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Tema: Otras inquisiciones menos santas

  1. #41
    Avatar de donjaime
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    Re: Otras inquisiciones menos santas

    Propongo a los moderadores abrir un hilo sobre Leyenda Negra e Inquisición. Creo que son temas aún no suficientemente difundidos (me refiero a la refutación de las patrañas y calumnias sobre la Iglesia y España).



    Hace días subí un post con esta información:

    La cifra espeluznante es que CADA 5 MINUTOS MUERE ASESINADO UN CRISTIANO EN ALGÚN LUGAR DEL MUNDO POR RAZÓN DE SU FE.

    En el tiempo que tardo en escribir este post ya han asesinado otro.

    Que no salga en primeras portadas ni abra telediarios no quiere decir que no ocurra.

    http://www.google.es/url?q=https://w...IlUbjAwnWq9XNQ



    Cada cinco minutos muere un cristiano por su fe en el mundo :: Mundo :: Religión Digital


    UN ESTUDIO MUESTRA QUE MUERE 1 CRISTIANO CADA 5 MINUTOS EN EL MUNDO PRODUCTO DE LA PERSECUCIÓN - Actualidad Cristiana


    y unas cuantas fuentes más.

    Es decir, mientras algunos insisten sobre unos supuestos horrrores (totalmente infundados de la Inquisición) no mencionan que HOY, AHORA, están asesinando un cristiano en el mundo por razón de su fe. Esto si que es ver la paja en ojo ajeno y no ver una viga cada 5 minutos en el propio




    Para el que esté interesado también subí un post muy interesante sobre el tema: RAZÓN DE LA INQUISICIÓN: https://www.google.com/url?q=http://...N-8hEWLDRpxusA
    Última edición por donjaime; 31/12/2015 a las 10:29

  2. #42
    Avatar de Hyeronimus
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    Re: Otras inquisiciones menos santas

    En realidad hay bastante en el foro, tanto sobre la Leyenda Negra como sobre la Inquisición. Lo que pasa es que está disperso es bastantes hilos. Uno solo tal vez sería extensísimo.

  3. #43
    Avatar de Mexispano
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    Re: Otras inquisiciones menos santas

    Según Carl Grimberg, entre 300 y 400 personas morían por año en el reinado de Isabel de Inglaterra, y considera injusto que se llame Bloody Mary a María Tudor.



    _______________________

    Fuente:

    https://www.facebook.com/77125717629...type=3&theater

  4. #44
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    Re: Otras inquisiciones menos santas

    Del Junco: «La Inquisición española fue la más condescendiente de Europa»

    El experto en Edad Media de la Universidad de Córdoba recuerda cómo en Francia y en Inglaterra se instauró mucho antes y se cobró más vidas

    Alfredo Valenzuela (EFE) Sevilla

    La Inquisición española fue la más condescendiente de todas
    las inquisiciones europeas por más que en el imaginario colectivo haya quedado otra imagen, ha dicho a Efe el profesor de la Universidad de Córdoba Francisco García del Junco, especialista en la Edad Media y arqueólogo.«Hubo tribunales religiosos que actuaron con gran dureza en todos los países europeos, calvinistas, luteranos o católicos, pero se tiene la idea de que sólo funcionaron en España», ha señalado el historiador, quien ha recordado que si en España la Inquisición se fundó en 1478 en Francia existía desde 1184.

    En el periodo de 1559 a 1566 fueron ajusticiadas por la Inquisición en España cien personas, en Francia doscientas y en Inglaterra trescientas, mientras que historiadores como Henry Charles Lea sostenía que las cárceles españolas de la Inquisición fueron las menos duras de Europa entre los siglos XV y XVII, ha puesto como ejemplos Del Junco.

    En los archivos de la Inquisición, según el historiador, constan casos de delincuentes comunes que, para ser trasladados a una cárcel de la Inquisición, proferían blasfemias en la cárcel civil.

    el Junco ha señalado casos documentados de brujas derivadas a tribunales civiles porque la Inquisición española las consideraba «dignas de lástima» y «enfermas» por afirmar que tenían coyunda con el diablo y volaban en escobas, mientras que en el resto de Europa rara vez escapaban de la hoguera.

    También ha señalado que Miguel Servet fue condenado a la hoguera por Calvino por disentir de una parte de su doctrina sobre la Santísima Trinidad, y ha escogido citas de jefes de otras iglesias europeas que dan prueba de su intransigencia y agresividad. Lutero dijo: «Si tuviera a todos los franciscanos católicos en una sola casa, le prendería fuego»; Calvino afirmó que «quien no quiere matar a los católicos es un traidor porque salva al lobo y deja indefensas a las ovejas», y John Knox, reformador de la iglesia escocesa, que «todo lo que los católicos hacen es diabólico».

    En Inglaterra, durante el reinado de Isabel I «ser sacerdote católico estaba castigado con la muerte, el mismo castigo que se aplicaba a quienes les ayudaran, y la gente pagaba por asistir a esas ejecuciones», ha puesto también como ejemplo.

    Sobre la expulsión de los judíos de España en 1492, Del Junco ha señalado que antes fueron expulsados de Francia, en 1182, y de Inglaterra, en 1290, y de Milán y de Parma, mientras que de Portugal y Baviera lo fueron después, y que los Reyes Católicos sufrieron la presión de los reinos europeos que consideraban que «en Castilla se protegía a los judíos».

    El historiador ha abogado por acercarse al hecho histórico de la Inquisición no con una mentalidad de hoy sino teniendo en cuenta que se trataba de un tiempo en el que la violencia era considerada legítima en cualquier ámbito y que «sin unidad religiosa era difícil mantener una unidad política», de ahí, ha añadido, que se persiguiera a los judíos falsamente convertidos al cristianismo.

    Grabados «inventados»


    Sobre la persistencia de esa imagen negativa para España al cabo de los siglos, Del Junco ha señalado que «Holanda, Inglaterra y Francia hicieron un hábil uso de la imprenta contra España, que no supo defenderse», emitiendo grabados «inventados» en los que se mostraba a sacerdotes torturadores que han circulado con éxito hasta el siglo XIX, como una parte de la Leyenda Negra alentada contra España cuando fue primera potencia mundial, desde el XVI.

    «De un tiempo a esta parte, los españoles no creen en nada positivo de su historia, y se ha producido una inercia que obliga a demostrar que las falsedades de entonces lo siguen siendo», según el historiador, para quien «mientras unos vocean sus aciertos, otros solo aireamos nuestros errores».

    Los datos comparativos entre la Inquisición española y las europeas han sido incluidos por Del Junco en su libro «Eso no estaba en mi libro de Historia de España» (Almuzara), en el que cuenta hechos positivos como la que se considera la primera campaña sanitaria mundial de la historia, la que llevaron a cabo los médicos Xavier Balmis y José Salvany entre 1803 y 1814 suministrando 200.000 vacunas contra la viruela por todo el mundo.




    Del Junco: «La Inquisición española fue la más condescendiente de Europa»

  5. #45
    Avatar de Mexispano
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    Re: Otras inquisiciones menos santas

    La Inquisición Protestante: Reforma, Intolerancia y Persecución


    Título: La Inquisición Protestante: “Reforma”, Intolerancia y Persecución.


    Autor: Dave Armstrong.

    Copyright 1991 by Dave Armstrong. All rights reserved.


    Original en Inglés: The Protestant Inquisition: “Reformation” Intolerance and Persecution


    Traducción: Alejandro Villarreal de Biblia y Tradición, 2008.



    Responsabilidad y declaración de intención: Es desafortunada la situación en la que el “marcador del escándalo religioso” necesita ser nivelado, rescatar a los esqueletos menos conocidos del clóset, sacarlos de la oscuridad, examinarlos y exponerlos. No me causa placer el escarbar en estos desagradables sucesos, pero es necesario, por honestidad y por una justa valoración histórica. Esto no significa que he desestimado el diálogo entre las iglesias o que deseo aporrear a los protestantes o que niego las correspondientes deficiencias del Catolicismo.

    Los hechos históricos son lo que son y la mayoría de los protestantes (y católicos) no son conscientes de los siguientes acontecimientos y creencias, mientras que por otro lado, siempre escuchamos acerca de la “vergonzosa y escandalosa” Inquisición Católica, que no suele ser muy precisa o justa del todo. Si los lectores se conmocionan o sorprenden con el título de este tratado (como sospecho puede ser el caso), debería ser un precedente y es parte de mi justificación y propósito de enseñanza. Con tal finalidad y objetivo en mente, ofrezco este vasto tratado con todo respeto a mis hermanos Protestantes y con cierta inquietud también.




    Contenido

    i. La Intolerancia Protestante: introducción y visión general

    ii. La división protestante y las mutuas animadversiones

    iii. El saqueo como un agente de la revolución religiosa

    iv. La erradicación sistemática del catolicismo

    v. Radicalismo violento y la revolución protestante

    vi. Muerte y tortura para católicos, protestantes disidentes y judíos

    vii. La censura protestante

    Bibliografía




    i. La Intolerancia Protestante: introducción y visión general


    1. La visión de historiadores protestantes y católicos

    A. Johan von Dollinger

    En la Historia no hay nada más incorrecto que aseverar que la Reforma Protestante fue un movimiento a favor de la libertad intelectual. La verdad es que fue todo lo contrario. Para los luteranos y calvinistas, es cierto, representó su libertad de conciencia, pero el concederles esto a los demás, es falso, no mientras ellos dominaran la escena. La eliminación completa de la Iglesia Católica y de todo lo que se les oponía en su camino fue considerado por los reformadores como algo perfectamente natural. (Grisar, VI, 268-269; Dollinger: Kirche und Kirchen, 1861, 68)

    B. Preserved Smith

    Si alguien todavía alberga el típico prejuicio de que los primeros protestantes eran más tolerantes, debe ser desengañado. Salvo por algunos dichos liberales de Lutero, correspondientes a sus primeros años cuando carecía de influencia, es casi imposible encontrar algo en los líderes reformistas a favor de la libertad de conciencia. Tan pronto como tuvieron a su alcance el poder para dominar, lo ejercieron. (Smith, 177)

    C. Hartmann Grisar

    Zurich, el Estado-Iglesia de Zwinglio, se desarrolló tanto como Lutero lo hizo. Escolampadio en Basilea y el sucesor de Zwinglio, Bullinger, fueron destacados represores. El nombre de Calvino es sinónimo de tiranía religiosa, mientras que la tarea de entregar a la posteridad su dura doctrina de la coacción religiosa fue llevada a cabo por Beza, en su famosa obra, El Deber de los Magistrados para Castigar a los Herejes. Los anales de la Iglesia Oficial de Inglaterra fueron, del mismo modo, en sus comienzos, escritos con sangre. (Grisar, VI, 278)

    D. Oxford Dictionary of the Christian Church (protestante)

    Los Reformadores como Lutero, Beza y en forma especial Calvino, fueron tan intolerantes al disentimiento, como la Iglesia Católica Romana lo fue. (Cross, 1383)

    2. The Double Standard of Protestant “Inquisition Polemics” (La contradictoria posición de los Protestantes ante “La Polémica de la Inquisición”) de John Stoddard.

    La persecución religiosa, por lo general, continúa hasta que una o dos causas emergen para reprimirla. Una de estas causas es la noción escéptica de que todas las religiones son buenas o válidas, haciéndolas iguales. La otra causa es tener un esclarecido espíritu de tolerancia, con el fin de promover la opinión sincera inspirada por la convicción de que es inútil obligar a practicar alguna religión. Desafortunadamente, este espíritu de tolerancia es de lento crecimiento y nunca ha sido notorio en la historia, pero si se afirma que muy pocos católicos en el pasado han estado inspirados por este espíritu, lo mismo puede decirse de los protestantes. Los hechos son olvidados por los protestantes, ellos promueven relatos que hielan la sangre acerca de la Inquisición y de las atrocidades cometidas por los católicos, pero, ¿cuánto saben los protestantes acerca de las atrocidades protestantes en los siglos que sucedieron a la Reforma? Nada, a menos que hagan algún estudio especial sobre el tema. Si, los protestantes son bien conocidos por cada estudioso de la historia. Si no enumero en este libro las persecuciones llevadas a cabo por los católicos en el pasado, es porque no es necesario hacerlo aquí. Este volumen está dedicado en forma especial a los protestantes, las persecuciones Católicas son bien conocidas.

    Ahora, aceptando sin conceder, que todo lo que se dice con frecuencia de las persecuciones católicas fuese cierto, los protestantes no tendrían ningún derecho a denunciarlas, como si esto fuese una característica exclusiva de los católicos. Las personas que viven en casas de cristal, no deberían arrojar piedras a los demás.

    Es incuestionable que los campeones del protestantismo: Lutero, Calvino, Beza, Knox, Cranmer y Ridley defendieron el derecho de las autoridades civiles para castigar el crimen de herejía. Rousseau dice con exactitud: La Reforma fue intolerante desde su cuna, y sus autores, tiranos universales.

    Augusto Comte escribía así:

    La intolerancia del Protestantismo no fue menos tiránica que aquella que se le achaca al Catolicismo. (Philosophie Positive, IV, 51)

    Lo que hace, sin embargo, a las persecuciones protestantes de manera especial repugnantes es el hecho de que eran por completo incompatibles con las doctrinas fundamentales del Protestantismo, ¡el derecho a la interpretación personal en materia religiosa! ¡Nada puede ser más ilógico que primero afirmar que uno puede interpretar la Biblia a su antojo, para después torturar y matar por haber hecho eso mismo!

    Tampoco debemos olvidar que los protestantes fueron los agresores, mientras que los católicos solo se defendían. Los protestantes trataban de destruir a la antigua y constituida Iglesia Católica, que al tiempo, cumplía mil quinientos años de existencia, para reemplazarla con algo nuevo, inexplorado y revolucionario. Los católicos habían mantenido su Fe, santificada por centenares de piadosas asociaciones y sublimes logros. Los protestantes, por el contrario, luchaban por un credo que ya comenzaba a desintegrarse en hostiles sectas, cada una de las cuales, al obtener ventaja sobre las demás, ¡comenzaba una persecución general! Toda persecución religiosa es negativa, pero en este caso, de las dos partes culpables, los católicos tenían, con certeza, los motivos más defendibles para su conducta.

    En todo caso, el argumento de que, las persecuciones por herejía, perpetrados por los católicos, constituyen una razón por la que no se debe entrar en la Iglesia Católica, no tiene una partícula de mayor fuerza que un argumento similar construido en contra de la entrada en la Iglesia protestante. Ambos han merecido culpa en este sentido, y lo que se aplica a uno se aplica también al otro. (Stoddard, 204-205, 209-210)

    3. El Siglo XVII: Rutherford, Milton, Locke.

    La tradición de intolerancia entre los Protestantes no se extinguió pronto, de acuerdo al historiador protestante Owen Chadwwick: La hábil defensa de la persecución durante el siglo XVI se dio por el presbiteriano escocés Samuel Rutherford (A Free Disputation Against Pretended Liberty Of Conscience, 1649). (Chadwick, 403)

    John Milton y John Locke, “esclarecidos” protestantes, argumentaron a favor de la tolerancia pero excluyendo a los católicos, el primero en su Aeropagitica (1644) y el segundo en su primera Carta sobre la Tolerancia (1689). (Cross, 1384)

    4. Los perseguidos convertidos en perseguidores.

    Una de las muchas ironías tragicómicas de la Revolución Protestante es el hecho de que incluso los perseguidos protestantes fallaron para ver la luz: A menudo, la resistencia a la tiranía y la demanda de libertad religiosa se combinan, como en la revolución puritana en Inglaterra, y los victoriosos, habiendo logrado la supremacía, implementan una nueva tiranía y una nueva intolerancia. (Harkness, 222)

    Multitud de inconformes huyeron de Irlanda e Inglaterra hacia América; lo que es sorprendente de este hecho es que, después de sus experiencias, esos fugitivos no aprendieron la lección de tolerancia y no le otorgaron libertad a aquellos con quienes diferían. Cuando se encontraron ellos mismos en la posición de perseguidores, fueron aún más duros que lo que vivieron como perseguidos. Entre los que atacaron estaba la sociedad de Amigos, mejor conocidos como Cuáqueros. (Stoddard, 207)

    En Massachussets, por ser reincidente en las faltas, un Cuáquero podía sufrir la pérdida de una o de las dos orejas, la perforación de la lengua con un hierro candente y algunas veces, la muerte. En Boston, unos cuáqueros, tres varones y una mujer, fueron ejecutados en la horca. El bautista Roger Williams fue desterrado de Massachussets en 1635, después fundó la tolerante Rhode Island (Stoddard, 208).

    Y dándole crédito, permaneció tolerante, una excepción a la regla, como lo fue William Penn, quien fue perseguido por los protestantes en Inglaterra y fundó la colonia tolerante de Pensilvana. El cuaquerismo (la fe de Penn) tiene una honorable historia de tolerancia dado su extremo carácter subjetivo e individualista entre todas las sectas protestantes, así como su predecesor, el Anabaptismo, que rehuye a asociarse con el “mundo” (gobiernos, milicia, etc.), en donde se encuentra el poder necesario para perseguir. Así, los Cuáqueros iban a la vanguardia del movimiento abolicionista en América, en la primera mitad del siglo XIX.

    5. El estado católico de Maryland: La primera colonia tolerante de Norte América.

    A. Martin Marty

    Baltimore acogió entre los inmigrantes ingleses, incluso a los odiados por los puritanos, es decir, a los católicos. En enero de 1691, el nuevo régimen trajo dificultades para los católicos, los protestantes clausuraban sus iglesias y les prohibían enseñar en forma pública. Pero el pequeño puesto de avanzada de tolerancia práctica católica había dejado su huella en la comunidad. (Pilgrims in Their Own Land: 500 Years of Religion in America, New York: Penguin, 1984, 83, 85-86)
    Lord Baltimore permitió a cientos de puritanos, rechazados de la episcopalista Virginia, a entrar a Maryland en 1648. (Ver Ellis, abajo, p. 37)

    B. John Tracy Ellis

    Por primera vez en la historia todas las iglesias serían toleradas y ninguna sería el agente del gobierno. Católicos y protestantes en términos de igualdad y tolerancia, características desconocidas en la madre patria. El esfuerzo fue en vano, los puritanos en octubre de 1654 rechazaron el acto de tolerancia y proscribieron a los católicos, condenando a diez de ellos a muerte, cuatro de ellos fueron ejecutados. Desde 1718 hasta el estallido de la Revolución, los católicos de Maryland fueron separados de la participación en actos públicos, por no hablar de las leyes en contra de sus servicios religiosos y escuelas de instrucción católica. Durante el medio siglo que los católicos gobernaron Maryland, no fueron responsables de un solo acto de opresión religiosa. (American Catholicism, Garden City, NY: Doubleday Image, 1956, 36, 38-39)

    C. Oxford Dictionary of the Christian Church

    En el siglo XVII los más notables casos de tolerancia fueron las colonias de Maryland, fundada por Lord Baltimore y católicos perseguidos, en 1632, quienes ofrecieron asilo también a los protestantes; y de Rhode Island, fundada por Roger Williams. (Cross, 1383)

    Las historias de intolerancia religiosa protestante en Norte América antes de 1789, podrían contarse sin parar. Jefferson y Madison, en su tarea de impulsar la libertad religiosa, fueron inspirados por las riñas entre protestantes por la dominación y no por los enfrentamientos en Europa después de la Reforma.

    Hasta aquí se trata de la era inmediata a la Revolución Protestante – alrededor de 1517 a 1600, por lo que las anécdotas anteriores tendrán que bastar como ejemplos típicos.

    6. Conclusión (Will Durant)

    El principio que la Reforma había sostenido durante sus primeras fases, el derecho a la libre interpretación, fue por completo rechazado por los líderes protestantes, como lo hicieron los católicos desde su principio. La tolerancia fue menor después de la Reforma que antes de ésta. (Durant, 456; referring to the year 1555)


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    ii. La división protestante y las mutuas animadversiones

    1. Observaciones generales

    El protestantismo estuvo plagado de disensión desde el principio, aunque sea una religión que hace hincapié en el individualismo y la conciencia, no pudo estar exenta de esas contrariedades y promover el mutuo respeto. El mito de la magnanimidad protestante y la coexistencia pacífica (sobre todo en los inicios), sin duda muere una vez que se pasa del dicho al hecho.

    2. Lutero habla de Zwinglio y sus seguidores

    Zwinglio fue un gran codicioso, no ha aprendido nada de mí. Escolampadio considera que ha aprendido o escuchado suficiente de mí. (Grisar, IV, 309; in Table Talk, 1540)

    Los zwinglianos luchan en contra de Dios y los sacramentos como los más inveterados enemigos de la Palabra divina. (Janssen, V, 220-221; LL, III, 454-456)

    Sería mejor anunciar la eterna condenación antes que la salvación, frente al estilo de Zwinglio o Escolampadio. (Daniel-Rops, 85)

    Los Zwinglianos creen que la Eucaristía es simbólica en su totalidad (quizás la posición más aceptada entre los protestantes hoy día). Por lo tanto, cualquiera que crea eso mismo tendría que haber declarado lo mismo que el Dr. Lutero, quien con firmeza sostiene la consubstanciación, esto es, la Presencia Real del Cuerpo y la Sangre de Cristo, presentes en la comunión, en el pan y en el vino.

    3. Lutero habla sobre Bucero

    Ellos piensan mucho sobre sí mismos, lo cual, por supuesto, es la causa y la fuente de todas las herejías. Así, Zwinglio y Bucero presentan una nueva doctrina, cosa muy peligrosa es el orgullo en el clero. (Grisar, VI, 283; WA, Vol. 38, 177 ff.)

    Un chismoso, reprobado una y otra vez, desconfío de él, Pablo dijo (Tito 3:10) Un hereje, después de la primera y segunda advertencia, evítenlo. (Grisar, VI, 289; Table Talk, ed. Mathesius / Kroker, 154, 253)

    4. Calvino habla sobre Lutero y los luteranos

    ¿Qué pensar sobre Lutero?, no lo sé, su firmeza se mezcla con una buena dosis de obstinación. Nada está a salvo mientras su ira contenida nos agita. Lutero nunca será capaza de unírsenos en la verdad pura de Dios. El ha pecado de vanagloria, también de ignorancia y de la más burda extravagancia, por los absurdos que nos ha impuesto, ¡cuando dijo que el pan es el verdadero Cuerpo!, un error muy grave. ¿Qué puedo decir de su partidarios?, ¿no fantasean ellos mucho más de lo que lo hacía Marción respecto al Cuerpo de Cristo? Por tanto, si usted tiene influencia o autoridad sobre Martín, úsela para que se rinda a la verdad, a la que ataca de manera manifiesta en la actualidad. Ingénieselas para que Lutero deje de llevar esa carga. (Dillenberger, 46-48; letter to Martin Bucer, January 12, 1538)

    Estoy cuidando de que el Luteranismo no gane terreno ni sea introducido en Francia. El mejor medio para frenar al malvado sería el publicar mi sentir respecto a él. (Dillenberger, 76; letter to Heinrich Bullinger, July 2, 1563)

    5. Melanchthon habla sobre Zwinglio

    El tímido Melanchthon dedicó al menos un arrebato en contra de Zwinglio: Zwinglio casi no dice nada acerca de la santidad cristiana. Sólo sigue a los Pelagianistas, a los Papistas y a los filósofos. (Daniel-Rops, 261)

    6. Lutero habla sobre los Herejes Protestantes

    Heresiarcas, permanecen con obstinación en su engreimiento. No le permiten a nadie encontrar una falta en ellos ni favorecen la oposición. Este es el pecado en contra del Espíritu Santo, para el que no hay perdón. (Grisar, VI, 282; WA, Vol. 19, 609 ff.)

    Esos son herejes y apóstatas, siguen sus propias ideas en lugar de la tradición de la cristiandad, por pura malicia inventan nuevas formas y métodos. (Grisar, VI, 282-283; WA, VII, 394)

    Grisar añade:

    En su estado de ánimo, se hizo imposible para él, darse cuenta de que su hostilidad y la intolerancia hacia los ‘herejes’, podría redundar en sí mismo. (Grisar, VI, 283)

    Debemos censurar a los fanáticos y maldecirles. Ellos se atreven a señalar deficiencias en nuestra doctrina, esa chusma de bellacos hace gran daño a nuestro Evangelio. (Grisar, VI, 289; EA, Vol. 61, 8 ff.)

    Les estoy pisando los talones a los Sacramentalistas y Anabaptistas, los retaré a pelear y los pisotearé. (Daniel-Rops, 86)

    Sacramentalistas eran aquellos que negaban la Presencia Real en la Eucaristía. Por ejemplo: Zwinglio. Es necesario decir que las Escrituras condenan el engreimiento. Rom 12:16. Ver también: Prob 3:7, Rom 11:20, 12:3, 1 Cor 3:18, 8:2, Efe 2:9


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    iii. El saqueo como un agente de la revolución religiosa


    1. Observaciones Generales

    A. Hillaire Belloc

    Durante 1536-40 su suscitó un cambio. La tentación de saquear bienes de la Iglesia y el hábito de hacerlo habían aparecido y estaban creciendo. Esto creó con rapidez un interés personal para promover cambios en la religión. Los que atacaron a la doctrina católica, por ejemplo, el celibato en las órdenes monásticas, les abrieron la puerta a los príncipes para tomar los cuantiosos bienes de la Iglesia. Las propiedades de los conventos y monasterios fueron saqueados en grandes cantidades en muchas partes de la cristiandad, en Escandinavia, las Islas Británicas, el norte de Holanda, gran parte de Alemania y en muchos cantones en Suiza. Los bienes de los hospitales, colegios, escuelas, gremios, no fueron incautados en su totalidad. Sin embargo, un cambio económico de esa magnitud en tan corto tiempo, es algo que la civilización no ha vuelto a ver. Los nuevos aventureros y los aristócratas, que de la noche a la mañana se habían enriquecido, consideraron que el regreso de la Iglesia Católica representaba una amenaza para sus inmensas nuevas fortunas. (Belloc, 9-l0)

    B. Will Durant

    Las ciudades se encontraron con un Protestantismo muy rentable, a cambio de la distorsión teológica, ellos escaparon de los impuestos y las cortes episcopales, y se podían apropiar con tranquilidad de las tierras y propiedades de la Iglesia. Los príncipes no solo se consideraban señores temporales, sino también espirituales, de esta manera, toda la riqueza de la Iglesia podía considerarse suya. Los príncipes simpatizantes del movimiento luterano clausuraron todos los monasterios en sus territorios excepto algunos en los que sus internos habían abrazado la fe protestante. (Durant, 438-439)

    C. Henri Daniel-Rops

    Desde el principio, la rebelión espiritual de Lutero desató la avaricia. Los gobernantes alemanes, los monarcas escandinavos y Enrique VIII de Inglaterra tomaron ventaja del rompimiento con el tutelaje papal, apropiándose tanto de la riqueza como del control de la Iglesias respectivas. (Daniel-Rops, 309-310)

    2. Melanchthon habla de los príncipes

    Lo último que les importa es la religión, ellos están ansiosos sólo por tener el poder en sus manos, para liberarse así del control de los obispos. Los príncipes se escudan en el Evangelio para saquear las iglesias. (Durant, 438, 440)

    3. Un precedente: Los Husitas

    Los protestantes habían aprendido de los Husitas, pobladores de la región de Bohemia que seguían al hereje John Hus, a quien Lutero aclamaba como uno de sus precursores. Después de la ejecución de Hus en 1415, celosos ejércitos, campesinos en su mayoría, seguidores de Hus, masacraron y robaron los monasterios de Bohemia, Moravia y Silesia a su paso, como represalia. (Durant, 169)

    4. Gustavo Vasa de Suecia

    En Suecia, Gustavo Vasa privó a la Iglesia de todas sus tierras. La proporción de las tierras en poder de la corona durante su reinado aumentó del 5,5% al 28%. La de la Iglesia, del 21% a cero. (Dickens, 191)

    5. Escocia e Inglaterra

    Los “grandes” nobles escoceses, respaldaron a la revolución religiosa ya que ésta les otorgó el poder de saquear a la Iglesia y a la monarquía al por mayor. (Belloc, 112)

    De la misma manera, la Reforma Inglesa fue llevada a cabo, de forma principal, mediante el saqueo perpetrado desde los más altos nivel del poder.

    6. El rechazo de Erasmo hacia el saqueo protestante

    El gran pensador europeo y hombre de letras, Erasmo, quien favorecía la Reforma en sus inicios, se tornó en contra de ésta al observar sus frutos, unas semanas antes de la Dieta de Worms, el 10 de mayo de 1521 escribía acerca de quienes codician los bienes de la Iglesia:

    Esto sin duda le da un giro a los acontecimientos, si las propiedades de los sacerdotes les son quitadas por los soldados de esa manera tan inicua, para que éstos las usen de la peor manera, desperdiciándola a su propio beneficio, entonces nadie sale beneficiado. (Erasmus, 157)


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    iv. La erradicación sistemática del catolicismo


    1. Observaciones Generales

    Janssen nos relata acerca de la visión de algunos líderes de la reforma, sobre este tema:

    Lutero estaba complacido con la expulsión de los católicos. Melanchthon estaba a favor de proceder en contra de ellos con castigos corporales. Zwinglio sostenía que, en caso de necesidad, se debía aniquilar a los obispos y sacerdotes como un mandamiento de Dios.
    (Janssen, V, 290)

    2. La ciudad de Zurich, ciudad de Zwinglio

    Esta ciudad, en dfinitiva, no era un paraíso de libertad cristiana: La asistencia a los sermones era obligatoria bajo pena de castigo, toda enseñanza y práctica religiosa que se desviara de las regulaciones prescritas, se castigaban. Incluso fuera del distrito de Zurich, a los clérigos no se les permitía oficiar misa ni se permitía a los feligreses asistir a ésta. Y fue prohibido, bajo pena de castigo severo, el tener imágenes y esculturas religiosas, aún dentro de las casas. El ejemplo de Zurich fue seguido por otros cantones suizos. (Janssen, V, 134-135)

    La Misa fue abolida en Zurich en 1525 (Dickens, 117). ¿Cómo pudo Zwinglio esparcir sus ideas? Su progreso estuvo fundamentado en la destrucción de iglesias y a la quema de monasterios. Los obispos de Constanza, Basilea, Lausana y Ginebra fueron forzados a abandonas sus sedes. (Daniel-Rops, 81-82)

    3. Farel en Ginebra

    William Farel, quien precedió a Calvino en Ginebra, ayudó a abolir la Misa en agosto de 1535, capturó todas las iglesias y cerró sus cuatro monasterios y un convento de monjas. (Harkness, 8)

    Sus sermones en la iglesia de San Pedro, causaron amotinamientos, las estatuas fueron destruidas, retratos destrozados y los tesoros de la iglesia, con un costo de diez mil coronas, desaparecieron. (Hughes, 226-227)

    4. Bucero en Augsburgo (Augusta), Ulm y Estrasburgo

    Martín Bucero, aunque ansioso de ser valorado como respetable y pacífico, defendió de manera abierta el poder de la autoridad sobre las conciencias. No descanso hasta que en 1537 provocó la supresión de la Misa en Augsburgo. A su instigación, muchas bellas pinturas, monumentos y antiguas obras de arte en las iglesias, fueron destrozados con arbitrariedad. Aquella persona que se negara a asistir al culto público, se le daba un plazo de ocho días para salir de los límites de la ciudad. A los ciudadanos católicos se les prohibió el asistir a los lugares de culto, bajo severos castigos. En otras ciudades, Bucero actuó con no menos violencia e intolerancia, por ejemplo, en Ulm, en donde afianzó a Escolampadio en 1531, y en Estrasburgo. Aquí en 1529, después de un concilio popular, se prohibió el culto católico. Los predicadores solicitaron a los consejeros que emitieran un reglamento en el cual se hiciera obligatoria la presencia al nuevo culto, y de esta manera llenar los templos. (Grisar, VI, 277-278)

    5. Otras ciudades protestantes

    En 1529, el Consejo de Estrasburgo también ordenó la destrucción total de todos los altares, imágenes y crucifijos que quedaran. Muchas iglesias y conventos fueron destruidos. (Janssen, V, 143-144)

    Acontecimientos similares sucedieron en Frankfurt. (Durant, 424)

    En una convención luterana en Hamburgo, en abril de 1535, los poblados de Lubeck, Bremen, Hamburgo, Luneburg, Stralsund, Rostock y Wismar, votaron en forma unánime para colgar a los Anabaptistas y azotar a los Católicos y Zwinglianos antes de desterrarlos. (Janssen, V, 481)

    En la ciudad de Lutero, en el territorio de la Sajonia, se había instituido la expulsión de católicos, en 1527. (Grisar, VI, 241-242)

    En 1522, una muchedumbre entró por la fuerza en la iglesia de Wittenberg, la misma en la que Lutero había clavado su tesis, destruyeron sus altares y estatuas y expulsaron a sus clérigos. En Rotenburg, en 1525, la figura de Cristo fue decapitada. El 9 de febrero de 1529, todo lo venerado en el pasado en la preciosa catedral de Basilea, Suiza, fue destruido. Tales casos de brutalidad y fanatismo pueden citarse por decenas. (Stoddard, 94)

    En Constanza, el 10 de marzo de 1528, la fe católica fue prohibida por completo por el Consejo: “No hay derechos más allá de los establecidos en el Evangelio, como es entendido hoy”. Los altares fueron destruidos, los órganos fueron removidos por considerarlos obras de idolatría, los tesoros de la iglesia fueron enviados a las arcas del gobierno. (Janssen, V, 146)

    6. John Knox en Escocia

    En Escocia, John Knox y sus seguidores aprobaron la siguiente legislación: fue prohibida la Misa así como asistir a ésta, bajo la pena de perder todos los bienes y el azotamiento si es la primera infracción, para la segunda, el destierro; si la tercera, la muerte. (Hughes, 300)

    Knox, como casi sin excepción todos los fundadores protestantes, fue persuadido de que “todo lo que nuestros adversarios hacen es diabólico”. Él se regocijaba en creer que “es perfecto el odio que engendra el Espíritu Santo en los corazones de los elegidos de Dios, en contra de los condenados por sus santos estatutos” (John Knox, History of the Reformation in Scotland, New York: 1950, Introduction, 73)

    En contra de nuestros malditos oponentes (es decir los católicos), todos los medios están justificados, mentiras, traición (Ibíd., I, 194 and note 2), manipulación de las leyes aunque sean contradictorias. (Durant, 610; Knox, ibid. Introduction, 44. See also Edwin Muir, John Knox, London: 1920, 67, 300)

    7. Lutero

    Lutero fue a la vanguardia en su notable inquisición en contra de la práctica del catolicismo:

    En una tarea de las autoridades el resistir y castigar la blasfemia pública. (Grisar, VI, 240)

    No sólo el poder espiritual, sino también el temporal deben sujetarse al Evangelio, lo quieran o no. (Grisar, VI, 245)

    Lutero decidió en 1527 que el hombre despreciaba el Evangelio e insistió en que fuera obligado por la fuerza de la ley y la espada. (Grisar, VI, 262; EA, III, 39; letter to Georg Spalatin)

    Incluso aquellos que no crean, deben, no obstante, ser conducidos a la predicación, para que al menos en apariencia sean obedientes. (Grisar, VI, 262; in 1529)

    Aunque no podemos ni debemos forzar a nadie a creer en nuestra fe, las masas deben ser conducidas hacia ésta para que así conozcan el significado del bien y el mal. (Grisar, VI, 263; WA, XXX, 1, 349; Preface to Smaller Catechism, 1531)

    Es nuestra costumbre el atemorizar a aquellos que no asisten a los sermones, y amenazarlos con el destierro y la ley. En caso de que persistan en su obstinación, excomulgarlos, como si fueran paganos. (Grisar, VI, 263; EN, IX, 365; letter to Leonard Beyer, 1533)

    Aunque el papado ha abusado de manera vergonzosa de la excomunión, uno no debe preocuparse por eso, sino utilizarla con corrección, como Cristo lo mando. (Durant, 424-425)

    Se me perdonara un irresistible juego de palabras en este punto: “Las Misas católicas fueron expulsadas, mientras que las masas de católicos fueron forzadas a entrar (a los servicios protestantes)”[nota del T: Mass = Misa; mass = masa]

    8. Melanchthon y Calvino

    Melanchthon pide al estado obligar a la gente a atender los servicios protestantes. (Durant, 424)

    Más tarde, en 1623, en la Sajonia, incluso las confesiones y la Eucaristía eran obligadas por ley de manera estricta, castigables con el destierro. (Grisar, VI, 264)

    Calvino, en Ginebra, también impulso un despotismo religioso que llegaba a un grado absurdo.

    9. Conclusión (Owen Chadwick)

    Los estados Protestantes no cuestionan que la enseñanza de doctrinas desaprobadas por ellos sean prohibidas. Tampoco cuestionan que el estado promulgue leyes para estimular la asistencia a las iglesias. En la Inglaterra anglicana, en la Alemania luterana y en la Holanda reformada, los ciudadanos son merecedores de castigos si, a menos que tengan alguna buena razón, fallan en la asistencia a sus iglesias parroquiales. (Chadwick, 398)


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    v. Radicalismo violento y la revolución protestante


    1. La revolución de improperios de Lutero

    Si tuviera a todos los frailes franciscanos en una sola casa, le prendería fuego. ¡Al fuego todos ellos! (Grisar, VI, 247; Table Talk [edited by Mathesius], 180; summer 1540)

    Es una obligación el vencer al Papa usando la fuerza. (Grisar, VI, 245; EN, IV, 298)

    Los poderes espirituales, así como los temporales, tendrán que sucumbir al Evangelio, ya sea por las buenas o por las malas, como se puede ver el ejemplo en la historia bíblica. (Janssen, III, 267; letter to Frederick, Elector of Saxony, 1522)

    2. Zwinglio

    Zwinglio también tenía marcadas tendencias militares.

    Zwinglio había llegado demasiado lejos y declararó que la masacre de obispos era necesaria para el establecimiento del Evangelio purificado. En 4 de mayo de 1528 escribió: Los obispos no desistirán a su fraude, hasta que el segundo Elías aparezca y una lluvia de espadas caiga sobre ellos. Es más prudente arrancarse un ojo inútil que dejar el cuerpo sujeto a la corrupción. (Janssen, V, 180; Zwingli’s Works, VII, 174-184)

    Zwinglio murió junto con 24 predicadores afines a él, en la batalla de Kappel, a unas cuantas millas al sur de Zurich el 11 de octubre de 1531. Ante esta noticia, Lutero reaccionó con alegría. Este acontecimiento ayudo a que Bullinger sucediera a Zwinglio, siendo el más leve y moderado de todos los fundadores protestantes.


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    vi. Muerte y tortura para católicos, protestantes disidentes y judíos


    1. Lutero

    Hay quien enseña contradicciones a algunos reconocidos artículos de fe, con evidencia fundamentados en la Escritura y que son creídos por buenos cristianos en todo el mundo, como se les enseña a los niños en el Credo. Herejes de esta calaña no deben ser tolerados, sino castigarlos como manifiestos blasfemadores. Si alguno desea predicar y enseñar, debe demostrar su vocación para hacerlo o permanecer en silencio. Si no permanece en silencio, entonces las autoridades civiles deberán conducir al sinvergüenza con su maestro, llamado Master Hans (esto es, el verdugo de la horca). (Janssen, X, 222; EA, Bd. 39, 250-258; Commentary on 82nd Psalm, 1530; cf. Durant, 423, Grisar, VI, 26-27)

    Los artículos de doctrina sediciosos deben ser castigados por la espada, sin necesidad de pruebas. En cuanto a los Anabaptistas, que niegan el bautismo en la infancia, el pecado original y la inspiración, lo que no tiene relación con la Palabra de Dios y con certeza se opone a ésta, las autoridades civiles también están obligadas a limitar y castigar sus falsas doctrinas. Tan solo piensen ¿qué desastre resultaría si los niños no fuesen bautizados? Además, los Anabaptistas se separaron de las iglesias y crearon un ministerio propio, lo cual es contrario al mandamiento de Dios. Por todo lo anterior, resulta claro que las autoridades civiles están obligadas a imponer un castigo corporal a estos agresores. También, cuando se trata de un sólo caso de defensa de algunos postulados espirituales, tales como el bautismo infantil, el pecado original y la separación innecesaria, entonces, llegamos a la conclusión de que, los obstinados sectarios deben de ser aniquilados. (Janssen, X, 222-223; pamphlet of 1536)

    Bullinger notó la contradicción de Lutero, quien apelaba a la tradición para castigar a los herejes, pensó que era en realidad ridículo y que debía situarse en la realidad de que la Iglesia había hecho esto por largo tiempo. Si el argumento de Lutero basado en que “así se ha interpretado siempre” fuese admitido, entonces, la propia doctrina de Lutero se cae por su propio peso, ya que su doctrina no es la misma que ha enseñado la Iglesia de Roma. (Grisar, VI, 259; letter to Albert, Margrave of Brandenburg)

    La consistencia lógica nunca fue uno de los puntos fuertes de Lutero. Grisar comenta:

    Cada seguidor de su evangelio que discrepaba con su visión, estaba destinado a ser encasillado como un hereje impío. Lutero nunca dudó que había descubierto un nuevo evangelio. (Grisar, VI, 238)

    Son bien conocidos los hechos de Lutero, referidos por fuentes no católicas acreditadas, acerca de sus prácticas persecutorias en contra de protestantes no-luteranos.

    En 1530 perseveró en el criterio de que dos ofensas deberían ser castigadas, incluso con la muerte, éstas son la sedición y la blasfemia. Lutero interpretó como sedición incluso alguna abstención en el gobierno o la milicia, y el rechazo a algún artículo de los Apóstoles como blasfemia. En un memorando de 1531, escrito por Melanchthon y firmado por Lutero, un rechazo de la oficina gubernamental fue descrito como una blasfemia insufrible, y la desintegración de la Iglesia como sedición en contra del orden eclesiástico. En un memorando de 1536, otra vez por escrito y firmado por Melanchthon y Lutero, la distinción entre los Anabaptistas pacíficos de los rebeldes, fue borrada. (Bainton, 295)

    Bajo los múltiples criterios de Lutero acerca de la herejía, la sedición y la blasfemia, los siguientes grupos hubieran merecido la pena de muerte: Bautistas, Pentecostales, muchos de los Evangélicos independientes, Operación Rescate activistas en pro de la vida, activistas a favor de los derechos civiles, Abolicionistas, Los Padres Fundadores de América, muchos Liberales y Conservadores, Comunistas y Socialistas, miembros de comunas, los Hermanos Libres (Plymouth Brethren), Menonitas, Cuáqueros, Amish, humanistas y ateos, todas las religiones no cristianas, los teólogos liberales, cultos, etc. Es muy significativo observar cómo Lutero se traslado de la tolerancia a la tiranía religiosa, y cómo fue creciendo ésta en él.

    En 1520 decretó: “cada hombre es un sacerdote” y agregó “debemos vencer a los herejes con libros, no con la hoguera” (Open Letter to Christian Nobility, Luther’s Works, Philadelphia, 1943, I, 76, 142)

    Pero un hombre que tiene la “certeza” de tener a la Palabra de Dios en su poder, no tolerará ninguna contradicción. En 1529 ya hacía algunas distinciones delicadas:

    Incluso los incrédulos deben ser forzados a obedecer los Diez Mandamientos, asistir a la iglesia, que se ajusten en lo exterior. (Letter of August 26, 1529 to Joseph Metsch)

    En 1530, en su comentario al Salmo 82, aconsejaba a los gobernantes privar de la vida a los herejes que predicaran la sedición o en contra de la propiedad privada y a aquellos que enseñaran en contra de los artículos de fe. (WA, XXXI, 1, 208 ff.)

    Debemos notar, no obstante lo anterior, que hacia el final de la vida de Lutero, éste retorno a sus primeros sentimientos de tolerancia. En su último sermón aconsejó el abstenerse de combatir la herejía por la fuerza. (Will Durant, 420-423)

    De nueva cuenta, como en el caso de la Revuelta de los Campesinos, fue muy tarde para corregir el camino, su fin llegó. Durant nos ofrece ejemplos de persecución de “reformadores” después de Lutero (Durant, 423-425): Bucero urgió la desaparición de toda falsa profesión de fe, junto con sus esposas, hijos y ganado (Bax, Ibíd., 352). Melanchthon insistió en usar la pena de muerte para los que rechazaran la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, a los que negaran el bautismo a los niños (Smith, 177), y la creencia de que algunos paganos se pueden salvar (Janssen, IV, 140-141). Demandó la desaparición de aquellos libros que se opusieran o estorbaran a la doctrina luterana (Janssen, XIV, 503). Los estados protestantes suprimieron el culto Católico y se apoderaron de sus bienes (Janssen, VI, 46-63, 181, 190, 208-214, 348-349). La censura a la prensa fue adoptada (Janssen, IV, 232 ff.), junto con la excomunión (por ejemplo en la Confesión de Augsburgo de 1530).

    Kurt Reinhardt, autor de dos volúmenes sobre historia alemana, escribió:

    La iglesia invisible que Lutero esperaba establecer en los corazones de todos los fieles, se había convertido en una institución muy humana y visible. Lutero se encontró a sí mismo obligando y forzando, en contra de sus principios de libertad individual y tolerancia. Los ideales de libertad espiritual, libre interpretación y sentimientos de introspección de Lutero, en realidad nunca proliferaron en la estructura de su iglesia. La mayoría de sus ideas que provocaron la separación con Roma, tuvieron que refugiarse en aquellas sectas que las tres iglesias reformadas (zwingliana, calvinista y luterana) perseguían con el fuego y la espada. (Germany: 2000 Years, I, New York: Ungar, revised edition of 1961, 235, 237)

    Uno puede adivinar cómo vivían los judíos en esta atmósfera de intolerancia entre los cristianos, los verdaderos o los que así se hacían llamar, Lutero aconsejaba:

    Destruyan y destrocen sus casas. Quítenles sus libros de oración y Talmuds, sus Biblias también. Prohíbanles a sus rabinos, bajo pena de muerte, el volver a enseñar. Prohíbanles el paso por calles y carreteras. Prohíbanles que ejerzan la usura y quítenles todo su dinero y sus tesoros de oro y plata. Y si esto no fuera suficiente, destiérrenlos, como si fuesen perros rabiosos.

    (EA, XXXII, 217-233; Durant, 422; About the Jews and Their Lies, 1543; Durant cites as his source Janssen, III, 211-212)

    Lo triste del caso es que tiempo antes Lutero había hablado acerca de ser más tolerantes con los judíos. Ahora, en su vejez, atacado por la enfermedad, la frustración, la discordia y la duda (y muchas veces también con la duda de sí mismo), otra vez soltaba la lengua con consecuencias incalculables.

    2. Melanchthon

    Melanchthon aceptó la dirigencia de la Inquisición Secular que prohibió el Anabaptismo en Alemania, bajo pena de muerte. ¿Porqué debemos sentir más pena de aquellos hombres de la que Dios no ha sentido por ellos?, preguntó, él estaba convencido que Dios había condenado al infierno a los Anabaptistas. (Durant, 423)

    Una Inquisición ordinaria se creó en la Sajonia, con Melanchthon a la cabeza, bajo la cual, muchas personas fueron castigadas, algunas con la muerte, otras con prisión de por vida y varias con el exilio. (Smith, 177)

    Incluso cuando los Anabaptistas no promovían de manera explícita la sedición ni la blasfemia, era, en su opinión, la obligación de las autoridades darles muerte. (Grisar, VI, 250; BR, II, 17 ff.; February 1530)

    Hacia finales de 1530, Melanchthon elaboró un memorando en el cual se defendía un sistema de coerción con la espada (esto es, muerte para los Anabaptistas), Lutero lo firmó con las palabras “esto me complace” y agregó:

    Aunque pueda parecer cruel el castigarlos con la muerte, es más cruel para ellos el no enseñar ninguna buena doctrina y perseguir a la doctrina verdadera. (Grisar, VI, 251)

    El teólogo protestante August W. Hunzinger concluye: “Era costumbre de Melanchthon, para no perder tiempo, utilizar el recurso del fuego y la espada. Esto fue una gran mancha en su vida. Muchos hombres cayeron, víctimas de sus designios” (Grisar, VI, 270; Die Theol. der Gegenwart, 1909, III, 3, 49)

    En 1530, Melanchthon recomendó pena de muerte a aquellos que rechazaren la Presencial Real de Cristo en la Eucaristía. Pero, ¡después cambió de parecer acerca de este punto de doctrina! (Durant, 424)

    3. Zwinglio

    Jóvenes estudiantes de la Biblia, que alguna vez habían sido instruidos por Zwinglio, proponían una reforma más radical, se negaban a bautizar a sus hijos amparándose en sus primeras ideas. En enero de 1525, Zwinglio concluyó que ellos merecían la pena de muerte por “desgarrar el tejido de una sociedad cristiana sin fisuras”. (John L Ruth., “America’s Anabaptists: Who They Are,” Christianity Today, October 22, 1990, 26 / cf. Dickens, 117; Lucas, 511)

    La inclemente Zurich de Zwinglio, persiguió a los Anabaptistas:

    La persecución de los Anabaptistas comenzó en Zurich. Los castigos ordenados por el Consejo de Zurich consistían en ahogar, quemar o decapitar, de acuerdo a lo que pareciera más recomendable. “Es nuestra voluntad”, declaró el Consejo, “que en cualquier lugar que se encuentren, sea uno o varios, sean ahogados a morir y ninguno de ellos sea perdonado” (Janssen, V, 153-157)

    4. Bucero

    En sus diálogos de 1535, Bucero llamó a los gobiernos a exterminar por medio del fuego y la espada toda profesión de falsa religión, ya sean mujeres, niños o ganado.” (Janssen, V, 367-368, 290-291)

    5. Knox

    Sus convicciones recordaban las prácticas más obscuras de la Inquisición. Cada hereje debía ser condenado a muerte, las ciudades con predominio de los herejes debían ser golpeadas con la espada y destruirlas al final.

    “Para el hombre “carnal” esto pudiera parecer un juicio muy severo. Sin embargo, no haremos excepciones, y todos serán conducidos a la muerte cruel. En estos casos, la voluntad divina desiste del razonamiento para dar paso a la ejecución de sus mandamientos”. (Durant, 614; Edwin Muir, John Knox, London: 1920, 142)

    6. Inglaterra

    Elizabeth, en 1575, condenó a la hoguera a dos Anabaptistas holandeses. En 1535, Enrique VIII ejecutaba en un solo día a una veintena de ellos. (Hughes, 143)

    Seis monjes cartujos y uno de la orden Brigidina fueron colgados, el obispo de Rochester, san Juan Fisher, fue decapitado. En mayo y junio de 1535, otros fueron desollados en vida, ahogados y descuartizados, por negar que Enrique VIII fuera la Cabeza Suprema sobre la tierra de la Iglesia de Inglaterra. (Hughes, 181-182)

    Hugh Latimer, un reformista inglés, empañó su elocuente carrera al aprobar la quema de los Anabaptistas y los obstinados Franciscanos bajo el reinado de Enrique VIII, enfatiza Durant. (Durant, 597)

    La reina Elizabeth escribe a Phillip Hughes:

    Se decretó una definición de herejía que nos hace la vida segura a todos los que creemos en la Trinidad y la Encarnación. Esta ley deja intacto el principio que dice que la herejía es castigable con la muerte. Cualquier “Servet inglés” pudo haber sido condenado a la hoguera bajo el reinado de Elizabeth, y de hecho, en 1589, condenó a la hoguera a un Arriano. (Hughes, 274)

    No fue hasta 1679 cuando fue abolida la pena de muerte por herejía en Inglaterra, por un decreto del Parlamento bajo Carlos II. (Hughes, 274)

    John Stoddard lleva la cuenta de Enrique VIII, fundador del Anglicanismo:

    Asesino de dos esposas, excomulgó a muchos miembros de la nobleza en su tiempo que tuvieron la conciencia y el coraje para oponérsele. Entre estos personajes estaba el venerable Obispo Fisher y sir Thomas More, uno de los hombres más distinguidos de ese siglo. Cuando Enrique VIII comenzó su persecución, había unos mil monjes dominicos en Irlanda, solo cuatro sobrevivieron cuando Elizabeth llegó al trono treinta años después.

    Las ejecuciones comenzaron con rapidez, alrededor de 800 al año durante casi la última mitad del siglo XVI. Hallam, protestante, relata que las ejecuciones de sacerdotes jesuitas, en el reinado de Elizabeth, estaban caracterizadas por el salvajismo y el fanatismo, que no estoy seguro que la Inquisición haya sobrepasado. Los detalles de tales atrocidades no complacerían a los lectores Protestantes, acostumbrados a pensar que todas las persecuciones religiosas han sido llevadas a cabo por los católicos.

    Como dice Newman:

    Es más placentero para ellos decir que están en contra de la persecución y calificar como infernal a la Inquisición, que el considerar sus propias asuntos y obras en este sentido. (Stoddard, 131-132, 135; citing Henry Hallam, Constitutional History of England, I, 146)

    Stoddard nos relata más sobre la persecución en Inglaterra de los que se oponían a la Iglesia Anglicana. Los Presbiterianos, por ejemplo, fueron calumniados, encarcelados, mutilados e incluso condenados a muerte. Unos cuantos Anabaptistas y Unitarios fueron quemados vivos. (Stoddard, 205)


    Obispos anglicanos fueron cómplices silenciosos y testigos de mucha tortura. (Stoddard, 205-206)
    En Irlanda, dos obispos fueron ejecutados por los ingleses en 1578, y otros tantos en 1585 y 1611. En 1652 hubo un intento por exterminar a todos los sacerdotes católicos en Irlanda.

    En un acta firmada por los Comisionados del Parlamento de Inglaterra, decretaron que cada “sacerdote romano” debería ser colgado, decapitado, descuartizado, sacarle las entrañas y quemarlas, colocar su cabeza sobre un poste en un lugar público. Al final, fueron escasísimos los sacerdotes que quedaron en toda la isla. (Stoddard, 206)

    Opositores en Irlanda también soportaron horribles sufrimientos. Hubo casos registrados en los que se les arrancaron a tirones sus dedos, a los que se les chamuscó el cuerpo por medio de hierros candentes, a los que se les rompían las piernas. Sus esposas también eran azotadas en público. (Stoddard, 207)

    7. Calvino

    A. En general

    En el prefacio de su obra las Instituciones, admitió el derecho a gobernar mediante la condena a muerte de los herejes. El pensaba que se debía odiar a los enemigos de Dios. Aquellos que defienden a los herejes deben ser castigados también. (Smith, 178)

    Durante el gobierno de Calvino en Ginebra, entre 1542 y 1546, cincuenta y ocho personas fueron condenadas a muerte por herejía. (Durant, 473)

    Aunque no recomendaba usar de manera directa la pena de muerte por blasfemia entre los judíos, sí defendió su uso en contra de éstos. (Harkness, 102)

    En defensa a apedrear a los falsos profetas, dijo:

    Un padre no debe perdonar a su hijo ni el esposo a su esposa. Si alguien estima tanto a un amigo como a su propia vida, permítanle acabar con su vida. (Harkness, 107; Calvin, Opera [Works], vol. 27, 251; Sermon on Deuteronomy 13:6-11)

    Habló acerca de la ejecución de católicos, pero al modo de Lutero, en realidad no deseaba poner en práctica su retórica: Las personas que persisten en las supersticiones de la Roma anticristiana, merecen ser reprimidas por la espada. (Harkness, 96; letter to Duke of Somerset, October 22, 1548)

    B. James Gruet

    En enero de 1547, en la Ginebra calvinista, James Gruet, una especie de librepensador, fue acusado de haber publicado una nota en la que se implicaba que Calvino debía salir de la ciudad: fue arrestado con rapidez y se buscó de casa en casa a sus cómplices. Esta acción fue inútil para revelar nada, excepto que Gruet había escrito en uno de los panfletos de Calvino: “son tonterías”. Los enjuiciadores lo torturaron en el potro dos veces al día, mañana y noche, por todo un mes, fue sentenciado a muerte por blasfemia y decapitado el 26 de julio de 1547. ¡La libertad evangélica había llegado al punto de que sus campeones habían tomado la vida de un hombre por el simple motivo de una sátira! (Huizinga, 176; cf. Daniel-Rops, 82-83)

    Durant nos da más detalles:

    Medio muerto, fueron atados sus pies a una estaca mientras le tiraban de la cabeza hasta desprenderla. (Durant, 479)

    C. Los hermanos Comparet

    En mayo de 1555, ocurrió un disturbio de borrachos, provocado por un grupo que objetaba el exceso de refugiados extranjeros en Ginebra. Estos opositores a Calvino fueron calificados como “libertinos”.

    Los hermanos Comparet, dos humildes barqueros, fueron ejecutados y las partes de sus cuerpos desmembrados, regados en las salidas de la ciudad. (Daniel-Rops, 192)

    Los hermanos Comparet fueron torturados con la aprobación de Calvino. En el potro de tormento dijeron que el disturbio fue premeditado, más tarde, antes de su ejecución, lo negaron. Varios fueron decapitados, incluyendo a Francois Berthelier. Otros más fueron desterrados junto con sus esposas. (Harkness, 48)

    Los otros miembros del grupo se fugaron, sin embargo fueron sentenciados a muerte en su ausencia. (Daniel-Rops, 192)

    D. Miguel Servet

    La ejecución más infame en Ginebra fue la de Miguel Servet, un médico español que negaba la Trinidad, fue una especie de gnóstico panteísta. Había conocido a Calvino y éste último declaró, el 13 de febrero de 1547, en una carta a Farel:

    Si él viene (a Ginebra), prevalecerá mi autoridad y no permitiré que vuelva a casa con vida. (Daniel-Rops, 186)

    Con el conocimiento de Calvino y con probabilidad su instigación, William Trie, de Ginebra, denunció a Servet en la Inquisición de Viena (católica) mostrando las cartas enviadas del hereje a Calvino. (Huizinga, 177)

    Daniel-Rops dice respecto a este episodio, que los historiadores protestantes lo refieren con vergüenza. (Daniel-Rops, 187)

    El hecho no puede ser disimulado, Calvino mandó a Servet a la Inquisición y luego trató, por medio de una mentira o un subterfugio, cubrir su participación en el asunto. (Harkness, 42)

    El arribo de Servet a Ginebra, el 13 de agosto de 1553, fue detectado casi en el momento. Por medio de instigaciones fue arrestado y puesto en prisión. Calvino esperaba su ejecución. (Harkness, 42)

    El 20 de agosto Calvino escribió a Farel:

    Espero que Servet sea condenado a muerte, aunque me gustaría que se librara de la peor parte del castigo, se refería al fuego. (Daniel-Rops, 190)

    Esto es, en lo referente a este caso, el ejemplo máximo de la clemencia de Calvino.

    El 26 de octubre, el Consejo ordenó que se quemase a Servet al día siguiente. Su deseo de muerte para Servet es claro. (Harkness, 44)

    Las observaciones de Calvino respecto a esta horrible muerte, mediante una lectura repugnante:

    Él mostró la estupidez de una bestia. Bramó al modo español, ¡misericordia! (Daniel-Rops, 190-191)

    Henry Hallam, historiador protestante, nos ofrece su opinión:

    Servet, de hecho, fue quemado no sólo por sus herejías sino por las ofensas que había propinado a Calvino muchos años antes, que parecieron haber exasperado el tremendo temperamento del reformador, para hacerle pagar por los dichos por los que al final lo ejecutó. Así, en el segundo periodo de la Reforma, aquellos síntomas repugnantes que habían aparecido en un periodo más temprano como la desunión, la violencia, la obcecación y la intolerancia se arraigaron y crecieron hasta hacerlos incurables. (Hallam, Ibíd., I, 280)

    En la muerte de Servet, Calvino tiene gran responsabilidad, escribe Wendel, marcó al reformador con un estigma sangriento y nada podrá borrarlo. (Daniel-Rops, 191)

    Esta deshonra, sin embargo, es compartida por muchos otros “reformadores”, que elogiaron su atroz venganza:

    Melanchthon, en una carta a Calvino y Bullinger, dio gracias al Hijo de Dios y llamó a tal ajusticiamiento, un santo ejemplo, memorable para la posteridad. Bucero declaró en su púlpito en Estrasburgo, que Servet merecía haber sido desollado y desmembrado. Bullinger, en general humanitario, coincidió en que los magistrados civiles deben castigar la blasfemia con la muerte. (Durant, 484)

    En 1554 Calvino escribió su tratado En Contra de los Errores de Servet, en el cual trató de justificar su cruel acción:

    Mucha gente me ha acusado de que con feroz crueldad quisiera matar de nuevo a aquel hombre que aniquilé. No sólo soy indiferente a sus comentarios, sino que me regocijo en el hecho de que me han escupido a la cara. (Daniel-Rops, 191)

    Esta fue la actitud de Calvino ante el castigo de los herejes. De que modo, digo yo, ¿es él superior en su moral que todos aquellos que cometieron atrocidades por medio de la Inquisición?

    8. Tortura protestante

    El teólogo protestante Meyfart, fue testigo de las torturas que más tarde describió. El ingenioso español y el astuto italiano se horrorizan ante estas bestialidades y brutalidades. En Roma no se acostumbra someter ni a un asesino, una persona incestuosa o a un adúltero a tortura por espacio de más de una hora, pero en Alemania, se mantiene la tortura por un día completo, día y noche, por dos días, incluso cuatro días, después de lo cual, todo vuelve a comenzar. Hay historias tan horribles y repugnantes que ningún hombre puede escucharlas sin estremecerse. (Janssen, XVI, 516-518, 521)

    Meyfart nos ofrece otro ejemplo típico de cómo se trataba a los Anabaptistas:

    En Augsburgo, en la primera mitad del año 1528, de manera casi ciento setenta Anabaptistas de ambos sexos, o bien fueron encarcelados o fueron desterrados por orden del nuevo Consejo Popular. A algunos se les cortó la lengua. (Janssen, V, 160)

    9. Conclusión

    La persecución, incluyendo la pena de muerte por herejía, no es una exclusiva falta del catolicismo. Con claridad es una falta protestante también y un punto ciego de la Edad Media, de modo similar al aborto en nuestros “civilizados” días. Además, es una mentira afirmar que el protestantismo, en su presentación inicial, abogó por la tolerancia. La evidencia presentada hasta el momento refuta este concepto más allá de cualquier duda razonable.


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    vii. La censura protestante


    1. Visión general

    Los primeros protestantes no fueron los campeones de la libertad de expresión ni de la libertad de prensa, como se nos quiere hacer creer. La prohibición de la Misa y el forzar a asistir al culto protestante por medio de las leyes civiles, son ejemplos de esta intolerancia respecto de la libertad de pensamiento y de acción.

    Desde el principio, la vida religiosa protestante estuvo influenciada por la desesperanzante contradicción de que Lutero, por un lado, impuso como un deber sagrado en cada individuo, en todos los asuntos de fe, dejar a un lado la autoridad sobre todo la de la Iglesia y seguir su propio discernimiento; mientras que por el otro lado, los teólogos reformistas otorgaron más peso al poder de los príncipes, sobre la religión, sus tierras y los individuos. Lutero nunca trató de resolver esta contradicción. En la práctica, Lutero estaba complacido de que el príncipe tuviera el control supremo sobre la religión, la doctrina y la Iglesia, y con otorgarle el derecho y la obligación de sofocar cualquier credo que difiriera con el suyo. (Janssen, XIV, 230-231; citing Johann von Dollinger: Kirche und Kirchen, 1861, 52 ff.)

    El cuerpo doctrinal de Melanchthon había sido satisfactorio por mucho tiempo en la Sajonia, pero a raíz de las controversias cripto calvinistas, el Elector Augusto prohibió los trabajos de impresión. El control de la prensa, que Melanchthon había utilizado en contra de otros, ahora se le revertía. (Janssen, XIV, 506)

    En las ciudades protestantes, numerosos predicadores con gran celo y con la ayuda de las autoridades municipales se movilizaron para suprimir los escritos de las corrientes opositoras. Cuando Lutero comenzó a escribir sus libros se decía, recordando a Frederick Staphyllus (1560), que “sería contrario a la libertad cristiana si los cristianos y la gente común no tuvieran la posibilidad de leer toda clase de libros”. Ahora, sin embargo, los luteranos mismos estaban prohibiendo que se adquirieran y leyeran los libros de sus oponentes, miembros apostatas y de las sectas. (Janssen, XIV, 506-507)

    Los príncipes protestantes amaban y promovían la censura, porque con ésta se acallaba la bien merecida denuncia en contra del robo de los bienes de la Iglesia o de otros hechos de interés propio e incluso actos criminales. (Janssen, XIV, 507)

    La violación a las órdenes de censura, eran castigadas con severidad en todas partes. (Janssen, XIV, 234)

    2. Lutero prohibió las Biblias católicas

    Janssen escribió un caso de censura hipócrita de Lutero (1529):

    Lutero puso en movimiento su pluma con motivo de la traducción de la Biblia católica. “La libertad del mundo”, que proclamaba para sí mismo, no la compartía con su oponente Emser. Cuando se enteró que la traducción de Emser estaba por ser impresa en Rostock, no sólo apeló a su seguidor, el duque Enrique de Mecklenburg, con la solicitud de que, “por la gloria del evangelio de Cristo y las salvación de todas las almas”, detuviera esa impresión, sino que también logró que los consejeros del Elector de Sajonia respaldaran esta acción. Lutero negó el poder de las autoridades católicas para prohibir sus libros, pero, por otra parte, invocaba a las autoridades civiles para impedir los escritos que le disgustaban. (Janssen, XIV, 503-504)

    3. Lutero y Melanchthon prohibieron los libros provenientes de suiza y los de los Anabaptistas.

    Cuando la controversia sobre “La Última Cena del Señor” comenzó en Wittenberg, se tomaron las máximas precauciones para prohibir los escritos de los reformadores suizos y de los predicadores alemanes que compartían su punto de vista con los suizos. Con la instigación de Lutero y Melanchthon, el Elector Juan de Sajonia publicó un edicto con el siguiente efecto: No será permitida la venta y lectura de libros y panfletos (de los Anabaptistas, Sacramentalistas, etc.). Y aquellos concientes de la violación de estas órdenes y no las denuncien, serán castigados con la muerte y la pérdida de sus propiedades. (Janssen, XIV, 232-233; BR, IV, 549)

    Melanchthon exigió de la manera más severa y exhaustiva, la prohibición de libros que se opusieran a las enseñanzas luteranas. Los escritos de Zwinglio y sus seguidores fueron puestos de manera formal en el índice de Wittenberg (lista negra). (Janssen, XIV, 504; cf. Durant, 424)

    4, Universidades Protestantes

    Por otro lado, el antagonismo también creció entre las Universidades Protestantes. Una reprochaba a otra ser promotora y fuente de falsa doctrina. Wittenberg, en estos últimos tiempos considerada como “la cuna de la nueva revelación y de la recién espabilada Iglesia de Cristo”, en 1567 fue llamada “apestoso pozo del diablo”. (Janssen, XIV, 231-232)

    5. Otras ciudades protestantes

    En Estrasburgo, los escritos católicos fueron prohibidos ya en 1524. El Consejo de Francfort ejercía estricta censura. En 1532, en Rostock, el impresor de los Hermanos de la Vida en Común fue enviado a prisión, ya que él acostumbraba publicar las desventajas del Protestantismo. (Janssen, XIV, 502)

    Los príncipes, al modo de la vieja moda bizantina, se consideraban a sí mismos teólogos, de esta manera ejercían la censura de forma directa. (Janssen, XIV, 233)

    Los casos, por supuesto, son múltiples, se han escogido los más ilustrativos en cuanto a la hostilidad protestante hacia la libertad de prensa.


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    Bibliografía

    [P = Protestant work / S = secular work]

    WA = Weimar Ausgabe edition of Luther’s Works (Werke) in German, 1883. “Br.” = correspondence.

    EA = Erlangen Ausgabe edition of Luther’s Works (Werke) in German, 1868, 67 volumes.
    HA= Werke, Halle edition, 1753, (J.G. Walch, editor).

    LL = Luther’s Letters (German), edited by M. De Wette, Berlin: 1828

    EN = Enders, L., Dr. Martin Luther’s Correspondence, Frankfurt, 1862

    BR = Bretschneider, editor, Corpus Reformation, Halle, 1846.

    Adam, Karl, The Roots of the Reformation, tr. Cecily Hastings, New York: Sheed & Ward, 1951 [portion of One and Holy, 1948].

    Bainton, Roland H. (P), Here I Stand: A Life of Martin Luther (P), New York: Mentor Books, 1950.
    Belloc, Hilaire, Characters of the Reformation, Garden City, NY: Doubleday Image, 1958.

    Bossuet, James (Bishop of Meaux, France), History of the Variations of the Protestant Churches, 2 volumes, translated from French, New York: D. & J. Sadler, 1885 (orig. 1688).

    Chadwick, Owen (P), The Reformation, New York: Penguin, revised edition, 1972.

    Conway, Bertrand L., The Question Box, New York: Paulist Press, 1929.

    Cross, F.L. & E.A. Livingstone, eds. (P), The Oxford Dictionary of the Christian Church, Oxford: Oxford Univ. Press, 2nd ed., 1983.

    Daniel-Rops, Henri, The Protestant Reformation, Vol. 2, translated by Audrey Butler, Garden City, NY: Doubleday Image, 1961.

    Dawson, Christopher, The Dividing of Christendom, New York: Sheed & Ward, 1965.

    Dickens, A.G. (P), Reformation and Society in 16th-Century Europe, London: Harcourt, Brace & World, 1966.

    Dillenberger, John, ed. (P), John Calvin: Selections From His Writings, Garden City, NY: Doubleday Anchor, 1971.

    Durant, Will (S), The Reformation, (volume 6 of 10-volume The Story of Civilization, 1967), New York: Simon & Schuster, 1957.

    Erasmus, Desiderius, Christian Humanism and the Reformation, (selections from Erasmus), edited and translated by John C. Olin, New York: Harper & Row, 1965 (orig. 1515-34).

    Grisar, Hartmann, Luther, translated by E.M. Lamond, ed. Luigi Cappadelta, 6 volumes, London: Kegan Paul, Trench, Trubner & Co., 1917.

    Harkness, Georgia (P), John Calvin: The Man and His Ethics, New York: Abingdon Press, 1931.

    Hughes, Philip, A Popular History of the Reformation, Garden City, NY: Doubleday Image, 1957.

    Huizinga, Johan (P), Erasmus and the Age of Reformation, tr. F. Hopman, New York: Harper & Bros., 1957 (orig. 1924).

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    Keating, Karl, Catholicism and Fundamentalism, San Francisco: Ignatius, 1988.

    Latourette, Kenneth Scott (P), A History of Christianity, 2 volumes, San Francisco: Harper & Row, 1953.

    Lucas, Henry S. (P), The Renaissance and the Reformation, New York: Harper & Bros., 1934.

    O’Connor, Henry, Luther’s Own Statements, New York: Benziger Bros., 3rd ed., 1884.

    Rumble, Leslie & Charles M. Carty, Radio Replies, 3 vols., St. Paul, MN: Radio Replies Press, 1940.

    Rumble, Leslie & Charles M. Carty [2], That Catholic Church, St. Paul, MN: Radio Replies Press, 1954.

    Smith, Preserved (S), The Social Background of the Reformation, New York: Collier Books, 1962 (2nd part of author’s The Age of the Reformation, New York: 1920).

    Stoddard, John L., Rebuilding a Lost Faith, New York: P.J. Kenedy & Sons, 1922.





    _______________________________________

    Fuente:

    https://bibliaytradicion.wordpress.c...ave-armstrong/

  6. #46
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    Re: Otras inquisiciones menos santas

    La sangrienta persecución de católicos en Inglaterra: la historia de terror que empequeñece a la Inquisición

    La represión religiosa contra cristianos provocó en Inglaterra más muertos que en España, donde «murieron acusados de herejía menos personas que en cualquier país de Europa»




    Prisión y muerte de los diez miembros de la cartuja de Londres - Museo Nacional del Prado1


    César Cervera - C_Cervera_M

    06/03/2017 02:09h - Actualizado: 06/03/2017 17:28h. Guardado en:Historia


    La Inquisición española
    permanece hoy como el máximo exponente de la intolerancia religiosa en el imaginario popular. La leyenda negra, cuyos cimientos dieron forma la propaganda holandesa e inglesa, ha contribuido mucho a afianzar esta idea, escondiendo bajo el altillo los datos que demuestran que la persecución religiosa durante los siglos XVI y XVII en el resto de Europa alcanzó cifras aterradoras. Cuando se dice que la Inquisición era uno de los tribunales europeos que ofrecían más garantías procesales, muy por encima de la justicia civil, significa literalmente que en algunos países la intolerancia se ejerció sin frenos ni cortapisas legales.

    Isabel I era el fruto de un matrimonio que había iniciado un cisma en la Iglesia, lo que la convertía en una bastarda en caso de que se malograra la causa anglicana


    La quema de católicos orquestada por Calvino (solo en Ginebra mandó ejecutar al 5% de la población en 20 años), la persecución de brujas en Alemania, la guerra civil vivida en Francia… todos los reinos del periodo protagonizaron ejemplos de barbarie de todo tipo. Pero lo que hizo especialmente llamativo el caso inglés en los reinados de Enrique VIII e Isabel Tudor es que del éxito de liquidar el catolicismo dependía de forma directa la supervivencia de la Monarquía. Isabel I era el fruto de un matrimonio que había iniciado un cisma en la Iglesia, el de Enrique VIII y Ana Bolena, lo que la convertía en una bastarda en caso de que se malograra la causa anglicana. La Reina Virgen no escatimó en violencia para mantenerse en el poder y reducir a cenizas el resurgimiento del catolicismo que Felipe II y su esposa inglesa, María Tudor, soñaron a mediados del siglo XVI.


    Un baño de sangre por la intolerancia religiosa

    Enrique VIII inició la persecución de católicos en 1534 con el Acta de Supremacía, que le proclamaba a él jefe absoluto de la Iglesia de Inglaterra y declaraba traidores a cualquiera que simpatizara con el Papa de Roma. Una larga lista de altos cargos de la Iglesia rechazaron este acta y fueron correspondientemente ejecutados, entre ellos Tomás Moro y el obispo Juan Fisher. Todas las propiedades de la Iglesia pasaron a manos reales.

    En 1535, en plena ola de represión fueron descuartizados los monjes de la Cartuja de Londres con su prior, John Houghton, a la cabeza. Fueron ahorcados y mutilados en la tristemente célebre plaza de Tyburn, a modo de ejemplo contra una orden caracterizada por su austeridad y sencillez. El balance fue de 18 hombres, todos los cuales han sido reconocidos oficialmente por la Iglesia Católica como verdaderos mártires. Asimismo, el fracaso de una rebelión católica contra el Rey se saldó en 1537 con la condena a muerte de otras 216 personas, 6 abades, 38 monjes y 16 sacerdotes.

    El sufrimiento cambió un tiempo de bando con la llegada al trono de María Tudor una vez fallecido su único hermano varón, Eduardo VI. La «reina sanguinaria» nunca olvidaría que con el divorcio de sus padres, en 1533, tuvo que renunciar al título de princesa y que, un año después, una ley del Parlamento inglés la despojó de la sucesión en favor de la princesa Isabel. Bajo el reinado de María y su marido Felipe II de España, se ejecutaron a casi a 300 hombres y mujeres por herejía entre febrero de 1555 y noviembre de 1558. Muchos de aquellos perseguidos estuvieron involucrados en la traumática infancia de María, empezando por Thomas Cranmer, quien siendo arzobispo de Canterbury autorizó el divorcio de Enrique VIII y Catalina de Aragón.




    María I de Inglaterra entrando en Londres para tomar posesión del trono en 1553- Wikimedia


    La prematura muerte de María llevó al poder a su hermana Isabel en 1558. La esposa de Felipe II designó heredera en su testamento a su hermana con la esperanza de que abandonase el protestantismo, sin sospechar que aquello iba a suponer el golpe de gracia al catolicismo en las Islas británicas. En poco tiempo Isabel revirtió todos los esfuerzos del anterior reinado y se lanzó a una caza de católicos a lo largo de todo el país. Como explica María Elvira Roca Barea en su libro «Imperiofobia y leyenda negra» (Siruela), las persecuciones de católicos ingleses provocaron 1.000 muertos, entre religiosos y seglares, en contraste con lo ocurrido en España, donde «murieron acusados de herejía menos personas que en cualquier país de Europa».


    El sistema de denuncias vecinales inglés

    El reinado de Isabel I comenzó restableciendo el Acta de Supremacía, que designaba obligatoria la asistencia a los servicios religiosos del nuevo culto. En caso de faltar, las sanciones iban desde los latigazos a la muerte. El Estado, no vano, promocionaba un sistema de delaciones por el que aquellos que no denunciaban a sus vecinos podían acabar en la cárcel. El objetivo no solo eran los católicos, sino también los calvinistas, cuáqueros, baptistas, congregacionistas, luteranos, menoninatos y otros grupos religiosos que, en la mayor parte de los casos, se vieron obligados a huir a América. Solo en tiempos de Carlos II de Estuardo más de 13.000 cuáqueros fueron encarcelados y sus bienes expropiados por la Corona.

    En 1585, el Parlamento dio un plazo de 40 días para que los sacerdotes católicos abandonaran el país bajo amenaza de muerte y se prohibió la misa incluso de forma privada. No obstante, la represión aumentó con el fracaso de la Gran Armada de Felipe II en 1588 y el sistema de delación alcanzó niveles «que nunca soñó la inquisición». Como apunta Roca Barea, el sistema de espionaje vecinal permitió un estricto control individual y de los movimientos y viajes de conocidos, parientes y viajeros. La represión logró borrar definitivamente de Inglaterra el catolicismo en cuestión de diez años.




    Cuadro del Gran Incendio de Londres de 1666- Wikimedia


    Toda una serie de supuestos complots católicos, siempre confusos y basados en rumores, justificaron que la Corona recrudeciera la represión de forma periódica. El gran incendio de Londres de 1666 fue achacado a los católicos y desencadenó una nueva persecución. Entre 1678 y 1681 una supuesta conjura católica atribuida a Titus Oates dio lugar a otras feroces cazas.

    En paralelo a estos sucesos, Irlanda empleó el catolicismo como forma de resistencia al dominio inglés. La religión solo era un factor más en la guerra por mantener a Inglaterra a una distancia prudencial, pero elevó la violencia y el odio hasta convertir el conflicto en un baño de sangre. Se calcula que un tercio de la población irlandesa sufrió las consecuencias mortales de que Irlanda se implicara en la guerra civil de 1636 entre monárquicos y republicanos ingleses. Oliver Cromwell no tuvo nunca piedad con los rebeldes irlandeses vinculados al catolicismo, confesión hacía la que sentía cierta aversión personal.




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    Fuente:

    La sangrienta persecución de católicos en Inglaterra: la historia de terror que empequeñece a la Inquisición
    Vainilla dio el Víctor.

  7. #47
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    Re: Otras inquisiciones menos santas

    En Gran Bretaña el protestantismo fue impuesto a viva fuerza, contándose durante el régimen de Enrique VIII alrededor de 72.000 víctimas, volumen que adquiere plena significación cuando se lo compara con los 2000 o 3000 que se ejecutaron en el lapso de tres siglos y medio de Inquisición española; no menos feroz resultó ser el reinado de Isabel I, en el curso del cual la masacre continuó a un ritmo de 300-400 personas al año, cuyos bienes iban a manos de los poderosos príncipes protestantes, quienes, al decir de Hilaire Belloc llevaron a cabo una Revolución de los ricos contra los pobres, aún hoy simbolizada por la Bolsa de Londres, la cual abrió sus puertas en 1571. Luego se vieron borrascosos períodos conducentes a la ejecución de Carlos I y la instauración de la Inglaterra Republicana con los puritanos dictadores Cromwell por once años, cuyas tesis transitoriamente derrotadas volvieron a imponerse definitivamente con la Revolución Gloriosa de 1688; de allí en adelante el monarca reinará sin gobernar, consagrándose las tesis de John Locke en formas de gobierno democráticas aún vigentes en lo esencial.

    Aparentemente se trataba tan solo de la ruptura de las cadenas de un absolutismo monárquico apoyada en la tesis absurda del derecho divino de los reyes, nunca aceptada en el Imperio Hispánico. Sin embargo en el seno de tal proceso se llevó a efecto una transformación en la tenencia de la propiedad que ha llevado al investigador inglés Arnold Toynbee a exclamar:

    'Quien no conozca nuestra historia en ese período podría creer que hubo una guerra exterminadora o alguna revolución social que traspasó de una clase a otra la propiedad de la tierra.'

    En efecto, los nuevos dirigentes, una vez se hicieron a los bienes de los católicos y de su Iglesia, procedieron a repartirse las tierras comunales de la población, heredadas de la Edad Media y especialmente beneficiosas a los pobres, para luego continuar, siempre voraces, con los pequeños campesinos, quienes fueron expulsados hacia las ciudades y reemplazados por grandes rebaños de ovejas a las que se calificó de devoradoras de hombres.



    Fuente: Bolívar, la fuerza del desarraigo de Luis Corsi Otálora.






    ______________________

    Fuente:


    https://www.facebook.com/77125717629...type=3&theater

  8. #48
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    Re: Otras inquisiciones menos santas

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Traidores de la libertad

    María Teresa González Cortés

    Frente a la supuesta modernidad de la Reforma, sutilmente inculcada gracias a la censura protestante, se recuerda el hondo componente liberticida y homicida de los Jefes de la Protesta










    El movimiento protestante supo hacer suya, al menos en un principio, la idea de cambiar y mejorar la realidad. Sin embargo, este ideal pronto sucumbiría en manos de Lutero, Zwinglio y Calvino. Es más, pese a que estos líderes de la utopía han pasado a la Historia como hombres revolucionarios en el ámbito de la fe, sin embargo se omite que justificaron la persecución y aniquilamiento de sus enemigos ideológicos. (Recordemos que los anabaptistas fueron asesinados en suelo europeo a manos de los protestantes durante siglos, hasta incluso el siglo XIX.) Así que, frente a la supuesta modernidad de la Reforma, sutilmente inculcada gracias a la censura protestante, aquí podrá anotar el hondo componente liberticida y, sobre todo, homicida de los Jefes de la Protesta.


    La podredumbre de las certezas

    Antes de convertirse en un icono de obligada referencia política, Lutero había dado muestras más que sobradas de oposición a los actos de represión que las autoridades desplegaban contra sectarios y heterodoxos. Sin embargo curiosamente, este ex fraile abandonaría con notoria rapidez esa forma suya, abierta y generosa, de pensar. Y orillando los postulados cristianos de tolerancia, de libertad y caridad llegaba Lutero al convencimiento de usar la fuerza bruta, incluso a la necesidad de emplear la pena de muerte contra quienes transitaran fuera de su recién inaugurada ortodoxia. Así que de nada valió que él hiciera uso del principio de resistencia y, en un acto de rebeldía, un 10 de diciembre de 1520 quemara la bula pontificia Exsurge Domine en la plaza pública de Wittenberg; de nada valió, decimos, si resulta que en un brevísimo espacio de tiempo Lutero había cambiado diametralmente de ideas, y desde posiciones de puro autoritarismo se enfrentaba a un discípulo suyo, al díscolo y desobediente Thomas Müntzer.

    La causa de la refriega entre maestro y pupilo radicaba en que, para Müntzer, Lutero estaba apoyando a los grandes señores y además, defendía Müntzer, Lutero con su crítica a la jerarquía de la Iglesia de Roma lo que hacía era legitimar el uso del poder de los príncipes en detrimento de las capas más empobrecidas de la sociedad, los campesinos. Ante estas y otras diatribas, Lutero en un acto de soberbia redactaría su Carta sobre el duro librito contra los campesinos (1525). Y en dicho documento no muestra ni un ápice de piedad. Y tras alejarse tanto de la letra como del espíritu que había animado las palabras de su escrito Sobre la libertad de un cristiano (1520), se expresaba Lutero en este tono:

    «lo que entonces escribí lo vuelvo a escribir ahora: que nadie tenga misericordia de los campesinos contumaces, obstinados y obcecados, que no se dejan decir nada; el que pueda, y como pueda, que les pegue, los hiera, los degüelle, los muela a palos como a perros rabiosos, [...] con el fin de conservar la paz y la seguridad.» [Y añade Lutero:] «el burro pide palos y el pueblo quiere que se le gobierne con fuerza; esto lo sabía muy bien Dios y, por eso, puso en manos de la autoridad no la cola de zorro, sino una espada.»{1}

    Aun cuando es innegable que Lutero escribió a favor de la libertad, iba sin embargo a quedar retratado para la posteridad por sus no pocos gestos de intolerancia, tanto o más cuanto que él no amparó en los demás el disfrute de la desobediencia que a él curiosamente le había servido para abrir una brecha cismática en los cimientos de la Iglesia. De este modo, el heterodoxo, el insumiso, el protestante Lutero pasó a convertirse en un ultra ortodoxo, y, sobre todo, en un duro enemigo de esos espontáneos movimientos religiosos de protesta que se expandían por Europa a gran velocidad. Por otra parte, la defensa de Lutero de una libertad servil y esclava (De servo arbitrio, 1525) frente a la idea (que discute) del arbitrio libre de Erasmo de Rotterdam (De libero arbitrio, 1524) no va a convertir a Lutero, a los ojos de las generaciones futuras, en un abanderado de la libertad humana.

    Con estos presupuestos, el descenso a los pozos de la intransigencia iba a calar muy pronto. Y a extenderse entre otros líderes de la Iglesia reformada. Por eso, aunque Zwinglio en sus sermones invocara, como Lutero, el valor de la tolerancia, sin embargo acabaría enredándose en la labor castrense de atrincherar la fe y militarizar a gentes y ciudades a través de la creación de un ejército de milicias. Y aunque Calvino había utilizado las dotes de su pluma para luchar a favor de la libertad religiosa de los protestantes, no obstante cuando tuvo oportunidad de exhibir la liberalidad de sus ideas, silenció incluso con la muerte a sus enemigos doctrinales. (El adjetivo de «enragé» (rabioso) que el protestante español Miguel Servet utilizaba para describir la personalidad de Calvino era sin duda adecuado, visto el ardor con que este protestante francés perseguía a quienes pensaban de distinta manera.) En este ambiente, entonces, florecerían los Andreas Osiander que, además de anticopernicanos, postulaban el principio de protocolizar el dogma protestante haciendo uso del ejercicio de la fuerza bruta.

    Veinte años antes de ser condenado a muerte por cuestiones religiosas, el filósofo católico Tomás Moro había retratado en su famosa obra cómo cada comunidad batallaba contra otros grupos para imponer su bandera y su patria, sus ideas en la fe, de modo que «cada secta luchaba por ella misma», decía Moro. Naturalmente, este pensador católico no fue el único que lanzó críticas contra esas maneras tan anticristianas de comportarse. No, pues en el bando protestante, un gran humanista, Sébastian Castellion, sobresaldría por exponer en voz alta lo que muy pocos se atrevían a decir, a saber, la inmensa contradicción que suponía defender los valores de hermandad del cristianismo por la vía de la pena de muerte.{2}

    Así que, que Lutero que, al oponerse a la Iglesia, había reclamado para sí los beneficios del principio de resistencia no apoyara el uso de la desobediencia en el pueblo, e incluso deseara la matanza de los campesinos sublevados no tiene nada de peculiar, pues una cosa era defender a nivel teórico la tolerancia cristiana, y otra muy distinta dejar a las personas andar por sí mismas entre los caminos de la libertad. Y tampoco tiene nada de extraño que Zwinglio que había recibido no pocos honores por su lealtad y defensa del Papa llegara, una vez convertido en líder sobresaliente de la Reforma, a alentar la matanza de sus antiguos hermanos en la fe. Y menos sorpresa causa aún el que Calvino, que en su juventud había negado la legitimidad de los abusos de los castigos corporales –recuérdese la carta que en estos términos escribió al rey de Dinamarca–, se embarcara en el trabajo pastoral de aplastar a los protestantes críticos.

    Y es que Lutero, Zwinglio, Calvino... no solo se afanaron en perseguir a quien traicionaba sus ideas sobre la ortodoxia protestante; sino que liberticidamente defendieron el empleo de la pena de muerte contra quien no aceptara la bandera de su religión. Lo cual explica por qué estos líderes protestantes avivaron en nombre de la fe tormentas de odio, por qué justificaron el asesinato con el objetivo de reprimir y castigar los delitos del pensamiento y por qué su proyecto de reorganización de la Iglesia acabó bajo el lodo guerracivilista del fanatismo.

    A diferencia de las posiciones exhibidas por Erasmo, por Moro o por Castellion; a diferencia de estos humanistas; Lutero, Zwinglio y Calvino rechazaron radicalmente las ideas sobre la tolerancia y, en calidad de cabecillas de la nueva fe, cayeron en la contradicción de no permitir «en sus dominios» la práctica de la libertad de culto que para sí reclamaban. Es más, por creerse investidos de grandes facultades pensaron que estaban en posesión de la certidumbre absoluta. Y bajo la convicción de dedicarse de manera exclusiva a la búsqueda de la Verdad se empeñaron en monopolizar el mundo de las certezas. Y acabaron por sobresalier, por ese sentido suyo dogmático y amurallado de verdad, en exiliar al país del error y la oscuridad a quienes no pensaron como ellos.


    Las nuevas elites

    Politizada la religión, lo que ocurrió, y tal y como ocurrió no podía haber sido de otro modo, sobre todo cuando vemos cómo Lutero buscó refugio y apoyo entre los príncipes alemanes, cómo Zwinglio consiguió validar sus instrucciones religiosas gracias al brazo todopoderoso de los representantes de la autoridad civil, o cómo hasta el propio Calvino procede a justificar la existencia de gobiernos despóticos desde el argumento de que los tiranos son signo de la voluntad de Dios.

    La teoría de Ibn Rushd (Averroes) referida a la existencia de una doble verdad, una filosófica, otra religiosa, había culminado en Occidente en la tradición del averroísmo político entre cuyas filas, no lo olvidemos, habían sobresalido por su defensa Marsilio de Padua, Juan de Jandum y Guillermo de Ockham. Y es que estos tres teólogos cristianos coincidieron en afirmar el divorcio entre Iglesia y Estado o, lo que es igual, en pedir la independencia de la Ciudad terrena respecto de la Ciudad de Dios. Con tales aspiraciones estos religiosos, a todas luces moderni, promovieron, en las cocinas de la Iglesia, una discusión de altos vuelos, toda vez que reivindicaban, a diferencia de los antiqui, la creación de un orden social nuevo.

    El movimiento protestante que en su seno albergaba no pocos brillos de promesa y de cambio no supo, ni en los orígenes, plasmar el espíritu moderno de los Padua, los Jandum o los Ockham. De hecho, al tiempo que se alejaba de los valores cristianos de tolerancia, el protestantismo cayó en el error de transformar los valores (personales y privados) de la conciencia en un asunto de política. Recuérdese la máxima de Lutero a la hora de negar la validez de los intermediarios eclesiásticos en asuntos de fe, pero sobre todo y contradictoriamente la defensa que hizo este ex católico acerca de que la Iglesia quedara sometida al poder temporal de los príncipes. Con los presupuestos de Lutero, las creencias particulares pudieron salir de su esfera, el ámbito individual, y convertirse en motivo de bandera pública, en signo oficial de una nueva ortodoxia. Dicho de otra manera. La conciencia, por el hecho de que, según Lutero, pertenecía a los que controlaban el poder civil, había dejado de ser un asunto propiamente de fe. Y aunque el sacerdote (protestante) no era considerado más que como un simple creyente, el poder civil fue reforzado al cedérsele potestad sobre asuntos religiosos. Por eso, la liturgia planificada por Lutero para Sajonia se implantó por la fuerza (1527-1528). Por eso, los decretos de la Iglesia católica fueron suplantados por las ordenanzas de los nobles. Por eso, en definitiva, sucedió lo que sucedió: que se procedió desde criterios «administrativo-religiosos» a dividir los territorios en distritos, regiones, comarcas y municipios. Que la reforma alemana pasó a ser una reforma territorial. Que cada soberano regional era quien determinaba qué religión debían aceptar y seguir sus súbditos. De ahí el lema «cuius regio, eius religio».

    De esta confusión entre lo privado y lo público que trajo consigo el protestantismo se dio cuenta perfectamente Karl Marx cuando en la introducción a su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel (1843) señaló lo siguiente: «ciertamente Lutero venció la esclavitud por devoción; pero poniendo en su lugar la esclavitud por convicción. Si quebró la fe en la autoridad, fue porque restauró la autoridad de la fe. Si transformó a los curas en laicos, fue porque transformó a los laicos en curas».

    Se estaba, pues, lejos de las máximas del averroísmo político. Y muy cerca de proyectos rancios y tradicionalistas en los que sobresaldrían el antiguo agustino Lutero y también el fraile dominico Tommaso Campanella al justificar éste, en su obra Monarchia Messiae (La Monarquía del Mesías, 1633), la necesidad de aglutinar Reino y Sacerdocio en la figura del gobernante o príncipe. Proyectos, por cierto, en los que, bajo una nueva legitimación del poder, volvían de nuevo a salir ganando las elites.

    Entonces, y pese a las mitologías que desde el Quinientos engrandecen la estela del movimiento protestante, la Reforma no cumplió con los ideales del averroísmo político. Ideales que no eran otros que marcar fronteras entre lo público y lo religioso, que delimitar de forma estricta el ámbito espiritual respecto de las injerencias terrenales. Y como no cumplió las metas liberales contenidas en las máximas del averroísmo, Lutero, Zwinglio y Calvino no solo procedieron a confundir religión con gobierno, sino a exigir a sus creyentes señales de obediencia a las nuevas elites (entre las cuales, por supuesto, ellos se contaban), al tiempo que les reclamaban muestras de lealtad política hacia las consignas de la nueva religión.
    Así que por estos y otros comportamientos no extraña que protestantes como Müntzer, Servet, Castellion, Grebel, Manz... criticaran los excesos en que caían los jefes de la Reforma, igual que no sorprende que el principio de insubordinación se hubiera convertido, en manos de los líderes protestantes, en el origen de una nueva cárcel, en la causa del patriotismo por religión.


    De la rebelión a la escisión. De la desobediencia a la muerte

    El proyecto político de Carlos I de España y V de Alemania se configuró, entre el despliegue de su ejército imperial, desde la obligación de poner en práctica los ideales de una república cristiana. En esta labor colaborarían Mercurio Gattinara y Erasmo de Rótterdam. El primero orientando el trabajo político del joven rey Carlos hacia el ideal de la restauración del Imperio Cristiano, el segundo reivindicando la aplicación de los principios evangélicos dentro del marco del Estado y de un gobierno netamente cristianos. Pues bien, como hizo el monarca Carlos I de España y V de Alemania, el rey Enrique VIII refutaría en 1521 el dogma luterano. La defensa de los postulados del credo católico le valdría a Enrique VIII el título honorífico de «defensor de la fe». Sin embargo, este monarca inglés, muy versado en teología, decide separarse de Catalina de Aragón, a lo que el Papa Clemente VII se opone. Como la Iglesia acepta la validez del matrimonio con la hija de los Reyes Católicos, en 1529 se reuniría el Parlamento por influencia de Enrique VIII para presionar al clero inglés y ponerlo a favor de su petición de divorcio. Cuatro años después, en 1533, el arzobispo de Canterbury, el luterano Thomas Cranmer, a espaldas de la autoridad del Papa no solo invalidará el matrimonio de Enrique VIII, sino que bendice el enlace nupcial del rey, celebrado en secreto, con Ana Bolena. Ante tal osadía, el Papa Clemente VII excomulga a Enrique VIII. Y éste, para no ver menoscabada su autoridad, abole todo signo de dependencia eclesiástica con Roma y consigue en 1534 hacer votar y aprobar en el Parlamento el Acta de Supremacía, que le daba nuevas y amplísimas potestades, como el gobierno y la autonomía de la Iglesia de Inglaterra, o Anglicana Ecclesia.

    De la rebelión de Enrique VIII interesa destacar que él, en calidad de rey, podía rebelarse, pero no así sus vasallos, fuesen éstos de la condición que fuesen. Por eso, acabarían pagando con su vida todas las personas que no se sometieron a su voluntad regia. Y lo mismo sucedió en los condados del Norte cuya sublevación, seguida poco tiempo después de la que se produjo en territorio irlandés, fue duramente reprimida. Lo curioso es que estos actos de autoritarismo monárquico estaban amparados y reconocidos por la ley, pues Enrique VIII había logrado por medio del Acta de Supremacía disponer del derecho religioso de excomunión, así como gozar de competencias para perseguir y castigar herejías. Es por esto por lo que su gobierno se saldó con la supresión de los monasterios y expropiación de sus bienes y tierras, así como con fuertes represalias contra el estamento eclesiástico afín a Roma. Represalias que llevaron al cadalso no solo al obispo de Rochester, John Fisher, sino al filósofo londinense Tomás Moro, condenado a muerte por no estar de acuerdo en cuestiones de religión con Enrique VIII.

    Y es que para este monarca-Papa la desobediencia al nuevo credo siempre entrañaba un acto de deslealtad, y cualquier gesto de insumisión a la ley justificaba el empleo de la pena de muerte. Con lo cual, por estos y otros actos de intolerancia religiosa, Enrique VIII acabó comportándose igual que sus enemigos en la fe, los líderes protestantes, cuando éstos gracias a la reforma alemana dieron paso a la ley imperial de 23 de abril de 1529, en virtud de la cual quedaba justificado el acto de «quitar la vida a todo rebautizador o rebautizado, fuera hombre o mujer, ya mayor o menor, y ejecutarlo según la naturaleza del caso y de la persona, por fuego, por espada o por otro medio en cualquier lugar donde fuere hallado».

    A partir de un sentido sectarista de la divergencia no hay duda de que pudo ganar peso, y mayor protagonismo también, una visión partidista de la justicia, al tiempo que los cabecillas de esas, por novedosas, guerras ideológicas que eran las guerras de religión consintieron en castigar incluso con la muerte cualquier gesto de desobediencia. Por supuesto, bajo el látigo de circunstancias guerracivilistas, el afán de imparcialidad no pudo sobrevivir al ruido de sables y banderas. Y al desaparecer la legitimidad de quejarse ante los abusos de la autoridad, la justicia fue acartonándose hasta quedar indesligablemente unida a los proyectos de una potente clase dirigente que, para su causa, blasonaba la licitud de rebelión sin permitirla, claro está, a la mayoría.


    El volcanismo de las reformas

    ¿Pecaba de exageración Sébastian Castellion cuando en su Traité des Hérétiques (1554) reconoce el peligro que caía sobre las personas, consideradas en un lugar buenos cristianos y, en otro, herejes? «Si tu es estimé vrai fidèle dans une ville, tu seras hérétique dans la ville voisine», denunciaba Castellion. Y no le faltaba la razón a este gran humanista, sobre todo cuando Lutero extraditaba del país de su Reforma a papistas y católicos y acusaba a los seguidores de Zwinglio, o sea, a los zuriqueses, de «raptores de almas», y Zwinglio negaba los colores doctrinales de la bandera luterana e insultaba a Lutero tachándole de «maldito» y «blasfemo», y Calvino defendía la claridad expositiva de los libros sagrados frente al sentir de Zwinglio, que reparó en el sentido oscuro y en muchos pasajes ininteligible de las Sagradas Escrituras, o cuando Lutero creía en la transubstanciación del sacramento de la Eucaristía mientras que Zwinglio y Calvino pensaban que Cristo no estaba físicamente en el rito sacramental del pan y del vino, sino tan solo de forma simbólica.

    «Si tu eres un verdadero creyente en una ciudad, serás herético en la ciudad vecina», dijo Castellion en su Tratado de los Heréticos. Y era cierto, pues Calvino en temas relacionados con la Cena llamaba «blasfemos» a luteranos y zwinglianos, mientras que Miguel Servet tildaba a Calvino «Simón El Mago» por defender la predestinación y tomar a Dios como agente determinista de todos los actos humanos y hurtar a las personas el uso de la libertad. Y si los anabaptistas partían de la necesidad de racionalizar los actos de fe, Zwinglio tomaba por blasfemia –Calvino lo calificaría de «sacrilegio desenfrenado»– el hecho de no bautizar a los bebés, como defendían los anabaptistas.

    ¡Vale más dejar vivir a cientos, ver a mil heréticos que hacer perecer a un hombre de bien bajo el color de herejía!, señalaba con firmeza Castellion en su citado tratado. («Il vaut mieux laisser vivre cent, voire mille hérétiques, que de faire périr un homme de bien sous couleur d'hérésie».) Sin embargo, y pese a tan buenas intenciones, la idea cristiana de amor y solidaridad tenía, en un ambiente teñido por la violencia de la intolerancia, pocas oportunidades de prosperar. Y el legado del cristianismo a la civilización, la búsqueda de la paz y de la concordia, nunca podía sobrevivir entre la persecución y el exterminio.

    Este gran Émile Zola del Renacimiento que fue Castellion, pese a sufrir en carnes propias los zarpazos de las guerras de religión, siempre sostuvo, incluso hasta la hora de su muerte, lo absurdo de valerse del asesinato para poner orden en asuntos relacionados con el alma. Por eso, él que reclamaba espacios de paz y de armonía, de libertad y racionalidad se oponía a los abusos que, en nombre de la religión y contra las personas, las autoridades llevaban a cabo. Es más, por no admitir como territorio humano las zanjas y trincheras de guerra, en su obra Contra el libelo de Calvino (c. 1554) registraba la forma en que el odio nublaba la mente, incluso la mente de grandes dirigentes e intelectuales religiosos. Opuesto al gusto belicista, en absoluto cristiano, de entender la vida humana, Castellion denunciaría los excesos de su época, excesos por los que «si alguien difiere de ellos en el bautismo, la Cena, la justificación, la fe, etc., es un herético, es el diablo, es preciso perseguirlo por tierra y mar, como un enemigo eterno de la Iglesia, como un destructor horrible de la «santa doctrina», aunque su vida, por otro lado, sea pura, aunque sea clemente, paciente, bueno, misericordioso, liberal, religioso, temeroso de Dios, y aunque sus costumbres sean irreprochables a los ojos de sus amigos como de sus enemigos.

    Todas estas virtudes, y la rectitud de la vida (que Pablo estimaba poder reivindicar para él mismo) no pueden proteger a un hombre a sus ojos si él difiere de ellos sobre tal capítulo de la religión: enseguida es impío y blasfemador».{3}


    El fin del derecho de resistencia

    En el año 1522 Zwinglio renuncia a su pertenencia al clero de Roma porque, afirmaba, la Iglesia católica solo se fundamenta en leyes humanas. A partir de entonces y de manera explícita, este sacerdote comenzó a variar el rostro de la Iglesia suiza-alemana. Pero, quienes habían apoyado los aires de reforma de este ex pastor católico muy pronto se iban a distanciar de él. Quizá la ruptura provino del hecho de que, en Zurich, Zwinglio no solo desarrolló su trabajo como sacerdote en la Gran Catedral, sino que también llegó a desempeñar cargos políticos de responsabilidad y aceptar la ocupación de burgomaestre, secretario y consejero. Lo cual constituía un importante retroceso respecto de las ideas expuestas en Defensor pacis (El defensor de la paz, 1324), obra en la que Marsilio de Padua y Juan de Jandum instaban a la separación entre fe y razón y, por tanto, a no confundir el fin material con el fin espiritual del hombre. En todo caso, y al margen del acaparamiento de puestos religiosos y civiles por parte de Ulrich Zwinglio (1484-1531), lo cierto es que este predicador se empeñó en acometer su proyecto protestante con la ayuda del brazo político del Concejo de la ciudad. Ante esta traición ideológica, Conrad Grebel, Felix Manz, Wilhem Reublin, Hans Brötli, Simon Stumpf... abandonaban el curso trazado por Zwinglio.

    Todos ellos eran jóvenes idealistas que defendían, frente a Zwinglio, el postulado de no ingerencia de los magistrados en temas relacionados con la fe porque, en su opinión, los representantes civiles no tenían ninguna competencia a la hora de arbitrar o tan siquiera resolver asuntos de conciencia. Así que, a diferencia del criterio de Zwinglio, Grebel y sus amigos negaron la legitimidad de construir una Iglesia estatal, fuerte y centralista, aunque fuera de sesgo reformista.

    Evidentemente, este grupo de rebeldes que había seguido la estela prometedora del proyecto protestante iba promover la reforma de la Reforma y, sin saberlo, también iba a iniciar un camino apostólico innovador y moderno. Comenzaron a llamarse Hermanos en Cristo, aunque rápidamente serían conocidos bajo el término de Anabaptistas, y denominados así por sostener que el bautismo solo había de aplicarse a quien cree y es capaz de entender la doctrina cristiana. Y es que, afirmada la conexión entre la fe viva y los dones purificadores del agua bautismal, para los anabaptistas no tenía sentido la impartición de este sacramento entre recién nacidos. Por supuesto, el episodio del bautismo, que ya había estado presente en las creencias de novacianos, donatistas, albigenses y valdenses, pronto se convertiría en un asunto de interés público y de tal trascendencia para las autoridades de la ciudad de Zurich que el 18 de enero de 1525 el Concejo no solo decretaba el destierro para aquel que no bautizara a sus hijos, sino que imponía a Grebel y Manz abandonar las sesiones de estudio de las Santas Escrituras, a las que, por cierto, había sido tan proclive y caro el propio Zwinglio.

    Ante la intromisión del poder civil en asuntos religiosos, y transcurridos tan solo tres días, los Hermanos desobedecían el interdicto. ¿Cómo? Recibían por segunda vez el sacramento del bautismo bautizándose ellos mismos. Un poco más tarde, a principios de abril, volvían a hacer uso del principio de resistencia y Grebel, convertido ya en líder de la Reforma anabaptista, cristianaba a una multitud en las aguas del río Sitter, imitando la labor de Juan El Bautista. Es más, como insistían en no aceptar la jurisdicción del Concejo de Zurich sobre la Iglesia de Zurich, Grebel y sus seguidores protestaban por el maridaje perverso entre la fe y el ámbito civil. Sin embargo, los hechos, tal y como se desarrollaron, vendrían a demostrar que quienes se rebelan ante quienes, como Zwinglio, ya se habían rebelado, rara vez acaban teniendo éxito en sus empresas. Por eso, detenido el 8 de octubre, Grebel acabó con sus huesos en prisión, y junto a Blaurock y Manz permaneció entre rejas. Pero lo peor de todo es que, cinco meses después, era sentenciado Grebel a cadena perpetua. Y aunque moriría al poco tiempo, en el verano de 1526 a consecuencia de la peste, la colaboración secreta de varias personas permitió que pudiera escapar por el momento del castigo de sus verdugos.


    Tambores de guerra

    Zwinglio en su sermón Sobre la elección de los alimentos y la libertad de tomarlos (1522) se había posicionado hacia una mejor comprensión evangélica de la libertad. Aseguraba este reformador que los cristianos son libres de todas las órdenes dictadas por el ser humano, razón por la que no había que ser incondicionalmente obediente a dichas órdenes. Sin embargo, solo pasaron cuatro años y Zwinglio había abandonado ese sentido abierto y generoso de la libertad. Y con el apremio de aplastar cualquier conato de libertad entre sus antiguos discípulos y, sobre todo, desde la urgencia de reprimir todo signo de protesta Zwinglio mostraba, con el celo que regala siempre el fanatismo, un miedo enorme a que su proyecto protestante quedara succionado por la lava cismática de aquellos otros reformistas que vindicaban una concepción, aunque más radical, en nada violenta de la Reforma.

    Curiosamente, si Lutero tomó a Zwinglio por exaltado y lo consideró un renegado de la Reforma, Zwinglio tampoco admitió a quien divergía de sus postulados y, por eso, tomó a sus antiguos seguidores por exaltados radicales. Del deslizamiento de Zwinglio hacia la intolerancia ya se había dado cuenta el propio Grebel cuando, en una carta escrita a su cuñado Joachim Vadian el 18 de diciembre de 1523, pronosticó un futuro sombrío para la Reforma en Zurich. Y no se equivocó lo más mínimo Grebel, pues frente a quejas presentes o ante posibles disidencias posteriores el Concejo de la ciudad de Zurich, centro de la Reforma suiza, se había escorado a favor de la consolidación del programa reformista de Zwinglio, y hacía público el siete de marzo de 1526 un decreto, que no por capricho iba a aparecer el mismo día en que Grebel recibía el castigo de encierro a perpetuidad.

    Los términos ejemplarizantemente coactivos con que había sido redactado el citado decreto no dejaban espacio para la duda: «ut qui mersus fuerit, mergatur». Es decir, quien haya sido sumergido (bautizado) que sea sumergido (ahogado). Por tanto, todo aquel anabaptista que no acatase en torno al bautismo las disposiciones del tal decreto recibiría en castigo la pena capital, exactamente la muerte por asfixia, antecedente funesto de los ahogamientos colectivos o «noyades» de la Revolución francesa. Implicado Zwinglio en el final trágico que aguardaba a Felix Manz, el cinco de enero del año 1527 era entregado su antiguo discípulo a las manos del verdugo, el cual procedió a hacer firme la sentencia de pena de muerte, primero, trasladándole en barca, luego insertándole un palo entre las cuerdas que van a inmovilizar aún más sus rodillas y brazos ya maniatados. De este modo, sin defensa y amarrado, fue arrojado Manz a las aguas del cauce del río, hasta encontrar la muerte en ellas.{4}

    Lo más trágico es que, con la fusta de la represión golpeando sus espaldas, las personas entusiastas del movimiento anabaptista se vieron forzadas a vivir entre sombras, a moverse en las franjas de la clandestinidad. Y ya no solo por sus ideas en torno al empleo de las prácticas sacramentales, sino sobre todo por rechazar la guerra, negar la pena capital y el uso de armas. Recordemos que Grebel (1498-1526), al conocer la discusión entre Lutero y Müntzer, escribía a este último a finales de 1524 una carta, en la que él, Grebel, le pedía que no recurriese a la guerra. Y es que, para esos libertarios de los anabaptistas, el amor y la convivencia constituían las claves de la fraternidad cristiana. Es más, a su juicio no existía texto teológico ni base bíblica que justificara los actos de abuso. Y los miles de Manz que fueron torturados en Europa central, e incluso asesinados en Suiza hasta iniciado el siglo XIX, creían que ningún cristiano ni podía ser magistrado –defensa de la separación de poderes– ni debía usar tampoco la espada para castigar o quitar la vida –no al asesinato en cualquiera de sus manifestaciones–. Su doctrina, de sello profundamente cristiano, era considerada peligrosa por sus enemigos, incluso tipificada como subversiva, toda vez que las ideas de los anabaptistas sobre la práctica del pacifismo conducían a la desmilitarización de la sociedad, a la vez que entrañaban el ejercicio de la resistencia activa. Y además de que conllevaban la negación de la autoridad por motivos de conciencia, justificaban el derecho a rebelarse ante la irracionalidad y la injusticia humanas.

    Zwinglio había compuesto, entre los años 1505 y 1516, la Fábula del Buey. Y en esta obrita refería los riesgos que entrañaba el servicio militar mercenario, ¿quizá porque de tales peligros tenía experiencia al haber ocupado el puesto de capellán castrense en las campañas de 1513 y 1515? En cualquier caso, no hay duda de que Zwinglio traicionó su ideal pacifista. Y decimos que lo traicionó no solo al convencer a las autoridades de Zurich para marchar con paso bélico contra los territorios católicos y utilizar la guerra civil para obligar a los católicos a aceptar su doctrina, sino también cuando él, Zwinglio, se deja llevar por la ira y planifica utilizar el asesinato con el fin de acabar con todas aquellas personas que, como los anabaptistas, criticaban sus ideas sobre la Reforma.

    Zwinglio comenzó la siega guerracivilista contra los anabaptistas al condenar a muerte a Manz. Luego, con el tiempo «los tribunales seglares en los países alemanes habían matado a más de 1.500 protestantes en menos de veinte años después de la revuelta de Lutero. En otras palabras, los jueces seglares de los países alemanes ejecutaron hasta diez veces más herejes entre 1520 y 1550 que el Santo Oficio de España. De los que murieron en las Alemanias, casi todos fueron anabaptistas, es decir, personas que creyeron en la Biblia literalmente. Los cazaban con ferocidad, sobre todo en el sur y suroeste del imperio (incluso Suiza y Austria) después del fracaso de la sublevación de los paisanos en 1525. Otros centenares de anabaptistas fueron matados en el noroeste del imperio, sobre todo en los Países Bajos, después de la ruina del Jerusalén nuevo de Münster, en 1534».{5}


    A los que no son espiritualmente sanos se les hará morir

    Igual que «entre los zuriqueses muchos hombres de vida, por otra parte, irreprochable han sido matados, debido a Zwinglio, únicamente a causa de su opinión sobre el bautismo», denunciaba el valiente Castellion, a Calvino tampoco le tembló la mano cuando alguien osaba dudar de sus preceptos, pues para eso estaba el castigo de la gehena que «es también como esta gente, en el hablar de su patria, llama a este suplicio».{6} Es decir, hacer morir a fuego lento, quemado vivo y empleando intencionadamente madera verde para aumentar los umbrales de sufrimiento como hizo Calvino con ese copérnico de la medicina que fue Miguel Servet.

    Sin embargo, y antes de convertirse en El Papa de Ginebra, Calvino había publicado un escrito al estilo de Séneca titulado Sobre la clemencia (De Clementia, 1532), y como respuesta ante el ataque que el rey francés Francisco I iba a propinar a los protestantes. Cuatro años más tarde, y ya en su célebre Institutio (1536), Calvino volvía a incidir en la misma línea argumental, y a la obra adjuntaba una carta en la que exhortaba, de nuevo a Francisco I, a actuar con benevolencia, y no llevado por las brasas del odio. Estas tesis desaparecerían muy pronto cuando este extranjero en tierras suizas se transforma en político y jurista de fama internacional y exhibe, en la ciudad de Ginebra a partir del año 1537, cuán enorme e ilimitada es su monárquica sed de autoridad imponiendo el calendario de festividades, el control del ocio, la censura de libros, la forma de vestir y vivir, el modo de rezar y pensar en Dios, el aprendizaje de su catecismo, la regulación de las costumbres del pueblo... y, claro está, la aplicación del castigo de excomunión para refractarios y rebeldes.

    Y sí, en teoría Calvino separó el Estado de la Iglesia, en la práctica no fue así, y más cuando bajo el prisma de su despotismo acabó considerando que los actos de conciencia, en especial los pecados mortales, eran crímenes penables por los magistrados. Así se explica que desde 1547, fecha en que fue decapitado Gornet, hasta 1553, año en que asesina a Miguel Servet, se dictaran 58 sentencias de muerte durante su gobierno ginebrino. Y eso que no contamos las víctimas que trajo la persecución contra la caza de brujas que alentó Calvino. En este clima de intransigencia es lógico que el reformador francés sostuviera con fuerza la tea del odio. Odio del que no se libraría el aragonés Servet en el momento en que sucumbió abrasado y para escarnio público en la hoguera levantada en Champel, un barrio de Ginebra. De hecho, en su carta a Guillermo Farel (13-II-1546), Calvino se había retratado al exponer que Servet «se ofrece a venir [a Ginebra], pero no quiero darle mi palabra. Pues, si viene, por poco que valga mi autoridad en esta ciudad nunca dejaré que salga vivo».

    «S’il vient, je ne souffrirai pas, pour peu que j’aie du crédit dans cette ville, qu’il en sorte vivant», escribió Calvino. Y así fue. Y pese a que el escándalo fue mayúsculo, el Papa Calvino, que creía en la hechicería y aceptaba el poder de los maleficios, así como la eficacia de los sortilegios, se justificó invocando no solo la autoridad de la Biblia, sino el argumento de que Dios mismo había ordenado llevar a la muerte a cualquiera que desviara al pueblo del culto verdadero. El poder era el poder y, según Calvino, representación de Dios en el mundo de los hombres. Por tanto, los súbditos, también Servet, debían mostrar respeto y sumisión hacia sus gobernantes, y más si, en opinión de este pontífice, la única libertad que existía para el ser humano era la libertad de coacción.

    Comentemos que pocos días después del asesinato del aragonés procedió Calvino a hacer firme la condena a muerte sobre Philihert Berthelier. Con este tipo de conductas la lección era que los malos protestantes no tenían cabida en la patria de la Reforma, que la muerte constituía el recurso que tenía el Pastor de almas para limpiar y escobar su grey, que se estaba muy lejos de vivir bajo el techo de gobiernos garantistas. Así que por este fanatismo homicida que animaba las entrañas de Calvino, Castellion llegaba a hablar en su obra Contra el libelo de Calvino de imperialismo e incluso a reconocer que «¡si un día Calvino encuentra, pues, las fuerzas necesarias, invadirá Francia y otras naciones que él toma por idólatras! Él irá, él destruirá las ciudades, se cargará a todos los hombres, no perdonando la vida de las mujeres ni de los niños ni de los bebés de pecho! Y además él degollará los rebaños, y reuniendo todos los muebles en la plaza pública los quemará con Servet. Que se mida sus palabras: es a eso a lo que ellas tienden».{7}

    Decía Calvino que la peor peste es la razón humana («la pire des pestes est la raison humaine»). No vamos a entrar en disputas, pero en su caso es absolutamente correcto aplicarle tal juicio, tanto o más cuanto que la irracionalidad afectó hasta niveles insospechados a los líderes de la Reforma, y por supuesto también a Calvino. Líderes de la Iglesia protestante que no llegaron a pensar que estaban cometiendo pecado mortal cuando asesinaban o planificaban el asesinato del prójimo. Y es que la pasión ideológica, conllevó la justificación espuria de aplicar la pena de muerte sobre los falsos cristianos. (Recuérdese que Lutero siempre suscribió y escribió que «papista y asno quiere decir lo mismo».) Y desde el hondísimo cenagal de intransigencia no cabe duda de que uno de los regalos odiosos y envenenados que trajo consigo el protestantismo fue asociar el perfeccionamiento de las virtudes cívico-cristianas con la práctica de la violencia pía, como si ésta fuera un ejercicio ejemplarizante, como si la brutalidad otorgara un plus de superioridad moral a las personas que discutían enfervorecidamente por actos de fe.

    De este modo, y paradójicamente, el mandamiento de «no matarás», baluarte supremo de la herencia cristiana, no solo caducaba en ciertas circunstancias, sino que no valía ni hermenéutica ni moralmente cuando su transgresión servía, a los ojos de Lutero, Zwinglio y Calvino, para acabar con el enemigo ideológico.


    La roca Tarpeya

    Los líderes protestantes, puesto que no se distinguieron por admitir en su seno a disidentes e inconformistas, no llegaron nunca a tolerar a quienes no acataban los preceptos de su ortodoxia. De hecho, aunque clamaron por la autonomía religiosa en los países de mayoría católica, en sus territorios se afanaron por coartar la voluntad ajena e imponer, según su sentido servil y coactivo de la libertad, un modelo de liturgia «dictatorial», o sea, un modelo religioso edificado a partir de las coacciones y desde el despliegue de la fuerza física. Es más, al tiempo que se empeñaban en la tarea de destruir las imágenes de la iglesias católicas, profanar altares y reliquias, obligar a la población no solo a asistir a las nuevas ceremonias y a oír los sermones protestantes, sino a ceder y aceptar las leyes de su recién estrenada teología, los jefes de la protesta en calidad de agentes de la autoridad tomaron la ley, su ley, como muestra de obediencia y fuente de acatamiento. Y en caso de no ser así, ponían en marcha la maquinaria legal: retractación y apostasía, privación de derechos civiles, encarcelamientos, latigazos, amputación de orejas, hierro candente sobre la lengua, destierros, decapitaciones, ahogamientos, hogueras...; en suma, la tortura y la guerra. En definitiva, la roca Tarpeya para los malos cristianos. Por este motivo, y como dijo la libertaria Emma Goldman en su ensayo Minorías versus Mayorías (1911), «el ataque a la omnipotencia de Roma, liderado por las figuras colosales de Huss, Calvino y Lutero, fue un rayo de luz en medio de la noche oscura. Pero tan pronto como Lutero y Calvino se transformaron en políticos y empezaron a reunir a los pequeños potentados de la nobleza, y a apelar al espíritu del populacho arriesgaron las grandes posibilidades de la Reforma. Ellos ganaron prestigio y se transformaron en mayoría, sin embargo ser mayoría no los excusó de la misma crueldad y sed de sangre en la persecución a las ideas y al pensamiento que caracterizó al engendro del Catolicismo».

    De ahí, el acoso que sufrieron decenas y decenas de grupos no ortodoxos a manos de grandes y pequeños jefes protestantes. Acoso que también iban a padecer los miembros de la Sociedad de Amigos, comúnmente conocidos como cuáqueros, los cuales al retomar muchos de los postulados pacifistas de los anabaptistas no solo negarían el uso de las armas, sino que lucharon por la igualdad y contra la práctica de la esclavitud.{8}

    Para desgracia de las víctimas, fuera de Europa también proseguiría la persecución contra disidentes y heterodoxos, pues incluso el código de 1650 que los colonos ingleses instituyeron para el Estado de Connecticut reconocía la legalidad del asesinato por asuntos de religión: «quienquiera que adore a otro Dios que no sea el Señor será reo de muerte». Por tanto, las quejas y protestas ante la opresión que, en su origen, habían sido concebidas como un medio de reestablecer la justicia no pudieron escapar de esas tormentas que nacían del fuego de la intolerancia ideológica, y mucho menos huir del derramamiento de sangre. Así que por cuestiones de fe se levantaron trincheras. Y por fanatismo –¡la peor peste es la razón humana!, dijo alguien– se negó a las personas la posibilidad de transitar por las tierras de la duda razonable.

    Con esta larga estela cainita han de pasar cuatrocientos años, y ha de llegar el siglo XX para que se reconozca, dentro de la Iglesia protestante y por parte de los miembros de la Iglesia protestante, la matanza indiscriminada y brutal que, durante centurias y en nombre de la doctrina de sus fundadores reformistas, se llevó a cabo contra anabaptistas y otros inconformistas cristianos.



    Notas

    {1} Martín Lutero (1525), Carta sobre el duro librito contra los campesinos, en Martín Lutero, Escritos políticos, Tecnos, Madrid, 1990, pp. 113, 116. Para situar mejor el comentario de Lutero conviene recordar que hubo una sublevación de campesinos, la llamada der Deutsche Bauernkrieg, que consistió en una revuelta popular acaecida, entre los años 1524 y 1525, en el Sacro Imperio Germánico (sur, oeste y centro de Alemania, zonas de Suiza y Austria), y que llegó a contar nada menos que con 300.000 campesinos sublevados. Una guerra en la que, aunque hoy por hoy se estima que no se superó la cifra de 100.000 insurgentes, fue no obstante la más masiva y generalizada en el continente europeo hasta la explosión de la Revolución francesa. Comentemos que «der Deutsche Bauernkrieg» tenía por fondo no solo el descontento económico y religioso de los sectores más humildes y desprotegidos de la sociedad, sino las aspiraciones de reforma que buscaban y apoyaban también algunos burgueses y miembros de la nobleza. La crítica de Thomas Müntzer contra Lutero era acertada, habida cuenta de que El reformador para conseguir que funcionase su proyecto religioso se había alineado con los grandes príncipes alemanes.


    {2} Tomás Moro (1516), De optimo reipublicae statu deque nova insula Utopia libellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, clarissimi disertissimique viri Thomae Mori inclytae civitatis Londinensis civis et vicecomitis (Utopía), libro II, capítulo dedicado a Las Religiones de los Utopienses. Exactamente decía este escritor católico: «the old inhabitants had been engaged in great quarrels concerning religion, by which they were so broken among themselves [... and] every different party in religion fought by themselves» (Thomas More, Utopia, ed. M. S. Rickerby, Londres, 1852, pp. 173-174).

    Sébastien Châteillon, latinizado Castalio, luego Castellio y finalmente Castellion, nació cerca de Ginebra, en Saint-Martin-du-Fresne y murió en Basilea. Tuvo una vida corta y llena de penalidades (1515- 1563). Una vida segada, sin duda, por el veneno de la intolerancia religiosa que le tocó padecer.


    {3} Sébastien Castellion (c. 1554), Contre le libelle de Calvin. Après la mort de Michel Servet, editions Zoe, Carouge-Genève, 1998, 129 Vaticanus (pp. 264-265: «si quelqu’un diffère d’eux sur le baptème, la Cène, la justification, la loi, etc., c’est un hérétique, c’est le diable, il faut le poursuivre sur terre et sur mer, comme un ennemi éternel de l’Église, comme un effroyable destructeur de la «saine doctrine», même si sa vie par ailleurs est pure, même s’il est clément, patient, bon miséricordieux, libéral, religieux, craignant Dieu, et même si ses moeurs sont irréprochables aux yeux de ses amis comme de ses ennemis.
    Toutes ces vertus, et la droiture de la vie (que Paul estimait pouvoir revendiquer pour lui-même) ne peuvent proteger un homme à leurs yeux s’il diffère d’eux sur tel chapitre de la religión: tout de suite, il est impie et blasphémateur». Castellion al hablar acerca de Pablo se refiere al apóstol San Pablo.


    {4} Ivan B. Horst (ed.), The mennonite Encyclopedia, II, pág. 220. Comentemos que de Zwinglio existe en español, y solo desde 1973, una Antología, la realizada por Manuel Gutiérrez Marín.


    {5} William Monter, Controles religiosos y sociales en los países germánicos en tiempos de las Reformas, Revista de la Inquisición, 2, Editorial Complutense, Madrid, 1992, pág. 124. En cuanto a la Jerusalén de Münster, conviene anotar que en 1534 los anabaptistas se hicieron, gracias a la llamada «Rebelión de Münster», con el control de una ciudad de Westfalia. En medio del desorden, un predicador, Jan Matthys, que llegaba en febrero a la ciudad, lanza soflamas y arengando a la gente empieza a reivindicar en sus sermones la abolición de la moneda, la comunalización de los bienes, la igualdad entre hombres. Muchos habitantes dejaban la ciudad de Münster; sin embargo otras personas, procedentes de otros lugares de Europa, llegaban a ella con la promesa de que ver construido un paraíso cristiano en la tierra y vivir, al fin, bajo los mimbres de una República de Dios. Por supuesto, el hecho de establecer una utopía a golpes de coacción iba a otorgar a Münster un status político de gran fragilidad. De hecho, aunque visionariamente se imprecara en nombre de la santa religión el advenimiento de un nuevo orden social, el proyecto «Münster» solo pudo sobrevivir durante un tiempo muy breve. Así que, asediada la ciudad y aniquilado Matthys, el poder pasó a manos de un joven sastre, un tal Jan van Leiden (1509-1536), el cual con prontitud se corona monarca del «Reino Anabaptista de Münster». Y con pretensiones desorbitadas, amén de megalómanas, Van Leiden acomete durante su brevísimo gobierno una serie de reformas, entre las que se contaba la legalización de la práctica de la poligamia. Comentemos que a esta norma de obligado cumplimiento nadie podía negarse, pues aquellos individuos que no acataban la ley del nuevo código sexual de Münster o eran encarcelados o acababan decapitados. Por supuesto, el experimento «Münster» facilitó el camino para la persecución de los anabaptistas que fueron fraudulentamente asimilados a la secta de los libertinos.


    {6} Sébastien Castellion (c. 1554), Contre le libelle de Calvin..., o. cit.., 129 Vaticanus (pág. 265), y 55b Vaticanus (pág. 136: «c’est aussi que ces gens, dans le parler de leur patrie, appellent ce suplice»).


    {7} Ibidem, 122 Vaticanus (pág. 238).


    {8} Los cuáqueros fueron, en las colonias británicas, los primeros defensores de los indios. Y por tal razón, entre otras, fueron motivo de persecución. Para un análisis de la persecución de la Sociedad de Amigos, el libro de Joseph Besse, A Collection of the Sufferings of the People Called Quakers, I y II, ed. L. Hinde, Londres, 1753. Puede leerse en versión digital.




    _______________________________________

    Fuente:

    MarÃ*a Teresa González Cortés, Traidores de la libertad, El Catoblepas 69:13, 2007

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