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Tema: El “terror” del Santo Pío X (Luis Ortiz y Estrada)

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    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    El “terror” del Santo Pío X (Luis Ortiz y Estrada)

    Fuente: Informaciones, 27 de Mayo de 1954, página 10.



    El “terror” del Santo Pío X


    El mundo marcha. El acuerdo entre el Papa León III y Carlomagno enderezó su camino hacia la cristianización de los pueblos. Con altos y bajos, a trancas y barrancas, iba avanzando hacia su perfección, a pesar de muy lamentables caídas y retrocesos, hasta llegar a la Paz de Westfalia, en que se atribuyeron derechos al error, con grave daño del derecho cristiano y de la paz de los pueblos. El mundo no se paró; ha seguido marchando, pero no en pos de su cristianización, sino de espaldas a la Iglesia, dirigido por mentes corrompidas, henchidas de odio a Cristo, en alas de una ciencia materialista puesta al servicio del orgullo y de todas las concupiscencias, hacia una llamada «civilización moderna» informada por el «derecho nuevo», como aquélla condenado por la Iglesia. Tan nefasta labor, proseguida con tenaz empeño y con medios poderosísimos, no ha destruido a la Iglesia, ni ha conseguido arrancar las raíces católicas hincadas en el alma de los pueblos, pero, reducida la acción bienhechora de la Iglesia, los ha dejado sin apenas energías para sustraerse al dominio del «gran imperio anticristiano (…) regido por un plebeyo de satánica grandeza, que será el hombre de pecado», anunciado por Donoso hace más de cien años en su carta al Cardenal Fornari.

    En un momento culminante de este duelo en que el orgullo satánico de la razón humana se alza contra la omnipotencia de Dios, fue elegido Pontífice Pío X. Desde que en el Cónclave pudo adivinarse que éste sería el resultado, el futuro santo se esforzó inútilmente en impedirlo. Con lágrimas en los ojos instaba a los Cardenales que le hicieran la merced de no votarle; como Jesucristo en el Huerto de los Olivos, imploraba a Dios que apartara de sus labios el cáliz de la amargura; pero, como el Divino Maestro, aceptó resignadamente beberlo hasta las heces, puesto que ésta era su Divina Voluntad.

    Tales angustias no eran simplemente la reacción de su humildad ante el supremo honor y la magna tarea que le esperaba; sobrecogía su ánimo con agotadora congoja el «terror» de los acontecimientos futuros por él previstos con clara lucidez.

    «Además, y omitiendo otras muchas razones –escribe en su primera Encíclica– experimentábamos una especie de terror al considerar las desgraciadas circunstancias en que a la hora presente se encuentra la humanidad».

    Circunstancias por él descritas con los siguientes enérgicos trazos:

    «Demasiado cierto es, en nuestros días, que se han embravecido las naciones y los pueblos maquinan vanos proyectos contra su Creador, y casi general se ha hecho el grito de sus enemigos: ¡Apártate de nosotros!… Quien pondere estas cosas, bien puede temer que semejante perversión de las almas sea el principio de los males anunciados para el fin de los tiempos, puestos ya en contacto con la Tierra, y que el hijo de perdición de que habla el Apóstol haya aparecido verdaderamente entre nosotros: tan grande es la audacia, tanta la furia con que por doquier se combate a la Religión, y se trata de destruir los dogmas, y se procura con tenaz esfuerzo romper toda relación entre el hombre y la divinidad».


    * * *


    Como consecuencia de la Revolución Francesa, en todos los pueblos el Poder público fue cayendo en manos de gobernantes secuaces del «derecho nuevo» por ella establecido en contraposición del derecho cristiano que se trataba de abolir en todo el mundo. En su lucha contra la Iglesia dieron la batalla contra el Pontificado, arrebatándole el Poder temporal, convencidos de que reduciendo al Papa de Rey a súbdito le quitarían toda su autoridad y anularían su influencia en la Cristiandad, entregada al arbitrio de sus enemigos. Pío IX, que defendió denodadamente el Poder temporal, después de condenar los errores dominantes, resumidos en el famoso «Syllabus», proclamando sin el Concilio el dogma de la Inmaculada y con el Concilio el de la Infalibilidad, robusteció considerablemente la autoridad del Pontificado; rechazando la Ley de Garantías y recluyéndose en el Vaticano, puso a salvo su independencia; fulminando la excomunión contra quien osó sentarse en su Trono, hizo patente al mundo cómo, sin temores ni respetos humanos, el prisionero no vacilaba en hacer uso de su Poder, incólume en sus manos. León XIII, con magistrales enseñanzas, desarrolló ampliamente el derecho cristiano, contraponiéndolo a los pestilentes errores del «derecho nuevo»; estribando en el realce que acababa de adquirir la autoridad pontificia, aun prisionero en el Vaticano, con firme y suave mano intensificó su acción por toda la Cristiandad, a la vez que, venciendo las dificultades y sorteando los peligros propios de tan desdichadas circunstancias, imponía la creciente autoridad del Pontificado aun a los mismos Estados empeñados en destruirla.

    No por eso cejaban las fuerzas del mal en sus proyectos. Aunque no podían confiarse demasiado, no era cosa de que abandonaran la lucha cuando podían aprovechar las ventajosas posiciones conquistadas. Arreció el temporal, sobre todo en Francia, ya en los últimos días de León XIII, y en nuestra misma España con escandalosas campañas anticlericales, a pesar de los esfuerzos del Papa para evitarlo. Ya elegido el Santo Pío X, el Gobierno francés rompió el Concordato y separó la Iglesia del Estado mediante una ley inicua de expoliación y servidumbre. Como Pío IX había rechazado la Ley de Garantías, el Santo Pío X resolvió rechazar aquella ley, rompiendo los lazos con que se trataba de atar la Iglesia de Francia a cambio de algunas migajas, por más que el voto de la Asamblea de Prelados franceses se inclinara a resignarse ante el inevitable hecho consumado, con el fin de evitar la total ruina de sus iglesias. Con apostólica fortaleza, el Santo Pío X asumió la responsabilidad de dejar a la Iglesia de Francia sin medios materiales, despojada de sus Catedrales, iglesias, Palacios episcopales, Seminarios y Casas parroquiales, que todo se lo atribuía el Estado si no se aceptaban las Comisiones de Culto rechazadas por el Papa.


    * * *


    Mientras se conseguían tales triunfos contra el catolicismo en el campo político-social, avanzaba otra fase mucho más perversa de la lucha de la Revolución contra la Iglesia, con el propósito de herir el catolicismo en su misma raíz, en su médula, en el fondo mismo de su doctrina. Enorgullecida la razón por sus notables progresos en las ciencias naturales, creyó llegado el momento de imponer su reinado mediante la «civilización moderna», libre de someterse a la Revelación y los dogmas. El «modernismo», impulsado por el subjetivismo de Kant y la hipercrítica de las escuelas alemanas, quiso hacer de la Teología una ciencia experimental, hija de la razón en constante progreso.

    La «civilización moderna» soporta a lo sumo un Dios inmanente creado por ella misma, y no admite otras enseñanzas que las de su propia razón, libre de trabas; no quiere otra moral que la que tiene su principio en el mismo hombre. Al catolicismo, con su Dios trascendente del Evangelio, creador, omnipotente y omnisciente; con las enseñanzas de la Revelación; con sus dogmas y su moral, lo desprecia como consejas de viejas, aceptables, a lo sumo, en la infancia de la Humanidad, impropias de la Época de las Luces. Y esa ciencia impía había ganado las cumbres de la fama; imperaba en Alemania, en la Sorbona y en los cenáculos de París y el mundo entero. Se había infiltrado, «y esto es precisamente objeto de grandísima ansiedad y angustia –dijo el Santo Pío X– en el seno mismo y dentro del corazón de la Iglesia», «ganando para su causa gran número de católicos seglares, y, lo que es aún más deplorable, hasta sacerdotes…».

    Con la misma fortaleza que antes se ha visto, el Santo Pío X no vaciló y publicó su magistral Encíclica «Pascendi», en la que se pone de relieve toda la perversidad de las nuevas doctrinas, y con suprema decisión cortó la carne podrida salvando a la Iglesia del gravísimo peligro que la amenazaba. No le importó el escándalo que promovería la «Ciencia» alzándose contra el «cura de aldea», oscurantista, retardatario y reñido con la «civilización moderna».



    LUIS ORTIZ Y ESTRADA

    .
    Última edición por Martin Ant; 05/06/2019 a las 18:35

  2. #2
    hispanito está desconectado Miembro novel
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    Re: El “terror” del Santo Pío X (Luis Ortiz y Estrada)

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    No entiendo del todo el por que no hay una arquitectura del contenido correcta. Me cuesta leer así.

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