Continúa la crítica de Giménez Caballero a Ortega y Gasset:
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(...) LA ZONA OSCURA
Pertenece a esa zona oscura, confusa, sombría, alguna de estas palmarias inconsecuencias que vamos a citar ejemplarmente.
(...)
2) El tema de lo "franco"
Sabido es que el ''quid'' original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos Ilamar de ''lo franco". Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior.
Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una especie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco.
Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Ortega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (página 146).
Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (página 147), fuera el último, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, recibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (página 148).
En cambio, Francia tuvo la suerte de recibir una vacunación perfecta y saludable. (...)
Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (página 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (página 163). Y que España no se vertebrase definitivamente.
Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia -con su magnífico virus- no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Italia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día.
Y mucho más sorprendente, que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacional hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo.
Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros.
Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante ''franca'' en aceptar el ingrediente mágico. La vertebración indómita.
Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del ''vitalismo franco'' que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... ''en el Mediterráneo''.
No fue descubrimiento eso del ''vitalismo rubio'' más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega -dócil a sus padres del 98- recoge fielmente sus imperativos de ''europeizarnos'', de ''germanizarnos'', de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra -y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería- habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos carlylianos de un Unamuno, hasta la delicuescencia exquisita de un ''Azorin'' por la dulce Francia.
Es ese momento ya histórico del pangermanismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica, Melquiades Alvarez en el ''reformismo'' de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! ¡Mehr Licht! ¡Ah!, ''lo franco'', nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces ''intelectual'' tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de ''minorías selectas''. En las cervecerías alemanas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyas titulares góticas encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el ''virus germánico'' como, salvador de todas las gripes nacionales.
¿Qué de extrañar si Ortega -el coetáneo terapeuta de la gripe nacional-formulase su remedio de ''lo germánico, de lo franco'', como el decisivo de lo español? (...)
La tesis ''rubia'' de Ortega, no es sólo un error terapéutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista por excelencia: pueblo, que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo. (...)
Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del ''germanismo en España'' hasta el absoluto. ¡Lejos de mí, la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los ''fundamentos geniales de España'', está el sustrato germánico.
De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio, Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fué útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo.
(...)
4) El tema de ''lo selecto".
Para Ortega lo franco es la "forma", la "minoría'', ''lo que moldea'', ''lo aristárquico''. El resto es masa, materia, pueblo. Como a España nos llega lo germano muy viciado, nuestras minorías son malas y escasas. Y todo queda en
“pueblo y lo que el pueblo no ha podido hacer, se ha quedado sin hacer" (página 143).
"Mírese por donde plazca el hecho español de hoy, de ayer o de anteayer, siempre sorprenderá la anómala ausencia de una minoría suficiente". "Este fenómeno explica toda nuestra historia, inclusive aquellos momentos de fugaz plenitud" (págs 144-45).
"Compárese el conjunto de la historia de Inglaterra o de Francia con nuestra historia nacional, y saltará a la vista el carácter anónimo de nuestro pasado, contrastando con la fértil pululación de personalidades sobre el escenario de aquellas nacíones" (pág 144). (...)
A toda esa serie de proposiciones -¡heréticas y mezquinas frente al genio de España!- bastaría oponerles el mismo argumento orteguiano citado anteriormente. Castilla fue capaz de crear por un quid divinum, independiente de todo quid racial, de todo fermento franco, la más amplia estructura nacional.
Una estructura -por emplear términos de nuestro filósofo- supone jerarquía de planos o valores.
Pero el propio Ortega nos lo confirma ¡con el caso mismo de España!
"Castilla ha hecho a España". "Inventa Castilla grandes empresas incitantes". "Se pone al servicio de altas ideas jurídicas, morales, religiosas". "Dibuja un sugestivo plan de orden social". "Impone la norma de que todo hombre mejor, debe ser preferido a su inferior, el activo al inerte, el agudo al torpe, el noble al vil" (página 64).
¿De dónde -pues- se sacaría Castilla esa ''estructuración'' y esa correlación excelsa de minorías y de masas, si en Castilla todo era pueblo?
Pero además de suceder la "estructuración de España'' sucede la de América.
"Maravilloso acontecimiento". "Lo maravilloso no fué la conquista -sin que yo pretenda mermar a ésta su dramática gracia-, lo importante, lo maravilloso fue la colonización".
"Nadie puede negar sus dimensiones como hecho histórico de alta cuantía. Para mí es evidente que se trata de la úníca verdadera, sustantivamente grande que ha hecho España" (página 165).
"España pertenece a la grey de naciones occidentales que han hecho el más sublime ensayo de gobierno universal" (página 169).
Ya sabemos que para Ortega lo grande de España, como lo de Roma, es la capacidad divina y sublime de estructurar pueblos. Pero lo que seguiremos sin saber, es cómo Ortega cohonesta este estructurar pueblos ''de Castilla, y de gobierno universal de Castilla", a base de... pura masa, sin fuertes minorías selectas, sin ingrediente ''franco''.
Según Ortega, hacer una España y una América, se pudo lograr "sin fuertes temperamentos que concentren en su propia persona una gran energía social''.
Es decir: que las figuras de un Hernán Cortés o de un Pizarro, de un Cid, de un Fernán GonzáIez, de un Fernández de Córdoba, de un Cisneros, fueron algo anónimo y no selecto. (Por no citar más que unos cuantos capitanes de lo español.) Y que las figuras de un Santo Domingo, de un San Ignacio, de una Santa Teresa, fueron trozos amorfos de la masa hispánica que no concentraron energías sociales "para realizar obras de orden material y moral''.
Para Ortega-sin duda- un Cervantes o un Goya, no fueron ''capaces de una sensibilidad artística poderosa".
Cierto que España no produce una ''personalidad autónoma que adopte ante la vida una actitud individual o consciente''.
Pero ello se debió sin duda a dos cosas: una, la dicha por Ortega: que España, como Roma, era torpe para la faena científica y muy apta para su peculiaridad de crear pueblos. Y otra: que España esperaba el siglo XX para que la nacieran filósofos y charladores, capaces de organizar el protofenómeno de la historia, esto es, la conversación (página 179), la tertulia. Es decir, esperaba el momento feliz, España, de poder parecerse ya un poquito a Francia, a Inglaterra. Precisamente en estos momentos en que dejaba España de parecerse a España.
Precisamente: cuando España, petulante de minorías selectas, perdía hasta la sombra de sí misma como creadora de pueblos; perdía ''la maravillosa América'' y hasta la menos maravillosa región de Cataluña, por no citar otras desvertebraciones de cuyo nombre más vale no acordarse.
Podría continuar analizando más inconsecuencias de nuestro máximo profesional de la consecuencia, en su obra capital de la "España invertebrada". Por ejemplo, podría mostrar la contradicción palpable que supone declararse por un lado, medievófilo y antimoderno (página 154), y por otro, gran querenciador de la "personalidad autónoma ante la vida" (página 143), que es lo que constituye la base de la anti edad media, el fundamento del modernismo, del humanismo, de lo renacentista.
Pero mi tarea se desproporcionaría fuera de los límites morales y literarios que me tengo trazados. Me parece suficiente el examen realizado en la "zona oscura y confusa" de la "España invertebrada", para portar el conocimiento de que a un máximo lógico, consecutor y crítico, se le puede hallar la crisis, la incongruencia y el ilogismo. Me parece suficiente haber destacado en esa ''zona sombría'' del sistema orteguiano, la razón de sus sinrazones; la nulidad de sus falsas luces. Es decir, la ausencia de fundamentos exactos para manifestar solemnemente ante la historia, que España estuviese ''invertebrada''.
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