Es el pecado, estúpido




El cardenal Newman dice en uno de sus sermones (IV, 6):

[cuando muere una persona] todos piensan que se ha ido al cielo; hablarán con mucha seguridad de que ya se encuentra en paz, de que sus dolores han terminado, de su feliz liberación, y cosas por el estilo. Y se extienden en consideraciones semejantes cuando su deber consiste más bien en guardar silencio, esperar con esperanza medrosa, y resignarse.

[…]

Por eso no se admite la mera posibilidad de que alguien se haya condenado; se rechaza la idea, y cuando muere alguien, concluyen, como única alternativa posible, que debe estar en el seno de Abraham, y lo dicen con toda audacia…

Esta observación, expresada en 1835 y referida a la comunidad anglicana a la que él aun pertenecía, se manifiesta también en la iglesia católica desde hace ya muchas décadas. El abandono de los ornamentos negros para los funerales y del uso del catafalco rodeado de seis candelabros han convertido, por ejemplo, a las misas de requiem en una misa más. Muchos curas incluso usan ornamentos blancos y no dedican sus homilías a hablar de la muerte sino a “celebrar” la vida del difunto.

Una experiencia de hace pocas semanas me hizo reflexionar sobre el hecho. Murió una persona amiga, ya mayor y muy enferma. Se hizo un velatorio y se celebró misa exequial antes de la sepultura. El celebrante, muy bien dispuesto para los tiempos que corren, fue un cura que con fe y, para una misa novus ordo, fue decente. Sin embargo, dedicó toda su homilía y las frecuentes interrupciones durante el rito, a hablarnos de lo que Newman señalaba en su homilía: lo buena que había sido la difunta, la paz de la que ya estaría gozando, que allí nos estaba esperando y muchas lindezas más destinadas a enmascarar la terrible realidad del cadáver que yacía a pocos pasos.

Lo que yo veo en estas actitudes denunciadas por Newman y observadas por nosotros es que, en el fondo, se perdió la noción y sentido del pecado. En muchos casos, quizás la mayoría, no será de modo consciente y obedece a la mejor de las intenciones. El curita del que hablo creo que nunca negaría el pecado; simplemente quería consolar a los deudos allí reunidos con los consuelos que nos da nuestra fe pero, en su esfuerzo, se llevaba puesta la realidad de la incertidumbre de nuestra propia salvación y la de todos los hombres, y del pecado que es ante todo, una ofensa a Dios. Una vez más, el emotivismo poniéndose por delante de la fe, un tema que ya hemos tratado en este blog.

Pero el problema, a mi entender, es mucho más grave que un derroche de sentimentalismo, porque se desplaza la realidad del pecado y se la rodea de nieblas a punto tal que queda reducido a un “inconveniente” de la vida cotidiana, como me dijo el jesuita con el que me confesé hace un tiempo. Y esto tiene sus consecuencias, puesto que si el pecado es apenas una brizna molesta, deja de tener sentido la redención. ¿Por qué el Hijo de Dios se habría encarnado y padecido muerte en cruz? ¿Para librarnos de una molestia o inconveniente que un psicólogo puede hacer en dos sesiones de terapia? No tiene ningún sentido, y mucho menos sentido aún tiene hablar de la misa como sacrificio propiciatorio, puesto que no hay delito por el que derramar sangre lustral.

Total que un santiamén se nos derrumbó la fe. Jesucristo no tiene por qué ser el Verbo Eterno hecho hombre; es suficiente con que sea un hombre, extraordinario y el mejor de todos, pero puro hombre. Y fue concebido como cualquier otro hombre lo es. Y su injusta e ignominiosa muerte se debió a que su prédica en favor de los más débiles, los más pobres y los habitantes de las periferias, desafió a los poderosos de su época, que son iguales a los poderosos de todas las épocas. Y por eso, el cristiano que quiera seguir sus pasos, debe dedicarse a la defensa de esos mismos pobres y débiles, y desafiar siempre que pueda a cuanto poderoso se le cruce por el camino. Y la misa será el momento de encuentro semanal de todas las buenas personas convencidas de esas luchas y esos desafíos, que se reúnen en torno a la “mesa del altar” a compartir el “pan de vida”, a fin de fortalecer la comunión entre ellos. Y, para ocasiones especiales como el matrimonio o la muerte, “la celebración de la eucaristía” será un vistoso complemento que consuela y nos hace pasar emotivamente más fortalecidos los momentos críticos de la vida.

Privar a la fe y a la vida católica de la gravitación que posee en ellas el pecado implica, que más tarde o más temprano, la fe cristiana se diluya en un humanismo con pinceladas de trascendencia tan indefinidas, que podrá ser adoptada con escasas molestias por cualquier persona: apenas un “proceso de discernimiento” en aquél que quiere abandonar a su mujer o a su marido por otra/o; un propósito de fidelidad y de ayuda al prójimo en aquél que quiere “compartir su vida” con otra persona de su mismo sexo, y todo el resto de las sorpresas a las que nos tienen ya acostumbrados el Papa y sus obispos en las últimas décadas.

“Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc. 18,8).




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Fuente:

The Wanderer: Es el pecado, estúpido (caminante-wanderer.blogspot.com)