Amaneció, al fin, aquel horrible jueves, 17 de julio, día de vergonzosa recordación más que otro alguno de nuestra historia. Las doce serían cuando cayó la primera víctima, acusada de envenenar las fuentes. Otro infeliz, perseguido por igual pretexto, buscó refugio en el Colegio Imperial, y en pos de él penetraron los asesinos al dar las tres de la tarde. Lo que allí pasó no cabe en lengua humana y la pluma se resiste a transcribirlo: En la portería del Colegio Imperial, en la calle de Toledo, en la de Barrionuevo, en la de los Estudios, en la plaza de San Millán , cayeron, a poder de sablazos y de tiros, hasta dieciséis jesuitas, cuyos cuerpos, acribillados de heridas, fueron arrastrados luego con horrenda algazara y mutilados con mil refinamientos de exquisita crueldad, hirviendo a poco rato los sesos de alguno en las tabernas de la calle de la Concepción Jerónima. Uno de los asesinados era el P. Artigas, el mejor o más bien el único arabista que entonces había en España, maestro de Estébanez Calderón y de otros.
Los restantes jesuitas, hasta el número de sesenta, se hallaban congregados en la capilla doméstica haciendo las últimas prevenciones de conciencia para la muerte, cuando sable en mano, penetró en aquel recinto el jefe de los sicarios, quien, a trueque de salvar a uno de ellos, que generosamente persistía en seguir la suerte de los otros, consintió en dejarlos vivos a todos, ordenando al grueso de los suyos que se retirasen y dejando gente armada en custodia de las puertas.
Eran ya las cinco de la tarde, y el capitán general, como quien despierta de un pesado letargo, comenzaba a poner sobre las armas la tropa y la Milicia urbana. ¡Celeridad admirable después de dos horas de matanza !Y ni aun ese tardío recurso sirvió para cosa alguna, puesto que los asesinos, dando por concluida la faena de los Reales Estudios, se encaminaron al convento de dominicos de Santo Tomás, en la calle de Atocha, y, allanando las puertas, , traspasaron a los religiosos que estaban en coro o les dieron caza por todos los rincones del convento, cebando en los cadáveres su sed antropofágica. Entonces se cumplió al pie de la letra lo que del Corpus de Sangre de Barcelona escribió Melo: “Muchos, después de muertos, fueron arrastrados, sus cuerpos divididos, sirviendo de juego y risa aquel humano horror, que la naturaleza religiosamente dejó por freno de nuestras demasías; la crueldad era deleite; la muerte, entretenimiento; a uno arrancaban la cabeza (ya cadáver), le sacaban los ojos, cortábanle la lengua y las narices; luego, arrojándola de unas en otras manos, dejando en todas sangre y en ningunas lástima, les servía como de fácil pelota; tal hubo que, topando el cuerpo casi despedazado, le cortó aquellas partes cuyo nombre ignora la modestia y, acomodándolas en el sombrero, hizo que le sirviesen de torpísimo y escandaloso adorno. Mujeres desgreñadas, semejantes a las calceteras de Robespierre o a las furias de la guillotina, seguían los pasos de la turba forajida para abatirse, como los cuervos, sobre la presa. Al asesinato sucedió el robo, que las tropas llegadas a tal sazón y apostadas en el claustro, presenciaron con beatífica impasibilidad. Sólo tres heridos sobrevivieron a aquel estrago.
De allí pasaron las turbas al convento de la Merced Calzada, plaza del Progreso, donde hoy se levanta la estatua de Mendizábal. Allí rindieron el alma ocho religiosos y un donado, quedando heridos otros seis.
Ni siquiera las nieblas de la noche pusieron término a aquella orgía de caníbales. Seis horas habían transcurrido desde la carnicería de San Isidro; los religiosos de San Francisco el Grande, descansando en las repetidas protestas de seguridad que les hicieron los jefes de un batallón acuartelado en sus claustros, ponían fin a su parca cena e iban a entregarse al reposo de la noche, cuando de pronto sonaron voces y alaridos espantables, tocó a rebato la campana de la comunidad, cayeron por tierra las puertas e inundó los claustros la desaforada turba. Tintas las manos en la reciente sangre de dominicos, jesuitas y mercedarios. Hasta cincuenta mártires, según el cálculo más probable, dio la Orden de San Francisco en aquel día. Unos perecieron en las mismas sillas del coro, cuya madera conserva aún las huellas de los sables. Otros fueron cazados, como bestias fieras, en los tejados, en los sótanos y hasta en las cloacas. A otros, el ábside del presbiterio les sirvió de asilo. Y alguien hubo que, con pujante brío, se abrió paso entre los malhechores y logró salvar la vida arrojándose por las tapias o huyendo a campo traviesa hasta parar en Alcalá o en Toledo. Los soldados permanecieron inmóviles o ayudaron a los asesinos a buscar y a rematar a los frailes y a robar los sagrados vasos. ¡Ocho horas de matanza regular y ordenada, y por un puñado de hombres, casi los mismos en cuatro conventos distintos! ¿Qué hacía entre tanto el capitán general? ¿En qué pensaba el Gobierno? A eso de las siete de la tarde se presentó San Martín (el capitán general) en el Colegio Imperial, habló con los jesuitas supervivientes y les increpó en términos descompuestos por lo del envenenamiento de las aguas. En cuanto al Gobierno de Martínez de la Rosa, se contentó con hacer ahorcar a un músico del batallón de la Princesa que había robado un cáliz en San Francisco el Grande. Con todo, el clamoreo de la opinión fue tal, que hubo, pro formula, de procesar a San Martín, separado ya de la Capitanía General. Aquí paró todo, y huelgan los comentarios cuando los hechos hablan a voces.
Hundido en aquella sangrienta charca el prestigio del Gobierno moderado, la anarquía levantó triunfante e indómita su cabeza por todos los ámbitos de la Península. En Zaragoza, una especie de partida de la porra, dirigida por un tal Chorizo, de la parroquia de San Pablo, y por el organista de la Victoria, fraile apóstata que acaudillaba a los degolladores de sus hermanos, obligó a la Audiencia, en el motín de 25 de marzo de 1835, a firmar el asesinato jurídico de seis realistas presos, y, tomándose luego la venganza por más compendiosos procedimientos, asaltó e incendió los conventos el 5 de julio, degolló a buena parte de sus moradores y al catedrático de la Universidad fray Faustino Garroborea, arrojó de la ciudad al arzobispo y entronizó por largos días en la ciudad del Ebro el imperio del garrote. En Murcia fueron asesinados tres frailes y heridos dieciocho y saqueado el palacio episcopal a los gritos de “¡Muera el obispo!”. En 22 de julio ardieron los conventos de franciscanos y carmelitas descalzos de Reus, con muerte de muchos de sus habitadores. De Tarragona fue expulsado el arzobispo ny cerradas con tiempo todas las casas religiosas. Pero nada llegó a los horrores del pronunciamiento de Barcelona en 25 de julio de 1835, comenzado al salir de la plaza de toros, como es de rigor en nuestras algaradas. Una noche bastó para que ardiesen, sin quedar piedra sobre piedra, los conventos de carmelitas calzados y descalzos, de dominicos, de trinitarios, de agustinos calzados y de mínimos. Cuanto no pereció al furor de las llamas, fue robado; los religiosos pasados a hierro; sus archivos y bibliotecas, aventados o dispersos. Una muchedumbre ebria, descamisada y jamás vista hasta aquel día en tumultos españoles, el populacho ateo y embrutecido que el utilitarismo industrial educa a sus pechos, se ensayaba aquella noche quemando los conventos para quemar en su día las fábricas. Hoy es, y aún se erizan los cabellos de los que presenciaron aquellas escenas de la Rambla y vieron a la Euménides revolucionarias arrancar y picar los ojos de los frailes moribundos, y desnudar sus cadáveres, y repartirse sus harapos, mientras que la tea, el puñal y la segur despejaban el campo para los nuevos ideales.
No conviene, por un muelle y femenil sentimentalismo, apartar la vista de aquellas abominaciones, que se quiere hacer olvidar a todo trance. Más enseñanza hay en ellas que en muchos tratados de filosofía, y todo detalle es aquí fuente de verdad y clave de enseñanza histórica. Aquel espantoso pecado de sangre (protestante es quien lo ha dicho) debe pesar más que todos los crímenes españoles en la balanza de la divina justicia cuando, después de pasado medio siglo (fecha en la que Menéndez Pelayo escribía su Historia de los Heterodoxos Españoles), aún continúa derramando sobre nosotros la copa de sus iras. Y es que, si la justicia humana dejó inultas aquellas víctimas, su sangre abrió un abismo invadeable, negro y profundo como el infierno, entre la España vieja y la nueva, entre las víctimas y los verdugos, y no sólo salpicó la frente de los viles instrumentos que ejecutaron aquella hazaña, semejantes a los que toda demagogia recluta en las cuadras de los presidios, sino que subió más alta y se grabó como perpetuo e indeleble estigma en la frente de todos los partidos liberales, desde los más exaltados a los más moderados; de los unos, porque armaron el brazo de los sicarios; de los otros, porque consintieron o ampararon o no castigaron el estrago, o porque le reprobaron tibiamente, o porque se aprovecharon de los despojos. Y desde entonces la guerra civil creció en intensidad, y fue guerra como de tribus salvajes lanzadas al campo en las primitivas edades de la historia, guerra de exterminio y asolamiento, de degüello y represalias feroces, que duró siete años, que ha levantado después la cabeza otras dos veces, y quizá no la postrera, y no ciertamente por interés dinástico, ni por interés fuerista, ni siquiera por amor muy declarado y fervoroso a este o al otro sistema político, sino por algo más hondo que todo eso; por la instintiva reacción del sentimiento católico, brutalmente escarnecido, y por la generosa repugnancia a mezclarse con la turba en que se infamaron los degolladores de los frailes y los jueces de los degolladores, los robadores y los incendiarios de las iglesias y los vendedores y los compradores de sus bienes. ¡Deplorable estado de fuerza a que fatalmente llegan los pueblos cuando pervierten el recto camino y presa de malvados y de sofistas, ahogan en sangre y vociferaciones el clamor de la justicia! Entonces es cuando se abre el pozo del abismo y sale de él un humo que oscurece el sol y las langostas que asolan la tierra”.
Hasta aquí Menéndez Pelayo. No he querido sintetizar sus palabras o expresar aquellos hechos a mi modo porque el relato del genial polígrafo, tan tremendo y verdadero, me parece insuperable. Y desgraciadamente para España sus palabras de 1882 fueron proféticas. “¡Guerra de exterminio y asolamiento, de degüello y represalias feroces , que duró siete años, que ha levantado otra vez la cabeza otras dos veces, y quizá no la postrera!” Y quizá no la postrera. Así fue. Todo el horror y la crueldad de estos sucesos de 1834 y 1835 fueron muy ampliamente superados cien años después en aquella explosión de barbarie que vivió España en 1936. La matanza de frailes de los años treinta del siglo XIX se multiplicó por quince o veinte exactamente un siglo después. Y las bajezas de las que es capaz el hombre cuando se olvida de Dios, o, mejor dicho, cuando odia a Dios, porque esos bárbaros aunque se dijeran ateos lo tenían muy presente, no sólo pueden repetirse, por monstruosas que sean, sino incluso superarse. Y así ocurrió. Pero de ello os hablarán Ángel David Martín Rubio y María Luisa Rodríguez Aísa hoy y José Manuel Ezpeleta mañana y no voy a entrar en su campo. Convencido además de que van a hacerlo muchísimo mejor de lo que yo podría hacerlo.
Tengo que señalar, en cambio, una deuda impagada que tiene España, y nosotros como católicos, con estos mártires del siglo XIX. Porque deberían estar en los altares habiendo muerto por odio a Dios y a su Iglesia. Mártires lo son sin la menor duda pero que yo sepa nadie se ha preocupado de su proceso de beatificación. Cierto que la situación política de España que siguió a su martirio no era la más propicia para iniciar el proceso que normalmente debería partir de las órdenes religiosas. Estas desaparecieron de España a raíz de tan horrorosos asesinatos. Fueron disueltas, despojadas de sus iglesias y conventos y los pobres exclaustrados, que paseaban por España su miseria y abandono, no estaban para iniciar procesos de beatificación. Hubo que esperar muchos años para que volvieran a verse frailes en nuestra patria y no fueron fáciles sus comienzos. Aquel pecado de sangre era un lejano recuerdo que no pocos querían olvidar. Y ciertamente los beneficiarios de la almoneda que se hizo de los bienes de las órdenes religiosas. Lavada la pena canónica por el generoso concordato que Pío IX firmó con Isabel II, quienes detentaban esos bienes preferían no recordar el origen de los mismos ni la sangre inocente que los manchaba.
Más inexplicable es el desentendimiento de la diócesis de Vich ante el martirio del que fue su pastor. Pero tampoco las circunstancias eran favorables. Hasta muy poco antes de la firma del Concordato de 1851 España estaba prácticamente sin obispos. Muertos unos, en el destierro otros, apenas quedaban pastores al frente de sus diócesis. Piénsese que desde 1834 a 1848 no se nombró obispo alguno en España. De tan terrible situación de fe la relación que os expongo y que no ha tenido parangón en ningún momento de la historia de nuestra patria.
En 1848, ya España bajo gobiernos moderados, se pudieron nombrar obispos para Córdoba, Sigüenza, Canarias, Osma, Cartagena, Gerona, Lérida, Orense, Zamora, Teruel, Ávila, Almería, Cuenca, Segorbe, Jaén, Badajoz, Lugo, Santander, Coria, Tarazona, Oviedo, Jaca, León, Málaga, Vich, Calahorra y Tortosa. Veintisiete obispos en un año para cubrir diócesis vacantes, algunas desde hacía mucho tiempo. Piénsese que el también largo periodo de la invasión francesa, bajo la cual tampoco se nombraron obispos pese a las vacantes que se producían, motivó dos nombramientos en 1814 y diecinueve en 1815. Tampoco la espantosa persecución de 1936, que asesinó a doce obispos, dio lugar a nada parecido. A la llegada de los nuevos obispos a sus diócesis, no pocas de ellas gobernadas por mercenarios intrusos anticanónicamente, era tanta la labor pastoral pendiente que se puede entender que la beatificación del obispo de Vich asesinado no fuera la preocupación principal del nuevo pastor vicense, Don Luciano Casadevall. A ello se debe añadir la penosa situación económica de la Iglesia hispana que tampoco permitía embarcarse en los gastos extraordinarios que siempre implica una beatificación.
Tal vez haya llegado el momento de lavar tanto olvido e ingratitud. Bien sé que las órdenes religiosas, hoy en España en una decadencia indescriptible, no valoran el testimonio de sus hermanos que dieron la vida por Cristo. O sólo valoran el de aquellos otros, vilmente asesinados ciertamente, pero no por odio a la Iglesia sino por su actuación política. Estoy pensando concretamente en lo ocurrido con varios jesuitas en una República Centroamericana. Execrable asesinato sin la menor duda, pero que, en mi opinión, que valdrá seguramente muy poco, no reúne la características técnicas del martirio. Del martirio que lleva a los altares.
No es el caso de los religiosos asesinados en 1834 y 1835 ni el del obispo de Vich, Fray Raymundo Strauch. Dios quiera que su martirio sea hoy reivindicado y se incoe el correspondiente proceso que les declare oficialmente beatos de la Iglesia. Creo que pedírselo a los superiores actuales de jesuitas, franciscanos, dominicos, mercedarios… sería empeño inútil. Llegarán días mejores, que tal vez ya alborean, en que eso se les pueda reclamar. Creo que ya, hoy al obispo de Vich, Don Román Casanova, dignísimo sucesor de Fray Raimundo, que haría con ello un gran servicio a su diócesis y repararía un olvido imperdonable. Cierto que algunos intentos se iniciaron más de una vez pero se frustraron muy pronto. Tal vez haya llegado el día en que conduzcan a buen fin.
Yo, por mi parte, me siento feliz recordando a tantos hermanos en la fe que dieron su sangre por Cristo pronto hará doscientos años y agradezco mucho a los organizadores de esta Jornada que se hayan acordado de los desconocidos y olvidados mártires españoles del siglo XIX. Aunque seguramente no haya sido un acierto encomendarme a mí su memoria. La Iglesia que se olvida de sus mártires es una Iglesia enferma y cobarde. Que busca rehuir todo aquello que pueda resultar molesto al mundo al que se ha entregado. Al que se entregó no para llevarlo a Cristo sino para mimetizarse con él. A mí me enseñaron de niño que eran tres los enemigos del alma: demonio, mundo y carne. Del demonio apenas se habla, si es que alguien habla, desde los ambones de nuestras iglesias. La carne se ha adueñado de todo. ¿Cómo extrañarnos pues de que se multipliquen los repugnantes actos de pederastia y los amancebamientos y bodas de los curas? Y el mundo parece el ideal tras el que corren despendolados no pocos de los que habiendo consagrado su vida a Dios lo han cambiado enseguida por el mundo. La mundanización del clero y de las religiosas, quiero decir por supuesto que de muchos de ellos, ostensible hasta en su modo de vestir, como si del mundo fueren, es un síntoma mortal del abandono de Dios. Porque no se puede servir a dos señores.
Los mártires del siglo XIX, los olvidados y desconocidos mártires del siglo XIX, fueron asesinados por el mundo porque ellos no quisieron saber nada de él y se entregaron a Dios. A ese Dios que el mismo día de su muerte, de su vil asesinato, les abrió en el cielo sus brazos amorosos para sentarles junto a Él en su gloria ya para toda la eternidad. Y allí están, gozando de Él y cantando sus alabanzas aunque todavía no hayan llegado a los pobres altares de la tierra.
Caído Espartero e instaurada la década moderada fue aliviándose la triste suerte de la Iglesia hispana. La revolución progresista de 1854, que apenas duró dos años, no recuerdo yo que en su persecución a la Iglesia llegara al asesinato. Y tampoco ese cobarde atentado contra la vida se prodigó en la todavía más radical revolución de 1868. Aunque ésta si produjo algún mártir. En la localidad tarraconense de La Selva las turbas asaltaron la casa de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María y el P. Crusats murió apuñalado. Y ya en los estertores del régimen se asesinó a algunos párrocos catalanes.
Pero no cesó España en este siglo XIX, uno de los más lamentables de nuestra agitada historia, de enviar mártires al cielo. Ahora ya desde tierras lejanas que nuestros misioneros roturaban para Cristo. No tengo recuerdo, aunque seguro estoy de que algún caso habría, de la muerte de religiosos en las inmensas selvas americanas que hasta hace poco habían sido dominio de España. Dominio inexplorado salvo por el celo de los religiosos que querían rescatar para Cristo las almas de aquellos indios. Epopeya de amor a Dios y a esos desgraciados hermanos que desconocían al que había muerto en la cruz por ellos.
Sí está perfectamente documentado, en cambio, el martirio de los franciscanos españoles en damasco que tuvo lugar en 1860 y a los que hoy veneramos en los altares. Como consecuencia de un decreto imperial dado por el sultán Abdul Megid en 1956 comenzó en el Medio Otiente una sangrienta persecución contra los cristianos. Los drusos entraron en Damasco y el 7 de julio de 1860 comenzaron las matanzas. En la noche del 9 al 10 de ese mes asaltan la residencia de los franciscanos, que se habían negado a abandonar el convento, desoyendo los ofrecimientos de los representantes de potencias europeas que les había ofrecido asilo. Fueron asesinados los once moradores de la casa, siete de los cuales eran españoles. Pío XI los beatifico en 1926. Nuestros compatriotas fueron el P. Manuel Ruiz, superior de la casa, nacido en San Martín de Reinosa (1803), el P.Carmelo Volta, de Real de Gandía (1803), el P. Nicanor Ascanio, de Villarejo de Salvanés (1814), el P. Nicolás Alberca, de Aguilar de la Frontera (Córdoba) (1830), el P. Pedro Soler, de Lorca (1827), fray Francisco Pinazo, de Alpuente (Valencia) (1802) y fray Juan Santiago Fernández, de Carballeda (Orense) (1808). Los dos últimos, hermanos legos. Ofrendaron su vida a Cristo en esas tierras tan próximas a aquella en la que el Hijo de Dios entregó la suya al Padre en redención de todos nosotros. La Orden franciscana siempre tuvo una especial querencia por Tierra Santa que regó también martirialmente con sangre española.
Extraordinario testimonio el que los católicos dieron en el siglo XIX en el Tonkín, hoy Vietnam, en medio de crueldades sin cuento que hacen dudar de la condición humana. Hubo varias decenas de miles de mártires, vietnamitas en su mayoría, que regaron con su sangre aquella tierra y fueron la semilla generosa que se ha multiplicado en el hoy pujante catolicismo que hay en aquella nación. Que acaba de salir, o todavía está saliendo, de otra prueba durísima bajo el comunismo, pero que ciertamente no se puede comparar con lo que allí se padeció en el siglo XIX. Aunque también en el siglo XX nuevos mártires vietnamitas llegaron al cielo con la palma del martirio en la mano.
Fueron, como digo, hijos de aquella tierra la gran mayoría de los asesinados entre cruelísimos tormentos pero hubo también entre ellos franceses y españoles. Los españoles todos dominicos y unos cuantos, obispos. Los demás sacerdotes. Fue admirable la disposición de aquellos frailes predicadores que, desde la tranquilidad de Manila se ofrecían, conforme iban llegando las noticias de la muerte de sus hermanos, para reemplazarles, en la certeza absoluta de una muerte segura y entre espantosos tormentos. Pero no querían abandonar, dejándoles sin sacerdotes, a un pueblo admirable por su entrega a Cristo. Desde su misma llegada entraban en la clandestinidad acogidos por unos fieles que sabían que se jugaban la vida escondiendo a sus sacerdotes y a sus obispos, y así vivían hasta que eran descubiertos y ejecutados. Con toda clase de refinamientos de crueldad.
Por razones de tiempo me limitaré a narraros solamente el martirio del obispo Melchor García Sampedro. Cualquiera del de los otros beatos es comparable en la horrorosa crueldad aunque con variantes en la misma.
“Apresado García Sampedro el 8 de julio de 1858, el tirano quería ensañarse con su víctima. El 28 fue sacado para el lugar de ejecución entre gran algarabía y aparato de tropa, elefantes y caballos. Tras ellos, con su “canga” o cepo al cuello, se arrastraba extenuado el mártir. “Cortadle primero las piernas, después las manos, luego la cabeza y por fin abridle las entrañas”, gritó el mandarín.
Después de atarle a unas estacas, distorsionando todo el cuerpo, le desnudaron y estiraron por pies y cabeza con gran fiereza y griterío. Luego, como quien hace leña, con hachas romas, sin corte, para que durara más el tormento, empezaron por las piernas, cortándolas sobre las rodillas con doce golpes. Después hicieron lo mismo con los brazos con siete golpes. Con otros quince golpes le machacaron la cabeza, y, en fin, con un cuchillo le abrieron el vientre y con un gancho le sacaron el hígado y la hiel. Luego cogieron la cabeza y la suspendieron junto a la puerta del Mediodía, y el hígado y la hiel a la de Oriente. Al día siguiente, 29 de julio, hecha pedazos la cabeza la arrojaron por la noche al mar”
Es admirable como aquellos fieles vietnamitas que presenciaban esas espantosas carnicerías y las sufrían en sus propios cuerpos, una vez masacrado su sacerdote, su obispo, sus familiares, esperaban ansiosos la llegada del relevo que les traería de nuevo la palabra de Dios, los sacramentos y la muerte. Que ellos sabían que era la vida eterna.
Os daré los nombres de estos gloriosos hijos de la Orden dominicana hoy en los altares.
Jerónimo Hermosilla, obispo
Valentín Berriochoa, obispo
José María Díaz Sanjurjo, obispo
Melchor García Sampedro, obispo
Domingo Henares, obispo
Clemente Ignacio Delgado Cebrián, obispo
Pedro Almató, sacerdote
Francisco Gil de Federich, sacerdote
Mateo Alonso Leciniana, sacerdote
José Fernández, sacerdote
Y se me pasa alguno cuyo nombre ahora no recuerdo.
No voy a extenderme en diferencias entre estos frailes de anteayer, y los de ayer, que fueron los del siglo XX, con sus hermanos de hoy. De las mismas órdenes. A mí me parecen muy distintos. Como si nada tuvieran que ver los de hoy con aquellos. Pero puedo estar equivocado.
Habéis visto que nuestro siglo XIX ha sido un siglo de mártires. Como España no conocía desde unas cuantas centurias antes. Mártires por desgracia muy olvidados. Nosotros lo perdemos. Tanta sangre, tanto amor a Cristo, fue sin embargo apenas nada en comparación con lo que se iba a vivir en el siglo XX. Pero de esa gloriosísima y hermosísima gesta eclesial os hablarán mis compañeros de Jornadas. Y seguro que mucho mejor que yo.
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