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Apuntes para una crisis (XIV): Infiltrar, controlar, desactivar

29 de Septiembre de 2007 - 12:31:13 - Luis del Pino

¿Quién quema retratos de los Reyes?

La respuesta a esa pregunta es: ¿y qué más da? Lo que verdaderamente importa no es quién quema los retratos de los Reyes, sino quién paga a los que los queman. En otras palabras, la pregunta verdaderamente relevante es: ¿quién ha puesto en marcha esa campaña y qué objetivos espera conseguir?

Ya advertí en un artículo anterior que los Servicios del Estado tenían información puntual de lo que iba a ocurrir en Gerona, cuando se produjo la quema del primer retrato. A pesar de lo cual no se impidió. Para entender qué está pasando, y qué puede llegar a pasar, es necesario primero comprender algunos aspectos importantes del funcionamiento y objetivos de los Servicios del Estado españoles.

Permítanme que plantee la cuestión comenzando por una pregunta aparentemente irrelevante. ¿Se ha preguntado usted alguna vez por qué no existe una extrema derecha en España? ¿Es que acaso la extrema derecha española está formada por personas con menor capacidad organizativa que en otros países o en otras partes del propio espectro político español?

La respuesta es que la extrema derecha no existe en España porque el Estado lleva treinta años dedicando una ingente cantidad de recursos a evitar que pueda llegar a existir. Los servicios de información de la Policía o del CNI han dispuesto de abundante personal específico y de los suficientes medios como para controlar todo lo que se movía a la derecha de Alianza Popular, primero, y del Partido Popular, después. Dentro de la Policía funcionaron, desde finales de los 70, la Brigada Antigolpe y la Brigada de Involución, brigadas en las que, por cierto, jugaron un papel relevante algunos de los mandos policiales cuyos nombres aparecen después en las investigaciones del 11-M. El CNI, por su parte, no escatimó esfuerzos para la infiltración en las extremas derechas de distinto pelaje que han pululado por el panorama político de nuestro país. Por decirlo de manera jocosa, si la extrema derecha no existe en España es porque cinco de cada cuatro afiliados a grupúsculos de extrema derecha trabajan para los propios Servicios del Estado.

Esa tarea de infiltración fue dirigida, desde el principio, a dos objetivos distintos: obtener información sobre los distintos grupos de extrema derecha y asegurar su no consolidación en un partido que pudiera tener una mínima posibilidad de representación parlamentaria. La manera de garantizar que no apareciera una opción electoral sólida de extrema derecha consistió en ir dinamitando desde dentro los grupos existentes, provocando una atomización que, en la práctica, equivale a dejar reducidas a la nada sus aspiraciones electorales. El caso más evidente es el de Falange, donde se indujeron desde fuera escisiones, escisiones de las escisiones y escisiones de las escisiones de las escisiones, hasta conseguir que existieran no menos de media docena de "Falanges" de distintas especies. Lo mismo ha sucedido con los partidos de corte neonazi o con los de orientación lepenista.

Dinamitar desde dentro cualquier grupo que represente una amenaza es sencillo. Cuanto más bunkerizada está una formación política, cuanto más radicales son sus planteamientos, cuanto más antisistema es su discurso, más sencillo resulta aprovechar las debilidades humanas para provocar enfrentamientos personales, luchas por el mando o discusiones puristas sobre los "principios" del partido. Ni siquiera hace falta, en realidad, aprovechar las debilidades de ese grupo que ha sido infiltrado: ¿qué impide, por ejemplo, que dos de tus agentes infiltrados se enzarcen en una lucha ficticia y la disfracen de enfrentamiento ideológico? Esa lucha ficticia, provocada ex-profeso por tus infiltrados, terminará inevitablemente contagiándose al resto del grupo, que no es consciente de estar siendo manipulado. El resultado final es, casi siempre, la desactivación del grupo.