CANARIAS,
ISLAS DEL VINO
Última actualización: 26/2/04 La historia del viñedo y los vinos canarios es verdaderamente singular e interesante y, en su origen se entrelazan la mitología y la leyenda, como igualmente ocurre con la historia de nuestro Archipiélago.

Horacio, medio siglo antes de Jesucristo, aseguró que “la viña sin podar florecía continuamente en las Afortunadas”. Sin embargo, son diversos los autores que afirman que la vid no formaba parte de la flora del archipiélago y aseguran fue introducida en algún momento entre los siglos XIV y XV por los conquistadores o colonos.

La procedencia diversa de los primeros colonizadores y la coincidencia en sus culturas del vino se tradujo en la introducción en las Islas de las mejores cepas, con el deseo de lograr cuanto antes una producción interna, evitando así los inconvenientes de recibir los caldos del exterior en inseguros y lentos navíos.

De esta forma, andaluces, extremeños, castellanos, gallegos, navarros, catalanes, portugueses, franceses, genoveses y hasta flamencos rivalizaron en su empeño, tratando de emular la calidad del vino del vecino, dando lugar en Canarias a una riqueza varietal inigualable en otras partes del mundo.

La adaptación y aclimatación de variedades de procedencia tan diversa hacen que estos viñedos importados prosperen desde los inicios. Ya en la primera mitad del siglo XVI , y coincidiendo con la decadencia del cultivo de la caña de azúcar, el vino canario cobra relevancia gracias a dos circunstancias fundamentales:

- la alta calidad lograda por el vino “malvasía”, elaborado con la variedad del mismo nombre que, procedente, según varios autores de la isla de Candia (actual Creta), llega al Archipiélago en la segunda mitad del siglo XV, seguramente desde Madeira, y

- la situación geográfica de las islas, puente de tres continentes y escala obligada en las rutas oceánicas de navíos comerciales, aventureros y piratas, que descubren y difunden la calidad del “malvasía” de Canarias, que va ganando adeptos y prestigio universal.

Cabe significar que los vinos isleños, especialmente los “malvasías”, pero también los vidueños (elaborados con variedades distintas a la malvasía), son los primeros vinos generosos del mundo que fueron objeto de un comercio marítimo importante, ya que, desde 1519 era conocida en Inglaterra la bondad de nuestros caldos y a partir de esa fecha se inician unas relaciones importantes con los comerciantes de Bristol. Nace un próspero intercambio comercial que convierte el cultivo de la vid y la explotación de los vinos en la principal fuente de fortuna para el Archipiélago a lo largo de casi trescientos años.

Este negocio, que en algunas cosechas superó las 30.000 pipas (13.500.000 litros), según las antiguas datas de comercio, se realizaba con Europa y especialmente con Inglaterra. A este mercado se unen las colonias portuguesas y españolas de América y África.

Los vinos de las islas tenían la fortuna de que mejoraban con los viajes, dada su estancia en la madera (por lo que se pagaba a mayor precio el vino denominado llegado “de retorno”). Su prestigio se impone de tal manera que, en los palacios de las principales cortes europeas, nunca faltaba el malvasía, “que alegra los sentidos y perfuma la sangre”, y que es distinguido entonces como una Denominación de Origen, al dársele el nombre genérico de “Canary”, de manera similar a como hoy se conocen Oportos, Burdeos o Jerez


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