Creo que no hay nada en hispanismo.org sobre este personaje todavía. He encontrado este artículo curioso, que algunos conocedores mejores de la época creo que encontrarán interesante comentar.
El artículo en su fuente original está plagado de faltas de ortografía y erratas que lo hacen desagradable de leer, recomiendo mejor verlo aquí ya corregido:
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Otra figura "problemática" camino de los altares (el caso de Ángel Herrera Oria, hacedor de obispos en la posguerra)
Otro santo problemático que si alguien no lo remedia se nos viene encima. Ángel Herrera Oria. Uno de los hombres más poderosos e influyentes de la España de la posguerra...a seguir al 45. En una España aislada por su régimen político considerado fascista -o fascistizado lo mismo me da que me da lo mismo- a seguir al 45 y que no tenía más apoyo exterior que el que le podrían prestar el Vaticano y su secretaria de Estado en los años aun del pontificado de Pio XII, como único cordón umbilical eclesiástico que nos mantenía en contacto con el mundo exterior por no decir con el resto del planeta la política religiosa se convirtió en prioridad absoluta de la política interior y exterior (de supervivencia) del Régimen de Franco. "Los obispos de Centroeuropa fueron al concilio a dar lecciones los españoles a recibirlas" es lo que yo oí a menudo en boca de no españoles en mis años del seminario de Econe como aquí ya tengo señalado.
¿Y por qué porque esa atonía, ese servilismo, esa nulidad por así decir en materia de iniciativa (y de voz) propia en aquella magna asamblea, comparados desde luego con los obispos y cardenales de otros países? La clave tal vez la encuentren algunos en el propio Franco en su autoritarismo feroz e intransigente, en la óptica historiográfica dominante en torno a su figura -que no admitía en torno suyo (según reza la leyenda) más que marionetas o tontos/útiles a su servicio- y es lo que yo mismo tuve tendencia a pensar también largo tiempo. Pero la clave del enigma solo encuentra traducción o interpretación plausible al gran público en términos de política religiosa. Un constante de la historia española y en particular de la Historia de España en el siglo XX antes y después del estallido de la guerra civil española.
Franco nombro obispos dóciles y sumisos en apariencia lo cual no quiere decir que le fueran en el fondo (todos) adictos, como lo demostraría el destape generalizado que se dio en algunas de las figuras más emblemáticas de la iglesia española, como por ejemplo el que fue obispo de Bilbao monseñor Añoveros. Eran dóciles y sumisos a la voz/de/su/amo pero su dueño -y me refiero no a todos pero así a muchos de ellos- no era Franco. Y si dudas ahí había hay esta la ilustración inmejorable que ofrece el caso del cardenal Tarancón, franquista incondicional largos años de la época de la posguerra, que inicio su carrera -como ya lo recordé en anterior entrada- en tiempos de la II Republica bajo los auspicios del arzobispo de Tarragona Vidal y Barraquer -que se opuso al Alzamiento- quien lo mando a Madrid en un puesto diocesano de gran influencia en los años de la republica bajo la supervisión sin duda de su brazo/derecho que no era otro que Ángel Herrera Oria.
La docilidad aparente de algunos de los obispos de Franco -Tarancón a la cabeza- era solo de fachada y respondía sobre todo al espíritu de oportunismo (y de arribismo) indisociable de la política religiosa del Vaticano en relación con España desde el advenimiento de la segunda republica. La CEDA, creación de Ángel Herrera y del nuncio Tesdeschini como ya vimos, fue el instrumento encargado de apuntalar la republica acorde con los designios de la santa sede en relación con España que veía de ojos tiernos un régimen que en definitiva no era mas que una criatura de otro -la Republica francesa- con el que el Vaticano supo de antiguo mantener las mejores relaciones costa de lo que fuera como ya creo haberlo aquí dejado sentado -a pesar de su anticlericalismo y de la orientación claramente masónica de su política religiosa- tal y como lo prueba y denuncia Rafael Sánchez Mazas en sus libro prohibido que aquí ya comentamos.
El virus (vaticano) -de oportunismo de posibilismo en función de las aleas de la política vaticana y de los directivas emanadas de la Curia- entraría con la guerra civil en fase de hibernación pero reaparecería con fuerza tras las mutaciones que le impuso la guerra civil de una forma mucho mas solapada insidiosa y en el fondo peligrosa en la posguerra (en el 45) y se desataría de una forma galopante con ocasión del concilio vaticano y la nueva era que inauguraría en el plano de las creencias y de las convicciones (religiosas e ideológicas) de los católicos, y en especial de los católicos españoles.
Entre tanto en los largos años de la posguerra la máquina de nombramientos episcopales -o de presentación en la terminología en vigor entonces- se vio con certeza controlada de cerca por un viejo especialista en la materia, Ángel Herrera Oria, que entre tanto se había ordenado sacerdote tras los estudios realizados durante la guerra civil en Suiza donde se había refugiado a seguir al Alzamiento a la vera del cardenal/de/la/Pau que también encontraría refugio en aquel país y allí viviría y residiría hasta su muerte en la Cartuja de la Valsainte, donde permanecería -hasta su regreso a España con la democracia- el féretro insepulto con sus restos que yo tuve ocasión de contemplar en visita allí en mis años del seminario de Econe. Ángel Herrera que tardo pues mucho en regresar a España a pesar de los requerimientos insistentes de algunos de los que habían seguido sus mas próximos -como solía recordarlo Eugenio Vegas Latapie en su tertulia, que le juzgaba muy duramente- acabaría siendo nombrado obispo de Málaga en el 65 por el papa Pablo VI. En reconocimiento de los servicios prestados.
No hay que olvidar que Monseñor Montini ocupo el puesto -superinfluyente de sustituto de la Secretario de estado en la inmediata posguerra (sin nadie por encima de él más que el propio Pio XII que había asumido personalmente ese dicasterio encargado de las relaciones exteriores de la santa/sede), quien lo acabo alejando (en 1954) tras perder a todas luces su confianza en él, verosímilmente de resultas de sus intrigas y de su papel más que ambiguo de su inmediato colaborador en relación con la "Iglesia del silencio" -de los países del Este- a la que todas luces traicionaba. Pero fue por poco tiempo, porque el nuevo papa Juan XXIII; lo volvería a llamar a su vera cuatro años después de su alejamiento (en 1958).
Quiere decir que salvo un periodo de cuatro años de interregno en los que estuvo alejado de la curia -de arzobispo no menos poderoso (casi) de Milán-, el hombre más poderoso en la iglesia en materia de política religiosa y por ende en las relaciones del Vaticano con la España de Franco -por debajo de Pio XII que en razón de su dignidad pontifica tenia sin duda las manos mucho mas atadas que su subalterno-, lo fue sin duda alguna Monseñor Montini, antifranquista convicto y militante como así se destaparía con motivo de la campaña internacional contra el régimen español desatado por el caso de Julián Grimau (brazo derecho de Carrillo) que fue apresado en España tras su vuelta, juzgado en consejo de guerra (acusado y convicto de numerosos crímenes) y al final ejecutado. Y con eso se puede decir que esta ya dicho todo (o casi): de esa nube de enigmas y de misterios (aparentes) que rodean la historia secreta y discreta del franquismo en particular en su fase más tardía.
El régimen de Franco a partir del 45 era un buque varado, pero que todavía no había perdido el rumbo del todo; a partir en la segunda fase del régimen con la liquidación del franquismo primero en cambio perdería el rumbo por completo y quedaría al pairo de los vientos exteriores y lo único que le guiaba o le seguía religando al mundo exterior era la conexión/vaticana supervisada desde lo alto por el cardenal Montini y su hombre de confianza en España que no podía ser otro que Ángel Herrera Oria, en materias claves de política religiosa al menos, como el nombramiento de los obispos y en particular en ese engranaje anterior al concordato con la santa sede (de 1953) de la presentación de una terna por parte del jefe de Estado, previsto en los acuerdos de 1941; y sobre todo en otro mecanismo aun más decisivo de la época posconciliar y lo sería el nombramiento de obispos/auxiliares que escapaban así a las cortapisas y las horcas caudinas que regían en cambio en materia de obispos/residenciales.
Y de resultas de aquel sistema el posconcilio y el tardo/franquismo -dos efemérides en cierto modo sincrónicas o simultaneas- concernía una situación de división entre obispos franquistas y anti-franquistas que se irían decantando poco a poco a gusto del Vaticano -y en su favor- bajo el pontificado de Juan Pablo II y de su hombre de paja en la Nunciatura como en la Secretaria de estado. Así el "creciente fértil" -como lo llamaban algunos ingenios al sector de obispos/franquistas irreductibles- no dejaba de destaparse en el fondo una pobre luna/menguante que desparecería por completo con la transición política, cuando la iglesia española se vería de golpe -como por arte de magia- en las manos de un episcopado unánime en su antifranquismo, de unos obispos y cardenales a cual más progre (como se dice solo ahora); no pocos de ellos, además, separatistas (vascos o catalanes)
En la biografía que le dedica uno de los colaboradores de Libertad digital, de aparición reciente (1) se traza una semblanza más que apologética de esta figura más que discutible y controvertida. Su oposición al Alzamiento -tal y como se recuerda en la reseña del libro del propio autor (2) que leo ahora-, es algo de lo que hay que tomar nota urgente, por lo poco divulgado hasta hoy y porque apuesto el cuello que en las hagiografías en curso con vistas la preparación de su causa de beatificación no figura en modo alguno y sin en cambio (apuesto también) en la incoación de la parte secreta del proceso. Y en el retrato de su biografiado utiliza el autor sin parar -por lo que se deduce de la reseña- una coartada imprescindible y lo es la de la oposición que mantendría (siempre) tanto a "los unos" como a los otros, al anticlericalismo -de los rojos come/curas (se sobreentiende)- y también al "integrismo de sacristía" (como lo llama)
Ironía sangrienta (casi) desde luego, en tratándose de la biografía -rebosante de incienso- de unos de los exponentes de clericalismo político -o de política/de/sacristía- mas emblemáticos de la Historia de España y del catolicismo español en el siglo XX. "Integrismo" en el autor por lo que veo (y en muchos otros) no es más que un cajón de sastre cargado de peyoraciones y llamado a penas a descalificar -y seguir descalificando hoy- a todos los que de una forma u otra al interior del catolicismo se oponían resueltamente a la política religiosa (temporal) del Vaticano y de la santa/sede en relación con España y su gobiernos o regímenes políticos.
"Integristas" así, en esa perspectiva, lo serian no solo el cardenal Segura (desautorizado por todos, desacreditado) o los carlistas (preconciliares) sino también los sectores mas nacional/católicos del Opus Dei (naciente), y por supuesto los falangistas que sin excepción se proclamaban y se sentían católicos (como cualquier otro) Y la canonización de Ángel Herrera -si se consuma- lo será también pues de otras muchas cosas indigeribles para los católicos españoles.
(Y se traducirá, implícitamente además, en la condena y descalificación -"sub especie aeternitatis"- de otras muchas perfectamente legítimas)
(1): "El fracaso de un cristiano. El otro Herrera Oria" de Agapito Maestre, Tecnos, 2009
(2): Agapito Maestre - El fracaso de un cristiano. El otro Herrera Oria - Fin de semana
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