¿Es posible una geopolítica para España? (I)
7 11 2012Source: viajejet.com
La geopolítica relaciona la actuación de un Estado, u otro ente con alguna relevancia territorial, con las circunstancias geográficas que lo condicionan. Que la geografía imponga ciertos condicionantes de obligada observancia a la política es una afirmación que debería parecer obvia. Y, sin embargo, quizá por casar incómodamente con una concepción puramente voluntarista de la política, esta obviedad está siendo eludida en la práctica de la política exterior española. La historia demuestra que la geopolítica está más allá de los gobiernos y de las ideologías, que existen unas líneas generales que ―mientras no cambie la geografía, cosa improbable pero no imposible― permanecen constantes en el tiempo. Tanto Richelieu como Napoleón comprendieron que el afianzamiento de Francia como primera potencia continental dependía del fraccionamiento de los pequeños Estados alemanes, a cuya costa podrían ampliar el territorio francés una vez roto el cordón hispánico que abarcaba desde los Países Bajos hasta Milán. El equilibrio europeo, obsesión constante de Inglaterra, era la condición necesaria para que ésta pudiera buscar su prosperidad en el mar: todas sus posesiones coloniales estuvieron orientadas hacia esta vocación marítima. Y Rusia, tanto zarista como soviética, imbuida desde su génesis moscovita de un particular sentido de misión, hizo del “expansionismo mesiánico” ―en palabras de Kissinger― su razón de ser: primero a la sombra de la Ortodoxia, luego de la Internacional. Estamos acostumbrados a oír ―principalmente en la retórica parlamentaria― hablar de España como un “proyecto”, como una página en blanco sobre la que los españoles “hemos de decidir”. Este tipo de lenguaje, más adulador que pragmático, distorsiona sensiblemente nuestra percepción de la realidad política, inflando el papel que en ella tiene la voluntad y silenciando el de los irrefragables límites que impone, como es natural, el objeto sobre el cual se vierte esta voluntad. Esto hace imposible comprender, entre otras cosas, la naturaleza de la geopolítica, que en gran medida se escapa de nuestra capacidad de decisión. ¿Por qué? La Iglesia enseña que las obligaciones hacia la patria están comprendidas en el cuarto mandamiento: «honrarás a tu padre y a tu madre». No se trata de una figura retórica que compara a los padres de cada uno con una gran “madre patria” de todos, sino de la lógica extensión del deber de piedad filial: honrar a los ascendientes, a esa cadena genealógica que se remonta más allá del recuerdo, implica respetar la obra que nos han legado. Aquélla que cada generación, una tras otra, ha recibido de la anterior para beneficiarse de ella, para perfeccionarla, y para a su vez transmitirla a la siguiente. Es la dinámica de la civilización: el progreso que se perpetúa mediante la tradición. Honrar a los padres implica honrar esa tradición acumulada que es, en suma, la patria. El cuarto mandamiento nos recuerda, a través de este solemne deber, una realidad bien evidente: que la patria, cuando nacemos, nos viene dada. El “proyecto” ya existe, y todo el trabajo que pueda hacer una generación tiene que partir de él como realidad. La geopolítica, por tanto, no es algo que pueda ser dictado libremente por cada gobierno o por cada régimen. La continuidad, implícita en la definición de patria, es esencial para la desenvoltura e incluso para la misma existencia de cualquier comunidad política, y por tanto las autoridades que la rigen deben tenerla muy presente en los múltiples niveles de su actuación. Para la geopolítica, que conforma uno de estos niveles, esta necesidad de continuidad se hace aún más palpable por su estrecha unión con el territorio, que cambia muy poco con el tiempo. Del mismo modo que la tienen Francia, el Reino Unido y Rusia ―por citar sólo algunos ejemplos emblemáticos―, ¿tiene España una geopolítica? No toda política exterior es geopolítica Tiene una política exterior, sin duda. Y ésta persigue los “intereses de España”: es decir, el gobernante que la establece juzga que ha de servir para algo. Ahora bien, si esta política exterior no constituye una geopolítica acertada, congruente con nuestras condiciones geográficas, lo más probable es que los “intereses” que se persigan no sean los de España como patria, sino como “proyecto”: esto es, el que tenga el político de turno. Hay tantas políticas exteriores como “proyectos”, pero geopolítica coherente sólo hay una. Estas volubles políticas pueden ser electoralmente rentables, incluso pueden satisfacer intereses particulares legítimos, pero siempre serán inútiles e incluso perjudiciales para el futuro, porque carecen de la indispensable continuidad: no contribuirán al bien común. Es decir, no serán auténtica política. Congraciarse con el poderoso puede asegurar una tranquilidad en el presente, una sensación de subirse al carro del vencedor, pero se destinarán preciosos esfuerzos y recursos para cultivar huertos ajenos, descuidando el propio. Es la política de protectorado. Cabe preguntarse si nuestras recientes aventuras militares, incorporándonos a los tradicionales intereses geopolíticos anglo-estadounidenses, no responden a este espíritu. ¿Cuál debe ser, entonces, la geopolítica de España? Sus líneas generales hay que buscarlas, irremediablemente, en la historia. Porque decir patria es decir historia: en su estudio apreciamos esta continuidad generacional que hace posible la comunidad política con la que, de súbito, nos encontramos al nacer. Pero no en un estudio de museo, sino en la tradición viva que llega hasta nuestros días: es decir, se trata de observar el presente y preguntarse cuáles son los elementos que vertebran la historia de España, articulan su continuidad, y permiten su supervivencia, y cuáles, al contrario, son accidentales y por tanto infructuosos o destructivos. Cuando la patria se convierte en “proyecto” maleable a capricho, rompe el cordón vital con el pasado para depender exclusivamente del presente, para seguir existiendo ―mientras dure― sólo por inercia.
GIN
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