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Tema: La leyenda de los Infantes de Lara

  1. #1
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    La leyenda de los Infantes de Lara

    (Conferencia de don RAMON MENENDEZ PIDAL en Córdoba, año 1951 )

    (I)
    Córdoba me honra queriendo que sea yo quien os hable en esta ocasión inaugural de la calleja de los Infantes de Lara…
    Los cordobeses tenían olvidada esa calleja. ¿Desde qué fecha? Parece ser que fue en el pasado siglo cuando se cerró su entrada por la calle Cabezas. Tenemos un dato que fecha la ocultación de la calleja muy a principios del siglo XIX o algo antes.

    Cuando el insigne cordobés don Angel de Saavedra, futuro duque de Rivas, escoge, para iniciar la revolución romántica, la leyenda tan cordobesa de los infantes de Lara, y en el destierro de 1823 escribe El moro expósito, los recuerdos sacados de la patria acuden a la mente del poeta siempre insistentes y gratos. Habla mucho de su ciudad natal, de Córdoba, en los versos y en las notas que les añade, pero en el romance cuarto refiere que Giafar, el rival de Almanzor, el que tienen prisionero al padre de los infantes, después de mostrar a éste las cabezas de sus hijos, las coloca como bárbaro trofeo a las puertas de su alcázar, de donde Zaide, el ayo de Mudarra, las recoge para enterrarlas en el jardín de su castillo. No hay aquí nota alguna que aluda a la tradición cordobesa.

    Parece, pues, que don Angel de Saavedra, en su primera juventud, que va del último decenio del siglo XVIII al primer cuarto del XIX, no había oído nada de la calleja, ni se había fijado su atención en los arquillos que pudo leer en la Historia escrita por Morales.

    Ambrosio de Morales nos informa que en su tiempo, es decir, hacia 1580, cuando escribe su Historia, era señalada la antigualla que hoy nos ocupa. “En Córdoba, escribe Morales, hay hasta agora una casa que llaman de las Cabezas, cerca de la del marqués del Carpio, y dicen tomó este nombre por dos arquillos que allí se ven todavía, sobre que se pusieron las cabezas de los infantes” (libro XVI, capítulo 46). Se conoce que la callejuela estaba muy obstruida con añadidos que impedían ver más de dos arcos...

    La calleja, pues, en sus siete arcos (actuales, una vez derribados los obstáculos) muestra el origen de la tradición: cada arco, según la imaginación popular, habría de tener una de las siete cabezas, y esta invención es anterior al siglo XVI, en que Morales no veía más que dos arcos. Estamos, pues, en presencia de una tradición medieval, quién sabe de qué antigüedad; tradición que en tiempos del gran historiador comenzaba a perder fuerza, ya que había perdido el apoyo numérico en los arcos visibles que no llenaban la mágica cifra impar. La obstrucción de la calleja debió de comenzar en los primeros decenios del año 1500, cuando la casa llamada de las Cabezas sufrió una gran reedificación.
    En la niñez de Morales, poco más o menos hacia 1520, cuando el gran historiógrafo tenía siete años, dicha casa era toda ella de tipo árabe: “Agora todo aquello está labrado de nuevo, mas siendo yo pequeño, edificio había allí antiguo morisco, harto rico, y decían haber sido allí la prisión y cárcel donde Gonzalo Gustioz estuvo.”

    Pero ¿quién era este Gonzalo Gustioz y quiénes estos infantes de Lara?
    Córdoba me da… el recuerdo de uno de los primeros y más emocionantes de mis hallazgos literarios…; estudiando las numerosas crónicas guardadas en la Biblioteca Nacional, al tomar un gran infolio, digno de extender sus tapas sobre las espaldas de un facistol catedralicio, se abre al azar el voluminoso tomo por un capítulo encabezado… con grandes letras góticas de a pulgada que decían: “Alicante… comenzó de andar por sus jornadas fasta que llegó a Córdoba, e esto fue un viernes, viéspera de sant Cebrián.” El nombre de Córdoba y la fecha, víspera de San Cipriano, trajeron a mi memoria un hermoso romance de los Infantes de Lara que comienza:

    Pártese el moro Alicante
    víspera de San Cebrián;
    ocho cabezas llevaba,
    todas de hombres de alta sangre…

    (…) La vieja leyenda, tal como la contaba un cantar de gesta prosificado en la Crónica General iniciada por Alfonso el Sabio, comenzaba contando que en tiempos del conde Garci Fernández (finales del siglo X) se celebraron en Burgos las magníficas bodas del ricohombre Ruy Velázquez con doña Lambra. La alegría de las fiestas se ve malamente turbada por una disputa sobre los deportes caballerescos allí ejercitados; se llega a palabras ofensivas entre la novia y su cuñada, la madre de los siete infantes; ocurren también homicidios; con otras graves injurias que dan origen a una mortal enemistad entre las dos familias. Los llantos desesperados de la novia hacen que Ruy Velázquez, fingiendo reconciliación, envíe a su cuñado Gonzalo Gustioz, señor de Salas, padre de los siete infantes, como embajador a Córdoba, so pretexto de pedir a su gran amigo Almanzor ayuda pecuniaria para atender a los desmesurados gastos que las bodas le habían ocasionado.

    Le envía con una carta traidora escrita en árabe, en la cual decía al moro que hiciese matar al mensajero, y que después él le entregaría a los siete infantes, grandes defensores de Castilla, induciéndoles a ir en guerra sobre la frontera de Almenar, donde el capitán moro Galbe los podía sorprender y dar muerte. Vista por Almanzor la insidiosa carta, se compadeció de Gonzalo Gustioz y se limitó a hacerle echar en prisión, mandando a la princesa su hermana que guardase y atendiese al prisionero castellano. Y así acaeció que pasando los días se hubieron de enamorar la princesa mora y el señor de Salas, y de ambos nació un hijo, Mudarra, que después fue gran caballero, como la leyenda dirá.

    Antes que estas aventuras se realizasen y sabiéndose sólo en Castilla que Gonzalo Gustioz cumplía su embajada, Ruy Velázquez invitó a sus sobrinos los siete infantes para ir con él en cabalgada contra tierra de moros en el campo de Almenar. En el camino, el ayo de los siete jóvenes les quiere disuadir de la guerra a que van, pues ve agüeros muy contrarios; pero los infantes se empeñan en seguir adelante y, según el traidor había dispuesto, les sorprende el capitán moro Galbe, les cerca, les rinde, y acuciado por el traidor Ruy Velázquez los degüella, y lleva las siete cabezas a Córdoba. Esta era la costumbre de los ejércitos musulmanes: sus victorias eran anunciadas siempre por carretadas de cabezas de los enemigos vencidos, las cuales eran expuestas sobre las almenas de los muros de Córdoba, y a veces llevadas después a otras ciudades, y hasta enviadas al África como testimonio del éxito militar.

    Las cabezas de los siete infantes son presentadas por Almanzor a su prisionero Gonzalo Gustioz. Ésta es la escena de mayor fuerza trágica en la terrible leyenda. Gonzalo Gustioz coge una a una las desfiguradas cabezas de sus hijos, las limpia del polvo y de la sangre que las cubría y cumple con cada una el deber ritual hacia el difunto, dedicándole un lamento y un elogio fúnebre.
    El Duque de Rivas, en su Moro expósito, desarrolló esta escena en muy hermosos endecasílabos:

    Sin habla Gustios, o mejor, sin vida,
    estuvo sin moverse una gran pieza:
    luego un temblor ligero, imperceptible,
    apareció en sus miembros, y en violenta
    convulsión terminó; pero tornando
    a la inmovilidad, gira y pasea
    los ojos, cual los ojos de un espectro,
    por una y otra de las siete prendas.
    Sonrisa amarga agita un breve instante
    sus labios sin color, y en tanto queman
    sus mejillas dos lágrimas, y luego los tiernos
    hijos a nombrar comienza,
    los ojos enclavando en el que nombra,
    y esperando tal vez, ¡ay! su respuesta:
    “¡Diego!... ¡Martín!... ¡Fernando!... ¡Suero!... ¡Enrico!...
    ¡Veremundo!... ¡Gonzalo!...”, y cuando llega
    a este nombre, dos veces lo repite;
    y recobrando esfuerzo y vida nueva,
    entrambas manos trémulas extiende
    y agarra de Gonzalo la cabeza
    y la alza; pero al verla sin el cuerpo,
    un grito arroja, y súbito la suelta,
    cual si hecha de encendido hierro fuese.
    Empero torna a asirla, se la lleva
    a los labios y un beso en la insensible
    mejilla imprime… La frialdad horrenda,
    la ascosa fetidez sufrir no pudo,
    y como cuerpo muerto cayó en tierra.
    Aquel resto infeliz del hijo suyo
    cayó sobre su pecho y desde él rueda
    por la alfombra, dejando sucio rastro
    de sangre helada, corrompida y negra.

    Toda Córdoba compadecía el dolor del prisionero, y Almanzor le dio libertad para que volviese a Castilla, llevando consigo las siete cabezas. Gonzalo Gustioz, al despedirse de la princesa mora, sueña en una posible venganza; se quita un anillo, y partiéndolo en dos, da a ella una mitad como señal por donde pudiera reconocer al hijo de ambos, cuando fuese crecido y se lo enviase. Allá en Salas, Gonzalo Gustioz arrastra una triste vida, viejo, sin amparo, sin poderse vengar de Ruy Velázquez, quien, a pesar de su traición en connivencia con Almanzor, seguía poderoso y honrado en la corte del conde Garci Fernández.

    Así pasaron muchos años hasta que un día llega a Salas el hijo nacido en Córdoba, Mudarra, con 200 caballeros moros, y se da a conocer mostrando el medio anillo. Pasadas las primeras alegrías del reconocimiento, se dirigen Mudarra y su padre Gonzalo Gustioz a Burgos, y al entrar en el palacio condal, hallan allí, con el conde, al traidor Ruy Velázquez. Mudarra le desafía y le mata, vengando así la muerte de los siete infantes y la prisión del padre...

    (continúa)









  2. #2
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    Re: La leyenda de los Infantes de Lara

    (Conferencia de don RAMON MENENDEZ PIDAL en Córdoba, año 1951 )

    (II)
    ...Esta leyenda, contada en esta crónica del siglo XIII, según un cantar de gesta anterior, tiene un aspecto histórico; dos de sus personajes, el conde Garci Fernández y Almanzor, son conocidamente históricos; como narración histórica la consideran las crónicas medievales, y lo mismo hicieron los principales historiadores desde los primeros tiempos modernos hasta Berganza, a comienzos del siglo XVIII. Después Ferreras, Masdeu, Lafuente, etc., hablan del suceso, pero negándole crédito. La cuestión parecía resuelta en este sentido. Sin embargo, en el estudio que hice de este tema en 1896, volví a abogar por un considerable fondo histórico en el relato legendario.

    La afirmativa o la negativa tienen un interés científico de gran alcance. Una de las cuestiones que con más ardor se discuten desde comienzos del presente siglo en el campo de la crítica literaria es la historicidad de la epopeya, como que de esa cuestión depende el concepto que sobre la esencia de este gran género de poesía cabe formar.

    La crítica que podemos llamar tradicionalista afirma la poesía épica de la Edad Media como un género tradicional, esto es, un género cuyas producciones nacen coetáneamente a los sucesos que celebran, y luego se elaboran, mucho o poco, en el curso de su transmisión a las generaciones subsiguientes, revistiendo así el carácter de una poesía popular o nacional. De este modo, con matices muy varios, piensan Gastón Paris, Milá y Fontanals, Pío Rajna, Ferdinand Lot y tantos otros, yo entre ellos.

    La crítica que llamaremos individualista afirma, por el contrario, que los cantares de gesta nacen mucho después de los sucesos tratados, inspirándose en alguna antigua crónica, en algún poema latino o en una leyenda oral, ni más ni menos que Walter Scott se inspiraba para escribir cualquier novela histórica, y son obra de un solo individuo. Así, en una u otra manera, piensan Philippe Auguste Becker, Joseph Bédier, Camille Julien y muchos otros modernos.

    Las gestas, según este individualismo, carecen de todo interés histórico, son juegos de imaginación fraguados por poetas tardíos. Por el contrario, según el tradicionalismo, la epopeya tiene un profundo valor histórico, pues arrastra siempre consigo materiales de la coetaneidad en que nació.

    Para el individualismo, la epopeya no ofrece cualidades singulares de estilo y factura que la distingan, y debemos aprender a estudiar las obras del siglo XII con el mismo criterio con que estudiamos las del siglo XX. A esto replicamos, en nombre del tradicionalismo, que aprender a mirar las obras del siglo XII como las modernas, es aprender a ignorar que los tiempos y los pueblos son siempre distintos, inconfundibles; es ignorar que hubo épocas de producción literaria generalmente anónima y de gustos colectivos, y que se lleva camino falso queriendo juzgar genéticamente y gustar estéticamente una obra del siglo XII como una del XX, sin penetrarse del esencial primitivismo que anima las producciones de aquellos remotos siglos.

    Debemos, pues, escrutar en particular la historicidad de la leyenda de los Siete Infantes, a pesar de la común opinión de los historiógrafos modernos que, sin especial examen, la trataron como leyenda totalmente ficticia. Ya, según he indicado, cuando la estudié por primera vez, en 1896, sugerí algún fundamento real, haciendo notar la identificación del moro Galbe de la leyenda con el célebre Gálib, muerto en 981, gobernador de la frontera castellana durante la vida del conde Garci Fernández, y a cuyo lado hizo Almanzor sus primeras armas contra los cristianos. Hacía valer también otros rasgos, como el hecho de colocar la frontera al norte del Duero, cosa que no podía ocurrírsele a un poeta del siglo XII o XIII, sino viéndose constreñido a ello por una tradición ya consagrada.
    Bastantes años después, leyendo al gran historiador cordobés Aben Hayán, me salió al paso la solución precisa del problema.

    En el largo resumen que la Crónica General del siglo XIII da del cantar de gesta, se distinguen claramente dos partes. La primera mitad es de fuerte sabor realista: las fiestas, las disputas, los altercados, los homicidios en las bodas y en las tornabodas de Ruy Velázquez, la íntima amistad de este ricohombre castellano con Almanzor en las rencillas de los cristianos, los agüeros, superstición militar muy medieval, los largos incidentes de la cabalgada en la frontera del Duero, la presencia de Garci Fernández y de Galbe…, todo rebosa exacto particularismo de la vida hispana en los últimos decenios del siglo X. Por el contrario, la segunda mitad de la leyenda es de tono abiertamente novelesco: la princesa guardiana de un prisionero y enamorada de él, episodio que figura en numerosas ficciones de varios pueblos; el anillo partido en señal de reconocimiento, tema de muchos cuentos; el hijo bastardo vengando el honor de la familia legítima, asunto de varias gestas, como la de la Reina calumniada, y otros temas así que se repiten en diferentes relatos.

    Almanzor en esta segunda parte ya no figura con sus rasgos históricos, sino con el rasgo novelesco de mandar a su hermana que cuide del prisionero Gonzalo Gustioz, y con el de amar paternalmente al bastardo Mudarra.

    A pesar de todo esto, hay algo en la primera mitad que parece, más que real, invención caprichosa y lo que es peor, invención inhábil. ¿Cómo Ruy Velázquez y sus sobrinos los siete infantes, teniendo en Córdoba ante Almanzor un mensajero amistoso, atacan sin motivo ninguno la frontera musulmana? ¿Cómo los sobrinos no ven que, al entrar en cabalgada devastadora por la frontera de Almenar, comprometen la situación de su padre y el éxito de la embajada que el padre había llevado a Córdoba? Con razón Gastón Paris no comprendía la imprudencia de tal ataque fronterizo, y suponía malamente que la embajada de Gonzalo Gustioz debía de ser un torpe añadido posterior a la primitiva leyenda.

    Después, también parece contrario al realismo de la primera parte de la leyenda el que en Córdoba se aprisionase a un mensajero, atropellando la inmunidad del embajador, que en la cultísima corte califal era escrupulosamente respetada. Recordemos un ejemplo. El ya citado Aben Hayán, refiriendo una embajada de la monja Elvira, tutora del rey de León, cuenta que los embajadores, puestos ante el trono de Alhakén II en el palacio de Medina Azahara, comenzaron su discurso con palabras injuriosas (probablemente algún fanático concepto contra la religión islámica), palabras tan descomedidas que el califa, a voz en grito, arrojó de su presencia al intérprete, mandándole castigar muy mal, y arrojó también a los embajadores, haciéndoles saber que, a no haberle detenido la inmunidad del cargo que traían, hubieran sido castigados igualmente.

    Por esto, la prisión de Gonzalo Gustioz, presentando la corte de Córdoba como bárbara conculcadora del derecho de gentes, parece novelesca, no histórica, y más cuando la vemos adornada con el detalle de la carta traidora, evidentemente ficticio: es la carta pérfida que figura en otras ficciones de otras literaturas. Y, sin embargo, esas dos acciones chocantes (el ataque militar cuando está pendiente una embajada amistosa y el encarcelamiento del embajador) se dieron en un preciso momento del siglo X: en Castilla, el mensaje pacífico, desmentido injustificadamente por un ataque guerrero, y en Córdoba, la violación de la inmunidad del mensajero.

    Reduzcamos a esquema esencial la primera parte de la leyenda, la parte realista, y nos bastará esto: gobernando a Castilla el conde Garci Fernández, un ricohombre de su corte, Ruy Velázquez, envía a Gonzalo Gustioz con embajada de amistad a Córdoba. Estando pendiente la embajada, Ruy Velázquez, con sus sobrinos los siete hijos del mensajero, ataca la frontera de los moros por Almenar, en tierras de Soria. En aquella frontera, el moro Galbe mata a los siete infantes. El trofeo de sus cabezas llega a Córdoba la víspera de San Cebrián.

    Ahora bien: Abén Hayán refiere que en agosto del año 974, el conde de Castilla Garci Fernández había enviado embajada al califa de Córdoba para afirmar la pacífica amistad que hacía años existía entre ambos Estados. Mientras los embajadores cumplían su misión, el conde Garci Fernández atacó inopinadamente la frontera de Deza, en tierras de Soria, y derrotó a los valíes de aquel distrito, subordinados de Gálib, gobernador de aquella frontera. Al saber esto, el califa, indignado, mandó expulsar a los embajadores castellanos, respetando su inmunidad; pero como ellos se resistiesen a la orden de expulsión, los mandó prender y los encarceló muy duramente.
    La noticia del rebato de Deza, que causó la indignación del califa, llegó a Córdoba el 12 de septiembre.

    Los sorprendentes puntos de semejanza en tiempos, lugares y personas entre una y otra serie de hechos son nada menos que siete:

    1º Firme paz y amistad entre Burgos y Córdoba.

    2º Embajada amistosa enviada a Córdoba por el conde Garci Fernández o por un ricohombre de ese mismo conde.

    3º Esa embajada es desmentida extrañamente por un ataque guerrero de los castellanos.

    4º El ataque se realiza por la frontera de Soria, por Deza o por Almenar.

    5º En esa frontera actúa Gálib, según la Historia; Galbe, según el cantar de gesta.

    6º Los embajadores o el embajador, a pesar de la inmunidad propia de su cargo, son presos en Córdoba...
    Tantas semejanzas me habían bastado para identificar seguramente los dos sucesos cuando por primera vez aproximé los dos relatos en 1929; pero después, calculando fechas, caí en la cuenta de una semejanza más:

    7º La noticia de la agresión dirigida por Garci Fernández sobre la tierra de Deza llegó a Córdoba el 12 de septiembre, y las cabezas de los siete infantes caídos en la frontera de Almenar llegaron a Córdoba la víspera de San Cebrián.
    ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando, al hacer averiguaciones sobre la fiesta del famoso obispo de Cartago, San Cipriano, me encuentro con que, según el calendario del siglo X, se celebraba el 14 de septiembre, antes de que se trasladase al 16 para dejar su día a la fiesta de la Exaltación de la Cruz! De modo que, según el cantar de gesta, las cabezas de los infantes que llevaban la noticia de la cabalgada sobre Almenar llegaron a Córdoba la víspera de este santo, esto es, el 13 de septiembre, un día después que la noticia de la cabalgada sobre Deza.
    Esa sorprendente coincidencia vino a remachar firmemente la certeza de la identificación, bien firme ya antes de apoyarse en esta última evidencia.

    La cabalgada de los infantes sobre Almenar fue, pues, el incidente desgraciado de unos cuantos muertos cristianos, en la victoriosa cabalgada que sobre Deza dirigió el conde Garci Fernández, rompiendo la paz con el Islam. Deza y Almenar distan entre sí sólo 25 kilómetros, y las incursiones fronterizas abarcaban extensiones mayores de terreno. Hasta 80 kilómetros se extiende la incursión que describe el Poema del Cid por las riberas del Henares...
    (continúa)


  3. #3
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    Re: La leyenda de los Infantes de Lara

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    (CONFERENCIA DE DON RAMON MENENDEZ PIDAL EN CORDOBA; AÑO 1951)
    (y III)
    (…) Por lo demás, el ambiente que envuelve la primera parte de la gesta de los infantes es de una verdad histórica bien extraña, que no se repitió en la historia de España con los caracteres que se dan en la segunda mitad del siglo X. Ese Ruy Velázquez tan amigo del moro de Córdoba que puede pedirle dinero para los gastos de las bodas; que le encomienda una venganza exigida por la novia; ese ricohombre castellano que después de cometida la traición de acuerdo con el moro, sigue honrado en la corte de Castilla, refleja perfectamente un singular período, no sólo la larga paz y amistad entre los cristianos del Norte y el califato cordobés, sino de sumisión, de mediatización sufrida por todos los Estados cristianos, intervenidos y casi gobernados por los califas Abderramán III y Alhakén II, desde 959, en que Sancho el Gordo de León y la orgullosa reina Toda de Navarra van a humillarse ante Abderramán III para obtener su auxilio, hasta el año 974 en que el conde Garci Fernández rompe inesperadamente la paz, agrediendo en Deza. Son quince años de majestuosa hegemonía de Córdoba sobre todos los Estados cristianos del Norte.

    Éstos, sumisos a una poderosa mediatización, acuden continuamente a Córdoba ante el trono del califa en el palacio de Azahara. Se suceden frecuentes embajadas, cuyo rendido acatamiento se complace en destacar Aben Hayán. Embajadas de los reyes de León, de Sancho el Gordo o de Ordoño el Malo, o del niño Ramiro III y su tutora la monja Elvira; embajadas del rey de Navarra, García Sánchez y su tutora la reina Toda; embajadas varias del conde Borrell de Barcelona; embajadas del conde de Galicia Rodrigo Velázquez, o del conde Fernán Laínez de Salamanca, o de Fernando Ansúrez, conde de Carrión, etc.

    Del embajador Gonzalo Gustioz ninguna historia árabe dice una palabra, pues nunca dan el nombre de los enviados. Que una historia latina hablase de él, ni pensarlo siquiera. Las concisas crónicas latinas, pobrísimas de pormenores, no se permiten nombrar más que la persona del rey y la de los enemigos con que el rey tiene que combatir.

    Sólo será posible hallar el nombre de ese emisario en algún documento notarial de los conservados en los archivos eclesiásticos. Y en efecto, diez documentos de los monasterios de Cardeña y de Arlanza, y de la catedral de Burgos, nombran al padre de los infantes y a su hijo mayor Diego. Por esos documentos sabemos que Gonzalo Gustioz fue poblador de Salas, y que fue potestad o gobernador de la tierra de Juarros, incluida al Norte en la Alfoz de Lara.

    Los diez documentos pertenecen a los años 963, 969, 970, 971,972, 974 y 992. La presencia de Gonzalo Gustioz es, pues, frecuente en la docena de años que va desde 963 a 974, en que el nombre se repite en nueve documentos; después, contrastando con tanta frecuencia, hay un vacío de dieciséis años en que el nombre no reaparece, hasta que en 992 se halla en el décimo y último documento. Reparemos ahora que la ocultación de Gonzalo Gustioz en esta colección diplomática que he podido reunir ocurre a partir del documento fechado en 974; fecha reveladora: es el año de la embajada pacífica de Garci Fernández, seguida de la acometida bélica contra la frontera de Soria.

    Todo, pues, sucede en nuestros diez documentos como si Gonzalo Gustioz hubiera ido con los embajadores de Garci Fernández y hubiera sufrido en Córdoba una larga prisión de todos o parte de esos dieciséis años en que no tenemos de él noticia documental ninguna. Por desdicha, la Historia de Aben Hayán ha llegado a nosotros incompleta, y quedando interrumpida después de contarnos la prisión de los embajadores castellanos, no sabemos la suerte ulterior de los prisioneros. Lo más probable es que sufrieron un largo encarcelamiento, toda vez que a la injustificada ruptura de paz por Garci Fernández siguió un largo periodo de guerras del que forman parte las tan reiteradas incursiones de Almanzor.

    El profesor Angelo Monteverdi, a nombre de la crítica individualista, objetó sobre la identificación de la cabalgada legendaria contra Almenar con la cabalgada histórica contra Deza, preguntando extrañado: si ambas pertenecen a un mismo suceso, ¿por qué la acción desdichada de los siete infantes en Almenar hubo de ser cantada por los castellanos, y en cambio la acción gemela, pero victoriosa, de Garci Fernández en Deza no mereció ser recordada?
    La objeción es injustificada de todo punto. Con sobrada razón se ha dicho que la derrota es la musa épica por excelencia.

    El desastre militar inspira las más famosas gestas francesas, la Canción de Roland, el Aliscans. La derrota y prisión del príncipe Igor es el tema de la más famosa gesta rusa. La infausta batalla de Kossovo constituye el más popular canto servio.

    La mayoría de nuestros romances fronterizos cuentan derrotas sufridas por los cristianos en la guerra de Granada, y tan grande es la propensión de esos romances a los temas trágicos, que las victorias cristianas prefieren mirarlas desde el campo moro, como derrotas; así cantan el dolor del rey de Granada por la pérdida de Alhama o por la de Antequera, y no la alegría de los cristianos por tales conquistas. La aflicción de la desgracia tiene una fuerza purificadora (desde Aristóteles era sabido), tiene un valor poético de que carece el orgullo del éxito.

    La victoria de Garci Fernández en Deza es muy probable que fuese cantada, pero ese canto, si existió, no se mantuvo en la tradición. En cambio, es preciso suponer que a fines del siglo X un poeta anónimo de Castilla compuso un canto noticiando la muerte de los jóvenes caídos en la frontera de Almenar con la prisión de Gonzalo Gustioz en Córdoba, y que ese canto fue impresionante y muy repetido en aquellos lúgubres días en que el poderío de los ejércitos musulmanes tenía abrumada, subyugada toda la cristiandad hispana. Ese canto noticiero se refundió, con la adición de un complemento, la invención de Mudarra, nacido en Córdoba para vengar la muerte de los siete infantes castellanos; con ese epílogo se redondeaba poemáticamente la trágica acción.

    El poema, el cantar de gesta, se propagó por todas partes:
    “arte de ciego juglar
    que canta viejas fazañas
    y con un solo cantar
    cala todas las Españas”.

    Las Crónicas Generales de la nación, desde el siglo XIII, acogieron el martirio de los siete infantes y la venganza de Mudarra como parte esencial de los fastos nacionales; los historiadores de la Edad Moderna, Garibay, Morales, Mariana y sucesores, incluyeron también el relato épico; lo tomó como tema escénico el teatro, desde Juan de la Cueva a Lope de Vega, Hurtado Velarde, Matos Fragoso y varios otros; trataron esta leyenda a comienzos del siglo XIX el conde de Noroña, Altés y Gurena y Joaquín Francisco Pacheco; el duque de Rivas, desterrado, entre todos los recuerdos de su amada Córdoba, escoge el de los infantes de Lara como tema de su revolucionario manifiesto romántico; después el padre Arolas, Somoza, García Gutiérrez, Fernández y González y otros renuevan en varios modos el viejo tema.

    Por su parte, Córdoba cultivó siempre como propia la lúgubre y dolorosa leyenda. La atrajo así cuanto pudo. El paso más audaz fue el prescindir de la frontera del Duero. Esa frontera era bien real en el siglo X, pero resultaba inconcebible cuando la reconquista avanzó hasta el sur de España, de modo que fue inevitable el colocar la acometida y la muerte de los infantes en Andalucía.

    Ya un Sumario de Crónicas de España, hecho a fines del siglo XIV, decía que los siete infantes “fueron muertos cerca de Córdoba”; y Ambrosio de Morales precisa que la muerte fue “en el campo de Albácar, castillo famoso a cuatro leguas de Córdoba, donde las sierras abren ancho llano para se poder dar una batalla”. Ese castillo de Albácar está efectivamente a cuatro leguas de Córdoba, sobre el río Guadiato, y allí se señala un campo de Arabiana, quizá nombre erudito colocado allí para competir con el Arabiana de Soria. En 1615, Ambrosio de Salazar, maestro de español en la corte de París, en una violenta discusión lexicográfica con el gramático francés César Oudin, también maestro de español, le corrige (muy sin razón por cierto) el significado de la voz tremedal, diciéndole “que es un montón de piedras como el que está en los campos de Arabiana, junto a Córdoba, no sé si pasaste por allí…, donde hay un calvario que es donde murió Gonzalvillo, el menor de los Laras”.

    Salazar usa aquí la voz calvario en el mismo sentido que montículo; y a este propósito recuerdo que un erudito cordobés del pasado siglo, Luis Ramírez Casas-Deza, en un artículo publicado en el Semanario Pintoresco de 1849, sobre la muerte de los siete infantes, escribe: “en la misma Córdoba se designa otro sitio de sus muertes a una legua de la ciudad, cerca del santuario de Nuestra Señora de Linares, y allí se ven como señales siete montones de piedras que se han ido formando desde tiempos muy antiguos”. Esa misteriosa frase, “se han ido formando”, se refiere evidentemente a la muy vieja costumbre existente entre muchos pueblos, de señalar el sitio donde ha ocurrido una muerte violenta, arrojando el transeúnte en aquel lugar una piedra, acompañada de una oración o una maldición según la calidad de la víctima; de modo que los siete montículos en Nuestra Señora de Linares o en el campo de Albácar, formados desde tiempos muy antiguos, nos revelan un culto popular a la memoria de los jóvenes burgaleses caídos en defensa de la fe religiosa y de la fe civil de la España reconquistadora.

    No sé si todavía hoy se conserva algún resto de esa piadosa práctica en la campiña de Córdoba. Muy interesante sería el indagarlo. En cuanto a la ciudad, bien sabemos que no ha olvidado el recuerdo y el cultivo de esa multisecular tradición nacional, a la cual ha dado la más alta expresión artística de los tiempos modernos el cordobés autor de El Moro expósito.

    Y en esa tenaz recordación es bien de notar que con los escritores siempre colaboró el vecindario; lo que nos lleva a reincidir en la antigualla que hoy inauguramos, trayendo aquí un acuerdo del Cabildo de la ciudad tomado el 6 de octubre de 1553… referente a la calle de las Cabezas: “Su señoría dio licencia a Rodrigo Alonso, jurado, para que pueda hacer una portada y poner siete cabezas, y que diga que son las de los siete infantes de Lara, y que es la calle de ellos; que para lo hacer se le dio licencia en forma, para que la pueda hacer sin pena alguna.” Ignoro si esa portada se hizo efectivamente, pero podemos asegurar que el intento del jurado Rodrigo Alonso no fue el que originó la aplicación de la leyenda a la calle en cuestión.
    Las palabras de Ambrosio de Morales referentes a la casa de las Cabezas con sus dos arquillos, nos dicen, según al comienzo expusimos, que el nombre remonta a tiempos muy anteriores en que se veían siete arcos, los siete con que la acertada restauración de hoy ha restituido esta olvidada calleja de la ciudad a un estado medieval que ya no era conocido en tiempo de Ambrosio de Morales.

    (…) Este rincón de vuestra hermosa ciudad encierra en su estrechez grandes y valiosos recuerdos, que se extienden sobre muy esenciales aspectos de la historia política y de la historia cultural de España a través de siglos y siglos.

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