacto- el origen de la Contrarreforma española. El origen de la lucha española contra las disolvencias que amenazaban a Roma, y por consecuencia: a ella misma. Su agonía desesperada contra luteranismos y todos los ismos.

    El Concilio de Trento es el primer remedio heroico para cortar la gangrena comenzada.

    Ignacio y Teresa luchan porque la ironía de Cervantes no degenere en sarcasmo. Porque la sátira de Quevedo no se corrompa en volterianismo. Porque la tristeza de Fray Luis no derive a pesimismo. Porque la prudencia de Fajardo no pare en derrotismo. Y porque Gracián con su sonrisa no anticipe, demasiado pronto, la mueca amarga de Schopenhauer.

    Es decir: porque el último 98 se retrase en tres siglos. Porque la disolución o destrucción de España se demore en trescientos años.

    Mientras la política cesárea de los últimos Austrias españoles intenta corregir por el mundo, con las armas y con la Inquisición, las sangrías de sus cinco llagas, de aquellos cinco 98 inferidos al cuerpo de España, la Compañía fundada por el español Ignacio al servicio del Dios de Roma, ensaya batidas en todas las brechas del mundo contra las sangrías espirituales inferidas al alma católico-imperial de España, aplicando el remedio heroico de lo tridentino. ¡Momento prodigioso en la vida española esas primeras sacudidas de un país, para salvarse, acudiendo por todo el orbe de su personalidad, como con cauterizaciones: con la espada y con la cruz!

    Pero el morbo no se detuvo. Sino que se ahonda y se amplifica. La "duda" cervantina se ha profundizado y extendido durante todo el siglo XVIII. Discípulos de los mismos jesuítas la recogen y la desarrollan: Descartes, Voltaire. Y cuando está ya bien madura y terrible, nos la envían de reflejo, para que alcance su máxima expresión ochocentista en el genio debelador de un Feijóo, de un Goya. Y durante el ochocientos y el novecientos: en las filosofías escépticas y criticistas que irían a desembocar en la negación absoluta de un Ortega y Gasset de que España fuese vertebrada.

    2) El remedio económico

    La ''reserva'' de un Gracián al plantearse económicamente lo que hubiera sido España si en vez de dedicar su moneda y su esfuerzo a las guerras universales las hubiese aplicado a la reconstrucción interior, toma un desarrollo virulento y pasmoso en los siglos sucesivos. (''¿No estuvieran hoy todas sus ciudades enladrilladas de oro y murallas de plata? ¿Qué duda hay en eso?”-se pregunta el Criticón.)

    Esa ''reserva'' gracianesca es la terrible falacia del remedio económico, del creer que un pueblo es rico cuando puede y no cuando quiere. Es la tremenda falacia de la coyuntura económica que iba a destrozar el resto del cuerpo imperial hispánico.

    Mientras al español no le importa dar su vida, su oro y su salvación por la salvación, el oro y la vida de los demás -de los no españoles-, el Imperlo crece y se mantiene. Pero desde el momento en que Castilla no acepta aquello del decir de Saavedra Fajardo de ''que triunfen los demás y ella padezca'', es desde que la hegemonía española se quiebra. Prueba de ello: en lo territorial, las fechas de 1713, 1763, 1795, 1800, 1802, 1825..., 1898, 1931. Prueba de ello: en lo espiritual, que ya no se busca el remedio del desastre en la raíz, sino en las ramas.

    El sentido internacional, católico, del español del XVI y XVII, se reduce a sentido otra vez nacional, particularista, paisano, civil de los siglos XVIII, XIX y XX.

    Para salvarse España no hay que curarse ya de la salvación de Roma, del alma mater. Sino poner emplastos al brazo de aquel alma; al puro y estricto territorio español.

    De ahí se origina que se consideren como tumores y superfetaciones: a) las guerras; b) los funcionarios de esas guerras: el soldado y el sacerdote; y c) las riquezas acumuladas en la hidalguía. Y que todo el remedio se contraiga a comprimirse: a preludiar las ''reformas de Azaña'', las del último 98 de España.

    Ya en los finales del siglo XVII los arbitristas e intelectuales, los reflejos anímicos de los cinco 98 del siglo, señalan como causas de la enfermedad paisana y nacional: la despoblación del país, la incultura de las tierras del país, la abundancia de clérigos en el país, la ociosidad de los hidalgos, la ignorancia de la plebe.

    Campomanes, en el siglo XVIII, echa "las cuentas'' de aquel problema que planteara Gracíán. La guerra de los Países Bajos contra el luteranismo ''costó más de 200 millones de pesos..., que impuestos en España con destino a población, a riego, a canales de navegación e industria nacional, al 3 por 100, habrían rendido al Erario perpetuamente seis millones anuales de pesos''.

    Tal remedio del tanto por ciento es el que llega a través de Cadalso y de Larra hasta Costa; quien lo cristaliza en su famoso enterramiento del Cid y en su no menos famoso despensa y escuela. Es el que informa la ''anticruzada'' de Unamuno contra el modesto protectorado marroquí. Es el gran postulado de ''colonización interior'' que hace posible la República de 1931, destinada a suprimir, como gastos inútiles, lo que ya era sombra de sombras.

    El débil brazo de España en 1931 ya no puede sostener -no ya un Imperio- sino el simple peso de una corona, de una espada, de un pergamino, de un crucifijo y de una lengua.

    3) El remedio de la cultura

    Así como el remedio de lo económico no tuvo otro sentido que reducir a números, a materia, lo que era innumerable, espiritual, así aparece, desde el siglo XVII, otro remedio sucedáneo: el de la cultura.

    Se manifiesta en forma polémica. Aquellos ataques de Escalígero, de Maquiavelo, de Mureto contra la cultura hispana iban a continuarse en el siglo XVIII por los enciclopedistas, y en el siglo XIX por los herederos españoles de esos enciclopedistas.

    Al principio se trató de desdeñar las puras letras de origen español. Quevedo defiende aún a Quintiliano, Lucano y Séneca, a quienes el crítico holandés llamara pingües isti cordubenses ...

    Pronto se plantea el problema mismo de la validez cultural de España, en sus ciencias y artes, que se concreta en la invectiva enciclopedista de negar que Europa debiera nada a España, origen de las polémicas que -a partir del siglo XVIII-, con Cavanilles y Forner, pasan al siglo XIX con Menéndez Pelayo y llegan hasta hoy con Rey Pastor y Federico de Onís. Polémicas sucintamente historiadas por Pedro Sáinz Rodríguez.

    El remedio de la cultura toma la misma bifurcación errónea que el remedio de lo económico: la misma guerra civil; esto es: plantearse si la cultura en España se mejorará inspirándose en lo castizo o inspirándose en lo europeo. Y entendiendo por castizo la ciencia y el arte de siglos anteriores. Y por europeo los adelantos de ''la Europa", de la Europa desromanizada, protestante, independizada, particularizada, nacionalizada. Francia, en un principio; Inglaterra después, y finalmente Alemania.

    En el remedio de la ''cultura'', como en el ''económico'', el español deja ya de abordar el problema en su misma raíz genética o universal. Y se atiene a las derivaciones locales, nacionales.

    Patriota, dicen en el siglo XVIII los europeizantes, empleando ese bárbaro y moderno término de patriotismo, será en España "el que escriba uno de los muchísimos libros que nos faltan''. Y este sentido del "patriotismo ilustrado" es el que informa toda la cadena intelectual europeísta que va desde Huerta e Iriarte hasta la Junta de Ampliación de Estudios.

    Por otra parte, los casticistas, caídos dentro de la falacia patriótica, se esfuerzan en demostrar que en España ha habido siempre una cultura tradicional, que conviene mostrar ante los extranjeros, aunque sus fallas las reservemos para nuestros adentros. Y ello lo sostienen desde Forner hasta el profesor Pin y Soler, cuyo debate sobre este tema lo transcribe Federico de Onís en su libro sobre el ''Sentido de la cultura española''.

    Pero los resultados de ese remedio de la cultura no fueron superiores a Ios de la restricción económica.

    El genio sustancial de España no recobra su vitalidad ecuménica e integral de otrora.

    Frente a aquella suma de afirmaciones maximalistas de España que mostramos anteriormente, frente a aquel maximario de la abundancia y grandeza de España en el siglo XVI, la generación de 1898 expone este otro:
    "No hay un hombre", dice Costa. "No hay voluntad", dice Azorín. "No hay valor", dice Burguete. "No hay bondad", dice Benavente. "No hay ideal", dice Baroja. "No hay religión", dice Unamuno. ''No hay heroísmo'', dice Maeztu.

    4) El remedio de la libertad

    Junto al remedio de "lo económico" y junto al remedio de "la cultura" se plantea una tercera medicación: la panacea de la ''libertad''.

    Si España se ha desvirtuado y decae, es porque ha carecido de libertad: por la Inquisición.

    El tema de la Inquisición, señalado por Voltaire y los "ilustrados" del 700, encarna en la ideología de las Cortes de Cádiz.

    Muñoz Torrero afirma en esas Cortes que en España dejó de escribirse desde que se estableció la Inquisición.
    (Pero lo cierto es que en estos días (1931-1932) puede afirmarse que en España se ha dejado de escribir desde que la Libertad, en su máximo grado de República, se ha establecido).

    El tema de la libertad es el básico que utilizan las masas políticas para organizarse en "partidos" y para escindirse en las manifiestas guerras civiles del siglo XIX y en la latente del siglo actual.

    En el "progresismo", dicen los liberales, está la salvación. En el ''regresismo'', dicen los carlistas, está la salvación. ''No importa que todo se hunda -economía y cultura- con tal de que se salve la libertad'' dijo uno de los primeros ministros del régimen actual republicano.

    No importa que todo se hunda -había dicho un ministro de la causa de Austria- ''si no es la religión, que, como ésta quede a salvo, lo demás se puede sufrir''.

    5) El remedio de lo indígena

    Finalmente, la otra panacea característica que se señaló para curar las llagas de España, para "regenerarla" de sus tristes 98, fué el de apelar al remedio de lo indígena en la dirección de los negocios públicos.

    La repulsa de los Comuneros por aceptar una dinastía extranjera para el mando de España es la tradición que recogerán todos aquellos que señalaron en el ''austracismo'' la causa fundamental de la decadencia española. Desde Cánovas hasta Ganivet. Y hasta Manuel Azaña.

    En uno de sus discursos, Manuel Azaña (cuyo mejor estudio literario es el dedicado a los Comuneros) afirmó que se enlazaba a la verdadera tradición de España, a la de las libertades comunales, a un nacionalismo puramente indígena.

    Y ello puede ser verdad en Azaña. El rostro de Azaña -con su impresionante mueca pálida- tiene algo de cabeza ajusticiada en Villalar, que reaparece ahora vindicativa, sobre los hombros del mejor heredero que a través de los siglos iban a tener Padilla y Maldonado, los primeros republicanos castellanos ante el preimperio español del XVI.

    Frente a la decadencia o enfermedad de España: esas cinco medicaciones o arbitrios o remedios: de lo religioso, de lo económico, de lo cultural, de lo libertario, del indigenismo político.

    Resultado: trece Pactos, trece secesiones, trece disoluciones. Desde 1648 a 1931.

    Resultado: desde el vértice imperial de 1492 hasta esta España desnuda y despojada que torna a la fragmentación polirregional de la Edad Media.

    Los arbitristas o intelectuales, los médicos de España, operaron con un crescendo de alarma. Su método fué una escala sonora de menor a mayor.

    Al principio fué la discreción en el obrar, sin ruido y sin gestos. (Recordemos el mudo cuadro aquel de los plenipotenciarios de Münster, siglo XVII).

    Poco a poco, según se acumulan llagas y derrotas, esa discreción pierde su pudor. Se manifiesta en polémica (siglo XVIII). La polémica degenera en panfleto y grito (siglo XIX). Y el grito (grito de 1898), termina en explosión; en revolución (siglo XX, 1931).
    ...



    Última edición por ALACRAN; 11/11/2020 a las 17:38
    Valmadian y juan vergara dieron el Víctor.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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