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Honores2Víctor
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Tema: ¿Soberanía popular?

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    ¿Soberanía popular?

    ¿Soberanía popular?

    En una cierta continuación con la entrada anterior, donde criticábamos el papel meramente democratista de las Conferencias Episcopales, publicamos ahora las citas bíblicas y pontificias sobre el origen no-popular de las autoridades. Agradecemos al amigo que nos envía este texto, tan fundado que sirve de eficaz antídoto contra los delirios episcopales
    _____________________
    Por mí reinan los reyes…; por mí mandan los príncipes y gobiernan los poderosos de la tierra. (Proverbios, 8, 15-16.)
    Escuchad vosotros, los que imperáis sobre las naciones…; porque el poder os fue dado por Dios y la soberanía por el Altísimo. (Sabiduría, 6,3-4).
    Dios dio a cada nación un jefe. (Eclesiástico, 17. 4).
    No tendrías poder alguno sobre Mí si no te fuera dado de lo alto (Nuestro Señor Jesucristo a Pilatos, Juan, 19, 11).
    Toda persona esté sujeta a las potestades superiores; porque no hay potestad que no provenga de Dios y Dios es el que ha establecido las que hay. Por lo cual, quien desobedece a las potestades, a la ordenación de Dios desobedece. De consiguiente, los que desobedecen, ellos mismos se acarrean la condenación. (Epístola a los romanos. 13, 1-2).
    Confesamos que el poder les viene del cielo a los emperadores y reyes. (San Gregorio Magno, Epístola. 11, 61).
    Pero en lo tocante al origen del poder político, la Iglesia enseña rectamente que el poder viene de Dios. (León XIII, Encíclica Diuturnum Illiud)
    Por el contrario, las teorías sobre la autoridad política, inventadas por ciertos autores modernos, han acarreado ya a la humanidad serios disgustos, y es muy de temer que, andando el tiempo, nos traerán mayo- res males. Negar que Dios es la fuente y el origen de la autoridad política es arrancar a ésta toda su dignidad y todo su vigor. En cuanto a la tesis de que el poder político depende del arbitrio de la muchedumbre, en primer lugar, se equivocan al opinar así. Y, en segundo lugar, dejan la soberanía asentada sobre un cimiento demasiado endeble e inconsistente. Porque las pasiones populares, estimuladas con estas opiniones como con otros tantos acicates, se a1zan con mayor insolencia y con daño de la república se precipitan, por una fácil pendiente, en movimientos clandestinos y abiertas sediciones. (León XIII, Encíclica Diuturnum Illud).
    Por consiguiente, es necesaria en toda sociedad humana una autoridad que la dirija. Autoridad que, como la misma sociedad, surge y deriva de la naturaleza y, por tanto, del mismo Dios que es su Autor. De donde se sigue que el poder público, en sí mismo considerado, no proviene sino de Dios, que es su autor. Sólo Dios es el verdadero y supremo Señor de todas las cosas. Todo lo existente ha de someterse y obedecer necesariamente a Dios. Hasta tal punto, que todos los que tienen el derecho de mandar, de ningún otro reciben este derecho sino de Dios Príncipe supremo de todos. (León XIII, Encíclica Immortale Dei).
    La naturaleza enseña que toda autoridad, sea la que sea, proviene de Dios, como de suprema y augusta fuente. La soberanía del pueblo, que, según aquellas, reside por derecho natural en la muchedumbre independizada totalmente de Dios, aunque presenta grandes ventajas para halagar y encender innumerables pasiones, carece de todo fundamento sólido y eficacia substantiva para garantizar la seguridad pública y mantener el orden en la sociedad. (León XIII, Encíclica Immortale Dei).
    El Sillon coloca primordialmente la autoridad pública en el pueblo, del cual deriva inmediatamente a los gobernantes, de tal manera, sin embargo, que continúa residiendo en el pueblo. Ahora bien, León XIII ha condenado formalmente esta doctrina en su encíclica Diuturnum illud sobre el poder político, donde dice: "Muchos de nuestros contemporáneos, siguiendo los huellas de aquellos que en el siglo pasado se dieron a sí mismos el nombre de filósofos, afirman que toda autoridad viene del pueblo; por lo cual, los que ejercen el poder no lo ejercen como cosa propia, sino como mandato y delegación del pueblo, y de tal manera que tiene rango de ley la afirmación de que la misma voluntad que entregó el poder puede revocarlo a su antojo. Muy diferente es en este punto punto la doctrina católica, que pone en Dios. como en su principio natural y necesario, el origen de la autoridad política" (1). Sin duda el Sillon hace derivar de Dios esta autoridad que coloca primeramente en el pueblo, pero de tal suerte que la "autoridad sube de abajo hacia arriba, mientras que, en la organización de la Iglesia, el poder desciende de arriba hacia abajo" (2). Pero, además de que es anormal que la delegación ascienda, puesto que por su misma naturaleza desciende, León XIII ha refutado de antemano esta tentativa de conciliación de la doctrina católica con el filosofismo. Porque prosigue: "Es importante advertir en este punto que los que han de gobernar el Estado pueden ser elegidos en determinados casos por la voluntad y el juicio de la multitud, sin que la doctrina católica se oponga o contradiga esta elección. Con esta elección se designa el gobernante, pero no se le confieren los derechos del poder. Ni se entrega el poder como un mandato, sino que se establece la persona que lo ha de ejercer" (3). (San Pío X. Carta Notre charge apostolique).
    Porque, desde el momento que se quiso atribuir el origen de toda humana potestad no a Dios, Creador y dueño de todas las cosas, sino a la libre voluntad de los hombres, los vínculos de mutua obligación que deben existir entre los superiores y los súbditos se han aflojado hasta el punto de que casi han llegado a desaparecer. (Benedicto XV, Encíclica Ad Beatissimi).
    (1) León XIII. Diuturnum illud
    (2) Marc Saguier, Discours de Rouen (1907)

    (3) León XIII. Diuturnum illud

    SANTA IGLESIA MILITANTE

  2. #2
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    Re: ¿Soberanía popular?

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    Reino de Granada: La soberanía y el derecho de los reyes

    La Soberanía en el terreno moral es la representación de la justicia y providencia infinitas, y en el material la personificación del poder supremo del Estado. (...)


    La Soberanía es o constituyente, o constituida; la primera reside en la humanidad, en la nación, y la segunda puede residir en el rey o en el pueblo.

    Es indudable que antes de constituirse un Estado, o cuando por cualquier causa deja de estar constituido, la Soberanía no es privilegio de ningún individuo, reside en la universalidad, que pasa por derecho propio a constituirse.

    Una vez constituido, cesa de hecho y de derecho la soberanía constituyente para dejar su ejercicio al pueblo, si se la ha reservado, o al rey, si a él se la han transmitido.

    De este punto nace el llamado derecho divino de los reyes, tan atacado por no ser comprendido; si la doctrina del cardenal Belarmino y la de los PP. Suárez, Mariana y otros, fuesen conocidas, y estudiadas con buena fe, se vería lo absurdo de los cargos que se han hecho a este mal definido derecho divino.

    No se pretende, como calumniosamente afirman muchos, que el derecho de los reyes venga directamente de Dios, pues lo reciben inmediatamente del pueblo; se sienta sí, que desde el momento en que una dinastía ha recibido de la nación la soberanía constituida, al ejercerla como emanación de la justicia y providencia de Dios, que es el origen de todo poder, lo hace por derecho propio, no por delegación del pueblo, que ha obrado solo como transmisor. La nación desde que ha cesado el período constituyente y ha trasladado al rey la soberanía constituida, deja de ser soberana, y el rey deja de ser delegado del pueblo en el sentido estricto de la palabra, porque este no tiene ya nada que delegarle o transmitirle.

    Y tanto es así, como que al separarse el monarca de las leyes de justicia eterna y al convertirse en tirano, se hace indigno de esta soberanía, de la cual se le llega a privar, absolviendo la Iglesia a los súbditos del juramento de fidelidad.




    D. Luis María de Llauder (1837-1902) , director de
    El Correo Catalán y fundador de La Hormiga de Oro



    Extraído de El desenlace de la Revolución Española, por Luis María de Llauder (Barcelona, 1869)
    Hyeronimus y Montealegre dieron el Víctor.
    Militia est vita hominis super terram et sicut dies mercenarii dies ejus. (Job VII,1)

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