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Tema: Instrucción Pastoral sobre algunos errores modernos (Fidel García Martínez)

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    Instrucción Pastoral sobre algunos errores modernos (Fidel García Martínez)

    Hace unos meses Kontrapoder me preguntó acerca del texto completo de esta Instrucción. No sé si la habrán subido ya a Internet o no en algún otro sitio o ésta es la primera vez que alguien lo cuelga.

    De todas formas, por si acaso, lo dejo aquí, a continuación.

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    Instrucción Pastoral sobre algunos errores modernos

    “Instrucción Pastoral sobre algunos errores modernos”. Dr. Fidel García Martínez. Logroño. Imprenta Moderan. Duquesa Victoria, 30. Páginas 3 a 19.





    INSTRUCCIÓN PASTORAL SOBRE ALGUNOS ERRORES MODERNOS


    A NUESTRO VENERABLE CLERO Y AMADOS HIJOS

    Venerables Hermanos y amados Hijos:


    Razón de esta Instrucción

    El primer deber de los Obispos, a quienes puso el Espíritu Santo, como enseña el Apóstol (1), para regir la Iglesia de Dios, es el que el mismo San Pablo recuerda a su discípulo Timoteo, con aquellas palabras: depositum custodi (2), es decir: el de velar por que el depósito sagrado de la verdad revelada, que Jesucristo ha confiado a su Iglesia, se conserve entre sus fieles íntegro y sin mezcla alguna de error, como objeto de aquella fe infalible y necesaria, que es principio de toda nuestra vida sobrenatural y sin la cual no hay salvación posible.

    Entre los errores que en el decurso de los siglos se han ido levantando y se han ido sucediendo contra esa inmutable verdad revelada y que forman la historia de las herejías, no todos han sido igualmente graves, ni igualmente peligrosos, ni han causado de hecho los mismos daños en las inteligencias. Mientras algunos de esos errores se limitaban a atacar una parte tan sólo o una afirmación concreta de esa verdad revelada, otros iban contra la totalidad de la misma o contra sus principios o elementos fundamentales. Mientras unos pasaron sin lograr seducir más que algunas raras inteligencias, otros llegaron a extraviar y apartar de la unidad de la Iglesia a pueblos o naciones enteras.

    Con la particularidad, de que la magnitud de estos daños o de estos efectos seductores del error no siempre han guardado proporción con los elementos ideológicos e intelectuales del mismo, es decir, con la mayor o menor gravedad heterodoxa de sus afirmaciones, o con el mayor o menor aparato de razones especiosas o de falsa ciencia con que se presentaron.

    Frecuentemente, los éxitos del error en las inteligencias, en su lucha contra la verdad, fueron debidos a elementos circunstanciales de pasiones humanas, de concupiscencias, de ambiciones, de intereses, de partidismos personales o políticos, que en esa lucha se mezclaron y que, por aquella influencia del corazón sobre la cabeza, que tan bien describe Balmes en el capítulo XIX de «El Criterio», y que no tiene menos aplicación en las colectividades que en los individuos, lograron, con el humo y el fuego de esas pasiones, preparar al error unos caminos en las conciencias que, de otra suerte, le habrían estado desde un principio cerrados.

    Extraño fuera que el espíritu del mal y del error, en su lucha eterna contra el bien y la verdad, no hubiese aprovechado, para sus fines de siempre, las circunstancias de unos momentos tan apasionados, tan turbulentos, tan confusos, tan hondamente agitados por partidismos y odios de pueblos y de razas, como los que actualmente vivimos.

    Porque es algo que causa pena y vergüenza ver hasta qué extremo han logrado oscurecer y pervertir esos apasionamientos y rivalidades partidistas, en la inteligencia de esta pobre humanidad, los más elementales principios de bien, de justicia y de verdad. La violación de los pactos más solemnes y la falta a la palabra dada, cuando lo hacen los del propio bando siempre encuentra excusas. Los adversarios no tienen derecho a nada; lo que hacen los adversarios siempre está mal; los adversarios no tienen nunca razón. Los del propio bando tienen derecho a todo; lo que ellos hacen, siempre está bien; ellos en todo tienen razón. Aquella nobilísima facultad de la palabra, imagen de la Palabra Eterna de Dios, encarnación en el signo material del espíritu del hombre, dada por el Creador a éste para poder revelar su pensamiento, pero siempre bajo la ley indeclinable y por nada ni por nadie transgresible de la veracidad, se ha prostituido en tal forma, que la mentira consciente, sistemática, organizada es hoy, en la radio, en la prensa y en las demás manifestaciones públicas de la palabra, la aplicación corriente de ésta, para oprimir la dignidad humana con la peor de las tiranías, que es la tiranía de las inteligencias por la imposición calculada y sistemática de la mentira. La historia nos habla de militares que prefirieron romper su espada antes que mancharla con el deshonor. Sería de desear, para honra de la humanidad, que la historia nos dé el día de mañana los nombres de muchos escritores y periodistas que prefirieron romper su pluma antes que ponerla al servicio de la mentira. Ni cabe decir, que los intereses de la Patria así lo reclaman. El nombre de la Patria, como el nombre de la madre, son algo casi sagrado, que no se puede tomar en vano, para cubrir nuestros apasionamientos o partidismos. Suponer que la Patria, como suponer que la madre, nos pueden exigir algo indigno, es ya mancillar su honor. El mayor bien y la mayor gloria de la Patria, como los de la madre, son tener hijos honrados y dignos; y el buen patriota, como el buen hijo, prefieren tener una Patria y una madre pobres, si preciso fuere, y modestas, pero con honor, que no ricas y poderosas sin él.

    Este ambiente, que rápidamente acabamos de bosquejar, de apasionamientos, de ofuscación, de ciegos partidismos y, en particular, de organización pública y sistemática de la mentira, bien se ve qué peligros tan grandes pudiera ofrecer, si el espíritu del mal y del error lograra, en un momento dado, utilizarlo para sus fines. Y, efectivamente, lo ha utilizado y lo está utilizando.

    Tratárase de cosas puramente temporales, políticas, sociales, de intereses encontrados de pueblos o de razas, de ideologías sobre problemas de orden material, y nada diríamos; limitándonos sólo a deplora ese descenso, atavismo de barbarie, de los más elementales sentimientos de bien, de honor, de justicia y de verdad. Pero se trata de cosas e ideologías que afectan directamente a aquella verdad revelada, que es nuestro deber defender en vuestra almas, Venerables Hermanos y amados Hijos, y por ello hemos creído necesario llamar vuestra atención sobre algunos errores contenidos en esas cosas o ideologías y que, en las actuales circunstancias, pudieran ofrecer mayor peligro para la integridad y pureza de vuestra fe.


    El error Comunista

    Uno de esos errores o cúmulo de errores, abiertamente contrarios a los más fundamentales principios de nuestra Santa Religión, es el conocido con el nombre de comunismo. Su gravedad salta a la vista. De su virulencia y desastrosos efectos hemos tenido en nuestra misma Patria una demostración terrible y aleccionadora.

    Sin descontar la posibilidad de que, en circunstancias dadas, explosiones de esa virulencia pudieran de nuevo dejarse sentir, por el momento, con todo, en nuestra nación, no es el error comunista una tentación o un peligro inminente para las conciencias creyentes. El escarmiento reciente aún está vivo en el recuerdo. El ambiente social, reflejo de ese escarmiento, es poco propicio a la infección comunista. La propaganda de sus doctrinas, de las obras o escritos que las defienden, está vedada por la pública autoridad. Las condenaciones de la Iglesia de esas mismas doctrinas se han dado a conocer repetidas veces, por todos los medios y órganos de publicidad. No cabe, pues, alucinación ni ignorancia. En este caso, los elementos o factores circunstanciales, que muchas veces, en la lucha del error contra la verdad, han decidido la suerte, hoy por hoy, en nuestra Patria, trabajan por la buena causa en favor de la verdad.


    Otros errores no menos graves

    No sucede lo mismo con otros errores, ni menos opuestos a la verdad revelada, ni menos graves que el comunista. Del mismo fondo materialista o panteísta que éste, apenas cabría establecer diferencia esencial en su sustancia filosófico-teológica. El que en el orden social o político sustituyan el predominio de una clase -la obrera- por el de una nación o una raza, desde el punto de vista religioso y moral, es completamente accesorio.

    Con todo, por un conjunto de coincidencias o de hechos, en cuyos aspectos y apreciación o valoración puramente humanos, políticos o partidistas ni entramos ni salimos, sucede que aquellos mismos elementos o factores circunstanciales, antes aludidos, producto de unos momentos tan apasionados, tan turbulentos, tan confusos, tan hondamente agitados por luchas y rivalidades y odios de pueblos y de razas, como los que actualmente vivimos, hayan llegado a crear un ambiente de especial peligrosidad para la infiltración entre nosotros de estos errores últimamente mencionados, si no estamos muy sobre aviso y no ponemos la integridad y pureza de nuestra fe católica por encima de todos los apasionamientos, de todos los intereses y de todos los partidismos humanos y transitorios.

    Publicaciones resabiadas de esas ideologías erróneas circulan por España, y aun se anuncia la traducción a nuestro idioma de la obra que figura como símbolo de las mismas, condenada por la Iglesia (3). A hombres e instituciones representativos de esas ideologías se los alaba con frecuencia y sin medida y, desde luego, sin salvedad alguna. Con países o naciones, donde éstas libremente campean, se mantienen relaciones e intercambios culturales y de toda clase. Sobre las condenaciones terminantes de la Iglesia de estos errores y sobre las persecuciones religiosas, implacables y tenaces, desconocidas para nosotros, pero terriblemente sentidas por nuestros hermanos los católicos de esos países donde tales errores campean, como fruto de los mismos, se guarda un estudiado silencio, cuando no se acogen versiones tendenciosas, achacando esas persecuciones a supuestas culpas políticas de los mismos perseguidos. De ahí, repetimos, el peligro especial de desorientación o de engaño.

    Esta especial peligrosidad para nosotros es la razón, como ya dijimos, de esta Instrucción Pastoral que, más que exposición razonada de doctrinas, queremos sea simple llamada de atención a voz de alerta sobre los mencionados errores; ya que son ellos tan manifiestamente anticristianos y aun monstruosos, que basta señalarlos, separándolos de aquellos apasionamientos, confusiones y partidismos, bajo los que pudieran querer disfrazarse, para que la conciencia católica de nuestro pueblo los rechace con energía.


    Muestra de esos errores

    Queremos, ante todo, dar una muestra de esos errores, de cuál es su verdadero sentido y su alcance, cuando se expresan sin rebozo y con entera libertad. La cita está tomada de L´Osservatore Romano, correspondiente al 22 de enero de este año de 1942, que, a su vez, la toma del libro Gott und Volk-Soldatisches Bekenntnis (Dios y el Pueblo-Profesión de fe del Soldado); Berlín (millar 161-180). Del capítulo segundo titulado Entscheidung (Decisión):


    Nosotros vivimos en la época de la decisión. Con el reconocimiento de los valores de la raza y de la sangre ha comenzado una nueva concepción de toda la vida. Esa concepción es externamente visible en la formación de un nuevo estilo y una nueva voluntad de vida. La época de los sueños humanitarios internacionales se acerca ya a su fin y con ella el sueño de un ideal de humanidad cristiana, que por espacio de dos milenios ha agitado a los hombres, sin haber logrado acercarnos ni siquiera un paso hacia ese ideal.

    Raza y pueblo han sido elevadas a la categoría de ideas sagradas. Ellas forman el carácter de nuestro tiempo y la ley del porvenir. Lo que sirve a esta ley, es bueno y debe continuar existiendo. Lo que no reconoce esta ley es malo y debe modificarse. Mejor es aun que desaparezca.


    Dios ha dado a nuestro pueblo un difícil y largo camino hacia la unidad y la juventud. De hecho, mientras a nuestro alrededor hay pueblos que desaparecen y se hacen viejos, nosotros caminamos hacia el comienzo. Este comienzo sólo puede venirnos de nosotros mismos, no de Roma ni de Judea.


    Ahora existe el Reich. La Germania se ha engendrado a sí misma. Un Führer nos guía. Una voluntad manda. Un pueblo irrumpe. Sin embargo, aun tenemos que luchar una batalla, la batalla por el hombre alemán, por el alma alemana. Ella será lo más difícil, pero también la más fecunda, la más bella.


    Donde hay combate hay frentes. El uno se llama Cristo. El otro Alemania. Un tercero no existe. Tampoco puede haber lugar a compromisos. Sólo una neta decisión. Hoy no se trata de debilitar el Catolicismo para reforzar el Protestantismo. La cuestión es sustituir una religión extraña a nosotros por una fe nacida de lo más profundo del alma alemana.


    Toda época tiene su signo. Dos épocas, dos signos están hoy frente a frente: la cruz y la espada. La espada es el arma del combatiente. El resignado arrastra la Cruz. Bajo el signo de la Cruz está hoy alineado el Cristianismo. No la Cristiandad. Nuestra lucha no se dirige contra los hombres, sino contra la idea.


    En el frente de la cruz hay un ala fuerte y otra débil. La fuerte es la católica. Su fuerza es la unión. La débil es la protestante. Su debilidad es la dispersión. Contra las dos se mueve nuestro combate, el combate de los corazones. El objeto de la contienda es el hombre alemán. Por eso se lucha hoy. No por prebendas, no por dogmas, no por iglesias. No una confesión, ni siquiera una iglesia alemana general. Solamente un pueblo que cree en Dios y en sí mismo.



    Los conceptos de este capítulo son de nuevo recogidos y desarrollados en las páginas sucesivas, de las que se entresacan los siguientes párrafos:


    Mi deber alemán es también el desarraigar todo lo que es extraño a la estirpe. De hecho todo lo que es contrario a la estirpe es contrario a Dios. Por eso la fe alemana no impondrá a nadie su actitud ante Dios. Cada uno busque su camino. Pero nadie lo busque ni en Roma, ni en Jerusalén. Alemania es nuestra tierra prometida (pág. 31).

    Ciertamente tantas y tan bellas palabras, como fingen las personas devotas de la Biblia, no se acomodan a la plegaria viril. De ordinario basta sólo un breve íntimo recogimiento, una elevación y una promesa, una mirada al Führer o a la bandera, una plática a un amigo, un instante de naturaleza vivida.


    Hay con frecuencia gemidos y largos combates del alma, horas desesperadas a través de las cuales nos sentimos empujados hacia la luz.


    Y otras veces basta una palabra sola, que como un credo, como ansia o como última fe, brota del corazón: Alemania (pág. 58).


    En esta Alemania creemos nosotros. Y nosotros no podemos al mismo tiempo creer en otro reino en el más allá, porque debemos vivir para nuestro pueblo y no para nuestra felicidad personal.


    Nosotros no podemos tampoco encaminar nuestra profesión de fe hacia el Oriente, hacia el cual llaman todavía hoy las campanas a los fieles. Porque Alemania es nuestra tierra santa. Tampoco podemos dar oídos a la palabrería de los apóstoles extraños al mundo. Porque el cree en Roma no puede creer en Alemania. Nosotros no podemos vivir dos fes distintas. En nuestros corazones no hay lugar más que para una sola fe, para un solo credo: Alemania (pág.66).


    Cuando nosotros anunciamos la fe en la Alemania eterna, cerramos con ello la época de las contiendas religiosas. ¿Quién de nosotros, de hecho, no querrá declararse en favor de esta fe? Sería un criminal y un traidor y no tiene puesto entre nosotros. Cuando nosotros presentamos a los alemanes su patria y su pueblo, elevados a deberes religiosos, entonces ya no hay lugar a decir: Dad al César lo que es del César y a la Iglesia lo que es de la Iglesia. Porque entonces no conocemos más que un solo mandamiento: todo para Alemania (pág. 69-70).


    Pero la profesión de fe de una religión nacional -la única por lo demás que debe existir-, será: Creo en el Dios fuerte y en su Alemania Eterna (pág. 71).




    Aplicación de los anteriores errores

    Como ya antes apuntamos, los errores de que hemos dado una muestra, fácilmente multiplicable, en los párrafos transcritos, son tan anticristianos y aun antihumanos, implican tales monstruosidades religiosas, morales, sociales y políticas, y aun revelan, desde luego, en su misma contextura lógica, un pensamiento tan arbitrario, tan exhorbitante y tan anticientífico, que no es menester comentario alguno, para que la conciencia del pueblo español los rechace con energía y aun se sienta movida a dar gracias a Dios, que le ha conservado el equilibrio mental suficiente, para no creer en tales aberraciones y mitos. Sólo, sí, queremos hacer una observación, para prevenir alguna mala inteligencia. Aunque en los párrafos transcritos se nombre a veces a Dios, fácilmente se entiende que ese Dios nada tiene que ver con el verdadero Dios del Cristianismo. Es el Dios del panteísmo; es decir, el absurdo y la monstruosidad; o es, simplemente, una palabra vacía de sentido, una fórmula impuesta por las conveniencias o por la rutina.

    Pero la duda que a alguno podrá asaltar es, si tales errores son elucubraciones particulares de algunas mentes exaltadas o enfermizas, o si realmente se pretende tomarlos en serio y hacer de ellos la norma efectiva de la vida de los pueblos. Desgraciadamente esto último es la triste realidad.

    Vamos a alegar un testimonio, que nadie podrá recusar ni por parcial, ni por indocumentado. En la carta pastoral colectiva de los Obispos alemanes reunidos en Fulda, y publicada para ser leída en todas las iglesias del Reich el 6 de julio último pasado, después de motivar dichos Prelados la publicación de esta Carta Pastoral, por el sentimiento del grave deber que nos impone nuestro sagrado ministerio, y porque deseamos responder a los apremiantes deseos y expectación de nuestro pueblo católico; y después de recordar los derechos inviolables de la libertad de la Iglesia, para cumplir la misión que el mismo Dios le ha confiado, y los grandes sacrificios que voluntariamente se ha impuesto en Alemania por el bien común, con motivo de la guerra, pasan a hablar de los vejámenes sufridos por esa misma Iglesia, en estos últimos años y particularmente en los últimos meses, con estas palabras:


    Por esto, a la verdad, no entendemos, y lo decimos con profunda pena, cómo ahora se toman medidas que atacan a la vida de la Iglesia, medidas que no están justificadas por las necesidades de la guerra.

    Nos basta sólo aludir a las restricciones impuestas en la educación religiosa, en las publicaciones religiosas, en las visitas de los pastores a los hospitales oficiales, en las funciones religiosas y en las fiestas. Recordamos con dolor el número de conventos e instituciones religiosas que han sido clausurados durante estos últimos meses y aplicados a fines profanos. Estamos profundamente apenados por los religiosos que han sido expulsados de sus monasterios. Nuestro pueblo católico les está muy agradecido, por su obra pastoral, por todo lo que han hecho por su educación y por la caridad, y por todas las plegarias expiatorias que ellos han ofrecido en el silencio de sus claustros. Nuestro pueblo nunca abandonará a estos fieles hijos e hijas de nuestra patria y de nuestra Iglesia.


    Ni nosotros, ni tampoco vosotros, podemos entender, cómo se han tomado tales medidas en plena guerra, cuando es tan necesario salvaguardar la unidad de nuestro pueblo, y no perturbarla y ponerla en peligro ofendiendo los sentimientos religiosos de gran número de nuestros ciudadanos (…)


    Ya no podéis tener vuestras Semanas Católicas, ni vuestras Hojas Diocesanas, que robustezcan vuestra fe cristiana y os ayuden a practicarla.


    (…) Con gran sentimiento hemos oído que nuestras escuelas católicas de párvulos, que habían sido organizadas con tanto sacrificio por los católicos para completar la educación de la familia, han sido suprimidas, a pesar de las protestas de los Obispos de todas las regiones del Reich. Las otras escuelas católicas, ya se nos habían arrebatado antes.


    La enseñanza religiosa se restringe cada día más o se la suprime del todo.


    (…)


    Vuestros Obispos, reunidos en torno a la tumba de San Bonifacio, que consagró su vida a llevar al pueblo alemán a Nuestro Señor Jesucristo, y que murió con glorioso martirio en el cumplimiento de este propósito, tienen una inquietud más grave aun que los hechos que os acaban de señalar: fuerzas numerosas están trabajando por disolver la sagrada unión entre Cristo y el pueblo alemán.


    Protestamos con indignación contra tal propuesta de hacer elección entre nuestra patria y Dios. Nosotros amamos a nuestro pueblo alemán y estamos dispuestos a servirle aun con nuestras vidas. Pero también estamos dispuestos a vivir y morir por Jesucristo, a quien queremos pertenecer ahora y siempre.


    (…)


    Ya varios han comenzado a flaquear en esta lucha por la fe y aun se han separado totalmente de Cristo y de su Iglesia. Causa es esta de profundo dolor para nosotros. Pero podemos decir también animosamente con San Juan: Mi mayor gozo es saber que mis hijos siguen por el camino de la verdad, y que muchos en gran número, a pesar de la persecución, permanecen inquebrantablemente fieles a Cristo y a su Iglesia, y a costa de duros sacrificios cumplen con sus deberes religiosos. A todos ellos les damos las gracias por su fidelidad.


    Deseamos todos nosotros, Obispos, sacerdotes y seglares, permanecer firmes sobre la roca inquebrantable de nuestra Iglesia, en derredor de la Cruz de Nuestro Salvador, y en estos días de tormenta deseamos perseverar y fortalecernos los unos a los otros en caridad y en confianza, sosteniéndonos mutuamente por la oración, el consejo y el ejemplo.


    Cuando haya terminado este corto lapso de prueba terrenal, oiremos en los umbrales de la eternidad de labios de Nuestro Salvador y Nuestro Juez, estas palabras: en verdad en verdad os digo, el que me confesare ante los hombres, el Hijo del Hombre le confesará a él delante de los ángeles de Dios.



    Los párrafos transcriptos de la Carta Pastoral de los Obispos alemanes nos revelan, por una parte, el alto y ejemplar espíritu, a pesar de las gravísimas dificultades de todo orden que los rodean, que a ellos y a sus buenos católicos los anima, digno de los primeros tiempos del Cristianismo, para hacer frente a una persecución, si no, por hoy, sangrienta precisamente, pues que parece ser la consigna hacer no mártires, sino apóstatas, no por ello menos terrible; ya que no es menos difícil ni exige menores heroísmos y constancia, que ir voluntariamente al cadalso, el soportar la presión legal, técnicamente organizada, sistemática y tenaz de todos los días y de todos los instantes.

    Y, por otra parte, nos revelan el sentido típicamente antirreligioso y sectario de la persecución, ya que no repara ni aun en los daños que a la propia nación pudiera causar, como hacen notar los mismos Obispos, provocando la división entre los conciudadanos, con tal de saciar esos sus odios sectarios. Si así se muestran éstos, aun dentro de las naturales preocupaciones de la guerra, ¿qué no harían, si se vieran con las manos completamente libres?


    Una muestra más de la aplicación de esos errores

    Aun nos parece oportuno añadir un ejemplo más de la aplicación de esos errores, en un país fuera de Alemania; para que se vea, a la vez, qué crédito puede darse a la afirmación antes copiada del libro «Gott und Volk-Soldatisches Bekenntnis»: Por eso la fe alemana no impondrá a nadie su actitud ante Dios. Cada uno busque su camino.

    El 25 del mismo mes de julio último, en que lo hacían los Obispos alemanes, publicaban también los Obispos de Holanda una Carta Pastoral Colectiva, en la que empezaban diciendo:


    Por largo tiempo hemos guardado silencio -claro está que sólo públicamente- acerca de las muchas injusticias a que los católicos holandeses hemos sido sometidos durante los últimos meses.


    Van, luego, enumerando esas injusticias, tales como: la prohibición de hacer colectas entre los fieles para sus obras de caridad y culturales; la supresión de la radio y de la prensa católicas; la prohibición a los sacerdotes y religiosos, aun legalmente habilitados, para dirigir centros de enseñanza; las exhorbitantes gabelas impuestas a algunas instituciones, como la destinada a sostener la Universidad Católica de Nimega; la disolución de las asociaciones católicas de jóvenes; y continúan:


    Pero ahora ha sucedido algo que no nos permite callar sin hacer traición a nuestro oficio pastoral. Non possumus non loqui.


    Se refieren a la suspensión e incorporación al partido Nacional-socialista, decretadas por el Comisario del Reich, de la Unión de Obreros Católico-Romanos, integrada por unos doscientos mil socios y que el Episcopado Holandés miraba con especial cariño, por el bien inmenso, social y espiritual, que produjera durante los cincuenta años de su existencia. Como consecuencia de estos hechos añaden:


    Desde todos los púlpitos se os anunció el domingo 26 de enero, que deben negarse los sacramentos «a los católicos de quienes conste que están sosteniendo de una manera eficaz el movimiento Nacional-socialista, no sólo porque este movimiento amenaza estorbar a la Iglesia en el libre ejercicio de sus derechos en materias fundamentales, sino también porque amenaza seriamente el concepto cristiano de la vida de cuantos participan en él».


    Hacen luego extensivas estas sanciones a los miembros de cualesquiera asociaciones adheridas al mismo partido Nacional-socialista, y prosiguen:


    Abierta y solemnemente levantamos nuestra voz de protesta contra la injusticia cometida contra decenas de millares de hombres, despojándolos de sus instituciones sociales. Protestamos contra esta persecución moral, nunca oída, forzándolos a aceptar un concepto de la vida que está en oposición con sus convicciones religiosas.

    (…)


    Conocemos a nuestros hombres y sabíamos cómo habían de proceder. Pero aun así, queremos proclamar públicamente nuestro júbilo, al ver que todos los directivos han permanecido firmes con tanto valor y han rehusado toda cooperación. Estamos orgullosos de estos hombres que, aun en tan difíciles circunstancias, revelan aquellas cualidades que han hecho grande a nuestro pueblo: firmeza de voluntad, integridad de carácter, fidelidad a su honor y su conciencia. Tendrán sin duda que afrontar dificultades, pero estamos seguros que nuestros católicos no han de abandonar a sus hermanos en sus aprietos.


    Queridos Hermanos de la Unión de Obreros Católicos-Romanos. Os hemos dicho todo esto con el corazón sangrante. Nos damos cuenta de los sacrificios que se os exigen. Pero se juega en ello la salvación de vuestras almas inmortales. Hubiese sido mucho más cómodo para nosotros guardar silencio, pero no podíamos dejaros en incertidumbre en asunto de tanta trascendencia.


    En esto vamos unidos a nuestros Hermanos los Obispos alemanes. Los veintinueve Obispos y Prelados de la Gran Alemania han hecho leer el 6 de julio, en todas las iglesias, una Carta en que se levantan contra todas las injusticias recientemente cometidas contra la Iglesia Católica en Alemania.



    Hacen, finalmente, alusión al reparto, por cientos de miles, de un libro, en el que se pretende poner al pueblo alemán en la disyuntiva de elegir entre Cristo y Alemania, y a la protesta indignada de los Obispos alemanes contra tal pretensión, y concluyen:


    Pidamos y supliquemos al Señor, que nos dé fuerza para perseverar, a despecho de todos los sacrificios que nos pueda exigir, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a nosotros, en el que podamos ser salvos, sino el nombre de Jesucristo.



    Heroísmo y persecución

    Es realmente reconfortante, Venerables Hermanos y amados Hijos, el ejemplo de ese Episcopado y de esos católicos alemanes y holandeses unidos, a pesar de las diferencias humanas que puedan separar a sus pueblos, en la defensa tan decidida y viril de los derechos de Cristo, de la Iglesia y de sus conciencias cristianas; y es aleccionador su testimonio, por cuanto, como nadie y por propia experiencia, conocen y palpan el sentido hondamente sectario, los daños de apostasía en las almas y la natural consecuencia de persecuciones contra la Iglesia de los errores tantas veces aludidos; que de arraigar entre nosotros -lo que Dios no permita- forzosamente producirían los mismo efectos.

    La realidad de tales persecuciones, de cuya dureza y terribles métodos de opresión no es fácil darnos idea, y que ha habido y sigue habiendo especial interés en silenciar entre nosotros, no sólo consta de los testimonios irrecusables que acabamos de citar -entre otros muchos que pudiéramos añadir- sino que ella se ha revelado, más de una vez, en las palabras doloridas de los mismos Vicarios de Jesucristo, lo que debiera haber bastado para formar la convicción de todo católico.

    Aun en el reciente mensaje de Navidad, dirigido al mundo por el actual Pontífice Pío XII, sobre las bases de una paz duradera y justa, no pudo menos su corazón de Padre Universal, después de señalar cómo tales persecuciones, lejos de haber sido mitigadas o abolidas en el curso de la guerra, han ido, bajo no pocos aspectos, exasperándose más, de lanzar esta amarga queja:


    Nos amamos -y de ello Nos es testigo Dios- con igual afecto a todos los pueblos sin excepción alguna, y para evitar incluso la apariencia de estar movidos por espíritu parcial, Nos hemos impuesto hasta ahora máxima reserva; pero las disposiciones contra la Iglesia y los fines que ellas persiguen son tales, que Nos sentimos obligados, en nombre de la verdad, a pronunciar una palabra, incluso para que no nazca, por desgracia, un extravío entre los fieles.



    Conclusión

    De propósito no hemos querido entrar, en esta Instrucción, en el análisis doctrinal de los errores a que hemos venido refiriéndonos. Su especial peligrosidad para nosotros los católicos españoles está, más que en las mismas doctrinas, en aquellos elementos o factores circunstanciales, producto de los momentos confusos y apasionados en que vivimos y a que aludimos al principio, y a cuyo amparo pudieran pretender aquellos errores ir furtivamente introduciéndose entre nosotros. Por ello nos hemos limitado a dar la voz de alarma, y a señalar simplemente su presencia, y la presencia de los daños por ellos causados, en países en que han logrado prevalecer.

    Con todo, y para completa ilustración de nuestros fieles, reproducimos, tomada de nuestro BOL. ECCO., febrero-marzo de 1938 y como apéndice de esta Instrucción, la Carta Encíclica del Papa Pío XI, de 14 de marzo de 1937, Sobre la situación de la Iglesia Católica en el Reich Germánico, en la que tales errores, más al por menor y con suprema autoridad, se analizan y reprueban.

    Por nuestra parte, y como conclusión de esta Instrucción Pastoral, queremos fijar en vuestras almas, Venerables Hermanos y amados Hijos, las dos resoluciones siguientes:

    Primera: Es preciso que el afecto y la simpatía de nuestros corazones de católicos acompañen a nuestros hermanos en la fe, que sufren persecución por Cristo y por su Iglesia. Es lo menos que por ellos podemos y debemos hacer.

    Los católicos españoles sabemos, por propia experiencia, cuánto duele el que los católicos de otros países aparezcan en frente, siquiera sea por defecto de información o por interferencias de intereses políticos, de los que están sufriendo persecución por su Dios y por su fe. No caigamos ahora nosotros en lo mismo que entonces reprochábamos en los demás.

    ¿Qué se hubiera dicho si, cuando bajo Nerón o bajo Diocleciano, o cuando en Méjico o en Rusia se perseguía a la Iglesia, los católicos de un país cualquiera se hubiesen puesto a aplaudir a los tiranos, con indiferencia hacia las penalidades de sus hermanos en la fe?

    Eso no podemos hacerlo nosotros, ni como católicos ni como españoles. No como católicos; porque nos lo veda nuestra conciencia de creyentes, para la que la mano, que se levanta contra Cristo y abofetea a nuestra madre la Iglesia y se descarga sobre nuestros hermanos en la fe, será siempre… la mano que nos abofetea a nosotros. No como españoles; porque nos lo veda la voz de los héroes y mártires de nuestra cruzada, que si por algo lucharon y murieron -en esto sí que no cabe discusión alguna- fue por esos grandes ideales religiosos, que son, a la vez, alma de nuestra nacionalidad; y porque nos lo veda, también, el mismo concepto de honor y caballerosidad española; de esa dignidad caballeresca que todos nos reconocen como rasgo destacado de nuestro carácter, que forma un elemento primario de aquel nuestro magnífico y envidiado imperio espiritual, de señorío y de prestigio morales, -el único, por otra parte, que nada ni nadie nos podrá arrebatar, si nosotros voluntariamente no lo tiramos por la ventana- y a la cual dignidad caballeresca nada hoy tan opuesto como el espíritu de lacayo, dispuesto siempre a aplaudir servilmente, sean buenas o malas, las acciones del señor.

    Sean en Méjico o en Rusia, en Alemania, en Polonia, en Holanda o cualquier otro país, nuestro corazón y nuestras simpatías estarán siempre con nuestros hermanos que sufren persecución por la verdad y por la justicia.

    Segunda resolución: Habrá de ser la de reafirmar una vez más en nuestra conciencia, de una manera decisiva e irrevocable, la jerarquía obligada de valores, que es sustancia de nuestro credo católico; distinguiendo bien los valores absolutos, necesarios y eternos, ligados indisolublemente con Dios y con nuestra alma inmortal, y poniéndolos siempre muy por encima de todos los otros valores subalternos, condicionados, terrenos y transitorios, por grandes y elevados y legítimos que, en su orden, parezcan o sean. De este modo, caeremos en la tentación de posponer o someter los primeros a los segundos, ni seremos como nubes errantes, llevados de aquí para allá por todo viento político o partidista de doctrina, o toda corriente de interés o de moda; cual sucede a los que no tienen fe, ni reconocen esa jerarquía absoluta de valores, y que hoy la encabezan con uno, como ayer la encabezaron con otro, y mañana lo harán con otro; y hoy llaman bueno y verdadero a lo que ayer o mañana llamaron o llamarán malo y falso.

    Y cerramos esta nuestra Instrucción Pastoral, Venerables Hermanos y amados Hijos, con la misma afirmación católica y con la misma seguridad de magnífica esperanza, garantizada por la palabra de Jesucristo, con que cerraban las suyas los Obispos de Holanda y Alemania: Bajo el cielo no nos ha sido dado otro nombre, en el que podamos ser salvos, sino el nombre de Jesucristo (Act. IV – 12); -En verdad en verdad os digo, al que me confesare a Mí ante los hombres, el Hijo del Hombre le confesará a él ante los ángeles de Dios (Luc. XII – 8); y enviándoos a todos, de corazón, Nuestra Bendición Pastoral: en el Nombre del Padre † y del Hijo † y del Espíritu † Santo. Amen.


    Calahorra, festividad de San Leandro, 28 de febrero de 1942

    † FIDEL, Obispo





    La presente Instrucción Pastoral, junto con la Encíclica de Su Santidad Pío XI, que va como apéndice, será leída durante uno o más días festivos, según costumbre, en todas las iglesias.




    (1) Act. XX - 28

    (2) Tim. VI – 20

    (3) Nos referimos a la obra Der Mythus des 20 Jahrhunderts de Alfredo Rosenberg
    Kontrapoder dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: Instrucción Pastoral sobre algunos errores modernos (Fidel García Martínez)

    Pues le agradezco de veras que se haya tomado la molestia de escanear esta instrucción pastoral, que en el momento en que formulé la pregunta no estaba en internet. ¿Cómo accedió al texto? ¿A través de alguna librería de viejo?

    Todo lo que dice el obispo Fidel García resulta muy interesante, y desde luego el hombre tenía más razón que un santo al advertir de la peligrosidad de estas ideas. Las citas que entresaca del libro alemán son verdaderamente repugnantes y demuestran odio atroz contra el cristianismo y contra la misma idea de Roma, aun desprovista de connotaciones católicas.

    Por aportar algo más de información, se trataría de un folleto oficial del Frente Alemán del Trabajo (DAF) de la región de Sajonia, según cuenta esta librería neonazi:
    Dios y Raza. Credo del Soldado alemán - Anonimo. 1941 - Texto del DAF - Librería Argentina - Venta de Libros Online

    Así que no era un simple pirado que actuaba al margen del Estado. En esta biblioteca se puede acceder al texto completo en alemán (que no pongo para propaganda sino para documentación de las monstruosidades nazis y en general alemanas):
    https://archive.org/details/GottUndV...chesBekenntnis

    No creo que estas ideas demenciales pudieran haber calado en España, ni en la Falange ni en la Neofalange, porque van contra la esencia misma de nuestra patria. Para apoyar eso hay que ser antiespañol además de anticristiano. La simpatía que tuvieron algunos españoles hacia los nazis fue sobre todo en gratitud por la ayuda prestada en la Guerra Civil, así como por cierta identificación con algunas virtudes genéricas que teóricamente encarnaba el Eje --que, recordemos, no formaba sólo Alemania-- en reacción contra el comunismo y el liberalismo. Muchas veces se está en buenas relaciones con países cuyos gobiernos y sociedades dejan mucho que desear; la realidad del momento imponía que no nos debíamos llevar mal con Alemania y que era preferible un triunfo del Eje.

    Ahora bien, el obispo Fidel García hizo bien en advertir de todo esto. Muy probablemente la mayoría de españoles, incluidos los de cierta posición jerárquica, no conocían estos extremos de la barbarie nazi o bien los atribuían a la propaganda del enemigo, que en tiempos de guerra trabaja a destajo. No está bien que esta instrucción pastoral sufriera un cerco de silencio en la España nacional, aunque debemos comprender que en 1942 se vivía una situación delicada.

    Finalizo con un par de sugerencias de cara a que este texto, hasta ahora inédito en internet, reciba la máxima difusión posible:
    — Añada algunos "tags" que identifiquen lo tratado por esta instrucción pastoral, por ejemplo: franquismo, nacionalsocialismo, nazis, paganismo, anticristianismo.
    — Valore el incluir una imagen de la portada escaneada, pues para la mayoría de internautas las cosas entran sobre todo por la vista, o incluso el .pdf completo, si no ocupa mucho y el foro lo permite.
    Última edición por Kontrapoder; 13/02/2014 a las 03:02
    «Eso de Alemania no solamente no es fascismo sino que es antifascismo; es la contrafigura del fascismo. El hitlerismo es la última consecuencia de la democracia. Una expresión turbulenta del romanticismo alemán; en cambio, Mussolini es el clasicismo, con sus jerarquías, sus escuelas y, por encima de todo, la razón.»
    José Antonio, Diario La Rambla, 13 de agosto de 1934.

  3. #3
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    Re: Instrucción Pastoral sobre algunos errores modernos (Fidel García Martínez)

    Pues le agradezco de veras que se haya tomado la molestia de escanear esta instrucción pastoral, que en el momento en que formulé la pregunta no estaba en internet. ¿Cómo accedió al texto? ¿A través de alguna librería de viejo?
    De nada. Un placer. El texto no lo he escaneado sino que lo he transcrito. Efectivamente, como usted dice, conseguí el documento a través de una librería de viejo.

  4. #4
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    Re: Instrucción Pastoral sobre algunos errores modernos (Fidel García Martínez)

    Afirmaciones erróneas del racismo germánico

    Fuente: “Instrucción Pastoral sobre algunos errores modernos”. Dr. Fidel G. Martínez, Obispo de Calahorra y La Calzada. Logroño. Imprenta Moderna. Duquesa Victoria, 30. Página 46.



    Afirmaciones erróneas del Racismo Germánico, señaladas a todas las Universidades y Facultades Católicas por la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades, y calificadas por ésta como detestables (13 de abril 1938)



    1ª. Las razas humanas, por sus caracteres naturales e inmutables, de tal modo son diferentes, que la más humilde de entre ellas está más lejos de la más elevada, que de la especie animal más alta.

    2ª. Es necesario, por todos los medios, cultivar y conservar el vigor de la raza y la pureza de la sangre; todo lo que conduce a este resultado es, por lo mismo, honesto y permitido.

    3ª. De la sangre, sede de los caracteres de la raza, como de su fuente principal, se derivan todas las cualidades intelectuales y morales del hombre.

    4ª. El fin principal de la educación es desenvolver los caracteres de la raza e inflamar los espíritus de un amor ardiente a la suya propia, como a bien supremo.

    5ª. La religión está sometida y debe adaptarse a la ley de la raza.

    6ª. La fuente primera y regla suprema de todo orden jurídico es el instinto racial.

    7ª. Sólo existe el Cosmos o Universo, como ser viviente; todas las otras cosas, entre ellas el hombre, no son sino formas diversas, que se amplifican en el curso de las edades, del universo viviente.

    8ª. El hombre no existe sino por el Estado y para el Estado. Todo lo que él posea, en derecho, se deriva únicamente de una concesión del Estado.
    Kontrapoder dio el Víctor.

  5. #5
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    Re: Instrucción Pastoral sobre algunos errores modernos (Fidel García Martínez)

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Fuente: Misión, 19 de Febrero de 1944, página 4.


    El Cardenal Segura condena los principales errores modernos

    Declaración Pastoral al Clero y Fieles del Arzobispado


    Venerables Hermanos y amados Hijos:

    Es ahora una de Nuestras principales preocupaciones pastorales la de llevar a exacto cumplimiento cuanto ha quedado establecido como ley diocesana en el Sínodo recientemente celebrado, en los días 18, 19 y 20 del pasado mes de Noviembre.

    De ahí que hayamos pensado, delante de Dios, exponer principalmente durante el año próximo, con alguna mayor amplitud, determinados puntos de doctrina o de legislación de la Iglesia, a los que se refieren las Constituciones del Sínodo Diocesano, en el Capítulo II de la Primera Parte, sobre la doctrina cristiana.

    Es adecuado el precaver a los fieles de los errores modernos principales, que se esparcen en la Diócesis en la actualidad, y que, si bien en las nueve Constituciones de este Capítulo se habla en concreto de alguno de estos errores principales, hemos creído un grave deber Nuestro pastoral especificar un poco más esta doctrina fundamental en la práctica de la vida cristiana.


    Errores condenados por la Iglesia

    El olvido en que tenemos, venerables Hermanos y amados Hijos, las enseñanzas dadas en diversas ocasiones por nuestra Santa Madre Iglesia, es causa de que no nos demos cuenta de muchos errores que se esparcen especialmente, lo mismo en los periódicos y revistas que en las publicaciones todas de nuestros días, y que van adquiriendo como carta de naturaleza en las costumbres de nuestra época.

    Por eso juzgamos que es necesario recordar, al menos en síntesis, las principales doctrinas contenidas en estas públicas condenaciones de errores.

    En 8 de Diciembre de 1864, publicaba el Papa Pío IX su memorable Encíclica «Quanta cura», y agregaba a continuación su inmortal «Syllabus» que abarca los principales errores de nuestra edad, condenados en las Alocuciones Consistoriales, Encíclicas y otras Cartas Apostólicas de nuestro Santísimo Padre Papa Pío IX, condenándose expresamente los errores referentes al Panteísmo, Naturalismo y Racionalismo absoluto; los que entraña el llamado Racionalismo moderado y los del Indiferentismo y Latitudinismo; los errores del Socialismo, Comunismo y Sociedades clandestinas, Sociedades bíblicas y Sociedades clérico-liberales; los errores acerca de la Iglesia y de sus derechos; los que se refieren a la sociedad civil, ya considerada en sí misma, ya en sus relaciones con la Iglesia; los errores tan esparcidos de Ética natural y cristiana, del matrimonio cristiano, del Principado civil del Romano Pontífice y del moderno Liberalismo.

    Los ochenta errores condenados en las ochenta proposiciones que componen el «Syllabus» son, en casi su totalidad, derivaciones del Liberalismo, secuela del Protestantismo, que tantos estragos ha causado en nuestra Patria.

    No tenemos por qué reproducir de nuevo esos ochenta errores terminantes, ya que el «Syllabus» está en manos de todos los sacerdotes, y pueden y deben, cuando se presente ocasión, prevenir al pueblo contra él.


    El modernismo

    Lo verdaderamente extraño es que, en los tiempos actuales, se combata al Liberalismo político y queden en pie, y aun se implanten, los errores del Liberalismo en todos los demás órdenes.

    A estos errores del Liberalismo, que han venido a degenerar en las aberraciones más absurdas del Indiferentismo, del Racionalismo, del Panteísmo y del Naturalismo, han seguido otra clase de errores sumamente perniciosos, acerca de los cuales ha tenido la Santa Sede que llamar la atención de los Prelados y de los fieles, y son los errores del llamado MODERNISMO, condenado en repetidas ocasiones por la Iglesia, de un modo especial en el «Motu proprio» «Sacrorum antistitum», de Su Santidad Pío X, de 1910, y en el Decreto de la Sagrada Congregación del Santo Oficio de 3 de Julio de 1907.

    En este Decreto se reprobaban y proscribían sesenta y cinco proposiciones peligrosísimas para los fieles, y que han causado verdaderos estragos a muchas almas.

    No podemos quedarnos tranquilos creyendo que el conjunto de herejías que abraza el Modernismo ha desaparecido por la acción del tiempo y por la condenación de la Iglesia.

    Muchos errores de los que se contienen en esas sesenta y cinco proposiciones modernistas condenadas, serpean en nuestros días insidiosamente en muchos escritos. Baste citar la última de las proposiciones, que revela el espíritu satánico que anima al Modernismo.

    «El catolicismo –dice– de nuestros días, no puede armonizar con la verdadera ciencia, si no se transforma en un cierto cristianismo no dogmático, o sea, en un protestantismo lato y liberal».

    Ni siquiera con este nuevo «Syllabus» podemos decir que han terminado los errores que como cizaña sembró el adversario del mal en el campo de la Iglesia.

    Estos secuaces de Lucifer no descansan un momento; por eso es necesario estar siempre alerta y advertir a los fieles los graves peligros que surgen en las nuevas perniciosas doctrinas que se propagan.


    El racismo

    Cúmulo de errores gravísimos en materia de fe y costumbres encierra el llamado RACISMO, que ha obligado a la Santa Sede a llamar de nuevo la atención de los fieles sobre las afirmaciones erróneas que contiene.

    El día 13 de Abril de 1938, la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades de Estudios se dirigía oficialmente al Emmo. y Rvdmo. Señor Cardenal Baudrillart, Rector del Instituto Católico de París, y, por su medio, a las Universidades y Facultades católicas del mundo, comunicándoles las debidas instrucciones para defender la verdad contra las afirmaciones erróneas del Racismo germánico.

    Encierra este documento nueve proposiciones, que contienen otros tantos errores peligrosísimos, que han circulado en diversas clases de publicaciones en nuestra Patria.

    La principal aflicción del Santo Padre, se dice en el referido documento, proviene de que, para encauzar una tan grande injusticia, se hacen intervenir calumnias desvergonzadas y por doquiera se difunden las más perniciosas doctrinas, falsamente coloreadas con el nombre de ciencia, al objeto de prevenir los espíritus y extinguirles la verdadera religión.

    Ante tal situación, la Sagrada Congregación de Estudios ordenó a las Universidades y Facultades católicas que aporten toda su actividad y su fuerza para defender la verdad contra la invasión del error.

    Las aserciones insostenibles del Racismo son las siguientes:

    «1.ª Las razas humanas, por sus caracteres naturales e inmutables, de tal modo son diferentes, que la más humilde de entre ellas está más lejos de la más elevada, que de la especie de animal más alta.

    2.ª Es necesario, por todos los medios, conservar y cultivar el vigor de la raza y la pureza de la sangre: todo lo que conduce a este resultado es, por lo mismo, honesto y permitido.

    3.ª De la sangre, sede de los caracteres de la raza, como de su fuente principal, se derivan todas las cualidades intelectuales y morales del hombre.

    4.ª El fin principal de la educación es desenvolver los caracteres de la raza e inflamar los espíritus de un amor ardiente a la suya propia, como a bien supremo.

    5.ª La Religión está sometida y debe adaptarse a la ley de la raza.

    6.ª La fuente primera y la regla suprema de todo orden jurídico es el instinto racial.

    7.ª Sólo existe el Cosmos o Universo, como ser viviente; todas las otras cosas, entre ellas el hombre, no son sino formas diversas, que se amplifican en el curso de las edades, del Universo viviente.

    8.ª El hombre no existe sino por el Estado, y para el Estado. Todo lo que él posea, en derecho, se deriva de una concesión del Estado.

    9.ª A estas proposiciones tan detestables, fácilmente podrán añadirse otras.

    El Santo Padre, Prefecto de nuestra Congregación, tiene la seguridad, Emmo. Señor, de que nada omitiréis para llevar a su perfecto cumplimiento las prescripciones contenidas en esta carta».


    El totalitarismo

    Finalmente, entre los errores modernos que han arraigado de un modo extraordinario en los últimos tiempos, deben de fijarse los que atentan a la justa y cristiana organización de los pueblos, y de los cuales pueden derivarse, y de hecho se derivan, funestas consecuencias.

    Esos principios erróneos están expresa o virtualmente condenados en repetidos documentos de la Santa Sede, principalmente en la Encíclica «Inmortale Dei» de León XIII, de 1 de Noviembre de 1885, acerca de la constitución cristiana de las sociedades.

    Síntesis de todos estos errores es la proposición octava poco ha indicada por la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades de Estudios, que dice:

    «El hombre no existe sino por el Estado, y para el Estado. Todo lo que él posea en derecho, se deriva únicamente de una concesión del Estado».

    Al conjunto de doctrinas que constituyen esta paganización de los pueblos, y en las que se basa este principio erróneo, se le denomina con el nombre de TOTALITARISMO.

    Proposiciones de este sistema son las siguientes:

    «El Estado, como voluntad ética universal, es creador del derecho» [1].

    «El Estado es un «absoluto» ante el cual los individuos y los pueblos son el «relativo»» [2].

    «El Estado es una compleja e indestructible unidad, que no tolera soberanía que no tenga dentro de sí mismo; que no admite otro imperio que el que de él promana».

    «Todo en el Estado. Nada fuera del Estado. Nada contra el Estado» [3].


    Exhortación paternal

    Bastará esta ligera indicación, mis venerables Hermanos y amados Hijos, para daros a entender claramente que, según el consejo del Apóstol San Pedro, en su primera Carta, es necesario estar vigilantes (I Pet., V, 8) para no vernos sorprendidos por el error, que por doquiera nos cerca, no olvidando que, según enseñaba San Ignacio de Loyola en su «Meditación de las dos Banderas», es táctica de Satanás «la de echar redes y cadenas» con las cuales aprisionar primero las inteligencias y después las voluntades, arrastrando hacia el mal.

    No es completo el índice de todos los errores modernos el que acabamos de indicaros; mas la índole de esta Declaración Pastoral no Nos permite mayor extensión.

    Tened presentes con frecuencia las doctrinas de los Documentos Pontificios citados, y os veréis libres de los errores funestísimos, que pueden conduciros a la perdición.

    Sevilla, 30 de Diciembre de 1943.


    El Cardenal Arzobispo de Sevilla





    [1] Nota mía. Véase la página 61 de El Fascismo, de Benito Mussolini, Librería de San Martín, 1934: El Fascismo (Benito Mussolini).pdf.

    [2] Nota mía. Véase la página 93 de la referida obra.

    [3] Nota mía. Véase página 72 de la citada obra.

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