La Real Academia de la Lengua es la decana de todas las Reales Academias, y por ello se la denomina por antonomasia “la Española».

LA TERTULIA DEL MARQUES DE VILLENA
El establecimiento de dicha institución se realizo en unas circunstancias históricas de encrucijada y de crisis para nuestro idioma castellano, porque a los naturales motivos de corrupción del lenguaje venía a sumarse con arrolladora fuerza la influencia de los gustos extranjerizantes que imponían al uso los cambios de la dinastía reinante.
La iniciativa de la fundación de la Academia se debió a don Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena, duque de Escalona, soldado aventurero en la guerra de Hungría y que cayó herido en el asalto del antiguo Budapest. Conoció prisiones y grillos extranjeros y la paz de Utrecht lo devolvió a España. Rehusó la mitra de Toledo que le ofreció el primer Borbón y se dedicó al cultivo de las letras en la biblioteca caudalosa de su palacio, en la plaza de las Descalzas Reales, donde celebraba frecuentemente tertulias con sus amigos eclesiásticos y gentes de garnacha. Esa peña de amigos fue la piedra angular de la Academia.

Pacheco expuso su iniciativa a Felipe V, quien con gran beneplácito dio verbalmente su inicial aprobación a la idea. La primera junta de fundación la celebró el marqués el 6 de julio de 1713 y concurrieron a ella un célebre cura de la parroquia madrileña de San Andrés, el bibliotecario mayor del rey, un coleccionista de libros americanos, un fraile mercedario, dos padres jesuitas y un oficial de la Secretaría de Estado. A partir de aquella fecha fueron celebrándose otras reuniones e incorporándose algunos nombres más, hasta el número de once, quienes se constituyeron en fundadores de la Real Academia Española.
La primera acta de esta fundación está fechada el 3 de agosto de 1713 y en ella consta el nombre del marqués de Villena como primer director de la Corporación, así como el acuerdo de solicitar que la licencia real de aprobación que verbalmente había otorgado Felipe V fuera confirmada por decreto escrito, petición que cumplimentó el rey con fecha del 3 de octubre de 1714.

EL LEMA DEL DUQUE DE MONTELLANO
El lema «Limpia, fija y da esplendor», leyenda que sobre un crisol al fuego denuncia la divisa institucional de la Real Academia Española, fue propuesta por don José Solís y Gante, duque de Montellano, y campea ya en la primera página de los estatutos impresos que otorgó en 1715 el rey Felipe V. En estos estatutos oficiales se fijó ya en 24 la cantidad de académicos numerarios, otros tantos posibles supernumerarios o aspirantes y honorarios.
En 1848 un real decreto firmado por el ministro Bravo Murillo, reformó los estatutos antiguos y aumentó a 36 las plazas efectivas de los académicos numerarios, con la supresión de los supernumerarios y reservando la categoría de honorarios para los extranjeros.

PERMISO PARA LEER LIBROS PROHIBIDOS
Desde un principio los académicos gozaron de las atribuciones otorgadas a la servidumbre de la Casa Real con permiso para adquirir y leer libros prohibidos. La Academia obtuvo también el privilegio de publicar sus libros y los de sus miembros sin previa censura, franquicia tanto más notable en aquellos tiempos cuanto que teólogos eminentes y hasta los mismos consultores del Santo Oficio o Inquisición habían de realizar gravosas tramitaciones. Los reyes sucesores de Felipe V siguieron dotando a la Real Corporación con singulares mercedes y licencias.

EL NUMERO DE ACADÉMICOS Y SUS SILLONES
Los veinticuatro académicos numerarios que establecieron los Estatutos de 1715 comenzaron a ocupar otros tantos sillones marcados con cada una de las letras mayúsculas de nuestro abecedario, con exclusión de las letras Ch, Ll, Ñ e Y. El sillón correspondiente a la letra X dejó de proveerse por real decreto del 26 de noviembre de 1926, a la muerte de su último poseedor, don Eugenio Selles, marqués de Gerona, fallecido el 12 de octubre de aquel año, y no fue provista la vacante hasta la elección d« don Rafael Sánchez Mazas el 1 de febrero de 1940, quien, por otra parte, no ha pronunciado todavía su discurso de ingreso en la corporación, circunstancia que también se da en el electo para el sillón «c», don Pedro Sainz Rodríguez, y en don Eugenio Montes, que fue elegido para ocupar el sillón «L» el 1 de febrero de 1940. Este sillón es el que quedó vacante a la muerte del insigne autor de la «Defensa de la hispanidad», don Ramiro de Maeztu.
Los sillones «J» y «H» están vacantes por defunción de don Julio Casares y de don Federico García Sanchiz, respectivamente. Y los sillones «M» y «H» fueron declarados vacantes por una orden ministerial del día 10 de mayo de 1940. El sillón «S», que perteneció a don Wenceslao Fernández Flórez, es la plaza que ha sido provista por la reciente elección de don Julián Marías. De modo que en estos momentos, entre los que han tomado posesión y los electos, la venerable institución cuenta con 32 académicos.
En 1848 se fijó el número de 36 para los académicos numerarios. Esos doce académicos, añadidos a los veinticuatro iniciales, ocuparon sillones marcados con las doce primeras letras minúsculas del abecedario.

SUPERSTICIONES
Son muy raras las expulsiones de la Academia, si bien se da el caso pintoresco de que don Manuel de Fuentes, que fue el iniciador, a fines de 1714, de los discursos de ingreso como expresión de gratitud y cortesía, sufrió el castigo de la expulsión por sus habituales faltas de asistencia a las normales sesiones académicas -—motivo que ya no suele aplicarse— y ello a pesar de haber sido el primer hombre que ofreció públicamente a la Academia sus personales demostraciones de exquisita gratitud.

Sobre los sillones existe su punta de historia supersticiosa. Así, por ejemplo, el sillón «J», que quedó vacante por la defunción se don Julio Casares, está considerado como el de la suerte porque ofrece la característica de haber tenido escasos poseedores: siete, en el transcurso de 251 años, y cuatro de ellos títulos de la nobleza de Castilla. Por el contrario, los sillones marcados con las letras «T» y «f», son considerados de mal agüero, trágico, pues contaron con diecisiete titulares el primero, y con siete, el segundo, este último, a partir de 1848, que fue cuando se instituyó. En el sillón «T» tuvieron su asiento, entre otros esclarecidos varones, los catalanes don Félix Torres Amat, Jaime Balmes y el cardenal Gomá así como el vizcaíno don Miguel de Unamuno. El de la letra «f» contó entre otras, con la presencia del padre Luis Coloma, el inolvidable autor de «Pequeñeces».
(Este artículo fue publicado en los años sesenta.)