Fuente: ¿Qué Pasa?, Número 8, 20 Febrero 1964. Página 17.
LA AMISTAD JUDEO-CRISTIANA Y MENDIZABAL
Por Mauricio Carlavilla
En aquel coloquio celebrado en el convento de las monjas de Nuestra Señora de Loreto, aludido por ¿QUÉ PASA? en su primer número y del cual no lográramos, en su tiempo, conocer ninguna referencia oficial, una verbal y fidedigna nos hace saber lo siguiente:
Un señor tal, abogado; de los de Munich, «ignorado» para las autoridades y miembro del Consejo de Administración de uno de los «Grandes», de un Banco «grandísimo», que es, sin duda, de Rothschild Hermanos y Compañía; ese señor tal, que figuraba en la mesa presidencial de la Amistad Judeo-Cristiana en el acto, peroró una gran apología del judío Juan Álvarez Mendizábal, el de la desamortización, el del robo de los bienes de la Iglesia española, haciendo su apología precisamente por el robo que perpetró.
El público del coloquio, compuesto en gran parte por sacerdotes y religiosas, no rechistó; tampoco el moderador del acto, señor Sánchez Cantón, presidente de la Academia de la Historia, que, al parecer, se limitó a dolerse de que la expoliación del judío Mendizábal ocasionó una gran merma del tesoro artístico nacional, pues numerosas joyas de nuestra pintura, pilladas en los conventos, atravesaron las fronteras y aún están en museos y en manos extranjeras; pero de lo esencial, de lo esencialísimo, nada opuso el insigne presidente de nuestra Academia.
Sólo unas frases de Menéndez Pelayo para refrescar la memoria de religiosos, religiosas y laicos:
Mendizábal pertenecía a la «heterodoxia ignara, legal y progresista» … «La Revolución buscaba su hombre y lo encontró al fin en la persona de don Juan Álvarez Mendizábal» (Hist. Heterodoxos, VII, p. 231). «El más eminente de los revolucionarios, el único que dejó obra vividera, el hombre inculto y sin letras, que consolidó la nueva idea y creó un país y un estado social nuevos, no con declaraciones ni ditirambos, sino halagando los más bajos instintos y codicias de nuestra pecadora naturaleza, comprando defensores del Trono de la Reina (Isabel II) por el fácil camino de infamarlos antes, para que el precio de su afrenta fuera garantía y fianza segura de adhesión a las nuevas instituciones; creando, por fin, con los partícipes del saqueo, clases conservadoras y elementos de orden, un orden algo semejante al que se establece en un campo de bandidos, donde cada cual atiende a guardar su parte de la presa y defenderla de las asechanzas del vecino» (VII, 231).
No vamos a intentar siquiera glosar, ni menos mejorar, esa lección ético-patriótica del maestro Menéndez Pelayo. Sólo nos permitiremos recordar unos rasgos histórico-biográficos del judío Mendizábal –judío, señores; Disraeli dixit, Borrow dixit, Conte dixit, etc., etc.– para recuerdo de amnésicos, para memoria de historiadores, para escarnio de cómplices, sean religiosos o laicos.
Es Mendizábal el cerebro y fautor principal de la traidora rebelión de Cabezas de San Juan (Alcalá Galiano, su cómplice, arrepentido luego, dixit: Memorias de un anciano); de la rebelión que costará a España su Imperio. De cuya traición es Mendizábal el financiador, con dinero de los Rothschild y del Intelligence Service británico.
Es Mendizábal el hombre del gran complejo Rothschild-Masonería-Intelligence, una especie de ministro universal del partido progresista-masónico, que acaba con la monarquía tradicionalista en Portugal.
Es Mendizábal, valet, hecho millonario por Nathan Rothschild, quien recluta y paga con el dinero rothschildiano las Brigadas Internacionales anglo-franco-portuguesas que vienen a luchar contra los guerreros de la Tradición carlista.
Es Mendizábal, ese retratado por Menéndez Pelayo, el comprador, con bienes robados, de las conciencias…, formando con los comprados el Partido Liberal y el Liberal-Conservador, progenitores de los revolucionarios, incluso del anarquismo español.
Y hasta su judaica ralea sigue la línea de su progenitor:
El militar Borrero y Álvarez Mendizábal, ayudante y Ninfa Egeria del general Aguilera, con Galán y Perea (ése de Argelia) es quien fragua la masónica conspiración de la «Noche de San Juan» contra Primo de Rivera. Coautores: Romanones, Weyler, Marañón, con los anarquistas-masones Quemades (hoy presidente de izquierda republicana), Quintanilla (Grado 33), verdadero dirigente de la Revolución de Octubre, del atraco al Banco de España de Gijón, etc., etc. Y también este Borrero y Álvarez Mendizábal es el primer jefe superior de Policía de la República en Madrid; el sordo a las llamadas de las comisarías cuando las incendiarias y sacrílegas masas masónicas-comunistas-anarquistas incendian templos y conventos y escarnecen a Dios en su Sacramento. (Telefonemas oficiales cantan.)
¡Ah! Se me olvidaba. Rogamos al señor Sánchez Cantón que busque en el archivo de su Academia de la Historia y nos diga los pocos miles de reales por los que se quedó Mendizábal con la Huerta de Recoletos –entonces extramuros de Madrid–, cuya superficie era la del actual Barrio de Salamanca. Y, como gran historiador, que nos diga si fue casualidad o jugada que la urbanización y ensanche decretado por los correligionarios progresistas del dueño de la Huerta provocaran aquella tan fabulosa plus-valía…
Podríamos seguir, pero hagamos punto final.
Dejemos a Mendizábal reposar sobre la losa triangular en compañía de los dos grandes maestres, Argüelles y Calatrava, en el Panteón de Hombres «Ilustres».
Pero recordemos a esos sacerdotes mudos y a esas ingenuas monjitas de Nuestra Señora de Loreto, cuya caridad se explota para cantar las glorias de quien fuera un día el judío más traidor a España, el más ladrón de la Iglesia y cuya obra causó más daños a la Religión y motivó más asesinatos de religiosos españoles; recordémosles que, si Mendizábal gobernase hoy, ese edificio religioso, que los católicos les construyeron con su dinero para tan píos fines, les sería expropiado…, a pesar de que ese señor tal del Banco «grande», «grandísimo» hubiese cantado, instalado en él, las glorias políticas e históricas del gran expoliador.
Inútil, seguramente, nuestra advertencia.
No hay peor sordo que el que no quiere oír.
Marcadores