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Tema: La Iglesia y Francisco Franco, por mons. Guerra Campos

  1. #1
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    La Iglesia y Francisco Franco, por mons. Guerra Campos

    Por José Guerra Campos
    Obispo de Cuenca

    Separata del “Boletín Oficial del Obispado de Cuenca” septiembre de 1974

    I
    "El proximo día primero de octubre (1974) se celebra el 38 aniversario de la exaltación de Francisco Franco a la Jefatura del Estado Español.

    El hecho tiene en la historia de la sociedad civil el relieve extraordinario que todo el mundo le reconoce, por el trance heroico y universalmente apasionante de sus orígenes y por la larga trayectoria, pacificadora y transformadora, que desde entonces viene marcando a la vida de España.

    Pero el hecho es también un signo, ya imborrable, en la historia de la Iglesia contemporánea, y esto por doble título: por el empeño, singular en esta época, con que un hijo de la Iglesia ha tratado de proyectar en la vida pública su condición de cristiano y la ley de Dios proclamada por el Magisterio eclesiástico; y por las manifestaciones emitidas acerca de él por Papas y Obispos, que, si se atiende a su contenido y también a su unanimidad y persistencia, difícilmente se hallarán en relación con ninguna otra persona viviente en los últimos siglos.

    Es indudable que ahí se muestra una de esas actitudes de la Iglesia que no son, como suele decirse, oportunistas, sino que dimanan de la entraña de su misión irrenunciable.

    Siento la obligación pastoral de evocar este signo con su significación auténtica, y de hacer algunas consideraciones sobre su vigencia y proyección futura...


    https://manuelmartinezcano.org/2016/12/27/la-iglesia-y-francisco-franco-1/


    II
    ...El 55 por 100 de los sacerdotes incardinados en esta Diócesis (Cuenca) no había nacido o no había llegado al uso de razón cuando ya Franco era Jefe del Estado Español. Los sacerdotes ordenados antes de asumir Franco dicha Jefatura y que siguen en vida son el 15 por 100 (número que parecerá muy bajo si se piensa que muchos eran quince o veinte años más jóvenes que el mismo Franco; pero no se pueden olvidar los 120 (más 28 religiosos) asesinados por las fuerzas comunistas, ya de confesión marxista ya libertaria.

    De los Obispos diocesanos que lo eran en aquel momento en toda España sobrevive uno, jubilado. Cerca de cincuenta Obispos diocesanos, consagrados durante la Jefatura de Franco, han muerto ya, algunos tras un pontificado de los que suelen estimarse largos. En lo que concierne a la posición y los juicios de la Iglesia, también el Obispo que suscribe se encuentra con un hecho que le precede y que recibe de sus mayores.

    De los treinta y ocho años de gobierno de Franco nada menos que 28 (de 1936 a 1964) corresponden a mi adolescencia y juventud y a los años de ejercicio de presbiterado, sin autoridad ni responsabilidad de Magisterio o jerarquía en la Iglesia y sin ningún entrometimiento operativo ni en el campo de la gestión pública civil ni en el área de las altas relaciones Iglesia-Estado...

    https://manuelmartinezcano.org/2017/01/03/la-iglesia-y-francisco-franco-2/

    III
    "Me propongo hacer presente en forma global un hecho enjuiciado por quienes tenían magisterio sobre mí en el período antes citado, y, como partícipe ahora de ese mismo magisterio, enunciar con la ayuda de Dios las orientaciones que de aquel hecho y aquellos juicios emanan para el momento actual.

    Por razón de los límites de este propósito, está claro que no debo ni quiero usurpar la autoridad pastoral para revestir con ella los análisis o las síntesis y apreciaciones de historia eclesiástica o política que con saber humano pudiera intentar, cuyo interés y acierto serían discutibles, y que en todo caso no habría de publicar con autoridad de obispo. Mas como, por otra parte, parece necesario un mínimo de manco histórico antes de evocar las palabras de la Jerarquía, me limitaré a anteponer unos rasgos sueltos descriptivos, que esbocen únicamente algo de mi experiencia personal, como tal no discutible, y sin duda coincidente con la de otros muchos sacerdotes. Así se verá cómo unos hechos y juicios que estaban muy en lo alto aparecieron ante quien vivía más abajo, sin protagonismo, en la base humilde del pueblo y en la base de los servidores de la Iglesia.

    Cuando se confirió a Francisco Franco la Jefatura del Estado, el que esto escribe, a sus quince años cumplidos, era poco más que un niño; su desarrollo físico juvenil coincidió con los dos primeros años de la guerra, antes de tener el honor de servir en el Ejército nacional. Vivía en un ambiente campesino y obrero. Desde la proclamación die la República estudiaba en el Seminario, a donde llegaba naturalmente en estruendo creciente de las convulsiones sociales y políticas y de la persecución religiosa inscrita en la Constitución y practicada por algunos grupos gobernantes; donde, sin embargo, con los de mi edad vivía al margen de informaciones regulares, tanto acerca de anécdotas cotidianas como de planteamientos generales de la política. Desde luego, jamás viví en el Seminario nada que se pareciese a un alistamiento político.

    En los meses de vacación ayudaba al párroco y trabajaba -según las posibilidades de mi edad- en las faenas del campo y en una modesta fábrica, donde, si no recuerdo mal, llegué a ganar dos pesetas con cincuenta céntimos por día, contando solo los días laborables; otros compañeros ganaban tres o cuatro pesetas, y el dueño de la fábrica, que era el obrero especializado y con más horas de trabajo, cinco pesetas. Solía ir a una cartería distante de mi casa a recoger dos diarios, en los que curioseaba mientras desandaba el camino: el diario a que estaba suscrito mi padre, de la Editorial Católica; y el de un vecino y socio de mi padre, de editor masón.

    Las corrientes de opinión y las preocupaciones político-sociales las percibía sin velos tal como se reflejaban en el hondón más humilde del pueblo: en los corros de labradores, entre los obreros de una carretera en construcción, en la lejana taberna a donde iba a comprar víveres por encargo de mi madre, en los talleres artesanos, como el de un zapatero remendón socialista. El flujo de mendigos por la puerta de casa daba continuas ocasiones para ejercitar el cariño y el respetó cristianos que me enseñaba mi madre, no sin recordar las graves reservas de orden social y hasta los planes expeditivos que formulaba mi padre, poco amigo de los que no querían trabajar. Recuerdo también cómo los compañeros de fábrica habían sido incorporados con engaño y coacción a una agrupación «sindical manejada por los comunistas de Liste, después famoso, que en julio de 1936 les movilizó con escopetas contra las flacas compañías del Ejército, operación abortada, con gran alivio de los «combatientes», en uno o dos días...

    https://manuelmartinezcano.org/2017/01/10/la-iglesia-y-francisco-franco-3/



    IV...Después del Movimiento del 18 de Julio se manifestó en mi contorno un sentimiento de liberación; había quien recordaba otro momento, trece años anterior, en que los campesinos se habían visto transitoriamente libres de los caciques, muñidores electorales de los partidos. En medio de la amenaza que suponía para las familias con jóvenes la inesperada prolongación de la guerra vi crecer: la polarización de la esperanza y la confianza en Franco (en quien aquel pueblo, nada ingenuo, más bien precavido y receloso, se sentía representado); la expectación emocionada del final feliz, al compás de la progresiva liberación de las capitales de provincia; el fervor religioso; un clima de solidaridad más pura. Vi a los mozos alistados volver «de permiso» y, lejos de cualquier talante heroico, mostrar su admiración y su orgullo de estar mandados por el Generalísimo. Vi cómo se popularizaba el anhelo de obtener la libertad del pueblo mediante la supremacía imparcial de una autoridad justiciera; conjugar el patriotismo y el sentido religioso con la justicia social; eliminar los abusos de los dadores de trabajo o la falta de seguridad, y no menos los abusos de los asalariados perezosos e irresponsables, fautores de la anarquía o del cómodo y pintoresco «comunismo del reparto». Todo ello expresado con el realismo y sobriedad propios de unos trabajadores autónomos -como lo eran la inmensa mayoría-, en los que coincidían todos los gravámenes del propietario minifundista y del obrero.

    Me impresionó de modo particular la actitud de un señor que se destacaba por su cultura, su aparente frialdad religiosa y su enigmática austeridad. Este señor, hecho alcalde en tiempo de la República asistido por unos buenos vecinos como concejales., entre ellos mi padre, había dado en el Ayuntamiento ejemplo de entrega y de honradez administrativa. Relevado del puesto al cambiar el Régimen, cuando todo haría sospechar en él reservas u oposición, aseguraba espontáneamente que el movimiento acaudillado por Franco tenía de su lado como fuerza invencible los «Valores morales» (acaso la primera vez que yo oía esta expresión, tan manida). El señor al que me refiero murió años más tarde en la paz de Cristo; yo mismo le asistí como sacerdote.

    Los años de la guerra mundial los pasé exclusivamente inmerso en la preparación teológica para el sacerdocio. Ordenado presbítero, quedé a la plena disposición de mis Superiores, renunciando a programas propios, en una situación de gran estrechez económica y de trabajo ilimitado, a veces agobiante, llevado con alegría. Recuerdo que el fondo «político» de esta actividad, para mí y mis compañeros, consistía precisamente en la posibilidad, por vez primera en mucho tiempo, de dedicarse de un modo puro y con entera libertad al ministerio sacerdotal; mientras los mayores se habían visto acosados por las luchas partidistas, y a veces implicados en ellas, aunque solo fuese por razones elementales de defensa.

    En los veinte años de presbiterado ninguna situación pública me obligó a distraerme de la multiforme labor evangelizadora; jamás autoridad civil alguna se interfirió en las tareas que me encomendó la Iglesia. Es notorio -al menos para los que lo han vivido- que en numerosos sacerdotes y seglares se dio al mismo tiempo, por aquellos años, un esfuerzo ardiente de renovación interior y una característica vibración por la justicia social. Esta doble tensión, siempre insatisfecha, no condujo por lo general ni a interferencias ni a enfrentamientos.

    https://manuelmartinezcano.org/2017/01/17/la-iglesia-y-francisco-franco-4/

    V
    ...Se abrieron muchos cauces nuevos para la acción sacerdotal, por ejemplo en organizaciones civiles educativas, como el Frente de Juventudes y otras. No puedo dar testimonio directo, porque nunca, ni de seglar ni de sacerdote, he pertenecido a ninguna de esas organizaciones; pero en ellas trabajaron con dignidad y eficacia muchos sacerdotes y religiosos y algún Prelado; y a todos los que estábamos dispuestos con desinterés a decir la palabra del Evangelio donde quiera que se presentase la oportunidad, se nos franqueaban las puertas de esas organizaciones lo mismo que las de tantas y tantas asociaciones de la Iglesia.
    Es probable que nunca haya habido en nuestra Iglesia tanta desproporción entre las posibilidades ofrecidas y las fuerzas disponibles. La revista «Ecclesia» escribía en 1953: «Conviene medir, para atizar el sentido de la responsabilidad que nos toca ante el presiente y futuro, lo que otros que nos precedieron hubieran conseguido de contar con las facilidades y medios que están hoy a nuestro alcance».

    Todo, repito, en un clima de libertad y sencillez. Esta, libertad evangélica me llevó en cierta ocasión solemne de 1954, juntamente con otros sacerdotes responsables, a una momentánea -casi repentina- situación conflictiva, que pudo traer consecuencias muy enojosas para la misma persona del Jefe del Estado. Como la situación resultaba de un aprecio común hacia el Jefe del Estado y la multitud del pueblo llano, y la intención era igualmente meta en todas las personas en conflicto, todo se quedó en un incidente sin hiel y sin huella.
    Naturalmente, los que nos entregábamos a la serena y absorbente labor apostólica, con todas las dificultades y preocupaciones que son intrínsecas a la misma, sabíamos muy bien que a alguien se debía el que las condiciones del contorno social, en cuanto dependen de los que gobiernan, fueran propicias y no adversas. Las nuevas leyes, los nuevos impulsos, el nuevo tono, confluían en la persona de Francisco Franco, catalizador del espíritu que animaba a tantos españoles deseosos de reconstruir una patria armónica inspirada por el Evangelio. Suponíamos -no nos interesaba demasiado la información de pormenores- que para aconsejar y concordar las condiciones exigidas por una adecuada relación entre la Iglesia y el Estado intervenían oportunamente, según los distintos ámbitos, la Santa Sede y nuestros Prelados.

    En efecto, les la voz de la Santa Sede y la de aquellos Prelados la que ha formulado el juicio de la Iglesia sobre dicha relación y sobre la función realizada en este punto por el Jefe del Estado. Las declaraciones en ese sentido se dan con nitidez no sólo en los años de la guerra, sino -caso insólito- durante los tres decenios de los años 40, 50 y 60; y se mantienen constantes en medio de las circunstancias más disipares de la llamada «opinión mundial».

    Los juicios de la Jerarquía no prejuzgaban las cuestiones de política contingente sujetas a diversidad de opiniones. El ministro del Evangelio se encontraba, por ejemplo, en algún sector con los impacientes del ritmo institucionalización política; en algunas familias, con los impacientes por la restauración monárquica; en algunos jóvenes universitarios, con los impacientes por la transformación revolucionaria del país; entre algunos dirigentes sindicales, con los impacientes por una participación más abierta; más tarde, con algunos impacientes por la «incorporación a Europa», etc., etc. No recuerdo que la autoridad de la Iglesia se haya entrometido en semejantes asuntos."

    https://manuelmartinezcano.org/2017/01/10/la-iglesia-y-francisco-franco-5/
    Última edición por ALACRAN; 09/05/2017 a las 17:39
    DOBLE AGUILA, Trifón y Pious dieron el Víctor.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: La Iglesia y Francisco Franco, por mons. Guerra Campos

    José Guerra Campos
    Obispo de Cuenca

    Separata del “Boletín Oficial del Obispado de Cuenca”
    septiembre de 1974

    VI
    ...Pero no por una inhibición evasiva. Porque la Jerarquía española proyectaba su influjo espiritual en el campo civil: 1º principalmente en relación con las necesidades primarias que afectaban al pueblo; 2º con más parsimonia, pero con claridad, en relación con la estructura política del país; 3º sin olvidar la frontera en que el influjo de la Iglesia ha de respetar la autonomía del orden político; 4º y por lo mismo cuidando de precisar el sentido de la acción espiritual dentro de las organizaciones civiles. No será inútil mostrar a continuación el contenido de los cuatro puntos precedentes:

    1º La atención del Episcopado sintonizaba ante todo con las necesidades urgentes de una gran parte del pueblo español, que durante varios Lustros se encontró en difíciles condiciones materiales. Los programas de reconstrucción y desarrollo tropezaban, como es sabido, con enormes obstáculos internos y exteriores. La labor de siembra y cimentación tan tenazmente promovida por el Gobierno y secundada por algunas iniciativas privadas no podía aquietar la impaciencia de los que quisieran tocar ya los Frutos, aunque logró mantener tensa la esperanza y multiplicar de modo creciente la inventiva y el esfuerzo de los ciudadanos. El racionamiento y el inevitable «mercado negro» de los años 40, las escaseces y el nivel de salarios inquietaron el ánimo muchas veces. Los socorros de carácter primario aportados a tantas personas por instituciones de la Iglesia y de organismos civiles sólo podrían ser despreciados en los comentarios irresponsables de quienes no experimentaron las estrecheces o de quienes les contraponen soluciones puramente soñadas.

    Naturalmente, la meritoria solicitud por los necesitados no garantiza el acierto al postular disposiciones que afectan a la política económica. En algunos casos se pudo experimentar, como suele ocurrir en materia tan escurridiza, la peligrosa ingenuidad de fórmulas que terminarían por dañar a quienes se pretendía favorecer. Quizá en algunos círculos estudiosos próximos a la Jerarquía se exhibió demasiada confianza en panaceas, keynesianas y de otro tipo. Tales indicaciones, más que como solución técnica -que por lo demás no compete a la Jerarquía de la Iglesia-, deben registrarse, y con elogio, como expresión vivía de una preocupación por la situación real del pueblo.

    Lo más interesante en este campo es el adoctrinamiento moral; y lo que con más densidad hizo el Episcopado, sobre todo entre 1945 y 1965, fue dar aldabonazos para despertar la «conciencia social» de los ciudadanos, estimulando a los que más pudiesen contribuir a la transformación económica y social del país a ser generosos y a llenar con sus iniciativas el cauce de las leyes e instituciones oficiales. Realmente pocas veces se ha fustigado tanto como en los años 50 a los cristianos españoles por su déficit de conciencia social, no sin forzar acaso un poco obsesivamente el argumento comparativo con otros países.

    Cuando la Conferencia de Metropolitanos, en 1951, recordaba a todos sus respectivos deberes de justicia y caridad, lo hacía movida por «el amor a nuestro pueblo español sin excluir a nadie; a gobernantes y a gobernados, a doctos e indoctos, a ricos y a pobres; aun a los que sean enemigos die la Iglesia, pues si algunos están necesitados, también para ellos pedimos justicia y caridad». Después de la salvación de todas y de cada una de las almas, nada deseamos más ardientemente que la paz social en nuestra queridísima España».
    El Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla, revisando sus visitas pastorales a los pueblos, escribía en 1962: «Los Poderes públicos deben ocuparse de facilitar condiciones humanas a todos los ciudadanos. ¡Qué grato nos es proclamar lo mucho que en este sentido vienen haciendo el Gobierno de la nación, las autoridades provinciales y muchísimas locales! (…) Hay algunos pueblos los menos ciertamente, que no se han puesto todavía en línea con ese desarrollo que se observa en la mayoría (…) Hay que explotar al máximo las facilidades que brinda el Estado (…) Pero no basta la acción de los Poderes públicos. Es necesaria la colaboración de los particulares, especialmente de quienes poseen bienes de fortuna…»
    https://manuelmartinezcano.org/2017/01/31/la-iglesia-y-francisco-franco-6/

    VII...2º Ya desde el fin de la guerra mundial la voz de los Prelados aconseja discretamente proseguir en la estructuración del Estado español. Así, el Cardenal Primado en 1945: «Afortunadamente el Fuero de los Españoles, aprobado recientemente por las Cortes y promulgado por el Jefe del Estado, marca una orientación de cristiana libertad, opuesta a un totalitarismo estatista». Y recomendaba «Una estructuración total y definitiva del Estado español (…) que pueda servir de modelo por tantas leyes de inspiración cristiana ya dictadas en materia de enseñanza, por tantas leyes avanzadas de justicia social, ya puestas en práctica y que pueden todavía verse perfeccionadas, y de armoniosa conjugación de autoridad firme, con continuidad histórica y de participación de los ciudadanos en el Gobierno de la nación».

    Y el Obispo de Astorga (1949) anotaba la libertad de opiniones en cuanto a la determinación precisa de cuál será el mejor sufragio concreto»; añadiendo: «Ciertamente es falso que sin el sufragio universal directo e igualitario e inorgánico no pueda haber régimen político justo y aun justa democracia».

    3º Pero las orientaciones de la Iglesia tenían que respetar la competencia autónoma del orden político, y así lo hacían notar los Obispos a quienes pretendían de ellos que tomasen posiciones indebidas. El criterio para la distinción de campos aparece claro, entre otros, en un texto del Dr. Olaechea, Arzobispo de Valencia, en 1962, al referirse a los no escasos documentos y comunicaciones por los que la Iglesia -acusada por algunos de estar callada- hacía llegar su voz al Estado. No es de su incumbencia meterse en técnicas políticas, sociales y económicas, que Dios ha dejado a la libre discusión de los hombres; pero, además, «la Iglesia cree que la prudencia y la oportunidad políticas en las aplicaciones concretas de su doctrina social -sin negar jamás ni nublar siquiera la luz de esa doctrina- no son cosas suyas: son cosas de los ciudadanos, son cosas del gerente del bien común, que es el Estado».

    Un ejemplo de este deslinde de competencias aparece en lo que enseñan dos Prelados respecto a la Organización Sindical. El Cardenal Pla y Deniel, Arzobispo Primado, en 1954: «¿Hay en un Estado leyes civiles que establecen la unidad sindical? Allá el Estado; lo ha creído conveniente así; podrá haber distintas opiniones sobre su organización de derecho y de hecho; pero ni la jerarquía se mete en ello, ni la Acción Católica tampoco (…). Todas las entidades de Acción Católica, aunque sean especializadas…, deben respetar las leyes civiles, mientras no se tratase, claro está, de una legislación que fuese contra el derecho natural: entonces la Jerarquía hablaría, y la Acción Católica la secundaría».
    El Obispo Enrique Tarancón, en 1955: «La licitud moral del régimen de unidad sindical no creo que pueda ponerse en duda en el terreno de los principios, siempre, claro está, que el sindicato único acepte la doctrina cristiana y se rija por las normas de su moral (…). El obrero tiene el deber de incorporarse activa y lealmente al sindicato; tiene el deber de aceptar las leyes del Estado que establecen la unidad sindical. Es el Estado el que lleva las riendas de la sociedad civil y el que debe juzgar las circunstancias para apreciar qué régimen de organización sindical es más apto en unos momentos determinados para conseguir el bien común».


    https://manuelmartinezcano.org/2017/02/07/la-iglesia-y-francisco-franco-7/

    VIII
    4º En cuanto al sentido de la acción apostólica dentro de organizaciones civiles, el Cardenal Primado decía en 1945, refiriéndose a la Sindical: «Cuando un Gobierno católico pide asesores eclesiásticos para una Organización Sindical que quiere ser católica, pero que tiene, además, determinados matices que escapan a la esfera religiosa, la Iglesia los concede, pero para que en ella prediquen las doctrinas de la Iglesia y enseñen la moralidad, la religión y la práctica de la misma (…). Vais a ella no como miembros de un partido, ni como funcionarios del Estado, sino como sacerdotes, enviados por Vuestros respectivos prelados…».
    Y el Obispo asesor nacional eclesiástico dice en 1948 a los Dirigentes Sindicales: «Venimos a predicar el reino de Dios, a montar la guardia para custodiar defender y propagar los valores eternos de que el hombre es portador. El día en que entre vosotros no se hablara y no se defendieran los valores morales del hombre y no se custodiara diligentemente ese tesoro de los valores eternos, se habrían disipado las esencias espirituales del Movimiento».
    https://manuelmartinezcano.org/2017/02/14/la-iglesia-y-francisco-franco-8/


    IX
    ...Dentro de estas coordenadas se inscriben las declaraciones de la Jerarquía de la Iglesia sobre la persona y la actuación de Francisco Franco, Jefe del Estado. Ellas constituyen el núcleo de la presiente nota pastoral. De su copioso número bastará reunir aquí un pequeño haz representativo. No necesitan encuadramiento ni comentarios; por sí mismas sugieren el marco y el tono y dibujan claramente él perfil de los temas y los motivos de las afirmaciones.

    – Todos los Obispos sobrevivientes en España, 1937, escribiendo a los Obispos del resto del mundo durante la guerra: «Tenemos la esperanza de que, imponiéndose con toda su fuerza el enorme sacrificio realizado, encontraremos otra vez nuestro verdadero espíritu nacional. Entramos en él paulatinamente por una legislación en que predomina el sentido cristiano en la cultura, en la moral, en la justicia social y en el honor y culto que se debe a Dios. Quiera Dios ser en España el primer bien servido, condición esencial para que la nación sea verdaderamente bien servida».

    – El Papa Pío XII, en mensaje a los españoles al terminar la guerra, 1939: «La garantía de nuestra firme esperanza son los nobilísimos y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas el Jefe del Estado y tantos caballeros, sus fieles colaboradores, con la protección leal que han dispensado a los supremos intereses religiosos y sociales, conforme a las enseñanzas de la Sede Apostólica».
    (Esta conjunción de lo religioso y lo social se acentuaba también, con curiosa terminología, en una comunicación de los Obispos de filipinas en 1937, en que hacían suya la causa que sostienen «todos los buenos españoles que luchan al lado del glorioso Caudillo por la salvación religiosa y económica de España»).

    El mismo Pío XII, al Embajador de España, 1943: «Hemos visto a Cristo triunfar en la escuela, resurgir la Iglesia de las ruinas abrasadas y penetrar el espíritu cristiano en las Leyes, en las instituciones y en todas las manifestaciones de la vida oficial. Nos, finalmente, hemos contemplado a Dios presente otra vez en vuestra historia».

    https://manuelmartinezcano.org/2017/02/21/la-iglesia-y-francisco-franco-9/

    XI
    El Papa Pablo VI testimonia en 1968 al Jefe del Estado: «el debido aprecio por la gran obra que ha llevado a cabo en favor de la prosperidad material y moral die la Nación Española y por su interés eficaz en el resurgimiento de las instituciones católicas».
    – Cardenal Pla y Deniel, Arzobispo Primado, 1948, en la Misa de la Fiesta de Santiago: «A Vuestra Excelencia cupo llevar a la España nacional a la victoria, y como siempre habéis reconocido que la victoria no se consigue sin el auxilio divino, en el cual siempre tuvisteis fe y confianza, ofrendasteis vuestra espada victoriosa en 1939 ante la imagen del Santísimo Cristo de Lepanto».

    El mismo, en 1958: «La Iglesia no hubiera bendecido un mero pronunciamiento militar ni a un bando de una guerra civil. Bendijo, sí, una Cruzada».
    El mismo, 1945, al término de la guerra mundial, frente a acusaciones extranjeras: «Ni ha habido ni hay servidumbre a nadie por parte die la Jerarquía eclesiástica española, ni menos ha defendido ni defiende una concepción estatista ni totalitaria (…). En nuestros cinco lustros largos de pontificado, durante los cuales ha habido toda suerte de regímenes en España, ha sido casi una obsesión nuestra el sostener siempre ante las situaciones políticas más diversas los mismos principios doctrinales (…). Una Iglesia sujeta al Poder civil, de él dependiente, no puede ser la verdadera Iglesia fundada por Cristo (…). La Iglesia que apoya eficazmente al Estado (aquí el Cardenal remitía a la enseñanza de León XIII) es una Iglesia libre (…), que aparezca ante los pueblos no como un ministro más del César, sino como un legado de Dios. Hemos die reconocer que, en general, desde muchos siglos no se había reconocido tanto teórica y prácticamente la independencia de la Iglesia como por el actual Gobierno».

    – En el contexto de las ideas políticas predominantes en Europa todavía en 1943, lo más probable hubiera sido ceder a la tentación de imponer restricciones a la Acción Católica. En aquel momento la libertad de la Acción Católica es, en verdad, el índice más revelador del respeto a la libertad de la Iglesia. Pues bien, en ese año el Cardenal Pla, en un acto en que se reunían «todas las juventudes toledanas» (Jóvenes de Acción Católica, Congregación Mariana, Frente de Juventudes), declara: «Mi mayor consuelo es la unidad y fraternidad aquí lograda (…). No hay incompatibilidad, como vemos en Toledo, entre las juventudes políticas que profesan también la fe católica y las juventudes de Acción Católica; ni estas últimas dejan de tener su misión y apostolado especial, aun en un Estado católico de organización política única, pudiéndose pertenecer a la vez a entrambas las juventudes».
    Última edición por ALACRAN; 09/05/2017 a las 17:41
    DOBLE AGUILA, Trifón y Pious dieron el Víctor.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: La Iglesia y Francisco Franco, por mons. Guerra Campos

    José Guerra Campos
    Obispo de Cuenca

    Separata del “Boletín Oficial del Obispado de Cuenca”
    septiembre de 1974

    ...XV
    ...El que haya leído con atención los juicios elogiosos de la Jerarquía habrá visto lo que es evidente: que no se trata sólo de muestras de cortesía o de halago ocasionales; no se trata sólo del respeto debido a toda autoridad; mucho menos suponen una ascripción a lo que es en política contingente y opinable; ni es lo principal la afirmación de éxitos o aciertos (con ser muchos).

    Lo que se elogia primordialmente es una ejemplaridad y unos criterios adecuados (no sólo unas buenas intenciones); es la dedicación a unos valores fundamentales, que la Iglesia cree imperativos cualesquiera que sean las modalidades admisibles en el campo de la autonomía política. Con palabras del Cardenal Bueno Monreal, la Madre bendice con afecto a un hijo que trata honesta y dignamente de servir a Dios y a la Patria.

    Resumamos algunos de esos valores fundamentales:


    1. Ejemplaridad personal y familiar, con sentido religioso.
    2. Inspiración cristiana de las leyes e instituciones, profesión pública de la fe, culto a Dios: no por razones exclusivamente histórico-políticas, sino por motivo religioso.
    3. Reconocimiento de la supremacía de la Ley de Dios, y de la trascendencia de la persona humana sobre los límites de la ordenación temporal, garantía profunda de la auténtica libertad cristiana.
    4. Correlación entre culto a Dios y justicia social.
    5. Interés por el contacto directo con el pueblo y por recoger el verdadero sentir de los humildes, sin espejos deformantes.
    6. Poner su inmensa autoridad moral al servicio de 1a paz, del bienestar del pueblo y de una institucionalización de la función política.
    7. Ayuda a la misión de la Iglesia, con respeto a su independencia, con aprecio de su fecundidad social. Destaca como un motivo especial de gratitud la ayuda extraordinaria que consistió en preservar la continuidad misma de las instituciones de la Iglesia, atacadas a muerte por la revolución atea, y facilitar la reconstrucción ««desde sus ruinas abrasadas». (Pío XII, 1943; Pablo VI, 1968).
    8. Ser constante favorecedor de la concordia en las relaciones Iglesia-Estado.



    https://manuelmartinezcano.org/2017/04/04/la-iglesia-y-francisco-franco-15/#more-11555

    XVI
    Algunos dicen ahora que, si Franco favoreció a la Iglesia en su acción espiritual y trabajó por el bien de su pueblo, no tuvo en cuenta los postulados de la Iglesia en cuanto a los principios de la política misma. Los que esto dicen no han de olvidar que no deben identificar con la Iglesia sus propias opiniones políticas, por legítimas que fueren; como tampoco Franco desconoce (...1974) que la elección de unas fórmulas, por estimar en conciencia que son las más aptas para una situación dada, no excluye la posibilidad de otras en circunstancias diversas o en la apreciación de otras personas. La respuesta a la objeción está en los textos ya citados, y en la autonomía que en la aplicación de los altos principios compete y la Iglesia reconoce al gobernante; y está también en reconocer en este caso el mérito de haber colocado en los cimientos valores fundamentales que otras fórmulas suelen descuidar.

    Además, insistiendo en el mismo tema, un Cardenal español es testigo sobreviviente de la consideración en que Franco tuvo las indicaciones de la Jerarquía española en un momento clave, quizá el más significativo de la acción constituyente del Estado; consideración que algunos podrían llegar a estimar como excesiva y que, en todo caso, fuese o no acertada, parece que algo contribuyó a retrasar muchos años la culminación del proceso institucional.

    Por mi parte, ¿qué puedo añadir a lo que atestiguaron y juzgaron mis antiguos Prelados? Nunca he hablado a solas ni he tenido comunicación directa con el Jefe del Estado. En las audiencias en que participé como miembro de comisiones, pude comprobar directamente: su espíritu finamente religioso, su sentido de la Providencia de Dios, su análisis realista de las situaciones y de la condición humana, su comprensión para valores implícitos en ciertas posiciones extrañas, su mansedumbre.

    Tengo un dato personal, que denota su gran respeto a la independencia de los demás: en 1967 me designó, junto a otros Prelados para mí muy venerables, Procurador de las Cortes, cargo que acepté tras detenidas consultas a la Santa Sede; pues bien, nunca en tantos años me hizo llegar ni la más leve indicación, directa o indirecta, en relación con los proyectos de Ley discutidos en Las Cortes o con otras votaciones, algunas de importancia decisiva para sus planes de fundador del Estado.

    https://manuelmartinezcano.org/2017/04/11/la-iglesia-y-francisco-franco-16/#more-11557

    XVII
    Dentro de los últimos quince años, sin haber cambio alguno en la actitud de Franco y en el juicio de la Iglesia, se produjo en algunos cenáculos relacionados con ésta un fenómeno peculiar. No me refiero a las discrepancias políticas, hecho normal. Me refiero a la pretensión de declarar la posición de Franco esencialmente incompatible con el Evangelio y con la doctrina de la Iglesia. Como es natural, esta línea se encontró inextricablemente enredada en planes políticos de fuerzas extrarreligiosas, sin que sea fácil aclarar la relación de causa y efecto; y con ser reducido el ámbito de su expresión, la resonancia se agrandó para los que estaban dentro por el eco multiplicado de los informadores y comentaristas extranjeros, algunos de los cuales siguen alimentándose de este fenómeno, sin tener en cuenta la realidad dominante en el país.

    En determinado momento las pretensiones saltaron los límites. Por mis ministerios de ámbito nacional he podido estar cerca del centenar de asociaciones apostólicas registradas en este ámbito; por eso soy testigo de la limpia y generosa entrega de tantas personas, en callado artificio, al bien de la Iglesia y del país. Pero también pude observar cómo ciertos grupúsculos (unos formados por directivas sin socios, y otros actuando al margen de éstos), espoleados a veces por algunos miembros del clero, en resonancia con grupos internacionales de presión ideológica, se atrevieron a pensar que, movilizando la doctrina de la Iglesia (según su fantástica interpretación del Concilio) y con el respaldo más o menos aparente de la Jerarquía, podrían conseguir fulminantemente la descalificación y, como consecuencia soñada, el derribo del régimen de Franco.

    Los primeros brotes de esta postura ya habían movido anteriormente, en 1961, a un Prelado español (el Obispo auxiliar de Tarragona) a advertir: «La Jerarquía española no es un puntal del Régimen para sostenerlo, pero tampoco un ariete para derribarlo»; el Estado tendrá sus defectos, como todo lo humano, pero «no es lícito querer atacarlo impunemente desde el campo religioso».

    Inevitablemente, el ataque mellaba los supuestos doctrinales de la misma Iglesia y, por tanto, se revolvió contra la Jerarquía, obligada a velar por la pureza de la doctrina oficial y a tutelar la legítima libertad de conciencia de los ciudadanos. Entonces se vio apelar al derecho natural a personas que ponen en duda su existencia o que han rechazado determinaciones taxativas del mismo hechas por el Magisterio pontificio; los que habían despreciado las fórmulas sociales de índole concreta promulgadas oficialmente por los Papas (recuérdese la «Cuadragésimo Anno, de Pío XI, subrayada por Pio XII), querían imponer ahora otras fórmulas, allí donde la Iglesia sólo da directrices que se pueden modelar de distintas maneras.

    https://manuelmartinezcano.org/2017/04/18/la-iglesia-y-francisco-franco-17/#more-11652

    XVIII
    Pasada la acometida, sigue en ciertos grupos, de modo especial en algunas casas religiosas, y en menor escala entre algunos miembros del clero secular, el rescoldo de las campañas de difamación contra la persona del Jefe del Estado, en que se manipularon «noticias» muy tremebundas, y de las informaciones desorientadoras con destino a la Santa Sede. No falta una dosis de odio y calumnia. De los mismos focos fluye el desprecio del Papa y de sus criterios; la hostilidad a las conversaciones en curso entre la Santa Sede y el Estado español; la difamación sistemática y la caricaturización monstruosa de la acción de la Iglesia -y no sólo la de España- en los años 40 y 50.

    Hechos como estos y las numerosas implicaciones afines quizá tuvieron algo que ver con la decisión de encuadrar la revisión de algún privilegio concordado, sugerida por la Santa Sede, en un reajuste general del sistema de relaciones, en conformidad con las directrices atribuidas al Concilio. (Véanse las memorables cartas cruzadas entre Su Santidad el Papa Pablo VI y Francisco Franco, Jefe del Estado español en 1968, y que de fuente eclesiástica no oficial, fueron divulgadas en 1971).

    Por lo demás, el Jefe del Estado no cambió en su actitud respecto a la Iglesia, y, con intervención de los órganos representativos y de Referéndum popular, y dictamen favorable de la Santa Sede y del Episcopado, introdujo las modificaciones legales, y aun constitucionales, que algunas Declaraciones del Concilio Vaticano II parecían aconsejar, en materia en que la ley española había acogido antes las proposiciones de la suprema Jerarquía de la Iglesia.

    En su mensaje al pueblo a fines de 1972 el Jefe del Estado hizo en tres párrafos el resumen quizá más depurado y preciso de su posición, muy alabada en órganos eclesiásticos por su serenidad y finura. Terminaba reproduciendo un criterio formulado por la Conferencia Episcopal Española en 1969, notoriamente idéntico a los expresados en distintas ocasiones precedentes. He aquí el texto de Franco:
    «En una época en que el mundo se debate ante una ola de materialismo que pretende destruir la moral individual y familiar en aras de un desenfrenado disfrute de los bienes materiales con abandono de cuanto significa sacrificio y esfuerzo personal, nosotros proclamamos, una vez más, la supremacía de los valores espirituales del hombre.

    Nuestro Gobierno, acorde con los sentimientos católicos de la casi totalidad de los españoles, ha mantenido invariablemente a lo largo de más de siete lustros su actitud de respeto y cooperación hada la Iglesia, brindándole gustosamente facilidades y ayudas de todo orden para el cumplimiento de su sagrada misión. Todo cuanto hemos hecho y seguiremos haciendo en servicio de la Iglesia, lo hacemos de acuerdo con lo que muestra conciencia cristiana nos dicta, sin buscar el aplauso ni siquiera el agradecimiento.
    Creemos que las relaciones entre la Iglesia y el Estado han de basarse en la independencia de ambas supremas potestades y en el reconocimiento de la esfera de autonomía propia del orden político».

    Y
    recordaba la siguiente afirmación de la Conferencia Episcopal Española: «Si es misión de la jerarquía iluminar la conciencia de los fieles en el cumplimiento de sus deberes cívico-sociales, no lo es invadir el terreno de la autoridad civil, adoptando posturas o emitiendo juicios que, por referirse a la elección de medios contingentes en el orden temporal, dependen del ejercicio de la prudencia política».

    https://manuelmartinezcano.org/2017/04/25/la-iglesia-y-francisco-franco-18/#more-11700




    XIX
    Es indudable que las diferencias de apreciación en torno a nuestro tema no provienen solamente de discrepancias políticas, lo cual tendría poca importancia para el punto de vista que aquí se adopta; surgen de una grave mutación ideológica en algunos sectores de la Iglesia, que altera los mismos criterios del juicio. Por eso, para que se puedan justipreciar sus consideraciones finales, al autor le es indispensable insinuar que no desconoce ese trasfondo ideológico.

    Apuntando, pues, el estado de mi información, diré que he tenido valiosas oportunidades de conocer criterios y actitudes del Episcopado mundial, especialmente de Europa, en lo tocante al estatuto público de la Iglesia. Conozco bien desde su entraña -es mi deber- la doctrina del Concilio Vaticano II y los dictámenes de los Sínodos de Obispos. Soy desde su creación miembro informado de la Conferencia Episcopal Española. Recuerdo lo que sobre el tema de Franco me dijo el representante de Su Santidad el Papa Pablo VI, promediado el Concilio, en relación con el oficio episcopal para el que me designaba (sin ninguna intervención del poder civil). También alcanzo un poco, sólo poco, de los enunciados políticos de algunos países y de sus variopintos procedimientos reales, y de las distintas prácticas en las relaciones entre la Iglesia y el Estado: unas muy conocidas, otras conocibles más preservadas de comentarios, otras operantes en la sombra honrada.

    Tengo no escasas noticias de lo que escriben algunos ideólogos, y propalan algunas agrupaciones, sobre temas tan sobados como: el proceso de secularización; la sociedad pluralista; la libertad religiosa, según el Concilio y según el liberalismo; la dialéctica sociedad-Estado; el pacifismo y la revolución liberadora; la versión política de la esperanza, la teoría del desorden establecido y la revolución permanente; las comunidades eclesiales como conciencia crítica de la sociedad; los nuevos modos de inserción de la Iglesia en la cultura y la sociedad modernas; la dualidad Iglesia-mundo, la inclusión de la Iglesia como servidora en el mundo, las revelaciones no religiosas de Dios en el mundo; el repliegue de la Iglesia al Éxodo durante un período histórico, que lleve más tarde al mundo a una nueva Ciudad Santa; las interpretaciones del Constantinismo y de la «Secular desviación» de la Iglesia; la raíz moral y evangélica de la oposición atea a la Iglesia; la malignidad esencial del poder y la consiguiente santidad del puro ideal socialista; etc., etc.

    Pues bien: si en medio de este vocerío, aun comprendiendo todo lo comprensible, nos atenemos, como es obligado, a la voz del Magisterio de la Iglesia, no veo nada que permita modificar sustancialmente lo que la Iglesia ha deseado o ha alabado en la obra de Franco con relación con los valores fundamentales que más arriba quedan señalados. De hecho, con las variantes que imponen sus propias situaciones contingentes y la diversa estructura de los sujetos de la responsabilidad civil, sigue postulándolos ahora mismo.
    El punto de la cuestión no está en supuestos favoritismos o privilegios; ni en interferencia alguna de poderes; ni en el sistema jurídico de relaciones, que es algo derivado y siempre subsidiario. Está en que los responsables de la sociedad civil reconozcan que deben someter las leyes y la acción de gobierno a normas supraconvencionales, es decir, a la Ley de Dios, tal como la propone la doctrina de la Iglesia, portavoz de Dios en la historia.

    (Según los términos tan utilizados por el Jefe del Estado Español, se trata de ver al hombre en el tiempo como «portador de valores eternos», y de poner lo nacional y lo social bajo el imperio de lo espiritual: de lo espiritual entendido no como simple exudación subjetiva del pensar humano, sino como auténtico valor absoluto, según la revelación histórica del mismo Dios; se trata, ante todo para un cristiano, de aceptar en la política, como en todo, las consecuencias históricas de la Encarnación).

    https://manuelmartinezcano.org/2017/05/02/la-iglesia-y-francisco-franco-19/#more-11702
    Última edición por ALACRAN; 09/05/2017 a las 19:02
    DOBLE AGUILA, Trifón y Pious dieron el Víctor.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: La Iglesia y Francisco Franco, por mons. Guerra Campos

    Una vez enviado el texto de Mons Guerra Campos debo hacer alguna crítica, creo que de sentido común, ante afirmaciones no correctas. Es sabido que Mons Guerra Campos no vio mayor obstáculo en el Concilio Vaticano II en sí mismo para seguir manteniendo que nada esencial había cambiado en la Iglesia tras ese evento. Tiene razón solo en el sentido de que la Iglesia raramente fulmina sus principios de modo radical y taxativo; por lo que siempre se puede hacer ficción de que principios antiguos no formalmente derogados siguen vigentes. A eso se aferraba mons Guerra Campos:

    XVII
    Dentro de los últimos quince años, sin haber cambio alguno en la actitud de Franco y en el juicio de la Iglesia
    , se produjo en algunos cenáculos relacionados con ésta un fenómeno peculiar. No me refiero a las discrepancias políticas, hecho normal. Me refiero a la pretensión de declarar la posición de Franco esencialmente incompatible con el Evangelio y con la doctrina de la Iglesia.

    En determinado momento las pretensiones saltaron los límites. Por mis ministerios de ámbito nacional he podido estar cerca del centenar de asociaciones apostólicas registradas en este ámbito; por eso soy testigo de la limpia y generosa entrega de tantas personas, en callado artificio, al bien de la Iglesia y del país. Pero también pude observar cómo ciertos grupúsculos (unos formados por directivas sin socios, y otros actuando al margen de éstos), espoleados a veces por algunos miembros del clero, en resonancia con grupos internacionales de presión ideológica, se atrevieron a pensar que, movilizando la doctrina de la Iglesia (según su fantástica interpretación del Concilio) y con el respaldo más o menos aparente de la Jerarquía, podrían conseguir fulminantemente la descalificación y, como consecuencia soñada, el derribo del régimen de Franco.
    Evidentemente no es seria ni cierta la afirmación de Guerra Campos de que "en esos últimos quince años (1960-1975) no había habido cambio alguno... en el juicio de la Iglesia" (¡¡¡) cuando, entre medias, estuvo el Vaticano II que volvió toda la doctrina de la Iglesia patas arriba: no solo en sus textos sino en el espíritu de interpretación de normas antiguas y en la nueva actitud de papas, cardenales, obispos y conferencias episcopales.

    Franco no cambió, eso es cierto; pero la Iglesia, de facto, cambió mucho y su postura sí llegaba a ser ya incompatible con Franco.
    Otra cosa es que desde la óptica de mons Guerra Campos sí pudieran en teoría ser compatibles entre sí... pero sólo con buena voluntad, reservas mentales y nostalgia de los buenos tiempos.

    Pasa lo mismo con su afirmación de que "ciertos grupúsculos...espoleados a veces por algunos miembros del clero, ... se atrevieron a pensar que, movilizando la doctrina de la Iglesia (según su fantástica interpretación del Concilio) y con el respaldo más o menos aparente de la Jerarquía..." (¡¡¡)

    ¿¿Cómo que "ciertos grupúsculos" y "...respaldo aparente de la Jerarquía??
    ¡¡Por favor!! Pero si eran el mismísimo Pablo VI, el nuncio Dadaglio y la Conferencia episcopal española los que exigían reformas políticas a Franco para cumplir la vaticanosegundista Gaudium et Spes y la Pacem in Terris de Juan XXIII que exigían (...al modo masónico, además) "derechos humanos" (de asociación y expresión, de huelga) y gobierno democrático-constitucional-liberal, que Franco impedía!!

    Efectivamente, "ciertos grupúsculos (curas proetarras, contestatarios, liberacionistas..), atacaban al Régimen de Franco situados más allá de la letra del Vaticano II, y eran los mismos que también atacaban a la Jerarquía. Pero esos no eran el problema eclesial de fondo del régimen de Franco como parece querer enrevesar Guerra Campos, sino las mismísimas instancias oficiales vaticanas.

    Con todos los respetos y mi simpatía por mons. Guerra Campos, me temo que la única "fantástica interpretación del concilio" era la suya propia.


    Última edición por ALACRAN; 10/05/2017 a las 16:42
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    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: La Iglesia y Francisco Franco, por mons. Guerra Campos

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    Mons Guerra Campos: homilía en el funeral del primer aniversario de la muerte de Francisco Franco (catedral de Cuenca)

    Revista FUERZA NUEVA, nº 517, 4-Dic-1976

    FUNERAL POR EL ALMA DEL CAUDILLO Y DEMÁS CAÍDOS POR ESPAÑA.

    En la catedral de Cuenca. Homilía del doctor Guerra Campos ante gran asistencia de fieles.

    El pasado día 20 de noviembre, primer aniversario de la muerte del Generalísimo Franco, se celebró en la catedral de Cuenca un solemne funeral por el eterno descanso de su alma y por la de todos aquellos que murieron por España. Oficio el santo sacrificio de la misa y pronunció la homilía el obispo de la diócesis, doctor Guerra Campos; homilía, cuyo texto publicamos íntegro a continuación. Asistieron las primeras autoridades de la provincia, así como gran cantidad de fieles, que llenaban totalmente el templo catedralicio.

    “Hace un año, Francisco Franco, Caudillo y Jefe del Estado de España, rindió su vida ante el Altísimo.

    Celebramos el misterio de la muerte junto a Cristo, muerto y resucitado. Él es quien lo ilumina. Por El esta reunión no es un simple recordatorio. Los hermanos muertos en El siguen presentes en la familia que cree en la victoria del amor y de la vida sobre la muerte.

    Familia que, en este caso, es casi toda España, la cual lloró a Franco como a un padre. Porque, como dije entonces, el homenaje respetuoso de un pueblo a su gobernante tenía la misma vibración, conmovedora de un duelo familiar. Y en el medio millón de personas que desfilaron con veneración emocionada ante el cuerpo insepulto pudimos comprobar (y así lo han reafirmado estudios sociológicos) una impresionante tonalidad religiosa.

    El que podamos reunirnos en torno al Señor, presente en la Eucaristía es la más alta razón para no relegar al olvido ni dejar en un pasado, cada vez más remoto, a los hermanos difuntos. Cristo -el que, después de morir vive resucitado- es la garantía de que es posible entrar en comunión real con los que han muerto unidos a él.

    Avivemos nuestra fe. Por su parte, la evocación, y la misteriosa presencia de Francisco Franco nos ayuda a levantar nuestro corazón cristiano. Vivió y murió como hijo fiel de la Iglesia. Decenios de su vida, y su modo de asumir la enfermedad y la muerte, corroboran las palabras de su mensaje final: “En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante. ¿Ser hijo fiel de la Iglesia? en cuyo seno voy a morir.” (Profesión de fe tan inusitada que debería hacer felices a todos los creyentes y a los pastores de la Iglesia).

    ***
    Es notorio que la muerte de Franco despertó en muchos la fe adormecida. Su tumba en el Valle de los Caídos no sólo es visitada con amor, sino que es, para muchos, manantial de fe y esperanza recobradas: allí se vuelven a Jesucristo. al que habían abandonado durante años, y acuden a los Sacramentos de la vida inmortal. Manifestación singular del Espíritu de vida, que la Iglesia peregrinante ha de registrar en su corazón.

    De la fe por Franco vivida y profesada sabemos que brotaba su dedicación al bien de la gran familia española. Lo muestra su testamento espiritual, que en su día fue leído junto a este altar y en las demás iglesias de la diócesis, “como homenaje extraordinario a quien hizo posible en España la continuidad de la predicación y del culto de la Santa Iglesia Católica”. Aún resuena en nuestros oídos su mensaje: espléndida profesión de fe en Cristo y en la Iglesia; finura evangélica en el perdón y en el engrandecimiento; consejos de gobernante cristiano, invitando a la unidad, a la vigilancia, a la promoción de la justicia en la comunicación de bienes económicos y culturales; generosidad propia de un buen servidor y padre de la Patria, al transferir el afecto y el apoyo que le habían rodeado a aquel a quien él mismo había designado, con el asentimiento de las Cortes, sucesor suyo en la Jefatura del Estado a título de rey.

    ***
    Alumbrados por la fe, caldeados por unas palabras rebosantes. de fe, aquí venimos a orar.

    Pedimos por Franco, para que el Señor le conceda su compañía, pues el mismo Jesús poco antes de morir lo pidió para sus discípulos: “Padre, quiero que donde yo esté, también estos estén conmigo”.

    Y, reforzando nuestra súplica, podemos alegar la hermosa proclamación que leemos en el Apocalipsis: “Dichosos los que mueren en el Señor, porque sus obras los acompañan”.

    La obra y las obras de Franco en servicio de Dios y del pueblo, están bien patentes. Y en cuanto a las convicciones y actitudes que las inspiraron, las revelaciones de aquellos que convivieron con él muestran una singular y honrosa coincidencia entre el Franco de las declaraciones públicas y el Franco de las confidencias.

    Confesó a Cristo y a la Iglesia no solo por ser la fe católica un hecho social dentro del pluralismo ideológico, sino por sus valores de verdad, de vida, de auténtica libertad y esperanza.

    Se identificó con la fe de su pueblo. Un pueblo que había padecido el “despotismo ilustrado” de tantos hombres públicos, empeñados en cambiar una fe que despreciaban y en conformar la mente y el corazón de los ciudadanos a su propia imagen y semejanza; un pueblo tratado como menor de edad o retrasado mental, aturdiéndolo, eso sí, con toda suerte de halagos y solicitaciones democráticas.

    Consolidó a España con la ejemplaridad de su vida cotidiana.

    Se propuso -como debe ser, pero como pocas veces se intenta ya- que la ley de Dios, proclamada por el Magisterio de la Iglesia, inspirase las leyes e instituciones públicas. Afirmó, por tanto, la trascendencia de la persona humana por su raíz divina, único modo de afirmar la verdadera libertad. Ante un Congreso de trabajadores en 1945 expuso su programa de un Estado “católico, eminentemente social, constituido sobre la base de cuanto nos une, en el que todos los españoles son iguales ante la ley y tienen acceso a los puestos del Estado, que por considerar al hombre como portador de valores eternos, ampara su libertad y la dignidad”. La clave y la síntesis de las intenciones y los esfuerzos de Franco como creador de un Estado nuevo se formuló una y otra vez con estas palabras: “unir lo nacional con lo social, pero todo bajo el imperio de lo espiritual, es decir, de la Ley de Dios”.

    En el gran duelo familiar del Palacio de Oriente han destacado los observadores el predominio numérico de personas y familias modestas, no privilegiadas, sólo agradecidas a las realizaciones y a la preocupación de Franco en favor de todos. Él consiguió con tenacidad librar a los humildes de la miseria y de las coacciones del odio o del partidismo estéril. Promovió el desarrollo bienes económicos y culturales que -a pesar de desajustes, eEfecto de la debilidad humana o de la complejidad de las fuerzas concurrentes- son patrimonio fecundo para todos. Todo el pueblo ha dado un salto adelante. Por primera vez los trabajadores, antes casi desvalidos o juguete de agitadores y de promesas electorales, han hallado protección y garantía de sus derechos y una posibilidad. de participación sin ficciones suplantadoras.

    Dio a la Iglesia la libertad de continuar la predicación y el culto, que habían sido interrumpidos sistemáticamente a sangre y fuego por la persecución marxista o libertaria. Favoreció la misión espiritual de la Iglesia, con respecto a su independencia y aprecio de su fecundidad social. Le facilitó posibilidades de actuación pastoral, mayores a veces que su capacidad de aprovecharlas. Abogó siempre, con benevolencia y paciencia, por la concordia en las relaciones entre la Iglesia y el Estado.

    Lo más delicado de la vida social es la inspiración cristiana de la educación: el reconocimiento práctico del derecho que, según proclama el Concilio Vaticano II, pero no proclama la Declaración de Derechos de la ONU, tienen los niños y los jóvenes no a una ficticia enseñanza neutra sino a ser estimulados en el aprecio y la asimilación de los valores morales y en el conocimiento y el amor de Dios. Permitir y facilitar la actuación que le corresponde en este campo es para la Iglesia la suprema expresión de su libertad. El episcopado español acaba de propugnar y reclamar esos derechos de los educandos, de los padres y de ella misma, lamentando programas que ya se anuncian en contra de los mismos. Pues bien: esos derechos los ha poseído y los posee todavía la Iglesia por obra de Franco, no sé si plenamente agradecidos y aprovechados, pero con una amplitud que no tiene par en el mundo entero. No parece lícito que a quien procuró tutelar tales derechos -frenando las agresiones que padecían- se le mencione como una sombra en la libertad, mientras se halaga a los que se proponen nuevamente agredirlos.

    Más bien, hemos de reconocer delante del Señor que el hermano por quién oramos ha sido en la historia uno de los máximos bienhechores de España y de la Iglesia. Después de conducir a final feliz la angustiosa lucha de España por sobrevivir fue gran restaurador. de las libertades reales del pueblo y de la Iglesia. Por ello no sería inadecuado resumir su obra en favor de España con un solo título: Libertador.

    Que estas obras le acompañen y -libre también en su persona de todo mal- goce en el señor la libertad de la vida perfecta.

    ***
    Estas obras de fe han sido reconocidas por la Iglesia. Desde el principio el Papa Pío XII proclamó que “la protección legal dispensada a los supremos intereses religiosos y sociales”, era “conforme a las enseñanzas de la Sede Apostólica”.

    En 1972 había de recordar Franco: “todo cuanto hemos hecho y seguiremos haciendo en servicio de la Iglesia lo hacemos de acuerdo con lo que nuestra conciencia cristiana nos dicta, sin buscar el aplauso, ni siquiera el agradecimiento”. Ecuánime en la hora de los halagos y en la hora de las reticencias. Pero ahí están las manifestaciones emitidas acerca de él por papas y Obispos. Por su contenido y persistencia -he escrito hace dos años- difícilmente se podrían encontrar otras semejantes en relación con ninguna persona viviente en los últimos siglos.

    Vino luego un tiempo de silencios y veladuras en algunos sectores. Cuando el Gobierno de Franco se acercaba a su fin el que os habla -que en treinta años nunca había hecho declaraciones públicas, ni orales ni escritas, respecto a él- creyó necesario por justicia recoger el testimonio de sus hermanos mayores en el episcopado, consciente de que la verdad y la justicia están por encima de cualquier oportunismo o cálculo de futuro.

    Varios prelados revelaron en noviembre de 1975 este hecho bien atestiguado. Un día el Papa Juan XXIII encargó expresamente a un cardenal de la Curia romana que en su visita a Franco le transmitiese una bendición especialísima y le asegurarse la gran estima y cariño, que el Papa le tenía, añadiendo que por ciertas circunstancias “no podía decir públicamente” su sentir. Franco escuchó este mensaje en posición militar de firme y con lágrimas de emoción. Después de su muerte, unos cincuenta obispos han vuelto a decir públicamente su sentir. Los Boletines Oficiales de las Diócesis españolas contienen un florilegio extraordinario que en algún caso alcanza calidad hagiográfica.

    La Iglesia no enjuicia una gestión política en lo que tenga de contingencia y opinable. Un hijo de la Iglesia, cuando actúa en el orden político, lo hace bajo su propia responsabilidad. Pero la Iglesia alaba a quien se inspira en los principios cristianos, se entrega con amor al servicio del pueblo, respeta y favorece su propia misión espiritual. Por eso la Iglesia sintió a Franco como muy suyo, y no puede renegar de él, al igual que, sin entrar en análisis históricos, sigue teniendo por muy suyos al rey San Luis de Francia y al rey San Fernando de España.

    ***
    Nuestra oración supone la confianza en que aquel por quién suplicamos pueda también ayudarnos en nuestra vida de peregrinos. El, que tantas veces oró ante el Señor velado en el Santísimo Sacramento, interceda ahora ante el Señor descubierto, para que en España se mantengan aquellos valores que, por exigencia de la condición humana, iluminada por la Revelación cristiana, son imperativos en todo tiempo, cualesquiera que sean los modos. cambiantes en el campo de la gestión política. Los resumo en cuatro.

    1) Reconocimiento de Dios. Franco pidió en el Congreso Nacional de Valencia, el año 1972, que España “se mantenga firme en la fe… fiel a su tradición católica”. Con respeto a la legítima libertad de los individuos, la sociedad ha de honrar a Dios, y preservar y fomentar un clima propicio para la fe y la adoración. No me cansaría de repetir el gran deseo de los obispos españoles sobrevivientes en 1937: “Quisiera Dios ser en España el primer bien servido, para que la nación sea verdaderamente bien servida”.

    2) Reconocimiento de la Ley de Dios en la acción política. Un alto número de normas y decisiones operativas en la vida pública dependen de la apreciación de circunstancias y de las preferencias legítimas de los interesados. Importan en su origen la participación de los ciudadanos. Pero esto sólo tiene sentido humano dentro del acatamiento a valores supremos, implícitos en la Ley de Dios, fuente y garantía de la dignidad, la vocación y la esperanza del hombre. Estos valores morales no pueden quedar a merced del oleaje de las opiniones ni de posturas agnósticas o escépticas. La autoridad y todos los que tienen responsabilidad social han de tener la gallardía de profesarlos y tutelarlos y promoverlos en el orden educativo. Si no, el que gobierna se priva de su radical legitimidad, que viene de Dios; y la vida social se rebaja a ser un bullir amoral de fuerzas, donde pierde sentido y deja de ser sincera la apelación a palabras tan solemnes como persona, dignidad, derechos inalienables. Es la aceptación de la primacía del deber, como reflejo de una vocación y una misión intransferibles, la que da grandeza moral y libertad al hombre.

    3) Sentido espiritual de la Patria. La nación es más que un agregado de individuos qué conciertan según el propio arbitrio sus relaciones. Es una comunidad organizada, que ha recibido un patrimonio; que ha de conformar y respetar un ambiente moral –“como de familia dilatada”- donde los ciudadanos puedan lograr su desarrollo armónico; ejerce una “paternidad”, inseparable de una tradición viva y creadora, que las generaciones sucesivas nutren y se transmiten. Es Patria. Que no falte a las nuevas generaciones esta herencia. Que se respete la prioridad de las exigencias de la moral familiar y la educación cristiana de la juventud.

    4) Vigilancia. Como este tesoro está expuesto a los negadores y los salteadores, y no menos a la desidia imprevisora de sus custodios, bueno es que resuene una palabra del mensaje póstumo de nuestro hermano Francisco Franco; palabra valiente, llena de realismo y sinceridad, al advertir lo que todo el mundo sabe, pero que a veces se disimula en ciertas manifestaciones (para tener que reconocerlo después patéticamente en otras): “los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros”.

    El señor nos lo dice en su Evangelio: “Velad y orad”.

    Que Francisco Franco y todos los que han muerto en las manos del Padre al servicio de España vivan felices en la Paz de Cristo.”
    Última edición por ALACRAN; Hace 2 semanas a las 14:18
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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