Bagdad / Madrid, 30 diciembre 2006. El presidente de Iraq, Sadam Huseín, fue ahorcado hoy entre las 05:30 y 05:45 hora local (03:30 y 03:45 hora peninsular española), según la oficina del primer ministro del gobierno colaboracionista iraquí.
Parece que los dos asesores de Sadam Huseín, su hermanastro Barzan al Tikriti y el juez Auad al Bandar, que fueron condenados también a muerte en el mismo simulacro de juicio a que fue sometido el presidente, no han sido ejecutados aún. Siguen prisioneros de las tropas estadounidenses, y los colaboracionistas anuncian su muerte para los próximos días.
Con un Iraq devastado, en plena guerra civil, saqueados sus tesoros arqueológicos, diezmadas las comunidades cristianas, controlada su producción de petróleo por las grandes multinacionales, la muerte (con el particular ensañamiento que supone la horca) del único dirigente que supo dar estabilidad al país y lo convirtió en un valladar contra los agresivos regímenes mahometanos --sunitas en Arabia Saudita y chiitas en Irán-- de la región, se convierte en un símbolo atroz de la destrucción total que el Nuevo Orden Mundial preconiza para quienes osen proteger su independencia, y del grado de infamia a que los sionistas y neocon (secundados por la estulticia de los biempensantes de todo signo y latitud) han reducido las relaciones internacionales.
Único país de la OPEP que había aplicado al bien común los ingresos por sus grandes recursos petrolíferos, cuando se desató la guerra contra Iraq, en 1991, el país gozaba de un sistema público de asistencia sanitaria comparable al francés (según datos de la OMS), un sistema de enseñanza único en su región, y varios miles de estudiantes en universidades extranjeras, becados por el Estado iraquí; lo que por sí solo desmiente el carácter totalitario y represivo que comúnmente se atribuye al régimen baasista que Sadam Huseín encabezaba.
Los cristianos gozaban de completa libertad de culto y enseñanza y de una posición privilegiada en el Gobierno y las Fuerzas Armadas; situación única en un país de mayoría mahometana. El papel de la mujer era comparable a las sociedades occidentales.
Todo ello ha desaparecido en el Iraq, primero sitiado y asfixiado y ahora ocupado por una fuerza multinacional, encabezada por los EE.UU., que ha auspiciado la proclamación de una constitución que consagra el integrismo mahometano como fundamento y práctica legal.
El papel de los Gobiernos españoles en este proceso no ha podido ser más vergonzoso. A pesar de las excelentes relaciones que hasta entonces había entre Iraq y España, muy ventajosas para los intereses de ambos, en 1991 el Gobierno socialista de Felipe González secundó abiertamente la agresión contra Iraq, convirtiendo a la Península Ibérica en el gran portaaviones y suministrador de los bombardeos que devastaron aquel país. Años después, el Gobierno del PP encabezado por José María Aznar participó directamente en la ocupación; más recientemente, el Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, tras el gesto vergonzante y demagógico de retirar las tropas de allí, hizo a la Armada española participar en ataques y bombardeos.
Contra todo ello ha protestado una y otra vez el Carlismo. Cuando el Rey legítimo esté reinando en Madrid, se pondrá fin a tanta infamia. Mientras tanto, aunque haya muerto fuera de la Iglesia, rogamos una oración por Sadam Huseín. Quién sabe qué medios haya podido arbitrar la misericordia de Dios todopoderoso.
La Santa Causa, edición impresa
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