Revista FUERZA NUEVA, nº117,5-4-1969
COMO ESTABA PREVISTO
Por Blas Piñar
Quienes presionaron a España desde un alto organismo internacional, y quienes en nuestro país se mostraron dóciles a la presión, “condenando” a la independencia a dos provincias españolas situadas en el continente africano, tendrán que hacerse, a la hora en que escribo estas líneas (1969), muy graves reflexiones. Río Muni y Fernando Poo vivían felices. Habían alcanzado un nivel de vida envidiable. El contribuyente peninsular colaboraba en ese ritmo creciente de desarrollo con sumas importantes, por medio de la aportación presupuestaria directa o la compra de productos originarios de la zona a precios con prima, superiores a los del mercado internacional.
La ventolera anticolonialista, saltando el mundo de las realidades y de los sentimientos, impuso su abstracta ideología, sus principios radicales, e inmoló al fetiche de la independencia, el bienestar, el orden y el progreso de la región querida y admirada, en la que, además, muchos españoles de raza blanca habían dejado esfuerzos e ilusiones, trabajo y esperanzas.
Hubo que saltar por encima de la ley, desprenderse de tierras sobre las cuales ejercimos la soberanía, integradas, como provincias, en la unidad indestructible y constitucionalmente proclamada, de la nación española. Los guineanos eran españoles, tan españoles como los santanderinos o los madrileños. Los guineanos eran españoles, porque para nosotros el color de la piel no es un índice discriminador. Los guineanos, como yo mismo, eran españoles, “una de los pocas cosas serias que se puede ser en el mundo”.
Esta españolía, de la que tantos hombres de Guinea se vanagloriaban, se puso sobre el tapete, se transigió sobre ella y, con ella, se jugó a los dados de una votación absurda y se comprometió antes en unas conversaciones diplomáticas.
La independencia fue anunciada a bombo y platillo, con un lenguaje que me permití bautizar con unas palabras un poco hirientes: las de “triunfalismo liquidador”. Desde aquella fecha -un histórico 12 de octubre (1968)- han pasado muy pocos meses, pero los necesarios para que impere el caos donde antes reinaba la paz.
Los discursos del presidente Macías, intolerables por su tono y por su contenido, las apetencias de poder de las distintas facciones, la situación difícil de las escasas fuerzas españolas que continúan en el territorio de las antiguas provincias, los incidentes multiplicados que se venían sucediendo con rapidez vertiginosa y con amplitud cada día más grave, han llevado a la Guinea Ecuatorial al estado de confusión que ahora nos toca lamentar y que resulta del todo imposible remediar.
Los barcos y los aviones vienen atestados de gentes que huyen, abandonándolo todo, que llegan con lo puesto y dando gracias a Dios de haber escapado de un hervidero de pasiones en el que la vida carece de respeto. Los augurios facilones de un porvenir sonrosado se han hundido en un santiamén para los que amamos a Guinea, para los que hemos seguido con detenimiento las distintas fases de su “descolonización” y hemos procurado que nuestras advertencias fueran oídas, este descarrilamiento bañado en sangre, aunque no nos coge de sorpresa, da testimonio de cuanto habíamos pronosticado.
El pronóstico, por otra parte, no era difícil. Hacía falta muy poca sagacidad para no prever lo que iba a ocurrir y, desgraciadamente, lo que ocurrirá de ahora en adelante. Ni demográfica, ni geográfica, ni económicamente era factible la independencia. Los ejemplos de otros países africanos, en los que lucha civil se ha hecho endémica o donde la inestabilidad política es el tono habitual de su conciencia histórica, deberían haber abierto los ojos a los instigadores sin piedad del desgajamiento de España de Río Muni y Fernando Poo, y a quienes negociaron y, en definitiva, lo impusieron entre nosotros.
Sería aleccionador publicar los discursos de nuestros hermanos de color que durante las negociaciones en Madrid y en los debates de la ONU se opusieron a la independencia o presentaron fórmulas en las que, salvada la autonomía interior, ya reconocida por España, quedaba firme la soberanía o vinculación a la Patria, cuya unidad habían jurado mantener algunos de ellos como procuradores en Cortes o consejeros nacionales del Movimiento.
España se doblegó; la maza internacional, ciega y aséptica, a la que no importan los hombres de carne y hueso, aun cuando hable en términos ampulosos de “la humanidad”, se impuso contra la voluntad de los guineanos y con la pasiva aquiescencia de los españoles. En nuestro más alto órgano legislativo se contaron con los dedos los votos de protesta, y los discursos grandilocuentes tuvieron como corona una salva de aplausos que quizá en estos días quemen la piel y la conciencia de algunos.
A este paso, de España quedará muy poco en aquel rincón lejano en la distancia y próximo en el amor, del golfo de Biafra. Otras potencias que saben jugar con otro género de colonialismo se hallan al acecho o tienen ya sus cabezas de desembarco listas para apoderarse de lo que allí hicimos con generosidad y con largueza durante muchos años.
Da pena escribir sobre algo que nos duele en carne viva y sobre todo, cuando una noble nación como la portuguesa sabe mantenerse firme (1969), despreciando los huracanes, que un día terminarán, de la furia descolonizadora.
Los españoles que huyen de Guinea, los guineanos que aman a España, no obstante nuestro abandono, conocido con el nombre de independencia, se preguntarán asombrados y sin dar con una contestación adecuada: ¿Por qué? ¿Para qué?¿A cambio de qué?
La ONU ha vuelto a “cubrirse de gloria”. España se ve envuelta en un asunto enojoso y de no fácil solución. Muchos españoles sufren a consecuencia de una política mezclada de ingenuidad y de indolencia. (…)
Blas PIÑAR
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