Lo vergonzoso del caso es que toda la necesidad de aquel acto de fuerza, que era justificada en aquellos años (la habitualidad de un par de asesinatos por semana en el País Vasco, el trapicheo de las autonomías, el caos económico, las ofensas al Ejército etc etc) se diluyó en disculpas de los acusados.
Todos diciendo "yo no he sido yo no he sido" o "cumplíamos órdenes superiores". Nada de: lo hice una vez y lo haría cincuenta veces si hiciera falta, con órdenes superiores o sin ellas.
Ahí comenzó el desprestigio del ejército: empezaron a llevar pañales. Y a los pocos años... bragas.