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Tema: El famoso Discurso de las Armas y las Letras

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  1. #1
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    El famoso Discurso de las Armas y las Letras

    «DISCURSO DE LAS ARMAS Y LAS LETRAS»
    Su tradición procede del famoso discurso que, hablando de armas y letras, puso Cervantes en labios de Don Quijote:
    Hacían un alto en el camino. Estaba con él Sancho; muchos otros amigos, ilustres algunos, le acompañaban: el cura, el cautivo Cardenio, Marcela. Tenia sentada a su derecha la que supuso Infanta. La jornada, hasta aquellos momentos, fue dura. No pocos trabajos les rindieron, anochecía la hora, y atendían todos a reparar fuerzas en torno a una mesa, abastecida de vino y manjares. No daba muestras de necesitarlos Don Quijote. Embebecido con las «inauditas y sorprendentes » cosas que estaban pasándole, se le fue el santo al cielo, dio cara al tema y comenzó a hablar.

    Sancho Panza, puesto siempre en lo suyo, lamentaba que a su amo le diera por endilgar razones «en tanto —dice Cervantes— que los demás cenaban, olvidándose de llevar bocado a la boca; puesto que yo (Sancho) le había dicho que cenase; que después habría lugar para decir lo que quisiese».
    Por su parte el cura, habiéndole escuchado desde el principio hasta el final, sin perder sílaba, aseguró al hidalgo «que tenia razón, en todo cuanto había dicho en favor de las armas; y que él, aunque graduado y letrado, estaba del mismo parecer».
    Debió de sonreír Don Quijote, pagado con esto. Las damas con su presencia pagaron inspirándole. Y él cumplió entreteniendo al concurso, echando a volar sentencias, añadiendo a las almas quilates de precio.

    Cervantes, para explicar el hechizo con que atendían al hidalgo sus oyentes, dejó indicadas las dos leyes con llanas palabras cuando dice: «De tal manera y por tan buenos términos iba prosiguiendo en su plática Don Quijote que obligó a que por entonces ninguno de los que escuchándole estaban le tomasen por loco (evasión del poeta) antes como todos los más eran caballeros a quienes son anejas las armas (posición del poeta en la naturaleza de los demás) le escuchaban todos «de muy buena gana».

    En su "discurso de las armas y las letras" inclinó la balanza a favor de las armas, «porque el fin de las armas es—dijo—traer y mantener la paz entre los hombres; y, fuera de Dios, no cabe pensar en más alto fin».
    Don Quijote, lleva, como quien no quiere la cosa, el agua a su molino. El cura que le escucha acaba también acatando las razones del hidalgo en pro de las armas. Por mucho que digan las letras, «que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes...», las armas responderán «que las leyes no se podrán sustentar sin ellas (sin las armas), porque con las armas se defienden las repúblicas...»; etc.
    El razonamiento es magnífico en labios de Don Quijote, hijo de una civilización castrense que fue la forma organizada de aquellos siglos.
    El mismo Cervantes se fue quizá al otro mundo creyendo honradísimamente haber servido más a España en Lepanto que dejándole su obra inmortal.

    La armonía de las armas y las letras se realiza pausadamente, a impulsos del aura renacentista que, al ir aireando los tesoros de la antigüedad clásica, penetraba en los salones palatinos, donde los príncipes se dejaban leer los hechos homéricos de Troya, los relatos de Jenofonte, las aventuras de Ulises y Eneas, con todo el magnetismo poético de las paganas teogonías, y donde ellos mismos se buscan cronistas y eligen poetas que canten sus hazañas. Y si bien es cierto que los monarcas medievales fundaron las primeras Universidades, la fascinación ante las letras antiguas fue la determinante de la revolución humanista que inundó a Europa.

    El humanismo otorgó plena conciencia a los pueblos, y los que, como España, alcanzaron en aquella sazón su cénit geopolítico, descubrieron los grandes filones de una cultura universal, filtrada luego en los propios cauces de su destino histórico. Por eso nuestro gran Nebrija, al ofrecer su «Arte de la lengua castellana» a la reina Isabel, presintió y consideró que siempre la lengua fue compañera del Imperio.

    Cuando Menéndez Pelayo, como un coloso juvenil, levantó él solo la montaña de «La ciencia española», nos descubrió horizontes que ya parecían definitivamente cegados al perder España el rumbo histórico de su destino. A la pujanza del siglo XVI, a la áurea decadencia del XVII, siguieron la desintegración extranjerista del XVIII y la postración del XIX, donde unas cuantas voces esporádicas —Balmes, Donoso, fray Ceferino González y un poco más adelante el genial don Marcelino — trataron de restaurar el antiguo humanismo español, escépticamente relegado por los filisteos intelectuales de la Institución Libre de Enseñanza.

    En aquella coyuntura dolorosa llegó la generación de Franco, la de José Antonio, la de Ramiro. El Alzamiento del 36 no fue sino una consecuencia en las armas de lo que ya hace mucho tiempo estaban avisando las letras. La antigua armonía se había perdido. No ya el famoso discurso cervantino, sino al propio Don Quijote se le pretendió haber enterrado para siempre.
    Una de las consecuencias espirituales del Movimiento se manifestó en la avidez poética hasta el misticismo con que trató de recobrar para el individuo la más plena conciencia de su ligazón a la Patria.

    La proclamación del hombre como portador de valores eternos sería nula sin el reencuentro de su propio destino histórico, ligando en una noble consigna lo efímero y relativo de un acontecer temporal con el inmanente destino de un alma y de una Patria. Acción doctrinal, acción educadora, inspirada en las constantes históricas y tradicionales del pueblo español.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  2. #2
    Avatar de Hyeronimus
    Hyeronimus está desconectado Miembro Respetado
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    Respuesta: El famoso Discurso de las Armas y las Letras

    Capítulo [*] XXXVIII+
    Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras
    Prosiguiendo don Quijote, dijo:
    —Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es más rico el soldado, y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca [1], o a lo que garbeare por sus manos [2], con notable peligro de su vida y de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa [3], y en la mitad del invierno se suele [*] reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa [4], con solo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere [*] que llegue la noche para restaurarse de todas estas incomodidades en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de estrecha: que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas. Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su ejercicio [5]: lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas [6], para curarle algún balazo que quizá le habrá pasado las sienes o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y cuando esto no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba y que sea menester que suceda uno y otro rencuentro [7], una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello [8]: ¿cuán menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda habéis de responder que no tienen comparación ni se pueden reducir a cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tres letras de guarismo [9]. Todo esto es al revés en los letrados, porque de faldas (que no quiero decir de mangas [10]) todos tienen en qué entretenerse [11]. Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio. Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados que a treinta mil soldados, porque a aquellos se premian con darles oficios que por fuerza se han [*] de dar a los de su profesión, y a estos no se pueden [*] premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven, y esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la preeminencia de las armas contra las letras [12], materia que hasta ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán [*] sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan [*] los mares de cosarios [13], y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar [*] en más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos [*] de cabeza [14], indigestiones de estómago y otras cosas a éstas adherentes [15], que en parte ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el [*] estudiante, en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado que, hallándose cercado en alguna fuerza [16] y estando de posta o guarda en algún revellín o caballero [17], siente que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? Solo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna contramina [18], y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si este parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventaja [*] el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso [*], las cuales enclavijadas y trabadas no le queda al soldado más espacio del que concede [*] dos pies de tabla del espolón [19]; y con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y con [*] todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita [20], se pone a ser blanco de tanta arcabucería [21] y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si este también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes [*]: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería [22], a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba [*] en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos [23]. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño [24] me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.


    Todo este largo preámbulo [25] dijo don Quijote en tanto que los demás cenaban [*], olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le había dicho Sancho Panza que cenase [*], que después habría lugar para decir todo lo que quisiese. En los que escuchado le habían sobrevino nueva lástima de ver que hombre que al parecer tenía buen entendimiento y buen discurso en todas las cosas que trataba [*], le hubiese perdido tan rematadamente en tratándole de su negra y pizmienta [*] caballería [26]. El cura le dijo que tenía mucha razón en todo cuanto había dicho en favor de las armas, y que él, aunque letrado y graduado [27], estaba de su mesmo parecer.

    http://www.cvc.cervantes.es/obref/qu...38/default.htm

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