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Tema: Primera y más disimulada persecución de los judíos contra Cristo (F. de Quevedo)

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    Primera y más disimulada persecución de los judíos contra Cristo (F. de Quevedo)

    "La primera y más disimulada persecución de los judíos contra Cristo y contra la Iglesia"

    por Francisco de Quevedo

    (el subrayado en negrita es mío)

    “Frecuentemente se lamenta David de la perfidia, idolatría, ceguedad y dureza de los judíos. Y habiendo cargado yo la consideración sobre los sucesos que del pueblo hebreo escribe Moisés y llora el real profeta en los salmos, afeando su ingratitud con repetir los grandes beneficios que de Dios recibieron, y las infinitas maravillas con que no sólo los defendía, sino los ilustraba, hallo que son tan únicas y exquisitamente detestables que en tanto que Dios les hablaba y gobernaba y defendía, ensalzándolos con victorias donde militaba su brazo y su nombre, les daba ley y libertad y triunfos, adoraban al Becerro, a Beelzebub y a Baalim; le despreciaban, dejándole por simulacros y dioses ajenos, mentirosos y ridículos; y estando esperando la venida suya en el Mesías, cuando vino y le vieron le crucificaron. Y después que por esto perdieron el sacerdocio y el cetro, y al mismo Dios, con pertinacia inflexible guardan la ley del Dios, que dejaron por un ovillo hecho de joyas y por el dios de las moscas. De que se colige que los judíos no permanecen en la verdad, y que obstinados perseveran en duración, que compite con la eternidad, en la mentira y en el error. Esperaron a Dios hasta que vino, y luego que vino al mundo intentaron negar su venida y confundirla; y para alargar la vida a su Sinagoga y estorbar el principio de la vida del Testamento Nuevo en el Autor de la vida, con astucia infernal, arrebozada en preguntas y respuestas, principalmente se valieron de Elías. Verifiquemos este ingenio de su abominable malicia.

    Oyeron al Bautista, que venía a preparar los caminos del Señor, y enviáronle a preguntar si era Elías (Jo, 1): “¿Eres tú Elías? Dijo: No soy”. “¿Eres tú profeta? Y dijo: No”. Queríanle antes Elías o profeta que precursor; porque siendo precursor, los profetas y la ley no pasaban de su predicación; y siendo profeta o Elías iba delante y proseguía la Sinagoga. Conoció Cristo que con capa de Elías querían prorrogar las sombras de la Ley vieja y oscurecer las auroras de la Ley de gracia de San Juan; y por eso dijo (Mat. Cap. XI) : “Porque todos los profetas y la Ley hasta Juan profetizaron; y si queréis recibir el mismo, es Elías que ha de venir. Quien tenga orejas de oír que oiga”.

    Todo mi discurso amanecen estas palabras de Cristo. Dice que la ley y los profetas llegaron hasta Juan; y porque estos judíos querían que diciendo que era Elías, pasasen de él, añade: “Si queréis el mismo, es Elías. Empero no el pasado, ni el que se fue, sino el que ha de venir”. Y con grande misterio añade “Quien tiene orejas de oír que oiga, porque los que las traen cubiertas y tapadas, como los judíos, ésos no traían orejas de oír”.

    Viendo que no conseguía efecto esta astucia con Juan, se vuelven a perseguir a Cristo, con la misma capa de Elías, no suya, ni celo suyo, sino envidia: “Oyendo Herodes Tetrarca las maravillas que Cristo obraba, se admiró, porque se decía por algunos que Juan había resucitado de los muertos; por otros, que Elías había aparecido; otros, que un profeta de los antiguos resucitó” (Luc, IX).

    Toda su ansia era que San Juan fuese Elías u otro profeta, porque no fuese el precursor; y que Cristo, para que no fuese creído por el Mesías, fuese Elías o uno de los antiguos profetas: y con Elías y los profetas querían negar al que ellos mismos prometieron a los que con ellos le querían contrastar.

    En el propio Evangelista y capítulo pregunta Cristo: “¿Quién dicen las turbas que soy? Respondieron y dijeron: Juan Bautista; otros, Elías; otros, que ha resucitado uno de los profetas primeros. Díjoles: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo, dijo Simón Pedro: Cristo de Dios”. Aquí se le cayó a la mala intención la capa de Elías con que se arrebozaba, y quedó de par en par la calumnia. A San Juan preguntan si es Cristo o Elías o alguno de los profetas; y a Cristo dicen que es San Juan o Elías, o alguno de los primeros profetas resucitado: porque no le quieren creer Mesías ni que le crean, por dilatar las edades de la Sinagoga, y no dar lugar a la fundación de la Iglesia y principio del Testamento Nuevo.

    Cristo, como Dios y Hombre verdadero, se dio por entendido de esta mañosa persecución con sus apóstoles en la Transfiguración, cuando le vieron entre Elías y Moisés, con quien hablaba de su partida. Y diciendo San Pedro: “Hagamos aquí tres tabernáculos; a ti, uno; a Moisés, uno, a Elías, uno”, añade el Evangelista: “No sabía lo que decía”. San Ambrosio, “de Fide ad Gratianum”: “No sabía lo que decía, porque a Moisés y Elías los igualaba con Cristo”.

    Séame lícito, con el aliento de estas palabras, pronunciar alguna novedad que espero no la extrañará la letra. Digo que como Cristo glorioso trajo a Moisés y a Elías visibles para tratar de su partida (que era de su muerte y pasión, en que, como dice San Pablo, se cumplía su Testamento), y los trajo a que en su gloria y luz viesen el fin de las sombras de la ley y de los profetas, y San Pedro dijo: “Hagamos tres tabernáculos: uno para Cristo, otro para Moisés y otro para Elías”, y ya sólo había de haber el nuevo tabernáculo de la Iglesia, en el que Moisés y Elías habían de tener mansión ni lugar por haber pasado con la Sinagoga, por eso dice el texto sagrado “que no sabía lo que decía”. Santos fueron gloriosísimos y admirables, mas Pedro no les ha de fabricar tabernáculos, pues sobre él, como piedra, dijo Cristo que fabricaría su Iglesia, como la fabricó.

    No parece que apadrinan de muy lejos las palabras de San Ambrosio mi consideración, pues San Pablo no sólo quiere que no los comparen con Cristo, sino que les antepone los apóstoles, diciendo: “Primero los apóstoles, después los profetas”. Y San Cirilo Hierosolimitano, en su “Cathecesis”, prefiere, con elegante y bien seguida comparación, a San Pablo a Elías, con tanto cuidado, que me persuado reparó en que los sacerdotes y fariseos habían porfiadamente querido que San Juan no fuese precursor, ni Jesucristo Mesías; sino Cristo, o San Juan, o Elías, o profeta; y san Juan, o Cristo, o profeta o Elías.

    Y parece que desde el suceso de San Pedro sobre hacer los tres tabernáculos, y los dos para Elías y Moisés, quedaron los apóstoles recelosos de esta persecución tan disimulada en dos tan grandes santos; pues consecutivamente en el propio capítulo preguntaron a Cristo sus discípulos: “¿Por qué dicen los fariseos y escribas que conviene que Elías venga primero?”.

    Reconocieron los apóstoles que los judíos feamente se valían de Elías, diciendo que había de venir primero, para negar que Jesús no era el prometido, pues no había venido Elías antes. Respondióles Cristo Jesús diciendo (…): “De verdad, Elías ha de venir, y lo restaurará todo; empero yo os digo que ya vino Elías, y no le conocieron, antes hicieron en él lo que quisieron. Así el hijo del hombre padecerá por ellos. Entonces entendieron los discípulos que les había hablado de Joan Bautista” (Mat, cap. XVII, v. 10).

    Véase el cuidado en que pusieron los escribas a los apóstoles con Elías, y reconózcase el intento de los judíos. A Juan Bautista le preguntaron si era Elías; él dijo que no, y de esta respuesta se valieron para decir que, pues Elías no había venido antes, que Cristo Jesús no era el Mesías. Y obligan con esto a los apóstoles a que pregunten a Cristo que por qué dicen los judíos que conviene que Elías venga primero; a que responde que ya vino, y que no le conocieron, y que el Elías que había de venir antes era Juan Bautista.

    De manera que al Bautista, que no era el Elías por el que ellos preguntaban, le niegan el ser el Elías que había de venir primero que Cristo, como vino; y a Cristo, que es el prometido que esperaban después de Elías, dicen que es Elías.

    Desvergonzada trampa intentaron hacer a la verdad, usando inicuamente del santo nombre de Elías. La capa que dejó Elías a Eliseo, dióle como dice el texto: “Espíritu duplicado”; mas la que éstos toman, para con capa de Elías negar a Jesús el ser Cristo, dales espíritu doble y traidor.

    Mucha fuerza me hace la ponderación que me ofrece el ver que cuando San Pedro en la Transfiguración quiso hacer tabernáculos a Elías y a Moisés, dice el Evangelista que no sabía lo que decía; y que aun estando San Pedro diciendo aquellas palabras, se oyó una voz que dijo: “Este es mi Hijo amado, en que yo me he agradado bien; oídle a Él”. Que fue decir: Ya no se ha de hacer cátedra ni tabernáculo a Moisés y a Elías, ni se ha de oír a ellos, sino sólo a Cristo, Hijo del Padre eterno.

    Y lo que San Pedro no supo decir, cuando en este lugar no supo lo que dijo, lo supo decir y disputar San Pablo (Ad Hebr. Cap. IX). Este era el tabernáculo de Moisés; habla luego del de Cristo: Fue lo que no supo San Pedro, que el tabernáculo de Cristo no había de ser hecho con las manos, como él lo quería hacer; y que el de Moisés ya había pasado, hecho con las manos por sombra de éste.

    Y hay gran misterio, a mi propósito, en la correspondencia del lugar de San Mateo, cap. XVI, v.15, 16 y 17, por ser de Cristo y San Pedro y Elías. Preguntóles Cristo, como lo hemos visto: “¿Quién decían los hombres que era el hijo del hombre? Respondiéronle que unos decían era Juan Bautista, otros Elías, otros Jeremías, otros, uno de los profetas. Díjoles Jesús: Vosotros, ¿quién decís que soy? Respondió Simón Pedro: “Tú eres Cristo, hijo de Dios vivo. Respondióle Cristo diciendo: Bienaventurado eres, Simón Barjona, porque no te lo reveló la carne y la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, y otras merecidísimas mercedes que se siguen.

    Cuando Pedro mezcla e iguala a Cristo con Moisés y Elías, dice el Evangelio que no sabía lo que decía: y no le dejan edificar. Cuando tratándose de Elías y de los profetas, igualándolos con Cristo, él no los toma en la boca y confiesa a Jesús por Cristo, Hijo de Dios vivo, entonces le edifican a él en pontífice, y sobre él la Iglesia, con promesa que tan presto se cumplió.

    Parece que los escribas, porque no se sintiesen los pasos con que encaminaban esta persecución, se descalzaron, a imitación de Moisés cuando se llegó a la zarza que se ardía y no se quemaba. Empero estos llegábanse a un espino que se quemaba por quemar, y sus pasos fueron descubiertos por el mismo Cristo; pues diciéndole ellos que por qué no hacia milagros en su patria como en Cafarnaum, les respondió: “Elías fue enviado a solo una viuda en Sarepta de Sidón (sic), habiendo otras muchas viudas en Israel”. Y debiendo respetar la respuesta por ser con el suceso de Elías, a quien tanto veneraban, se enfurecieron y le quisieron despeñar desde la cumbre de un monte; confesando que se valían de Elías para sólo oscurecer a Cristo y no dar lugar al Evangelio, y producir los términos de la Sinagoga, los que no se pueden alargar ni producir. Y si alguno dijere que sí en verso, lo podrán hacer en sílabas, no en misterios.

    A Elías se le cayó la capa; así se lee en el capítulo 2 del IV de los Reyes. Y a éstos que con capa de Elías favorecen la Sinagoga, no se les cae la capa, antes le quitan la capa que ni les deja ni les da; y debe esperarse que el mismo santísimo profeta hará, para castigarlos, de su carro de fuego brasero.

    Fue tan obstinada la persecución que los judíos hicieron a la gloria de Jesucristo, Hijo de Dios, abusando del santo nombre del santísimo profeta Elías, que la prosiguieron hasta la postrera hora de su vida. Pues, estando expirando en la cruz, así como dijo: “Eli, Eli”, que se interpreta “Dios mío, Dios mío”, dijeron: “A Elías llama éste”. Y eran ellos los que, valiéndose de la alusión de la voz, llamaban a Elías para dar a entender que Jesús no era Dios, sino inferior a Elías, pues se quejaba de que le desamparase, que eso dicen las palabras: “Eli, Eli, lamma sabacthani” (…) Y viendo que luego le dio uno en la esponja a beber vinagre con una caña, dijeron: “Deja: veamos si viene Elías y le libra”.

    Sé que se disculpa esto, para mi intento, con haber muchos grandes autores que dicen se conoce que los que dijeron que llamaba a Elías eran romanos, y no judíos; porque, si lo fueran, no ignoraran que “Eli” significa “Dios” y añadida iod, que se pronuncia “Eli”, quiere decir “Dios mío” y no “Elías”. Yo procuraré convencer que eran judíos precisamente, y no romanos; esto reverenciando la opinión contraria.

    En San Marcos, cap. XV, v. 34., se lee “Eloi”, “Eloi”, en siríaco, que era la lengua que después de la cautividad se hablaba; si bien en la Regia se lee “Ail”, “Ail”, en el texto siríaco. Si Cristo exclamó de esta suerte, no había equivocación o alusión a Elías; empero, del contexto citado es cierto dijo: “Eli”, “Eli”, en hebreo, y la variedad en San Marcos nace de la diferencia de la voz en la lengua siríaca.

    Los romanos doctos, y que leían y buscaban noticias, no leemos que hiciesen, tratando de los judíos, mención de otro que de Moisés; del cual la hace Cornelio Tácito, y en lo que escribe del pueblo hebreo, con tantos yerros, que por ellos y otros de los cristianos le llama (Tertuliano) en el “Apologético”: “Aquel insigne charlatán de mentiras Cornelio Tácito”. Juvenal solo hace mención de Moisés cuando dice que les enseño ritos: “Con arcano volumen Moisés”. Y ninguno hace mención de Elías ni de otro profeta, ni muestra haber tenido tal noticia. ¿Cuánto menos la tendrían aquellos soldados que estaban de presidio en Jerusalén para entender la palabra “Eli” por Elías?

    Puede ser que yo me engañe; mas parece que precediendo estas notas, se convence fueron judíos, y no romanos. Porque si no se leyera en el Evangelio otra cosa que haber dicho Cristo “Eli, Eli”, pudiera afirmarse que habían sido romanos: empero, como dijo “Eli, Eli, lamma sabacthani”, que quiere decir: “¡Dios mío, Dios mío, por qué me desamparaste!” no fue posible que ellos, siendo romanos, entendiese lo que quería decir “lamma sabacthani”. Pruébase que lo entendieron, pues luego dijeron: “Deja, veamos si viene Elías y le libra”. Y esto fue entender que había dicho “por qué me desamparaste”; y cómo el fin de los judíos era negar a Cristo el ser Mesías con llamarle Elías u otro profeta; y no dar lugar a que, confirmado el Testamento Nuevo, acabase su Sinagoga. Y se confirmaba con la muerte del testador Cristo, como dice San Pablo: Ad Hebr. Cap. IX, v. 17: “Porque el testamento es confirmado en los muertos; de otra manera no vale mientras vive el que testó”.

    Pues como les había tanto en este punto, que era él último, no se contentaron, como hasta allí, con decir era Elías; sino, valiéndose de la equivocación o alusión de la palabra “Eli”, “Eli”, y de las siguientes, que entendían bien, “por qué me desamparaste”, le mostraron inferior a Elías, pues necesitaba de su socorro. Esfuerza esta interpretación mía, con que tendrá autoridad, San León, papa, sermón XVII, de Pasione Domini; en que pondera fueron mucho más prontos a conocer a Cristo por Dios los soldados romanos que los judíos. Estas son sus palabras: “Empero como el Centurión, que era guarda del suplicio, espantado con aquellas cosas que veía, díjese: “Verdaderamente era Hijo de Dios este hombre, la impiedad judaica, más dura que los monumentos y las piedras, ninguna compunción se sabe que la mitigase; para que se conociese que fueron más prontos entonces a creer que era Hijo de Dios los soldados romanos que los sacerdotes de Israel”.

    De todo lo referido se colige que la primera y más arrebozada persecución que los judíos hicieron a Cristo, para ponerle pleito al ser hijo de Dios y Dios y Hombre verdadero y el Mesías prometido, fue valiéndose de Elías y de Moisés y de los profetas; siendo ellos mismos los que a él mismo se le prometieron a ellos, y que le aguardaron, y a quien el mismo Cristo sacó para su reino, bajando a los infiernos.

    Y principalmente con capa de Elías, como con capa de virtud (así lo dice la frase española), procuraron que San Juan fuese el Elías que no había vuelto, y que no fuese el que vino primero que Cristo; y divulgaron que Cristo era Elías, porque no le tuviesen por Cristo, y para que, alargando la edad a la Sinagoga, ella no acabase como acabó, y no tuviese su principio la Iglesia.

    Por esto, cuando se oyere o leyere cosa que tenga este sabor, o que se encamine aunque por rodeo, aunque afecte buen traje y pasos modestos a igualar con Cristo a Moisés, a Elías o a los profetas, o a autorizar la Sinagoga en competencia de la Iglesia; al que tal osare, volviéndole la pólvora a la cara, sea el que fuere, se le puede decir: “Eliam vocat iste”: a Elías llama éste. Porque Dios le ha dejado de su mano, que eso es haberle Dios desamparado, y no podrá quejarse de que se entiendan contra él las palabras que él entendió contra Cristo Jesús, que está sentado a la diestra de Dios Padre, y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos: a cuyo advenimiento precederá Elías, para oponerse al Anticristo, de quien se confiesan centellas los sacerdotes de los judíos, que tomaron su nombre contra el mismo Cristo.

    Todo lo contenido en este papel, sujeto a la corrección de la santa Iglesia romana y de sus ministros.

    En Naval Piloña, a 12 de marzo de 1619."

    ********


    (Tomado de las "Obras Completas" de Quevedo (en prosa) Ed. Aguilar, 1945)
    Última edición por ALACRAN; 24/09/2021 a las 17:52
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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